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sábado, enero 11, 2025

Ser Abelardo Castillo

 
















El nombre Abelardo Castillo dirá poco en México, casi nada. Es uno más de los numerosos escritores latinoamericanos cuya obra quedó circunscrita a una patria, la suya. Nació en la ciudad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1935, aunque, como tantos allá, desarrolló su trabajo literario en la capital. Decir que es un escritor de repercusión sólo argentina no es agraviarlo, pues ya se sabe que, salvo muy pocas excepciones, los escritores latinoamericanos a lo mucho alcanzan una fama endogámica, de fuste nacional, lo que por otro lado no es poco.

Lo leí por primera vez en 2005 gracias a un regalo de Juan Pablo Neyret, quien desde Mar del Plata me envió a Torreón los Cuentos completos de Castillo publicados por Alfaguara. Las palabras que acompañaban el obsequio fueron muy generosas: Neyret escribió que me acercaba un escritor en el que yo encontraría ecos de mi trabajo, rasgos que seguramente me harían fraterno el tono de sus narraciones. Fue una hipérbole amistosa, claro, pero tras leerlo confirmé que se trataba de un notable cuentista, un autor de microcosmos densos de desgarramiento humano, de almas abrumadas por el látigo de la existencia. Por aquellos años yo seguía trajinando como profesor volante, y era una época en la que los alumnos aún ponían más atención a la clase que al celular. Por ello no fueron pocas las aulas en las que, entre otros textos, introduje como parte del material de lectura algunos cuentos de Castillo, sobre todo dos que siempre funcionaron bien: “El candelabro de plata” y “La madre de Ernesto”, relatos en los que se advierte claramente una tesitura destoyevskiana, vidriosa, entre brutal y conmovedora, valga el oxímoron.

Autor de novelas, obras de teatro, ensayos, diarios, antologías, artículos e incluso algo de poesía, sospecho que el cuento fue (es) lo más apreciable de su producción. Un abordaje sumario de su carrera sintetiza lo anterior con esta semblanza disponible en internet: narrador y dramaturgo argentino cuya obra narrativa se caracteriza por su prosa cortante y muchas veces reveladora de la sordidez de la realidad. Animador de la difusión y el debate literario-político, fundó con Arnoldo Liberman El Grillo de Papel, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la Argentina. Posteriormente dirigió El Ornitorrinco (1977-1987). Compaginó su actividad literaria con las colaboraciones periodísticas y la dirección de talleres de creación literaria. En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982) y Las maquinarias de la noche (1992), luego reunidos en Cuentos completos (1998). La narrativa de Abelardo Castillo evolucionó de un realismo de signo existencial y comprometido social y políticamente (en la línea de Sartre) a una mayor estilización que lo acerca al expresionismo; sus argumentos colocan a menudo a los personajes en situaciones límite envueltas en un denso fatalismo. 

Hasta aquí la referencia biográfica retocada levemente. Con tal lona recorrida, en 2005, a los setenta de su edad, publicó Ser escritor (Seis Barral, Buenos Aires, 219 pp.), libro de aproximaciones al oficio de leer y de escribir. No es un manual o, como los denominaban hace dos siglos, una “preceptiva”, sino una serie de breves apuntes en los que comparte, destilada y asistemática, su experiencia literaria. Así pues, es un libro de suyo interesante para quienes han elegido dedicarse, con o sin talento, a engarzar palabras cuyo fin es llegar a ser arte.

Ser escritor es abarcado por diez capítulos, algunos con título elocuente: “El oficio de escribir”, “Literatura nacional”, “Los talleres del escritor”, “Crítica y críticos”, “Escritores en persona”, “Ética y compromiso”, “Filosofía y letras”, “Irreverencias”, “Baúl” y “Mínimas”. En todos late una prosa severa y el modo entre taxativo y socarrón de quien ya sabe que sabe mucho del asunto o al menos lo suficiente como para que no le vengan con que cambie o matice sus pareceres. El impulso pues es de aforismo, de sentencia, de idea planteada así, contundentemente, porque lo escrito ha sido pensado y repensado en años, los muchos años de lectura y escritura que sumaba ya Castillo cuando acuñó las aseveraciones.

