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martes, noviembre 13, 2012

El espacio de Borges




















Esta crónica fue publicada en la revista Noticias & Protagonistas, de Mar del Plata, Argentina, en junio de 2004. Fue una especie de reencuentro con la crónica, género que como lector nunca he abandonado y que como escritor/periodista practiqué mucho de joven gracias al impulso de Función de medianoche, libro clave, al menos para mí y para Saúl Rosales, de la crónica setentera mexicana.
A pedido de Prometeo Murillo, esta crónica salió luego en Artefacto, revista de la Comarca Lagunera; hoy, ocho años después, sube a este blog.

El espacio de Borges
Jaime Muñoz Vargas

¿Cómo aprovechar la cancha de ocho mil caracteres que Juan Pablo Neyret me ha convidado con el fin de celebrar el día del escritor en Argentina y el aniversario de la muerte de Borges? Fácil: escribiendo, ya instalado en México, mi reciente y breve y profunda experiencia argentina, mi paso por algunas librerías de Buenos Aires, mi permanente sensación de que esas calles del centro eran las mismas que había escrito Borges, mi certeza de que tal vez anduve cerca del sótano donde el enorme ciego vislumbró el aleph. Porque salí de mi natal Torreón, Coahuila, en el árido centro-norte mexicano, con la terca idea de que, por fin, Buenos Aires y Borges estaban en mi itinerario. Fue un viaje largamente acariciado, una espera de años. Y por fin, por fin.
Soy, lo digo cada vez que se atraviesa la oportunidad, un sedentario empedernido. Como los koalas, con un árbol me he conformado y hasta puedo pedir menos, pues sé que viviría feliz en cualquier rama. Por eso resultó una verdadera aventura aceptar la generosa invitación del doctor David Lagmanovich, estimadísimo amigo e internético tutor, quien con algunos correos electrónicos logró persuadirme de que bajara de mi árbol y viajara a la Argentina para participar en el VII Congreso de Hispanistas celebrado en San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, del 19 al 22 de mayo.
Miles de personas han emprendido el viaje de Norte a Sudamérica. Como quiera que sea, este viaje fue mi viaje, y con asombro todavía me impresiono con lo que a otros tal vez ya les parece demasiado ordinario: pensar que en quince horas de vuelo pasé de Torreón a Buenos Aires, eso con escalas breves en el Distrito Federal y en Santiago de Chile. Llegué al aeropuerto internacional de Ezeiza en la medianoche del sábado 15. En un microbús de la línea Tienda León pasé de la aeropista al Gran Hotel España, en Tacuarí 80, precisamente en el ombligo de la capital federal. Esa primera impresión de Buenos Aires fue nocturna; amplias carreteras, edificios de todos los tamaños, innumerables anuncios espectaculares, nada que se diferenciara demasiado de mis visitas al DF. Tal vez, y esto podría ser cuestionable, noté más orden y menos pobreza en esta megalópolis que en la capital de México. De inmediato, los señalamientos de tránsito comenzaron a traerme las palabras que gracias a la literatura ya guardaba en mi desordenada memoria: Liniers, Villa Crespo, Boedo, Lanús, Avellaneda, Recoleta... Como siempre me ocurre, por las palabras entro al mundo, y Buenos Aires me obsequió de golpe un montón de gestos hasta entonces conocidos sólo por medio de los libros.
