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miércoles, diciembre 25, 2024

De juguetes a juguetes










“¿Qué palabras tienen para ti un especial sabor a infancia, a familia, a tu tierra de Burgos?”, le preguntaron alguna vez a Alex Grijelmo, el famoso periodista y divulgador de la filología. Esto respondió: “¡Scalextric! Ésa sí era una palabra mágica. Deseaba un Scalextric con todas mis fuerzas. Pero nunca lo tuve. La palabra me parecía tan enrevesada que podía imaginarme dentro de ella la autopista enredada por la que corrían los coches en miniatura”.

Lo cito porque, como todos los niños de los sesenta, setenta y quizá ochenta, fui también tentado por el deseo de tener una autopista Scalextric. Por supuesto que eso jamás ocurrió, como tampoco tener una bici. Ahora que lo pienso, quizá a partir de tales imposibilidades se remachó en mi ser la tendencia a imaginar: veía los comerciales del Canal 5, programados a raudales durante la época navideña, y me contentaba con soñar la autopista, con fabular paseos en bici dentro de la cabeza. Mi padre tenía seis hijos en aquel entonces, y en 1977 llegó el último, así que mis regalos no podían exhibir tecnología. Recuerdo que siempre me renovaban un balón de plástico, aunque no de los profesionales. De allí me viene el amor al futbol, deporte que jugué miles de horas en la calle.

No sé cómo, mi padre hacía aparecer regalos modestos en la Navidad. Todo era esencialmente plástico, nada cercano a la electrónica japonesa o gringa que ya nos seducía desde la tele. Pero un día me dijo que iríamos a la ferretería La Suiza, inmensa tienda que contaba con un área bien surtida de regalos para niños. Por fin se abría la oportunidad para tener una Scalextric, la autopista eléctrica u otra parecida. Vimos varias, pero sus precios eran altísimos. Ante la imposibilidad de comprar una sofisticada, mi padre me regaló una harto austera, pues no requería pilas ni corriente: la pista era una larga tira de hule que colgada desde alguna pared hacia el suelo permitía que un carrito descendiera gracias a la magia newtoniana de la gravedad. Pese a su ñoñez, amé ese juguete. Lo amé y amé todos mis juguetes, por pedestres que fueran. Aunque no hubiera mucho, creo que de niño estuve cerca, al menos cerca, de la felicidad, así que no me recuerdo con acritud.

Sé que la venta de juguetes no es ya lo mismo, esto por la gravitación de los celulares y las tabletas. Frente a tales aparatos, ¿qué pueden lograr hoy una pelota, un carrito, una muñeca? Muchos padres tratan de estirar tanto como sea posible el momento de permitir celulares y juegos de video a sus hijos pequeños, pero muchos más saben que los apaciguarán con las pantallas infinitas.

Tuve tres hijas que ya son adultas. Hace tiempo que no sé lo que es tratar con pequeños, e imagino que los padres en trance de regalar juguetes encaran ahora un desafío. El celular y la tableta quizá garanticen más horas de enajenación y tranquilidad, pero no necesariamente mejor tiempo de formación para los hijos. No sé, pues esto ya entra en los ámbitos especializados de la educación y la psicología.

Yo por lo pronto sigo con el buen recuerdo de mis balones y la alegría de patearlos.

Feliz navidad.

