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sábado, diciembre 30, 2017

Somos sus hermanos mayores














Varios meses antes de su fallecimiento entrevisté al doctor Sergio Antonio Corona Páez. Planeamos ese diálogo por eso, porque él presentía que la muerte estaba cerca y ambos decidimos, así fuera por mi iniciativa, conversar sobre los temas que quedaban cerca de sus intereses emocionales e intelectuales. El resultado que obtuve fue una entrevista de aproximadamente cincuenta cuartillas en las que inquirí sobre muchos asuntos; con todo y eso, ahora advierto que innumerables preguntas se me quedaron en el tintero.
Una de las que sí le formulé fue ésta: “¿Qué relación has tenido con los animales?” La hice adrede, claro, pues en nuestras largas conversaciones siempre vi en Sergio un amor y un respeto por los animales que jamás he vislumbrado en otros interlocutores. Esa era la principal razón por la que respetaba, por ejemplo, a San Francisco de Asís, y mediante los animales reafirmaba su flanco místico.
La larga respuesta de mi entrevistado fue la siguiente:
“Los animales siempre han ocupado un sitio especial en mis sentimientos. Porque para mí siempre han sido mis hermanos pequeños. El maltrato y la crueldad de que pueden ser objeto han constituido una de las angustias más grandes que me ha tocado padecer a lo largo de mi vida. Nuestra cultura es muy ciega en su manera de ver a los animales, como si fueran cosas. No perciben ni el alma, ni la individualidad, ni la personalidad que cada animal posee. Yo desde niño conviví con mascotas: gatos, perros, pericos, loros, tortugas. Aprendí a observarlas y supe que son como humanos en lo que al sentir se refiere, aunque mucho más ‘humanos’, mucho más nobles y agradecidos. Sienten alegría, tristeza, dolor, bienestar, calor, frío. Sienten incluso otras cosas más complejas que simples estímulos físicos: experimentan el afecto tanto como el desamor. Sienten decepción, desilusión, depresión… terror. Son creaturas nobles y delicadas. Dios puso al ser humano como mayordomo de la creación, pero se convirtió en su verdugo. Existen humanos que son peores que bestias en su maltrato, no solamente hacia los animales, sino también hacia otros humanos. Si México es un país donde la tortura a hombres y mujeres se encuentra generalizada, ¿qué podría esperarse en favor de la integridad física de los animales?
Desgraciadamente aún no corren los tiempos en que ‘la creación entera será redimida tras gemir con dolores de parto’ (no solamente el ser humano, al decir de Pablo). Mientras eso sucede, hay que matar para vivir. Yo no me opongo al sacrificio de animales para alimento del ser humano, en esta etapa de los tiempos. A lo que me opongo es al lujo de crueldad, a veces verdaderamente satánica, con la que esto se hace. Dijo Jesús del gran mérito que poseen los que dan su vida por otros. ¿Es que la humanidad no se da cuenta que los animales mueren para que nosotros vivamos? ¿No deberíamos tratarlos con respeto, y evitarles toda agonía, toda crueldad innecesaria? Y con los animales que no poseen valor económico, el panorama suele ser mucho peor. Hay humanos que se ensañan con las mascotas, simplemente porque son seres que no se pueden defender, o bien, porque no existe sanción legal para su maltrato (y eso suponiendo un estado de derecho que no existe en México). Siempre he dicho que una sociedad que admite la tortura de animales será un país que padezca la tortura física de sus ciudadanos. Porque en la niñez es donde se forma el valor del respeto a la integridad de los demás, incluidos animales, plantas y cosas.
De acuerdo a Génesis, en el Jardín del Edén nadie mataba para comer. La muerte entró con la desobediencia del ser humano. Y según Isaías, en el mundo futuro el lobo y el cordero vivirán juntos, el leopardo y el cabrito se echarán juntos, el becerro, el león y los animales domésticos andarán juntos; el león, como el buey, comerá paja”.
Desde que lo escuché, asentó en mí esa poderosa enseñanza. No llego a tanto, al misticismo, como Sergio, pero sé que por varias razones debemos respetar a los animales. En primer término porque son, como nosotros, parte de la naturaleza, y dado que esto es así todos tienen, o tenemos, una función determinada que a veces nos resulta muy evidente y a veces no tanto. En segundo lugar, porque los seres humanos, al ser dotados de capacidades potencialmente infinitas y más altas que las de todos las demás especies del planeta, debemos obrar en consecuencia y proceder con respeto, como vigilantes y salvaguardas de la fauna y de la vida en general. Atenidos a las necesidades de supervivencia de nuestra especie requerimos de alimento, de pieles, de sustancias y más recursos basados en el animal, y es por ello que debemos insistir en no agredirlos gratuitamente, en cuidarlos, en tratar de que no se rompa el tejido del equilibrio ambiental ni la biodiversidad.
El desarrollo de la inteligencia humana es capaz, hoy, de encontrar soluciones para el mantenimiento de la vida. Debemos dar pasos en el sentido del respeto y el asombro: todo animal es, observado detenidamente, una maravilla de la ingeniería natural, un portento de la evolución. No tenemos pues derecho a maltratarlo, a destruirlo, a extinguirlo. Los hombres, que nos servimos tanto de los animales para tantas cosas, somos los responsables de su permanencia en la Tierra: somos sus hermanos mayores.

