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miércoles, noviembre 04, 2026

Papeles amarillos








Adquirí mi primera computadora en 1993, una Macintosh Classic II con pantalla en blanco y negro. En ese momento dejé de usar la máquina de escribir mecánica Olympia, que junto a una anterior marca Olivetti Lettera 25 me sirvió para dar los primeros teclazos periodísticos y literarios, más o menos de 1984 al 93 que ya dije, cerca de diez años. Considero ese lapso como uno de los más importantes de mi vida, pues me sirvió para aprender o dizque aprender a escribir de modo analógico, directamente sobre la máquina, sin borrador previo, siempre tratando de redactar en la cabeza antes de comenzar el picoteo de las ruidosas teclas. Todavía recuerdo el asombro que me acompañó al usar el primer Word: uno podía escribir y equivocarse innumerables veces, borrar lo escrito y comenzar una nueva frase. Habíamos entrado a otro mundo, y eso que la computadora no estaba conectada a internet y sustancialmente sólo era una máquina de escribir electrónica, con la pantalla en el papel de hoja en blanco.

En el periodo que mencioné como inicial, el de la década invertida en escritura con máquina mecánica sobre papel, trabajé muchos textos de diferente género: artículos, poemas, mi primer libro de cuentos, columnas de la revista donde colaboré. Una de las ventajas de la máquina analógica es que producía cuartillas inmediatas, tangibles. Por una razón que no viene al caso comentar por el momento, rescaté y conservé una obesa carpeta con “originales”, como les decíamos a las hojas cocinadas en la máquina. Esas hojas debían ser llevadas personalmente al periódico o la revista, donde, antes de llegar a la publicación, debían ser capturadas (“ponchadas”, le decían también a eso) por una persona con habilidad para manejar el linotipo o, un poco más adelante, la computadora del medio de comunicación. Como ya dije, rescaté muchas de mis colaboraciones que hoy son la evidencia de que en verdad usé con fervor la máquina de escribir.

En la gruesa carpeta que abraza aquellos textos maltrechos y llenos de tachaduras a mano descubrí hace poco un “original” que creía perdido. Lo había olvidado por completo, y hojear su papel amarillento fue una revelación. Contiene treinta sonetos, todos escritos, porque los feché, entre finales de julio de 1992 a finales de agosto del mismo año. No sé si valen algo, si retocados pueden atraer algún interés. Pero su valor no está, creo, en el resultado: está en haberlos escrito, simplemente. Más allá de la calidad de su contenido, esas cuartillas conmueven de puro antiguas, de puro humildes.