sábado, abril 02, 2016

Herido














“Ya está muy viejo, esta vez le daremos oportunidad a los jóvenes”. Así de fácil y de cruel lo habían eliminado del negocio, así de fácil y de cruel cercenaban sus veinte diciembres ininterrumpidos como Santoclós verosímil. ¿Y ahora qué harían?, pensó. Claro, contratar al primer hijo de puta que les llene la Printaform, de seguro un enano prieto, flaco y lampiño que deberá hacer milagros con almohadas y barba postiza para dar el personaje, lo que por cierto jamás ocurrirá, pues los prietos y lampiños no sirven para Santacloses de verse. ¿Cómo salen con semejante idiotez?, pensó. ¿Qué no vieron en dos décadas el éxito de ventas provocado por un Santoclós que sí parece Santoclós? Mientras volvía a casa se vio en el reflejo de muchos aparadores. Cierto, era ya viejo, de setenta, pero eso ayudaba en lugar de defraudar. Era gordo, de tez rojiza, alto y sobre todo bien poblado de pelos blancos y largos en la cara, como todo buen hombre de origen alemán, así fuera remota la llegada del apellido Eichelberger (roble de la colina) a estas tierras jamás acariciadas por la civilización. Lo suyo era más que un disfraz, era la mismísima encarnación de Santoclós en estos desiertos llenos de indios cacarizos. Pero los imbéciles de la tienda, pensó, le darían “oportunidad a los jóvenes”, como si el papel de Santoclós pudieran ocuparlo muchos cabrones al mismo tiempo. Mientras volvía a casa con la mala noticia bufando en su nariz, no dejaba de preocuparle el futuro, siempre el futuro. Su esposa estaba enferma y por eso y por muchas otras razones jamás desaparecían las deudas que con la plata de la Navidad solían disminuir hasta quedar casi en ceros. Las cosas no andaban nunca desahogadas en lo económico y diciembre era entonces una época de recuperación, de sueldo decoroso y una que otra buena comisión arreglada con Montoyita, el fotógrafo que movía las fotos ampliadas por debajo de la mesa, fuera de la tienda, sin que lo supiera el dueño. Esta vez no sería así, a menos de que pronto cocinara con otro fotógrafo lo que se pudiera, una escenografía en la alameda o donde sea, todo por culpa del pendejo dueño de la tienda, un indio como todos en este país lleno de prietos que jamás podrían hacer un Santoclós hecho y derecho, nórdico, de buena estampa y carcajada exacta para alentar el espíritu navideño como dios mandaIndios pendejos, pensó.

viernes, diciembre 24, 2010

Un ogro antinavideño



Recuerdo que debido al título por poco y no lo compro. A primer vistazo parecía (o es) cursi: Sentimiento de Navidad. Lo bueno es que antes de mirar hacia otro lado vi el subtítulo: Diatriba contra la perversión de una fiesta. Publicado en 1994 por la costarricense Editorial Vulcano que a pujidos disimula su condición de sello rupestre, hallé el susodicho libro en una de nuestras pocas librerías de viejo, habituales receptoras de material insólito. El autor de Sentimiento de Navidad es un tal Willington Restrepo, de quien la solapa nos cede tacaña información: nació en 1947 (no dice dónde), estudio medicina e hizo la especialidad en cardiología, dizque ha publicado muchos artículos científicos en varias revistas y es un “apasionado” (así dice) de las novelas de caballería. Nada más es posible saber, ni con el socorro de internet, sobre este autor al que por el apellido le supongo cuna colombiana.

Restrepo sería, como en estricto sentido ya lo es, un sujeto olvidable si no fuera por su heterodoxa mirada sobre la navidad. Pocas veces he leído un comentario más airado contra una fiesta que habitualmente nos une y convoca sentimientos de amor y de paz en todos nosotros, hombres de buena voluntad. En otras palabras, el cardiólogo no se tienta el corazón para demostrar que la navidad es la fiesta más hipócrita que ha creado el ser humano. Por eso advierto que nadie más o menos apegado a la celebración debe acercarse a los renglones enderezados por el enfadado Restrepo: sus palabras de seguro le resultarán ofensivas, aunque es verdad que pueden ser leídas como el berrinche de un ogro que clama no en el desierto, sino en el Ártico, lo cual es más desgarrador si logramos imaginar la gélida escena.

