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sábado, septiembre 27, 2025

Algunos arcaísmos cervantinos


 








He leído un par de veces el Quijote y acometo por estos días el tercer diálogo con sus páginas. Como a tantos, la novela me complace en su totalidad y por muchas razones, algunas ciertamente inexplicables al menos para mí. La idea de releerla me nació tras la lectura de uno de los miles de estudios que trabajan sobre el caballero y sus peripecias andantescas, el de la maestra Marguit Frenk titulado Cinco ensayos sobre el Quijote (FCE, México, 2013) que espero reseñar en alguna oportunidad cercana. Al avanzar en los análisis de la académica mexicana, no pude no caer seducido por las frases y los párrafos que cita. En efecto, las probaditas de Quijote son tan gratificantes que de inmediato se despierta el apetito de regresar a su convivencia, y es lo que hago en estos días.

Mi relectura observa detalles seguramente vistos por innumerables críticos, pues el inmenso libro ha sido escudriñado frase tras frase, palabra tras palabra. Para mí, pues, es imposible iluminar una nueva zona del Quijote, descubrir una pepita antes no detectada por los incontables gambusinos del libro. Lo que sí puedo hacer es subrayar, advertir alguno de los lujos con los que cuenta la novela publicada en 1605 y 1615, parte uno y parte dos. Digo “lujos” y pienso que esto son para mi subjetividad de lector engolosinado con el español en todos sus rincones. Uno de ellos, satisfactorio a más no poder, es el de los arcaísmos, las palabras que la filología llama así por viejas y por ello ya caídas en desuso. “Archaios” significa “antiguo” en griego, de allí “arcaísmo”, palabra que el DRAE define, en su segunda acepción, “Elemento lingüístico cuya forma o significado, o ambos a la vez, resultan anticuados en relación con un momento determinado”.

Aunque parezca increíble o al menos raro, el Quijote no está atestado de arcaísmos. En todo caso, el plano de su léxico me parece menos antiguo que el de su sintaxis, que siento menos próximo al registro de la escritura y del habla en español actual. Mientras avanzo en el Quijote me he topado con arcaísmos dignos de recuerdo, tan dignos como los que ha rescatado Álex Grijelmo en su libro Palabras moribundas (Taurus, Madrid, 2011, escrito en colaboración con Pilar García Mouton). Comparto del Quijote nomás quince a manera de divertimento y, para que se entiendan mejor, actualizo los ejemplos.

Adarga. Escudo. “Los granaderos arremeten con adargas transparentes”.

Bacía. Recipiente para diferentes usos, como una especie de bacinica (o bacinilla) que se usaba sobre todo para remojar la barba antes de cortarla. Hoy puede emplearse también como orinal. “Me operaron en el Issste y para mear usé una bacía”. Esta pieza de metal es la que usa el Quijote en la cabeza y él supone que es el yelmo de Mambrino.

Ca. Es la conjunción causal “porque”. “Ca me invitaste, vamos al cine”.

Derrota. Arcaísmo de orden semántico. Se refiere, en sentido estricto o figurado, a “camino”, “ruta”, y de allí “derrotero”. “Mi sobrino siguió la derrota de las drogas”.

Discreto. Un arcaísmo de los que llamo semánticos porque la palabra sigue en uso, pero no con el sentido antiguo, que era “inteligente”, “despierto”, “sagaz”. “Obtuvo el título sin batallar, es un estudiante muy discreto”.

Embeleco. “Engaño”, “hechizo”. “El candidato trata de convencer a los mexicanos con embelecos seudodemocráticos”.

Endriago. “Monstruo”, ser abominable. “Trump es el más peligroso endriago de nuestro tiempo”. Esta palabra fue actualizada recientemente, y con harto tino, por la ensayista Sayak Valencia en su espléndido libro Capitalisno gore.

Huésped. Otro arcaísmo semántico, por decirlo así. Significaba lo contrario de lo que significa ahora. “Fui muy bien atendido por mi huésped en Cancún”.

