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sábado, junio 13, 2026

Sumario de Borges













En “Los diccionarios de ayer y de mañana”, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1992), el filólogo Guido Gómez de Silva consigna la evolución de este tipo de libros, llamados genéricamente “de referencia”, y destaca que en su origen tuvieron una hechura individual, como, entre muchos otros, el famoso Tesoro de la lengua castellana o española, confeccionado sin ayuda por Sebastián de Covarrubias Orozco (1611). Mucho más cerca de nosotros en el tiempo, es célebre el Diccionario de uso del español, titánico emprendimiento encarado por María Moliner, quien trabajó sola en su casa, con ficheros de papel y una maquinita mecánica Olivetti. Lo habitual desde hace mucho, sin embargo, es el trabajo en colaboración, como lo mostró la Enciclopedia (1751-1772) coordinada por Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alambert, quienes convocaron a un ejército de eruditos para preparar la monumental obra que dio identidad al también llamado “Siglo de las Luces”.

Otra característica de los diccionarios de uso o enciclopédicos, además de implicar un trabajo plural, es el de abordar registros de una lengua o de una parcela del conocimiento. Por ejemplo, los diccionarios de la casa Larousse o los del FCE de filosofía, sociología o religiones. Más raro es dedicar un libro de esta naturaleza a un solo personaje, como es el caso de Borges babilónico. Una enciclopedia (FCE, primera edición en español 2023, Buenos Aires, 626 pp.). Es el libro que se me ocurre traer hoy, a un día del cuadragésimo aniversario de la partida de Borges, quien murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Borges babilónico (el adjetivo obviamente alude al cuento “La biblioteca de Babel”) tuvo una primera edición brasileña, en portugués, hacia 2017, y fue trabajada por la Companhia das Letras. Lo preparó Jorge Schwartz, quien coordinó un grueso equipo de colaboradores: 75. Todos, todas, bajo la batuta de Schwartz, escribieron las cientos de entradas que iluminan enciclopédicamente la vida y la obra de Borges. Entre los nombres conocidos (al menos por mí) de quienes colaboraron puedo destacar a Beatriz Sarlo, Alberto Manguel, Edgardo Cozarinsky, Emir Rodríguez Monegal, Horacio González, Rafael Olea Franco y Ricardo Piglia.

El director del libro expone en el prólogo a la edición brasileña, incluido también aquí, que su primera labor fue crear la lista de entradas. El resultado alcanzó un número desorbitado de posibilidades, tanto que tuvo que ser achicado. La edición argentina sumó de todos modos más entradas hasta cerrar en una cantidad que en efecto forma un libro voluminoso, pero manejable.

Como en todo material de índole enciclopédica, Borges babilónico tiene algo de arbitrario en sus entradas. ¿Cómo decidir qué entradas vale desarrollar en la obra de un autor tan complejo y diverso como Borges? ¿Qué personaje real o ficticio, qué idea, qué lugar, qué libro es dable atender con amplitud para formar una noción general y precisa sobre el más famoso escritor argentino? La selección trabaja entonces sobre los asuntos, los libros, los escritores, los amigos y los tópicos (el laberinto, los tigres, el tiempo, los espejos…) borgeanos. Cada entrada tiene un desarrollo que alcanza, dicho esto a ojo de buen cubero y sólo para dar la idea, de una cuartilla a dos en promedio, aunque las hay poco más breves o poco más largas. La aspiración, en todo caso, fue obtener un panorama amplio, el más amplio y abarcador posible, de todo aquello que interesó al autor de Fervor de Buenos Aires. El diseño del libro, rasgo de no escaso valor en un volumen de consulta como este, es impecable, a dos tintas en sus folios y tipografía clara.

