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sábado, abril 15, 2023

Libros en el hospital










Para don Higinio Esparza, in memoriam

La expresión “muchos libros” suele ser ambigua para cualquier bibliómano. ¿Qué significa?, ¿cuántos son “muchos libros” para alguien que los atesora con delectación?  La verdad, no lo sé, pero es un hecho que “muchos libros” quiere decir, en estos casos, innumerables libros, tantos como puedan ser de interés para quien los acumula. Según he visto —y sentido en casa propia— cuando ya se han saturado todos los espacios disponibles siempre habrá algún truco para entripar con más volúmenes la biblioteca personal. No necesariamente se trata de sumar estantería, sino, por ejemplo, de organizar filas dobles o meter libros en cajas que terminarán apiladas y refundidas en la oscuridad de un clóset. El problema de esta manía es, entonces, espacial, pero se ramifica en otras direcciones: los libros acumulan polvo, pueden ser albergue de bichos extraños y generan un ambiente aéreo acaso peligroso para las vías respiratorias.

Esto último sentí en días recientes al reacomodar mi biblioteca. Como tengo cierta obsesión por los libros antiguos —me refiero a ediciones de los cuarenta, cincuenta o sesenta ya algo amarillentas—, tienen un olor muy peculiar y supongo insoportable, e incluso dañino, para ciertos olfatos. A mí me molesta un poco, pero no llega a ser terrible porque cada tanto procuro sacudir y ventilar. Junto con esto, hace poco comencé con un proyecto aledaño a la acumulación de papel viejo: encuadernar.

Durante mucho tiempo le saqué la vuelta a esta posibilidad, pues además de que la imaginaba onerosa, sentía que intervenir los libros viejos con nuevas tapas era de alguna manera mancillarlos, alterar su aspecto original, adulterar su buqué nato y, por todo, degradar la calidad del libro. Hace poco, sin embargo, decidí por fin animarme a la encuadernación gracias a que un amigo escritor también se dedica a eso, a rejuvenecer libros con el milagroso tónico de la encuadernación profesional.

El resultado ha sido espléndido, y aunque no llevo más de treinta libros restaurados, es ya, para mí, un hecho: el hospital de libros resulta sumamente necesario, pues gracias a esta manita de gato los volúmenes adquieren una revitalización que incluso incentiva el deseo de leer. Mi política, además, ha sido pedir a Arturo Robles, mi encuadernador, que no deje un solo libro igual, es decir, con un aspecto uniforme, pues nada detesto más que las “obscenas ediciones de lujo”, como llamó Borges a esos libros parejos que sirven más como ornamento que como depósito de arte y saber. Al contrario, pedí que cada título fuera encuadernado ad libitum, de acuerdo al gusto espontáneo del especialista, no en una serie idéntica. Así, cada uno podrá conservar “su personalidad” y de alguna manera perseverar, como observó Spinoza, en su ser.

Los problemas del olor y el polvo no tienen más remedio que el aseo y la ventilación, mucho más en un clima como el lagunero, seco hasta la deshidratación. Así que, también un poco ad libitum, cada tanto me he obligado a abrir las ventanas, tomar el sacudidor y abatir en los posible las partículas de talco terrestre que son uno de los rasgos más salientes de la atmósfera regional.

No sé cuánto me vaya a durar el entusiasmo de la encuadernación, pero es un hecho que mandar un libro al hospital es más bien como llevarlo a un spa: sale rozagante a vivir, como me dijo mi encuadernador, “otros cien años”. Que así sea, para no heredar basura, sino libros en excelentes condiciones de salud.

lunes, marzo 14, 2022

Crónica sobre el Cañón del Junco

 









Exploración en el Cañón del Junco

Vestigios de escritura ancestral en Cuatrociénegas

“Este fin de semana iremos al Cañón del Junco, un lugar con pinturas rupestres que está en Cuatrociénegas. Te invitamos…”, fue el mensaje que recibí por inbox el 8 de septiembre. Lo escribió Héctor Esparza, una de las dos cabezas que concibieron la revista Nomádica. La otra, como sabemos, está sobre el cuello de Armando Monsiváis, Monsi. Accedí de inmediato. Luego de una larga, muy larga espera, por fin formaría parte de una expedición a los entornos deambulados y vueltos a deambular por mis amigos nómadas.

Tenía algunas dudas sobre mi condición física, pero en medio de la pandemia había reanudado poco antes la práctica del senderismo, deporte que consiste en caminar y caminar por los azarosos derroteros de cualquier zona campestre. El senderismo no había implicado, en mi caso, acampar, así que carecía de los rudimentos básicos para la pernoctación al aire libre. “Nosotros llevamos todo”, aclaró Héctor, pero no quise depender al cien por ciento de la generosidad nomádica y, como niño, salí en busca de un sleeping y de todo lo que pudiera ser necesario. No hallé mucho. Además del bolsón para dormir que usaría en el Bolsón de Mapimí, compré una navaja múltiple Coleman (marca que mitifiqué desde mi niñez), una brújula y una bolsita kangurera. Con eso recién comprado y una cantimplora, una soga y una lámpara ya disponibles en casa, la víspera del recorrido me eché temprano a dormir. Fue inútil: la impaciencia me tasajeó el sueño como sucedía hace muchos años, en la infancia, cuando alguna emoción me esperaba al día siguiente, cuando alguna alegría brillaba casi al alcance de la mano.

El sábado 12 desperté muy temprano y no resentí el pésimo descanso de la madrugada. Me aguardaba una aventura en despoblado, mucho más que un día de campo, y eso no podía mermarse con ningún cansancio. Como niño tomé todos los arreos y emprendí la marcha hacia el centro operativo de Nomádica. Llovía levemente, como garúa, y llegué todavía a oscuras. Lo primero que vi fue la Combi 1975, la nave espacial que, según la leyenda, ya había hecho decenas de viajes en pro del periodismo de investigación naturalista. Di los buenos días a Monsi. Luego vi a Héctor. Ambos me saludaron sin efusividad, acostumbrados como están al trote de recorrer todos los recovecos de Coahuila y Durango. Quise ayudar, pero vi que hacían nado sincronizado y preferí mantenerme sólo atento. “Aquí empieza la crónica”, pensé. “Estos dos ya le saben bien a todo el rollo”.

Poco después llegó un vehículo sospechoso. “Es el arqueólogo”, me dijo Héctor. Se refería a Yuri de la Rosa Gutiérrez, también experto en esas correrías, profesional del campismo investigativo. El arqueólogo no venía solo. Junto con él apareció Snoopy, un perro más listo que los cuatro seres humanos que ocuparíamos la Combi. Salimos rumbo a San Pedro cerca de las siete de la mañana, con el ligero chipichipi en el exterior y la carretera sin mucho tráfico.

La disposición de los ocupantes no varió desde el inicio. Monsi al volante, yo de copiloto (aunque no copiloteara nada), y Héctor, Yuri y Snoopy atrás. Mi conversación en la ruta, por ello, se expandió casi exclusivamente con Monsi. Es increíble lo poco que uno conoce a los amigos, y sólo el diálogo sosegado de un viaje puede permitir el despliegue de experiencias personales. A preguntas expresas, supe más de Armando Monsiváis, de su padre y su madre, de sus hermanos, y sobre todo de él, de sus inicios en el dibujo y luego en la fotografía, de sus viajes por el mundo, de sus hijos, de su matrimonio… una pizca de todo.

En el laberinto del diálogo llegamos al tema de la Combi. La compró a finales de los noventa y poco a poco fue adaptándola para viajar. Lo extraño del caso es que todas o casi todas las adaptaciones las había diseñado y ejecutado su actual dueño, pues, lo fui sabiendo en el camino, una de las más grandes pasiones de Monsi es la todología en artes y oficios. En efecto, a retazos me enteré, durante el trayecto San Pedro-Cuatrociénegas, que había construido su casa y él ha acometido cada adaptación y desperfecto, además de que suele reparar sus vehículos, así que es ducho en albañilería, electricidad, herrería, plomería, carpintería, mecánica y, en términos menos manuales, tiene asimismo destrezas propias del diseño industrial y de la arquitectura. Si a eso sumamos el dibujo (técnico y periodístico), la fotografía y la escritura, resulta una especie de agravio para quienes sólo sabemos desempeñarnos en uno o dos oficios, y esto a tientas. El colmo llega cuando uno sabe que además toca la batería y desde hace 18 años abraza un proyecto editorial. “Leonardo es un incompetente junto a ti”, me atreví a decirle.

Casi al mediodía llegamos a Cuatrociénegas para recoger al guía. Mientras lo esperábamos, Monsi y yo fuimos en busca de unas gorditas para desayunar. A media cuadra de la plaza principal encontramos un negocio y ordenamos. Las gorditas eran pequeñas, como de seis centímetros de diámetro, y eso me llevó a pensar en los cambios que experimenta la realidad a pocos kilómetros de distancia. Ya en Cuatrociénegas la gastronomía es otra, no idéntica a la que conocemos los laguneros. “La Laguna termina donde empieza otro tipo de gordita”, concluí.