Para quienes escriben, las observaciones de Castillo pueden servir como semáforo: ayudarán a seguir rutas de trabajo, advertirán sobre problemas inherentes al oficio y frenarán a quienes asuman con candidez algunos malentendidos sobre esta labor y sobre varios escritores. Como es un libro armado con pedacería, con textos cortos y muchos hasta brevísimos, es fácil trasegar ejemplos. Esto dice sobre “El culto del coraje”: “El culto del coraje en el tango y en nuestra literatura no es más que el subproducto de la reverencia natural, humana, que se tiene por lo heroico; que lo llevemos al plano del coraje gratuito, sólo significa que andamos escasos de épica en el sentido homérico”. Dicho sea de paso, lo citado podría valer para explicar el culto actual a los héroes deportivos.

En “La historia subterránea” destaca un rasgo esencial de la buena narrativa: “Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida. Pero, sobre todo en la literatura, si la historia subterránea no es en cierto modo la esencial no hay obra de ficción”.

Al hablar de algunos escritores totémicos, apunta detalles que incluso mueven a sonrisa: “Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista: ‘Por favor los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, lo he corregido tanto’. Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber adónde iba. Él a lo mejor no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros”.

Sobre Macedonio Fernández, esta boutade curiosamente macedónica: “Un malentendido nacional, de orden benévolo. No fue novelista ni poeta ni mucho menos metafísico. En algún sentido, apenas si fue escritor. Bien leído, era amanerado, caótico y plúmbeo, a fuerza de querer ser siempre ingenioso. Como sería absurdo no admirarlo, yo también lo admiro”.

Por último, notas de reivindicación como esta sobre José Ingenieros, autor que a México llegó sólo con El hombre mediocre (colección  Sepan cuantos… mediante): “Si yo fuera pedagogo, recomendaría a los jóvenes que dejen de leer estupideces, se olviden de los dictámenes académicos, y le peguen un ojeadita a los libros de Ingenieros. Muy pocos hombres pensaron bien y, al mismo tiempo, escribieron bien en nuestro país. Ingenieros fue uno de esos raros”.

Libros como Ser escritor —de notas sueltas, de apuntes rápidos y algo malhumorados— son gratos cuando provienen de alguien que ya es Castillo, un escritor formado en la lectura permanentemente crítica, aquella que constituye la base del extraño, del traumático oficio de escribir.

Abelardo Castillo murió en Buenos Aires en 2017.

sábado, julio 09, 2022

La vida invisible de Sylvia

 














Allá por el año 2001 o 2002 descubrí a Sylvia Iparraguirre (Junín, Provincia de Buenos Aires, 1947) gracias a La tierra del fuego (1998), novela de la cual todavía tengo un recuerdo vivo y grato. Fue el único libro que de ella pude conseguir hasta hace poco, cuando en mayo pasado mi amiga Giselle Aronson, de viaje en la Ciudad de México, trajo para mí algunos títulos que mi hija mayor recogió y luego mi segunda hija trajo hasta Torreón. En el kilométrico itinerario venía incluido La vida invisible (Ampersand, Buenos Aires, 2018), que recién leí.

Estoy acostumbrado a que los/mis libros hagan recorridos largos y a veces azarosos. Como también soy habitual de las librerías de viejo, sé que el camino de los volúmenes no es ajeno al misterio. ¿Cómo llega a Torreón —es decir, a mi biblioteca— un viejo libro impreso en Madrid? En el caso del de Iparraguirre que acabo de leer, su razón de estar aquí se remonta a 2019. En alguno de sus días leí en el periódico Página 12 un fragmento del libro Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky. Quedé tan antojado que aproveché un viaje hacia acá de José Juan Zapata Pacheco, lagunero avecindado en Argentina, a quien le pedí algunos libros, entre ellos el de Cozarinsky. Lo leí y no me defraudó, sino al contrario. Vi que era parte de una serie llamada “Colección Lectores” organizada por la editorial Ampersand (esta palabra designa al signo “&”, es decir, nuestra conjunción “y”). Al saberlo, quise más ejemplares de su menú, pues vi que en todos ellos un escritor distinto atravesaba su experiencia de lector.

