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miércoles, septiembre 13, 2023

Donas de pesadilla


 








Ayer el sueño fue muy profundo, pero hubo una zona de la madrugada en la que se instaló una historia peculiar en mi desconexión del mundo. Me removí en la cama al sufrirla, pues mientras navegamos por las ficciones del sueño es imposible cortarlas de golpe. Había sido un día de trabajo agobiante, tanto que ni de comer me dio tiempo. Llegué a la casa ya sin ánimo de nada, sólo de dormir. Pese a esto, la cena fue más abundante de lo pensado: habían hecho carnita con chile y me dejé caer la greña, como decimos.

Con la panza al tope, lo que siguió fue botar la ropa y tirarme un clavado al colchón. De inmediato caí en la penumbra de la inconsciencia. No sé cuántas horas pasaron, quizá dos o tres, cuando comenzó la amenaza. Unos como zombis comenzaron a seguirme casi como en el videoclip de Michael Jackson. Me alejé lo más que pude, pero cada que miraba hacia atrás allí seguían esas creaturas. Avancé por varias calles, doblé en muchas esquinas con la idea de eludir la persecución, pero fue inútil: cada vez que yo torcía el cuello para ver si ya los había perdido, allí seguían, siguiéndome.

A medida que pasaba el delirio, volvía y volvía a mirarlos. Yo no dejaba de avanzar a paso veloz, al trote, no corriendo, pues sabía que mi condición física no era buena. En una de mis reviradas, como se dice en el beisbol, vi que no sólo estaban cada vez más cerca de mí, sino que eran más. Los sentía tan próximos a mi espalda que, lo juro, escuchaba sus voces. Aunque no se puede decir que eran exactamente voces. Lo que salía de sus gargantas eran gemidos atormentados, palabras que no alcanzaban a ser palabras, sino garabatos sonoros. Seguí mi marcha.

Volví a mirar y reparé en un detalle: delante de mí no veía a nadie en la ciudad, todo Torreón se había vaciado. En contraste, detrás de mí se fue formando poco a poco un tumulto escalofriante de zombis que caminaban como zombis, es decir, con pasos un poco torpes y los brazos un poco levantados, anhelantes, deseosos de alcanzar.

En el clímax de la pesadilla me vi acorralado. No sé cómo llegué a un lugar que ya no me permitió seguir adelante. Me detuve fuente a la pared de un negocio. Miré hacia atrás y el tumulto ya no me permitiría escapar. Levanté la vista al cielo para pedir ayuda a dios y lo único que pude ver fue el anuncio de un negocio de donas recién inaugurado en la ciudad.

sábado, mayo 01, 2021

Invasión amarilla

 







Podría afirmarse que gracias a los sueños es viable alcanzar un poco de equilibrio para sobrellevar la vida real. Gracias a los sueños y, obvio, a su forma incómoda: las pesadillas. Son ambos, principalmente las segundas, el drenaje profundo a donde van a parar nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestros odios, el nebuloso escenario en el que nos vemos acosados por el sinsentido de existir. Dicen los que saben, con el imprescindible apoyo de don Segismundo, que las fantasmagorías oníricas tienen más relación de la que imaginamos con nuestras vidas, y tanto es así que bien examinadas nos aportan claves para entendernos mejor, incluso para curarnos de dolencias espirituales.

No soy de los que platican mucho sobre sus pesadillas. La razón es simple: al despertar no las recuerdo. Cuando sobreviven, a lo sumo me queda, eso sí, una terca desazón muy parecida a la que siento cuando bajo de un Ómnibus de México o salgo del baño para hombres en la Arena Olímpico Laguna. En fin, ya hice mucho preámbulo para avisar que contaré una pesadilla reciente. Contra lo acostumbrado, ésta no se evaporó cuando abrí los ojos, así que su desarrollo se asemeja al flujo narrativo de un cuento o una película.

Manejaba por un bulevar que no sé con precisión si era el Revolución o el Independencia. Muy relajada, mi mente se distraía con el gracioso silbido del bolerito “Relámpago” interpretado por el trío de los Hermanos Martínez Gil. Tan absorto estaba en la emisión de las notas que no reparé en el velocímetro: desde hacía varias semanas yo era esclavo de esa aguja, tanto que a veces manejaba mi vehículo con más atención al indicador de velocidad que a la carretera misma. Vi con sorpresa que marcaba 65 kilómetros por hora, así que levanté la cabeza para cerciorarme si había o no un agente de tránsito en el horizonte cercano. Para mi mala suerte, junto a su moto estaba uno parado a cerca de cien metros. Tenía el radar levantado, listo para pescarme en la transgresión. Me di por infraccionado, pues en cien metros era imposible bajar la velocidad a menos de 60. Se dio entonces un pequeño golpe de suerte: a mi lado pasó zumbando una troca repartidora de Panqué de Durango y eso atrajo la atención del radar. El oficial hizo una seña y la camioneta se cargó a la derecha mientras yo me fui de largo, incólume.

