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sábado, enero 06, 2024

A treinta años de Dahmer

 








Coincidió que el primero de enero me eché en Netflix los tres capítulos de la miniserie documental Las cintas de Jeffrey Dahmer (Joe Berlinger, 2022) que a su vez es parte de la saga Conversaciones con asesinos, y al leer la fecha de muerte del protagonista vi que era una efemérides de este año: en 2024 el mundo cumple tres décadas sin el Carnicero de Milwaukee. A propósito del documental, por ello, y ahora que todavía el año calza pañales (la tercera acepción del DRAE para “calzar” permite usar así este verbo), escribo la presente evocación sobre el más célebre hijo de la ciudad cervecera.

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Milwaukee el 21 de mayo de 1960, y hasta donde es posible afirmar, con base en los datos suministrados por el video, tuvo una infancia ordinaria. Hijo de un químico y una especialista en teletipos, presenció, eso sí, frecuentes discusiones de sus padres, quienes a la postre se separaron. Ya para entonces el pequeño Jeff hacía exploraciones por un bosque cercano y pronto tuvo una obsesión anticipatoria de lo que después le granjearía fama en todo el orbe: comenzó a recolectar cadáveres de animales para escudriñar sus entresijos. Esta afición se mezcló con el sentimiento de soledad experimentado tras la ruptura de sus padres, lo que se agudizó tras el nacimiento de su único hermano. La pasión de anatomista coincidió además con el descubrimiento de su homosexualidad, en la adolescencia, y poco después también con el del alcohol.

Las carambolas de la vida lo aislaron cada vez más. Fracasó en los estudios, consiguió trabajo en una chocolatería, decidió vivir con su abuela y al alimón frecuentó bares gays de la localidad. En el 78 perpetró su primer asesinato: invitó a un joven a su casa y optó por liquidarlo para evitar que llegara el indeseable momento de la despedida. En aquel primer caso usó una pesa de ejercicio de las llamadas “mancuernas”.

Tras un paréntesis de algunos años, recayó en el apetito de matar, y lo satisfizo. Sin saber bien a bien por qué lo hacía, luego pudo explicar que mataba, vejaba, desmembraba y conservaba, e incluso devoraba, todo en este copretérito, partes de sus víctimas para evitar perderlas, para tenerlas siempre junto a (dentro de) él.

En la época más activa de su vida criminal, Dahmer vivía en un modesto complejo de departamentos de la ciudad de Milwaukee, casi todo ocupado por afroamericanos, como se dice en EUA. Lo raro es que en su pequeño y sórdido habitáculo operó sin que el vecindario se las oliera (sin metáfora), aunque los ruidos de martillos y serruchos y la frecuente pestilencia llamaron la atención de algunos inquilinos sin que llegara a mayores, es decir, sin que hubiera denuncias ni las autoridades revisaran el escondrijo convertido en recurrente escena del crimen. La mayor parte de las víctimas eran jóvenes de tez oscura, de preferencia atléticos, 17 en total.

Las cintas de Jeffrey Dahmer apela a grabaciones de audio (interrogatorios) y algunos videos originales, además de reconstruir con difuminados actores ciertas escenas hipotéticas; tiene una estructura tripartita: fluye del pasado infantil y adolescente del Carnicero al periodo más productivo de su trabajo aniquilatorio, luego al inmediato momento de las investigaciones y, al final, al juicio y la condena en medio del morbo periodístico.

No soy mucho de ver películas ni documentales, pero tengo amigos que sí, algunos de ellos devotos de la bestialidad humana. Al recibir el tip sobre esta semblanza fui al documento y, la verdad, es notable la calidad de su edición. Por supuesto que tenía noticias sobre Dahmer (quién no), pero jamás me había detenido a recorrer las peripecias de este personaje que se convirtió, hasta la fecha, en dechado de lo que Bataille llamó “la parte maldita”. En efecto, en Dahmer afloró espléndidamente el lado más cavernoso del ser humano, la inclinación al salvajismo que ha sido domesticada o casi domesticada por las leyes y la cultura —“la civilización”—, pero que de vez en cuando, pese a la amenaza de la vigilancia y el castigo, estalla volcánicamente en individuos con el instinto de muerte desbocado.

