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lunes, enero 24, 2022

Raymundo Tuda Rivas, in memoriam












Murió mi amigo Raymundo Tuda Rivas y todavía estoy estremecido por el mazazo, tanto que siento estas palabras como un amasijo triste de emociones. Recibí la noticia ayer domingo al mediodía, pero no estaba confirmada a plenitud y, puesto de inmediato en marcha el mecanismo de negación, me obligué a pensar que no era cierta. Lamentablemente no: la mala nueva era verdadera, y a partir de esta certeza se me vino encima todo el recuerdo de mi amistad con Ray.

Lo conocí en el Iscytac, en agosto de 1982, cuando entré a estudiar la carrera de comunicación. Ray (o Tuda, como también le decíamos) iba un año adelante, pero como en aquella escuela sólo había un grupo de cada grado, uno terminaba por conocer a todos o a casi todos los compañeros de la universidad. Lo traté muy poco, casi nada, mientras coincidimos en la carrera, pero no puedo no destacar que su personalidad tenía un imán especial. Así fuera de lejos, me enteré y yo mismo percibí que era un tipo algo extraño, devoto de cierta poesía oscura, del cine también oscuro (de terror) y del rock sesentero/setentero. Su ídolo máximo fue Jim Morrison, a quien siempre volvía en cualquier conversación.

Dije que su personalidad tenía un magnetismo especial. No exagero. Aunque era más bien solitario y nada, absolutamente nada sentimental, un tanto apartado de todos, muchos lo querían y en tal querencia no faltaban buenas dosis de admiración. Bajito de estatura, uno podía verlo de lejos y no prestarle importancia. Ya frente a él, su mirada de japonés y sobre todo su voz grave y su excelente dicción obligaban a que cualquiera lo escuchara. No una, ni dos, ni tres, sino muchas veces le pregunté por qué no hacía locución, dada su peculiar voz. Siempre me respondió con evasivas, dándome vagamente a entender que aquello no le interesaba.

Ray era poco dado a la convivencia social. Muchos lo conocían, lo respetaban y buscaban su cercanía, pero él se inclinaba a deambular solo por la vida, sin más compañía que su sombra. No quiero decir que fuera grosero en su trato o huraño con quien estuviera cerca. Al contrario: hablara con quien hablara, era respetuoso, casi hasta cordial, pero es evidente que defendía su condición de lobo solitario. Hasta antes de 2003 fue, por decirlo así, un “conocido” mío. Luego pasó a ser el amigo que más frecuenté entre 2003 y 2013, una década. En ese lapso nos vimos al menos dos o tres veces por semana, y siempre para lo mismo: ir al café, ir a cenar o ir a la lucha libre de Gómez Palacio. Jamás para beber, pues Tuda era abstemio radical aunque le gustaba afectar, por lo poético que esto resulta en ciertos casos, una fascinación por el whisky nunca materializada en los hechos.

La actividad fija de esas incontables semanas era la de los jueves: la lucha libre en la Arena Olímpico Laguna. Además de reír con el surrealismo de las funciones, allí cenábamos y entre lucha y lucha actualizábamos los análisis políticos coyunturales y desmenuzábamos el enrarecido comportamiento de los medios. Recuerdo que los temas que a Tuda más le importaban eran los vinculados precisamente con la política nacional e internacional. Tanto como podía, leía (siempre en papel) periódicos y revistas para examinar sobre todo los tejemanejes del poder y su permanente corrupción. Como Federico Campbell, vivía obsesionado por tratar de entender la turbiedad de las cúpulas políticas y económicas. Aunque tenía buen conocimiento de algunos autores del mundo literario (Fuentes, Borges, Vargas Llosa...), los libros que más buscaba eran aquellos que se referían a hechos y personajes de la política nacional, principalmente del mundo de la delincuencia, que en muchos casos son lo mismo. A la manera del tranquilo George Bataille, no mataba una mosca pero se la pasaba reflexionando en todas las posibilidades inventadas por el ser humano para ejercer el Mal, con mayúscula.

