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miércoles, enero 16, 2019

Torreón: origen demostrado














En diciembre fui con mis hijas a las Dunas de Bilbao y de allí dimos un breve salto a Viesca. En el camino y en ambos lugares recordé, como siempre que recorro nuestra región, a mi amigo Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 12 de octubre de 1950-1 de marzo de 2017). Ahora bien, recordarlo es recordar sus libros. El último, que por cierto tuve el honor de editar, fue El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX (Ibero Torreón, 2016, 196 pp.), que es la constatación no especulativa, sino basada en documentos, de la relación de hermandad que guardan las ciudades laguneras en términos de origen racial y cultural.
Como lo dijo el doctor Corona Páez en su momento, “Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX (…): ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora?”
Basado en diversas fuentes primarias, este libro tiene como base el padrón del Rancho de La Concepción. El autor lo transcribió e hizo una investigación genealógica de cada familia. “Es notable comprobar —señaló— cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad”.
En efecto, al volver sus páginas advertimos que la dinámica social de los primeros torreonenses vinculaba en lo laboral y en lo familiar —mediante los matrimonios— a laguneros de Mapimí, Parras, San Juan de Casta, Cuencamé, Viesca, Matamoros y otros lugares de la comarca. Hay pues, demostrado, un origen común predominante en los primeros torreonenses. Pueden hacerse de este libro en El Astillero (Morelos 559 poniente, Torreón).

sábado, marzo 04, 2017

Maestro, amigo, hermano




















Borges escribió un poema de homenaje póstumo para Alfonso Reyes, amigo luminoso que se le adelantó en 1959. El título del poema es “In memoriam A.R.”, y comienza con la siguiente estrofa: “El vago azar o las precisas leyes / que rigen este sueño, el universo, / me permitieron compartir un terso / trecho de curso con Alfonso Reyes”. Nadie puede mejorar eso, así que incurro en la comodidad de parafrasearlo: el vago azar o las precisas leyes que rigen este sueño, el universo, me permitieron compartir 25 años, un maravilloso trecho de mi vida, con Sergio Antonio Corona Páez.
Sergio murió el pasado primero de marzo de 2017. Nació en Torreón el 12 de octubre de 1950, y en poco más de 66 años construyó una existencia que, como se lo dije muchas veces, me parecía asombrosa y ejemplar, tal vez la más asombrosa y ejemplar de cuantas he conocido. Tímido, introspectivo, sobrio siempre, Sergio fue desde niño un hombre dedicado a trabajar con las dos facetas del espíritu: la de su fe en lo trascendente y la de su amor al conocimiento. En ambos casos no descansó un solo día para mejorar, para mejorarse como ser humano.
Sin grandilocuencia, siempre en el más bajo de los perfiles e íntimamente orgulloso y seguro de lo que hacía, supo desde niño que su vida se vincularía estrechamente, en el plano de lo privado, en una relación personal, directa, con dios, y en el profesional, en el público, con el conocimiento de la historia. A los ocho años comenzó su carrera de historiador y la concluyó hasta el final de su vida, sin parar, lo que dejó a La Laguna aportaciones hoy fundamentales para entender nuestro pasado.
Metódico, pacífico, sereno, respetuoso de la dignidad de hombres y animales, Sergio se consumó como científico social en el campo de la historia. Su divisa fue la de Marrou: “La historia se hace con documentos; sin documentos no hay historia”, por lo que desconfiaba de toda ficcionalización del pasado por intereses ideológicos o ingenuidades. Jamás se sintió dueño de ninguna verdad, y consideraba su obra un punto de partida para nuevas exploraciones, no de llegada.
Le adeudo mucho, muchísimo, y por fortuna se lo expresé a tiempo. Fue mi maestro, se lo dije incontables veces, pero él jamás aceptó serlo. Tampoco aceptó ser mi amigo. Él prefirió algo mejor, como buen sabio: ser mi hermano.

