Alguna vez dediqué un pequeño
libro a la comida lagunera. Corrió con buena suerte, tuvo un par de tirajes así
fuera de pocos ejemplares cada uno y el volumen anda por allí, seguramente, en entrepaños de la región y quizá también de otros rumbos. Lo
que hice en aquellas páginas fue homenajear veinte platillos de la gastronomía
local en tanto preparaciones combinadas de ingredientes. No recuerdo si dije
que la idea nació de la gratitud. Sentía tanto agradecimiento a las gorditas, a
nuestras hamburguesas de carrito o a ciertos tacos del terruño que quise
expresarlo de alguna forma, y así lo hice. Tenía de lejos un modelo literario:
Neruda y sus Odas elementales. De
entrada, el título de mi librito incurrió en la misma simetría de dos palabras con
aire de oxímoron: Callejero gourmet.
Aquel libro tiene una segunda
parte todavía no realizada y tal vez así se quede, como libro que nunca
existirá: escribir sobre ciertos ingredientes mágicos, como el maíz, el frijol,
el cilantro, el chile, el ajo, el cacahuate, obviamente la sal…, todos sin
combinar. Este nace del asombro: en su humildad, pues la mayoría son
relativamente baratos y abundantes, tienen un sabor tan definido y
enriquecedor, tan digno de elogio, que fácilmente admiten unas cuantas “odas
elementales”.
Digo lo precedente porque hace
poco vi el video en el que Borges, mi querido y a veces maldosamente excesivo
Borges, le propina un coscorrón a Neruda en una de las brillantes entrevistas que
concedió a Antonio Carrizo. De Neruda dice que tiene poemas horribles, como uno
que le dedicó a la cebolla. Creo que en ese momento pensaba en la “Oda a la
cebolla”, que aparece en la primera tanda (de tres que armó) con el mismo
título: Odas elementales (Losada,
Buenos Aires, 1958).
Pese al dictamen de Borges, a mí me agradan esas “odas”. Entrecomillo el molde poético para destacar la paradoja. ¿Puede algo simple, “elemental”, admitir la composición de una “oda”? Lo que el premio Nobel chileno quiso decir con tal unión de palabras es genial: hasta lo simple, hasta lo primario, es asunto del poeta. Nada le es ajeno, ni la cebolla, “redonda rosa de agua”, “Estrella de los pobres” “más hermosa que un ave”. Estos piropos a la cebolla de todos los días son merecidos. No veo por qué no escribirlos.

