miércoles, agosto 03, 2022

Cinco goles soñados (lit)

 








Los recovecos del subconsciente son inescrutables. Digamos que, como cualquier sujeto de mi edad, estoy atado al estrés de sacar adelante necesidades misceláneas entre las que destaca, en primer lugar, comer. Luego vienen todas las demás. Esto supondría que mis sueños deberían estar poblados por situaciones angustiantes, pesadillescas. Sucede sin embargo que en la película de mi ensoñación me coloco como espectador de escenas gratas. Pasó apenas anoche. Dormía y en algún punto de la madrugada vi en orden la repetición de cinco goles. Cuando desperté, el dinosaurio no estaba allí, sino una sensación de gusto casi colindante con la felicidad. Estos fueron, en orden descendente, los goles que vi en mi pantalla interior.

Uno.  En el Mundial de Suecia, el jovencito Pelé recibe de tres cuartos de cancha un centro en diagonal. El brasileño tiene un hombre encima, pero logra bajar de pecho el balón y se aproxima al punto penal. Un defensa le sale con una plancha criminal, pero Pelé lo elude con un sombrerito corto e inclina el cuerpo para rematar a gol. En Youtube está en “1958 PELÉ Suecia 2 Brasil 5 Golazo narrado por Radio Brasileira 1958”. https://www.youtube.com/watch?v=CXMHV1rOxDk

Dos. Alvaro Recoba, el Chino, juega para Nacional de Montevideo. Toma un balón cargado a la derecha y casi desde su área, maradonescamente, comienza un trote que poco a poco evoluciona hacia la máxima velocidad. Se quita a seis rivales, incluido el portero, y dispara un zurdazo ya con el arco abierto. “Àlvaro Recoba - Gol Similar de Maradona” https://www.youtube.com/watch?v=D4UD2vmFY7U

Tres. Juegan el Manchester United contra New Castle, y con los rojos alinea Wayne Rooney. Uno de sus compañeros toma un balón a media cancha, manda un pase elevado que de cabeza rechaza un defensa. La bola cae bombeadita a Rooney, quien la agarra de frente y la empeina de derecha para que salga una parábola infernal. “Wayne Rooney Vs Newcastle Volley” https://www.youtube.com/watch?v=pPHqRpJ7tLY

Cuatro. Zlatan Ibrahimovic juega para el Ajax, y en tres cuartos gana un taponazo frente al Breda. Luego hace seis recortes en terreno corto, insólitos, con movimientos laterales de colibrí, hasta cachetear de zurda cuando la portería ha quedado sin vigilancia. “El mejor gol del mundo Zlatan Ibrahimovic”. https://www.youtube.com/watch?v=9WU8Qb90s_I

Cinco. Barcelona contra Real Madrid. Lobo Carrasco, en contragolpe, pasa a Maradona, quien elude al portero y tiene sola la puerta. Diego mira a su izquierda y ve que cierra un defensor lleno de esperanza y decisión. Lo espera, lo recorta desvergonzadamente y anota un gol cuyo penúltimo toque es un monumento a la sangre fría. “El análisis del gol de Maradona en el Bernabéu paso a paso”. https://www.youtube.com/watch?v=C5Olxkf2cAc&t=40s

sábado, julio 30, 2022

Invitación a Rulfo por Saúl Rosales

 







Así sea de lejos y como mero oyente de sus avances, he sido testigo de la más reciente escritura de Saúl Rosales. Gracias a nuestra conversación sabatina me he enterado en tiempo real del trabajo que a diario despliega para organizar sus materiales en conjuntos de cuartillas que luego serán libros. Ecos de Comala y el llano, título que presentamos esta tarde, es el caso más reciente de lo que digo. Hace, creo, poco menos de tres meses, en mayo, Saúl me comentó que estaba por cerrar la hechura de algunos ensayos sobre Rulfo a los que deseaba añadir uno de sus cuentos (no de Rulfo, sino de Saúl). Poco después me lo envió y comenzamos la labor de edición que esta noche convida su resultado.