Seguí mi marcha y en un crucero vi que el semáforo apenas me permitía llegar al verde, así que atravesé en amarillo parpadeante, todavía limpio de culpa. No sé de dónde salió una motocicleta y sobre ella un agente decidido a detenerme. Con un claxonazo ronco me indicó frenar más adelante. Por el retrovisor vi que apagó su moto, que era panzón y caminó hacia mi ventanilla. Sin quitarse el casco y con los ojos escondidos tras unos Ray-Ban seguramente piratas, me dijo que crucé en rojo. Era un tipo muy serio, con un rostro agrio, como de personaje de Onetti. Cuando yo estaba a punto de defenderme con un argumento, se oyó a unos metros un golpazo metálico: dos autos particulares se habían encontrado de punta, y el agente, sin decirme nada, fue hacia allá y ya no pudo escuchar mi explicación.

Avancé nuevamente y durante un rato, en el trayecto, manejé con la zozobra de no saber si me seguían los tránsitos que encontraba en el camino: tal vez habían sido informados de que yo huía de una infracción. Conté 23 agentes con la camisa reglamentaria, la amarilla, pero es posible que fueran más. Hubo un momento en el que vi un tumulto de oficiales esperando el camión en una esquina, agentes que en los semáforos limpiaban parabrisas y hacían malabares, agentes dentro de transportes de empresas y en autos particulares, y lo más asombroso: dos agentes sobre un carro de mulas. La ciudad se había llenado de agentes de tránsito, no había ser humano que no lo fuera, así que mi angustia creció alarmantemente al sentir que aquella horda color yema de huevo me perseguía como si estuviera en un videclip de Michael Jackson. Para no enloquecer, era urgente llegar a casa, entrar a mi refugio y escapar de la invasión amarilla. Por fin vi la cochera de mi hogar, dulce hogar. Entré, apagué el auto y bajé corriendo. Temblando, sin atinar con facilidad al ojo de la cerradura, metí la llave y abrí la puerta. Mi esposa me recibió vestida de amarillo, como agente de tránsito, e igual mis hijos pequeños, tres agentes en miniatura que brincaron a mis brazos como gnomos. Estaba a punto de gritar lleno de horror, y en eso desperté.


jueves, enero 21, 2010

Nuestras pesadillas



No sin bostezar reviso una lista con las (dizque) diez pesadillas más recurrentes del mundo. Independientemente de que la interpretación a cada una es, o al menos parece, una jalada de greñas, creo que la lista no anda tan descaminada. Lo difícil no es dar con las pesadillas más frecuentes, sino aplicar la hermenéutica adecuada a cada una. Cito la lista y ofrezco un modesto aporte interpretativo y autóctono, aunque advierto que, pese al método científico que trato de aplicar, hay ciertas posibilidades de error; así es el mundo pantanoso y etéreo de las pesadillas. No por nada todos ignoramos bien a bien cómo está la onda en este rollo aunque algunos merolicos de diván aseguren lo contrario.
Soñar que lo persiguen. Lo más probable es que usted tenga deudas. Esta pesadilla pone en acción a varios seres encorbatados y con maletín ejecutivo. Los sujetos avanzan con las fauces abiertas y tirando tarascadas. Usted los ve con pavor y sigue corriendo. Este horrible sueño suele hacerse realidad durante el día: los bancos no dejan de llamar a su teléfono.
Con una caída. Usted siente que le quitan el tapete y que debajo de él hay un abismo; la caída es infinita y angustiante. Según los expertos, esta pesadilla es pertinaz en países donde las amenazas de recorte laboral son incesantes.
Que se conduce un vehículo descontrolado o que se está a bordo de uno. Una de las pesadillas mexicanas favoritas. Los especialistas coinciden en afirmar que se relaciona en algo con nuestros gobernantes.
No poder moverse, hablar ni gritar. Desde que comenzó el gobierno actual, esta pesadilla es de las más frecuentes entre los mexicanos. De hecho, dejó de ser pesadilla para convertirse en pan de cada día.
Estar herido, sangrando o agonizando. Pesadilla que se activa luego de apagar el televisor en las noches. En algo han influido las noticias más frecuentes de estos tiempos.
Soñar que se está atrapado. Debido a esta pesadilla está cada vez más concurrida la embajada de Canadá en México.
Ahogarse, soñar con inundaciones o con olas gigantes. Los futurólogos mexicanos han fomentado esta pesadilla. Sus principales promotores son aquellos que ya dan por hecho que llegarán Peña Nieto o Manlio Fabio. Abandonen el barco: niños y mujeres primero.
Estar desnudo en público. Sin duda, sueño amargo vinculado estrechamente a la canasta básica y a los cobros inflados en todos los servicios. También tiene relación con los intereses y las comisiones bancarios.
Hacerse cargo de un animal o bebé indefenso. Pesadilla que creció con el aumento al robo de vehículos.
Llegar tarde todo el tiempo. Y qué querían. Llegamos tarde porque no dormimos bien debido a tanta pesadilla.