Tuda nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, hacia 1962, y durante su infancia vivió en Durango, ciudad a la que siempre quiso mucho. Su padre, el doctor Roberto Tuda Matus, era oaxaqueño de sangre japonesa, de ahí el apellido que originalmente era Thuda. Muchas décadas atrás, el doctor Tuda hizo su servicio social en La Laguna, donde conoció a Amparo Rivas, joven de San Pedro de las Colonias, con quien se casó. Ray fue su segundo hijo. Pasados los años, el doctor Tuda llegó a ser director de salud en el estado de Durango.

Al salir de la carrera, Ray trabajo de inmediato en el ámbito de la producción televisiva. Aprendió el arte del guionisno y a editar con eficacia y pulcritud. Fundó la empresa, pequeña pero muy eficiente, Tuda Comunicación, que muy pronto se acreditó y le dio a Ray y a su familia para vivir desahogadamente. Entre otros muchos, muchísimos trabajos de su productora, antes de las Olimpiadas de Londres 2012 elaboró cápsulas que sirvieron de tema para la charla, transmitida durante el resumen principal de ESPN México, entre José Ramón Fernández y el actor Jesús Ochoa.

En diez años de amistad estrecha disfruté de su inteligencia, de su perspicacia en el análisis político y de su afilado sentido del humor. Entre sus mayores gustos estaba, como ya dije, hablar de política. De ese ámbito recordaba con orgullo haber participado, durante el 88, en la campaña de Manuel Clouthier por la presidencia de la República. Esa experiencia lo marcó, pues desde entonces ponía especial atención en los procesos electorales, en las campañas y en los saldos de esas campañas. Esta peculiaridad lo convirtió en habitué del programa Cambios, de Multimedios, sobre todo en las mesas de análisis pre y poselectoral.

A partir de 2013 comencé a verlo menos seguido, pero en los reencuentros siempre tuve la impresión de que la amistad permanecía intacta, porque así era. Ahora que ya no está, siento (e igual sentirán, seguramente, sus amigos) que su voz y la agudeza de su mirada crítica, su misterio y su manera de entender la realidad, permanecerán en mi memoria durante todo el tiempo que en adelante me sea concedido.

Mi más hondo pésame para Alejandro, su hijo, para doña Amparo, su madre, para Roberto y Vianey, sus hermanos, y para quienes lo trataron con afecto y admiración, que no son pocos.

Descansa en paz, querido Ray.

