sábado, febrero 03, 2024

Malicias de Hágalo usted misma















La conocí en una ceremonia de premiación. Yo había sido jurado y ella ganadora de un concurso de poesía organizado en la ciudad de Durango. Supe al conversar que se trataba de una mujer invadida de literatura. No hacía mucho había estudiado Letras en Zacatecas, era muy joven y por los versos de su libro ganador supuse que era una de las voces literarias más prometedoras del estado en el que nací. Me equivoqué, como sucede con frecuencia: Atenea Cruz (Durango, 1984) no era una de las voces más prometedoras del estado de Durango, sino del país.

Recién leí Hágalo usted misma (An-alfa-beta, Benito Juárez, NL, 2023, 117 pp.), su más reciente libro de cuentos, y no me tiembla el teclado al afirmar que se trata de un gran puñado de relatos. Para empezar, porque su autora tiene consciencia clara sobre las exigencias del recipiente, es decir, sabe qué es un cuento y cómo desplegarlo sin que se le desconfigure, sin que deje de ser un dispositivo gobernado por la razón más que por la pura intuición. Sabe que se trata de un microcosmos cerrado, con pocos personajes, con una visible tensión de fuerzas contrarias que en poco papel deben llegar a un final satisfactorio. Pero más allá de las recetas, Atenea Cruz tiene a su favor tres malicias más de las que no se aprenden, sino que se traen o no se traen: una capacidad de observación muy fina, un filoso sentido del humor y un manejo del ritmo narrativo que en todo momento mantiene la inquietud in crescendo. Son demasiadas pericias juntas, pero es esto justamente lo que diferencia al cuentista maduro del cuentista que cree que sus cuentos son cuentos sólo por el modesto rasgo de la brevedad aunque su narración incurra en la vieja técnica del burro sin mecate.

Se nota la malicia de Atenea desde el comienzo de cada pieza. Muchas de sus historias (no todas, para no mecanizar este gesto) comienzan con una frase-anzuelo fácil de morder y del cual es muy difícil zafarse. Dudo que un lector no se sienta retenido si al iniciar un cuento ve esto: “Me dio por entrar a Tinder todas las tardes”; “Los problemas comenzaron cuando dejamos de coger”; “Para entonces la onirectomia era casi un procedimiento estético”; “He decidido morir de hambre”; “El ritual es poner un disco en cuanto llegas a casa”; “Algunas mujeres anhelan ser madres; ella, no”; “Nunca se puede explicar bien a bien cómo termina una atorada en estas chingaderas”. Estos son los arranques de varios de los cuentos de Hágalo usted misma, y ya desde allí se nota la preocupación de la autora por situarnos en conflictos de los cuales no nos dejará escapar.

El volumen contiene diez historias organizadas en tres estancias. No sé si este artificio divisorio venga mucho al caso, pero es lo de menos. Los cuentos son en su mayoría atrayentes y eficaces. Les echo un vistazo rápido y lineal. “Porcicultura para principiantes” es un cuento muy gracioso. Una chica en situación precaria, recién despedida del trabajo, narra sus problemas económicos. Ya no quiere trabajar y, mientras vive con una roomie sin apoquinar para la renta, usa Tinder y cena gratis. Le recomiendan relacionarse con un tal Juan, sujeto mediocre pero con un poco más de recursos. Es gordo y extremadamente sucio, y tiene de mascota a Pablito, un pequeño cerdo casi autobiográfico del dueño. Ella se va a vivir con Juan, él engorda más todavía y el texto avanza hacia una situación grotesca, un poco como pesadilla en la que no se pierde del todo el marco de realidad.

“Otro jardín secreto” narra en tercera persona la vida de Alma, gorda mórbida. Su familia hace el esfuerzo para que baje de peso, pero ella vive en la necesidad imparable de comer. Al fin, como de milagro, cambia de trabajo, se convierte en maestra, baja de peso y conoce a Jorge. La relación se da bien, y de lo real pasamos gradualmente a una situación fantástica que es complicado no etiquetar de surrealista: a Alma comienzan a brotarle flores del cuerpo, rasgos vegetales. La ciencia la estudia cuando ella decide ir al médico. El cierre tiene, creo, algo de simbólico.