El sábado 15 desperté con la curiosidad de palpar la atmósfera de la capital argentina. Advertido por David, cargué al menos un suéter que me protegió del gélido otoño sudamericano, en estas fechas el polo opuesto al perol chicharronero llamado La Laguna, lugar donde (sobre)vivo. La ciudad lucía gris, húmeda, con nublazones y mucho viento helado. La primera zona que recorrí fue la Avenida de Mayo. No entendí por qué había tantos negocios cerrados, con la cortina metálica corrida hasta el suelo. Era sábado, sí, pero en mi remoto norte, pensé, los sábados tienen mucho movimiento, y en aquel sabatino Buenos Aires noté la vida comercial muy apagada. Las cortinas como párpados cerrados me permitieron leer los agresivos graffitis que cunden por toda la ciudad, pintas políticas que grupos radicales dejan plasmadas en los establecimientos comerciales como decorado de la crisis, las crisis. La violencia sesentera de aquellas palabras también me impresionó, y no titubeo al afirmar que aquella fue mi primera y nada turística y muy despierta visión de Buenos Aires.
Sin advertirlo, mientras leía los grafitis antimperialistas que en México ya casi desaparecieron, llegué a la legendaria Plaza de Mayo. De frente me encontré con la Casa Rosada, con su obelisco, con una discreta cuota de turistas y con un plantón, el que tenían asentado algunos veteranos de las Malvinas para exigir mejoras a sus pensiones de ex combatientes. En ese primer vagabundeo me abordó un joven vendedor de banderitas albicelestes. Pese a su pobreza evidente (un suéter raído, un pantalón seboso, los ojos estrábicos), me distrajo con buena retórica, con frases bien construidas, con habilidad verbal, rasgo que luego me parecería común en la Argentina, pues en el taxi o en cualquier sitio la gente se emplea bien al momento de conversar. El joven no me ofreció su mercancía, no me impuso su asedio comercial, simplemente me explicó que la Argentina atravesaba por una etapa dura, pero que ellos ya estaban acostumbrados y se iban a recuperar. Luego se apuntó para tomarme una foto, me prestó una banderita y allí quedé, inmortalizado en una imagen con la Casa Rosada al fondo y yo con la tímida banderita a media asta.
Luego de visitar por accidente el ombligo histórico de Buenos Aires, me alejé unas cuadras. David Lagmanovich, en un mail que en realidad era una guía para que me orientara en aquel primer contacto con Buenos Aires, recomendó que no me perdiera un desayuno en el Café Tortoni, establecimiento de añeja tradición. Allá fui. Me atendió un mesero, o sea un mozo, con deficiente español, un tipo que parecía balcánico recién llegado a la Argentina. Pedí un sándwich, una gaseosa (o sea, nuestra “soda” o nuestro “refresco”) y un café que me sirvieron en una taza microscópica y cuyo sabor, como casi todo el café de este país, me supo demasiado amargo. Vi luego una vitrina que guardaba fotos del recuerdo en el Tortoni. Cantantes, políticos, escritores. Entre ellos, Borges conversando con amigos en animada mesa. “Aquí ando, viejo, por fin”, pensé.
Prácticamente no salí del centro. Era demasiado ambición llegar más lejos, y ni siquiera lo intenté. Yrigoyen, Suipacha, 9 de Julio, Avenida de Mayo, Florida, Corrientes, Chacabuco, Lavalle, Tucumán, ¿qué más podía pedir un hombre que sólo había leído esas calles? “Es el centro de Borges, el lugar donde más caminó, las aceras donde seguramente nacieron sus adjetivos, sus juegos con el tiempo, su noción del laberinto”, me dije muchas veces y la felicidad de quien visita a un gran amigo me cobijó en todo momento.
