sábado, junio 29, 2024

Filibusteros del arte

 









Antonio García Villarán es un pintor y profesor de arte español dedicado también a la crítica. No sé mucho sobre él, pero conozco sus opiniones y lo digo si demora: estoy casi totalmente de acuerdo con lo que afirma. El espacio que usa para divulgar sus pareceres es, sobre todo, YouTube, y como sus videos suelen tener muchas visitas, creo que es viable considerarlo, en la terminología hoy de moda, “youtuber”. Hasta donde sé, García Villarán acuñó un neologismo feliz: “hamparte” —formado por las palabras “hampa” y “arte”—, con el cual designa a los hampones del arte, a los filibusteros que con un talento minúsculo (o sin él) se cuelan a las galerías y triunfan en el mercado gracias a la depravación de los parámetros estéticos.

Los videos de García Villarán tienen, como es común en los productos de este tipo, un acabado rústico pero sumamente eficaz. Él, con un estilo algo excéntrico, aparece a cuadro en su estudio y propone hablar sobre tal o cual artista plástico. Con una edición vertiginosa de imágenes e intercortes sin continuidad exacta, pespuntea de lo que afirma en primer plano a ejemplos de la obra y del artista examinados. En el fluido discursivo suma imágenes burlonas y uno que otro efecto especial también deliberadamente rupestre, pues sabe que el mérito de su trabajo en YouTube no está en la forma de las cápsulas, sino en la sensatez y el humor de los análisis.

En México su equivalente más cercano es Avelina Lesper, con quien ha dialogado, pues ambos apuntan hacia la misma denuncia del arte engañabobos que en la actualidad ataca como lepra al arte digno de este nombre o al menos meritorio. Con ambos podemos estar en desacuerdo en la valoración de una obra u otra, pero creo que estaremos muy en sintonía con ellos cuando analizan mamarrachos pictóricos, escultóricos, instalaciones, intervenciones, performances y otros engendros con menos arte que un escupitajo pero justificados con teorías que no por su gravedad expositiva dejan de ser cómicas. Ciertamente, las virtudes que es posible atribuir a tales obras siempre son “posteriores”, como dice Borges en “El Aleph” cuando Daneri pondera la excelsitud de su cojitranco poema.

Queda claro que el crítico español (andaluz) no la emprende contra los artistas amataurs que quizá con fines terapéuticos, poco talento y gran esfuerzo intentan plasmar algo sin la pretensión de recalar en una galería y además obtener gordos dividendos en metálico, sino contra aquellos que, sin talento ni preparación, eyectan cualquier inmundicia, luego inventan una paparrucha seudoacadémica y al final depositan toda su fe en el altar de la mercadotecnia. Así, los “hampartistas” presentan proyectos estrafalarios en galerías y museos donde se da cita, vino tinto en mano y gesto adusto, la complicidad de críticos, curadores, empresarios, publicistas y demás delincuencia organizada organizada para engañar a un público ansioso de novedad y “ruptura”.

Hay numerosos ejemplos del trabajo en video acometido por Antonio García Villarán. Insisto en señalar que adhiero a muchas de sus posiciones, y sólo por destacar alguna de las piezas, cito la referida a un artista (llamémosle tentativamente así) brasileño de apellido Romero Britto. Podemos acceder al comentario en el post “Sobrevalorado e infantiloide. La obra millonaria de Romero Britto. Miami. ¿Arte?” Comprobaremos allí que —pese a la obvia pésima calidad de un cabezón que apenas puede manejar las pinturas Vinci— no está de más explicar el inexplicable alto precio alcanzado por cierta mierda en los aguantaderos del hamparte.

miércoles, junio 26, 2024

Crepúsculo de GGM

 











Recuerdo la reticencia con la que Julio Scherer describió su último encuentro con Gabriel García Márquez. Lo cuenta en Vivir (Grijalbo, México, 2012), uno de los muchos libros que escribió el periodista mexicano en la etapa final de su andadura. En el trozo que dedica al colombiano se nota que el fundador de Proceso no quiere enfatizar lo que contemplan sus tristes ojos: el declive del amigo, ya ostensible en el deterioro de su memoria, lo que anunciaba la muerte del premio Nobel 1982.

Esto que un mediodía de 2014 conmovió a Scherer fue vivido con desgarramiento, durante varios meses, por Rodrigo García, hijo del novelista. O no sólo por él, sino también por Mercedes Barcha y Gonzalo, esposa y segundo hijo del escritor que en su casa de la Ciudad de México se fue apagando hasta partir un Jueves Santo. El relato de este crepúsculo fue publicado años después, en 2021, por Rodrigo en el libro titulado Gabo y Mercedes: una despedida (Literatura Random House, México, 139 pp.).

Es un libro de género híbrido, pues lo mismo participa de la memoria, la crónica y el testimonio. Rodrigo García se instala en el presente y observa el ocaso de su padre. Así, da cuenta cronológica del apagamiento y la circunstancia que rodeó a su famoso padre en aquel periodo de conclusión. En medio de tal relato, innegablemente doloroso, recuerda situaciones, anécdotas, rasgos de Gabo vinculados a su vida creativa y al entorno familiar. Se trata pues de una mirada no sólo cercana al escritor, sino prolongada, ofrecida desde la perspectiva de quien de manera natural, como hijo, ha podido ver y escuchar al laureado narrador en su círculo más íntimo.

Así, la crónica del gradual apagamiento de GGM permite avanzar hacia el pasado y, también, hacia las reflexiones de Rodrigo frente al hecho cierto de que un talento extraordinario está por extinguirse. En algún punto expresa su duda: no sabe si tomar nota del declive de su padre, para luego escribir, es un acto prudente o impudente, pues sabe que este tipo de acercamiento podrá ser tomado como oportunismo: "Me aterra la idea de tomar apuntes, me avergüenzo mientras los escribo, me decepciono cuando los reviso. Lo que hace al asunto emocionalmente turbulento es el hecho de que mi padre sea una persona famosa. Más allá de la necesidad de escribir, en el fondo puede acecharme la tentación de promover mi propia fama en la era de la vulgaridad. Tal vez sea mejor resistir al llamado, y permanecer humilde. La humildad es, después de todo, mi forma preferida de la vanidad. Pero, como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil". Al final decide, momento tras momento, seguir con el registro en estampas, en tramos cortos, del ocaso material de quien escribiera Cien años de soledad, y gracias a esto tenemos hoy la crónica de una muerte contada desde dos cercanías: la física y la del corazón.