Schwartz señala, al final del prólogo a la edición en español, que “Para ser fiel al espíritu borgiano, recomendamos que el Borges babilónico, además de obra de consulta, sea también de lectura”. Estoy seguro de que lo logra, que sus entradas se dejan recorrer con gusto y pueden ser un material muy valioso tanto para quien conoce a fondo la obra de Borges como para quien todavía no lo ubica como el inmenso escritor que fue, una inmensidad que por cierto no ha parado de crecer desde que murió hace cuarenta años y acaso desde dos o tres décadas antes, tras el asombro y la repentina veneración que por él sintieron Europa y los Estados Unidos. 

miércoles, enero 10, 2024

Tropecé de nuevo con el mismo libro

 











Releer no tiene disculpa frente al pavoroso número de libros parados aburridamente en la fila, sin atención. Veo los estantes de todo lo que aguarda la visita de mis ojos y siento que “defraudo una espera”, como escribió Zitarrosa a propósito de otro tema. Pero a veces, sin querer queriendo, como reza la sentencia chespireana, un libro ya atendido vuelve como capricho y exige un nuevo recorrido.

Esto me pasó en la primera semana del año con La novia de Odessa (Emecé, Buenos Aires, 2001), libro de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) que en 2021 me provocó, al concluirlo, una madrugada de alucinaciones impregnadas de su estilo literario y de sus melancólicos fantasmas. Volví a tomarlo con la sospecha de que no era para tanto, de que sus páginas no me resultarían tan meritorias, y que por ello una segunda lectura me dejaría la tranquilidad de saber que aquella madrugada alucinante, afiebrada, había sido un percance de lector desprevenido.

Erré. Otra vez, las páginas de Cozarinsky hicieron su labor y me ciñeron a un universo de personajes atrapados en una tristeza (más bien, reitero, en una melancolía) indefinible y puestos a vivir sobre las páginas con una prosa (vaya prosa) fortalecida por imágenes y pequeños rodeos que colman de inquietud cada renglón.

Mi cuento favorito es el que da título y tono al volumen, “La novia de Odessa”, el primero, al cual no vacilo en adherir la etiqueta de obra maestra. En este relato está agazapado, por así decirlo, todo el conjunto: historias de migrantes, de exiliados, de seres que exploran en su borrosa genealogía y en ese trance vislumbran un pasado que sólo puede ser reconstruido conjeturalmente, en inciertos retazos. El volumen reúne diez cuentos, y me cuesta elegir los más gratos por la sensación de que discrimino mal. Arriesgo que “Literatura”, “Bienes raíces”, “Días de 1937”, “Budapest” y “Hotel de migrantes” son imprescindibles para mí, pues en ellos late lo que ya señalé: un viaje al pasado desde el presente de algún personaje, por lo común judío, puesto a fraguar un collage con recuerdos nebulosos.

Supongo que en México muy pocos han leído a Edgardo Cozarinsky, quien también ha sido cineasta; recomiendo leerlo y luego de esto, como yo, quizá también releerlo. Así de bueno es.

miércoles, enero 03, 2024

Criba 2023

 











Luego de confesar una vez más que mis hábitos de lectura no se ciñen a ninguna moda o a lo que recién va apareciendo en cantidades industriales, miro hacia 2023 y advierto que cumplí con la costumbre: los que leí no fueron los libros “del año” o lo que la publicidad impuso como urgente e “imperdible”, sino lo que decidí leer aunque estuviera ya descontinuado, fuera de anaqueles. Con una brevedad de flash consigno aquí los diez libros que más me gustaron, algunos de hecho reseñados en este espacio.

Hernán Cortés. La pluma (Taurus, 2019, 341 pp.), de Christian Duverger (francés), libro que complementa a Hernán Cortés. La espada, del mismo autor. Ambos son verdaderos monumentos biográficos, en este caso sobre el soldado/escritor que fue luego el principal dinamo del mestizaje mexicano.

El género y la lengua (Taurus, 2018, 91 pp.), de Pedro Álvarez de Miranda (español), ensayo que no por breve deja de ser lo mejor que he leído sobre el estatus y el posible futuro de lo que denominamos “lenguaje inclusivo”.