La bitácora se fue nutriendo de pormenores, de detalles importantes o al menos llamativos, en efecto, pero ajenos a mi búsqueda principal: el espacio de Borges. Anoté todo lo que pude, y éste no es el momento para vaciar la lista de lo que más me impresionó, que como digo no fue poco. No tardé ni un día en caer atrapado por la telaraña de las buenas librerías que cunden en Buenos Aires. De viejo, de nuevo, todas amenazaban con aniquilar mi flaco presupuesto de asalariado en trance de turistear. Resistí como macho mexicano, pero no pude no ceder a la tentación (¿debo entrecomillar “ceder a la tentación”?) de hacerme trampa y comprar lo inconseguible en México. Walsh, Feinmann, Macedonio, una buena cuota de Soriano, la tremenda revelación de Abelardo Castillo. Allí, entre esos autores, saltó un periodista llamado Alejandro Vaccaro, autor de El señor Borges, una largo diálogo con la señora Epifanía Uveda de Robledo, quien durante muchos años fue la “fiel servidora” de la familia Borges. El señor Borges no me pareció caro, y lo compré como curiosidad inhallable en las librerías de mi patria. A los amigos borgólatras de Torreón, creí, les iba a parecer interesante. Al salir de la Distal erré unas cuadras por Florida, contento con los espectáculos callejeros y con mi primera tanda de libros ahora agazapados en una bolsa de papel azul eléctrico. En Tucumán doblé a la izquierda y como el hambre ya era mucha me dejé querer por un pebete (algo parecido a nuestra torta o al lagunero lonche) en cualquiera de los muchos restaurantitos que salpican esa calle. Aproveché la coyuntura para sentarme y para hojear, todavía sin convicción, más bien distraídamente, los libros recién adquiridos. Abrí el de Vaccaro, al azar —supongo que al azar, aunque ya no estoy muy seguro— en la página 69. Leí: “Leonor Rita Acevedo nació en la ciudad de Buenos Aires en la calle Tucumán 840 —donde luego nacería su hijo Jorge Luis— el 22 de mayo 1876”. Allí me detuve, con el pebete a medio camino entre el plato y la boca abierta mucho menos por el afán de engullir que por la sorpresa. Tucumán 840. Tucumán 840. Apuré de dos tarascadas el pebete, le di veloz trámite a mi gaseosa, y salí a la vereda para ver la numeración de la calle. Estaba en los seiscientos. Aprisa, con el corazón a todo tren, avancé hacia donde crecían los guarismos. 805, 812, 820, 832... La Fundación Jorge Luis Borges apareció en el número 840, y entré a beberme un café, a tomarme una foto. Unas ancianas me vieron preparando el disparador automático, y sólo se me ocurrió decirles esta frase: “Soy mexicano, vengo a saludar al maestro”. Las ancianas sonrieron, y al menos ya no me juzgaron loco. Pasé allí media hora. En la mochila cargaba tres o cuatro cuentos de mi cosecha, inéditos, obra en proceso de corrección. Los coloqué sobre la mesa. Fue entonces inevitable recordar el prólogo de El hacedor, quizá una de las páginas más hermosas escritas por el Hombre; quise pues darle a Borges mis cuentos y, junto con ellos, las palabras que él anheló regalarle a Lugones: “... usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso [que en mi caso pudo ser algún parrafito], acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría”.
Salí de allí admirando más a Borges, a Buenos Aires, a los muchos escritores notables de Argentina, el país que tiñe de albiceleste el otro lado de mi mexicano corazón.