Maguer. Es la conjunción concesiva “aunque”. “Maguer me amenacen, no quiero escuchar a Luis Miguel”.

Maravedí. Moneda. “El celular me costó 17 mil maravedíes”

Oíslo. Rarísima palabra, significa “cónyuge”. “Vi en casa con mi oíslo una película de Netflix”.

Prez. Fama por una acción gloriosa. “La trayectoria de Oribe Peralta da honra y prez a La Laguna”.

Rocín. Caballo de mala traza, de donde nace el nombre “Rocinante”, cabalgadura del Quijote. “En la película de ficheras actuó Alberto Rojas, el Rocín”.

Venta. “Venta” es un espacio de recogimiento para los viajeros de aquel tiempo y lugar. Equivale a los hoteles de hoy. “Pernoctamos en una venta llamada Radisson”.

Yantar. Es el verbo “comer”, frecuente en la narrativa del Siglo de Oro. “Anoche yantamos en Burger King”.

miércoles, diciembre 25, 2024

De juguetes a juguetes










“¿Qué palabras tienen para ti un especial sabor a infancia, a familia, a tu tierra de Burgos?”, le preguntaron alguna vez a Alex Grijelmo, el famoso periodista y divulgador de la filología. Esto respondió: “¡Scalextric! Ésa sí era una palabra mágica. Deseaba un Scalextric con todas mis fuerzas. Pero nunca lo tuve. La palabra me parecía tan enrevesada que podía imaginarme dentro de ella la autopista enredada por la que corrían los coches en miniatura”.

Lo cito porque, como todos los niños de los sesenta, setenta y quizá ochenta, fui también tentado por el deseo de tener una autopista Scalextric. Por supuesto que eso jamás ocurrió, como tampoco tener una bici. Ahora que lo pienso, quizá a partir de tales imposibilidades se remachó en mi ser la tendencia a imaginar: veía los comerciales del Canal 5, programados a raudales durante la época navideña, y me contentaba con soñar la autopista, con fabular paseos en bici dentro de la cabeza. Mi padre tenía seis hijos en aquel entonces, y en 1977 llegó el último, así que mis regalos no podían exhibir tecnología. Recuerdo que siempre me renovaban un balón de plástico, aunque no de los profesionales. De allí me viene el amor al futbol, deporte que jugué miles de horas en la calle.

No sé cómo, mi padre hacía aparecer regalos modestos en la Navidad. Todo era esencialmente plástico, nada cercano a la electrónica japonesa o gringa que ya nos seducía desde la tele. Pero un día me dijo que iríamos a la ferretería La Suiza, inmensa tienda que contaba con un área bien surtida de regalos para niños. Por fin se abría la oportunidad para tener una Scalextric, la autopista eléctrica u otra parecida. Vimos varias, pero sus precios eran altísimos. Ante la imposibilidad de comprar una sofisticada, mi padre me regaló una harto austera, pues no requería pilas ni corriente: la pista era una larga tira de hule que colgada desde alguna pared hacia el suelo permitía que un carrito descendiera gracias a la magia newtoniana de la gravedad. Pese a su ñoñez, amé ese juguete. Lo amé y amé todos mis juguetes, por pedestres que fueran. Aunque no hubiera mucho, creo que de niño estuve cerca, al menos cerca, de la felicidad, así que no me recuerdo con acritud.

Sé que la venta de juguetes no es ya lo mismo, esto por la gravitación de los celulares y las tabletas. Frente a tales aparatos, ¿qué pueden lograr hoy una pelota, un carrito, una muñeca? Muchos padres tratan de estirar tanto como sea posible el momento de permitir celulares y juegos de video a sus hijos pequeños, pero muchos más saben que los apaciguarán con las pantallas infinitas.