Regreso a Reims (Libros del Zorzal, 2015, 254 pp.), de Didier Eribon (francés). Tal vez fue el libro que más me conmovió el año pasado. Una memoria que analiza con crudeza la autopercepción de la desventaja intelectual de un provinciano, homosexual e hijo de obreros en la academia parisina de los setenta/ochenta.

Opiniones contundentes (Anagrama, 2017, 370 pp.), de Vladimir Nabocov (ruso). Complicación de entrevistas vigiladas celosamente por el autor de Lolita. El título cumple sin titubeos lo que sugiere: todo él es contundente.

Maniobras nocturnas (Emecé, 2007, 169 pp.), de Edgardo Cozarinsky (argentino). Otra novela relegible —por su prosa sinuosa, sugerente y autorreferencial— del autor de La novia de Odesa.

La velocidad de la luz (Debolsillo, 2015, 240 pp.), de Javier Cercas (español). Una espléndida novela más de mi narrador español favorito de los años recientes, historia donde se mezcla lo español con lo norteamericano en los mundillos literario y académico.

La era del fútbol (Debolsillo, 2005, 349 pp.), de Juan José Sebreli (argentino). Hasta ahora, el más acucioso alegato que he leído en contra del futbol, un ensayo que disecciona los entresijos mafiosos y manipuladores del deporte más lucrativo del mundo.

Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina (Alfaguara, 2021, 151 pp.), de Gabriel García Márquez (colombiano) y Mario Vargas Llosa (peruano). Diálogo público en Perú de dos autores que a mediados de los sesenta comenzarían a convertirse en lo que fueron poco después y bien conocemos.

La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020, 216 pp.), de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga (españoles), libro de divulgación científica en clave conversacional, ameno y lúcido a un mismo tiempo.

La pequeña tradición (UNAM/El Equilibrista, 2011, 134 pp.), de Armando González Torres (mexicano). Serie de ensayos sobre autores mexicanos, todos agudos y escritos con prosa tupida de belleza literaria.

sábado, julio 16, 2022

El unicornio de Eslava Galán

 











En treinta y tantos años he leído cinco libros, los que he podido conseguir por acá, de Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948). Sobre algunos he escrito dos o tres palabras siempre elogiosas, pues el andaluz es un autor con la cabeza muy bien amueblada, de esos que difícilmente cometen un libro baldío. Supe de él a finales de los ochenta, cuando gracias a la prensa se difundió su nombre como ganador del Premio Planeta 1987. La novela reconocida fue En busca del unicornio (Planeta, México, 1989, 280 pp.), que pasados algunos meses pude conseguir en Torreón. Inmediatamente la leí y quedé aturdido, tanto que desde aquellos años intuí que en otro momento emprendería su relectura. Otros libros del mismo autor se atravesaron, pero cumplí con la promesa del regreso y recién volví a sus páginas.

Tenía, claro, el temor habitual que produce toda vuelta. Sentía que En busca del unicornio podía parecerme no la maravilla de novela que leí en la declinación de los ochenta, cuando yo ya me acercaba a los treinta años y mi juicio era mucho más verde que el actual, pero afortunadamente me equivoqué. Lejos de percibir que me defraudaba, la primera relectura fue una revelación. Hace poco escribí esto (que no es una digresión) en mis redes sociales: “La novia de Odessa es el último libro que me ha hecho tener ‘sueños de escritura’. Llamo así a los sueños, casi pesadillas, en los que en lugar de soñar con imágenes confusas, como soñar se suele, sueño con la escritura de textos en los que se siente el eco irremediable de un estilo, en este caso el de Edgardo Cozarinsky. Es el mejor libro de cuentos que leí el año pasado y seguramente uno de los mejores que leeré hasta que apague los ojos”. Pues bien, con el regreso a la novela de Eslava Galán me pasó lo mismo: en los días de la relectura atravesé varias madrugadas con el eco de su prosa, como un hechizo que se prolongó más allá del libro e invadió los territorios de mi subconsciente.