martes, octubre 16, 2012

Las máscaras de mi catarsis















Mi gusto por la lucha libre se pierde, nebuloso, en los orígenes de mi memoria. Puedo asegurar que desde siempre la he tenido cerca, como una sombra juguetona en mi vida y en mi memoria. Nací en Gómez Palacio y viví allí, sospecho, la edad más importante: mi niñez. Exactamente en la adolescencia, a los 13 años, di el salto a Torreón, un salto en apariencia pequeño pero en realidad muy grande si consideramos que casi desde siempre el desarrollo económico, deportivo y cultural de Torreón ha sido el más saliente de La Laguna. Pero decía que mi infancia fue gomezpalatina, y que la casa de la avenida Madero que me vio pasar de bebé a puberto estaba ubicada a media cuadra de un cine. Sí, a media cuadra de mi casa había un cine, y eso fue determinante en mi adicción por la fantasía, por la narración de historias en cualquier soporte.
El cine Elba, así se llamaba el bodegón que fue casi parte de mi primer hogar, pasaba sin excepción películas de luchadores. Imaginen esto: el cine de Santo estaba en su momento de mayor difusión y yo tenía una sala a pocos metros de mi casa, así que sin remedio pude ver todas las hazañas fílmicas del Enmascarado de Plata, su delirante lucha por la justicia en un mundo lleno de seres tan malévolos como disparatados. Confieso que de mocoso no advertí las exuberantes anomalías y los atropellos a la lógica de esas películas. Eso lo descubrí después, así que fui uno más entre los miles de niños alelados y suspensos ante la atlética bondad del encapuchado frente a la ojetez sin orillas de unos villanos que con toda razón recibían su sistemático merecido al final de cada enredo.
Yo era adolescente cuando Santo comenzó a filmar todo en color, así que junto con la decadencia del cine luchalibrístico se dieron mis primeras muestras de escepticismo en todos los sentidos. Por ejemplo, y luego de un breve tránsito por la fe, descreí de dios. Otros asuntos atraparon mi atención (el futbol, los libros, la vagancia con los amigos y el deseo siempre trastabillante de agenciarme alguna chica), pero el gusto por la lucha en vivo o en película se mantuvo allí, en una parte infantil y oculta de mi corazón. Durante muchos años, de los quince a los 35, digamos, fui un fan intermitente de la lucha. El tema me interesaba por su flanco cultural, y en sobremesas siempre hice lo que pude para defenderlo, para decir, así o de cualquier otra manera, que es el deporte-teatro más arraigado en el imaginario mexicano. En ese largo paréntesis pude haber ido muy de vez en cuando a la arena, a ver luchas en vivo, pero nunca lo hice con regularidad de aficionado contumaz.
A mis treinta y tantos, cuando yo ya estaba cerca de los cuarenta, estreché mi amistad con Raymundo Tuda, analista político y productor de televisión, quien se convirtió en mi cómplice como fan intransigente de la lucha. A Ray lo conozco desde 1982, pues él iba uno o dos años antes que yo en la carrera de comunicación dentro de la misma escuela, el ya desaparecido Iscytac; desde entonces nos hablamos bien, pero nuestra verdadera amistad se fortaleció allá por el 2000 o 2001, cuando comenzamos, sin premeditarlo, a llamarnos cada jueves para acordar una visita al mejor pancracio de la comarca lagunera: la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio, Durango.
Ray y yo tenemos intereses y visiones muy distintos, pero también algunas gratas afinidades: a ambos nos gusta la política nacional (no tanto la local), la música pop en español de los setenta, poca literatura, el gusto casi enfermizo por la gastronomía callejera de la región y, lo supimos in situ, la lucha libre como espacio ideal para el relajo. Sin falta, jueves tras jueves durante al menos una década nos apersonamos con boleto pagado en la arenita de Gómez Palacio para ver luchas, para cenar y para gritar misceláneas tonterías que muchas veces se relacionaban menos con los combates en el cuadrilátero que con la política y la información coyuntural. La lucha era pues el pretexto para conversar y mostrar acervo noticioso, malicia literaria, destreza para el albur y otras tantas variadas habilidades en materia de estentórea ramplonería. El caso es que no fallábamos y cuando por alguna razón no se daba la visita, creo que ambos resentíamos la falta.