El guía no pudo ser el que esperábamos, sino su hijo, un mocetón de 17 años de nombre Abdel. Con todo en orden, volvimos a la poderosa Combi y nos encaminamos al ejido Nueva Atalaya ubicado a la derecha de la carretera Cuatrociénegas-Torreón. A partir de allí el camino dejó de ser la mesa de billar asfáltica que habíamos recorrido y se convirtió en muchas brechas, atajos y meandros de superficies desiguales: polvo, piedra de río (sin río), laja, llano, grava. En todo el tramo de casi dos horas la Combi se portó con entereza, sin rajarse un segundo ante lo peliagudo del trayecto.

Poco a poco nos alejamos de todo asentamiento humano. Los últimos rastros de civilización que vimos fueron dos abrevaderos artificiales, secos ambos. Uno de ellos lucía al lado la presencia, no poco pavorosa, de un caballo muerto y ya casi irreconocible, seguramente fulminado por la sed. La falta de agua, o más bien su uso irracional, ha provocado que ese rumbo de Coahuila muestre signos de desahucio, una calamidad que sólo deja en pie la flora y la fauna más tercas y endémicas, y a veces ni éstas.

Al fin llegamos a nuestro destino, más de siete horas después de haber salido de Torreón. El Cañón del Junco es en efecto, como su nombre lo indica, una inmensa grieta sinuosamente flanqueada por macizos de piedra. Los geólogos podrán explicar la razón prehistórica de esas formaciones, pero es evidente a simple vista que en algún momento del remotísimo pasado, cuando el hombre ni siquiera era una insinuación en la naturaleza, una montaña se rajó formando aquel cañón.

Allí, en una “cortina” del cañón estaban los dibujos rupestres que íbamos a saludar. Héctor me había dicho que estuvieron en ese sitio hace dos décadas, así que su principal inquietud estaba puesta en ver la condición actual de aquel vestigio aborigen. Hicimos una primera exploración hacia la cortina de los dibujos (no me atrevo a llamarlos “pinturas”) y comenzó el debate histórico, arqueológico, lingüístico y cultural. Yuri tuvo un encontronazo con Monsi en la discordia ¿es arte o no es arte? Héctor se obsesionó con la ontología del lenguaje, tema de acceso más complicado que el Cañón del Junco. Mientras nuestro toma y daca se desarrollaba, Snoopy exploraba a sus anchas, sin miedo a nada, todo el espacio abierto a su curiosidad infatigable.

Luego de las conferencias magistrales celebradas junto a los dibujos rupestres, bajamos para comer algo y comenzar el montaje del campamento. Vi entonces, y ayudé en lo que pude, el trabajo de los exploradores. Yuri y el joven guía levantaron una gran casa de campaña; Héctor, no supe por qué, articuló al lado un cono individual, y Monsi puso a modo el techo plegable, como fuelle, de la camaleónica Combi Westfalia. Allí dormiría él.

En la soledad total del cañón, el día se fue apagando y entonces reparé en una de las maravillas que me deparaba el viaje: el cielo durante la noche. En el crepúsculo, cuando el sol todavía iluminaba a ras de suelo, imploré para que se retiraran unas pocas nubes, pues yo deseaba ver el cosmos sin obstáculos. Había poca disponibilidad de leña, pero entre todos reunimos varas para alentar una fogata donde cocinaríamos la cena. El menú fue sencillo, sin lujos, y más lujosa fue la charla: entre otras cosas, pregunté a Yuri por su lugar y año de nacimiento en el DF, y me dijo “Tlaltelolco, 1968”. Hacia el 2 de octubre tenía pues unos meses de nacido, sus padres participaban en el movimiento estudiantil y él había sido bautizado “Yuri” en homenaje al cosmonauta soviético, quien murió aquel mismo año.

Poco a poco llegó la noche más transparente que yo había visto en cuarenta años. Entre todos me indicaron la ubicación de Júpiter, de Saturno, del rojizo Marte y la Vía Láctea en el inmenso lienzo salpicado de luces que se abría ante mis ojos de animal urbano. “Este sí es cielo, no la poca cosa que podemos vislumbrar en la ciudad”, pensé.

Ya cenado, Monsi fue por su cámara. Comenzó allí, para mí, otro espectáculo. Hasta entonces, yo imaginaba que las fotos a cielo nocturno consisten en poner la cámara en “bulbo” sobre tripié, y listo. Craso yerro. Para captar hebras de luz en la oscuridad casi absoluta es necesario el bulbo de la cámara, cierto, pero también un juego complicado de luces, tiempos y obturaciones de la lente con la mano. Es algo difícil de explicar, pues Monsi, como director de orquesta —y Héctor como primer violín— nos daba indicaciones desde su emplazamiento junto al tripié para hacer tomas fotográficas que podían alcanzar los dos minutos de duración. “Uno puede llegar de día, tomar la foto e irse… eso lo hace todo mundo. Para que agreguemos interés periodístico tenemos que buscar algo distinto”, me dijo Monsi. Al final de las dos horas fotográficas en la penumbra no pude no confesarle mi satisfacción: “Me da gusto haber colaborado en estas fotos”.

Concluida la sesión para capturar las imágenes nocturnas de los dibujos rupestres volvimos al campamento. Todos estábamos ya fatigados y, sin más, tomamos nuestros lugares para el sueño. Yo caí en la casa de campaña grande, junto al guía, Yuri y Snoopy; Monsi en la Combi y Héctor en la casa de campaña individual, sólo acompañado por sus ronquidos, unos ronquidos que hacían eco en la inmensidad del cañón.

Al día siguiente, domingo, desayunamos con una nueva fogata e hicimos una breve caminata extra más adentro del cañón. Yo añadí un último vistazo a las pinturas. En el regreso nos detuvimos en una especie de cueva con una formación rocosa parecida a un elefante. La recorrimos, vimos gran cantidad de guano de murciélago al lado del paquidermo y ahora sí salimos del cañón.

En el camino de retorno agradecí íntimamente la aventura y pensé en lo que había hecho durante la mañana, cuando en un ratito me escapé sin compañía a ver los dibujos: me despedí para siempre de aquellas enigmáticas huellas de la comunicación humana, pues es casi seguro que nunca más habré de volver a ese lugar. Viví en ese simple gesto la emoción de quien se despide de los viejos, de los viejísimos paisanos que las habían pintado para comunicar algo, jamás sabremos qué.

Comarca Lagunera, 3, octubre y 2020

sábado, enero 20, 2018

La canica global

















Uno de los regalos que más recuerdo de mi infancia fue un receptor de radio. Era verde pajizo, de plástico muy compacto, con un diseño algo militar, y funcionaba con pilas. Como era de esperarse, agarraba todas las estaciones AM de la localidad, pues sospecho que todavía no llegaba la FM a La Laguna. Estoy hablando del 72 o del 73, más o menos. Me faltaban uno o dos años para cumplir los diez y hasta entonces los regalos no habían sido abundantes, lo que suele ocurrir en las familias numerosas. Por eso aquel radio fue uno de mis objetos favoritos. Recuerdo que lo encendía y me movía por el cuadrante como quien busca señales de otro planeta. No olvido su marca: Megatone, ni una etiquetita colocada en su reverso, casi escondida: “Made in Japan”.
Para entonces, a principios de los setenta en Gómez Palacio, la idea de lo foráneo se relacionaba casi exclusivamente con Estados Unidos. Los productos de calidad los fabricaban allá, venían de allá, por eso no faltaba que el deseo más socializado entre los niños y los jóvenes fuera tener unos tenis, un pantalón o cualquier otra prenda “americana”. Como mis coetáneos, yo también soñé con unos tenis Converse, pero acá eran escasos. Sólo podían tenerlos quienes contaban con un padre adinerado que pudiera viajar o mandar traerlos desde la frontera, de El Paso o Laredo, principalmente. Dado que los Converse eran un sueño inalcanzable, muchos nos conformamos con una mala copia mexicana llamada Super Faro, tenis que sólo servían para ponerse y a lo mucho caminar en la ciudad, pues cualquier actividad deportiva o medianamente ruda los convertía en piltrafas.
Dada esa fijación por lo “americano” me asombró y recuerdo todavía mi radio Megatone. Era japonés, y mientras oía canciones fantaseaba con la biografía del aparato: unos japoneses lo habían diseñado, unos japoneses lo habían armado, unos japoneses lo habían metido en su cajita, unos japoneses lo habían vendido, y luego de un recorrido por el océano (seguramente en barco), llegó a México y acá lo compró mi padre para mí. Fue, creo, el primero objeto que me permitió imaginar el apabullante tamaño del planeta.
No sé qué pasó con ese radio, supongo que se descompuso o pasado un tiempo me dolió comprarle baterías. Tendrían que pasar algunos años más para que lo “americano” dejara de ser lo único o casi lo único que nos llegaba, y ya para mediados de los ochenta la globalización económica pugnaba por estallar. Los aparatos electrónicos de alemanes, nipones, coreanos, norteamericanos y demás se abrían paso como contrabando, en las fayucas, hasta que, ya en los noventa, los hogares de todos los laguneros tuvieran objetos fabricados en cualquier punto de la canica terrestre.
Hoy parece normal eso que hace treinta años no lo era tanto: el planeta es una maquila y todo es mercado de todo. El atuendo de una persona basta para comprobar que carga el mundo encima: celular coreano, reloj alemán, bolígrafo español, lentes italianos, camisa gringa, zapatos mexicanos, pantalón chino, calcetines hondureños… en suma, la canica otrora inmensa y misteriosa se achicó y el asombro ante lo lejano está en peligro de extinción.