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir. Todo lo que había vivido, presenciado y pensado estaba en sus libros, convertido en ficción o cifrado. 'Si puedes vivir sin escribir, no escribas', solía decir. Yo estoy entre los que no podrían vivir sin escribir, por eso confío en que me perdonaría", señala Rodrigo García Barcha casi en el cierre del libro. No podemos saber si su padre lo perdonaría; nosotros, sin duda.

sábado, junio 22, 2024

Una pinacoteca en libro

 











Pinacoteca del Ateneo Fuente. 100 años (UAdeC, Saltillo, 2019, disponible en PDF gratuito en la web de la Secretaría de Cultura de Coahuila) es un libro que recoge la historia y en fotos gran parte del contenido resguardado en la institución nombrada en el título. Se trata pues de un documento compendioso, un resumen acabado de la colección de su tipo más valiosa de nuestra entidad, como en el libro lo señala Marco Antonio Contreras, director del Ateneo Fuente: “nuestra pinacoteca se sitúa como la sala de arte más grande de Coahuila de Zaragoza, lo que representa un orgullo para el Ateneo Fuente y para la Universidad Autónoma de Coahuila”.

La publicación cuenta con tres textos introductorios firmados por Salvador Hernández Vélez, el mencionado Marco Antonio Contreras y la casa editora (Quintanilla). En su turno, Hernández Vélez apunta que “El Ateneo Fuente resguarda la historia de la procedencia de las obras que se fueron integrando a la colección original, proveniente en su mayor parte de la antigua Academia de San Carlos, posteriormente enriquecida por aportaciones de estudiantes de la Academia de Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente y por donaciones de don Artemio de Valle Arizpe”.

La tarea de describir el origen, la evolución y la actualidad de la obra plástica contenida en el Ateneo saltillense recayó en Sylvia Georgina Estrada, periodista, quien trazó una investigación que en el libro es apuntalada por imágenes de documentos relacionados con la fundación del acervo. Dato de suyo interesante es el que se refiere al primer motor que viabilizó la creación de este espacio (Venustiano Carranza): “Se dice que el cieneguense estuvo atrás de las gestiones que dieron forma a la Pinacoteca del Ateneo Fuente. Carranza estudio en la escuela fundada en 1867 y que entonces dependía directamente del Gobierno del Estado. Fue uno de sus hombres de confianza, Gustavo Espinosa Mireles, gobernador de Coahuila, junto al escritor Artemio de Valle Arizpe, quienes se dieron a la tarea de reunir una colección de pinturas para la institución de la que también eran exalumnos”.

El desarrollo de la investigación resalta los momentos y las personalidades vinculadas al origen y primer asentamiento de la pinacoteca. Destaca allí Rubén Herrera, zacatecano que fue fundamental en la creación de la sala además de la encomienda de organizar una academia, lo que a la postre será otro pilar en el que se sostendrá la muestra: “Después de 13 años de estudios en Europa, Rubén Herrera regreso en 1920 a su alma mater con el propósito de crear la Academia de Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente. En los archivos ateneístas se encuentra una carta, fechada el 13 de enero de 1921, en la que el secretario general del gobierno presidido por Luis Gutiérrez le pide al artista que organice ‘una fiesta literario musical para celebrar debidamente la inauguración de la Academia’”. Igualmente se pone énfasis en la figura de Artemio de Valle Arizpe como gestor del primer acervo con obras de gran valor, muchas de ellas traídas de Europa.

El libro suma 239 páginas, y como corresponde a los volúmenes de este tipo, la mayor parte de ellas está dedicada a la muestra de la colección, que comienza a partir de la página 41 con las reproducciones (fotos de Ramón Zertuche) y las cédulas preparadas por Érika Flores Padilla.

En suma, un libro de lujo puesto gratis en PDF a la vista del lector.

miércoles, junio 19, 2024

Narrativa turbo de Juan Romagnoli

 





















Los nombres de los géneros son convencionales. Los aceptamos para saber más o menos de qué hablamos, pero en el fondo da lo mismo el molde, sea el que sea. Podría decirse pues que lo importante no es el continente, sino el contenido. Así, y más allá de las pequeñas variantes que pueda suponer una escritura u otra, llamamos al relato corto de distintas maneras sólo para que la desorientación no nos abrume: microficción, microrrelato, micronarración, narración breve, cuento súbito, cuento brevísimo, minificción…

Pasa algo similar con ese género nacido ambiguo que solemos llamar novela corta, noveleta o, con regodeo galicista, nouvelle. ¿Por qué no llamarle micronovela? Fuera del gélido contexto académico da igual no ceder a la manía nominativa, creo, pues en el caso de la micronovela lo importante, también, es el contenido, no el recipiente que la acoge ni su rótulo. Veamos dos libros con relatos de esta índole.

La micronovela Una bala lleva tu nombre (Macedonia, Morón, 2024, 48 pp.), de Juan Romagnoli (La Plata, 1962), es un relato convincente, eficaz y tenso, legible a velocidad turbo, lo que calza muy bien con su trama de road movie.  Dos delincuentes, Gómez y la Rubia, algo así como Bonnie & Clyde del Gran Buenos Aires, perpetran un robo en Adrogué. El relato comienza cuando, dinero en mano, recién comienzan su escapatoria en el entorno oeste de la capital argentina. No han hecho ni un disparo, pero de todos modos se cuidan de la policía mientras avanzan en su huida. Pasan en esa agitación por Campana y otros lugares cercanos. Su idea es, de hotelito en hotelito, escurrirse por el norte hacia la frontera con Brasil. El problema, sin embargo, no es rajar ante el pálido acecho de la justicia, sino de Tino, expareja de la Rubia. En esto se basa el suspenso de la aerodinámica narración.

Lamentablemente para Tino, quien gozó los favores de la Rubia mientras Gómez mordía barrote, la pareja de ladrones sabe que el tercero en discordia los perseguirá, y ni la Rubia quiere regresar con él ni Gómez desea tenerlo cerca. Contar más es adelantar con imprudencia, “espoilear”, como se dice ahora. Sólo es necesario añadir que Romagnoli ha escrito un cortometraje textual en el que la velocidad juega un rol fundamental: velocidad en los autos, velocidad en las decisiones de los protagonistas, velocidad en la resolución del conflicto. Sólo falta añadir a esto la velocidad en la lectura de quien pase su mirada por las páginas de Una bala lleva tu nombre. El final llegará pronto y, estoy seguro, nadie se sentirá defraudado.

Del mismo autor, el libro Eran viejos conocidos (Macedonia, Morón, 2024, 56 pp.) presenta las mismas características a la obra anterior y añade otra que enfatiza la peculiaridad del género. Esta nueva característica es, precisamente, la que fuerza el uso de la etiqueta “micronovela” y no “macrocuento”. Si bien por extensión se podría pensar todavía en un cuento largo, en Eran viejos conocidos hay un protagonista, Tomás, que sirve como eje de la historia, pero es el despliegue de hechos y personajes distribuido en capítulos brevísimos lo que amplía y desborda las lindes del cuento. Es una sola historia, en efecto, como si fuera una sola bala, pero es expansiva, se abre a muchas subhistorias, lo que añade el ingrediente novelístico.

