Su cuota goleadora no fue
grande, apenas rebasó los 150 tantos, una cifra de todos modos muy decorosa
para la función que desempeñaba en el campo. Fue un 10 puro, quizá el más
clásico de los que han ocupado su posición, tanto que de haber sido urbe, a Zinedine
Zidane (Marsella, Francia, 1972) le hubiera tocado ser distribuidor vial: en el
centro de la cancha hacía fluir las acciones para todos lados. En América sólo
recuerdo el caso aproximado de Riquelme, parecido incluso por la estatura en
apariencia poco adecuada para jugar con elegancia y eficacia. Otros parecidos fueron
Platini e Iniesta, futbolistas con el don de tener el mapa de la cancha
cadriculado en la mente. Uno de los elogios más precisos dirigidos al marsellés
lo hizo Valdano en el Mundial de 1998: jugaba Francia y opinó que en las
escuelas de futbol “debían abrir las materias Zindane I y Zidene II”, pues, en
efecto, la función de Zizu era una
cátedra permanente de ubicación y correcta toma de decisiones. Y más allá de su
capacidad como cerebro, consumó goles espectaculares. El anotado de volea con
el Real Madrid (todos lo vimos) fue para enmarcarse o esculpirse. Impresionante
jugador.
lunes, julio 20, 2026
40. Zidane
miércoles, julio 08, 2026
28. Platini
El físico ideal del futbol no existe. Son las facultades innatas, el entrenamiento y un poco la suerte los que determinan la eficacia de un jugador más allá de su carrocería. El caso de Michel François Platini (Jœuf, Francia, 1955) es ejemplar. Era delgado, no muy alto, de facha nada impresionante. Cuando usaba la media caída y la camisa desfajada añadía a su pinta un desgarbo que no permitía imaginarlo como lo que fue en su desempeño sobre las canchas. La elegancia de su futbol, su visión de campo, su liderazgo, su orden táctico y otras tantas virtudes eran napoleónicas. No era el más rápido ni el más fuerte, pero cuando la pelota llegaba a sus botines levantaba la cabeza y organizaba todo, era un jugador pensante. Se trataba entonces de un director de orquesta, un mediocampista con batuta, un 10 clásico. Lo suyo fue marcar el compás, distribuir balones, filtrar pases de gol. Pese a que no estaba obligado a destacarse como anotador, alcanzó una suma de tantos nada desdeñable: más de 350. Le tocó una buena época para el futbol francés, colegas de inmensa calidad como Giresse y Tigana, pero la fortuna no lo acompañó en los mundiales.
domingo, junio 20, 2010
Saber de fut

Ribeyro ganó, por cierto, el premio Juan Rulfo que entregaba la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y ese quizá fue su máximo galardón; se lo otorgaron y poco después murió, lo que terminó por confirmar que no fue un hombre elegido para gozar en vida de la felicidad. Esto se nota claro en muchas de sus obras, pero más todavía en su diario. Desde el título enseña que es una declaración de amor al pesimismo: La tentación del fracaso (Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2003). Allí, el gran peruano asienta sus estados de ánimo, sus ideas sobre la vida y las letras, la percepción que tiene de sí mismo, el permanente acecho de la derrota y alguna esporádica alegría.
El 24 de abril de 1977, radicado en Francia, Ribeyro apuntó en su querido diario una lección que deben conocer, sobre todo, los supuestos conocedores del futbol que hoy abundan en los medios como abunda la basura en el planeta. Cito in extenso:
“Mis cuarenta años de aficionado al fútbol (mi primer match lo vi en Lima hacia el año 1937) me hacen apreciar y comprender este deporte con toda la agudeza de la experiencia. Por eso los jóvenes o improvisados locutores deportivos franceses me irritan por su ignorancia. Comentan los partidos con una óptica de neófitos. Desde que un jugador toca la pelota y hace un pase puedo darme cuenta de si es un buen jugador. A los cinco minutos de un encuentro he calado a ambos equipos, descubierto sus cualidades y defectos, previsto su eventual desenlace, descifrado su táctica seguida y la que convendría emplear. De eso puedo vanagloriarme sin vergüenza pues no tiene ningún mérito, simple cuestión de oportunidad. No sólo he visto miles de partidos sino que los he jugado. Así, ayer en la TV descubrimiento al fin de un jugador francés de verdadero talento: Platini. Apenas recibe la pelota ya su mirada ha abarcado todo el terreno, ha visto dónde están los adversarios y dónde los partidarios mejor colocados, por dónde conviene avanzar y a quién entregar el esférico. Esa visión soberana del espacio del juego, privilegio de los grandes. Ello unido a una contextura física ideal, una fulminante fuerza en los disparos, un dribbling imprevisible, una serenidad absoluta y una elegancia de ejecución hacen de él un fenómeno y de su contemplación un verdadero gozo. Escribo esto sin mayor cuidado. Pensando en que tal vez mi destino era ser cronista futbolístico”.