Comarca Lagunera, 10, junio y 2004

domingo, octubre 10, 2010

Juego y malicia en Rockdrigo



Veo con beneplácito el renacimiento de Artefacto, revista de actualidad, gente y cultura que encabeza nuestro buen amigo Prometeo Murillo, el incansable Prometeo Murillo. Ha renovado parte de su equipo y espero que sea duradero este nuevo impulso a sus quehaceres periodísticos. Prometeo me invitó a colaborar y le acerqué el artículo “Juego y malicia en las letras de Rockdrigo. A 25 años de su muerte”. Dicho texto es una reconfiguración de la charla que ofrecí el 26 de mayo de 2010 en el Taller de grabado El Chanate., actividad del Icocult Laguna que se celebró en el marco del Festival Rockoahuila 2010.

A 25 años de su muerte
Juego y malicia en las letras de Rockdrigo

Jaime Muñoz Vargas

No sé si exagero, pero creo que la composición de letras en la música popular mexicana cuenta con tres o cuatro santones ineludibles. Dos de ellos están allí porque omitirlos sería craso disparate: Agustín Lara y José Alfredo Jiménez. Un poco abajo, sólo un poco, colocaría a los destacados Álvaro Carrillo, Luis Alcaraz, Consuelo Velázquez, María Grever, Francisco Gabilondo Soler, Chava Flores, Rubén Fuentes, Manuel Esperón y Tomás Méndez. Alguien reclamaría aquí a los contemporáneos Juanga y Marco Antonio Solís, pero no los creo suficientemente hábiles con la literatura, sino con el estribillismo pegajoso. Quizá, pese a lo cursi, tiene más malicia Joan Sebastian, pero hay mucho de lugar común en lo que escribe. El top de los mejores tiene, pese a la polémica que esto pueda suscitar, a dos o tres compositores amorosos del ámbito urbano, a dos o tres letristas del mundo rural también amoroso, a un compositor de canciones para niños y a un cronista del DF. Hasta 1980 no había entre ellos uno plenamente identificable con el rock y la juventud. No digo un compositor así nomás, sino uno que irradiara genio en sus letras, uno con talento para captar la personalidad del mexicano y revelar en sus piezas algo de lo que somos. Fue allí cuando apareció Rodrigo Eduardo González Guzmán, Rockdrigo, el imborrable Profeta del Nopal.
Nacido en Tampico, Tamaulipas, el 25 de diciembre de 1950, Rockdrigo pasó de ser un borroso cantautor de bares y cafés a símbolo de una generación y de un entorno, la capital del México. Murió el 19 de septiembre de 1985, en el terremoto que echó abajo decenas de edificios en el DF. No le alcanzó el tiempo para grabar sus canciones con mejores herramientas, ni para hacer un video con buena producción, ni para conceder entrevistas, ni para ver su fama de idolazo entre la muchedumbre, sobre todo, de chilangos. Pasados los años, sin embargo, ni sus colegas se oponen a etiquetarlo como notable en lo suyo, es decir, en la hechura letrística y musical de canciones que delatan habilidades propias de un creador excepcional.
A mi juicio, dos virtudes centrales tienen las letras del tamaulipeco: versos pensados con frescota malicia y arreglos tan originales que hacen imposible confundir una canción con otra. No olvido señalar, de paso, el talante bobdylanesco de Rockdrigo, pero es justo decir que el mexicano supo adaptar, sin calca, al norteamericano, sobre todo por el aditivo de la picardía. Asombrosamente, Rockdrigo es igual y al mismo tiempo diferente en todos sus temas, como si en cada pieza se renovara sin perder los atributos que lo hacen identificable desde la primera nota. En el mito, no me engaño, pesó también la voz rasposa y mezcalera, la magistral armónica, el dominio de la lira y del “túnel de la cantada”, es decir, de esa trompetilla bucal que habilitó en varias canciones de corte satírico.
No me detengo en más detalles biográficos y paso ahora a comentar lo que propongo en el título de este apunte: el valor de las letras en sí, de las letras despojadas del mito y de la música, que es como mejor se nota quién es quién cuando compone. Dividiré, pues, este apunte en cuatro apartados, cada uno iluminado por la alusión a un tema que juzgo relevante como línea temática representativa en el conjunto de las composiciones. Tales líneas son la social, la pícara, la especulativa y la cronística. Debo advertir que el afán por clasificar es artificioso, pues en más de una ocasión las líneas se trenzan, como lo podríamos comprobar si escuchamos las canciones con detenimiento (por largas, no cito las letras, pero remito a las direcciones de YouTube donde podemos escucharlas).