miércoles, mayo 24, 2017

Nómadas en libro
























Los caminos de la coedición son venturosos. Gracias al esfuerzo conjunto del Teatro Isauro Martínez, la revista Nomádica y la Universidad Iberoamericana Torreón tenemos a marced un libro más sobre el entorno de nuestra comarca. Los textos de Héctor Esparza y Armando Monsiváis integrados en Nómadas de papel. De la cima a la sima: por los caminos de la crónica permiten al lector un recorrido por los ámbitos naturales que nos cupieron en suerte, espacios que por lo general olvidamos sobre todo quienes vivimos en la mancha conurbada.
Se trata pues de un libro con textos periodísticos en los que —al margen del autoescarnio que hace grata la lectura y honra a sus autores— son pintados de maravilla muchos lugares próximos, y no tanto, a La Laguna y sus alrededores. Recibí la invitación para prologarlo y no escatimé elogios para ponderar una labor, la de Nomádica, que bien merece, estoy seguro, nuestro reconocimiento. Así pues, pude describir la dinámica de los trotadores del semidesierto que han sido, ya durante quince años, Esparza & Monsiváis: “… la dupla se ha movido por las cuatro zonas del cardinal tanto en territorio de Coahuila como de Durango, los estados que pellizca la Comarca Lagunera. Valles, cadenas montañosas, desiertos, ríos, cuevas, minas, puentes colgantes, haciendas fantasmales y demás parajes hóspitos e inhóspitos han sido visitados con cámara, papel y pluma en ristre; tales lugares están sobrepoblados por serpientes, moscos voraces, osos, hormigas, alacranes, terratenientes, policías y demás especies sin modales que han visto pasar los vehículos oficiales de Nomádica. Sus dos tripulantes dan cuenta de algunas de esas andanzas en este libro y nos muestran recovecos desconocidos de nuestro entorno, parajes en los que no deja de latir algo de virginal, de salvaje, de nuevo y por lo tanto de inseguro, ajeno al privilegio urbano de tener cerca, para empezar, ambulancias y hospitales”.
Habituados como estamos a pensar que el espacio de La Laguna se reduce a ciertas ciudades, Nómadas de papel, al trazar crónicas sobre espacios naturales más bien agrestes, fuerza una reflexión: en este lugar ayuno de comodidades logramos construir, durante siglos ya, una región próspera y de fuerte personalidad. Recordar esto, hacerlo ver a los lectores, no es flaco mérito para un libro con perfiles periodísticos.

miércoles, abril 29, 2015

A qué jugábamos












No es infrecuente que en las conversaciones de este tiempo salga a relucir el tema de la tecnología y la enajenación. Cualquier sobremesa, cualquier diálogo ocasional lo provoca, pues no falta que mientras avanza la charla alguno de los interlocutores saque el teléfono celular y comience a revisar su Facebook, su Twitter, su Istagram o algo parecido. Es allí donde surge la inquietud en quienes lo ven: ¿vas a estar revisando tu Facebook cuando platicamos?, le dicen. Y es entonces cuando revive el comentario acerca de la tecnología (los dispositivos electrónicos) y la adicción visible en cualquier lado, incluso cuando la gente va caminando en medio de la muchedumbre, lo que recuerda el chiste del paciente que llega con su psicóloga y le revela: “Me siento aislado, no converso con nadie y siempre estoy cabizbajo; ¿qué tengo, doctora?”. “Seguramente un celular”, le responde.
Ahora bien, si esta enajenación es evidente en muchos adultos, en el caso de los niños y los adolescentes es ahora casi unánime. La escena del chico metido hasta las orejas en su celular o su tableta en una fila o en la escuela o en la iglesia o en una sala de espera o en el camión es hoy omnipresente. La  enajenación por los dispositivos con pantalla es sobre todo, casi por antonomasia, la de los niños, y mucho se especula y se especulará si eso hace bien o hace mal, si de esa adicción saldrán seres humanos pensantes o atrofiados. No se sabe todavía, lo único cierto es que se trata de una conducta inevitable, pues prácticamente ningún niño renunciará a sus pantallas touch para engancharse a otras formas del consumo informativo y del entretenimiento.
Una de las conversaciones que crecen a la vera de las sobremesas es también, por lo anterior, la de los juegos. ¿A qué juegan hoy los niños? Respondemos rápido: a lo que bajan de internet en sus celulares y tabletas o a lo que igualmente pueden instalar en el televisor. O sea, los niños sólo juegan hoy a las pantallas. Esto, si uno tiene cuarenta años o más, nos lleva de paso a recordar los juegos infantiles preinternéticos, y es entonces cuando los comensales apelan a la nostalgia para traerlos a la charla.
Me ha tocado estar allí, en esos diálogos, y mostrar la parte que me corresponde de recuerdo. Uno de los comentarios que siempre hago es el de las temporadas. Así como el año se divide en estaciones, los juegos de mi niñez y la de muchos que tienen mi edad, poco más o poco menos, eran practicados en determinados periodos. Por ejemplo, si las canicas eran disparadas de mayo a julio, el trompo zumbaba de agosto a noviembre, y así los demás divertimentos.
Una rápida ojeada a esos juegos ya extintos, heridos de muerte por las pantallas táctiles, me permite armar este breve sumario.
Trompo. Fue mi favorito. A diferencia de los que fabrican ahora, los de mi tiempo eran de madera, unos coloridamente pintados, de una madera relativamente blanda, y otros más toscos, los de mezquite, durísimos. Esos trompos eran acondicionados con un clavo mocho y brutal en la punta, para que dañaran, pues el juego principal consistía en dar “cancos” (golpes) a los trompos enemigos de acuerdo a una sencilla reglamentación. Los trompos de ahora, hechos de plástico, sirven sólo para hacer suertes de fantasía, como lanzarlos y capturarlos en la mano, de aire, sin que pierdan su rotación.
Papalotes. También llamadas güilas o huilas. Tenían su fecha específica: febrero y marzo, para aprovechar los infalibles vientos que azotan por tales meses a La Laguna. Aunque vendían unos de plástico, eran muy pesados y elevarlos sólo era posible si uno corría soltando el hilo. Por esto eran insuperables los de papel de china o, todavía más caseros, los de periódico. Su elaboración era verdaderamente artesanal, y nunca dejaré de sostener que el éxito de su vuelo se basaba en dos elementos: la cruz de carrizo y la manera de amarrarlos. Un papalote de periódico y bien hecho podía sacar del carrete hasta 200 o 300 metros de hilo. Impresionante.
Canicas. Fui un mal jugador de canicas, pero empeñoso. Las reglas tenían muchas variantes, pero todas incluían la posibilidad de ganar o perder piezas según el acuerdo de los competidores. Había expertos que pasado un tiempo acumulaban botes llenos de canicas, todas ganadas en buena lid. De este juego recuerdo las palabras que servían para definir a los jugadores duchos y a los inexpertos; los primeros tiraban “de huesito”; los segundos, “de uñita”.
Yoyo. Era menos practicado, pero recuerdo rachas fuertes de pasión por este juego. Lo impulsó sobre todo una compañía llamada Duncan que fabricó un yoyo de plástico duro y eficaz. Con él se podían hacer muchas suertes, y son para mí inolvidables las exhibiciones que la empresa ofrecía con expertos que visitaban escuelas y se plantaban en tiendas para promocionar el producto.
Bélit. Sobre este juego he escrito detalladamente en otro espacio (“Nostalgia del bélit"), y creo que es el divertimento más económico que practiqué jamás. Tenía sus reglas, divertía por horas, y sólo requería un palo de escoba vieja. Se hacían dos trozos con el mango, uno como de doce centímetros y otro como de 35 o 40, y eso era suficiente para alegrar la tarde, imagínense.
Estos y otros juegos nada pueden hace frente al Xbox. La batalla está perdida y sólo queda la memoria para vislumbrarlos.

