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lunes, marzo 14, 2022

Crónica sobre el Cañón del Junco

 









Exploración en el Cañón del Junco

Vestigios de escritura ancestral en Cuatrociénegas

“Este fin de semana iremos al Cañón del Junco, un lugar con pinturas rupestres que está en Cuatrociénegas. Te invitamos…”, fue el mensaje que recibí por inbox el 8 de septiembre. Lo escribió Héctor Esparza, una de las dos cabezas que concibieron la revista Nomádica. La otra, como sabemos, está sobre el cuello de Armando Monsiváis, Monsi. Accedí de inmediato. Luego de una larga, muy larga espera, por fin formaría parte de una expedición a los entornos deambulados y vueltos a deambular por mis amigos nómadas.

Tenía algunas dudas sobre mi condición física, pero en medio de la pandemia había reanudado poco antes la práctica del senderismo, deporte que consiste en caminar y caminar por los azarosos derroteros de cualquier zona campestre. El senderismo no había implicado, en mi caso, acampar, así que carecía de los rudimentos básicos para la pernoctación al aire libre. “Nosotros llevamos todo”, aclaró Héctor, pero no quise depender al cien por ciento de la generosidad nomádica y, como niño, salí en busca de un sleeping y de todo lo que pudiera ser necesario. No hallé mucho. Además del bolsón para dormir que usaría en el Bolsón de Mapimí, compré una navaja múltiple Coleman (marca que mitifiqué desde mi niñez), una brújula y una bolsita kangurera. Con eso recién comprado y una cantimplora, una soga y una lámpara ya disponibles en casa, la víspera del recorrido me eché temprano a dormir. Fue inútil: la impaciencia me tasajeó el sueño como sucedía hace muchos años, en la infancia, cuando alguna emoción me esperaba al día siguiente, cuando alguna alegría brillaba casi al alcance de la mano.

El sábado 12 desperté muy temprano y no resentí el pésimo descanso de la madrugada. Me aguardaba una aventura en despoblado, mucho más que un día de campo, y eso no podía mermarse con ningún cansancio. Como niño tomé todos los arreos y emprendí la marcha hacia el centro operativo de Nomádica. Llovía levemente, como garúa, y llegué todavía a oscuras. Lo primero que vi fue la Combi 1975, la nave espacial que, según la leyenda, ya había hecho decenas de viajes en pro del periodismo de investigación naturalista. Di los buenos días a Monsi. Luego vi a Héctor. Ambos me saludaron sin efusividad, acostumbrados como están al trote de recorrer todos los recovecos de Coahuila y Durango. Quise ayudar, pero vi que hacían nado sincronizado y preferí mantenerme sólo atento. “Aquí empieza la crónica”, pensé. “Estos dos ya le saben bien a todo el rollo”.

Poco después llegó un vehículo sospechoso. “Es el arqueólogo”, me dijo Héctor. Se refería a Yuri de la Rosa Gutiérrez, también experto en esas correrías, profesional del campismo investigativo. El arqueólogo no venía solo. Junto con él apareció Snoopy, un perro más listo que los cuatro seres humanos que ocuparíamos la Combi. Salimos rumbo a San Pedro cerca de las siete de la mañana, con el ligero chipichipi en el exterior y la carretera sin mucho tráfico.

La disposición de los ocupantes no varió desde el inicio. Monsi al volante, yo de copiloto (aunque no copiloteara nada), y Héctor, Yuri y Snoopy atrás. Mi conversación en la ruta, por ello, se expandió casi exclusivamente con Monsi. Es increíble lo poco que uno conoce a los amigos, y sólo el diálogo sosegado de un viaje puede permitir el despliegue de experiencias personales. A preguntas expresas, supe más de Armando Monsiváis, de su padre y su madre, de sus hermanos, y sobre todo de él, de sus inicios en el dibujo y luego en la fotografía, de sus viajes por el mundo, de sus hijos, de su matrimonio… una pizca de todo.

