No
han sido pocas las ocasiones en las que he leído una recomendación de manual
con propósito instructivo: tratar de evitar la primera persona en los
artículos, las columnas y los textos editoriales. La recomendación se extiende
a los ensayos y, en general, claro, a la escritura académica. Es una
recomendación atendible, pues supone que al tenerla en cuenta nos colocamos en
un tono de bienvenida objetividad, casi como si el texto se hubiera escrito
solo, por un sujeto sin historicidad ni pasiones.
No
dudo que el consejo sea apropiado para las tesis y cierto tipo de periodismo en
el que se desea establecer una separación entre el tema y quien lo observa. Hay
otra modalidad de escritura, sin embargo, que no necesariamente debe ser
marginada de la prensa por más que enfatice sus marcas de subjetividad, el uso
de la primera persona y los pronombres me y mi.
En
la crónica y los textos con tono de memoria es aceptable y hasta recomendable
inclinarse hacia la primera persona, subrayar el carácter personal de lo escrito.
Podrían ser escritos sin ese rasgo, claro, pero en ellos lo que se busca es
exactamente la intromisión del sujeto en tanto testigo, beneficiario o víctima
del hecho contado. Esto sin duda crea una cercanía cómplice con el lector,
quien accede al texto como invitado inmediato de la historia.
Las
crónicas de la vida cotidiana, esas que nos narran aquellos pequeños fastidios
a los que siempre estaremos expuestos por el sólo hecho de existir, se prestan
mejor que ningún otro tema para la escritura de la índole que aquí comento. Su
requisito, creo, para que no empalaguen o se vayan de las manos en el apapacho
al yo, es templarlas para que se establezca el “mi” como dinamo del lo narrado,
pero en “mi menor”, descargado de grandilocuencia, heroicidad, protagonismo y
autocompasión.
Cada tema pedirá la gradación de esa primera persona, no todo se trata idénticamente. Por ejemplo, si narramos un trámite recién vivido con la burocracia, la sustancia del hecho determinará si asumimos un todo ligero, humorístico, o grave y tristón. Lo que ocurre al cronista pudo o puede ocurrirle al lector, de ahí que este lea el texto como suyo y hasta se lo apropie. La perspectiva individual del autor pasa a ser aquí plural, del “mi” pasa sin sentirlo hacia el “nosotros”.