miércoles, enero 21, 2015

Cementerio de futuro


En el número más reciente de la revista Nomádica aparece el artículo que traigo a continuación. Como siempre, esa revista sobre medio ambiente, historia y arte ofrece muchos textos y fotogafías de interés.
Una purga de roña en el cuarto de los triques me llevó a reflexionar en el destino de la tecnología obsoleta y en nuestra tecnoglotonería. La revelación de este asunto se dio cuando vi dos gabinetes de computadora (cepeús), dos monitores, dos teclados, un escáner, una impresora, un amasijo de cables y como cuatro ratones (mouses, quiero decir) inhabilitados y listos para convertirse en carne de pepenador. Eran, pues, varios kilos de plástico, vidrio y no sé cuántas tripas más ya rebasados por el futuro, objetos que en 1998, poco más o poco menos, fueron el fabuloso presente de mi cibernética hogareña. Aquel cementerio de cachivaches me llevó a pensar en lo rápido que ahora se nos va el futuro. Basta una década, basta un lustro para que los aparatos que nos hicieron sentir modernos parezcan luego piezas de museo paleontológico. Ver ahora un cepeú, por ejemplo, es contemplar el voraz destino de la tecnología: en muy poco tiempo nos parecen incómodos, feos, mastodónticos, tanto que irradian un deprimente aire de inutilidad. Y pensar, pienso, que esas herramientas alguna no lejana vez fueron anunciadas como lo mejor, como el futuro que nos haría la vida más cómoda. En un lapso cortísimo, ya vemos, se convirtieron en nada, a lo mucho en objetos lamentables que durante algunos años fueron a dormitar en un cuarto de triques hasta que una purga de chácharas inviables los condenó al camión recolector. Ya no hay producto de ese tipo, tecnológico, que no reciba publicidad excesivamente fanfarrona sobre sus virtudes anticipatorias. Todas las computadoras, los coches, los teléfonos y sus afines nacen, según los anuncios, para brindarnos la dicha de que gocemos el futuro hoy. Es una estrategia cliché de los mercadólogos, lo sé, y también sé que ya no reparamos tanto en esa publicidad para comprar los aparatos que requerimos. La simple obsolescencia de los que ya tenemos nos obliga a comprar una versión actualizada. Yo qué más quisiera: si me dieran a elegir, me hubiera quedado con la misma computadora de 1993, pero lo que ocurrió luego es pasmoso: mi PC del 93, un armatoste de seis o siete kilos, un cajón de medio metro cuadrado de tamaño, no tiene la memoria que ahora cabe en un dispositivo portátil usb que pesa no más de veinte gramos y mide lo que una goma de borrar. Imposible, pues, aferrarse a un pasado que no por cercano parece cavernario, remotísimo. La basura tecnológica que ha producido mi consumo de enseres computacionales me lleva a recordar algo en lo que frecuentemente pienso: defenderme, no caer en las garras de una adicción que parece no tener fin y sólo garantiza erogación tras erogación. Es innegable la revolución personal y colectiva provocada por estos aparatos, pero también hay mucho de falaz en sus virtudes. Es cierto: tenemos todos los periódicos del mundo a nuestra disposición, cualquiera con un click puede acceder (no accesar) a ellos, pero si nos fijamos con atención, los diarios, los buenos diarios, no son el pan habitual de los cibernautas. Tenemos cientos de páginas con libros a merced, gratuitos, muchos de ellos pirateados, pero con todo y eso la gente no lee (antes, la escusa se relacionaba con el precio de los libros; ahora, con el disgusto y la incomodidad de leer “en la pantalla”). Ni caso tiene hablar sobre el uso generalizado de la computadora y su más pudiente y maravilloso engendro, el internet; todos sabemos cómo, en qué, para qué se usan esos monstruos. La tecnología es bienvenida, negarla es obtuso, pero también admitirla a ciegas, consumirla sin discrimen y sólo para el hedonismo y la estulticia, lejos de ser liberador, nos ata, “coloniza nuestra subjetividad” (como dice José Pablo Feinmann sobre los medios en general) y nos mantiene haciendo que suenen las máquinas registradoras de marcas a las que no les preocupa en verdad nuestro bienestar presente o futuro. La mejor prueba de que el porvenir no habita los aparatos en sí es el montón de plástico, cables y chips que eché a la basura cuando el futuro que simbolizaron se convirtió en pasado, en polvo, en nada. Todo en una simple y veloz década.

lunes, junio 06, 2011

Retorno al blog



Durante un mes tomé distancia de todas mis actividades de escritura y publicación en soportes de papel y medios electrónicos. Creí que la decisión de cerrar mi blog, mi Facebook y mi Twitter sería definitiva y me permitiría abrazar los proyectos que más quiero, los libros que se arman y se publican a un ritmo mucho menos frenético. Dos razones me llevan a considerar, hoy, aquel retiro como algo pasajero: a) mi prematura nostalgia, esa especie de necesidad creada durante años y difícil de abandonar nomás por nomás; y b) las cartas de queridos amigos que me dieron una generosa idea de que, pese a todo, la recepción de mi trabajo no es tan mala en esos pocos pero atentos lectores. A ellos, sobre todo, dedico este regreso que no por rápido deja de ser emotivo para mí, pues en más de 25 años no había dejado la chamba periodística y en un mes de asueto vi que puede ser indispensable para mí y acaso grata para ciertos queridos amigos.
Publico en este retorno mi última colaboración a la revista Nomádica. Se refiere a la golpiza que le propinó el invierno pasado a nuestra flora arbórea. Ese desaguisado meteorológico nos tiene ahora sumidos en calorones de récord, de arriba de 40 grados. Todo, en suma, por la gelidez de dos días y la falta de buen criterio a la hora de elegir los árboles que cuidaremos.
Gracias, pues, por alentarme; aquí seguiré con entreguitas semanales mientras tanto y he reconectado Facebook y Twitter, por si gustan asomarse también por allá.
La foto que ilustra este post es de mi hija Renata Muñoz Chapa.

Postal en sepia de La Laguna

Jaime Muñoz Vargas

No recuerdo nada similar en mi vida como lagunero de toda la vida: llegar a Torreón y ver el panorama de los árboles amoratados por el frío es algo que me dejó paralizado, más frío que los propios árboles victimados por la helada brutal que los golpeó entre 3 y el 4 de febrero, fechas que pasé, por razones de trabajo, en la capital del país. La moraleja que queda luego del latigazo propinado por los elementos a La Laguna se relaciona, de nuevo, con la necesidad de repensar en el tipo de flora que debemos alentar.
Como en 1997, cuando nevó y el frío nos hizo garras miles de árboles, el 4 de febrero de 2011 pasó algo similar, o si se quiere peor, pues según pudimos saber la baja temperatura tuvo una duración y una intensidad infrecuentes en La Laguna. Acostumbrados como estamos a frío que en realidad es una caricatura de los que pegan en otras latitudes (no digo de Europa, sino de nuestro mismo país), el de aquellos días nos dio una probadita de lo que puede hacer la gelidez con los seres vivos. No hubo víctimas humanas, por suerte, pero las arbóreas se contabilizaron por miles.
La violencia climática se ensañó principalmente con ciertas especies. No sé exactamente con cuáles, pues no soy especialista en detectarlas y nombrarlas, pero para cualquiera fue visible que los ficus y los pingüicos sucumbieron ante la hostilidad del clima. La primera evidencia del daño fue el tono púrpura-mate que adquirieron; luego, con los días, pasaron a tener un follaje café-terroso. Ni en un primer momento ni después hubo recomendaciones enfáticas de las autoridades para que los ciudadanos supieran bien a bien qué había pasado con los árboles, si estaban muertos o no, si era o no prudente recurrir a la poda o a la tala.
Pasado un mes, muchos árboles vieron perder su follaje muerto tras los primeros ventarrones del año o con las numerosas podas que sobrecargaron de chamba a los jardineros y a los carretoneros de mulas. Por todos lados y a toda hora, los profesionales del machete y de la sierra eléctrica tumbaron ramas y más ramas, esto sin que se conociera a las claras la pertinencia de las podas. Del panorama triste de los árboles cabezones y cafés pasamos al panorama todavía más desconsolador de los árboles desnudos y llenos de muñones. Hubo, al menos para mí, unos días de suspenso en los que no sabía si mis árboles habían perecido o libraron, incólumes, el siniestro. Tengo cinco, y sólo uno de ellos es un ficus. Al momento de ordenar estas palabras (8 de marzo de 2011) sé, con gusto, que cuatro han sobrevivido y sólo el ficus me mantiene en ascuas. Los primeros brotes de verdor en los que ya salieron airosos me llevan a pensar en su follaje venidero, tan abundante y sombreador como siempre.
Como en muchos otros temas relacionados con el medio ambiente, falta puntual información acerca del cuidado que debemos tener por nuestra flora. Esa información no sólo se relaciona con las etapas de contingencia como la que acabamos de padecer luego del bajón de temperatura. Lo recomendable es que las autoridades, y la SEP en sus programas y los medios de comunicación, informen oportuna y ampliamente sobre las especies que se adaptan con facilidad a nuestro ambiente, para evitar en el futuro una recaída ante meteorologías otra vez severas.
Cierto que no son los más bellos y por ende los más populares, pero muchos árboles se acomodan con facilidad a nuestra región y sobreviven a cualquier adversidad dictada por el clima extremo. Otros adornan con su hermosa facha y regalan muy buena sombra, pero por fuerza mueren ante climas que llegan a golpearlos cada tanto.
El frío de principios de febrero en La Laguna nos abrió de nuevo, pues, la oportunidad para revalorar a la flora nativa, ésa que resiste tanto el sol como, particularmente, el frío intenso que nos cae encima cada diez o quince años. Si reforestamos, no está de más consultar con los expertos y guiar nuestra elección con criterios menos ornamentales y más prácticos. Sólo así garantizaremos que nuestra sombra y nuestro oxígeno no se vean mermados.