domingo, noviembre 09, 2008

De la animalidad humana



Está a punto de concluir la circulación del ejemplar más reciente de Nomádica. Trae colaboraciones muy interesantes, excepto la mía. Pese a ello, la vierto aquí como probete. Va:
Tengo un amigo que es, además de espléndido humanista, un sabio en el sentido clásico de la palabra, es decir, un hombre que está más allá del conocimiento, del simple almacenaje de datos. Él interpreta la realidad con ojos acostumbrados a ver más adentro, hasta los huesos del fenómeno observado. A su modo se considera, sin vanagloria, discípulo de San Francisco; su amor por los animales es el más sincero y reflexivo que he percibido en alguien, y no exagero que he visto acudir un leve llanto a sus ojos cuando se entera de algún caso específico sobre trato cruel al animal. En su actitud no hay átomo de pose, pues nadie, salvo dos o tres amigos suyos, entre los que me cuento, sabemos el franciscano secreto de su personalidad. Honrado seguidor del asisense, no blasona de su amor a los animales, pues eso haría parecer que demanda elogios merced a lo que sencillamente él siente porque está en su ser. Es, obvio, creyente, y cuando ora, ora también por aquellos que ni palabra tienen para pedir y agradecer. Mi amigo es un verdadero caso, un ejemplo de respeto llevado hasta la periferia del respeto.
Ahora bien, si lo pinto así no me contradigo al afirmar que tiene un sentido del humor harto corrosivo. Casi no lo emplea en público, pues sabe que en ese recurso generalmente hay ofensa al otro, así que procura abstenerse: el respeto, para él, es una ley que sólo transgrede, siempre entre su círculo de mayor confianza, cuando nota que hay motivo suficiente para hacer una broma, un símil o una ironía por lo general demoledores. A propósito, en una ocasión noté que con frecuencia resaltaba comportamientos del reino animal para explicar los del hombre. Quedé fascinado con su habilidad para empatar las dos conductas: el hombre en ciertas situaciones es un animal, un heredero de la irracionalidad, y mi amigo era ducho en encontrar siempre al animal idóneo para explicar desfiguros humanos. Doy cuatro ejemplos.

1. Teníamos un amigo común que se ufanaba de galanazo. Su principal motor de vida era la pasión amorosa: la etérea y la concreta. Difícil de atar, como marinero o conductor de tráiler, emprendía inacabables lances: en cada puerto o en cada kilómetro estratégico de la carretera. Era un don Juan nato. Una vez lo vimos en acción, de lejos: avanzaba por la acera y encontró a tres conocidas, todas lindas. De inmediato, nuestro personaje comenzó a moverse de manera extraña y como ahuecando los brazos. Mi amigo el franciscano le halló de inmediato un parecido: “Parece chanate en el momento de cortejar; mira cómo se esponja”.
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2. En el lugar donde trabajamos inauguraron un nuevo núcleo de oficinas, y nos asignaron parte de aquel flamante espacio. Una compañera que padecía la ubicua fama de acapararlo todo a la buena o a la mala, también fue asignada a esa extensión y tuvo la inteligencia de madrugarnos: un día antes de que nos mudáramos, la tipa ya había tapizado las paredes con sus cuadros. Cuando llegamos y los vimos, mi amigo encontró el símil perfecto: “Es una perra territorial. Ya vino a mear todas las paredes”.
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3. Supimos que un lejano conocido estaba a punto de ser despedido por su jefe en cierto empleo oficinesco. Quien pronto sería víctima del brutal recorte todavía era, sin embargo, asignado a tareas de supuesta importancia, le daban “su lugar”, de manera que a los ojos de muchos parecía salvo. Pronto lo iban a echar, sin embargo. Mi amigo sentenció: “Con él están jugando como el gato con el ratón: antes de comérselo, el gato deja que corra tantito, que sienta que tiene escapatoria”.
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4. Destemplado, a los gritos, sin medir palabra ni decibelaje, un sujeto agrede a otro y somos testigos de la escena. El momento es bochornoso, pues pocas situaciones sociales hay que sean más incómodas que ver y oír un pleito verbal incontinente. Mi amigo, sabio, resumió: “Su ira fue amenazante. Se levantó como rata enfurecida: en sus cuartos traseros y mostrando todas las uñas”.

Terminal
En nuestra gustada sección “Rockeros internacionales”, va: ¿Cuál es el grupo de rock más famoso en China? Obvio: Panda.