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sábado, mayo 30, 2026

Del cuento y sus linderos

 











El fin de semana pasado participé en un encuentro de cuentistas celebrado en Ciudad Juárez. Quedó enmarcado en la Feria del Libro de la Frontera, y reunió a 19 cultores del género provenientes de distintas partes del país. Como no fueron tantos, los menciono: Adriana Azucena Rodríguez, Agustín García Delgado, Alberto Chimal, Ana Paula González Aragón. Carlos Martín Briceño. Carlos René Padilla. César Gándara, Daniel Bernal Moreno, Elpidia García Delgado, Ricardo Vigueras, Héctor Arreola, Iris García Cuevas, José Alberto García, Mauricio Carrera, Norma Lazo, Pepe Rojo, Salud Ochoa. Raquel Castro y yo.

El orquestador del encuentro y de las mesas fue José Juan Aboytia, escritor bajacaliforniano pero con larga radicación juarense. En las mesas redondas y en las presentaciones de novedades se habló por supuesto del cuento y sus orillas, del consabido desdén editorial-comercial, de las orientaciones que ha seguido el género, de los autores clásicos, de la microficción, del tallereo, de sus bordes formales y de todo aquello que concierne a la narrativa breve. Fueron jornadas muy productivas en las que, como síntesis, me quedé con la idea de que el cuento, pese a los atávicos ninguneos de siempre, goza de una salud estable en nuestro país, pues muchos escritores hay que lo practican con asiduidad y empaque.

Semanas antes de viajar a Ciudad Juárez, Aboytia pidió a los participantes que respondieran por separado a tres preguntas sobre el cuento. Su idea, su buena idea era preparar un cuadernillo de notas que regalaría, y en efecto regaló, a quienes participamos. Como el tiraje de la publicación se ciñó estrictamente al número de invitados y quizá algunos pocos ejemplares más, comparto en caída libre y sin comentario lateral seis aproximaciones al cuento contenidas en las páginas de aquel grato regalo; creo que así pueden servir a los lectores/escritores de cuento todavía no muy avisados.

Rosina Conde: “Un consejo para un joven cuentista: No debemos menospreciar el estudio de las técnicas narrativas ni de las estructuras. Los lectores se dan cuenta cuando nos equivocamos y nos celebran cuando se han cubierto todos los planos, así rompamos con la linealidad o la temporalidad en la narrativa, o trabajemos el verso libre en la poesía”.

Iris García Cuevas: “Me gusta pensar que cada género narrativo tiene su propósito. La novela sigue procesos de formación y transformación a largo plazo; la novela breve capta cómo se reconfigura la vida bajo presión, ante una situación de emergencia; el cuento fija el momento exacto en que todo cambia, es una instantánea del ser humano ante la crisis”.

Raquel Castro: “Un consejo a jóvenes cuentistas. Decide primero el esqueleto de lo que quieres contar; luego vístelo poco a poco: que sólo le quede encima lo que realmente necesita. Luego, si quieres, adorna”.

Daniel Bernal Moreno: “Sugiero escribir un primer borrador sin ninguna restricción de tema o extensión. Teniendo claro el conflicto, la anécdota o el final, al escribir sin limitantes podríamos descubrir elementos que enriquezcan nuestro texto. Después viene el trabajo más difícil que es eliminar todo lo que sobre y no aporte nada al cuento. Sacrificando incluso frases potentes o imágenes que podrían ser interesantes”.

Carlos Martín Briceño: “Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de ser narrada. El cuento es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como ‘El Aleph’ de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad”.

Pepe Rojo: “Me gustan los cuentos que cortan. Me gustan los cuentos que cantan. Me gustan los cuentos que no te dejan dormir. Que te hacen llorar y sonreír a la vez. Esos que, al acabar de leerlos, te dejan en una realidad distinta a la que estabas cuando los empezaste”.

miércoles, noviembre 29, 2023

Dos de Nueva Imagen












Caminaba en el centro histórico de Querétaro con mis colegas escritores Ricardo Vigueras, Elpidia Carrillo y José Juan Aboytia y vimos una librería de viejo llamada El Tragaluz. Pequeña, apretada de libros, apenas daba margen para caminar y ver entrepaños. Muchos de los ejemplares eran contenidos en bolsitas de plástico para protegerlos, supongo, de la humedad y el polvo. Vi la edición de La tregua, de Benedetti, publicada en México por la editorial Nueva Imagen. Pensé en llevármela, pero no lo hice porque ya tengo esa novela en dos versiones, una de ellas casi la primera edición. Elpidia la tomó, y poco después escribió en su Facebook: “En el hotel, al abrir la bolsa donde estaba bien conservada, descubrimos la firma del poeta”.

Tres semanas después, en Durango, caí en la librería de viejo Alfarabía (sic). Luego de una de mis visitas a ese espacio, escribí esto: en la ida de la tarde al Museo Regional Ángel Rodríguez Solórzano, sede del Encuentro de Escritores José Revueltas 2023, en Durango, volví a incursionar en la librería de viejo que me queda de pasada, y ahora pesqué otro libro de hechura no reciente. Es la segunda impresión (1984) de la primera edición mexicana (1983) de Final del juego, tal vez el libro de Cortázar que más me gusta. Este libro ya lo tengo, lo compré nuevo hace cuarenta años, y lo usé mucho en mis clases de cuento. Desgraciadamente una vez lo presté (recuerdo a quién, pero no importa) y cuando me lo regresaron tenía una de las peores lastimaduras que puede sufrir un libro: lo habían mojado, como que le tiraron encima un vaso de agua. Así, con las hojas onduladas, la marca como de cicatriz en muchas de sus páginas y a sabiendas de que odio los libros mojados aunque estén ya secos, lo recibí y lo conservé hasta la fecha, casi como un fetiche de mi primer deslumbramiento ante Cortázar. Hoy lo reencontré intacto, sólo con el papel un poco más amarillento. Otra vez lucía ante mí, impecable, la hermosa portada con un cuadro de Remedios Varo y todos sus cuentos sin mácula de accidentales líquidos. La edición es perfecta, de Nueva Imagen, editorial que creo fundó Saltiel Alatriste antes de pasar a Alfaguara y luego caer en desgracia. Hay otros dos detalles que deseo resaltar: que la primera edición de Final del juego es de Sudamericana y fue publicada en el año de mi nacimiento, 1964, que también tengo. Y el otro detalle es que allí aparecen cuentos ya legendarios como “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “La noche boca arriba” y por supuesto “Final del juego”. Me costó cien pesos, como claramente se ve en el pegotito con el precio que innecesariamente le infligieron a la portada.

Puedo suponer que fue una especie de premio de consolación.