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martes, marzo 24, 2026

La ESMA en papel y en vivo

 











A estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.

En el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó. Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación, pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto, alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino impulsado por los militares.

Ubicada en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior, como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina (FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina Franco y Claudia Feld.

Para hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina; “De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”, de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.

Al contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas, facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’ contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en la película La batalla de Argel (Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.

El espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida: “Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una amenaza al orden”.

Asestado el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”, se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente, en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada, los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos), sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver) y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el capitán de fragata Jorge Tigre Acosta, destacado también como experto torturador.

La ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas: saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles, para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano). Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión, cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.

Muchos jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas de la dictadura.

En la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido, se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.

El sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”. En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados, incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico, intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.

El accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’ (asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar) tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar o relativizar la responsabilidad de los represores”.

En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.

En teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien. Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o jugaban un partido de fútbol”.

La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.

Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.








































sábado, noviembre 22, 2025

Todo fue demolición











 

El 20 de noviembre de hace cincuenta años murió Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, Galicia, 1892-Madrid, 1975). Como sabemos, el dictador, apodado con el superlativo de Generalísimo, había hecho de las despóticas suyas desde el fin de la Guerra Civil española, es decir, desde 1939 hasta el mismo instante de su muerte. En ese prolongado lapso de su historia, España vivió aplastada por la bota del tirano, quien no desperdició ni un minuto para dar muestras de crueldad amparado en la sacrosanta bandera del nacionalcatolicismo. Secuestro, tortura, muerte, desaparición, despojo de propiedades, pésima calidad de vida, industricidio, censura y oscurantismo mental se convirtieron en el menú de la España franquista. La muerte del tirano fue una noticia celebrada en todo el mundo y dio inicio, no sin traumas, a lo que allá denominaron “transición”, un proceso que para empezar no tocó ni con el pétalo de una celda a ninguno de los represores.

Como las revoluciones francesa, mexicana y cubana, o los golpes en Chile y Argentina, el tema de la Guerra Civil es el Tema de España hasta nuestros días. Cientos de libros y miles de artículos llenan páginas y más páginas de referencias, y no es para menos si tomamos en consideración el cúmulo de horrores que el franquismo prohijó en tan dilatado lapso. Muchos de los profesionales de la escritura han sumado allá, por ello, estudios para documentar/explicar lo que ocurrió durante el medievo español del siglo XX.

Yo tenía once años cuando Franco emprendió su camino hacia el infierno. Era muy pequeño y España quedaba a años luz de mis intereses, pero el solo hecho de ver aquel apellido en los encabezados de los dos diarios locales me despertó una incipiente curiosidad. Pasados los años, España no se convirtió en centro de mi atención, pero debido a su literatura me atraía lo suficiente como para tender la mirada a su ser político e histórico, tanto que hoy, por ejemplo, con alguna frecuencia sigo los debates en la Cámara de los Diputados, tan intensos como los mexicanos aunque con mejor calidad discursiva.

Las entradas más frecuentes para acceder al tema del franquismo son, claro, las atañederas a lo político-militar, la mayoría. Tuve la suerte de encontrar, en una librería de viejo lagunera, un libro que leí hace como diez años y por su calidad he releído para alimentar este breve apunte. Se trata de La vida amorosa en tiempos de Franco (Temas de hoy, Madrid, 1996, 180 pp.), de Rafael Torres (Madrid, 1955), quien es periodista y escritor (o “escritor de periódicos”, como gusta definirse). Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa e historia, varios de ellos vinculados al tema de la Guerra Civil y su luenga secuela, como Ese cadáver, 1931: biografía de un año, Desaparecidos en la guerra de España (1936-?) y Los esclavos de Franco.

Acabar con la vida y desaparecer a miles de personas fue el terror extremo en el régimen encabezado por Franco, pero no el único que administraron sus soldados durante cuatro décadas. Para sostenerse fue creado un sistema de opresión en todos los ámbitos de la realidad, incluso en sus pliegues más íntimos, como la vida amorosa. Aunque ahora nos parezca una exageración, el gobierno emanado de la Guerra Civil decidió modelar la vida de los españoles a yunque y martillo: quien no se plegara a los designios del general gallego, se ponía con facilidad en la mira de un pelotón de fusilamiento, sin metáfora. Rafael Torres documenta y analiza los métodos de disciplinamiento blandidos por el franquismo para forjar ciudadanos con hormonas dóciles y familias apegadas a una matriz (también sin metáfora) católica, apostólica, romana y sólo disponible para la procreación, jamás para el juego y la libertad de los impulsos sexuales.

