Es
imposible elegir “el mejor cuento” de Julio Cortázar por una razón simple: su
mejor cuento es muchísimos cuentos. En efecto, entre todos los que escribió hay
una cantidad demasiado grande de relatos perfectos o, como gustan decir los
elegantes, “antológicos”. Nos veríamos pues en un problema si destacamos uno,
pues de inmediato nos llegarán a la mente otro y otro y otro y otro más que
nos moverán a titubeo.
Pese
al inevitable conflicto, desde hace muchos años asumí la elección de uno que en
mi fuero íntimo, y no sin vacilar, considero mi favorito. No digo “el mejor”,
por lo que ya expliqué, pero sí mi favorito. Es “Deshoras”, que aparece en un
libro homónimo. Tengo la sospecha de que a Cortázar le gustaba más que otros,
por eso su decisión de titular el libro con el nombre de ese cuento.
¿Y
qué me gusta de tal pieza? Sobre todo dos elementos. El primero, que un
personaje adulto recuerda su infancia, y de su infancia, la memoria de su primer
impulso amoroso, el despertar de su deseo sexual. Real o ficticio, el trabajo
de recordación de la infancia propia es quizá el relato más valioso que tenemos
a la mano cuando somos adultos. Algunos (adhiero a este parecer) creen incluso
que en la infancia/adolescencia se apoya todo lo que seremos, de ahí que
indagar en el pasado propio se convierta en método eficaz de autoconocimiento.
Suena esto muy freudiano, pero qué se le puede hacer.
Otro
rasgo de “Deshoras” que no deja de gustarme es que allí veo con pasmosa
claridad una de las técnicas narrativas de Cortázar. Puedo llamarle, así sea
provisionalmente, sólo para su uso en este comentario, “superposición”.
Consiste en esto: en encimar un relato en otro. En el cuento de Cortázar opera
de la siguiente forma: al comenzar el relato, el personaje-narrador, Aníbal, es
un hombre casado y con hijos; de tanto en tanto, y aunque no se dedica a
escribir, siente el impulso de recordar su pasado y materializarlo en el papel. Porque siente que al
escribir es “más real” lo que recuerda, advierte en el arranque del cuento: “Ya no tenía ninguna razón especial para
acordarme de todo eso, y aunque me gustaba escribir por temporadas y algunos
amigos aprobaban mis versos o mis relatos, me ocurría preguntarme a veces si
esos recuerdos de la infancia merecían ser escritos si no nacían de la ingenua
tendencia a creer que las cosas habían sido más de veras cuando las ponía en
palabras para fijarlas a mi manera…”.
Como
lectores no notamos al principio nada raro, sólo acompañamos a un hombre que
recuerda. Poco a poco su memoria nos lleva al pasado con su amigo Doro, a los
juegos infantiles, a las visitas de Aníbal a la casa de su amigo, una casa
donde vivía con su madre enferma y, lo mejor, una hermana, Sara, ya adulta y
joven de la que Aníbal se enamora.
La reconstrucción del microcosmos nos lleva al enfebrecimiento amoroso e imposible por la hermana de su amigo, al paso del tiempo y a un cambio de barrio que definitivamente deja atrás, olvidada, la amistad. Luego llegamos al clímax de la historia, el momento en el que Aníbal nos cuenta su encuentro casual con Sara, su reunión en un café y la posibilidad de fundirse ahora que la edad de ambos lo permite. Y aquí aparece la magia de la superposición, el juego de Cortázar sobre el que no abundo para no arruinar el final a quien desee buscar “Deshoras”. Sólo adelanto esto: Cortázar nos ha engañado con lealtad, con todos los naipes echados sobre la mesa.