Hacia 2010 todo se puso no mal, sino muy mal en nuestra comunidad. Antes, durante noches y noches, o a cualquier hora, La Laguna era una arcadia asombrosa por su tranquilidad. En muy pocos sitios de la comarca había sensación de verdadero peligro, tanto que me recuerdo en lugares que hoy no pueden ser visitados por la sencilla razón de que ya los cerraron a punta de balazos o por la obvia y asustada falta de clientela. Mis libros Leyenda Morgan y Parábola del moribundo, ambos harto noctámbulos, dan una idea, mi idea, de lo relativamente edénico que era la noche lagunera hasta que comenzaron los arponazos de la violencia sin patas ni cabeza.
El nuevo escenario limitó toda andanza callejera a ciertos sitios y en ciertos horarios. Zonas antes muy socorridas se convirtieron de golpe en franjas ajenas a toda noción de paz. A las nueve de la noche, muchos lugares de la comarca, por no decir todos, acusaron un toque de queda tácito y la sensación cortazariana de que la casa estaba tomada por desconocidas y fatídicas presencias. Tal fue la razón por la que, pese a nuestro mutuo interés por el tema de la violencia y la política, Ray y yo comenzamos a ausentarnos de la lucha. Asistíamos tres jueves de cada mes, luego dos, luego uno, luego cada dos meses, y así hasta que un jueves fuimos por última vez, hace como cinco meses. Junto con eso, a ambos nos cayeron chambas de las que devoran todo el tiempo, y eso agudizó nuestro ausentismo de la querida Arena Olímpico Laguna.
En las semanas recientes he vuelto solo y en la butaquería me topo con amigos creados en ese espacio (Saúl Bonilla, Juan Carlos Cárdenas, Enrique Diosdado, el Tulín Dajda…), pero sé que en este momento no es prudente salir a medianoche de la función en Gómez Palacio y atravesar su lóbrega zona industrial para llegar a Torreón. Hay algo de desafío en eso, pero también, para mí, el deseo de no abandonar uno de los pocos gustos multitudinarios que conservo intacto.
Ahora bien: dije “multitudinarios” y la verdad no es para tanto. Toda actividad nocturna celebrada en La Laguna, entre las pocas que sobreviven, ha perdido público. La lucha de la AOL no es la excepción, y si ya de por sí muy pocas veces la arena se llenaba, con la nueva situación se han dado allí funciones con menos de cincuenta espectadores en la gradería. No me gusta, es cierto, que luzca tan sola, pues eso significa pocas ganancias para quienes viven del negocio, pero tampoco me agrada que esté a tronar, pues así todo es más incómodo, se atesta de villamelones y hasta ir al baño se torna complicado. La arenita me gusta como la he visto casi todos los jueves: a medio gas, con un número regular de público dividido entre los asiduos y los recién llegados.
¿Y qué demonios me atrae de esa farsa? No sé bien qué, sólo sospecho que allí me siento a gusto, me tomo un par de cervezas y grito dos o tres sandeces que parecen tuits sonoros, lo que me desahoga. Alguna vez fui a la lucha triple A, pero confieso que no me gustó, que para mí la lucha más eficaz desde el punto de vista cultural es la que parte del barrio, la que ejercen jóvenes que viven permanentemente a medio camino entre el amateurismo y un conato de profesionalidad. Esa lucha está plagada de pifias, de tropiezos, de malas actuaciones, pero también me parece auténtica, digna de ser mirada con simpatía por lo que tiene de amor al arte y no al dinero.
No sé cuánto tiempo más seguiré yendo, pero sé que ese humilde espectáculo ya es parte de mi experiencia vital. En el polvoriento ring, en esas butacas de doloroso acero, entre risas y gritos desaforados, frente a máscaras con poca o nula historia y cabelleras que se ganan la vida no en el cuadrilátero sino en oficios simples, he hallado una especie de sosiego, la necesaria ración de drama histriónico que todo buen espíritu requiere para sentirse, creo, semanalmente equilibrado.