El cuento “Visitas” trata sobre la desdicha mutua de un matrimonio entre un sujeto impotente, Jonás, y Mirna, quien desea tener al menos una cuota mínima de sexo para mitigar su necesidad. El relato está dividido en dos segmentos: la mirada de ella y la mirada de él. Cada cual evalúa la situación desde su ángulo. Ella lo valora porque es bueno como esposo aunque esté anulado para los trajines amatorios dado el minúsculo tamaño de su palanca y la imposibilidad de enhestarla. Él la valora porque ha comprendido su tragedia, pero no deja de flotar en el ambiente la posibilidad de que ella lo engañe dada su urgencia de satisfacción cabal. El matrimonio sobrevive a los tropezones gracias a la oralidad, dicho esto en los dos sentidos implicados en esta palabra: porque Jonás tira mucho rollo romanticoide y porque cada vez que puede se aplica al baboso (sin metáfora) cunnilingus. Ella es la que se siente zozobrar (“estaba perdiendo mis años de plenitud sexual”) ante la falta de un miembro competente. En el cruce de los dos relatos se resuelve la historia no sin ambigüedad: acontece un hecho real que puede ser fantástico o un hecho fantástico que puede ser real. Es un cuento espléndido.

“El intercambio” es un cuento en clave de diario adolescente. Una chica escribe sus actividades cotidianas y nos enteramos por ella misma que odia a su padre, un tipo golpeador. El resultado, en el cierre, ofrece una mutación que bordea lo sobrenatural.

Cuento sobre el insomnio y las pesadillas, “Las yeguas nocturnas” es excelente. Marta trabaja en una maquila y padece pesadillas que no la dejan descansar. Se deja operar por un charlatán y las pesadillas ahora transitan hacia su realidad, se emboscan en la vigilia de su vida cotidiana. Es un relato dramático, desgarrador, nada humorístico. El ojo de la autora es muy bueno para describir la realidad, como pasa cuando Marta llega al “quirófano” donde la operarán. Es notable si recorrido textual por ese espacio falaz. Junto con “Visitas”, el mejor cuento del libro hasta aquí.

“La última plaga” es una especie de juguetona distopía con, en medio, alienígenas recicladores de basura. Cuando se van, la humanidad no tarda en acabarse todo y sobreviene un desastre.

Por un defecto de fábrica tiendo a disfrutar más del realismo. Siento que este flanco de la narrativa, frente al fantástico, tiene menos puertas de salida, lo que fuerza al narrador a trabajar y ser ingenioso sin escapar del plano de la lógica. Pero es un defecto mío, y no voy a generalizarlo. En “Cena para una”, cuento narrado en segunda persona, ella llega a casa, pone un CD, sabe que el ritual es obsoleto frente a lo que hay ahora (Spotify o Amazon), pero tiene una buena colección de discos. Mientras prepara lasaña mediante las instrucciones de un tutorial que pespuntea en el relato, su madre le llama para avisar que mataron a su exsuegro (el posesivo “su” crea anfibologías: al exsuegro de la protagonista). Esto la remonta al pasado de su relación frustrada y a la obligación de ser solidaria con su ex, llamarle para descargar el pésame, iniciativa de la que obtiene una respuesta inesperada.

En “Después del fuego” asistimos a una posibilidad: la de la mujer que no se ata al imperativo de la maternidad. En “Hágalo usted misma” nos topamos con lo contrario: una madre custodia hasta la imprudencia y el heroísmo la salud mental de su hija frente a la nocividad de los machos abusones.

Por último, “Pequeña tragedia griega” es un relato ibargüengoiteano: derrama gracia al contar la historia de una poeta indefensa en un encuentro de colegas, que es acaso un tipo de reunión que no se le desea ni a nuestro peor enemigo. Este cuento me sirve para pensar que la mirada de la autora es tan atenta y punzante que casi no requiere de la fantasía para lograr relatos eficaces: al captar el comportamiento humano como lo hace, con la realidad hecha literatura logra resultados espléndidos.

Es normal en todo libro de esta índole que algunas piezas destaquen más que otras. De la decena, mis favoritos son “Visitas”, “Las yeguas nocturnas”, “Hágalo usted misma” y “Pequeña tragedia griega”. Lo cierto es —vuelvo al principio de este apunte— que en Atenea Cruz tenemos hoy a una cuentista que le hace honor al oficio. Su denso humor (muchas veces negrísimo), su cortante malicia y su imaginación sin orillas han hecho de las suyas otra vez.