En
“Los diccionarios de ayer y de mañana”, su discurso de ingreso a la Academia
Mexicana de la Lengua (1992), el filólogo Guido Gómez de Silva consigna la
evolución de este tipo de libros, llamados genéricamente “de referencia”, y
destaca que en su origen tuvieron una hechura individual, como, entre muchos
otros, el famoso Tesoro de la lengua
castellana o española, confeccionado sin ayuda por Sebastián de Covarrubias
Orozco (1611). Mucho más cerca de nosotros en el tiempo, es célebre el Diccionario de uso del español, titánico
emprendimiento encarado por María Moliner, quien trabajó sola en su casa, con
ficheros de papel y una maquinita mecánica Olivetti. Lo habitual desde hace
mucho, sin embargo, es el trabajo en colaboración, como lo mostró la Enciclopedia (1751-1772) coordinada por Denis
Diderot y Jean Le Rond d’Alambert, quienes convocaron a un ejército de eruditos
para preparar la monumental obra que dio identidad al también llamado “Siglo de
las Luces”.
Otra
característica de los diccionarios de uso o enciclopédicos, además de implicar
un trabajo plural, es el de abordar registros de una lengua o de una parcela
del conocimiento. Por ejemplo, los diccionarios de la casa Larousse o los del
FCE de filosofía, sociología o religiones. Más raro es dedicar un libro de esta
naturaleza a un solo personaje, como es el caso de Borges babilónico. Una enciclopedia (FCE, primera edición en
español 2023, Buenos Aires, 626 pp.). Es el libro que se me ocurre traer hoy, a
un día del cuadragésimo aniversario de la partida de Borges, quien murió en
Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.
Borges babilónico (el adjetivo obviamente alude al cuento “La biblioteca de Babel”) tuvo una primera edición brasileña, en portugués, hacia 2017, y fue trabajada por la Companhia das Letras. Lo preparó Jorge Schwartz, quien coordinó un grueso equipo de colaboradores: 75. Todos, todas, bajo la batuta de Schwartz, escribieron las cientos de entradas que iluminan enciclopédicamente la vida y la obra de Borges. Entre los nombres conocidos (al menos por mí) de quienes colaboraron puedo destacar a Beatriz Sarlo, Alberto Manguel, Edgardo Cozarinsky, Emir Rodríguez Monegal, Horacio González, Rafael Olea Franco y Ricardo Piglia.
El
director del libro expone en el prólogo a la edición brasileña, incluido
también aquí, que su primera labor fue crear la lista de entradas. El resultado
alcanzó un número desorbitado de posibilidades, tanto que tuvo que ser achicado.
La edición argentina sumó de todos modos más entradas hasta cerrar en una
cantidad que en efecto forma un libro voluminoso, pero manejable.
Como
en todo material de índole enciclopédica, Borges
babilónico tiene algo de arbitrario en sus entradas. ¿Cómo decidir qué
entradas vale desarrollar en la obra de un autor tan complejo y diverso como
Borges? ¿Qué personaje real o ficticio, qué idea, qué lugar, qué libro es dable
atender con amplitud para formar una noción general y precisa sobre el más famoso
escritor argentino? La selección trabaja entonces sobre los asuntos, los
libros, los escritores, los amigos y los tópicos (el laberinto, los tigres, el
tiempo, los espejos…) borgeanos. Cada entrada tiene un desarrollo que alcanza, dicho esto a
ojo de buen cubero y sólo para dar la idea, de una cuartilla a dos en promedio,
aunque las hay poco más breves o poco más largas. La aspiración, en todo caso, fue
obtener un panorama amplio, el más amplio y abarcador posible, de todo aquello
que interesó al autor de Fervor de Buenos
Aires. El diseño del libro, rasgo de no escaso valor en un volumen de consulta como este, es impecable, a dos tintas en sus folios y tipografía clara.
Schwartz señala, al final del prólogo a la edición en español, que “Para ser fiel al espíritu borgiano, recomendamos que el Borges babilónico, además de obra de consulta, sea también de lectura”. Estoy seguro de que lo logra, que sus entradas se dejan recorrer con gusto y pueden ser un material muy valioso tanto para quien conoce a fondo la obra de Borges como para quien todavía no lo ubica como el inmenso escritor que fue, una inmensidad que por cierto no ha parado de crecer desde que murió hace cuarenta años y acaso desde dos o tres décadas antes, tras el asombro y la repentina veneración que por él sintieron Europa y los Estados Unidos.