Comarca Lagunera, 16, octubre y 2012

lunes, abril 12, 2010

Lucha de la ANTICamil



Raymundo Tuda y este servidor somos presidente y tesorero, respectivamente, de la Asociación Nacional de Tipos Indignados por Camil (la ANTICamil A.C.). Hasta ahora sólo tenemos dos adherentes, él y yo, y de hecho no nos interesa afiliar a nadie más. El propósito de la ANTICamil es, como su sigla lo insinúa, denunciar la campaña de difamación que el “actor” Jaime Camil ha emprendido, desde que comenzó su carrera, para deturpar en el mundo la imagen de los actores mexicanos. Creemos que nuestra aspiración es justa, pues no puede ser posible que México tenga actores de calidad indiscutible, verdaderos maestros como Ignacio López Tarso, Aarón Hernán, Blanca Guerra, Diana Bracho, Germán Robles y muchos otros, y ese histrión de novena sea visto por millones sin que nadie diga nada.
La idea de crear la Asociación nació de una charla en la que, azorados, caímos en la cuenta de que ambos lo detestábamos con detestación jarocha. Alelados, incrédulos, comenzamos a imitar sus “graciosos” parlamentos, su gestualidad inverosímil, su férrea incapacidad para decir una sola frase persuasiva; para derivar en esa conclusión nos bastaban, por cierto, fragmentos inconexos de sus telenovelas, los que se pueden ver mientras López Dóriga entra en escena. Por eso mismo, reflexionamos, sus papeles siempre se relacionan con el galán simpaticón, porque nadie en el universo le creería una frase en registro serio o trágico. Lo malo, nos dijimos Tuda y yo, es que ni en clave cómica o semicómica o fársica o como se diga el tal Camil le saca brillo actoral a nada. Junto a él, Andrés García y Ari Telch son Marlon Brando y Marcello Mastroianni, así que ya podemos imaginar la tortura que es ver, o saber, que Camil está poniendo impunemente en bajo (no en alto) el buen nombre del gremio actoral mexicano. Eso nos avergüenza.
Dije que lo imitamos, pero exagero, pues sólo Tuda es quien lo emula con notable habilidad. Su parodia es tan buena que hasta Camil llegaría a reír si la oye. Estoy seguro que reconocería en el calco sus muy hechos y huecos modos, su voz de actor ayuno de pericia para ser engullido por el personaje. Cómo estará la cosa que hasta Tuda, quien jamás ha pisado un escenario, hace mil veces mejor el papel de Camil que el mismísimo Camil.
Ahora bien, y en descargo del “actor”, no toda la culpa es de él, sino de quienes lo hacen compadre. Sabemos que tiene una posición bien ganada como millonario, como triunfador, como playboy azteca, como amigo de Luis Miguel (caray, otro agradable), como rompecorazones, como latin lover que emprende aventuras superpicudisísimas en moto y todo eso; está bien, no le regateamos tales maravillosos méritos, pero de ahí a considerarlo actor, de ahí a enjaretarlo como protagonista de telenovelas, hay una distancia como la que media de Velardeña a Liverpool.
Camil es tan malo que ni siquiera en producciones chafas es capaz de dar el ancho. La historia en la que participa en estos días, por ejemplo, es un dechado de estulticia. En ella se narran “conflictos” de una televisora y aparecen, entre otros, Rogelio Guerra, Verónica Castro y Ludwika Paleta. Son notables, también por degradantes y fallidas, las participaciones de unos gays que jotean todo el tiempo, sin tragedia ninguna, locas bobas como las que siempre ha explotado el consorcio cuando aborda el espinoso tema de La Homosexualidad. Pues bien, en esa guacareada de relato, en esa trama miserable se ve mal (¡se ve mal!) la actuación de Camil, como si su competencia profesional no sirviera para sacar adelante ni un papelito chusco. ¿Quién es el culpable? No sé: el productor, el director, tal vez el público que ya aceptó, vencido, que le sirvan acuosos platos de lentejas en la tele. Lo único grato de todo esto es que Tuda y yo estallamos de risa, muertos de rabia, en las reuniones bimestrales de la ANTICamil.