Contra la defensa que argumentó locura, Dahmer fue hallado cuerdo y culpable, por lo que recibió una condena a no sé cuántas cadenas perpetuas en un juicio donde el acusado lució siempre sereno y hasta apuesto. Pocas semanas vivió tras las rejas, pues fue asesinado el 28 de noviembre de 1994 en una cárcel del condado de Columbia, Wisconsin, por un reo que para llevar a cabo su labor usó (“a la realidad le gustan las simetrías”, dijo Borges) una pesa del gym penitenciario. En Milwaukee fueron destruidas todas las pertenencias de Dahmer y demolido el Oxford, edificio de departamentos en donde, entre cuchillos, ácidos y congeladores, el Carnicero ejerció su vocación de asesino, anatomista y caníbal serial.

sábado, julio 18, 2020

Un asesino acaparador
















Por fin llegué a Netflix y he derramado mi atención en varios documentales. Este género me interesa más, no sé por qué, que la ficción, quizá porque en el fondo la manera de contar cualquier historia verdadera termina impregnando todo de fantasía, de ese raro y delicioso aroma que tienen las mentiras bien narradas. Uno de los documentales que vi es en realidad una “docuserie”, neologismo hoy usado para designar aquellos documentales que se despliegan en varios capítulos. Trata sobre la agitada vida y la extraordinaria obra de un asesino serial llamado Henry Lee Lucas. Su caso me resultó impresionante no tanto por el personaje en sí, sino por la corrupta situación en la que se vio envuelto. Accedo a describir los entresijos de su desgracia.

Lucas nació en Virginia hacia 1936, y desde chico vivió en circunstancias dignas de espanto. Para empezar, su madre, lejos de darle tranquilidad, le dio palizas y toda suerte de vejámenes, como ejercer la prostitución delante de él; su padre era alcohólico y no podía caminar; murió en 1950. Los maltratos terminaron cuando Lucas se defendió y aniquiló a su madre. Ya huérfano comenzó una dilatada y accidentada andanza que lo llevó a la cárcel, a hospitales psiquiátricos y a toda clase de ámbitos propicios para pudrirse la vida más de lo que se la pudrió el entorno familiar. En una de ésas conoció a un tal Ottis Elwood Toole, sujeto con la peor catadura tanto física como espiritual. Para no hacerla tan larga, las correrías del dueto Lucas-Toole estuvieron plagadas de lo único que podían plagarse: brutalidad, vicios, delitos de todos los pelajes.

Un buen día Lucas es juzgado y sentenciado por asesinato, y a partir de allí comenta, casi con tedio, ya con la sentencia en su contra, que qué iba a suceder con los otros asesinatos perpetrados también por él. Esto desata el interés de las autoridades, y por una cuestión jurisdiccional se lo apropia un sheriff llamado Jim Boutwell, miembro de los famosos Rangers de Texas, departamento de policía que hace mucho bajó del caballo pero en el que se sigue usando sombrero de Taco Bell y corbatita a medio pecho. Tras los primeros interrogatorios, Lucas comenzó a soltar sopa en cantidades industriales. En pocas semanas casi era el autor de todos los homicidios de mujeres no resueltos en los Estados Unidos. Mágicamente, con prodigiosa, con sospechosa memoria el sereno Lucas reconstruyó sucesos tan serenamente que parecía guionado. Llevaba a las autoridades a las escenas del crimen, describía la apariencia de sus víctimas, explicaba sus métodos de ataque, todo. Por mucho y en teoría, él solito rebasó las cien víctimas.

La “docuserie” no lo dice enfáticamente, pero es obvio que el caso Henry Lee Lucas fue el de un asesino que se colgó milagritos extras para evitar la pena de muerte y luego, cuando vio que aceptar más y más asesinatos lo mantendría con vida, fue un negociazo para los Rangers que comenzaron a resolver asesinatos de otros estados gracias a que Lucas los admitía todos, casi como un acaparador de homicidios.

Por eso digo que más que el lamentable destino de Lucas, lo que impresiona en este trabajo es la facilidad con la que las autoridades pueden ceder a la tentación de hacer trampa, esto en China, en México y no se diga en el siempre perfecto y ejemplar Estados Unidos.

viernes, enero 15, 2010

Finísimas personas



Tengo un librote titulado Asesinos seriales. Las crónicas del horror (Círculo Latino, Barcelona, 2003) de Andrea B. Pesce. Aunque es una edición de lujo, la imagen de su portada es fallida, pues hace un juego visual con una calavera como de grupo de rock, como de película de terror, lo que solemos asociar poco con la mentalidad enferma del asesino en serie. Su contenido no es deslumbrante, pues la información que podemos encontrar en cada apartado es fácil de localizar también en internet; su virtud está en que ha sabido reunir en un puñado de páginas a los principales asesinos seriales de la historia.