Tuve tres hijas que ya son adultas. Hace tiempo que no sé lo que es tratar con pequeños, e imagino que los padres en trance de regalar juguetes encaran ahora un desafío. El celular y la tableta quizá garanticen más horas de enajenación y tranquilidad, pero no necesariamente mejor tiempo de formación para los hijos. No sé, pues esto ya entra en los ámbitos especializados de la educación y la psicología.

Yo por lo pronto sigo con el buen recuerdo de mis balones y la alegría de patearlos.

Feliz navidad.

sábado, enero 13, 2018

Genio del castellano




















Entre los muchísimos libros que ya no quedan pendientes de lectura en la biblioteca cuya solidez me ampara estaba El genio del idioma (Taurus, 2004, 257 pp.), de Álex Grijelmo (Burgos, 1956). De él había recorrido, siempre recordaré que con placer, algunos de sus ya famosos libros: Defensa apasionada del idioma español, La seducción de las palabras, La punta de la lengua y La gramática descomplicada. Por una razón que ignoro se me había escapado hincar el ojo al cuarto de esa serie, El genio del idioma que al fin pude tramitar en diciembre pasado.
Grijelmo ha dicho alguna vez que a partir de Defensa apasionada… sus libros han sido una especie de consecuencia del anterior, es decir, cada uno tira temáticamente en un sentido relacionado con las peculiaridades de nuestra lengua en una especie de sutil escalonamiento. Así entonces, y aunque en el fondo trabajen sobre la misma arcilla, los libros del ¿filólogo? (¿periodista?) burgalés son diferentes entre sí, un paso más, cada uno, en su empeño por asir todo lo relacionado con el instrumento más importante que tenemos para comunicarnos: nuestra lengua.
El genio del idioma entiende la palabra “genio” como la entienden, y la han entendido siempre, quienes se dedican a los estudios de índole lingüística. A saber, es el espíritu, el carácter del español. Es usada sobre todo en sentido negativo ante las novedades verbales, aquellas palabras o construcciones que no cuadran con su “natural”, que de una manera marcada o tenue son percibidas como intrusión o desajuste, como anomalía o excentricidad (“esa palabra no empata con el genio del español”).
El genio en este caso es pues para quienes, como Grijelmo, aman el castellano, una especie de alma, un ojo que todo lo mira y todo lo sanciona con buen juicio, un ente superior que vela celosamente por la coherencia de nuestra lengua. En genio, por tanto, no tiene consistencia material, no son los académicos ni los escritores, sino una autoridad invisible y poderosa que por siglos, con lento rigor, desde el griego y el latín, ha edificado cada una de nuestras palabras y las flexiones básicas del castellano.
En este libro, Grijelmo muestra cómo ha actuado el genio hasta redondear la eficaz lengua que tenemos. Su evolución ha sido pautada por ese ente inmenso e intangible que con lentitud, severidad y tino ha construido uno de los idiomas mejor articulados de la humanidad. Este libro es una tetera que recomiendo frotar para conocer al genio.