domingo, enero 09, 2011

Decálogo del ambientalista adolescente



Nomádica número 52 deambula en sus habituales puntos de distribución. Como es costumbre, varios artículos y reportajes nutren sus páginas. Paco Valdés Perezgasga expone sin eufemismos lo que significa comer irracionalmente, sin pensar; Leticia González Arratia y Adriana Lorena Meza comentan los antecedentes prehispánicos del día de muertos; “Los majestuosos cañones de Parras” es un paseo por aquel rumbo siempre mágico. Todos los textos y las secciones son valiosos en este último número nomádico (perdón por el tríptico esdrújulo) de 2010. Yo cooperé con el artículo cuyo título preside esta entrega de Ruta Norte. A ver qué les parece:
El Gobierno del Distrito Federal ha emprendido todas las medidas imaginables para aminorar el desastre ambiental en nuestra monstruosa capirucha. Ante el cataclismo, no ha quedado más remedio que prohibir y prohibir, que multar y multar, pues sin medidas de ese tipo la situación sería peor. El “hoy no circula”, por ejemplo, es tan duro que los chilangos ya se acostumbraron a acatarlo. Por supuesto, toda coerción parece poca frente al maremagnum contaminante. El consumo de energía que demandan más de veinte millones de habitantes en aquella mancha gris, el agua que consumen, la basura que generan, el monóxido que expulsan y todo lo que deseemos añadir en materia apocalíptica, no puede frenarse o moderarse nomás con castigos. Ahora como nunca es necesario, creo, una conciencia ambiental que haga obligatoria la participación de cualquier ciudadano, el aporte del individuo anónimo en la defensa de lo poco respirable que todavía queda en la otrora región más transparente del aire y en cualquier otra amagada por el desastre.
Ese es el espíritu del “Decálogo del ciudadano econsciente” que publicó la revista Algarabía en su edición 46 y que bien harían en asumir como credo los habitantes no sólo del DF, sino todos los que, como nosotros en La Laguna o en cualquier parte de Coahuila y Durango, ya vemos en muchos espacios cercanos el daño provocado por la ubicua irresponsabilidad.
Un decálogo es la enumeración de diez mandamientos. Suelen ser diez para no desentonar con la tabla mosaica, pero los puntos podrían ser cien o doscientos, si queremos. El caso es tener claridad sobre un hecho: como la prohibición es ahora insuficiente, es necesario que el ciudadano conozca y haga suyas algunas reglas de comportamiento en un mundo devastado por el descuido de tantos. Así, pues, uno se convierte en guardián de sus propios actos, en severo vigilante de las acciones que a sí mismo lo tranquilicen o lo lleven ante el tribunal de su propia consciencia, para sintetizarlo en una frase con tufo decimonónico.
La propuesta de Algarabía no es nada despreciable; va dirigida, creo, al ambientalista amateur, al, digamos, ambientalista adolescente cuya colaboración, sin embargo, es vital para mitigar las agresiones a la Tierra. Enumero sus puntos y los comento:
1. Desenchufarás tus aparatos y cargadores. Se trata de una operación sencilla, de un simple movimiento y ya. Se supone que los aparatos eléctricos o los cargadores (de celular, por ejemplo) consumen energía incluso apagados, de ahí que haya ahorro de energía con el simple acto de desenchufar.
II. Sustituirás los focos tradicionales por focos ahorradores de luz. Esta es una práctica por fortuna cada vez más generalizada; sin embargo, el precio del foco ahorrador de buena luminosidad suele ser mucho más alto que el de la bombilla común; la gente prefiere el gasto lento de energía que el gasto abrupto provocado por la compra de cada foco. Cuando el precio del foco llegue a ser menos elevado, este mandamiento será más popular.
III. Evitarás el uso de bolsas de plástico. Este es un auténtico problema mundial, pues en términos prácticos la bolsa de supermercado u otro tipo de establecimiento se ha convertido en adminículo clave del intercambio comercial. Es económica, resistente, duradera y hasta publicitaria, y ahora también sirve casi obligatoriamente para reciclarla como recipiente de basura. Se dice que algunas son ya biodegradables, pero el ciudadano común no repara en este detalle y acepta y hasta exige las bolsas de plástico de cualquier calidad. Un lío, en suma.
IV. Reciclarás el papel. Se sabe que en muchas oficinas hay políticas institucionales de reciclado de papel. Sobre esto hay cada vez más consciencia, pero, como en todos los casos, falta camino por avanzar.
V. Compartirás tu coche. Hay familias de cinco o seis miembros en las que cada uno usa un coche distinto para todo; a veces es por irresponsabilidad y a veces porque el mundo actual, con sus distancias laborales disparatadas, no permite el uso de un solo vehículo. Además de compartir el coche, hay que fomentar el uso de transporte público y la bicicleta. También hay que caminar más seguido.
VI. Utilizarás medios alternativos de transporte. Lo dicho: el camión, el metro, el pesero, la bicicleta y caminar son, en muchos casos, una ayuda maravillosa al medio ambiente y a la economía y a la salud personales.
VII. Separarás la basura. Esto viene siendo una muletilla desde hace añales, pero en México es ínfimo, si no es que nulo, el número de personas que separan los desechos domésticos.
VIII. Disminuirás tu consumo de agua. Es de las medidas más sencillas y útiles que podemos tomar como ciudadanos. Ya sabemos: no pasarse mil horas en la regadera, regar jardines de noche, no lavar coches a manguerazos y evitar fugas, entre otras cotidianas prácticas. En La Laguna es una de las urgencias más notorias: que todos seamos cuidadosos con el uso del agua.
IX. Plantarás un árbol. Yo no he plantado árboles, pero llevo varios años de mi vida cuidando los que me han tocado. Ahora soy responsable de cinco. No sé si otros tienen idea de lo que eso significa, pero sé que plantados o adoptados, los árboles son fundamentales por razones muy visibles en el caso de La Laguna: la sombrita que regalan.
X. Compartirás todos estos tips con todos tus conocidos y amigos. Eso es lo que estoy haciendo aquí, precisamente.

domingo, noviembre 14, 2010

El secuestro de la noche



El número 51 de Nomádica ofrece, como acostumbra esta revista, un repertorio muy interesante de textos y de espectaculares fotos. Destaco los reportajes sobre la presa El Tigre y sobre la basura en Torreón. También, varios artículos ineludibles: uno de la investigadora Celia López González sobre la fauna extinta de Durango; otro de Paco Valdés Perezgasga sobre árboles y bosques, y uno más de Leticia González sobre la historia de las investigaciones antropológicas, además de otras muchas colaboraciones. Yo aparezco en esa lista con el breve apunte cuyo título encabeza esta columna y aquí dejo caer:
Soy un sedentario insalvable, pero entre septiembre de 2009 y mayo de 2010 tuve la fortuna de caminar por cuatro importantes capitales del mundo: Madrid, Londres, Buenos Aires y el Distrito Federal, en este orden. Recuerdo que una sensación extraña me invadió en cada una de esas ciudades, sobre todo en la primera de la lista: me sentía raro en sus madrugadas. Por el cambio de horario y porque era necesario aprovechar la energía lo más que se pudiera, en los quince días que estuve en Madrid disfruté las horas de vigilia hasta más allá de la medianoche. Al principio percibí la rara inquietud que produce el riesgo cercano: sentí que la noche me exponía a cierto peligro, que el desaguisado me esperaba a la vuelta de cualquier esquina. Poco a poco advertí que si bien el riesgo existía, pues no hay ciudad en el mundo que de noche sea segura al cien por ciento, era difícil que algo malo ocurriera. Al ver el comportamiento de los noctámbulos noté que nadie se metía con nadie, que el peligro era mínimo y, lo más importante, concluí que mi preocupación se debía, obvio, a la inercia: físicamente estaba en Madrid, pero emocionalmente seguía en La Laguna.
Pasada la confusión cronotópica, todo siguió de bajadita, más tranquilo. Las madrugadas son excelentes en cualquier lugar cuando no hay amagos de violencia, así que caminar las calles madrileñas sin el fantasma de la agresión fue una especie de felicidad sin mácula, aunque sabidamente efímera, para este lagunero ciscado, miedoso ya de transitar las noches sin altas cuotas de zozobra.
Luego del recorrido por la Gran Vía y sus alrededores, pasé a Londres un ratito. El primer día recibí el deslumbramiento del Támesis y junto a Quique Sada caminé y caminé y caminé sin considerar que mi pobre saco de Factory apenas podía contrarrestar el frío calador y flemático de England. Las dos madrugadas que allí tuve transcurrieron entre recorridos salvajes a pie y ninguna amenaza de nadie. Más: casi puedo asegurar que no vi una sola patrulla en la oscuridad.
Unos meses después, en mayo, pasé dos semanas seguidas en Buenos Aires. Adrede hice allí el experimento de vagar sus calles durante tres o cuatro noches/madrugadas. En otras tres tuve la ayuda de un vehículo, el de mi amigo Fabián Vique, escritor, quien sin quererlo me regaló tours sobre ruedas por la inmensa noche porteña. Como en los casos de las dos ciudades europeas ya citadas, no idealizo, y menos al referirme a Buenos Aires: sé que los niveles de violencia urbana son de tomarse en cuenta y nadie puede salir confiado a caminar, pues la sorpresa negativa acecha en cualquier recoveco de la urbe. Para mi estupor, nada, absolutamente nada pasó, y eso que Buenos Aires tiene fama de contar con rufianes callejeros de primerísima categoría. Y lo peor, o lo mejor, según se quiera ver: noté poca vigilancia, escasos rondines de patrulleros o policías de a pie.
Para terminar mi periplo, digamos, internacional, caí dos noches en el DF. Si de Baires afirmé lo que afirmé, del DF qué se puede añadir. Todos sabemos de su prestigio como una de las ciudades más peligrosas del planeta, de su capacidad para aplacar al que se le ponga enfrente con cara de perdonavidas. El DF es el DF, como bien lo sabe Perogrullo. Nadie en su sano o insano juicio es tan valiente como para no temerle un poco, pues en su infinito dédalo de concreto puede pasar hasta lo que no. Pese a todo, porque su policía sobreabunda a toda hora o por la razón que sea, las madrugadas están todavía muy pobladas de noctámbulos fiesteros, de vida. Quiero pensar que favorece mucho el hecho de que es la capital política y económica del país, y eso cuenta sobremanera a la hora de asignarle presupuestos para seguridad pública. Aunado a eso, es una realidad que ya no tiene la policía del Negro Arturo Durazo y Francisco Sahagún Baca, que sus cuadros han sido gradualmente adecentados, lo que se nota a la hora de caminar sus noches. Increíblemente, pues, y con las reservas del caso, pude andar el DF sin esa intimidante sensación de horror que por desgracia nos ha invadido como chancro en La Laguna.
Hace diez, hace siete, hace cinco años, el paisaje nocturno de la región lagunera parecía excepcional. Nadie reparaba en el valor de la tranquilidad simplemente porque jamás había sido secuestrada. Hoy, ante el peligro, muchos ciudadanos desean aislar sus colonias con muros o tapones en ciertas calles, lo que sin duda cambiaría el rostro de nuestra urbe sin que esto se traduzca en una paz definitiva. Por desesperación y miedo suelen tomarse caminos que parecen radicales, pero que sólo alargan la agonía. El ideal no debe ser la tranquilidad en una cárcel con apariencia de ciudad; el ideal es la urbe para todos a toda hora, como toda proporción tomada lo viví en los viajes ya brevemente narrados. En eso hay que soñar y hacer algo en consecuencia, no en diseñar burbujas de concreto, escafandras del pavor.