1) Línea social
En la primera, que a falta de mejor etiqueta denomino “social”, Rockdrigo se acerca al malestar de la gente, a las penurias cotidianas vinculadas sobre todo con lo laboral y lo económico. Resalto que a esos temas se aproxima sin lloriqueos, más bien con la sonrisa escéptica de quien reclama y al mismo tiempo está seguro de que no será escuchado. Su queja no es panfleto, sino lamentación impregnada de socarronería:
Balada del asalariado
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2) Línea satírica
Una de líneas temáticas más identificadas con Rockdrigo es la del humor. Lejos de la actitud grave y cejijunta de tiempo completo que adoptan muchos compositores de rock y de lo que sea, el tamaulipeco le abrió amplia cancha a la broma. Compuso así varias piezas en las que vibra el sarcasmo, la insolencia, el gusto por la ocurrencia picaresca, el doble filo del albur:
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3) Línea especulativa
No me atreví a llamarla “filosófica”. Me refiero a las canciones en las que Rockdrigo reflexiona sobre la vida desde una perspectiva más abstracta. No incurro en la irresponsabilidad de llamarlo “pensador” o algo parecido, pero el letrista tampiqueño tenía vena exaltada para crear imágenes cercanas a las de cualquier poeta vanguardista como Huidobro o Girondo. En otras palabras, se le daba bien el alucine poético-existencialista.
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4) Línea cronística
Por último, una de las facetas más celebradas de Rockdrigo: la de cronista a lo Chava Flores. He aquí un maestro de la observación, un compositor que desde sus Ray-Ban (similares a los de su paisano Rigo) pudo mirar y definir mejor que muchos lo que se ofrecía como espectáculo del caos. Asombra cómo logra, mejor que los mismísimos chilangos, articular un himno al metro o a la confusa mixtura de la megaurbe en dos de sus más célebres temas:
Metro Balderas
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Más líneas
Esto de las líneas temáticas puede ser ampliado al gusto de quien escucha. Como las letras comparten elementos ora satírico-sociales, ora especulativo-cronísticos, ora de esto y de aquello, las combinaciones pueden ser otras y las líneas más numerosas. Por ejemplo, en la presentación de esta charla me preguntaron por “Distante instante”. No la tenía fresca, pero sin duda es, acaso, la más oscura y triste de Rockdrigo, la más sentida, una de las pocas en la que sí se rebanó las venas. ¿En qué línea meterla? No hallo en cuál, por lo que se me ocurre proponer una vertiente más: la lírica, donde estaría quizá ese solo tema doloroso y cercano al patetismo del briago urbano hundido en el amorío descorazonador por la que se fue.
No me asomo a los arreglos ni a la instrumentación, que es asunto de expertos, pero sé que en ellos se basa la estética de lo rupestre. El planteamiento de este extraño “ismo” musical es explícito en el sentido de abreviar lujos, de usar sólo las uñas para comunicar. En algún momento, Rockdrigo lo planteó de esta jocosa forma en un minimanifiesto que no desentona con las grandes declaraciones de las vanguardias estéticas que sacudieron el arte a principios del siglo XX:

No es que los rupestres se hayan escapado del antiguo Museo de Ciencias Naturales ni, mucho menos, del de Antropología; o que hayan llegado de los cerros escondidos en un camión lleno de gallinas y frijoles.
Se trata solamente de un membrete que se cuelgan todos aquellos que no están muy guapos, ni tienen voz de tenor, ni componen como las grandes cimas de la sabiduría estética o (lo peor) no tienen un equipo electrónico sofisticado lleno de sinters y efectos muy locos que apantallen al primer despistado que se les ponga enfrente.
Han tenido que encuevarse en sus propias alcantarillas de concreto y, en muchas ocasiones, quedarse como el chinito ante la cultura: nomás milando.
Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio.

A diferencia de las estridencias nacionalistas de Botellita de Jerez y de otros grupos coetáneos, Rockdrigo hizo una mezcla más sutil, una especie de eclecticismo bien disfrazado. En el artículo “Onirismos rockanroleros” expone su noción de la mixtura que intentó cuajar: “Algo bastante característico del blues, es que no solamente su ritmo le da el carácter melancólico que tiene, sino también las llamadas ‘notas blues’ que definen más su intención (terceras y séptimas disminuidas) que en un momento dado se pueden trasladar al huapango; aparte del paralelo armónico, el blues y el huapango, coinciden extraoficialmente en su improvisación, en los dos, ésta ocupa un lugar privilegiado, si no es que el principal; los violines y los requintos no son por lo general melodías prefabricadas, sino formas libres y de carácter constante: en los versos, tanto bluseros como huapangueros, hay una igualdad o superioridad con flexibilidad musical; partiendo de alguna frase conocida, o de un hecho en general (o particular) se le van inventando otras frases que rimen entre sí, para así poder redondear una serie de imágenes que crean espacios similares, para hacerlos aún más afines”.
Improvisación, mezcla, hibridismo, sobreimposición, bricolage, llámese como se llame, la obra de Rockdrigo refleja una personalidad que toma prestado de otras partes, es verdad, pero con el inconfundible componente de palabras y emociones mexicanas. Sus letras, con los defectos añadidos por la espontaneidad y la modestia de un equipo técnico que sólo permitió grabaciones rupestres, enriquecieron y seguirán enriqueciendo a la música mexicana. No digo al rock, al blues, sino a la música mexicana en general, esa música que en definitiva debe incluir a Rockdrigo entre los comensales de su última cena.

