No
han sido una, ni dos ni tres, han sido muchas las veces que he insistido en el
taller literario que escribir no es escribir, sino corregir. Quienes no
entiendan esto por pereza o supuesta suficiencia terminan por entregar textos
maltrechos, al menos no mejores que los que ellos mismos producirían si
dedicarán el tiempo pertinente al trabajo de enderezado y pintura. A menos que
quien escriba sea un genio de la creación automática perfecta, cosa que no
existe, el arte requiere paciencia, y la paciencia sirve sobre todo para
trabajar los acabados, el esfuerzo de pulir.
Hay,
como sabemos, tres tipos de enmiendas al texto: adición, supresión y permuta.
Cuando se genera el borrador (y todo texto es siempre un borrador, como lo
aseguran muchos escritores serios), se pueden añadir palabras y frases, se le
pueden podar o se le pueden cambiar por otras. Es una labor obvia, aunque
algunos prefieran omitirla. Hace poco encontré en un libro recién leído un
comentario de Octavio Paz sobre su obsesión por corregir incluso lo destinado a
una segunda edición: “Corrijo sin cesar. Algunos críticos dicen que demasiado.
Tal vez tengan razón. Observo, no obstante, que si corregir es peligroso, lo es
más no corregir. Creo en la inspiración; creo también que hay que ayudarla,
constreñirla y aun contradecirla. Nunca he creído que he terminado realmente un
poema; simplemente me resigno, no puedo ir más allá”.
Paz
corrigió para arriba, añadiendo, la segunda edición de El laberinto de la soledad. Augusto Monterroso, en cambio, decía
que corregía para abajo, suprimiendo, como dijo en el prólogo de una antología
personal: “Como mis libros son ya antologías de cuanto he escrito, reducirlos a
ésta me fue fácil; y si de ésta se hace inteligentemente otra, y de ésta otra,
otra más, hasta convertir aquéllos en dos líneas o en ninguna, será siempre por
dicha en beneficio de la literatura y del lector”.
Entre esos dos extremos (“para arriba” y “para abajo”, como se me ocurre designar ambas acciones), un término medio es lo recomendable: corregir para arriba puede hacer interminable el texto, y corregir para abajo puede desaparecerlo a punta de autocrítica. El caso, siempre, es entender que la escritura no está en la escritura en sí, sino en la prudente y necesaria corrección.