El libro tiene apenas 76 páginas. Todas, eso sí, muestran la postura acérrima de un hombre que ha decidido luchar a punta de insultos contra la aplastante maquinaria del capitalismo mundial. Desde su prólogo, Restrepo fustiga: “¿Festejar la navidad? ¿Es posible festejar la navidad en esta época de horror mundial, de hambre, de lucha armamentista, de control de las consciencias, de devastación ambiental? ¿No es más bien el consumismo idiota el que nos mueve a simular que podemos hacer una pausa para recordar que el amor sí existe? Ah, querido amor, ¡cuántos crímenes se comenten en tu nombre! (…) La navidad es una época de crímenes sin parangon (sic). Porque crimen es crear un mercado de ofertas para unos cuantos mientras más de la mitad, los parias del planeta, los desheredados, no pueden arrimarse ni un bocado que los haga sentir inmersos en una fiesta motivada por el natalicio de su supuesto redentor. Pobres de los pobres, pobres de los pobres niños, principalmente: para ellos la navidad es comer lo mismo, nada, en pesebres reales mientras otros cenan hasta hartarse junto a mentirosos portalitos de cerámica y pinos de fantasía”.

En ciertos cuentos siempre aparece un viejito cascarrabias y antinavideño que al final resulta convencido de lo lindo que es la convivencia en Noche Buena; mientras leemos Sentimiento de Navidad abrigamos la esperanza de que suceda algo parecido, pero no; Restrepo, cual papiniano Gog, no parece reservar ni una bicoca de misericordia para esa fecha. Un rasgo muy visible de su escritura es lo que podríamos denominar “estilo inquisitivo”, lleno de preguntas retóricas: “¿Alguna vez el lector ha pasado la Navidad con los menesterosos? ¿Alguna vez, o siempre, porque alguna vez no es nada, sólo hipocresía, ha renunciado al calor hogareño para departir en las vidrieras donde pasan la Noche Buena muchos niños sin hogar? ¿Qué pensaría si le dijeran que el Redentor vería con asco las comilonas, los regalos, las vulgares carcajadas que suelen animar el recuerdo de su nacimiento? Un hecho que debería ser festejado con recato y mortificación ahora es un depravado guateque en el que los comensales compiten para demostrar poder, capacidad para exceder los gastos habituales”.

Digamos que Restrepo incurre en los lugares comunes de la postura antinavideña, como denostar en abstracto la voracidad del mercado (“Es bien sabido que en Navidad las ventas mundiales crecen hasta el disparate. ¿De quién es pues la Navidad? ¿Nuestra? ¿Del Mesías? ¿De los pobres? Es claro: los verdaderos dueños de la Navidad son los mercaderes que jamás han sido expulsados del templo, el comercio mundial que trafica con sentimientos nobles y los convierte en embuste de productos y ganancias”), pero no cabe duda de que a su aguafiestismo no le falta algo, por lo menos algo, de razón.