miércoles, mayo 21, 2014

Nuevo jale de Saúl





















Jales sobre habla lagunera (Torreón, 2014, 115 pp.) continúa la serie de publicaciones que Saúl Rosales ha redondeado en los años recientes, todas estrechamente vinculadas a su trabajo como periodista cultural en La Laguna. Me refiero a los libros sobre música clásica, teatro y, ahora, sobre peculiaridades del habla lagunera. A ellos debo añadir los dos que ha dedicado al personaje más importante de la literatura: Un año con el Quijote y El Quijote, periodistas y comunicadores. Tiene, por lo que sé, otro con acercamientos críticos a la literatura lagunera de reciente hechura, de manera que entre los seis (cinco impresos y uno por serlo) atravesamos los más importantes intereses del autor: la música, el teatro, el periodismo y la literatura.
El nuevo libro de Saúl Rosales contiene veinte piezas entre artículos y ensayos. Dado que en su origen ocuparon las páginas de suplementos, periódicos y revistas, todos son accesibles para cualquier lector. Lo único que Jales… demanda es, pues, un poco de interés, un poco de curiosidad, la misma que en términos generales un lector común puede tener por otras muchas materias, como la política o el cine.
Estuve en la presentación y fui testigo, precisamente, del interés que despertó en el público. Las palabras de los presentadores y del autor duraron tanto como la ronda de preguntas y respuestas, y eso asombra, ya que solemos ubicar las preocupaciones lingüísticas sólo entre aburridos especialistas de cubículo. Jales… dejó claro que la inquietud por el habla, por la palabra de la conversación diaria, despierta interés casi en cualquiera siempre y cuando tenga a la mano focalizaciones accesibles.
Estas focalizaciones accesibles son las que hace Saúl Rosales en cada una de las estancias que configuran Jales… Como él lo dijo, el origen remoto de estos acercamientos al habla lagunera se encuentra en su radicación foránea, que duró veinte años. Al regresar a La Laguna, Saúl pudo notar mejor las peculiaridades del habla lagunera en contraste con las del DF, lo que poco a poco fue registrado en artículos y ensayos que muchos años luego, o sea hoy, han sido recogidos en las páginas de Jales…
Así como sólo es posible destacar rasgos de identidad por contraste con otras identidades, Saúl Rosales, corresponsal de la Academia Mexicana de la Lengua y actual director de bibliotecas en Torreón, reencontró las voces de su infancia y pudo anotar sus características. Este reencuentro y este acopio sirvieron para que luego despertara en otros, ahora lo sabemos con claridad, un apetito semejante. Por ejemplo, su ensayo “Herencia náhuatl en el habla lagunera” tiene un carácter de innegable precursor, dada la fecha de su escritura.
Jales… tiene, insisto, el tono de la filología amena, la misma que practicaron Arrigo Coen (en Para saber lo que se dice), José G. Moreno de Alba (en Minucias del lenguaje), Daniel Balmaceda (en Historia de las palabras), Ricardo Espinoza (en Por si las dudas) o Álex Grijelmo (en La punta de la lengua). Su importancia para nosotros, sin embargo, es otra y doble: vale porque trabaja con la arcilla de nuestra habla y vale porque, por eso mismo, ha sido aquí, y estoy seguro que seguirá siendo, detonante de otras exploraciones.

viernes, diciembre 25, 2009

La gramática risueña de Grijelmo



En una charla reciente un amigo me hizo la pregunta de cajón: ¿“Qué estás leyendo?” Le respondí con la verdad: algo de narrativa, algo de periodismo y una nueva gramática, pues siempre trato de tener a la vista cualquier material de este último tema. Y sí, era cierto que por esos días le daba trámite a La gramática descomplicada, uno de los ya muchos títulos de Álex Grijelmo dedicados al tópico del que se ha convertido en terrateniente: el español y sus vericuetos.

Como en los otros libros de su cosecha, en La gramática descomplicada el minucioso Grijelmo trabaja con el idioma que nos une sin dejar al lado el tono socarrón que en este caso le viene muy bien al tópico, plúmbeo en casi todos los libros similares que recuerdo. El ¿filólogo? nacido en Burgos no hace más que seguir con la tesitura impresa en otros productos de su cuño, por no decir que en todos. En Defensa apasionada del idioma español, La seducción de las palabras, La punta de la lengua y El genio del idioma se advierte la inclinación grijelmiana por añadir ciertos toques de humor a las explicaciones subjuntivas y gerundias y carpetovetónicas y galicistas que no puede eludir cuando describe la historia, la semántica, la etimología o el uso coloquial del español.