Ribeyro elogió así a Platini cuando Platini todavía no era Platini, cuando quien luego sería el mayor astro francés jugaba todavía para el pequeño equipo que lo vio nacer al profesionalismo, el AS Nancy. Esto significa que Ribeyro, en efecto, tuvo buen ojo, aunque, como él señala, no es tan difícil analizar un partido y detectar desde el primer toque al jugador que destaca y al que ha sido inflado por la prensa. Y lo mismo podría decirse de los equipos, y he aquí a lo que voy: parte de la tradición en los mundiales consiste en agrandar lo pequeño, en sobrevalorar lo que comúnmente ha dado muestras de poco empaque. Hablo por ejemplo de la selección inglesa. No se cansan los locutores de comentar la supuesta grandeza y peligrosidad del equipo inglés, tanto como lo han hecho en pasados mundiales. ¿Y qué pasa? Nada, Inglaterra ha jugado un par de juegos y sigue en las mismas de siempre: un futbol poco vistoso, ineficaz, basado en la fuerza más que en la inteligencia. Eso no ha importado para que los periodistas sigan hablando de la “potencia inglesa”, de su poderosa liga y mil embustes más.
Lo mismo decían de Francia, equipo que en las décadas recientes tuvo dos momentos de esplendor. La primera, en 1982, cuando a pesar de no llegar a la final mostraron el mejor futbol que se había visto desde 1970. Era precisamente la selección de Platini, Tigana, Giresse, Amoros, un equipo que jugaba con armonía sinfónica, bella y eficazmente. Luego Francia tuvo un bajón y recuperó su rango en 98, cuando fueron sede y su selección era comandada por el algebraico Zidane. Los que nos jactamos de entender algo sobre futbol sabemos que, comparada con aquellas dos, la actual selección de Francia no es nada, si acaso una caricatura de lo que fue hace algunos años. Por eso mismo, al minuto 15 del juego contra México y con el antecedente del juego contra Uruguay, les dije a mis compañeros de telenviciamiento que el juego estaba ganable, que todo era cuestión de anotar las posibilidades de gol. Y así ocurrió. Sin demeritar la actuación de México, sin inflarla también, la selección verde hizo su trabajo, salió bien organizada y no mostró el atávico miedo de siempre; al mismo tiempo, Francia jugó como si fuera la selección de Martinica. Por cierto: luego del juego de México contra Sudáfrica escribí (escribí y publiqué, conste) que el juego estuvo para ser ganado por los nuestros 3 a 0, curiosamente el mismo marcador que luego le impondrían los charrúas a los anfitriones.
En suma, interviene mucho el azar en un torneo tan corto y accidentado, pero ya se puede ir viendo por dónde va a quedar la copa. Tengo la sospecha de que será latinoamericana, lo cual me daría gusto, gane el equipo que gane. Si no es así, me contenta saber que el mejor futbol del mundo, el que se juega como se juega, jugando, un poco desfachatadamente y sin ceñirse mecánicamente a los manuales tácticos al uso, es el nuestro, el de nuestros países. Veo en Argentina, en Brasil, en Chile, un poco en Paraguay, Uruguay y hasta en México, la vistosidad que alguna vez tuvo la divertida Francia de Platini. Cuando el futbol es jugado como Inglaterra, por ejemplo, perdemos todos. Esos equipos podrán ganar, pero su futbol no es lo mismo, nunca será lo mismo si le falta olor a calle, aventura, riesgo, el indescriptible cinismo de quien juega como si todo fuera cascarita.
Tres partidas
Como me pasa siempre, a mí no me corre prisa para leer, releer y celebrar la obra de los escritores que se van. De golpe, sin dar tiempo, espalda con espalda, se fueron Saramago y Monsiváis. Ambos ameritan un comentario que espero urdir dentro de poco. Quede este breve testimonio de respeto mientras tanto.
Aparte, consternado, recibo la noticia sobre Armando Sánchez Quintanilla, director de bibliotecas en Coahuila. Qué vergüenza lo que está pasando. Sólo conversé una vez con él. Fue hace como tres o cuatro años, en Saltillo. Esta es la impresión que me dejó: la de un hombre afable, con gran sentido de la conversación, sonriente y, lo principal, culto. En la sobremesa que compartimos se habló de literatura y quedé sorprendido al escucharlo; trataba de libros con solvencia, con detalles precisos y comentarios atinados. Descanse en paz; un abrazo muy respetuoso a su familia y sus amigos.