En el laberinto del diálogo llegamos al tema de la Combi. La compró a finales de los noventa y poco a poco fue adaptándola para viajar. Lo extraño del caso es que todas o casi todas las adaptaciones las había diseñado y ejecutado su actual dueño, pues, lo fui sabiendo en el camino, una de las más grandes pasiones de Monsi es la todología en artes y oficios. En efecto, a retazos me enteré, durante el trayecto San Pedro-Cuatrociénegas, que había construido su casa y él ha acometido cada adaptación y desperfecto, además de que suele reparar sus vehículos, así que es ducho en albañilería, electricidad, herrería, plomería, carpintería, mecánica y, en términos menos manuales, tiene asimismo destrezas propias del diseño industrial y de la arquitectura. Si a eso sumamos el dibujo (técnico y periodístico), la fotografía y la escritura, resulta una especie de agravio para quienes sólo sabemos desempeñarnos en uno o dos oficios, y esto a tientas. El colmo llega cuando uno sabe que además toca la batería y desde hace 18 años abraza un proyecto editorial. “Leonardo es un incompetente junto a ti”, me atreví a decirle.

Casi al mediodía llegamos a Cuatrociénegas para recoger al guía. Mientras lo esperábamos, Monsi y yo fuimos en busca de unas gorditas para desayunar. A media cuadra de la plaza principal encontramos un negocio y ordenamos. Las gorditas eran pequeñas, como de seis centímetros de diámetro, y eso me llevó a pensar en los cambios que experimenta la realidad a pocos kilómetros de distancia. Ya en Cuatrociénegas la gastronomía es otra, no idéntica a la que conocemos los laguneros. “La Laguna termina donde empieza otro tipo de gordita”, concluí.

El guía no pudo ser el que esperábamos, sino su hijo, un mocetón de 17 años de nombre Abdel. Con todo en orden, volvimos a la poderosa Combi y nos encaminamos al ejido Nueva Atalaya ubicado a la derecha de la carretera Cuatrociénegas-Torreón. A partir de allí el camino dejó de ser la mesa de billar asfáltica que habíamos recorrido y se convirtió en muchas brechas, atajos y meandros de superficies desiguales: polvo, piedra de río (sin río), laja, llano, grava. En todo el tramo de casi dos horas la Combi se portó con entereza, sin rajarse un segundo ante lo peliagudo del trayecto.

Poco a poco nos alejamos de todo asentamiento humano. Los últimos rastros de civilización que vimos fueron dos abrevaderos artificiales, secos ambos. Uno de ellos lucía al lado la presencia, no poco pavorosa, de un caballo muerto y ya casi irreconocible, seguramente fulminado por la sed. La falta de agua, o más bien su uso irracional, ha provocado que ese rumbo de Coahuila muestre signos de desahucio, una calamidad que sólo deja en pie la flora y la fauna más tercas y endémicas, y a veces ni éstas.

Al fin llegamos a nuestro destino, más de siete horas después de haber salido de Torreón. El Cañón del Junco es en efecto, como su nombre lo indica, una inmensa grieta sinuosamente flanqueada por macizos de piedra. Los geólogos podrán explicar la razón prehistórica de esas formaciones, pero es evidente a simple vista que en algún momento del remotísimo pasado, cuando el hombre ni siquiera era una insinuación en la naturaleza, una montaña se rajó formando aquel cañón.

Allí, en una “cortina” del cañón estaban los dibujos rupestres que íbamos a saludar. Héctor me había dicho que estuvieron en ese sitio hace dos décadas, así que su principal inquietud estaba puesta en ver la condición actual de aquel vestigio aborigen. Hicimos una primera exploración hacia la cortina de los dibujos (no me atrevo a llamarlos “pinturas”) y comenzó el debate histórico, arqueológico, lingüístico y cultural. Yuri tuvo un encontronazo con Monsi en la discordia ¿es arte o no es arte? Héctor se obsesionó con la ontología del lenguaje, tema de acceso más complicado que el Cañón del Junco. Mientras nuestro toma y daca se desarrollaba, Snoopy exploraba a sus anchas, sin miedo a nada, todo el espacio abierto a su curiosidad infatigable.