sábado, enero 23, 2010

Hamlet en Torreón



No nos veíamos hace muchos kilos. La última vez que platicamos fue de casualidad; aquello ocurrió en la central camionera de Chihuahua, donde en el andén cruzamos unas cuantas palabras y quedamos de escribirnos en alguna ocasión. Eso nunca ocurrió. Para entonces él trabajaba en comunicación social de la Conagua chihuahuense; yo, creo, seguía con las clases de periodismo y literatura en la UIA Laguna que campechaneaba con la edición de periodismo cultural. Eran mis tiempos de noviazgo, la vida me entusiasmaba como a un chamaco y recuerdo que hasta ahorraba para casarme como ordenaban los cánones civiles y religiosos. Estoy hablando tal vez del 95, poco más o menos.
Los años corrieron y le perdí la pista a Hamlet Murillo, que es el cuate al que me estoy refiriendo. Hamlet, como lo conocemos a secas quienes los conocemos, es hermano de Prometeo, periodista-diseñador, y Adela, fotógrafa que por cierto vive en Londres. Estudió comunicación en el Iscytac, y luego de chambear un tiempo en México decidió poner un océano de por medio para avecindarse en Barcelona, donde ha trabajado en todo para mantener estable su permanencia allá. Gracias al manejo del inglés, Hamlet ha podido vincularse al mundo de la hotelería, donde actualmente trajina.
Este viejo amigo lagunero está de nuevo, brevemente, en La Laguna. Viene a rehidratar un poco su vivencia irritila y a tramitar un asunto académico que le servirá para homologar sus papeles universitarios mexicanos con los españoles.
Ayer viernes cumplimos con el más apreciable ritual de la cultura del reencuentro en La Laguna: fuimos a la botana. Estuvimos allí, entre cervezas y cacahuatitos, Prometeo, Hamlet, Raymundo Tuda y el de la voz. La charla discurrió, obviamente, por las andanzas hamletianas en Europa. Como era de esperarse, luego de una década en aquellas tierras viene espeso de anécdotas. Mujeres, paisajes, culturas, problemas de vida cotidiana volaron en torno de la mesa de cantina. En todos los casos palpitó la alegría de Hamlet al reproducir sus vivencias. No fueron escasos, por cierto, sus elogios a la belleza femenina de aquel caleidoscopio racial; buenos mexicanos al fin, laguneros aterrados para mayores señas, oímos con placer aquel agitado itinerario que lo mismo nos paseó por las diversas manifestaciones de la mafiosidad cosmopolita afincada en cataluña que por las asombrosas peripecias del desenfado sexual que se maneja por allá y es la envidia de los machos de por acá.
La conversación no bajó de sabor durante cuatro horas, una de las cuales aproveché para despachar estos apurados párrafos con sabor a chela y amistad, pues por más que rogué no me dejaron escapar para cumplir con mis obligaciones rutanorteñas (y en la lap de Hamlet, pues la mía se echó ayer). Dos impresiones, en fin, me dejó reanudar lazos con este trotamundos lagunero: que hay culturas donde se respira un aire de libertad plena (sobre todo vinculada a ciertos temas) y que pese a la belleza y la riqueza de lo europeo un mexicano puede volver sin acento luego de una década, usando los mismos modismos y las mismas muletillas de los amigos que vemos en nuestro rancho todos los días.
Ojalá Hamlet no tarde otros diez años en volver. Bienvenido cuando quiera.

