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jueves, marzo 11, 2010

El milagro de Juan Pablo II



Leo en la página Aciprensa (“Lo que todo católico necesita saber”) una nota que atrajo necesariamente mi atención: “El Papa Juan Pablo II podría ser beatificado el 2 de abril de 2010, cinco años exactos después de su muerte, según informó el periódico polaco Dziennik, que aseguró que la Congregación para las Causas de los Santos de la Santa Sede ya habría tomado la decisión. A principios de este mes, el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el proceso de beatificación del Papa Woytila estaba a punto de terminar y que el mismo Benedicto XVI deseaba cerrar el proceso ‘lo antes posible’ porque es ‘lo que el mundo está pidiendo’. El proceso de beatificación de Juan Pablo II se inició el 28 de junio de 2005, dos meses después del fallecimiento del Pontífice y gracias a la dispensa concedida por su sucesor, Benedicto XVI, para que la causa pudiera empezar sin necesidad de esperar a los cinco años de rigor que deben transcurrir entre el fallecimiento de una persona y el comienzo de su causa”.

Una excelente noticia, sin duda, para los millones de admiradores del pontífice nacido en Polonia, el “Papa viajero”, como fue bautizado luego de recorrer en periplos apostólicos miles y miles de kilómetros que tal vez eran un sacrificio, es cierto, aunque siempre muy bien recompensado por las muestras de cariño que cosechó el rubio Pastor en los rincones del planeta por donde paseó su carismática figura. México gozó de esa mirífica presencia varias veces, y aquí fue aclamado como en pocas partes del mundo: “Tú eres mi amigo del alma, realmente el amigo / que en todo camino y jornada estás siempre conmigo…” (Estadio Azteca lleno y cantando como si fuera una sola formidable garganta).

La Wiki (¡cómo es cuestionada esa megaenciclopedia y qué útil es!), se refiere, por supuesto, al “proceso de beatificación” relámpago: “El 13 de mayo de 2005, el Cardenal Camillo Ruini, Vicario para la ciudad de Roma, dio formalmente por iniciado el proceso de beatificación de Juan Pablo II; para ello, Benedicto XVI concedió el 28 de abril dispensa del plazo de cinco años de espera después de la muerte requerido por el derecho canónico para iniciar el proceso de beatificación, de modo similar a como hizo el mismo Juan Pablo II con el proceso de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. El 2 de abril de 2007, a dos años de su muerte, concluyó la fase diocesana del proceso de beatificación, reuniéndose todos los testimonios sobre su vida y los presuntos milagros (…) En una misa que se realizó en la Plaza de San Pedro el mismo día, el Papa Benedicto XVI aseguró que el proceso va ‘rápidamente’. El 19 de diciembre de 2009 fue declarado Venerable por Benedicto XVI, lo que hace que la fecha de beatificación esté cerca, pero faltaría el milagro”.

El milagro de Juan Pablo II está a la vista, y es que se encuentre en camino de llegar a la beatitud luego de que desde el 16 de octubre de 1978, es decir, desde el mismísimo arranque de su pontificado, cuando recibió las primeras noticias sobre la depravación de Marcial Maciel, sujeto convertido hoy en escándalo continental, no haya hecho nada para sancionar al cotijense fundador de los Legionarios de Cristo. En vez de eso, como sabemos, en 1991, 1992, 1993 y 1994 le otorgó nombramientos importantes y llegó al colmo de enviarle una carta de felicitación por sus cincuenta años de sacerdocio. La famosa foto de Juan Pablo II tocando la frente de Maciel —el pozolero de la moral— es testimonio elocuente de esas extrañas santidades. Ignoro si alguien puede portar aureola luego de encubrir, por casi tres décadas retacadas de silencio, a un pervertido.