El de Iparraguirre define el acto de leer desde el título mismo: La vida invisible, es decir, que con la lectura construimos al lado de la vida real y visible otra que no por invisible e imaginaria deja de gravitar en nuestro ser. Pasa casi al revés: para el lector enfermo de libros la vida invisible es a veces más (o tan) poderosa como la real, pues se agarra de las entrañas y se convierte en experiencia casi tangible, en una realidad paralela mediante la cual el lector, y más si es escritor, encuentra sentido a los aciertos y a los errores de la vida concreta.

Porque lo solicitan quienes editan los libros de la Colección Lectores, Iparraguirre trazó el camino de su formación como lectora y lo vinculó con el desarrollo de su propia escritura. Así, por ejemplo, al principio enfatiza el valor de autores como Defoe y Tolstoi entre sus primeros asombros. A ellos se sumarían, claro, otros, e incluso algunos terminarían siendo no sólo parte de su vida invisible, pues trabó contacto con Sábato, Cortázar y Borges, de quien fue alumna. A los 22 años, dice, conoció a Abelardo Castillo, quien desde entonces fue su pareja y con quien combinó filias y fobias bibliográficas. De él comenta: “A los que empezaban a leer, daba un consejo que yo misma seguí: si un libro les gustaba, que fueran a buscar los autores que ese autor citaba”.

Al final de La vida invisible hay una especie de inventario comentado de favoritos, 27 libros/autores entre los que figuran Camus, Brontë, Faulkner, Mansfield, Fitzgerald, Sylvia Plath, Kafka, Sartre, Carpentier y varios más.

Ya que ella no puede hacerlo, yo sumaría en la lista a Sylvia Iparraguire.

miércoles, febrero 02, 2022

Construir desde el final

 









Hacerlo no es tan mecánico y por esto mismo tampoco es fácil, pero una situación crítica —triste, traumática, desoladora— creada por la realidad puede ser el remate de un cuento, algo así como un punto de partida al revés. Explico. En una entrevista con Eduardo Aliverti, el escritor Abelardo Castillo reveló que la confección de su cuento “La madre de Ernesto” partió del diálogo con un amigo que le compartió una anécdota cuyo final es inquietante.

Y dijo más: “Lo que llamamos ‘final del cuento’, es el cuento”, y ejemplificó con “La madre de Ernesto” y la conversación en la que su amigo le describió el gesto de la prostituta en la que irrumpe el instinto de madre cuando aparecen los amigos de su hijo. Lo que siguió para Castillo, como cuentista, fue diseñar el dispositivo argumental para llegar a tal cierre: la reacción final de la madre.

“La madre de Ernesto” (cuento incluido en el libro Las otras puertas, 1962) relata la decisión de tres jóvenes (Julio, Aníbal y el personaje-narrador) por acceder al lecho de una prostituta. Así planteado, eso no supone nada extraordinario. Lo peculiar radica en que la mujer es madre de Ernesto, uno de sus amigos. A Ernesto ya casi no lo ven, pues ha cambiado de aires y ahora vive en otro pueblito de provincia.

Escribe Castillo: “era una idea extraña, turbadora: sucia”. Durante la narración, los jóvenes debaten si está bien o está mal lo que desean hacer, y este conflicto moral es resuelto a favor de la relación con la prostituta: “Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros”.

De alguna manera, el narrador, de quien no sabemos su nombre, anticipa el cierre a mediados de la historia: “Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo”.

Los detalles acumulados antes del remate, las dudas y las certezas machistas abrazadas por los tres jóvenes, léase el ocultamiento de sus miedos, preparan un final que no prevén. “La madre de Ernesto” es un cuento de inmediata localización en internet.

