En
el diálogo que mantengo con Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, dos de mis
corresponsales (así se les llamaba a las personas con las que dialogábamos
epistolarmente antes de que la palabra fuera acaparada por el periodismo con el fin de designar al reportero encargado de cubrir, a lo lejos, los acontecimientos para un medio:
corresponsal), nos referimos hace poco, aunque algo de pasada, a los libros que
recogen cartas cruzadas entre escritores. Como soy medio fanático de tales
compilaciones, generalmente abordadas por académicos que las prologan y anotan,
he reseñado libros con correspondencia y he reflexionado también sobre
la idea ceñida a estas preguntas: ¿qué pasará dentro de diez, veinte, treinta
años o más con la correspondencia de los escritores? ¿Habrán dejado cartas que
a la postre puedan convertirse en libros prologados y anotados?
Mi
respuesta es que no, que el chat aniquiló la posibilidad. Los libros de este
tipo son viables en función del soporte, del papel en el que quedaron asentados
los diálogos epistolares. Alguien oportunamente dirá que su generación es posible con los mails, y tendrá razón. Todavía hasta 2010 o poco más, el mail servía
como sustituto de la carta física, y allí uno, aunque menos que en la carta de papel, se extendía en consideraciones
más o menos atendibles como narración. Lo malo de las cartas electrónicas es
que muchas veces el usuario muere y no deja contraseñas, o si las deja, a veces
es tanto lo que se guarda en las bandejas que torna casi sobrehumano meterse a
indagar y reconstruir miles de mensajes. Este problema no es tan agudo en las
cartas de papel, sobre todo porque no suelen ser tantas.
Doy
une ejemplo breve de carta de mail. Con mi amigo David Lagmanovich (Huinca
Renancó, Córdoba, 1927-Tucumán, 2010) me escribí mucho durante diez años. Parte
cuantiosa, la primera, de esa correspondencia desapareció cuando perdí una cuenta de correo electrónico,
pero queda mucho guardado en una bandeja de otra cuenta. Nos escribíamos cartas
amplias, parecidas a las de papel. En el último mensaje que me envió, tres días
antes de su muerte, comentó en uno de los párrafos una de mis columnas:
“Me gustaron tus
referencias sobre el tango, aunque al fin no nos enteramos de cuáles son los
cinco de tu preferencia. Y es que no sé si se puede elaborar tal lista sin dejar
fuera a composiciones insignes. En ninguna lista elaborada por mí, por ejemplo,
podría faltar ‘Naranjo en flor’ (de los hermanos Espósito); y no sabría cómo
hacer entrar —sin perjuicio de otros textos literarios y musicales igualmente
valiosos— ‘La casita de mis viejos’ (Cadícamo y Cobián), ‘Por la vuelta’ (ese
inolvidable ‘Afuera es noche y llueve tanto...’), también de Cadícamo, pero con
otro compositor, y hasta ‘El último café’, cuyos autores no recuerdo en este
momento. ¿Y ningún Manzi, y ningún Gardel? Es muy difícil elaborar estas
selecciones. Tal vez mejoraríamos un poco la actuación si habláramos de ‘los
diez’, y no de ‘los tres’ o ‘los cinco’”.
Ya
no pude responderle, pero es evidente que esta consideración parece (es) de carta de
papel, no de chat, y podría, por qué no, rescatarse como la he rescatado aquí.