sábado, febrero 14, 2009

Diluvio sobre Maciel



No era para menos. Y no por la historia de la amante, del hijo y del espíritu poco santo que lo habitaba, que al final eso es lo de menos, sino por uno de esos pecados que no merecen perdón de nadie y sí cárcel e ignominia: su pederastia. Por ello, aunque la atención haya sido encaminada al desliz muy perdonable de sus tratos con una mujer adulta, lo fundamental no deja de ser que Marcial Maciel Degollado, con sus desviaciones sexuales, lastimó la vida de niños. Eso es aberrante aquí y en Saturno, aunque algunos de sus fieles sigan en la buenísima onda de negar y/o perdonar, recurso cómodo de quienes, al no haber padecido en carne propia el abuso pederasta, por fanatismo se niegan a creer en lo ya probado: que Maciel fue una mayúscula falacia.
Los comentarios periodísticos recientes se han ubicado, todos, en la condena. Dos me han llamado mucho la atención. El que la semana pasada publicó en Milenio Juan Ignacio Zavala, quien se fue directo a la póstuma yugular del michoacano (el michoacano de Cotija, no el de Morelia, su cuñado) y remarcó que las conductas de Maciel son indefectiblemente imperdonables, sin atenuante ninguna. Y el que ayer publicó en Excélsior Francisco Martín Moreno, quien la semana pasada había dado una entrevista a Milenio sobre el mismo tema. Con el título “¿Perdón a Maciel? ¿Perdón a un pederasta?”, el escritor e historiador pone el acento en lo fundamental, y sobre Maciel señala que “fue un ‘padre’, ¿qué padre, no..?, pervertido, corrupto, prostituido, desencaminador de almas, inmoral, degenerado, maligno, violador de niños y niñas, un endiablado sujeto desnaturalizado, vicioso, ignorante del menor sentimiento de pudor y de piedad, un representante de Dios, un depredador de vidas inocentes como las de aquellos chiquillos que fueron obligados a masturbarlo y a quienes después penetró villanamente destruyendo para siempre cada vida, de lo cual se consoló pidiéndole perdón al Señor… Si el sacerdote es una persona que ejerce como intermediario entre el ser humano y la divinidad, ¿cómo esperar que semejante autoridad espiritual se utilice para penetrar analmente a chiquillos inocentes que están naciendo a la vida? El ‘padre’, el miserable padre Maciel, debería haber sido juzgado y condenado con todas las agravantes consignadas en la ley: premeditación, alevosía y ventaja, pero además por haber abusado sexualmente de menores con arreglo a su supuesta figura divina en lugar de ‘servir a todo el pueblo de Dios en su búsqueda de la santidad y en su empeño apostólico por anunciar el Evangelio…’”.
Más adelante, sin bajar el tono de su arremetida, el autor de México acribillado explica: “Si se llegó a descubrir la paternidad del ‘padre’ Maciel fue porque en la actualidad existe una división interna producto de las luchas por el poder económico de la orden y, en ningún caso, porque los legionarios hubieran decidido motu proprio confesar semejantes crímenes cometidos por un hombre de la Iglesia. Que quede claro: la verdad se supo gracias a la quiebra financiera mundial que debió haber afectado igualmente a los legionarios que hoy luchan por controlar el inmenso poder de la orden. El surgimiento repentino de una de las hijas de Maciel, no pasará mucho tiempo antes de que aparezcan más aberraciones como la presente, es parte de la guerra sucia que se libra entre los legionarios, sin que la divulgación de la nota responda a un proceso de purificación de la orden manchada ya de por vida urbi et orbi…”.
Por un lado, pues, hay un merecido fustigamiento a la conducta depravada de un sujeto que supuestamente vivía en olor de santidad y más bien era maligno; por otro, la sospecha de que las revelaciones no tienen vinculación con un deseo de aseo moral, sino de simple reacomodo mafioso en torno a lo que verdaderamente importa: el dinero, siempre el cochino dinero.