Luego de las conferencias magistrales celebradas junto a los dibujos rupestres, bajamos para comer algo y comenzar el montaje del campamento. Vi entonces, y ayudé en lo que pude, el trabajo de los exploradores. Yuri y el joven guía levantaron una gran casa de campaña; Héctor, no supe por qué, articuló al lado un cono individual, y Monsi puso a modo el techo plegable, como fuelle, de la camaleónica Combi Westfalia. Allí dormiría él.

En la soledad total del cañón, el día se fue apagando y entonces reparé en una de las maravillas que me deparaba el viaje: el cielo durante la noche. En el crepúsculo, cuando el sol todavía iluminaba a ras de suelo, imploré para que se retiraran unas pocas nubes, pues yo deseaba ver el cosmos sin obstáculos. Había poca disponibilidad de leña, pero entre todos reunimos varas para alentar una fogata donde cocinaríamos la cena. El menú fue sencillo, sin lujos, y más lujosa fue la charla: entre otras cosas, pregunté a Yuri por su lugar y año de nacimiento en el DF, y me dijo “Tlaltelolco, 1968”. Hacia el 2 de octubre tenía pues unos meses de nacido, sus padres participaban en el movimiento estudiantil y él había sido bautizado “Yuri” en homenaje al cosmonauta soviético, quien murió aquel mismo año.

Poco a poco llegó la noche más transparente que yo había visto en cuarenta años. Entre todos me indicaron la ubicación de Júpiter, de Saturno, del rojizo Marte y la Vía Láctea en el inmenso lienzo salpicado de luces que se abría ante mis ojos de animal urbano. “Este sí es cielo, no la poca cosa que podemos vislumbrar en la ciudad”, pensé.

Ya cenado, Monsi fue por su cámara. Comenzó allí, para mí, otro espectáculo. Hasta entonces, yo imaginaba que las fotos a cielo nocturno consisten en poner la cámara en “bulbo” sobre tripié, y listo. Craso yerro. Para captar hebras de luz en la oscuridad casi absoluta es necesario el bulbo de la cámara, cierto, pero también un juego complicado de luces, tiempos y obturaciones de la lente con la mano. Es algo difícil de explicar, pues Monsi, como director de orquesta —y Héctor como primer violín— nos daba indicaciones desde su emplazamiento junto al tripié para hacer tomas fotográficas que podían alcanzar los dos minutos de duración. “Uno puede llegar de día, tomar la foto e irse… eso lo hace todo mundo. Para que agreguemos interés periodístico tenemos que buscar algo distinto”, me dijo Monsi. Al final de las dos horas fotográficas en la penumbra no pude no confesarle mi satisfacción: “Me da gusto haber colaborado en estas fotos”.

Concluida la sesión para capturar las imágenes nocturnas de los dibujos rupestres volvimos al campamento. Todos estábamos ya fatigados y, sin más, tomamos nuestros lugares para el sueño. Yo caí en la casa de campaña grande, junto al guía, Yuri y Snoopy; Monsi en la Combi y Héctor en la casa de campaña individual, sólo acompañado por sus ronquidos, unos ronquidos que hacían eco en la inmensidad del cañón.

Al día siguiente, domingo, desayunamos con una nueva fogata e hicimos una breve caminata extra más adentro del cañón. Yo añadí un último vistazo a las pinturas. En el regreso nos detuvimos en una especie de cueva con una formación rocosa parecida a un elefante. La recorrimos, vimos gran cantidad de guano de murciélago al lado del paquidermo y ahora sí salimos del cañón.

En el camino de retorno agradecí íntimamente la aventura y pensé en lo que había hecho durante la mañana, cuando en un ratito me escapé sin compañía a ver los dibujos: me despedí para siempre de aquellas enigmáticas huellas de la comunicación humana, pues es casi seguro que nunca más habré de volver a ese lugar. Viví en ese simple gesto la emoción de quien se despide de los viejos, de los viejísimos paisanos que las habían pintado para comunicar algo, jamás sabremos qué.