Nota. Tomé la foto que encabeza este post en el pasillo aledaño al Centro de Investigaciones Históricas que coordinaba el doctor Corona Páez en la Universidad Iberoamericana Torreón. Esta imagen figuró en la contratapa del libro "El rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII yXIX" (2016), que yo edité.

jueves, abril 16, 2009

Cultura y metropoli



Tuve ayer la fortuna de participar en una mesa redonda organizada por la UIA Laguna. Compartí el micrófono con Laura Orellana, Jesús de la Torre y Luis Guillermo Hernández. Creo no equivocarme si afirmo que el pánel cuadró bien, que los comentarios fueron muy interesantes y novedosos en más de un momento. Leí el maquinazo que comparto ; trata sobre el tema, hoy muy esculcado, de La Laguna como metrópoli:
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Cultura y metrópoli
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Me han invitado a opinar sobre la metropolización de la comarca lagunera. Para empezar, en el caso de palabras que usaremos con frecuencia creo más en su derivación hacia verbos menos lujosos, o más austeros, como regionalización. Al final es más fácil conjugarlos: yo regionalizo, tú regionalizas, él regionaliza, nosotros regionalizamos, vosotros regionalizáis, ellos regionalizan; eso suena un poco mejor que el espantoso yo metropolizo, tú metropolizas, él metropoliza, nosotros metropolizamos, vosotros metropolizáis, ustedes metropilizan. Pero en fin, en sancochamiento de verbos no hay control, ya ven que ahora existe aperturar (en vez de abrir) o fotocredencializar, de donde se desprende que quien nos fotocredencialice será un buen fotocredencializador.
Parto de esa apostilla al inservible saber lingüístico para señalar además que, si nos atenemos al significado que nos obsequia la Academia que limpia, fija y da esplendor, “metrópoli” no parece embonar con la idea que nos estamos haciendo de una región de varias ciudades más o menos apiñadas por razones geográficas, políticas, culturales, religiosas, económicas, policiacas y hoy hasta futboleras. En efecto, la primera acepción académica de “metrópoli” es “Ciudad principal, cabeza de la provincia o Estado”; la descartamos, pues no es la idea de ciudad, sino de región multiciudadana, la que queremos expresar con “metrópoli”. La segunda acepción, como toda segunda acepción, en más estrecha: “Iglesia arzobispal que tiene dependientes otras sufragáneas (para quienes no lo sepan, como yo, esa palabra significa “Que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien” y “Perteneciente o relativo a la jurisdicción del obispo sufragáneo”); o sea que también la deshechamos, pues no estamos metropolizando, perdón, regionalizando por razones clericales, sino totalmente laicas. La última acepción de “metrópoli” también nos deja a medias: “Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias”. Tenemos dos caminos: a) como la palabra “metrópoli” no sirve —en sentido estricto ni metafórico— para lo que queremos, mejor dejamos por la paz ese rollo de la metropolización y nos ponemos a vivir como antes, sin buscarle cinco pies al burro. O b) cambiar de palabra y usar regionalizar, lo que vendría a ser como cobrar conciencia de que muchas actividades o rubros pueden y deben obedecer a una cierta lógica plurimunicipal, con lo cual, si no ganamos nada, al menos tenemos una palabra aparatosa más: plurimunicipal.
Ahora bien: creo que nadie ha demostrado como nuestro amigo el doctor Corona Páez que la historia de La Laguna (en tanto entidad uniforme acaso en términos de mentalidad, lo que va más allá de las colindancias políticas) es la historia de una región ciertamente compacta. Antes, mucho antes de que nuestros héroes nos dieran patria, entonces, esta zona ya compartía un todo común: espacio, clima, economía, religión, cultura, lengua, río y todo lo que pueda caber en un largo etcétera. Con la muy mentada “metropolización” estamos hoy, por ello, descubriendo no el Mediterráneo, pero sí, al menos, el mugroso laguito de la Alameda. En otras palabras, estamos volviendo a una condición antigua, aquella que pensaba en La Laguna como un organismo más o menos homogéneo, no como quince ciudades a las que, y eso ha ocurrido desde hace varias décadas, les vale un reverendo coño lo que ocurra con el vecino simplemente porque, en rigor, no existe tal vecino.