jueves, febrero 05, 2009

Ley Marcial



A estas alturas ya podemos cifrar el caso del legionario mayor en una ley, la Ley Marcial: a toda represión se le opone una fuerza contraria igual a la debilidad de la ya de por sí debilucha carne. No es física, y la ley puede sonar a boutade simple y llanamente porque eso pretende ser, aunque se ponga cejijunta y embusteramente doctoral. Más allá de que el fenómeno haga ley o no, lo cierto es que resulta verdaderamente perro arrecholar en los tapancos del alma los méndigos apetitos del quiubolequé. El botón máximo que hoy puede sonrojar a la cristiandad, acaso con sincera pena, es el de Marcial Maciel Degollado, chucha cuerera, como sabemos, de la orden religiosa Legionarios de Cristo.
Ayer, todos los espacios noticiosos de internet adelantaron lo que hoy aparece en las páginas de los periódicos: que el michoacano (o sea Maciel, no otro michoacano) nos salió más cogeloncito de lo que creíamos. Pero nadie se sorprendería con ese cable, dado que, como se supo años atrás, el famoso líder espiritual le atizaba con fe a ciertas prácticas que asustarían incluso al Maligno, dado que involucraban a inocentes de corta edad. Así pues, el condimento principal de la nota que este día recorre el mundo es la paternidad subterránea de Maciel, su tenencia de una “amante”.
A estas alturas, pues, la reputación de Maciel ha quedado convertida en lazo de cochino, sin agraviar a los cochinos. Los errores, reconocidos por el Vaticano y por la orden, hunden en el desprestigio la figura de este personaje que en unos pocos meses pasó de ser mandón poderosísimo a víctima de su poder económico y de su moral supuestamente blindada contra todo ataque de la tentación. Maciel tiene, a su favor, la muerte que lo arropó en 2008, lo que le evita la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. En su contra, sin embargo, pesa un feo tatuaje histórico que marca como pocos el rostro de una obra que, se quiera o no, queda mancillada por las trapacerías sexuales de su creador y cabecilla.
Sin moralina, por supuesto, debemos admitir que una canita al aire se la echa hasta el más macizo de los macizos, pero que un religioso tan estricto y conservador sea hoy suma y exemplo de degenerados raya en lo grotesco. La cloaca que despide pestíferos efluvios —las andanzas barbazules de Maciel— ha sido iluminada poco a poco, de suerte que, para muchos, Maciel es paradigma de desviados, un Anacleto Morones de (alza)cuello blanco: “Informaciones aparecidas en prensa y bitácoras en Internet de medios católicos habían señalado que Maciel, de nacionalidad mexicana, había tenido una doble vida durante muchos años y algunos miembros de la orden habrían dicho en privado que tuvo una relación de la que nació al menos un hijo”.
El caso Maciel, antes sólo abusador de menores y ahora también padre (en dos de los principales sentidos de la palabra “padre”) sordero, pone otra vez sobre la mesa de debates la pertinencia de aplicar, con todo rigor, leyes laicas a los sacerdotes pederastas, más, mucho más si tienen un grado jerárquico como el alcanzado alguna vez por el hijo ¿predilecto? de Cotija. Ya no es aceptable, entonces, esto: “En el 2006, el Papa Benedicto XVI ordenó a Maciel que se retirara a una vida de ‘oración y penitencia’, tras años de acusaciones de que había acosado sexualmente a seminaristas durante décadas. En ese momento, se convirtió en una de las personalidades más destacadas en ser acusada por abusos sexuales”. Si gusta, el alto clero puede decir misa, pero la “oración” y la “penitencia” deben hacerse a la sombra, tras los barrotes de una cárcel como cualquier otra, no bajo el manto protector de una institución que, al solapar y/o acolchonar los castigos, lo único que hace es convertirse en cómplice de patanes. Monstruoso el caso de Maciel: tan lejos de dios; tan cerca de tantas solitarias tentaciones.