Del género fantástico —no creo que sea ciencia ficción al uso—, el relato narra un acontecimiento largamente imaginado por la humanidad: la llegada a nuestro globo de seres extraterrestres. El revuelo que provoca la noticia es visto desde la modesta realidad de Mendoza, Argentina, donde vive Tomás. Nuestro protagonista sigue desde aquella provincia vitivinícola las noticias que fluyen a través de los medios de comunicación. Lee y escucha lo que se sabe y se especula sobre los visitantes, y lo que los políticos y los científicos sueltan a confusos chorros por los afluentes del periodismo. La historia avanza y tiene un vuelco cuando un dato inquietante brota al público: los extraterrestres son neandertales alguna vez secuestrados de la Tierra y llevados a un planeta remoto donde no se extinguieron y, claro, siguieron su extraña evolución. Otro elemento significativo es la aparición, no sin humor, de Diana, una científica mendocina que casualmente trabaja en la NASA y tiene cierto parentesco con Tomás. Hasta su inesperado cierre, el relato se precipita en acontecimientos que colocan a Mendoza en el centro de la actualidad mundial. De nuevo, pues, el autor ha contado vertiginosamente una historia cuyos capítulos nos bombardean como luz estroboscópica.

En las dos obras mencionadas, la novela corta, llamada “micronovela” por su autor, nos abre la ventana a un tipo de narración mestizo en el que la amplitud y la pluralidad de la novela se comprimen y avanzan como la pedrada que suele ser el cuento. Es, en todo caso, una mixtura atrayente y harto atendible, una fusión que calza bien al tiempo que vivimos de fragmentarismo, rapidez y eficacia literaria.

sábado, junio 15, 2024

La ruta de don Miguel

 









Leo la cronología preparada sobre Cervantes en un libro que por ahora no viene al caso mencionar, y quedo una vez más aturdido ante los vericuetos por los que debió atravesar el más grande escritor de nuestra lengua antes de llegar a la composición de su obra cumbre y no cumbre. Si me pidieran una sola palabra para resumir toda su andanza, diría ésta: odisea. Y sí, su vida fue una odisea tan agitada y agobiante que apenas es posible creer que en medio de tan incómodas peripecias el Manco fue capaz de crear lo que creó. Si no fuera porque es cierta, la suya parece una cronología fantástica, el itinerario de un ser salido de la imaginación de un fabulador que nos quiere ver la cara.

Ya desde pequeño comenzó su trashumancia. Había nacido, como sabemos, en el ombligo de España, en Alcalá de Henares, hacia 1547. En 1551 su familia pasó a Valladolid, donde los huesos de su padre recalaron en la cárcel, un hábito, como se vio luego, que también bullía en el ADN de Miguel. Bajo el sol vallisoletano llega a 1566, cuando pasa a radicar en Madrid. Allí le ocurren dos hechos significativos: publica por primera vez (unos poemas que no ha celebrado la posteridad) y cae en prisión por un altercado (diríamos hoy “de nota roja”) cuya víctima fue un tal Antonio Sigura. Según la cronología, este desaguisado pudo ser la causa de su salida de una península para deambular en otra, la italiana, donde arreció una movilidad que no halló sosiego durante décadas, puede decirse que hasta su muerte.

Sin reposo, ajeno a las comodidades del business class o de los hoteles contratados por internet, un poco por culpa de su voluntad y otro poco por la mano invisible del azar, Cervantes erró por Roma, Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma, Ferrara; participó en el combate de Lepanto, luego en otros por zonas de la costa africana como Corfú, Bizerta y Túnez; cuando desea regresar a España lo toman cautivo y llega a su célebre confinamiento en Argel. Tras un lustro de prisión, es rescatado, vuelve a España y sigue allí su errancia; viaja a Lisboa; se casa; en Sevilla cae preso y ya para no marear más el periplo, llega a Madrid siempre a los tumbos, sin saber cuál iba a ser su siguiente derrota (“derrota” en ambos sentidos de la palabra).

En todo aquel trajín, como pudo se las arregló para leer y aprender en los libros que se le atravesaban, y es de suponer que debió obligarse a la comprensión inmediata de lo leído, pues no tendría luego la oportunidad de revisitar las mismas páginas. Más importante fue su lectura de la vida: en sus viajes mediterráneos se las vio con todo género de personas, de todas las calidades, condiciones y estados, desde el sujeto prominente al desvalido, desde el lúcido al imbécil. Todos le enseñaron a conocer la entreverada naturaleza humana, tanto que en su cautiverio argelino concibió la idea de escribir la historia del caballero andante y de toda la caterva de personajes que en su historia se congregan.

Para los parámetros de su época y aún de la nuestra, Cervantes fue longevo: vivió casi setenta años. Podemos decir que en los primeros cincuenta, entre caídas y quebrantos más que entre ascensos y caricias, aprendió lo necesario para trabar en sus últimos veinte años —que tampoco fueron mullidos— la obra que lo haría aterrizar en la inmortalidad.

¿Cómo pudo ser que este hombre desventurado, apaleado, ninguneado, molido en el trapiche de una existencia errabunda y tortuosa, haya podido escribir lo que escribió? Su cronología basta para advertir que es un milagro, y que, contra lo que se piensa, la mejor obra de Cervantes fue Cervantes.

miércoles, junio 12, 2024

La tentación de releer(me)

 











En una entrevista de radio fui impelido a decir, de memoria, al menos un fragmento de alguna de mis piezas literarias. Defraudé la petición con una verdad: jamás he memorizado nada de lo que he escrito, creo que ni una línea. Esto se debe a la mala memoria y al pudor: si voy a gastar tiempo y neuronas en retener literatura, prefiero, como le he hecho, que sea de algún escritor admirable, no incierto material propio.

Por supuesto que releer la obra personal —para corregirla, no para memorizarla— es parte ineludible del oficio. Esto que ahora escribo para la prensa lo reviso tres o cuatro veces antes de enviarlo al matadero de la publicación. No hay tiempo para más. Con los libros, la relectura para revisar y corregir da mayores márgenes, y sé, porque esto hago, que un libro puede ser leído quince, veinte veces o más cuando es posible o cuando no cede la inseguridad sobre el valor de su contenido.

Ya publicado, la cosa cambia. En mi caso, sufro una especie de aversión a su relectura, como si al llegar a la condición de libro la escritura se desprendiera para siempre de mi ser, tanto que el miedo a reencontrarla muta a pavor. Pero hay una excepción, debo reconocerlo. Ocurre cuando regalo algún libro (de mi autoría, digo) a alguien que admiro. Más de una vez —hace poco lo viví en un par de ocasiones— me veo tentado a pasar la vista por sus páginas para sentir en mi fuero íntimo si algún párrafo tomado y leído al azar no suena mal, para leer como si leyera quien recibió el obsequio. A veces me arrepiento, a veces no, y respiro aliviado como creyendo ingenuamente que al no decepcionarme no decepcionaré. Este es un lío en el que se mezcla la inseguridad, el ego, la incertidumbre, el deseo de ser grato y la tenaz sombra de la frustración.