Comarca Lagunera, 3, octubre y 2020

miércoles, marzo 14, 2018

Oasis: en la frontera entre el periodismo y el arte
















Quizá hoy, ante la ubicuidad de las cámaras, no nos asombra que todos tomen fotos. Un celular en las manos es ya tan habitual como las propias manos, así que disparar clicks se ha convertido en una de las costumbres más comunes de la humanidad para beneplácito, principalmente, de la egolatría. Esto no significa que todos tengan per se —o desarrollen con el tiempo— una capacidad notable para la foto artística o para el llamado fotoperiodismo. De hecho, la mayoría ni siquiera se plantea tales posibilidades, sino que toma fotos sólo porque es posible hacerlas y almacenarlas y difundirlas sin límite mediante la infinita catapulta de las redes sociales.
Hay usuarios de cámaras, sin embargo, que no disparan por disparar, que capten lo que capten con sus objetivos siempre lo hacen con una intencionalidad determinada, ora artística, ora reporteril, ora simultaneada de ambas posibilidades. Armando Monsiváis Saldaña  Monsi para sus amigos y también para sus no tanto— es un fotógrafo de tal pelaje. Cámara en ristre desde hace al menos veinte años, en sus imágenes siempre ha sabido combinar, con justo equilibrio, bien rimado, lo artístico con lo periodístico, de suerte que no hay imagen suya ajena a estos dos valores.
Como sabemos, Monsi es un cartonista político consumado, y para muchos, me incluyo, el mejor de La Laguna. Lo considero así desde hace al menos tres décadas, pues desde entonces, o quizá desde un poco antes, sigo su trabajo de monero en las páginas de nuestros periódicos y revistas. Trazo y sentido, forma y fondo, composición e idea son virtudes presentes en sus entregas a la prensa, todo logrado con un estilo inconfundible, su estilo.
Sin abandonar el cartón pasó a la fotografía y esta actividad se ha convertido en su segunda pasión. Fue, me lo dijo alguna vez, un proceso que comenzó un tanto por accidente, si es que creemos más en el azar que en las estratagemas prestablecidas del destino. Al abrazar, junto con su socio Héctor Esparza, periodista, el proyecto de la revista Nomádica, se habilitó como todo lo que podía ser en términos periodísticos: monero, redactor y fotógrafo. En realidades más prósperas la división del trabajo es lo común, pero en las nuestras, más cercanas a la escasez, casi todos nos vemos obligados a maniobrar en diferentes oficios y más vale que lleguemos a dominarlos para no naufragar en el océano de la necesidad. Monsi comenzó con una pequeña cámara, pero de su lado, como buen cartonista, tenía una onza que pesaba a su favor: dominaba la composición, es decir, lo primero que debe conocer un fotógrafo bien nacido.
La calidad de sus fotos ha evolucionado desde entonces tanto como su herramienta de trabajo, la cámara. Armado con muchos años a cuestas de experiencia y con mejor equipo, las fotos de Monsi, como puede verse en Oasis, adunan la belleza de la foto artística al sentido documental de la foto periodística. Sus tomas tienen siempre algo de memorable, la retención de instantes que desean, creo que con éxito, quedarse en el recuerdo de quien las mira.
Por eso el valor de las páginas que vienen a continuación. En ambientes abiertos o cerrados, con poca o mucha luz, con presencia humana o animal, en el campo o en la urbe, el fotógrafo ya diestro que hay en Monsi nos regala con imágenes que se mueven en la frontera del periodismo y del arte, en el justo punto entre lo testimonial y lo estético. A veces alguna imagen tira más para un lado que para otro, pero siempre de manera harto sutil, sin fracturar el equilibrio que de manera natural, sin forzarlo, habita en el artista-periodista, o periodista-artista, que hay en Armando Monsiváis.
Celebro, por todo, la aparición de Oasis. Estoy seguro de que todas sus imágenes nos comunicarán algo, de que en cada una de ellas podremos suponer a un fotógrafo que al captarlas ha cuidado nuestro tiempo, el tiempo que a partir de aquí podemos invertir en recorrer esta hermosa galería, este Oasis de luces y de formas.
Bienvenidos.