La vida amorosa en tiempos de Franco es entonces muestra de lo asfixiante que fue vivir en aquella época y en aquel lugar: además del pánico propiciado por la sola idea de ser pescado como sospechoso de “rojo” y terminar en una de las decenas de fosas comunes abiertas por los mandos castrenses, los españoles se las vieron a diario con el cercenamiento ubicuo de todo lo que pudiera vincularse con su sexualidad. Con prosa espléndida, Torres expone los detalles de la fiscalización en ocho capítulos. Advertimos en ellos que el Big Brother operó a dos bandas: vigilaba perrunamente los actos de la población, y para prevenir que ocurrieran irregularidades establecieron directivas concernientes a lo civil, lo educativo y lo religioso, reglas tan estrictas que hacían casi imposible la paz del alma metida en cuerpos aherrojados.

Una moral de monasterio se impuso a la sociedad, con las consecuencias para la vida que esto tiene en quienes no desean vestir hábitos ni hacer votos. Todo era prohibición, norma, límite, vigilancia, potencial castigo. Lo sufrieron todos, pero es obvio que el machismo del nacionalcatolicismo cargó la mano a las mujeres y a quienes tenían una condición distinta a la heterosexual, quienes ni en sueños podían imaginar el ejercicio libre de su sexualidad. España se protegía así ante un mundo erizado de acechanzas: “La nueva moral, la dictada por los reaccionarios sacerdotes y funcionarios de doble vida, establecía esa premisa inalterable: lo español era lo puro, lo decente, lo casto, lo virginal, lo grato a los ojos de la Providencia, en tanto que la desenvoltura, la expresión de los afectos, la curiosidad sentimental o sexual, el divorcio o el propio deseo eran torpedos colocados en la misma línea de flotación de España”, señala Torres.

Más adelante, recuerda que en la historia española había una deuda en lo carnal, deuda que se incrementó a cotas vesánicas con el régimen impuesto por el dictador y sus esbirros: “En lo relativo a la sexualidad, el español siempre anduvo con hambre, pero durante el franquismo, más. A lo largo de ese infausto y dilatado periodo, el español hizo, más o menos, menos que más, lo que pudo, lo que le dejaban, lo que estaba al alcance de su tradicional rusticidad al respecto, pero nunca como durante el régimen de Franco se le convenció de que sus más secretos deseos, sus ilusiones, sus ensoñaciones amorosas más íntimas eran una perfecta porquería. Y pecado. Y pecado antiespañol, para ser más exactos”.

La consecuencia más saliente de un sistema así de represivo en un planeta que no establecía ya las trabas españolas, fue la infelicidad, a veces la destrucción de la vida en vida. Para los hombres, claro, hubo escapes rápidos y venales, pero las mujeres eran condenadas a una relación casi de asco con su propio cuerpo: “Los recién casados nada sabían del sexo. Él, en todo caso, del que le expendían exento, unidireccional y rápido, las meretrices; pero ella, nada, ella se enfrentaba a esa primera noche virgen de todo, particularmente de conocimientos. A menudo, el dolor producido por una desfloración poco dulce y poco diestra dejaba en la novia, que ya no era novia, una desagradable impresión que tardaba años en disiparse”.

A la cacería de opositores, a los campos de concentración, al trabajo esclavo, a la tortura, el fusilamiento y la desaparición de miles de cuerpos no era poco añadir la desdicha sexual de quienes no eran sospechosos de ideas políticas anarquistas o comunistas, sino simples españoles poseedores de cuerpos que el franquismo no quiso dejar librados al capricho de sus libidos, y los domesticó o los quiso domesticar como lo que fue y documenta Torres: una dictadura de ultraderecha que gritó “¡Viva la muerte!” en todos los sentidos, no sólo en el escupido por José Millán-Astray, uno de los generales adictos a Francisco Franco, el Generalísimo cuyo régimen no conoció, ni antes ni todavía, algún castigo.