Hay otro caso excepcional: cuando se abre la posibilidad de reeditar un libro. Esto lo he vivido al menos cinco veces, y en todos los casos por supuesto que aprovecho la circunstancia para releer y pulir con un criterio: sumar la menor cantidad posible de modificaciones, de preferencia todas leves. La labor en tales casos no ha sido traumática, y esto lo atribuyo al hecho obvio de que ya alguna vez, en su primera edición, el material fue celosamente revisado, con lupa a veces, de modo que la lectura previa a la reedición no es un trabajo áspero. Eso sí: jamás queda firme, sólida, la certeza de su calidad final. A lo mucho, el único dividendo obtenido es saber que se hizo lo que se pudo con mirada autocrítica, sin el chantaje interior dictado por la vanidad.

martes, junio 11, 2024

Miembro honorario de Letras de Chile

 











Agradezco profundamente este honor a la Corporación Letras de Chile. Me sumo con alegría a sus propósitos de divulgación literaria con el ánimo y la convicción que allá les he visto y les aplaudo. Muchas gracias de veras por su generosa iniciativa, la de investirme como primer miembro honorario extranjero de su institución. Aquí la nota que consigna el hecho.

sábado, junio 08, 2024

David, mail y conclusiones

 











Como humilde tributo, tuve dos veces la oportunidad de mencionar a David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010) durante mi reciente viaje a la Argentina. La primera y más importante, el 9 de mayo en una mesa organizada dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La verdad es que desde el año 2000 tengo muy presente a David. Además de vernos tres veces en persona, recibí su lúcida amistad, por mail, durante la década final de su vida, y no dudo en confesar que, como amigo y maestro, fue un ser humano decisivo en mi vida.

David practicaba la buena y ya casi olvidada buena costumbre de enviar cartas. Por correo electrónico, obvio. De haberse dado en estos tiempos, aquel diálogo virtual quizá se hubiera visto entorpecido por Whatsapp, que, sospecho, acelera y atropella tanto la interlocución que al final es imposible saber de qué se habló, hallar un hilo conductor en las conversaciones. Por mail todavía era, y es, posible dialogar con cierta morosidad y hondura, como lo hacía David y como yo trataba de corresponderle (aunque, claro, sin su sabiduría).

Veo un ejemplo de los muchos que quedaron resguardados en la bandeja de mi correo electrónico. En una carta de enero de 2008, escribió: “Acabo de terminar de leer la tercera de las tres novelas de Ross Macdonald, protagonizadas por el detective Lew Archer, que forman un volumen encuadernado de la colección de la Biblioteca de Letras. Las tres novelas son: The Galton Case, The Chill, y Black Money. A veces tienden a ser demasiado enredadas, pero están llenas de inteligencia y de un agudo estudio de la naturaleza humana. También, de momentos y frases dignos de ser recordados.

Anteriormente leí una selección de cuentos tempranos de Raymond Chandler —el nombre del libro es Trouble Is My Business, y se completa con otro titulado Red Wind, que no saqué de la biblioteca por error— y en donde los protagonistas son varios detectives, todos parecidos entre sí, y anteriores al definitivo Philip Marlowe”.

Sin detenerse mucho, pero con agudeza, David comenta sus lecturas de aquellos días. En sus palabras se nota el deseo de compartir algunas veloces impresiones de lector. Sigue:

“Otra cosa que leí, como parte de estos entretenimientos del verano, fueron los Aforismos de Lichtenberg, que antes había consultado algunas veces, pero ahora lo leí íntegramente. Verdaderamente notable.

Ahora me queda por leer el último libro que me traje de la BdeL, también un ‘omnibus’ como los llaman en Estados Unidos, y que contiene tres novelas de mi admirada Ruth Rendell. Estoy disfrutando de estas lecturas, porque en los últimos años casi no he leído nada que no fuera por obligación, es decir, en relación con algún trabajo que estuviera haciendo. Esto, en cambio, es esparcimiento”.

Dos o tres conclusiones de mi parte: extraño aquel tipo de charla epistolar, los maestros son maestros para siempre y uno debe leer también, aunque sea de vez en cuando, por puro esparcimiento.

miércoles, junio 05, 2024

Frases ubicuas

 











Ahora la publicidad no sólo es infinita, sino también los espacios mediante los que la divulgan. Esta es la razón, creo, por la que hoy es casi imposible lograr la fijación uniforme de imágenes y frases urdidas con el ánimo de permanecer en la memoria del receptor. Los mensajes son tantos y las plataformas de difusión están tan segmentados que es casi imposible tocar de manera homogénea a los destinatarios: lo que hoy escucha un joven, jamás alcanza a un viejo, y viceversa.

No muchos años atrás, digamos treinta o cuarenta, esto no era así. La televisión, el medio más poderoso, tenía cuatro canales nacionales. Todos los mexicanos los veíamos todos, así que hubo un periodo en el que resultaba casi imposible que no supiéramos a coro nacional, por ejemplo, los eslóganes, los jingles y los lemas de la publicidad. Algunos sobreviven unánimemente entre los mayores de cincuenta años, como estos cinco gubernamentales y otros cinco comerciales:

“¡Ya ciérrale!” Fue una campaña para el ahorro de agua; en el anuncio, un niño algo obeso decía el verbo imperativo y con la mano hacía la seña de cerrar una llave de agua.

“Cumples y te encuentras con Lolita, fallas y te enfrentas a Dolores”. Eslogan simpático-temible de la Secretaría de Hacienda setentera.

“Hablando se entiende la gente”. Frase de Teléfonos de México antes de que Slim lo agarrara en oferta durante el sexenio de su compa Salinas de Gortari.

“La familia pequeña vive mejor” y “Pocos hijos para darles mucho”. Creo que las dos aparecían en el mismo anuncio diseñado ante el estallido de la demografía del DF.

“¡Pero te peinas!” Frase de cierre en la campaña para promover la credencial con fotografía de lo que hoy es el INE.

“A que no puedes comer solo una”. Hace cuatro décadas no había quién ignorara este eslogan de Sabritas, que desde entonces nos ha hecho adictos a la grasa saturada.

“En la casa, en el taller, en la oficina, tenga usted Vitacilina”. Se basa en la rima, como en tantos anuncios de aquella época.

“La rubia que todos quieren”. Eslogan de la cerveza Superior (clara) y uno de los más famosos entre los borrachos y los no borrachos del país.

“Mejor mejora Mejoral”. La atribuyen a Salvador Novo; obvio, es del ácido acetilsalicílico de la marca Mejoral.

“Pues… te la presto”. Cachonda, la enunciaba Lucía Méndez mientras, supuestamente desnuda debajo de la camisa Manchester, comenzaba a desabotonarla.

sábado, junio 01, 2024

Palabras que se bifurcan

 













En varias notas publicadas en esta columna he querido subrayar curiosidades vinculadas con la palabra. No con la mirada del especialista, que estoy lejos de asumir, sino la del usuario asombrado ante la plasticidad de la escritura y, sobre todo, del habla nuestra de cada día. Hasta una plaquette provisional organicé con esos apuntes (Voces de la calle, Universidad Iberoamericana Torreón, 2023) a los que en un futuro, si esto crece, puedo sumar la siguiente anotación.