Comarca Lagunera, 5, noviembre y 2017

Texto de presentación publicado en Oasis, visiones en fotografía, de Armando Monsiváis Saldaña, Peñoles-Lala-Nomádica, Torreón, 95 pp.

miércoles, mayo 24, 2017

Nómadas en libro
























Los caminos de la coedición son venturosos. Gracias al esfuerzo conjunto del Teatro Isauro Martínez, la revista Nomádica y la Universidad Iberoamericana Torreón tenemos a marced un libro más sobre el entorno de nuestra comarca. Los textos de Héctor Esparza y Armando Monsiváis integrados en Nómadas de papel. De la cima a la sima: por los caminos de la crónica permiten al lector un recorrido por los ámbitos naturales que nos cupieron en suerte, espacios que por lo general olvidamos sobre todo quienes vivimos en la mancha conurbada.
Se trata pues de un libro con textos periodísticos en los que —al margen del autoescarnio que hace grata la lectura y honra a sus autores— son pintados de maravilla muchos lugares próximos, y no tanto, a La Laguna y sus alrededores. Recibí la invitación para prologarlo y no escatimé elogios para ponderar una labor, la de Nomádica, que bien merece, estoy seguro, nuestro reconocimiento. Así pues, pude describir la dinámica de los trotadores del semidesierto que han sido, ya durante quince años, Esparza & Monsiváis: “… la dupla se ha movido por las cuatro zonas del cardinal tanto en territorio de Coahuila como de Durango, los estados que pellizca la Comarca Lagunera. Valles, cadenas montañosas, desiertos, ríos, cuevas, minas, puentes colgantes, haciendas fantasmales y demás parajes hóspitos e inhóspitos han sido visitados con cámara, papel y pluma en ristre; tales lugares están sobrepoblados por serpientes, moscos voraces, osos, hormigas, alacranes, terratenientes, policías y demás especies sin modales que han visto pasar los vehículos oficiales de Nomádica. Sus dos tripulantes dan cuenta de algunas de esas andanzas en este libro y nos muestran recovecos desconocidos de nuestro entorno, parajes en los que no deja de latir algo de virginal, de salvaje, de nuevo y por lo tanto de inseguro, ajeno al privilegio urbano de tener cerca, para empezar, ambulancias y hospitales”.
Habituados como estamos a pensar que el espacio de La Laguna se reduce a ciertas ciudades, Nómadas de papel, al trazar crónicas sobre espacios naturales más bien agrestes, fuerza una reflexión: en este lugar ayuno de comodidades logramos construir, durante siglos ya, una región próspera y de fuerte personalidad. Recordar esto, hacerlo ver a los lectores, no es flaco mérito para un libro con perfiles periodísticos.

