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sábado, agosto 06, 2022

Tragos con Rubén












¿Cuándo termina uno de leer los libros esenciales? El problema con esta pregunta es que jamás sabremos cuáles son esos libros, hasta dónde se extiende el mapa de las páginas que es necesario leer sí o sí antes de que la huesuda se apersone. De cualquier modo, no hay que arredrarse ante la incertidumbre y, al contrario, seguir en la exploración de libros a los que sospechemos alguna calidad. En mi caso, para no errarle, suelo pespuntear entre lo antiguo y lo cercano: esta semana leo un libro casi recién impreso y la siguiente algún otro menos próximo.

Así llegué, por estos días, a la Autobiografía de Rubén Darío en una edición horrible de portada. Hacia 1966 fue publicada en México por Editora Latino Americana S.A. Considero que se trata de un libro esencial, dado que con él nos acercamos, gracias a su propia guía, a uno de los poetas más importantes de nuestra lengua, quizá el más. Darío nació en Metapa (hoy Ciudad Darío), Nicaragua, en 1867, y escribió sobre su vida en las postrimerías de su ídem. Murió en 1916, a los 49, en León, también de su país natal. La Autobiografía está fechada en 1912, así que, seguramente, al momento de escribirla ya sentía en la nuca el vaho calientito de la catrina. Y cómo no, si a su corta edad el cuerpo le estaba pasando una ristra de facturas que a la postre lo liquidarían. Fueron facturas bien cultivadas, y veremos por qué.

El libro sólo tiene 160 páginas, pero en ellas cabe buena parte de las incontables peripecias que atestaron de anécdotas la existencia del poeta. En principio, llama la atención la enorme, la verdaderamente enorme cauda de nombres que atraviesa estas páginas. Si el libro tuviera índice onomástico, demandaría varias hojas para acoger los apellidos de familiares, políticos, artistas, periodistas y editores. Entre los nombres de mexicanos mencionados por el autor de Prosas profanas destacan los de sus amigos Federico Gamboa, Amado Nervo, Justo Sierra y Bernardo Reyes.

El torrente onomástico no cesa en todo el libro. Como Darío fue un trotamundo y como la fama le llegó muy temprano, prácticamente desde la infancia (“Fui algo niño prodigio”, dice) se dedicó a recibir elogios y traducir la admiración ajena en la posibilidad de conseguir trabajos más o menos ventajosos para viajar sin freno. Las chambas que le caían como periodista o diplomático a veces acarreaban jugosos estipendios, otras no tanto, y todas tenían como rasgo más saliente la inestabilidad, de modo que así como conseguía un trabajo, lo perdía semanas o meses después y entraba al consiguiente apremio económico. Se casó, tuvo hijos, pero la Autobiografía deja la impresión de que la familia al uso le importó un cacahuate. Lo suyo era viajar (El Salvador, Honduras, Chile, Costa Rica, Cuba, España, Argentina, Estados Unidos, Francia, México…), comer, coger, beber (“la demoniaca agua verde del ajenjo”) y acceder un día sí y otro también a los activadores alucinógenos de la época. No hubo para él una comilona que no estuviera “convenientemente humedecida”, ni noche en la que, con mayor o menor éxito, dice, no buscara en sus andanzas “el peligroso encanto de los paraísos artificiales”.

No fue gratuita la cirrosis que lo despacharía al más allá cuatro años después de escribir sobre su vida. Además de estas confesiones, nos dejó una obra literaria abundante y ciclónica, y es imposible calcular el tamaño que tendría si su autor le hubiera dado menos vuelo a la hilacha. Pero tampoco hay que lamentarlo, pues hay artistas que, como él, sin el combustible de las juergas quizá nos hubieran privado de su mejor fruto. Salucita por Darío, pues, con imaginario ajenjo.

sábado, junio 03, 2017

Biblioteca de monstruos












La Real Academia Española anunció recién la publicación de uno más de los libros que ha venido editando, mediante el sello de Alfaguara, para homenajear, con el bienvenido pretexto de ciertas fechas, a escritores imprescindibles de nuestra lengua. Así, lo que comenzó en 2005 con el Quijote multiprologado y de tiraje bestial, continuó los doce últimos años con García Márquez, Fuentes, Mistral, Neruda, Vargas Llosa, otra vez Cervantes, Darío, Cela y ahora, en este 2017, Borges.
Se trata pues de una más de las “ediciones conmemorativas” que la RAE, en coordinación con las academias de la lengua española de todo el mundo, arma con el fin de alcanzar un objetivo específico: poner a la mano de muchísimos, en el impiadoso mercado, algunas obras editadas sin tacha y hacerlo con un soporte crítico que permita revisualizar la importancia de esos autores en el contexto de nuestra lengua y de la literatura mundial.
El libro que ya comenzó su andanza es Borges esencial (título que me recuerda el de Borges oral), “que incluye los textos introductorios y ensayos escritos ex profeso, una cuidada selección de lo más representativo de su poesía, ensayo y narrativa, además de la publicación íntegra de las que quizá sean sus dos obras más emblemáticas: El Aleph y Ficciones”, dice el cable. Esta reunión de textos estaba planeada para aparecer en 2016, año en el que se conmemoró el treinta aniversario luctuoso del genio argentino, pero se rezagó, costumbre del trabajo editorial, y hasta ahora fue puesta en circulación. Aseguran que se trata de una joya, pero eso equivale a no asegurar nada, pues el apellido Borges sólo produjo eso: joyas. Desde ya, hay que preparar la faltriquera para cuando Borges esencial llegue a nuestro desierto.
Quiero aprovechar el último párrafo de esta entrega para alentar el voto en la jornada electoral de mañana. Más allá de las sutiles o no tan sutiles campañas disuasorias o derrotistas, nuestra participación es fundamental. Entre más copiosa sea la votación, más certeza tendremos de que quienes lleguen a los puestos de elección sean los verdaderamente elegidos por la mayoría, no los que con artimañas de toda índole juegan el mafioso juego de la compra de votos y la adulteración de resultados. A votar y a invitar a votar a toda la parentalia. Entre más seamos, mejor.