Hay algunas palabras que sin perder una sola de sus características formales alcanzan significados muy distintos. No lo señalo por su función metafórica, como decir “la copa del sombrero”, donde la palabra “copa” no es usada en sentido estricto, sino figurado. Más bien, se trata de palabras que usamos habitualmente en determinada orientación semántica y colocadas en otro contexto no dejan de mostrar cierta rareza. Como ocurre con frecuencia en estos casos, los ejemplos mostrarán con mayor claridad lo que he tratado de explicar. En cada caso sólo mostraré el ejemplo del uso habitual y luego del inhabitual; creo que así se advertirá que la palabra ha sido sacada de su uso regular y ha pasado a otro menos usual.

Ambulancia. "La ambulancia salió a toda velocidad"; “Le gustaba caminar por las noches y disfrutar esa grata ambulancia”.

Observar. "Me aburrí al observar el río"; “Era un tipo siempre acostumbrado a observar las leyes”.

Comisión. "La Comisión decidió no aprobarlo"; “Cayó en la cárcel por la comisión de un delito muy grave”.

Interesar. "La película logró interesar a los niños"; “La bala logró interesar uno de sus pulmones”.

Realista. "Soy realista: no conseguiré ese trabajo"; “Muchas personas son realistas, apoyan a la monarquía”.

Hechizo. "Cayó bajo el hechizo de su mirada"; “Con pedazos de madera y lámina construyó un carro hechizo”.

Sancionar. "El jurado lo sancionará por transgredir la ley"; “Los legisladores se negaron a sancionar la ley”.

Aterrar. "El camino es muy oscuro y lo va a aterrar"; “Solo sale a la calle para aterrar la ropa”.

Copia. "Sacó una copia fotostática de poema"; “El jefe autorizó gran copia de regalos para los niños”.

Policía. "La policía de la ciudad tiene nuevas patrullas"; “Los aztecas se organizaban con mucha policía”

Suspendido. "Fue suspendido para todo lo que resta de la temporada"; “La lectura de esa novela me tiene muy suspendido”.

miércoles, mayo 29, 2024

El método Chandler


 






No es infrecuente que en las entrevistas a los escritores se les pregunte si tienen algún tipo de ritual para que las musas acudan y ayuden a trabajar. Algunos responden que no, que simplemente se sientan frente al teclado y comienzan a fluir las palabras por sus brazos, esto sin importar ninguna situación externa como el horario, el ruido, la música, el calor, el frío, el alcohol, el café, el cigarrillo o cualquier otro tipo de estimulante. Otros más, quizá la mayoría, expresa que si no se presentan ciertas condiciones, las que cada cual ha elegido, son incapaces de parir un solo párrafo.

Entre los dos extremos, claro, hay puntos intermedios, tipos que se muestran favorecidos por alguna condición que, si no se da, de todos modos no quedan anulados, pues se fuerzan a escribir más allá de las cábalas personales o de las circunstancias que bombardean desde el exterior.

Leo ahora un brevísimo libro de Osvaldo Soriano titulado Soriano por Soriano, obviamente autobiográfico. Allí, en uno de sus pasajes hace una afirmación que me gustaría compartir tal cual: “Hoy me enorgullezco de no haber escrito jamás una línea en horas de la mañana. Parece un orgullo esnob pero yo sé que, si lo intentara, saldrían sólo disparates. Lo más temprano que llego a escribir es a las seis o siete de la tarde, y escribo mejor cuando me encierro en lugares extraños, que alquilo o me prestan. Si no conozco a nadie y no hay teléfono, mejor. Chandler recomendaba a los escritores un método que le parecía infalible para vencer la pereza: encerrarse en su cuarto y no hacer nada. En ese juego está permitido no escribir, pero totalmente prohibido hacer otra cosa. Ni leer, ni ver películas, ni hablar por teléfono, ni revisar la contabilidad. Nada que no sea rascarse, mirar el techo, prender y apagar la luz y fumar cigarrillos. Al cabo, pensaba Chandler, uno se harta de no hacer nada y se pone a trabajar”.

Esto lo escribió Soriano cuando internet estaba a punto de entrar a saco en la vida de la humanidad, así que el método de Chandler ahora debe añadir la prohibición del celular. Si no es así, su prescripción resultará derrotada sin piedad por las notificaciones que hoy, para cualquiera, no sólo para los escritores, son el gran enemigo de cualquier concentración.

sábado, mayo 25, 2024

Teatro, juventud y talento

 









Es la tarde del miércoles 22 de mayo y no sabemos con exactitud el destino de la noche. “Vamos de nuevo al teatro”, le digo a Maribel. Buenos Aires, se sabe, es una ciudad abarrotada de teatros. Por ejemplo, las grandotes de la avenida Corrientes, y muchos pequeños a veces levantados con menos plata que ilusión, como dice algún tango. Elegimos otra vez el Nun, un espacio pequeño y acogedor donde a diario hay una puesta diferente y cada una se repite cada ocho días durante cierta temporada. Leí en la web del Nun los comentarios de Tardamos diez años en llegar al corazón, la obra del día, y todos eran elogiosos. Ante los piropos uno entiende que pueden ser excesivos, pero era para el caso lo de menos: la obra nos quedaba cerca, a cuatro cuadras, y las caminamos con el deseo de pasar un buen rato. Esto decía su sinopsis: “Tardamos diez años en llegar al corazón es la historia de dos niñas que deciden matar a su pez llamado Naná. Este pequeño crimen será el fin de la calma de esta familia. Una madre triste, un padre cansado, una tía poco querida y dos niñas muy atentas. Las verdades irán saliendo a flote y la pregunta será: ¿qué hacemos con ellas?”

Pero el buen rato apetecido no lo fue bueno, sino maravilloso. La obra, escrita por Maga Rosu cuando tenía 18 años, cuenta una historia intensa, escrita con precisión y fluidez, con pasajes que pasan de lo cómico a lo tierno y de lo tierno a lo doloroso, todo sin solución de continuidad, a un ritmo emocional de vértigo. Si a la altura del texto se colocan además, como es menester en una obra de teatro, la puesta y sobre todo las actuaciones, el resultado es redondo, podría decirse que cercano a la perfección.

En este punto es necesario destacar las actuaciones. Las cinco son espléndidas, de tan alta calidad que ninguna se queda corta ni desbordaba a las demás: todas lucen una exactitud que pasma, una entonación y una gestualidad en sintonía con la condición del personaje y su situación en cada secuencia.

Juana (Maia Lis) y Elena (Anna Fantoni) son las dos hijas de la familia. La primera es involuntariamente graciosa, inquisitiva, imprudente; la segunda, claridosa, aguda, precozmente adulta. Cada cual desde su trinchera, acribillan con preguntas y respuestas sorprendentes a su padre (Gabriel Schapiro) y a su madre (Maru Belli), que son, él, un tipo abrumado por la vida y las responsabilidades, un tanto tibio en la autoridad con sus hijas; y ella, una mujer atravesada por una melancolía de origen incierto, una pesadumbre que la mantiene en el rincón de los afligidos. El catalizador de un estallido en esa familia algo convencional llega con la aparición en escena de la atractiva y medio lagartona tía Silvia (Susana Giannone), lo que detona un conflicto urticante en el hogar.

