Conocí a Tere Muñoz a mediados de
los noventa. El recuerdo de nuestro primer intercambio de palabras es muy vago,
tanto que se reduce a casi nada. De Gilberto Prado y Leticia Santos recibí la
invitación para reunirnos con algunos conocidos suyos en el café Martin’s de Gómez
Palacio. Creo que eran vacaciones de diciembre, porque en el grupo estaba Tere,
quien viajó a La Laguna para visitar a su familia residente en Ciudad Lerdo.
Ella vivía fuera de nuestra región, no sé si en la Ciudad de México o en otra
parte. En aquella reunión apenas pude saber un poco más: que estaba vinculada
con el teatro, que era casada, que tenía dos o tres hijos y, por supuesto, que escribía.
No sé si el recuerdo que retengo de aquel primer acercamiento ha sido
modificado por los encuentros que después tuvimos; en ellos siempre mostraba
una sonrisa serena, un modo de conducirse que parecía siempre mesurado, de una urbanidad
innata, si se me permite esta frase algo oximorónica.
Años después, ya entrado el
nuevo milenio, Tere y su familia recalaron en La Laguna. Las fechas se me traspapelan
en el olvido, pero quiero suponer que ya pasábamos el 2005 cuando inauguró la Escuela
de Escritores de La Laguna. Para que aquel proyecto cuajara, estableció
convenios institucionales de importancia. No sé cómo, logró que las
instalaciones de la antigua estación del ferrocarril de Torreón, recién
renovadas como centro cultural, proporcionaran algunas aulas para que allí se dieran
las clases de la Escuela de Escritores. Tere me invitó y fui instructor de
cuento durante varios años, quizá más de cinco.
La Escuela
ofrecía talleres de cuento, poesía, ensayo y creo que de teatro, todos con el
sentido que en la dinámica norteamericana denominan “escritura creativa”. Estableció
por
ello relaciones formales con la Sogem (Sociedad General de Escritores de México), para avalar los cursos. Recuerdo que en una
graduación invernal (lo digo porque conservo fotos y en ellas aparecemos muy
abrigados) desde la capital del país vino el maestro Teodoro Villegas,
funcionario de la Sogem, quien entregó los diplomas a los egresados de una
generación.
Sé que la Escuela batalló lo
indecible para sostenerse, y en esencia su persistencia fue mérito cabal de
Tere. Cambió varias veces de domicilio, de suerte que trabajé como instructor en
al menos cuatro direcciones: la antigua estación del ferrocarril, una casa en
Ciudad Lerdo, otra en la calle Comonfort casi esquina con Juárez y otra en la
colonia Alamedas, las dos últimas de Torreón. El empeño de Tere por mantener vivo
el trabajo de la Escuela fue, como ya dije, titánico, y se alargó por varios años
de sacrificio en un contexto más bien indiferente a las tareas humanísticas por
más que algunos laguneros opinen lo contrario y crean ingenuamente que ya
estamos a unos pasos de ser Florencia.
No sé el año exacto en el que la Escuela dejó de funcionar, pero ese capítulo de final borroso no detuvo a Tere, quien durante muchos años siguió activa, tremendamente activa, como promotora cultural y escritora. No en pocas ocasiones supe de sus actividades, de sus entrevistas radiales, de su coordinación de espacios culturales y, lo más importante, de sus libros. A la presentación de uno de ellos, la novela Días de ceniza, me invitó y por supuesto accedí. Se celebraría el 25 de octubre de 2023 en la casona de la Colón y Juárez, en Torreón, pero poco antes Tere me llamó para decirme que el diálogo presencial se suspendía por prescripción de su médico, así que desahogamos la presentación mediante la vía digital.
Teresa Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967. Entre otros títulos, escribió el libro de cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza. Apasionada del teatro, fue autora de la columna “Las actrices también leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y, como recordé en estas líneas, trabajó como incansable promotora cultural. Murió ayer.
Mi pésame a su familia, a Alfredo Loera, a sus amigas y amigos, y mi respeto a la memoria de Teresa.