domingo, mayo 23, 2010

Filosofía taurina



En la semana vimos dos horribles cornadas en la plaza de Las Ventas. En una de ellas el pitón entra por la yugular y sale por la boca del torero. Una escena espantosa, tanto como la del habitual y profundo estoque en las carnes del astado. Lo que pasa es que ya nos acostumbramos a ver la muerte del toro, a sentir que es normal su ejecución pública y festiva. En fin, sigue siendo complejo el tema de la tauromaquia, su defensa y su repudio. En el más reciente número de Nomádica, la revista encabezada por Héctor Esparza y Armando Monsiváis, publiqué el artículo que sigue. Ojalá diga algo nuevo sobre esto. Aquí va:
Como sabemos, largo ha sido el debate armado en España ante la posibilidad de que sea prohibido el toreo en Cataluña. El parlamento se convirtió, durante semanas muy acaloradas, en el redondel donde taurinos y antitaurinos embisten y faenan alternadamente con el fin de coger a sus respectivos contrincantes para que, al final de las argumentaciones, los legisladores voten a favor o en contra de la iniciativa. Por supuesto, allí se ha oído de todo: los taurinos se defienden diciendo que el toreo es un arte, una tradición, parte de la cultura y timbre de la esencia española; han dicho además que la tentativa de prohibición tiene tintes políticos, afán de distinguir también en este punto a la nacionalista Cataluña del resto de España. Por su parte, los antitaurinos hablan de espectáculo cruel y vergonzoso, de fiesta macabra basada en la inferioridad del animal respecto del hombre.
Así los bandos, el acuerdo es imposible. Como en temas religiosos o sexuales, aquí tampoco veremos que ceda (o “doble las manos”, para seguir con el dialecto taurino) uno de los extremos. Para unos es manifestación cultural llena de atributos; para otros, atrocidad, y en este mar erizado de puyazos lo único que queda claro es que, por las razones que queramos, la mayoría se ha ido inclinando poco a poco a favor de la prohibición: cerca del 80% de los catalanes opina ya que las corridas deben ser suprimidas.
Ante el avance sostenido de la corriente de opinión antitaurina se ha expresado con más bravura el parecer contrario. Los amantes de las corridas de toros buscan y rebuscan en todo lo que pueden para justificar la permanencia de lo que siguen llamando “fiesta”. Han apelado a todo: a la historia, a la antropología, a la ecología, a la zoología y ahora, para mi sorpresa, a la filosofía.
Sí, un filósofo francés llamado Francis Wolff publicó un documento (no sé si en formato de libro o algo parecido) con 50 razones para defender la corrida de toros. Según la brevísima ficha biográfica que hallé en la Wiki, Wolff es catedrático en la Escuela Normal Superior de la Universidad de París. Antes impartió clases en las universidades de Paris-X-Nanterre, en la de Reims y en la de Sao Paulo, Brasil. Sus obras son Sócrates (1994), Aristóteles y la política (1997), El ser, el hombre, el discípulo (2000), Decir el mundo (2004) y Filosofía de las corridas de toros (2007). Un artículo publicado en el periódico ABC de Madrid (1 de junio de 2008) condensa sus “50 razones” y expone clara idea de su posición como defensor de las corridas de toros. Su título es “La ética de las corridas”, y, entre otros argumentos, expone éste (ofrezco disculpas por citarlo in extenso, pero es necesario atender este denso bordado de abstracciones):
“La corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. Y la ética general de la corrida es justamente la codificación de este principio. Pues la moral de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. Es desigual, por cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. Si las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo romano, ¿no sería bárbaro? En la corrida el toro muere necesariamente, pero no es abatido como en el matadero, es combatido. Porque el combate en el ruedo, aunque sea fundamentalmente desigual, es radicalmente leal. El toro no es tratado como una bestia nociva que podemos exterminar ni como el chivo expiatorio que tenemos que sacrificar, sino como una especie combatiente que el hombre puede afrontar. Tiene, pues, que ser con el respeto de sus armas naturales, tantos físicas como morales. El hombre debe esquivar al toro, pero de cara, dejándose siempre ver lo más posible, situándose de manera deliberada en la línea de embestida natural del toro, asumiendo él mismo el riesgo de morir. Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida. Un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza. La corrida es, pues, lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica sería innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal —como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano—. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal se habría reducido al de una cosa —como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial—. En la corrida el hombre no lucha ni contra un hombre ni contra una cosa. El hombre afronta su ‘Otro’”.
La cita que traigo es el sesudo corazón de la defensa que hace Wolff por lo menos en ese artículo. Al transcribirla completa quiero evidenciar que así como durante siglos se bordaron mil y un sofismas para justificar la guerra-colonización-extermino de pueblos enteros en Asia, África y América, ahora también la señora filosofía se sienta a la mesa para justificar, con todo tipo de barroquismos intelectuales, la crueldad de la tauromaquia. Baste confirmar lo obvio: la desventaja, más allá de los ornamentos retóricos que buscan pintar lindo lo monstruoso, del animal frente al hombre. Del otro lado, creo, el argumento es pragmático, material, concreto como la punta de un picador, la púa de una banderilla o el filo de un estoque: la crueldad es crueldad con o sin filosofía. Sospecho que Aristóteles no sirve para mucho en estos casos.