Pero, más allá de la trama y de las impecables actuaciones, asombra que se trate de una obra escrita por una joven de 18 que hoy tiene 22, y que ella misma sea la responsable de la dramaturgia y la dirección. Lo dicho: hoy muchos jóvenes viven extraviados en la Absoluta Nada del celular, pero los que sí están sacando provecho a la era de la información pueden tener veinte años y exhibir una madurez de cuarenta. Es el caso de Maga Rosu, autora y directora de Tardamos diez años en llegar al corazón.

jueves, mayo 23, 2024

El sexto piso

 

















Hoy cumplo sesenta y obviamente esto me asombra. Finalmente, el tiempo sí ha pasado y sí sigue pasando: yo soy ahora para mí mismo la prueba de tal plúmbea verdad. Antes, uno ve el paso del tiempo en el exterior: las personas, las cosas, los relatos sobre el pasado. Hoy ya no necesito esas constancias foráneas: lo veo en mi propio ser, en mi alma y, sobre todo, en mi cuerpo, que ya comienzan a parecer los muros de la patria quevediana.

Nadie me previno sobre el desajuste que se da a la edad que hoy tengo. Por un lado, la mente está en un buen momento, piensa mejor que nunca, puede sentir qué idea es afortunada o intuir el mejor rumbo para una reflexión. Supongo que esto es la madurez.

Por otro, el cuerpo se cansa de otro modo, más y peor, y lo que antes jamás dolió ahora se manifiesta con frecuencia casi diaria. Esta dualidad opera esencialmente mal, y debería ser al revés: que el cuerpo duela y se canse en la juventud, cuando estamos fuertes para resistir y las ideas suelen ser superficiales, y que en la edad avanzada la máquina funcione bien para pensar a gusto, sin rechinidos en las articulaciones. Pero bueno, la experiencia es el peine de Bonavena: nos es dado cuando ya no queda pelo.

Uno llega a los sesenta —supersticioso número cerrado— y es como llegar a una colina desde donde se ve otro horizonte, un horizonte en declive, de bajadita. Hacia allá hay que caminar ahora, siempre tratando de no resbalar, de que el descenso sea inevitablemente lento pero firme hasta donde sea posible.

Es la hora, ya, de los sueños prioritarios. Al margen deberá quedar todo lo que no sea aquello que juzgo fundamental, y esto significa que lo que sigue debe estar invadido de palabras, de páginas leídas y de cuartillas escritas, de viajes, de lucha contra el amargor y procura de la mayor alegría que pueda amasar para asir la “felicidad inteligente” que proponía Alfonso Reyes.

Sé que apetecer demasiado a estas alturas es peligroso, pues la salud, la mala en este caso, ya está acechando. Trataré de cerrarle la puerta y de lograr que el engranaje de mi organismo funcione y dé para poder con todo lo que falta, que siempre es más de lo debido.

Tengo a mis hijas, tengo a mi esposa, tengo a mis padres guardados en el corazón, tengo familiares muy queridos, tengo trabajo, tengo amigos, tengo libros y lápices para subrayarlos, tengo un lugar para vivir, tengo una computadora, tengo recuerdos y tengo muchos deseos de caminar con el mejor ánimo hasta la colina que sigue: la de los setenta. Sea.

sábado, mayo 18, 2024

Veinte años no es nada










Hace veinte años, el 15 de mayo de 2004, pisé por primera vez suelo argentino. Entre esa fecha y el presente ha cabido, creo, casi una decena de viajes al mismo país, del que además de la Capital Federal he podido visitar las ciudades de Tucumán, Santiago del Estero, Morón, Tigre, Hurlingham, Ituzaingó, La Matanza, Mendoza, Córdoba y Altagracia, hasta donde recuerdo. Acá tengo muchos amigos, casi todos relacionados con la literatura y el periodismo. Sobre muchos de ellos, y sobre diversas realidades del país, he escrito decenas de textos diversificados en crónicas, reseñas, artículos e incluso algunos cuentos, casi todos publicados en esta ya longeva columna.

Mi relación con la Argentina no cuajó de una manera intencional. Se fue dando sin querer, más bien. Un día por el futbol, otro por la música y uno más por la literatura o la política, noté que me atraían su historia y su cultura, y cuando me di cuenta ya estaba inmiscuido en un conocimiento más o menos amplio sobre su realidad pasada y actual, tan convulsa como estimulante.

En 2004 cumplí 40 años en la ciudad de Tucumán. Ahora, el jueves 23 de mayo, cumpliré 60 en la Capital Federal. Así, habrán pasado ya veinte años de viajes, libros y conversaciones en un país que luego me he esforzado en conocer, no en querer, que esto se ha dado sin obstáculos, como se da todo en las amistades largas y leales.

Los primeros tres viajes fueron ideados originalmente por mi amigo David Lagmanovich, escritor y académico con quien comencé una amistad epistolar, de mail, a partir del nuevo siglo. Durante diez años, desde el 2000 hasta el 2010, cuando murió, los mensajes entre David y yo se cruzaron abundantemente, al ritmo de dos o tres cartas por semana. Nuestro diálogo comenzó por la literatura, pero poco a poco avanzó hacia la confianza que permite el adentramiento en lo personal, incluso en lo familiar. Fue en una de esas cartas donde David me convidó a visitarlo, a conocernos. Él era pieza fundamental en la organización de un encuentro de escritores que se celebraría en Tucumán, y me envió la invitación oficial y los detalles de la cita literaria. David era ya un hombre entrado en edad. Había nacido en la provincia de Córdoba, en 1927, se habían criado en la de San Miguel de Tucumán, y había pasado buena parte de su vida, junto a su esposa y sus hijos, trabajando en universidades de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, hasta que ya jubilado volvió a las tierras tucumanas. A mi parecer, su erudición lo abarcaba todo, de manera que yo me sentía —porque lo era— privilegiado con su amistad de viejo lobo literario.

Viajé de Torreón a la Ciudad de México el 14 de mayo de 2004; el avión a la Argentina voló de día, así que llegué a su capital en la madrugada, el 15 de mayo. Seguí al pie de la letra las instrucciones que por la vía del correo electrónico me dio David, y ya en Buenos Aires amanecí en un pequeño hotel casi aledaño a la Avenida de Mayo, en la calle Tacuarí. Los dos o tres primeros días los pasé en ese entorno, fui al café Tortoni, caminé la Plaza de Mayo, la peatonal Florida, el café London City que era frecuentado por Cortázar, el rumbo del Obelisco, las incesantes librerías de Corrientes. Ese mundo me fascinó y me asustó al mismo tiempo. Luego llegó el día de apersonarme en la terminal de Retiro para tomar un autobús a Tucumán, donde me fumé quince horas de madrugada por territorio argentino.

Así conocí personalmente a David, y en el encuentro de escritores cuya sede fue la Universidad Nacional de Tucumán, comencé a trabar amistad con otros escritores con quienes hasta hoy tengo contacto, como Rogelio Ramos Signes, Julio Estefan y Juan Pablo Neyret.