domingo, septiembre 19, 2010

Caos de la comida



Nomádica ha llegado en días recientes a su número 50. Lo ha hecho discretamente, sin celebrar nada aunque sea legítimo sentir orgullo por el aguante, más porque se trata de una publicación con contenidos ajenos a las temáticas más redituables del mercado informativo. Felicito a la tribu nomádica y aquí dejo “Caos de la comida”, mi colaboración de ese ejemplar:
El problema de salud pública que se cierne sobre México debido a la obesidad y las enfermedades que detona no está para atenderlo con demora. Autoridades del sector, con estadísticas en mano, han hecho énfasis en datos escalofriantes. Por ejemplo, que en el DF tres de cuatro camas de hospital hoy son usadas por enfermos con algún padecimiento vinculado a la obesidad. Los niños, sobre todo los niños, son las principales víctimas, y por supuesto que lo son debido a la muy desordenada dieta que tienen al alcance del estómago. Las mismas autoridades señalan que si no hay un correctivo radical, en diez años colapsará el sistema de salud en el país.
Más allá de los catastrofismos que sirven como alerta, creo que no llegaremos a tanto, pero es incuestionable: aquí hay un problema que ha escalado y seguirá haciéndolo porque de unos años a la fecha se alteró sustancialmente la dinámica alimenticia de los mexicanos. Como me lo hizo ver el doctor Rafael Acosta, en menos de dos décadas cambiamos el paradigma de la alimentación dentro del hogar. Pasamos, por definirlo de algún modo, de la comida preparada por la madre a la comida comprada por la madre. Parece lo mismo, pero no lo es. Además de que el mercado no había desarrollado tantos productos de comida facilista, en el esquema antiguo la madre participaba de las tareas del hogar al grado máximo, en todo y siempre con muy poco reconocimiento social, vale decir. Además del cuidado de la ropa, del aseo del hogar y en buena medida de la educación, la madre se encargaba de la alimentación: desde comprar el mandado hasta preparar la comida y administrar las raciones.
En tal dinámica, la comida que insumían las familias pasaba pues por las manos expertas de la madre. Los guisos eran en gran parte naturales, la verdura y la fruta era cortada y picada a mano, se bebía mucha agua de frutas naturales de temporada y como las familias eran en general más numerosas, la ingesta muy pocas veces era excesiva; además, como el entorno era menos peligroso, los niños jugaban al aire libre y quemaban calorías. Junto con eso, como bien me lo ha comentado el doctor Acosta, la madre no preguntaba a sus hijos qué querían comer; simplemente servía de acuerdo a sus pericias gastronómicas y al alcance del “chivo” que acercaba el macho proveedor.
Pero algo pasó con este modelo, y eso ocurrió en muy poco tiempo. Por supuesto que todo fenómeno social, y más si se trata de un cambio, obedece a múltiples factores. Uno de los que modificaron el paradigma de la madre al frente de la alimentación en el hogar fue la precaria situación económica que la obligó a trabajar y obtener una remuneración fuera de casa. Hay en esto, por supuesto, una necesidad legítima de liberación y desarrollo de sus capacidades, pero a su salida del hogar, por así decirlo, no se aparejó la incorporación del hombre ni de los hijos a las tareas caseras, de suerte que, entre otras necesidades, la del alimento quedó un poco al garete, a merced del azar y, sobre todo, del mercado que de inmediato aprovechó el vacío con un sinnúmero de productos y servicios supletorios. Tanto la comida chatarra de bajísima calaña como la llamada “rápida” que se disfraza de buena alcanzaron el estrellato. A la alimentación del hogar, al caldo de verduras y el arroz y los frijoles y el huevo y el picadillo y el agua de limón los sucedieron las pizzas, las hamburguesas, los pollos muy grasosos, las frituras, los pastelillos, los refrescos y las golosinas más artificiales, todo en cantidades desmesuradas.
Una imagen me sirve para ilustrar la afirmación y advertir en ella lo grave, lo terrible de la nueva realidad alimenticia de los mexicanos, lo que ha dado como resultado el famoso problema de la obesidad infantil. Para nadie mayor de cuarenta años es desconocida la costumbre, casi la institución, de la “vianda” (quizá muchos vimos a nuestros padres con ese aditamento), la comida que el trabajador llevaba a su espacio de labores en varios recipientes que abría a la hora de comer. Por supuesto, se trataba de un guiso o cualquier otro preparado hecho en casa, modesto, sano y rico. La vianda era uno de los rasgos distintivos, por ejemplo, del albañil, quien cargaba sus recipientes todos los días, siempre con comida elaborada en casa, muy modesta y con una carga especial de tortillas que luego calentaba en algún comal de improvisada lámina. Eso desapareció. Ahora, no sin alarma he visto que el desayuno y la comida de los albañiles es la más pragmática y aborrecible de todas, aunque también la más económica si pensamos que cuesta alrededor de quince pesos: se trata de un refresco y una o dos bolsas de frituras. Si llevamos estos hábitos al conjunto de la sociedad, concluiremos que la mala, la pésima alimentación nació cuando en el hogar ya no hubo un administrador que procurara, con imaginación y competencia de madre antigua, el sustento de la familia. El problema es, insisto, más complejo, pero el cambio de paradigma en las faenas alimenticias dentro del hogar ha sido una de las principales bases de la gravosa obesidad.