El libro comienza con una amplia sección dedicada a explorar, desde el punto de vista clínico, la mentalidad de este tipo de criminales (estos segmentos son ilustrados con imágenes de películas famosas relacionadas con el tema, la mayoría hollywoodenses).
En la página 35, por ejemplo, nos ofrece un cuadro donde figuran, explicados en dos columnas, los “Motivos de un asesino serial”. Aparecen allí los asesinos visionarios, misioneros, hedonistas, lujuriosos, emocionales, lucrativos y buscadores de poder. Los misioneros, por ejemplo, “piensan que es su responsabilidad matar para librar a la sociedad de elementos no deseados”; los buscadores de poder matan por “el deseo de tener control sobre la vida y muerte de otros”. Y así los demás, cada cual según sus motivaciones.

Luego de esa sección exploratoria, los lectores pasamos a la galería donde han sido expuestas las biografías de muchos famosos asesinos. Comienza con uno que se llevó las palmas del más siniestro público: Gilles de Rais. Nacido en 1404, este francés de nombre Gilles de Laval-Montmorency fue una verdadera bestia. “Confesó sus aberraciones delante de la iglesia de Nantes el 22 de octubre de 1440 frente a una muchedumbre, dio detalles y relató: ‘Por mi ardor y mi deleite sexual he tomado y hecho tomar tantos niños que no sabría precisar el número’”. Apodado Barba Azul, le achacaron 300 muertes, pero él confesó que fueron nomás 140 (George Bataille, el gran explorador del Mal, tiene un ensayito sobre esta finísima persona; lo publicó Tusquets y lleva un prólogo de Vargas Llosa; lo leí hace mil años, pero no lo tengo ahora a la vista).

Luego de Barba Azul, los asesinos de este libro se muestran un tanto poquiteros: Henri D. Landrú (El asesino de señoras), Albert Fish (El maníaco de la luna, llamado así por haber revelado su deseo de comer carne cruda en las noches de luna llena), Fiedrich Haarman (El carnicero de Hannover, cuya última voluntad, por cierto no concedida, fue que su epitafio dijera: “Aquí yace El Exterminador”), Peter Kürten (El vampiro de Düsseldorf, quien declaró luego de su sentencia a la pena capital: “Después de que me decapiten, podré oír por un momento el sonido de mi propia sangre al correr por mi cuello… Ese será el placer para terminar con todos los placeres”), Jack The Ripper (el infaltable y todavía anónimo Destripador), Ed Gein (El carnicero de Plainfield), Albert DeSalvo (El estrangulador de Boston), Charles Willis Manson (otro emblemático del oficio), Andrei Romanovich Chikatilo (El carnicero de Rostov, cuya tierno rostro engalana el encabezado de este post), John Wayne Gacy (El payaso asesino), Theodore Robert Bundy (Lady killer), Harold Shipman (El doctor muerte), Richard Trenton Chase (El vampiro de Sacramento), Jeffrey Dahmer (El descuartizador de Milwaukee), Thierry Paulin (El monstruo de Montmartre), entre otros.

En el prólogo de Asesinos seriales, Eugenio Juan Zapietro señala lo siguiente: “Una vez lanzado a su tarea destructiva, el asesino podrá ser estudiado por sus vicios, aparentes modus operandi u obsesiones fijas, pero todavía no es posible prevenir lo que un vecino cualquiera puede realizar cuando algo hiere su razón y emerge la bestia o el Mr Hyde que llevamos dentro”. O sea, todos somos potenciales finísimas personas.

Insisto que no es una maravilla de documento, pero deja ver panorámicamente los resortes interiores y los casos más famosos del asesinato en serie. Además permite, y es aquí a lo quería llegar, vislumbrar si algunos detenidos vinculados en México al crimen organizado no son en el fondo, también, algo parecido a un serial killer. Digo, los 600 muertos que le cuelgan al pozolero Teo, sumado al método casi culinario que usaba para disolver a las víctimas, nos permite ver algo más que un asesino común o “lucrativo”. Por otras rutas y acaso sin glamour, tal vez hemos llegado a la producción autóctona y en serie de asesinos en ídem. Como siempre, en lo sórdido somos muy buenos para progresar y destacarnos.