En busca del unicornio es la novela de un viaje, el encabezado por Juan de Olid, su protagonista, quien en el siglo XV recibe la secreta encomienda de buscar un unicornio en el África ignota. ¿Para qué? Pues para socorrer al rey Enrique IV, también conocido como el Impotente. Según el parecer de la ciencia (una ciencia todavía demasiado incierta en aquella época), se pensaba que el cuerno del unicornio, preparado por algún boticario experto, tenía la capacidad de revigorizar cualquier miembro reacio al intercambio venéreo. Era, por ello, una especie de Viagra medieval.

Juan de Olid es entonces elegido para capitanear una expedición hasta muy entrada la geografía africana, espacio totalmente desconocido para el europeo de entonces. Así, su contingente sale del centro de España y termina, ya disminuido, hasta las lejanísimas costas del suroriente de África, allá por rumbos cercanos a Madagascar. En medio de tal recorrido se topan con mil sobresaltos, con los moros y su gran desierto, primero, y después con decenas de tribus negras, unas muy hostiles, otras no tanto.

Lo maravilloso, sin que el buen tratamiento de la anécdota se diluya, sin que todo el libro oscile del humor al dramatismo, es el estilo. Eslava Galán propone un tono de escritura que en efecto parece del siglo XV. Además, lo impregna de la mentalidad propia de un soldado, De Olid, pleno en su cosmovisión católica y española, con virtudes y flaquezas totalmente verosímiles.

Por el tema, por el estilo, por la reconstrucción fiel de la mentalidad española todavía medieval, En busca del unicornio es una novela que he amado tanto que ya me prometí leerla por tercera vez. Lo merece.

sábado, noviembre 30, 2019

Memoria de la lectura
























Las memorias suelen referirse a la vida completa de quien recuerda y escribe, pero también a cierto periodo o a determinado tema. En Los libros y la calle (Ampersand, Buenos Aires, 2019,168 pp.) Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) ha construido una memoria específica: la de sus lecturas. Con un estilo sobrio y elegante, este prolífico escritor, guionista y cineasta argentino condensó su larga experiencia como adicto del libro, casi como deberían hacerlo todo los artistas para ayudar a la develación de los secretos agazapados en sus obras.
Gracias a estas páginas de Cozarinsky podemos acceder no a los caprichos bibliográficos de Cozarinsky, sino a su alma, a su sensibilidad creadora, pues, quiérase o no, siempre hay una relación estrecha entre lo que se lee y lo que después se escribe (y en su caso también se filma). ¿Y quién es el escritor/cineasta que podemos ver tras los libros y los autores que desfilan en esta memoria? Para empezar, un curioso, un buscador incesante de obras que al final terminan configurando una suma de títulos en la que no es extraña la presencia de cierto caos, el caos en el que incurren los lectores hedónicos y voraces. Al final del libro, como previendo que el lector se lo agradecerá, aparece la lista de los títulos y los autores sobrevolados en la memoria, cerca de 200. Esta es apenas, suponemos, una mínima parte de otros cientos leídos y tenidos, pues, como él mismo lo observa, “Me sentiría exiliado si no viviera entre paredes cubiertas de libros”.
La memoria libresca no se desentiende de la otra, la vital, pues no es posible leer al margen de la vida y sus habituales circunstancias como el amor, la amistad, el trabajo, los viajes y demás. Así, Cozarinzky traza sus impresiones de lector sobre el lienzo de sus diferentes edades. Si habla, por ejemplo, de sus lecturas de Stevenson o Balzac, establece un puente entre la memoria de aquellas páginas y el mundo que lo rodeaba cuando las leyó, los parientes o amigos que lo orientaron, los lugares donde leyó y las páginas escritas con algún vago o marcado influjo.
Cozarinsky se refiere en la mayor parte de los casos a libros literarios, no tanto de otra índole. Dice: “No me envanece ni me humilla pertenecer a una especie menguante, si no ya extinta: la de aquellos para quienes la literatura, no el psicoanálisis ni la sociología ni alguna de las muchas ramas de la fronda teórica, explican la vida”. Coincido con él. Para muchos, leer literatura es más que suficiente.