domingo, diciembre 26, 2010

Rockdrigo sesentón



Si Rockdrigo viviera, hoy sábado tendría sesenta años. Quizá sería un ruco cabrón y alivianado, acaso sumaría más discos que Vicente Fernández y tal vez tendría mucha lana, más de la que nunca soñó ningún rockero mexicano. Digo “quizá”, “acaso” y “tal vez” para subrayar la condición hipotética de un futuro que quedó cancelado el 19 de septiembre de 1985, la mañana del terremoto que entre otra de sus víctimas tuvo al gran compositor y cantante tamaulipeco nacido el 25 de diciembre de 1950. Hoy, pues, el gran Profeta del Nopal sería un sesentón abrumado por el éxito, aunque sobre esto no podemos especular nada pues cuántos casos hay de genialidad que se oxida con el paso del tiempo y se burocratiza con mecanismos de creación cada vez menos sorpresivos.
Le pongo play a la memoria y me queda claro que supe de Rockdrigo indirectamente, es decir, cantado por otro en una reunión de amigos celebrada entre el 86 y el 87, poco más o menos. Mi embajador de Rockdrigo en Torreón fue Javier Prado Galán, quien por entonces se formaba como jesuita en Guadalajara o en México y venía en sus vacaciones, como hasta ahora, a La Laguna. Ya aquí, su hermano Gilberto lo convidaba a nuestras reuniones literarias, que más bien eran etílicas. En una, Javier tomó la guitarra y comenzó a cantar rockecitos extraños. Dijo que eran de un tal Rodrigo González, y despachó varios. Pese a su situación presacerdotal, Javier se aventó letras como el “Rock del Ete”, “Asalto chido” y “Oh yo no sé”; quedé deslumbrado por algo que desde entonces vengo sosteniendo: si hay alguien que ha captado la mexicanidad para convertirla en rock y blues, ese es Rockdrigo. Había algo en sus letras que conciliaba con frescura y originalidad la tragicomedia mexicana, una mezcla de Chava Flores, el Piporro, Cuco Sánchez y Agustín Lara con dosis tal vez involuntarias de López Velarde y Efraín Huerta mezcladas asimismo con Palillo y la familia Burrón. En las composiciones de Rockdrigo noté vuelo lírico, humor, fatalismo, solidaridad, arrebato, chingaqueditez, picardía y hondura existencial. Era como un crisol, la síntesis de algo que por heterogéneo y revuelto se tornaba difícil de definir, pero que irregateablemente estaba allí, con todo su brillo a merced de nuestras orejas.
No sé cómo (creo que gracias a Miguel Teja Aranzábal) conseguí las primeras grabaciones de Rockdrigo, esos casetes rupestres y espesos de aciertos mal grabados. Luego, pasados muchos años, alguien me regaló un disco compacto con los mismos tracks; los escuchaba de vez en vez, cada tanto, yo que no soy melómano y tengo gustos musicales que caben en los dedos de una mano. Ese disco lo regalé hace como cinco años, y también es anécdota: daba yo un taller literario en el Cereso de Torreón y no sé por qué motivo en cierta charla surgió el nombre de Rockdrigo. Al finalizar la sesión, un recluso me abordó con timidez, con el miedo habitual de la gente sencilla frente a lo que supone cultivado. Me dijo que le encantaban las canciones de Rockdrigo, pero que no tenía nada qué oírle. Unos días después le llevé mi disco y no hay duda de que en su rostro vi alegría.
El 26 de mayo pasado volví a Rockdrigo con fuerza pues debí preparar una charlita programada en el Icocult dentro del Festival llamado Rockoahuila 2010. A ella asistió Adolfo Calderón Sánchez, enciclopedia viviente de rock, tal vez quien más sabe de esto en La Laguna. Al final de mi comunicación me ofreció un libro en préstamo; su título es Rockdrigo González (Conaculta-Pentagrama, 2004, 247 pp.), y me he sentido muy afortunado al leerlo morosamente desde mayo a la fecha. Es un gran libro, tanto que he dudado mucho en regresarlo. Me da gusto haber comprobado en él que mis ideas sobre el compositor y cantante de Tampico no son nada originales, que todos o al menos muchos ya pensaron lo mismo o algo parecido a lo que pensé por mi pobre cuenta. Finalmente, son harto visibles los talentos de Rockdrigo, así que un poco de detenimiento permite que saquemos conclusiones análogas.
Rockdrigo González, el libro, aspira a ser totalizante. Textos de y sobre el compositor, poemas sueltos, cuentos sueltos, fotos y un pequeño apartado con letras y partituras. Lo debemos en general, como lo observa Modesto López en la primera página, a Gonzalo Rodríguez, amigo de Rockdrigo que rescató de los escombros (decir “escombros” es literal) buena parte del material aquí ordenado. Sin demeritar el valor testimonial del conjunto, hay partes más estimables que otras. La de menor calidad formal (lo destaca José Agustín) es, asombrosamente, la que guarda los poemas. Es notable cómo las letras de canciones dan la impresión de ser poemas cuando tienen música y los poemas desnudos parecen, de tan arrítmicos, prosa destazada. Basta un ejemplo (es el poema 9, sin título; las diagonales separan, claro, los “versos” de la edición original, pero podríamos omitirlas y lo que queda es mala prosa): “Escucha a Lou Reed, / ¡puta!, cómo le vale madre, / su garganta no tiene compromiso con las escuelas / y ese (sic, pues le falta la preposición “a”) requinto no le interesa soñar / ni dialogar con nadie”. Más allá, pues, de lo testimonial, los poemas son formal y asombrosamente malos, tanto que ni siquiera se dejan sentir como poesía.
No se puede opinar lo mismo de los cuentos (algunos muy meritorios), los “escritos” (que son estampas de prosa poética) y los artículos del Profeta. En el último caso, allí donde tira choros que aspiran a señalar la dirección de su arte, Rockdrigo parece un neoestridentista, un alucinado de la loca vanguardia que él encabezó junto a otros dos o tres pirados (un ejemplo es la “Introducción”).
Una sección inapreciable es la titulada “Reportajes y entrevistas” (en rigor, algunos son artículos, no reportajes). La lista de quienes opinan o entrevistan a Rodrigo no deja dudas acerca del prestigio que en mil novecientos ochenta y tantos comenzaba a cobrar su nombre entre los críticos José Agustín, Roberto Ponce, Víctor Roura, Mauricio Ciechanower, Mireya Escalante, Armando Vega-Gil, César Güemes y varios más.
Cierro con una afirmación formulada por José Agustín en 1983; es, digamos, lo que pienso desde que oí a Javier Prado cantando piezas del tampiqueño hoy sesentón y más vivo que nunca, según se ve por los homenajes y los clubes de fans underground que sigue engendrando: “… con las letras de Rockdrigo (inteligentes, maliciosas, provocativas, poéticas) se puede afirmar que el español-mexicano es perfectamente idóneo para el rock. Quienquiera que haya presenciado los esfuerzos para que esto se lograra, ya que es esencial para el desarrollo de un verdadero rock mexicano, tendrá una idea de lo que significa”.

Este 28, poesía de Jorge Valdés en el Arocena
El Museo Arocena invita a la charla sobre la poesía de Jorge Valdés Díaz-Vélez, con la participación del autor, Saúl Rosales y yo. La cita es este 28 de diciembre a las doce horas en el auditorio del Museo. Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007) y Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad estadounidense de Miami, Florida. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.