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jueves, julio 02, 2026

22. Lineker


 







Gary Lineker (Leicester, Inglaterra, 1960) fue un rematador inglés clásico de goles ingleses clásicos: de cabeza a centros largos. Sumó en su carrera cerca de 300, diez en Mundiales. Sabemos que fue el máximo anotador en México 86. Él mismo ha dicho que anotó “el gol que nadie recuerda”, pues lo hizo (de cabeza) en el Inglaterra contra Argentina cuando su equipo iba 2-0 abajo debido a los célebres tantos de Maradona. El equipo donde figuró fue el Leicaster, de su ciudad natal. Vistió dos famosas playeras: la del Barcelona y la del Tottenham Hotspur, donde tuvo buen desempeño. Era un jugador de toda el área, sobre todo de la chica, pues como rematador de testa era fiel a la costumbre británica del anticipo a los defensores y al arquero durante los centros a la olla. Un recuerdo que de él conservo intacto corresponde a cierto pasaje de su vida, cuando anotó su sexto gol en el partido contra la Argentina; me sentí mal porque con ese tanto rompió el empate a cinco goles que en aquel momento mantenía con Maradona, lo que a la postre le granjeó el liderato en la tabla de goleo en el segundo Mundial mexicano.

miércoles, junio 20, 2018

Una alegría inoxidable












“El futbol es un juego simple que inventaron los ingleses: 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos y, al final, los alemanes siempre ganan”, es la célebre definición de futbol ofrecida por el delantero inglés Gary Lineker. Como podemos apreciar, hasta los ingleses, a quienes no les falta autoestima en absolutamente ninguna rama del quehacer humano, saben lo que es hablar sobre Alemania en el futbol. Y lo sabemos todos, de hecho, pues mundial tras mundial, torneo internacional tras torneo internacional, los alemanes han demostrado ser un equipo cercano a la invencibilidad.
Por eso, precisamente, el juego del domingo 17 representaba un desafío en el que casi nos dábamos por derrotados. Un empate, lo dije, equivalía en este caso a una victoria, pero ni en eso me atrevía a soñar con optimismo. Sin sobresaltos, tranquilamente, daba por hecho que perderíamos contra los germanos y luego debíamos remar a todo pulmón contra Corea y Suecia. No me afectaba gran cosa saber de antemano que caeríamos contra el equipo teutón, pues lo más lógico, según los anales futboleros, es que casi todos pierdan contra ellos. Así amanecí el domingo, con previa resignación y esperando el milagro del empate.
Luego ocurrió lo que ya vimos y enloqueció al país. México saltó a la cancha con una alineación más o menos esperada en la que destacaban los apellidos de Ochoa, Herrera, Guardado, Hernández, Vela y Lozano. Durante el primer tiempo —el mejor de México en muchos años— creo que por primera vez vi jugar mal a los alemanes; pero ni así, ni jugando con limitaciones, los hijos de Bekenbauer dejaban de ser peligrosos. Los mexicanos la tenían clara: abrumar a la selección alemana con presión en casi toda la cancha, esperar sus embestidas y contragolpear con toda la furia cuando los europeos perdieran un balón.
Así cayó el gol. Los mexicanos hurtaron una pelota en su terreno y la descolgada comenzó con una pared vertiginosa entre Guardado y Hernández; luego el Chicharito vio la entrada de Lozano quien se quitó a Mesut Özil y clavó uno de los goles destinados desde ya a figurar en la historia de nuestro futbol. En el segundo tiempo, lógico, los teutones se echaron encima pero un tanto desordenadamente, con más empuje que buen futbol, y no lograron anotar. Así se consumó lo que ni yo ni nadie esperaba, acostumbrados como estamos a caer cuando, en los mundiales, rasguñamos el paraíso.
Ignoro, como todos, qué vaya a pasar en los partidos venideros de México. Por lo pronto, el equipo cumplió con excelencia y nos dio una alegría inoxidable: México 1, Alemania 0. Increíble.