Creo que hay dos factores que han catalizado la urgencia de repensarnos como comarca. A reserva de trabajar más esto que aquí necesariamente es esquemático, sospecho que tanto la economía como la seguridad pública son los factores desencadenantes del flamante apetito por metropolizarnos, perdón, por regionalizarnos a empujones. Como en suma La Laguna es un conglomerado en forma de racimo, las inversiones que se hacen a un lado del río le afectan en muchos sentidos al otro, de ahí que los gobiernos deban buscar un mínimo de armonización en el terreno de las inversiones. Además, tanto Gómez como Torreón han aprendido a bailar con las más feas: generan un platal, ambas son, en sus respectivos estados, casi las primeras potencias económicas y sin embargo no son capitales, sino ciudades tratadas como se trata al hijo menor que sí la hizo, que sí estudió y que sí agarró buen jale: tendrá lana, progreso, desarrollo, campeonatos de futbol, pero nunca dejará de ser hijo menor.
El otro factor es el de la seguridad pública. Desde hace tres o cuatro años, cuando La Laguna pasó de ser una Arcadia norteña para convertirse en rastro al aire libre y de tiempo completo, los departamentos de policía vieron la urgencia de regionalizar sus operativos, de coordinarse. Por supuesto hasta el momento no han logrado absolutamente nada, pero de perdida nos queda la tranquilidad de que están muy bien coordinados para ejercer la ineptitud. Nunca, que yo sepa, una balacera iniciada en Torreón ha generado detenidos en Gómez, o viceversa, lo que indica que el río nos divide, sí, pero también nos une en materia de inoperancia. El caso más reciente de coordinación se dio el lunes: los policías de Gómez fueron alertados de un robo a una sucursal de Telmex; persiguieron a los ladrones hasta Torreón, donde se sumaron patrullas de esta ciudad. Al final, la persecución terminó en la esquina de Juan Terrazas y Pedro Camino, en la Ampliación Los Ángeles, donde los policías de ambos bandos, perdón, de ambas ciudades, se diputaron a mentadas de madre, y frente al asombro de los ciudadanos, la captura de los delincuentes. Por supuesto eso pasó porque eran ladrones (me refiero a los ladrones en sentido estricto, no a los policías); si los delincuentes chambean en otro giro ni siquiera los persiguen.
En suma, la idea de regionalización creo que toca puntos específicos de la vida comunitaria, sobre todo, como ya dije, los rubros económico y de seguridad pública. En lo demás, no creo que haya mucha necesidad de regionalizar demasiado, pues eso sería como hacer lo ya hecho. En lo cultural oficial o institucional, la coordinación ya comenzó a darse, pero noto que Lerdo y Gómez se suman a Torreón como en Torreón se han coordinado, para compartir actividades y bajar costos, muchas instituciones que suelen ser copatrocinadoras de actividades. El caso de la Cartelera cultural, el primer proyecto informativo conjunto, es un buen indicio del propósito regionalizador de la cultura oficial local.
Por lo demás, como lagunero químicamente puro, nunca he sentido que los lerdenses o los gomezpalatinos o los torreonenses se vean entre sí con altivez o con menosprecio. A mí siempre me ha dado lo mismo que alguien sea de donde sea, si es lagunero. Lo veo como a un igual, sin más, sin asombro, como a una lagartija más de nuestra estepa, entre las que me cuento. Porque, como ha investigado el doctor Corona Páez, el concepto de lagunero, o de laguneridad, viene de casi cinco siglos atrás, cuando llegaron los primeros españoles y los primeros tlaxcaltecas a estas tierras bárbaras y maravillosas. Luego entonces, de qué asombrarnos cuando vemos que el Santos es regional, que el río es regional, que el pan francés es regional, que la hamburguesa (la mejor del universo, por cierto) es regional, que el taco dorado es regional, que la reliquia es regional, que la nieve de Chepo es regional, que el lonche mixto es regional, que el azquel es regional, que la gordita (otro de nuestros productos imbatibles) es regional, y así. Por todo, sólo muy contadas cosas no son regionales, como la venta de cerveza todo el día, por lo cual hago un atento llamado a las autoridades para que ya no se dé esa nefasta situación, pues resulta muy difícil ir a comprar en Gómez lo que debemos tener en Torreón.
Se suponía que iba a tratar sólo de cultura y ya ven, me despaché una larga e inútil digresión. Pero ya es demasiado tarde para recular. Quién me manda no ser un buen metropolizador.
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Comarca Lagunera, 15, abril y 2009