miércoles, diciembre 24, 2008

Carta de Santa



La cabeza no es, como la del domingo pasado en Ruta Norte, una errata: en efecto se trata de una carta de Santa, y no de una carta a Santa. La respuesta del personaje más bonachón de la humanidad me ha dejado ojipelón. Escéptico, envié hace pocos días una carta hasta su casa mágica sita en el Polo Norte. No esperaba respuesta, claro, pues siempre había creído que Santoclós era un invento de la publicidad para vender más productos. Ya veo que me equivoqué: Santa existe, vive en una cabaña del Polo y en el garage tiene un trineo y un hermoso lote de renos último modelo. En su taller elabora los juguetes que dará a los pequeñines, y allí recibe varios kilos de cartas escritas por niños de todo el mundo. Quise probar, le escribí, y esta fue su respuesta:
“Querido Jaime: sé que ya no eres un niño, sino un verdolagón de 44 años. Pese a ello, respondo tu amable carta. De entrada te recuerdo que a mí no me vas a engañar: tú no crees en la navidad y por eso no la celebras. Así pues, ¿cómo quieres que te vaya bien? Sólo un ingenuo podría soñar con la idea de recibir obsequios a cambio de todas las dudas albergadas en su alma. La navidad, Jaimito querido, es una bella época, la mejor del año. Nos da la oportunidad de mostrar que amamos a nuestros semejantes, de compartir bellos momentos junto a los seres que más apreciamos en el mundo. Es cierto que ahora ha sido comercializada, que es necesario un poco de dinero para acompañar estas fechas con más de tranquilidad y contento. Reconozco que sin plata las cosas no se dan igual, que la falta de recursos no es precisamente lo más adecuado para atravesar las fiestas navideñas. Pero si uno hace el esfuerzo y comparte amor, solidaridad, cariño, tal vez ocurra que la navidad transcurra con igual o mayor alegría que en las fiestas opulentas y dispendiosas.
Tal vez ya lo has captado, pero con esto quiero expresarte que esta navidad no iré a muchos hogares de tu país, entre ellos al tuyo. De hecho, repartiré muy pocos juguetes, pues hay gran número de padres desempleados que no trae dinero y además no cree en mí, con lo cual me inhabilitan por completo. Eso no es, empero, lo importante, querido amigo. En México no haré mucho reparto por las malas noticias que hemos visto en el año, sobre todo las relacionadas con el crimen. La situación en tu pintoresco país es cada vez más difícil para todos, principalmente para un pobre viejo como yo: solitario, gordo y pacífico. El año pasado me dejó muy malos recuerdos. Te cuento, amigo Jaime, que repartía juguetes en Chihuahua y estacioné mi trineo en una calle oscura. Mientras dejaba juguetes junto a los vistosos arbolitos, un grupo de vándalos se estacionó al lado de mis renos. Los sujetos viajaban en una Hummer polarizada, y como andaban ebrios y gritones comenzaron a burlarse de mi trineo y de mis animales. Cuando al fin los venció el aburrimiento, subieron a su vehículo y uno de los guaripudos sacó la cuerno de chivo por la ventanilla. Casi a quemarropa le disparó a un reno que quedó tendido, sangrante, en el asfalto. Cuando llegué a la escena, lo vi muerto, pero no hice nada. Luego pasó algo similar en Tamaulipas: yo repartía obsequios, y cuando volví ya me habían decapitado a cuatro renos; me dejaron un mensaje escrito: ‘Haqui no te metas desgrasiado’. Luego, en Michoacán, aconteció algo todavía más terrible: me levantaron. Les dije que yo era Santoclós, pero no me creyeron. Insistí un buen rato, y los tipos sólo me amenzaban con maldiciones brutales: ‘¿Con que Santoclós, no?’, luego me gritaban, burlones: ‘¡Jojojojo, tu puta madre es Santoclós, panzón!’. Así, vociferaron y me dieron de golpes en el rostro hasta que perdí la conciencia. Me dejaron tirado, maltrecho, en un río seco de La Laguna. No sé cómo fui a parar en ese sitio insalubre, pero desperté, busqué a los pocos renos que me quedaban y salí huyendo de México. Ah, hice la denuncia, pero al parecer no sucederá nada, nunca darán con los que me agredieron.
Por eso no me verás por allá, Jaime. Porque en el fondo no crees en mí y porque tu país es muy peligroso. Que mejor los reyes magos lleven los malditos juguetes. De perdida ellos andan en bola. Además, supe que Baltasar tiene muy buenas relaciones con Obama.
Pese a todo, feliz navidad. Atentamente: Santoclós”.
o
Terminal
En nuestra gustada sección “Creatividad navideña”, va: una ocurrencia: no estaría mal, fuera de bromas, que hubiera un servicio de mail supuestamente atendido por Santoclós. Allí, el hombre de los chapetes rojos y las barbas blancas podría disculparse por no haber llevado regalos debido a los múltiples pedidos que recibe. Eso les serviría de maravilla a los padres en aprietos económicos. Pongo, pues, sólo para los días 25 y 26 de diciembre, la dirección santoclos@rocketmail.com. Pueden solicitar, si gustan, una justificación “de Santoclós” para el hijo que se quedó sin regalo por falta de plata en los bolsillos de papá. Nota: por cuarto año consecutivo, esta columna no se tomará ni un solo día de vacaciones.