El autor me ha pedido la cuarta de forros, una forma de textualidad que puede ir o no firmada. Cuando sí, como en este caso, no es viable acatar los usos y costumbres del género, soltar así nomás hipérboles irresponsables sobre el valor descomunal, muchas veces sólo hipotético, del contenido. La mía, mi contratapa, es meramente descriptiva y observa que Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro.

El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”. El viaje entonces nos lleva a ponderar algunos rasgos del alma contenida en la obra rulfiana y algunos otros referidos al cuerpo. En el primer caso, es fundamental lo expuesto por Saúl Rosales en su ensayo sobre lo que él denomina “primitivismo”. De hecho, creo que este es un lado de la moneda (de oro) que hace grande al narrador jalisciense: haber roto con la mirada de la literatura y del cine mexicanos, artes que por su ánimo benefactor, el ánimo de época alentado por la Revolución, tropezaban en la demagogia de pensar que en el medio rural de nuestro país y de cualquier otro, es decir, en la pobreza y la ignorancia, los seres humanos son incapaces de maldad y torceduras espirituales, casi como si fueran los buenos salvajes imaginados por Rousseau. Vemos que no. Vemos que sin caer en la denuncia explícita, sin incurrir en la oratoria bienintencionada, Rulfo deja ver en su obra pliegues de la realidad que evidencian la complejidad de sus personajes, su acción basada en el instinto (que deriva en la barbarie) y no en la razón que en teoría desemboca en realidades civilizatorias. Ahora bien, ese mundo, el de nuestro campo y sus habitantes, ha sido expresado de una manera poética y sólo sencilla en apariencia. La forma usada por Rulfo fue perfecta y está llena de malicias, como el uso de las aliteraciones o repeticiones (“ecos”) muy bien detectadas por Saúl, quien nos aproxima copiosos ejemplos.

Saúl Rosales nació en Torreón, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la UAdeC y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Reitero en suma que Ecos de Comala y el llano es una breve e inteligente invitación a recorrer por dos rutas la obra del escritor más extraño que dio México a la literatura del siglo XX. No dudo que en leyendo a Rosales muchos apetezcan ir de nuevo a las páginas de Rulfo, y este no es un mérito menor de la crítica literaria. De hecho, creo que es, entre muchos otros, el más importante.

Nota. Texto comentado, no leído, el 27 de julio de 2022 en el Teatro Garibay durante la presentación del libro Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, en la que participamos Fernando Fabio Sánchez y yo como presentadores. Estos párrafos no los leí in situ porque no los llevaba impresos y al final no me funcionó en la modalidad digital del celular. Leídos o improvisados, para el caso fue lo mismo.

miércoles, julio 27, 2022

Nuevo libro de Saúl Rosales

 











Ecos de Comala y el llano es el título del nuevo libro de Saúl Rosales. Será presentado este 27 de julio a las 7 pm en el Teatro Alfonso Garibay. Lo comentarán Fernando Fabio Sánchez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro. El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”.

Saúl Rosales Carrillo, el autor, nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Por su parte, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), uno de los presentadores, ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Además, en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra (Conaculta, 2010). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor en California, Estados Unidos, y columnista en Milenio Diario.

Acompañaré a Saúl y a Fernando para comentar el proceso editorial, del cual me encargué, y el contenido de esta aproximación a Rulfo.

Entrada libre.

sábado, julio 23, 2022

Un día de Lucas en Montevideo

 











Encontré dos libros de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en Torreón, y esto, más haber leído su nombre en dos o tres comentarios esporádicos de mis contactos en las redes sociales, me dejan ver que, así sea de manera aún tibia, este narrador es uno de los pocos argentos que en México han entrado al relevo de los mismos de siempre (Borges, Cortázar, