A
estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en
la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo
y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá
generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que
envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para
Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las
generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un
especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo
y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no
iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y
civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años
recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento
que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.
En
el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo
podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó.
Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación,
pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado
del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de
Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto,
alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos
de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más
ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La
Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la
ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino
impulsado por los militares.
Ubicada
en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior,
como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre
los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de
quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice
que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros
sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las
detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la
información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al
margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un
Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro
clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina
(FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina
Franco y Claudia Feld.
Para
hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el
equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia
del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González
Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina
Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia
Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina;
“De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino
y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”,
de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la
acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.
Al
contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto
internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes
de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas,
facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’
contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la
inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo
para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas
contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en
la película La batalla de Argel
(Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la
tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.
El
espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la
identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá
de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió
hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida:
“Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del
poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los
Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de
manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de
organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una
amenaza al orden”.
Asestado
el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal
de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de
los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción
naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”,
se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el
almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la
primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó
el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT
eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían
de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente,
en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a
cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos
para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada,
los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el
calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz
sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma
fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra
contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal
precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos),
sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los
detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas
de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver)
y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el
capitán de fragata Jorge Tigre
Acosta, destacado también como experto torturador.
La
ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada
uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran
denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde
se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados
en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones
económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas:
saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles,
para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones
allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se
hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano).
Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo
que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un
periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la
idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de
instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro
Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión,
cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda
de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una
declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.
Muchos
jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso
político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento
militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna
causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma
Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén
Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos
clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un
hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de
sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas
de la dictadura.
En
la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien
se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus
hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido,
se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las
secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las
monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el
siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que
tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.
El
sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los
represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente
indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la
ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los
testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en
Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas
las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y
rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su
cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo
que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”.
En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o
tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los
resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo
era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras
acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas
consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían
operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el
plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades
de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían
quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados,
incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico,
intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las
creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron
fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.
El
accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el
carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’
(asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o
tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar)
tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar
o relativizar la responsabilidad de los represores”.
En
septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó
la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la
ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los
años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El
Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo
espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el
caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno
de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la
necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.
En
teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso
de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien.
Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por
alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel
Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su
familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro
surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían
ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de
las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o
jugaban un partido de fútbol”.
La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.
Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.

