miércoles, diciembre 10, 2008

Productos navideños



La crisis nos está pegando a todos. Hace años, los amigos del mundillo cultural, orgullosos defensores de sus torres marfilinas, no aceptaban ensuciarse las manos en el poco enaltecedor, para ellos, oficio del comercio. Los artistas, orgullosos como digo e incapaces de vender nada, vivían de lo que fuera, pero nunca se manchaban el ego con el ofrecimiento de productos y servicios comunes y corrientes, indignos de tan inspirados creadores. Pero la necesidad es la necesidad, y ahora hay que buscarle en lo que sea para sobrevivir.
De eso me di cuenta en los días recientes. Varios mails publicitarios me alertaron sobre ese viraje del comportamiento artístico. Ahora ya se vale que un pintor, que un músico, que un escritor o quien sea dedicado al arte le haga publicidad no a su obra, sino a productos que antes sólo eran explotados por las señoras. Me refiero a las galletitas, a los chocolatitos, a los adornitos, a todo eso que termina en “ito” y sirve para que el espíritu navideño nos invada con mayor hondura y centellante rapidez.
Para qué mentir, pues. La situación también me ha orillado a trabajar una línea de productos y servicios navideños que pongo a la consideración del amable, inteligente y distinguido consumidor lagunero. Ojalá que estas fiestas decembrinas sean acompañadas por alguno de los siguientes productos:
1) Reno poeta. Se trata de un hermoso reno de peluche abundantemente decorado; tiene una gran cornamenta que puede servir para colgar llaveros o notas de pago que dejemos pendientes para enero. Su mejor gracia es que al oprimir su nariz escarlata nos recita fragmentos de “El brindis del bohemio”.
2) Esfera mágica. Linda esfera de colores cuyo encanto radica en que la adjetivamos “mágica”, aunque eso sólo sea un adjetivo que muy poco tiene que ver en verdad con el producto. Para justificar la supuesta magia, sin embargo, la esfera contiene una bebida lista para ser ingerida y sorprender a los invitados durante la cena de navidad. Las tenemos con ron, con brandy, con tequila y, las más económicas, con sotol.
3) Villancicos a domicilio. Se trata de un servicio único en la comunidad, pues reúne a varios de los más inspirados escritores laguneros que personalmente y en persona llegan a cantar, cual rondalla que sí razona, villancicos vanguardistas y, por tanto, de la más elevada calidad literaria. El grupo de villancillistas ascendía en julio a ocho personas, pero tras la crisis económica nuestro contingente aumentó a treinta, lo cual garantiza una mayor y más lastimera emotividad.
4) Santoclós flaco, chaparro, moreno y lampiño. En claro rechazo a la invasión de modelos extranjeros, hemos decidido acabar de golpe con la imagen gordezuela, robusta, blanca y barbada del Santoclós imperialista. Por ello, ofrecemos la entrega de regalos a domicilio mediante un mecanismo que denominamos “santoclosización nacionalista”. Nuestros sannicolases se apegan al tipo étnico predominante en esta suave patria (usted puede escoger al Santoclós que más le guste si contrata el coro de los villancicos, pues sus integrantes también se alquilan para entrega de regalos).
5) Piñata literaria. “No quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, dice la hermosa cancioncilla que entonamos en estas fechas de armonía familiar. En consonancia con el espíritu que rechaza los apetitos materiales, hemos diseñado una piñata que en vez de dulces, naranjas, cacahuates y tejocotes contenga libros, esas ediciones que los escritores laguneros jamás hemos podido vender y que sin embargo gozan de extraordinario prestigio entre nuestros amigos. Es un producto innovador, pues además de diversión la piñata literaria garantiza que los libros por fin terminen en alguna parte distinta a la casa de los autores.