Según la ficha que proporciona Santillana, la editorial que publica todo lo que arma Grijelmo, el autor burgalés (me estoy luciendo: tal es el gentilicio de Burgos) nació en 1956; escribió a los dieciséis años su primer artículo en La Voz de Castilla, un periódico de su ciudad en el que después trabajaría como redactor en prácticas mientras estudiaba Ciencias de la Información. En 1977 ingresó en la agencia de noticias Europa Press, y en 1983 fue contratado por el periódico español El País, en el que trabajó durante dieciséis años. Diez de ellos, como redactor jefe; y en ese periodo fue el responsable del Libro de Estilo. Añade que desde 2004 preside la Agencia Efe, y en 2007 fue elegido presidente del Consejo Mundial de Agencias. Ha escrito los libros que ya mencioné líneas arriba y ha recibido el “honorary negree” en dirección y administración de empresas por la fundación universitaria ESERP, y es profesor de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez, con quien codirigió, en 1998, un curso sobre estilo periodístico. En enero de 1999 recibió en su país el premio nacional de periodismo Miguel Delibes.

Creo que a la fecha he comentado al menos dos de sus libros: la Defensa apasionada… y La punta de la lengua. En ambos casos dije lo que ahora repito: a todo aquel lector curioso al que por alguna cercana o remota causa le interese explorar la selva de nuestra lengua, nada mejor que hacerlo con la guía de un cuate experto y divertido como Grijelmo. El interesado puede, por supuesto, buscar otros machetes para desyerbar el camino, pero dudo que los encuentre amenos. La historia del español, la gramática, la etimología son asuntos abordados por lo regular con excesiva pompa, aunque no faltan, por supuesto, indagaciones que buscan al gran público y lo hacen con un tono amable, como Para saber lo que se dice, de Arrigo Coen Anitúa; Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre; las Minucias del lenguaje, de José G. Moreno de Alba o los acercamientos un tanto más ligeros del regiomontano Ricardo Espinosa, quien incluso ha llevado a la televisión sus apuntes sobre el léxico de los mexicanos.

Grijelmo no les va a la zaga; en todos sus libros ha examinado recovecos del español y ha colocado, adjuntas, muchas divertidas pinceladas que adoban sabrosamente sus platillos. El resultado es un trabajo de divulgación que cada vez alcanza a más lectores y los lleva a preocuparse por el instrumento básico de la comunicación: la lengua, nuestra lengua. No es flaco mérito, dada la brutal andanada de cambios toscos que sin orden ni concierto se le vino encima al español, y a cualquier otro idioma, tras la irrupción de la escritura ultraveloz y generalmente desaseada del mail, el chat y el “mensajito” de celular.

En La gramática descomplicada (Taurus, quinta reimpresión, 2009), Grijelmo avanza por el laberinto gramatical con calma, sonriendo, con una gentileza de trato que se le agradece, pues los recintos de esa disciplina suelen provocar que reculen los lectores más interesados, ya no se diga los indiferentes. Grijelmo ha armado aquí un índice que no dejó rincón gramatical sin escrudriñar. El esfuerzo que hace por llegar a una didáctica grata es tan visible como el de los buenos maestros antiguos, esos que buscaban una especie de amistosa complicidad con el alumno para que la letra no entrara con sangre, sino con placer.

Me gusta y recomiendo La gramática descomplicada por los gestos de gentileza que se le ven en cada página, pero más porque he vuelto a leer y a sonreír con las palabras que alguna vez, debido a la lingüística moderna, desaparecieron de los libros que espulgaban esos temas. O sea, he vuelto a encontrar aquí las partes de la vieja gramática en sutil combinación, nunca engorrosa, con la cuasiesotérica gramática moderna; leo en La gramática… de Grijelmo reflexiones sobre verbos, adverbios, preposiciones, adverbios, prefijos, oraciones simples, oraciones subordinadas y todo lo que alguna vez aprendí a medias y aquí parece más claro. En resumen, este esfuerzo de Álex Grijelmo es, sin más, una gramática sin lágrimas, un paseo en boogie por la sintaxis de nuestro pensamiento. Lo recomiendo sin vacilar (“vacilar” en el sentido no mexicano del verbo).