jueves, noviembre 20, 2008

Manuel Plana en La Laguna



Hacia 1989, con 25 años apenas, cometí mi primer libro. Era muy temprano, según vi. No sé si ya conté esa historia: entre los 22 y los 24 acumulé algunos cuentos mañosamente hiperbarrocos y con ellos fui a ganar, no sé cómo, un premio nacional de narrativa joven. Pasados unos meses, Felipe Garrido comenzó a impulsar cierto trabajo editorial en el ámbito del Teatro Isauro Martínez; alguien nos presentó y tras una breve charla quedamos en que yo le daría el engargolado para ver si era publicable en la colección que estaba a punto de fundar: la Cuesta de la Fortuna. Y sí, aceptó mis cuentos, de manera que pronto recibí el aviso de que serían presentados los tres primeros libros de la naciente serie. Un día de 1990, en el foro principal del Teatro Martínez que lució lleno, Saúl Rosales, Fernando Ramírez y yo hablamos un poco de los libros Vuelo imprevisto, Pruebas de descargo y El augurio de la lumbre, las obras que respectivamente habíamos acuñado. Nos acompañó en la mesa, por supuesto, el editor, quien explicó la importancia de una colección que diera cabida a todos los géneros literarios en esta región todavía ajena a la pujanza editorial.
Así comenzó la colección Cuesta de la Fortuna, que muy pronto aumentó su número de títulos. No recuerdo a cuántos libros llegó la friolera editada por Garrido, pero sí que publicó poesía (Pablo Arredondo, Francisco Emilio de los Ríos, Guillermo Estrada-Berg, el mismo Fernando Ramírez), teatro (Benjamín Gómez), cuento (Salomón Atiyeh, Alfonso Barrera, Saúl Rosales), novela (Sergio Rojas) y ensayo (Joaquín Sánchez Matamoros y un colectivo sobre historia regional). En este último género destacó un libro que de inmediato se hizo notar por su muy visible importancia: El reino del algodón en México: la estructura agraria de La Laguna (1855-1910), del investigador Manuel Plana.
Para entonces, vale acotar, los estudios históricos trazados en la comarca no pasaban de ser en muchos casos emprendimientos tan voluntariosos como poco académicos, historias generales con muchas fechas y muchos apellidos más o menos valiosos para la crónica, pero poco apreciables en el mundo del conocimiento enjundioso. Las exploraciones más sistematizadas y científicas a nuestro pasado eran, y siguen siendo, escasas, de suerte que el libro de Plana, un trabajo con verdadero ímpetu investigativo, destacó y pronto pudo convertirse en referencia obligada para todo aquel que quisiera entender el fenómeno de la riqueza algodonera de nuestra región.
El reino del algodón… pronto se agotó, pero por suerte hubo casi inmediatas reediciones. El caso es que Manuel Plana es desde entonces un autor clásico de La Laguna, y en esto no estorbó un ápice su extranjeridad. Durante veinte años he querido conocerlo, y hoy estaré, como muchos, ante esa oportunidad, pues esta noche ofrecerá la conferencia “Torreón y La Laguna: un espacio de la revolución norteña (1913-1914)”. Es a las 19:00 horas en la sede del Museo de la Revolución, en Lerdo de Tejada esquina con Gregorio García. Como preámbulo, debo recordar que Plana es profesor de historia de América Latina en la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de Florencia. Entre otros ensayos de investigación vale mencionar su “L’andamento demografico di una regione del nord del Messico nel secolo XIX: il caso de La Laguna durante il Porfiriato”, “Las finanzas de la revolución mexicana: el caso de Coahuila entre 1913 y 1916” y “Messico: dall’Indipendenza a oggi”. Hoy, por fin, pues, podré felicitarlo. Veinte años después; nunca es tarde.

Terminal
En nuestra gustada sección “Etimologías comestibles”, va: La palabra “dátil”, fruto comestible de ciertas palmeras, proviene del latín “dáktylos”, dedo. Así que ya sabemos: esa golosina, ya preparada, queda para chuparse los dátiles.