domingo, mayo 23, 2010

Filosofía taurina



En la semana vimos dos horribles cornadas en la plaza de Las Ventas. En una de ellas el pitón entra por la yugular y sale por la boca del torero. Una escena espantosa, tanto como la del habitual y profundo estoque en las carnes del astado. Lo que pasa es que ya nos acostumbramos a ver la muerte del toro, a sentir que es normal su ejecución pública y festiva. En fin, sigue siendo complejo el tema de la tauromaquia, su defensa y su repudio. En el más reciente número de Nomádica, la revista encabezada por Héctor Esparza y Armando Monsiváis, publiqué el artículo que sigue. Ojalá diga algo nuevo sobre esto. Aquí va:
Como sabemos, largo ha sido el debate armado en España ante la posibilidad de que sea prohibido el toreo en Cataluña. El parlamento se convirtió, durante semanas muy acaloradas, en el redondel donde taurinos y antitaurinos embisten y faenan alternadamente con el fin de coger a sus respectivos contrincantes para que, al final de las argumentaciones, los legisladores voten a favor o en contra de la iniciativa. Por supuesto, allí se ha oído de todo: los taurinos se defienden diciendo que el toreo es un arte, una tradición, parte de la cultura y timbre de la esencia española; han dicho además que la tentativa de prohibición tiene tintes políticos, afán de distinguir también en este punto a la nacionalista Cataluña del resto de España. Por su parte, los antitaurinos hablan de espectáculo cruel y vergonzoso, de fiesta macabra basada en la inferioridad del animal respecto del hombre.
Así los bandos, el acuerdo es imposible. Como en temas religiosos o sexuales, aquí tampoco veremos que ceda (o “doble las manos”, para seguir con el dialecto taurino) uno de los extremos. Para unos es manifestación cultural llena de atributos; para otros, atrocidad, y en este mar erizado de puyazos lo único que queda claro es que, por las razones que queramos, la mayoría se ha ido inclinando poco a poco a favor de la prohibición: cerca del 80% de los catalanes opina ya que las corridas deben ser suprimidas.
Ante el avance sostenido de la corriente de opinión antitaurina se ha expresado con más bravura el parecer contrario. Los amantes de las corridas de toros buscan y rebuscan en todo lo que pueden para justificar la permanencia de lo que siguen llamando “fiesta”. Han apelado a todo: a la historia, a la antropología, a la ecología, a la zoología y ahora, para mi sorpresa, a la filosofía.
Sí, un filósofo francés llamado Francis Wolff publicó un documento (no sé si en formato de libro o algo parecido) con 50 razones para defender la corrida de toros. Según la brevísima ficha biográfica que hallé en la Wiki, Wolff es catedrático en la Escuela Normal Superior de la Universidad de París. Antes impartió clases en las universidades de Paris-X-Nanterre, en la de Reims y en la de Sao Paulo, Brasil. Sus obras son Sócrates (1994), Aristóteles y la política (1997), El ser, el hombre, el discípulo (2000), Decir el mundo (2004) y Filosofía de las corridas de toros (2007). Un artículo publicado en el periódico ABC de Madrid (1 de junio de 2008) condensa sus “50 razones” y expone clara idea de su posición como defensor de las corridas de toros. Su título es “La ética de las corridas”, y, entre otros argumentos, expone éste (ofrezco disculpas por citarlo in extenso, pero es necesario atender este denso bordado de abstracciones):
“La corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. Y la ética general de la corrida es justamente la codificación de este principio. Pues la moral de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. Es desigual, por cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. Si las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo romano, ¿no sería bárbaro? En la corrida el toro muere necesariamente, pero no es abatido como en el matadero, es combatido. Porque el combate en el ruedo, aunque sea fundamentalmente desigual, es radicalmente leal. El toro no es tratado como una bestia nociva que podemos exterminar ni como el chivo expiatorio que tenemos que sacrificar, sino como una especie combatiente que el hombre puede afrontar. Tiene, pues, que ser con el respeto de sus armas naturales, tantos físicas como morales. El hombre debe esquivar al toro, pero de cara, dejándose siempre ver lo más posible, situándose de manera deliberada en la línea de embestida natural del toro, asumiendo él mismo el riesgo de morir. Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida. Un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza. La corrida es, pues, lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica sería innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal —como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano—. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal se habría reducido al de una cosa —como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial—. En la corrida el hombre no lucha ni contra un hombre ni contra una cosa. El hombre afronta su ‘Otro’”.
La cita que traigo es el sesudo corazón de la defensa que hace Wolff por lo menos en ese artículo. Al transcribirla completa quiero evidenciar que así como durante siglos se bordaron mil y un sofismas para justificar la guerra-colonización-extermino de pueblos enteros en Asia, África y América, ahora también la señora filosofía se sienta a la mesa para justificar, con todo tipo de barroquismos intelectuales, la crueldad de la tauromaquia. Baste confirmar lo obvio: la desventaja, más allá de los ornamentos retóricos que buscan pintar lindo lo monstruoso, del animal frente al hombre. Del otro lado, creo, el argumento es pragmático, material, concreto como la punta de un picador, la púa de una banderilla o el filo de un estoque: la crueldad es crueldad con o sin filosofía. Sospecho que Aristóteles no sirve para mucho en estos casos.

domingo, abril 05, 2009

Aves poéticas de Novo



Está por concluir el ciclo de vida del más reciente número de Nomádica, la revista lagunera especializada en biodiversidad. Sigo apersonándome por allí, con gusto. En la salida siguiente aportaré un comentario sobre el ahuizote, ese mítico animalejo mexicano. Mientras, comparto el artículo que ya se hizo viejo y que circula junto a los muchos materiales interesantes que pueblan esa revista, única de su índole por estos rumbos. Venga, pues, “Aves poéticas de Novo”:
Ya por antonomasia, el ornitólogo de La Laguna es Paco Valdés, sin duda, pero eso en los territorios de la ciencia. El otro, un observador de las aves hechas no de plumas sino de palabras, fue el cuasilagunero Salvador Novo, quien hacia 1953 publicó Las aves en la poesía castellana, volumen 10 de la colección Letras mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Tengo, gracias a las siempre generosas librerías de viejo, la primera edición y acaso única de ese concienzudo trabajo que escudriña la recurrente y terca presencia de las aves en la obra de muchos poetas de lengua española. Es, pasadas las décadas, un libro extraño, que yo sepa uno de los menos conocidos del cronista capitalino. No deja de admirarme que, entre sus inacabables tareas de hombre público y escritor a toda prisa, Novo dedicara algunas horas a pensar con calma lo que lee y lo que escribe. Si bien es cierto alcanzó una endiablada habilidad para escribir sin pausa y muy bien, frenéticamente, al ritmo que le marcaban los periódicos, Novo se dio maña y dejó, entre otros, libros como el que me ocupa, páginas con el sello del hombre que no escribe para la multitud, sino para esos pocos que, más por especialización que por aristocratismo, se interesan por temas tan específicos como el de Las aves en la poesía castellana.
Ya desde sus “Palabras iniciales” o introducción, Novo se nos ofrece en registro erudito, culterano a no poder más. Como si, adrede, nos quisiera comunicar que es, como lo fue, experto en letras clásicas, y, para confirmarlo, su prosa invoca, torrencial, a los personajes y a los autores que apuntalen la autoridad que es menester para encarar una materia tan peculiar y delicada como la que allí introduce: “¡Las aves en la poesía castellana! El tema fue incubándose de un modo tan casual, tan botánico, como el Ibis concibe, ‘si tradición apócrifa no miente’. Sugiriómelo, por vuelos cada vez más altos, el canto, y meditar en él con qué reiterada frecuencia ocurren todavía en las canciones populares los pajarillos, y cómo, en cambio, han huído de la poesía moderna”. Es decir, el cronista de la Ciudad de México repara en las aves líricas gracias a las palomas que hacen cucurrucucú o los gorrioncillos pechos amarillos del canto popular, y a partir de tal observación auditiva, si se nos permite el oxímoron, advierte que las plumas han desaparecido de la poesía que él adjetiva “moderna”.
Visto al vuelo, para no desentonar con la metáfora en el análisis de un libro sobre aves, es cierto que los seres alados pueblan en cantidades pasmosas la composición de temas musicales. Lo siguen siendo hasta hoy. A esa sobrepoblación correspondió una especie de extinción avícola en la poesía, digamos, “culta”. Es como si las aves hubieran migrado de una poesía a otra, de un clima espiritual a otro. Novo comprueba, con ejemplos, tal mutación, por eso empieza con el ruiseñor renacentista, pasa por las palomas de Gonzalo de Berceo y el gallo del Arcipreste, para luego ingresar a la reflexión sobre los plumíferos (no los escritores y sus plumas, sino los animales emplumados) del romancero, que es, por qué no afirmarlo, un contacto ya popular entre las aves y la poesía.
El autor de Nueva grandeza mexicana no olvida al cisne, ave celebradísima por la poesía de todos los tiempos, al grado de ser mote habitual de poetas cuyo talento era mayor al común de los mortales; fue el caso de Góngora, conocido por sus fans como “el cisne cordobés”.
Novo deja al final un capítulo delicioso: “Las aves en la poesía mexicana”. Allí, el cronista-ensayista-poeta se da vuelo y exhibe un conocimiento apabullante sobre el canto callejero: “Conforme avanzamos —a grandes saltos, lo sé— hacia el especializado presente, las menciones genéricas de los pájaros tienden a objetivarse a tiempo que se hacen más concretamente:
Ya los sabes que soy pajarera
y en los campos me vivo cantando,
disfrutando de la primavera,
de las aves sus pálidos cantos.

dice ya con su alegre ritmo una canción moderna, y en La Joaquinita, norteña, de 1917, hija tardía y ágil de la Adelita:
Los pajarillos en las ramas se encaraman.
Ya es luego Pajarillo barranqueño, el Pájaro carpintero, el Gavilán, el Tecolote de guadaña, pájaro madrugador, el Gavilán pollero, o la proliferada Paloma, desde aquélla:
Cuando salí de La Habana, ¡válgame Dios!,
o la que el rápsoda (sic) convoca en los corridos para confiarle un urgente mensaje:
Vuela, vuela, palomita,
vuela si sabes volar”.