Al viaje de 2004 le siguieron otros, y en cada uno se sumaron experiencias, anécdotas, presentaciones, amigos, libros, palabras e incluso partidos de futbol. Hoy estoy de nuevo acá, y como pasa siempre que estoy acá y a punto de partir a La Laguna: pienso que puede ser el último viaje, el último saludo de mano a la Argentina. Pero ojalá no, pues siempre que me voy quiero —como dice el tango insignia de Gardel— volver.

Nota. La foto, tomada frente al Congreso de la Nación por mi hija mayor, es de uno de los dos viajes que hice en 2011.

jueves, mayo 16, 2024

Música para la escena


 











Los relatos audiovisuales pueden diversificarse en un sinnúmero de historias y formatos, en una interminable serie de personajes, en una infinita cantidad de atmósferas y paisajes. Son, en una palabra, ecos de la naturaleza y de la compleja vida humana. En todos ellos hay o suele haber, eso sí, un rasgo común que les infunde belleza y eficacia: la música. El cine y el teatro la necesitan porque su fondeo sirve como palanca del relato, no como simple aderezo. Gracias a la música “sentimos” más profundamente la historia que nos cuentan, y aunque a veces sus creadores pasen inadvertidos, lo cierto es que música y relato van de la mano, se complementan en el propósito de infundir emoción en el espectador.

Patrimonio musical para la escena. Música original para obras teatrales en Coahuila (1980-2015) (SEC, 2018, Saltillo, 261 pp.) es un documento generado a partir de una investigación de José Palacios en el ámbito teatral de nuestra entidad. El autor indagó entre la comunidad teatral para esclarecer, sobre todo, quiénes han sido los autores de música original para la escena, y en el camino ha reconstruido el quehacer de los grupos y las compañías teatrales más destacadas de Coahuila en un lapso de 35 años.

Así, Palacios rastrea y obtiene un significativo cúmulo de datos hoy disponibles para saber lo que aquí se ha hecho en materia teatral. No sólo en términos de música original, sino de todo lo que implica el teatro como arte y espectáculo. Grupos y compañías, sobre todo, de Saltillo, Torreón, Monclova y Frontera aparecen descritos en este documento. Directores, actores, escenógrafos, vestuaristas y sobre todo músicos se congregan en Patrimonio musical para la escena, y como complemento documental se reproducen como imágenes muchos programas, folletos y notas de prensa que dan acabado cierto a la investigación. Entre los músicos laguneros que aquí aparecen están, entre otros, Ronny Flores, Cuty Martínez y Raúl Jáquez, y junto a ellos figuran los nombres de personajes como Magda Briones, Antonio Sentiex, Rogelio Luévano, More Barret y la Tropa Cachivaches. Se trata pues de una exploración rica en data, útil para reflexionar en nuestra historia teatral.

Este libro (proyecto beneficiario del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, PACMyC) está disponible gratis en la página web de la Secretaría de Cultura de Coahuila.

miércoles, mayo 15, 2024

Alegría por Pedroni


 










Como en Torreón —toda proporción guardada—, tengo ubicadas en Buenos Aires dos o tres librerías de viejo. El lunes recalé en una de ellas y luego de un rato ya tenía mi lote de compra bien seleccionado cuando al esculcar en un anaquel inferior di sin querer con un libro de José Pedroni (Gálvez, Provincia de Santa Fe, 1899-Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, 1968). Sentí una iluminación, el encuentro de una inesperada alegría en mi tarde bibliográfica por la avenida Corrientes.

El libro es Gracia plena (Colmegna, Buenos Aires, 1976), y el autor, uno de mis ídolos cuasisecretos desde hace más de dos décadas. Lo descubrí gracias a un caset grabado artesanalmente. Contenía canciones interpretadas por Jorge Cafrune, a quien hoy también admiro. En varias de las piezas, el Turco Cafrune se daba a recitar, más que a cantar, poemas de Pedroni.

Gracias a la voz del cantante llegué pues al poeta santafecino, y desde entonces comencé a buscar sus obras en el único espacio a mi alcance: internet. Aunque en medio se dieron al menos seis viajes a la Argentina, nunca vi nada disponible de Pedroni, casi como si estuviera enterrado en el olvido por sus paisanos.

De ahí mi felicidad del lunes 13. Por la miserable cantidad de 1800 devaluados pesos argentinos (hoy no más de 40 pesos mexicanos) me llevé Gratia plena, el primer y por hoy único libro de Pedroni que ahora puedo hojear.

“Gaucho”, un poema que adoro, no está en este libro, pero en momentos de diálogo con mi sombra no es infrecuente que se escape de mis labios alguno de sus versos, como una oración, como un secreto nexo entre el autor lejano y mi cabeza que lo piensa desde la remota Comarca Lagunera. Termino esta confesión de mi alegría con un fragmento de “Gaucho”:

“¿Dónde la voz que diga ¡Por aquí! / en nuestra amarga tarde; / dónde la voz de valeroso rumbo, / que nos enanque / y el ala del sombrero / otra vez nos levante? / Fuerza que se ha alejado de nosotros, / por el mañana, ¡hágase! / Vénganos otra vez, / ¡oh, gaucho!, tu coraje. / Vénganos tu conciencia del deber. / Vénganos tu arranque. / Tu cuchillo de fuego. / Tu altivez, tu donaire. / Tu canto de jilguero. / Tu baile. / Tu corazón de niño. / Tu ángel. / ¡Vénganos sobre el campo, / por el aire!”

lunes, mayo 13, 2024

Himno del IMSS en Bellas Artes

 











El lunes 13 de mayo de 2024 fue interpretado el himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, cuya letra escribí en el año 2000; la música es del maestro Ricardo Serna García. El acto tuvo como sede el Palacio Nacional de Bellas Artes. Comparto aquí la liga.

sábado, mayo 11, 2024

Sontag, libros, lectura y JLB

 









A veces parece que la vida tiene una programación, un plan meticuloso en el que no intervienen los caprichos del azar. Ayer participé en una mesa de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y vi oportuno cerrar mi tiempo con la lectura de una de las piezas instaladas en mi Monterrosaurio (Arteletra, Torreón, 2007), librito que contiene un deliberado, amplio y por ello juguetón estudio sobre “El dinosaurio” de Monterroso y, al final, 85 variaciones mías sobre el cuento brevísimo por antonomasia de la literatura en español. Una de las últimas lleva como título “Borges”, y antes de leerla señalé, sin énfasis pero seguro de lo que decía y ante quiénes lo decía, que la pieza se refería al más grande de todos: “Cuando falleció, el otro Borges todavía estaba allí”, en alusión intertextual, claro, al famoso relato del mismo Borges. La ocurrencia fue recibida, creo, con gusto, y así cerré mi oportunidad ante el micrófono.