domingo, noviembre 22, 2009

Ese es mi amigo el Sandro



Jamás imaginé que iba a escribir sobre Sandro. Él es parte de un fenómeno que opera en mí desde hace algunos años, un fenómeno que me permite apreciar cuán rucos van poniéndose el pellejo y el espíritu. Sé que esto no es privativo de un servidor, sino dolencia de casi todo ser humano: lo que amamos en la infancia cobra pleno valor en la vida adulta, y lo que odiamos puede llegar a convertirse en querido referente de nuestra niñez. En el segundo caso está Sandro. Este cantante argentino nacido en Buenos Aires hacia 1945 fue un tipo detestado por muchos de mi generación. Recuerdo que no soportábamos nada de lo que hacía: su voz temblorosa y agitada, sus acelerados quiebres de cadera, su desaforado correteo en los escenarios, su sudor infatigable, sus patillazas, sus pantalones con campana catedralicia, sus camisas abiertas hasta medio pecho peludote. Los niños, los adolescentes de los setenta no lo “superábamos”, como dicen hoy, con impreciso verbo, las chicas.
Las razones de aquella malquerencia pueden ser, entre otras, éstas: que Sandro enfatizaba una mezcla de amariconamiento con una supuesta masculinidad de perdonavidas, que en México lo difundía el odioso Raúl Velasco y, sobre todo, que volvía locas a las mujeres, y ya se sabe que todo sujeto que vuelve o volvía locas a las mujeres suele ser odiado por los hombres. Hago memoria y creo ver en la pantalla de mi mente la aparición de Sandro en algún televisor; es domingo y mi querida tía Carmen está de visita en nuestra casa. Cuando aparece el cantante, ella no esconde sus impulsos y grita como gritan todas las mujeres que ven a Sandro en vivo. El galanazo, mientras tanto, se menea como energúmeno en el escenario mientras canta con un estilo desgarrado alguna de sus piezas más llegadoras, como la de su amigo el puma. Pero todas, todas las canciones interpretadas por Sandro (ninguna desafiante desde el punto de vista literario, todas arregladas con trompetas estilo OTI) eran llegadoras para las mujeres que se desgreñaban a moco y lágrima tendidos cuando veían al ídolo en escena. En la televisión, mientras mi tía lanza alaridos, el argentino sigue adelante con su tanda de éxitos. Desfilan en su boca “Rosa, Rosa” (donde ejecutaba magistralmente el pasito “la batidora”), “Quiero llenarme de ti”, “Yo te amo”, “Tengo” , “Penas” , "Se te nota" y “Mi amigo el puma”, “Trigal”, canciones que literalmente sacaban chispas en su estrepitoso público. Mientras eso ocurría, los niños y los jóvenes y acaso los adultos de los setenta rumiábamos insultos entre dientes, envidiosos del jalón que tenía Sandro con las codiciadas rorras.
En mi recuerdo, borroso ya, sobrenada una visita de Sandro a Torreón, creo que al Teatro Alvarado. Por mi tía supe que aquello estalló de laguneras frenéticas, ansiosas de ver en corto los contoneos pélvicos, casi fornicatorios, del Gitano que las tenía en un puño, que las dominaba con un mínimo jadeo lleno de traspiración en el rostro, como amante que las mira con las manos en la masa.
Eso hacía el cabrón de Sandro, un show odioso porque ninguna le decía que no, como si fuera un príncipe. Pero pasó el tiempo y al menos en México se diluyó su poderío. Si en los setenta se apersonaba varias veces por acá, en la década siguiente sus visitas se hicieron cada vez más esporádicas y en los noventa ya no volvió. Años después supe que siguió presentándose en escenarios argentinos y que su fama seguía intacta por allá. Como los futbolistas veteranos, había perdido movilidad, pero el colmillo de cantante seductor lucía más largo y retorcido que nunca. Con un gemidito, con un gesto, arrastrando más las notas y cantando en otro tempo, el morocho seguía en pie. Eso no duró mucho, sin embargo. En 1998 fue evidente que su adicción al humo había hecho estragos en sus pulmones, que el enfisema había pegado exactamente en su principal herramienta de trabajo. Tan grave estaba que debió alejarse de los escenarios, aunque en 2001 volvió a ponerse frente al público auxiliado con un tanque de oxígeno.
Los primeros años del nuevo milenio le demostraron que la salud no es algo eterno, y que si uno no ayuda empeora peor, si se me permite la expresión. Tras una larga espera, Sandro fue intervenido el 20 de noviembre en un quirófano de Mendoza, Argentina, para oficiar en su cuerpo un transplante de corazón y de pulmones cuyo pronóstico aún es reservado. Roberto Sánchez, nombre real del cantante, se debate pues, en este momento, entre la posibilidad de una vida con mucho olor a estreno y la firme posibilidad de que los trasplantes no den el ancho.
Pase lo que pase, Sandro me ganó treinta años después. Como otros referentes setenteros otrora aborrecidos, cuando tengo contacto con ellos se me deja venir todo el pasado y lo que antes fue molesto ahora es grato, como si con ello fuera arrastrado a la nostalgia de un pretérito feliz. Tendemos a idealizar la niñez, y no soy ajeno a eso. La verdad es que fue difícil sobrevivir en el ambiente de amigos rudos y carrillentos, que en muchos casos la convivencia entre la raza fue amarga, pero algo me dice que no fue así, que aquellas vagancias en Gómez Palacio, que aquellas picas de fut callejero con la palomilla, que aquella escuela atiborrada de carajos ocuparon una etapa espléndida de mi vida. En aquella atmósfera, Sandro ocupó un espacio lateral de mi vida. Pensé que lo detestaba, pero al pasar los años advertí que no, que su voz me remitía a los tiempos heroicos y felices de la adolescencia, casi de la niñez. He conversado sobre esto con dos sandrólogos empedernidos: Raymundo Tuda y Juan Pablo Neyret. Con ellos he coincidido en una afirmación luminosa: Sandro era Sandro, un sujeto inigualable, el galanazo chingón que uno quiso ser y nunca fue.
Un cuento de mi libro Leyenda Morgan le rinde breve tributo. Es aquel relato en el que mi protagonista accede a un table dance y ve bailar a las entubadas chicas al ritmo de Sandro. Pues bien, este columna es otro pequeño homenaje, un tragarme viejas palabras y un vindicar yo mismo contra mí mismo el talento de Sandro y su estrujante pop. Que viva Sandro, pues.