domingo, junio 06, 2010

Teoría de Van Bredam



No existe la perfección en el arte, pero hay obras que se aproximan peligrosamente a ella, como la novela Teoría del desamparo, de Orlando Van Bredam. Es excelente desde el título, que no es lo menos importante de un libro importante. Ganadora del Premio Emecé 2007, Teoría del desamparo conjuga eficazmente muchas virtudes, tantas que sus jurados (Vlady Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo) la aprecian como redonda. No es poco elogioso lo observado por Castillo: “La voto por su ironía, muy argentina, no exenta de crítica a nuestras realidades políticas. Y por la disparatada lógica de sus argumentos”. En estas breves palabras ha sido sintetizado, creo, el valor de la novela escrita por Van Bredam.
Poco conocido en México, Orlando Van Bredam nació en Villa San Marcial, provincia de Entre Ríos, Argentina. Es maestro de la Universidad Nacional de Formosa (en el norte de su país) y ha publicado los libros de poesía La hoguera inefable, Los cielos diferentes y De mi legajo; los de cuentos y minificciones Simulacros, La vida te cambia los planes y Las armas que carga el diablo; el ensayo La estética de Armando Discépolo y las novelas La música en que flotamos, Colgado de los tobillos y Nada bueno bajo el sol. Ha estrenado además numerosas obras teatrales y sus cuentos han aparecido en tres antologías nacionales organizadas por Mempo Giardinelli. Desde 1975 radica en Formosa, provincia argentina que marca la frontera con Paraguay.
Precisamente en un lugar distante de la capital del país, en una provincia opaca y olvidada de la Argentina, se ubica la historia de Catulo Rodríguez, protagonista de Teoría del desamparo. Cato, como le dicen para no restregar en sus orejas ese feo nombre, es empleado de una empresa, un bicho ordinario en la diversa zoología humana. Cumple con todos los requisitos para colocarlo en el casillero del aburrimiento: ecuánime, poco más de cuarenta años, casado, dos hijos mayores, ingreso mediano y fijo, satisfactores materiales resueltos, ninguna aventura extramatrimonial, cero amigos, Cato es en suma un sujeto que no da para novela, ni siquiera para comidilla de café. Sin embargo, una mañana cualquiera, cuando está a punto de salir rumbo al trabajo, el plomizo Cato abre la cajuela (el baúl, le llaman los argentinos) de su coche y encuentra un muerto. Sí, un muerto, un maldito muerto. A partir de ese hecho insólito estalla un cambio brusco en la vida de Catulo, una transformación interior que a su vez catapulta la compleja, apretada y amena trama de Teoría del desamparo.
La novela comienza pues con sospechas, y con ellas lo primero que establecemos es su ubicación genérica: es una historia que está a caballo entre la novela policial y, lo sabremos poco después, el thriller político. Tras hallar al muerto, Catulo Rodríguez, el centrado y soso Catulo Rodríguez, no tiene otro remedio: especula, especula, especula. Piensa quién puede ser el sujeto de la cajuela, piensa quién pudo haberle dado trámite hacia el más allá, piensa en dónde se lo echaron (al coche, no al muerto), piensa por qué lo habrán hecho, piensa si su Renault fue elegido por azar o intencionalmente, piensa si debe informar a la policía, piensa si debe avisar a su esposa, piensa si debe deshacerse del cadáver, piensa, piensa, piensa, especula hasta que casi se le seca el cráneo y termina por enredarse más.
Con desesperación, intuye que pudieron sembrarle el regalito en el autolavado, o que tal vez lo hicieron en la hora de la noche en la que le prestó el coche a su hijo Lautaro. Catulo se convierte en una madeja de conjeturas. Está seguro de algo, aunque también duda: como en el país no hay justicia, o no suele haberla, mientras son peras o son manzanas lo involucrarán en esa mierda y correrá el riesgo de quedar salpicado. Decide por el camino práctico: tirar el cadáver en un río, y a partir de aquí ya no describo más la trama. Sólo añadiré que, conforme avanza la increíble y triste historia del cándido Catulo y su muerto embaulado, el protagonista va entendiendo que tal vez el muerto sea, o ha sido, más bien, Toni Segovia, un político ignorante (parece un pleonasmo, pero quizá no lo es) y podridísimo, un corruptazo autóctono de los que produce tanto nuestra feraz tierra. En el camino vemos que Segovia es y no es al mismo tiempo, lo que enreda más a Catulo y desdobla la novela hacia el tema del “otro”, del clon o calca que aplica una vuelta de tuerca a la historia.