Unas dos horas después, ya en la cama, le eché un vistazo de rutina a Facebook y me topé con uno de los aportes buenos que no infrecuentemente tiene esa red social. Es una carta de la escritora norteamericana Susan Sontag a Borges. La fecha en 1996, diez años después de la muerte del argentino. Se trata, pues, de una misiva dirigida a un interlocutor inexistente, aunque en lo literario plenamente vivo. Lo que me asombró de la carta es lo evidente: poco tiempo antes yo había subrayado que se trataba del más grande, y al llegar a casa, no siento que por travesuras del algoritmo, el texto de Sontag prácticamente decía lo mismo.

Después del “Querido Borges”, señala: “Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico”.

Al referirse a la modestia de Borges, una modestia que asombrosamente uno sí cree genuina, comenta: “Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)”

Sontag avanza en su carta “a Borges” y se queja de la situación del libro y la lectura. Ve con pesadumbre el desdén de la gente y el avance del libro digital, electrónico, y supone que el libro interactivo, en pantalla, se sumará a los productos televisivos y publicitarios.

Y cierra: “Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros —de la lectura en sí— que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe”.

Ha pasado el tiempo y el libro de papel sigue en pie, todavía firme ante el digital, aunque ciertamente la lectura, como acto, se encuentra en una etapa dura frente a la superabundancia de imágenes y distractores fofos. No sabemos a dónde parará esto, pero en lo que sí podemos estar de acuerdo es en que JLB sigue siendo un faro, el más alto que tenemos a la mano como guía del libro y la lectura.

viernes, mayo 10, 2024

Evocación de Teresa Muñoz

 











Conocí a Tere Muñoz a mediados de los noventa. El recuerdo de nuestro primer intercambio de palabras es muy vago, tanto que se reduce a casi nada. De Gilberto Prado y Leticia Santos recibí la invitación para reunirnos con algunos conocidos suyos en el café Martin’s de Gómez Palacio. Creo que eran vacaciones de diciembre, porque en el grupo estaba Tere, quien viajó a La Laguna para visitar a su familia residente en Ciudad Lerdo. Ella vivía fuera de nuestra región, no sé si en la Ciudad de México o en otra parte. En aquella reunión apenas pude saber un poco más: que estaba vinculada con el teatro, que era casada, que tenía dos o tres hijos y, por supuesto, que escribía. No sé si el recuerdo que retengo de aquel primer acercamiento ha sido modificado por los encuentros que después tuvimos; en ellos siempre mostraba una sonrisa serena, un modo de conducirse que parecía siempre mesurado, de una urbanidad innata, si se me permite esta frase algo oximorónica.

Años después, ya entrado el nuevo milenio, Tere y su familia recalaron en La Laguna. Las fechas se me traspapelan en el olvido, pero quiero suponer que ya pasábamos el 2005 cuando inauguró la Escuela de Escritores de La Laguna. Para que aquel proyecto cuajara, estableció convenios institucionales de importancia. No sé cómo, logró que las instalaciones de la antigua estación del ferrocarril de Torreón, recién renovadas como centro cultural, proporcionaran algunas aulas para que allí se dieran las clases de la Escuela de Escritores. Tere me invitó y fui instructor de cuento durante varios años, quizá más de cinco.

La Escuela ofrecía talleres de cuento, poesía, ensayo y creo que de teatro, todos con el sentido que en la dinámica norteamericana denominan “escritura creativa”. Estableció por ello relaciones formales con la Sogem (Sociedad General de Escritores de México), para avalar los cursos. Recuerdo que en una graduación invernal (lo digo porque conservo fotos y en ellas aparecemos muy abrigados) desde la capital del país vino el maestro Teodoro Villegas, funcionario de la Sogem, quien entregó los diplomas a los egresados de una generación.

Sé que la Escuela batalló lo indecible para sostenerse, y en esencia su persistencia fue mérito cabal de Tere. Cambió varias veces de domicilio, de suerte que trabajé como instructor en al menos cuatro direcciones: la antigua estación del ferrocarril, una casa en Ciudad Lerdo, otra en la calle Comonfort casi esquina con Juárez y otra en la colonia Alamedas, las dos últimas de Torreón. El empeño de Tere por mantener vivo el trabajo de la Escuela fue, como ya dije, titánico, y se alargó por varios años de sacrificio en un contexto más bien indiferente a las tareas humanísticas por más que algunos laguneros opinen lo contrario y crean ingenuamente que ya estamos a unos pasos de ser Florencia.

No sé el año exacto en el que la Escuela dejó de funcionar, pero ese capítulo de final borroso no detuvo a Tere, quien durante muchos años siguió activa, tremendamente activa, como promotora cultural y escritora. No en pocas ocasiones supe de sus actividades, de sus entrevistas radiales, de su coordinación de espacios culturales y, lo más importante, de sus libros. A la presentación de uno de ellos, la novela Días de ceniza, me invitó y por supuesto accedí. Se celebraría el 25 de octubre de 2023 en la casona de la Colón y Juárez, en Torreón, pero poco antes Tere me llamó para decirme que el diálogo presencial se suspendía por prescripción de su médico, así que desahogamos la presentación mediante la vía digital.

Teresa Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967. Entre otros títulos, escribió el libro de cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza. Apasionada del teatro, fue autora de la columna “Las actrices también leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y, como recordé en estas líneas, trabajó como incansable promotora cultural. Murió ayer.

Mi pésame a su familia, a Alfredo Loera, a sus amigas y amigos, y mi respeto a la memoria de Teresa.

miércoles, mayo 08, 2024

Breve desfile de verbos














El escritor uruguayo Martín Palacio Gamboa me preguntó que si en México usamos el verbo “ningunear”. Mi respuesta, claro, fue de inmediato afirmativa. “Ah, muy bien —dijo Martín—; acá también usamos ‘algunear’ cuando se da importancia a alguien que no la merece”.

Lo cierto es que el nacimiento de nuevos verbos es frenético, y su creación obedece al desarrollo de una acción que carecía de verbo propio, de allí que se le invente como derivado, sobre todo, de un sustantivo.

Además de “ningunear”, traigo diez casos frescos o no de remota aparición en el español cercano.

Malmodear. Tratar como malos modos, de manera tosca. “Llegué a la oficina y me malmodeó”.

Basurear. Considerar a alguien de poca importancia y minusvalorarlo. “Al hablar de mí siempre me basurea”.

Perrear. Regañar. “Hice mal la tarea y me perreó”. También, en otro contexto, bailar restregando el trasero en una persona colocada a la espalda. “En la fiesta perreó con tres”.

Fotocredencializar. Legendario verbo, puesto en circulación por la propaganda oficial cuando el gobierno añadió foto a las credenciales de elector. Fue de uso muy breve.

Basificar. Horrible y usado principalmente en el contexto magisterial mexicano como sinónimo de “conseguir la base” laboral. “Ayer basificaron a mi hijo”.

Aperturar. Espantoso y de uso cada vez más frecuente sobre todo en el argot bancario. “Mañana aperturaré una cuenta de mi mamá”.

Accesar. Innecesario por “acceder”. “La indicación es que accesemos con nuestra contraseña”.

Bancarizar. Incorporar un ítem o cliente al sistema bancario. “Ya no te pagan si no estás bancarizado”.

Guatsapear. Usar el WhatsApp. “Todo el día está gatsapeando”.