sábado, enero 23, 2010

Hamlet en Torreón



No nos veíamos hace muchos kilos. La última vez que platicamos fue de casualidad; aquello ocurrió en la central camionera de Chihuahua, donde en el andén cruzamos unas cuantas palabras y quedamos de escribirnos en alguna ocasión. Eso nunca ocurrió. Para entonces él trabajaba en comunicación social de la Conagua chihuahuense; yo, creo, seguía con las clases de periodismo y literatura en la UIA Laguna que campechaneaba con la edición de periodismo cultural. Eran mis tiempos de noviazgo, la vida me entusiasmaba como a un chamaco y recuerdo que hasta ahorraba para casarme como ordenaban los cánones civiles y religiosos. Estoy hablando tal vez del 95, poco más o menos.
Los años corrieron y le perdí la pista a Hamlet Murillo, que es el cuate al que me estoy refiriendo. Hamlet, como lo conocemos a secas quienes los conocemos, es hermano de Prometeo, periodista-diseñador, y Adela, fotógrafa que por cierto vive en Londres. Estudió comunicación en el Iscytac, y luego de chambear un tiempo en México decidió poner un océano de por medio para avecindarse en Barcelona, donde ha trabajado en todo para mantener estable su permanencia allá. Gracias al manejo del inglés, Hamlet ha podido vincularse al mundo de la hotelería, donde actualmente trajina.
Este viejo amigo lagunero está de nuevo, brevemente, en La Laguna. Viene a rehidratar un poco su vivencia irritila y a tramitar un asunto académico que le servirá para homologar sus papeles universitarios mexicanos con los españoles.
Ayer viernes cumplimos con el más apreciable ritual de la cultura del reencuentro en La Laguna: fuimos a la botana. Estuvimos allí, entre cervezas y cacahuatitos, Prometeo, Hamlet, Raymundo Tuda y el de la voz. La charla discurrió, obviamente, por las andanzas hamletianas en Europa. Como era de esperarse, luego de una década en aquellas tierras viene espeso de anécdotas. Mujeres, paisajes, culturas, problemas de vida cotidiana volaron en torno de la mesa de cantina. En todos los casos palpitó la alegría de Hamlet al reproducir sus vivencias. No fueron escasos, por cierto, sus elogios a la belleza femenina de aquel caleidoscopio racial; buenos mexicanos al fin, laguneros aterrados para mayores señas, oímos con placer aquel agitado itinerario que lo mismo nos paseó por las diversas manifestaciones de la mafiosidad cosmopolita afincada en cataluña que por las asombrosas peripecias del desenfado sexual que se maneja por allá y es la envidia de los machos de por acá.
La conversación no bajó de sabor durante cuatro horas, una de las cuales aproveché para despachar estos apurados párrafos con sabor a chela y amistad, pues por más que rogué no me dejaron escapar para cumplir con mis obligaciones rutanorteñas (y en la lap de Hamlet, pues la mía se echó ayer). Dos impresiones, en fin, me dejó reanudar lazos con este trotamundos lagunero: que hay culturas donde se respira un aire de libertad plena (sobre todo vinculada a ciertos temas) y que pese a la belleza y la riqueza de lo europeo un mexicano puede volver sin acento luego de una década, usando los mismos modismos y las mismas muletillas de los amigos que vemos en nuestro rancho todos los días.
Ojalá Hamlet no tarde otros diez años en volver. Bienvenido cuando quiera.