Gracias a los ires y venires de Catulo ingresamos a la zahúrda de la corrupción política provinciana, una corrupción tal vez menos visible, y por ello más cómoda e impune, que la de los centros urbanos prominentes. Toni Segovia es, sin magnificar sus méritos, un hijo de puta que gracias a una viveza de rata logra ascender en el escalafón politiquero de su localidad. Como ordena el librito, ha traicionado a sus correligionarios, ha tejido relaciones con antiguos enemigos, ha trabado amistad cercana con el simbiótico gobernador y ha (este último eslabón de la lista es el más importante, pero impensable si no se pisan antes los demás peldaños) conseguido un platal que a su vez genera más platal. A Toni lo secuestran, o dizque lo secuestran, pues esto siempre queda ambiguo en Teoría del desamparo. El caso es que un día aparece alguien idéntico al político, o el político real, no se sabe, en la cajuela de un coche propiedad de cierto hombre cualquiera, y ese hombre cualquiera se ve metido de golpe en una investigación cuyos avances sólo derivan en más y más detalles que mezclan lo real con lo inverosímil. Suspenso, agusanamiento político, bancarrota sexual, humor, todo se amotina en esta novela que los ciudadanos ordinarios de México debemos conocer porque en estos tiempos sin ley todos estamos cerca de convertirnos en Catulos.
Varios son los aciertos de Van Bredam en esta novela, como la prosa y la perspectiva del narrador. La tercera persona y el tratamiento “de usted” son inmejorables para la trama. Si el señor Catulo Rodríguez va a pasarse digiriendo la aventura del muerto, si todo parece inverosímil, nada más acertado que narrar en una perspectiva maniáticamente conjetural, es decir, preguntándose una y otra vez qué pasaría si Catulo hace esto, si hace aquello, si hace esto más. Narrada en segunda persona y “de usted” (lo cual establece una distancia entre el narrador y el personaje, casi como para dejarlo solo ante su embrollo, desamparado), es un desafío técnico, una historia cuya resolución mete, o metió, al autor en un problemón tan grande como el de su personaje: corría el riesgo de la monotonía, pero las especulaciones son tan reales y detalladas, tan cercanas a lo que a diario hacemos todos frente a la dificultad, que la Teoría se nos va en tres patadas, las mismas que conforman su estructura externa: “Hipótesis”, “Tesis”, “Conclusiones”.
El tejido de inevitables especulaciones dinamita toda certidumbre y crea el caldo de cultivo adecuado para que crezca la zozobra de Catulo, lo que a su vez sería el pavor de cualquier ciudadano ante una situación parecida en un espacio donde la justicia es manejada con las patas: “Todavía piensa en la alternativa de buscar un abogado y presentarse ante un juez. Ésta parece ser la más racional de las salidas, pero no evitaría el escándalo público. Su nombre aparecería en los diarios, la radio, la televisión, su jefe lo miraría con desconfianza, lleno de dudas, su mujer y sus hijos no le creerían, no aceptarían que las cosas hayan sucedido así y no les dijera nada, los vecinos lo mirarían como a un monstruo, y si los verdaderos culpables nunca aparecen, sólo usted quedaría ligado a ese crimen para siempre. No evitaría, incluso, que la policía lo investigue, que le prohíban moverse de su casa, que su cara aparezca a nivel nacional en todos los televisores del país, como el rostro del primer eslabón de una cadena de secuestradores. Sería inútil tratar de explicar lo inexplicable. El juez se interesaría por sus últimos depósitos, allanaría su casa para encontrar el dinero del rescate. Su vida sería un infierno de vergüenza y humillación. Lo que más le dolería sería ver su nombre en los diarios: ‘Catulo Rodríguez sigue siendo el principal sospechoso’, ‘Catulo Rodríguez dice que es inocente pero el juez tiene sus dudas’, ‘Catulo Rodríguez es indefendible, dijo el fiscal’”.
Tal es el racimo de incógnitas que tiene una vida común enfrentada por primera vez a la intrincada tenebrosidad del mundo. Finalmente, la Teoría de Van Bredam es que todos estamos expuestos y seguramente desamparados ante las infinitas posibilidades (o imposibilidades) de la justicia bárbara que nos cupo en suerte, en mala suerte.