miércoles, abril 22, 2009

Ovni en Durango



A propósito de obispos que ensordecen, estuve en Durango hace dos meses. Fui a presentar una revista. Me trataron, como siempre allá, muy bien, indefectiblemente “de usted”. Ya entrada la noche, luego de la presentación, voy con Raymundo Tuda a cenar. Despachamos unos tacos. Él va por un negocio de los suyos, de producción televisiva, y me acompaña con todo su conocimiento de duranguense a cuestas. Como a las once, ya despejados del trance alimenticio, volvemos al centro histórico de la capital. Me deja impresionado lo que veo, la hermosa iluminación de los edificios, la limpieza de las calles, la pulcritud y la belleza de lo antiguo bien conservado. Pega un fresco que colinda con el frío. Caminamos y es un gusto ver que a dos horas del calor terregoso de La Laguna está Durango y su precioso centro histórico. Tan grato es el momento en esas calles que en un arranque de alegría me da por pensar en una felicitación explícita para Susana Elósegui Cross, la guapa secretaria de Turismo en Durango.
Caminamos, pues, y al errar por allí damos con el punto desde el cual se ve el reflejo de “la monja” en la cúpula de la catedral. Leo la leyenda inscrita en una placa metálica. Es casi la medianoche y hay vida, agitación, ruido en el centro histórico de la capital duranguense. Un vendedor de hotdogs tiene su changarro lleno de clientes. Por allí, un trío le canta a una chamaca abrazada por su novio. La caminata, sin prisa, sigue. Pasamos a la plaza, y al lado del quiosco hay un grupo de jóvenes que entre gritos parecen jugar a las maromas, a la gimnasia o algo así. La noche convida al surrealismo: ¿qué hacen veinte muchachos vestidos de civil jugando al saltimbanqui? Ni Raymundo ni yo lo sabemos, pero es evidente que en la plaza no es normal hacer gimnasia a las doce de la noche. Al pasar junto a ellos, una jovencita nos dice: “A ver, señores, ustedes son los jurados”. Nos detenemos sin saber qué pasa: luego entre varias y varios hacen una especie de pirámide parecida a las que forman en los desfiles. Hacemos plática. Son un equipo de porristas de Nayarit y acaban de participar en una competencia específica de esa disciplina. Con la fortaleza y la desinhibición que da la juventud en bola, nos demuestran sus capacidades. Los hombres cargan a las chicas, las lanzan entre tres al aire y las atrapan con destreza. Luego de unos minutos, alucinados, nos despedimos de los estudiantes nayaritas y avanzamos hacia la camioneta.
Raymundo decide mostrarme algunos puntos de la ciudad, entre ellos la casa que habitó de niño. Vamos hacia allá. Ya pasamos la medianoche. Vemos su antigua casa, su escuela primaria. La conversación fluye sin prisa, con el gusto que provoca un clima perfecto y la sensación de paz. Una hora después regresamos al centro histórico. El asombro no cesa: a diferencia de las ciudades laguneras, el ombligo de Durango capital es un hervidero de trocotas y de transeúntes a una hora que para nosotros ya es incómoda. Hay mariachis en algunas banquetas, grupos de amigos en plan de divertirse, comida callejera en varias esquinas. Avanzamos por la 20 de Noviembre. Un semáforo en rojo nos detiene. Admiramos la panorámica. Luego Raymundo, desde su posición al volante, me exige que vea por el espejo de mi lado: “¡Mira atrás, rápido, asómate!”. Accedo a mirar por mi retrovisor. Lo que viene hacia nosotros es una luz enceguecedora: además de los faros habituales, la troca que se acerca luce un diamante hecho de aproximadamente doce faros al centro, en la parrilla. La luz es hipnótica. Cuando esa Hummer se coloca al lado mío, concluyo que en La Laguna no podría circular algo así de ostentoso y estridente, como un Ovni. El chofer de la troca es un joven que va tocado con una gorra de beisbolista. Creo notar, de un vistazo, incrustaciones diamantinas en su cachucha y chicas jóvenes con él. Bajo la vista, pero siento que el joven me mira retador. Mi tensión dura como treinta segundos, y Ray concluye:
—Quizás es el hijo de uno muy pesado y tú ni cuenta.