viernes, marzo 27, 2009

Hacerle al méndigo



La escena no puede ser más conmovedora: vestidos como rebeldes sin causa, bien méndigos, uno con pantalón de soldado desconocido, botas de obrero Village People y barbas de náufrago, y el otro con lentes oscuros de pordiosero ciego y pelos desaliñados, los dos aparecen al costado de Natividad González Parás, gobernador de Nuevo León, en el noticiero de López Dóriga. Es un control remoto desde la casa de gobierno neoleonesa, y en ningún momento se nota que la “aventura” sea muy “aventurada”. Según sé, andan en moto, recorren la baleada república en un choro llamado “Aventura por México rumbo al bicentenario”, o algo así. Jaime Camil y Javier Poza, como nacidos para perder versión descafeínada, venden su imagen de vagamundos cheguevarianos en motocicleta, como dos rockeros divertidos y libérrimos, pero sin perder de vista que deben hacer pausas con gobernadores y todo eso.
Con frecuencia reciben críticas los trepadores, esos bichos y bichas que con tres pesos en la faltriquera se creen París Hilton y tienen poses metrosexualizadas, mamilas a más no poder. Es lo que mi amigo Prometeo Murillo ha calificado sabiamente como “rapell social” y en mi rancho las señoras denominan “chocantería”. Pero, oh sorpresas de la mugrosa vida, cunde ya, digámoslo con una paradoja, una especie de trepadurismo hacia abajo. Los chicos fresas que deambulan en los medios han advertido que ser eso, chicos fresas, no es tan redituable como pasar por desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás. Finalmente, los chicos fresas han de concluir que si sus productos serán consumidos por auténticos desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás, nada mejor que ser desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás, de ahí que se dediquen a cultivar, con toda la artificiosidad del caso, lo que Evodio Escalante alguna vez definió como “estética de lo raspa”.
¿Y quiénes son, a mi modesto y miserable parecer, los principales cultores de la estética de lo raspa en nuestro país? No lo sé con precisión, pero sin duda Camil y Poza quieren un lugar en ese top ten, de ahí que de la noche a la mañana luzcan ese look preocupado por lucir despreocupado, bien banda mugrosa aunque estén junto el gobernador González Parás que por nada del mundo recibiría a dos motociclistas con esas fachas si no fueran, como Camil y Poza, un producto envasado al alto vacío en Televisa.
Pero no son los únicos, claro está. Los Grandes Méndigos artificiosos pululan en la tele, aunque algunos como Gael García y Diego Luna han hecho carrera en el cine y han llevado hasta Hollywood esa traza de reventados de tiempo completo. Ese es su producto: parecer niños terribles, transgresores, cábulas o alivianadotes. Se les nota en las entrevistas, donde para suplir su poco ingenio improvisatorio se la pasan gastando bromas como de bato bien culey y barriobajero.
El rollo raspa, pues, tiene muchas vertientes, pero al final entronca en lo mismo: es un producto para la perrada, como la canción norteña e hipertarada de Gael, que curiosamente venden por medio de los celulares. Pero decía, ¿quién más? Hay muchos. Por ejemplo, Facundo, un sujeto que ha insistido por todos los medios provocar algo de risa y ha fracasado sin remedio; su técnica consiste siempre en hacerle al méndigo, en humillar a la raza con frases y prosodia de chilango sin escrúpulos. Siempre he dicho que ese tipo no sobreviviría ni cinco minutos a la carrilla en una esquina de Neza. Otro caso paradigmático es el tono que asume Carlos Loret de Mola cuando se pone en plan bromista: pese a su traje sin arrugas y su camisa de marca, cotorrea a gritos como si fuera estibador de la merced, como Beverly de Peralvillo. Cuando lo veo, pienso en una hermosa interpretación de Bienvenido Granda, el famoso “bigote que canta”: “Todo es falso, pero tú eres mucho más”.