Es, por esto y más, un gran libro. Creo que no ha sido reimpreso o reeditado. Justo sería verlo de nuevo por los aires.
o
Nota vacacional
Ruta Norte seguirá chambeando durante la semana de asueto. Aquí nos leemos el miércoles.

sábado, marzo 07, 2009

Nómadas contra gángsters



Debo a la iniciativa de Jaime Torres Mendoza, escritor y editor y amigo radicado en Saltillo, la publicación de Nómadas contra gángsters (apuntes para subsistir en la barbarie) en la veinteañera revista Historias de entretén y miento auspiciada por el Gobierno del Estado de Coahuila durante al menos cuatro sexenios. Publiqué allí en alguno de sus primeros números, pero pasaron casi dos décadas para que volviera a hacerlo, esta vez en un título individual. Historias… es una de las revistas de mayor edad en Coahuila y para mí es un orgullo que el número 170 contenga poco más de veinte artículos de mi cosecha. Historias… tuvo como primer director al escritor Jesús de León y desde hace varios años es Torres Mendoza quien ha tomado, no sin grandes esfuerzos, el timón de la nave. La revista circula gratuitamente y sé que su tiraje es alto. El prólogo con el que presenté mi material es el siguiente:
En enero de 2006 acordé con Armando Monsiváis —mejor conocido como Monsi en el mundo del cartón político— entregar un artículo para cada número de Nomádica, revista que encabeza junto al periodista Héctor Esparza. Hacía años que me preocupaba, así sea desde los predios de la diletancia, el medio ambiente, la destrucción del planeta en general y de mi pequeño nicho comunitario en particular, pero no había intentado escribir algo sistemático, o por lo menos frecuente, sobre esos delicados temas. Un miedo tremendo a equivocarme y la sensación de parecer invasivo me detenían; así fue como cierto día, al conversar de casualidad con Monsi, vencí la timidez, le pedí espacio y el accedió con una convicción desconcertante pese a las advertencias que le di sobre mi pobre instrucción de ambientalista amateur. “No importa —me aclaró—, nos interesa tu opinión sobre estos asuntos”. Brincado el cerco, derrotada mi reticencia, empecé a colaborar de inmediato, creo que en el número 22 de Nomádica. Pronto me di cuenta de que los temas sobre el medio ambiente, o que rozan aunque sea tenuemente esa materia, abundan, y sólo es necesario, para alertar al lector sobre los peligros de la indiferencia, enfocar los hechos cotidianos desde un ángulo distinto, colocarse en el pellejo del planeta y sus especies más vulnerables para saber que urge, si no una conversión de la gente al activismo, sí al menos un poco de conciencia, una mínima responsabilidad cotidiana para no cooperar en la depredación.
Este libro reúne pues veinte artículos. Espero que así, arracimados, les insinúen a mis hijas en el futuro que no me sumé arteramente al ataque del mundo, que quise heredarles un planeta que al menos fuera el mismo que el que yo recibí en 1964.
Y termino. “Todos tenemos algo qué decir sobre la naturaleza”, ha escrito el científico lagunero Héctor Chapa Saldaña; “La defensa del medio no es privativa de los ambientalistas”, me ha comentado en un correo electrónico Francisco Valdés Perezgasga, el más combativo y preparado ambientalista lagunero. Pues bien, las páginas que vienen contienen algo de lo que he podido decir sobre la naturaleza y sus achaques, y asumo con ellas mi pequeña pero necesaria responsabilidad de ciudadano. El título parafrasea, ya lo sabemos, al de una película oroleana: maniqueamente, aquí los nómadas son los buenos del film, los que viven o tratan de vivir en armonía con los ciclos de la naturaleza y conforme a lo que les dicta el entorno; los gángsters son todos aquellos que, como si no vivieran en él, se desentienden sin empacho del medio ambiente. Casi es innecesario expresar que estos apuntes sólo tienen afán de borrador, así que tomarlos como definitivos no es lo más recomendable. Ojalá sean útiles, insisto, para mis tres hijas: a ellas les deseo un mundo que no sea el que ya tenemos, el feo mundo que hoy exige el socorro de todos sin pretexto.

lunes, febrero 02, 2009

El bosque de René



Córrale, todavía quedan ejemplares de Nomádica 40, que contiene, entre otros, “Los osos y su mirada”, comentario de Paco Valdés Perezgasga sobre el Ursus americanus de la Sierra Picachos, en Nuevo León; y “Adaptaciones de los chapulines” de la Reserva de la Biosfera de Mapimí (en este caso como tema biológico, no político). Además, como en algunos números recientes de Nomádica he tratado de establecer una vinculación entre literatura y flora/fauna, comparto aquí el más reciente que espero sirva de gancho y no de lo contrario; lleva el título que encabeza esta entrega de Ruta Norte:
En la visita que hizo a Torreón hacia octubre de 2007, René Avilés Favila me dejó, aparte de una grata impresión de conversador repleto de anécdotas e información sobre los pequeños y grandes enconos del mundillo cultural capitalino, un par de libros. Uno de ellos fue la edición, todavía fresca de tinta en aquel momento, de El bosque de los prodigios (bestiario prehispánico y otras aberraciones), obra que sin duda pertenece a la genealogía que en América Latina tiene como piedra angular al Manual de zoología fantástica, de Borges. Ya en otro momento dentro de estas páginas nomádicas he recordado que en México hay, por lo menos, dos autores que no están tan a la zaga del escritor argentino: Juan José Arreola, con su Bestiario, y Eduardo Lizalde, con su Manual de flora fantástica. A ellos podemos agregar, aunque el registro de sus microprosas es algo distinto, La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso.
La peculiaridad de El bosque de los prodigios (libro que por cierto se suma a la reunión de las obras completas que Editorial Patria viene haciendo de Avilés Fabila) está planteada en el subtítulo. Si Borges comenta los rasgos de muchos seres de diferentes mitologías y Arreola escoge bestias de distintos nichos ambientales, el autor de Los juegos centra su mirada en la exuberancia de las mitologías americanas antes de la llegada de los españoles. No le faltan, pues, prodigios a su obra, ya que si algo tuvieron las culturas precolombinas fueron seres imaginarios que “encarnaban” seres y fenómenos visibles e invisibles.
Apegado al registro asentado por Borges en su Manual…, Avilés Fabila aborda con ironía a cada uno de sus seres. El diapasón o tono de esta prosa, creo, tuvo como principal difusor a Borges en Latinoamérica, pero en más de una ocasión se ha insistido que ese enfoque socarrón es una herencia de Marcel Schwob, de suerte que, por ejemplo, la Historia universal de la infamia es impensable sin las Vidas imaginarias escritas por el francés. A esa cadena de influencias se suma El bosque… de Avilés Fabila, y dado que domina bien el registro irónico, las numerosas entidades mágicas que pueblan su libro nos llevan de la mano hacia esa forma de la escritura que parece estar lejos del humor, pero que definitivamente lo busca y lo alcanza. Veamos algunos casos:
En “El árbol asesino” (ya el mismo título refleja el ameno disparate), se afirma que “Ninguno de ellos proyectaba sombra y las plantas no crecían a su alrededor. Una especie de pino de ramas oscuras, largas y flexibles que se agitaban como tentáculos de pulpo. Al tener cerca a su víctima, humana o animal, los brazos lo atrapaban y le sorbían la sangre. Por ello no requerían de agua para sobrevivir”.
El libro alcanza puntos de hilarante ebullición en más de una página. Y es justificable: al aplicar al mundo prehispánico la lógica cartesiana que supuestamente ya tenemos, el resultado es la risa; en “El pez de agua”, el autor resume lo que describió un fraile franciscano: “Es un pez que tiene todas las características del medio donde habita: el agua. Es inodoro, incoloro y carece de sabor, lo que significa que las carnes, la sangre y la osamenta del animal son de agua y en consecuencia no es posible verlo. Alguna vez, narra el religioso, lo tuvo en las manos, lo sintió, entre desconcertado y asqueado y violentamente lo devolvió a su elemento. Le pareció una ‘cosa del diablo’, pues se trataba de un ‘pez invisible a los ojos’, una criatura demoniaca”.
Más allá de la documentación existente, como no es un libro de historia ni de zoología el lector acepta el convenio de las hipérboles o las conjeturas sobre los seres enlistados, de ahí que, como en “El guajolote parlante de los aztecas”, importe menos la referencia documental, si la hay, que los rasgos atribuidos al animal por la conseja populachera: “Ave codiciada (…) los mexicas o los tlaxcaltecas llegaban a adquirirla en el mercado de Tlatelolco. Muchos guajolotes parlantes eran dueños de un gran repertorio de palabras escuchadas a lo largo de su vida. Entre más vocablos sabían, más alto era el precio solicitado”.
Más de un placer depara El bosque de los prodigios al lector que allí se adentre. No vacilo en concluir que este libro no desmerece frente a sus notables antecesores.