sábado, marzo 07, 2009

Nómadas contra gángsters



Debo a la iniciativa de Jaime Torres Mendoza, escritor y editor y amigo radicado en Saltillo, la publicación de Nómadas contra gángsters (apuntes para subsistir en la barbarie) en la veinteañera revista Historias de entretén y miento auspiciada por el Gobierno del Estado de Coahuila durante al menos cuatro sexenios. Publiqué allí en alguno de sus primeros números, pero pasaron casi dos décadas para que volviera a hacerlo, esta vez en un título individual. Historias… es una de las revistas de mayor edad en Coahuila y para mí es un orgullo que el número 170 contenga poco más de veinte artículos de mi cosecha. Historias… tuvo como primer director al escritor Jesús de León y desde hace varios años es Torres Mendoza quien ha tomado, no sin grandes esfuerzos, el timón de la nave. La revista circula gratuitamente y sé que su tiraje es alto. El prólogo con el que presenté mi material es el siguiente:
En enero de 2006 acordé con Armando Monsiváis —mejor conocido como Monsi en el mundo del cartón político— entregar un artículo para cada número de Nomádica, revista que encabeza junto al periodista Héctor Esparza. Hacía años que me preocupaba, así sea desde los predios de la diletancia, el medio ambiente, la destrucción del planeta en general y de mi pequeño nicho comunitario en particular, pero no había intentado escribir algo sistemático, o por lo menos frecuente, sobre esos delicados temas. Un miedo tremendo a equivocarme y la sensación de parecer invasivo me detenían; así fue como cierto día, al conversar de casualidad con Monsi, vencí la timidez, le pedí espacio y el accedió con una convicción desconcertante pese a las advertencias que le di sobre mi pobre instrucción de ambientalista amateur. “No importa —me aclaró—, nos interesa tu opinión sobre estos asuntos”. Brincado el cerco, derrotada mi reticencia, empecé a colaborar de inmediato, creo que en el número 22 de Nomádica. Pronto me di cuenta de que los temas sobre el medio ambiente, o que rozan aunque sea tenuemente esa materia, abundan, y sólo es necesario, para alertar al lector sobre los peligros de la indiferencia, enfocar los hechos cotidianos desde un ángulo distinto, colocarse en el pellejo del planeta y sus especies más vulnerables para saber que urge, si no una conversión de la gente al activismo, sí al menos un poco de conciencia, una mínima responsabilidad cotidiana para no cooperar en la depredación.
Este libro reúne pues veinte artículos. Espero que así, arracimados, les insinúen a mis hijas en el futuro que no me sumé arteramente al ataque del mundo, que quise heredarles un planeta que al menos fuera el mismo que el que yo recibí en 1964.
Y termino. “Todos tenemos algo qué decir sobre la naturaleza”, ha escrito el científico lagunero Héctor Chapa Saldaña; “La defensa del medio no es privativa de los ambientalistas”, me ha comentado en un correo electrónico Francisco Valdés Perezgasga, el más combativo y preparado ambientalista lagunero. Pues bien, las páginas que vienen contienen algo de lo que he podido decir sobre la naturaleza y sus achaques, y asumo con ellas mi pequeña pero necesaria responsabilidad de ciudadano. El título parafrasea, ya lo sabemos, al de una película oroleana: maniqueamente, aquí los nómadas son los buenos del film, los que viven o tratan de vivir en armonía con los ciclos de la naturaleza y conforme a lo que les dicta el entorno; los gángsters son todos aquellos que, como si no vivieran en él, se desentienden sin empacho del medio ambiente. Casi es innecesario expresar que estos apuntes sólo tienen afán de borrador, así que tomarlos como definitivos no es lo más recomendable. Ojalá sean útiles, insisto, para mis tres hijas: a ellas les deseo un mundo que no sea el que ya tenemos, el feo mundo que hoy exige el socorro de todos sin pretexto.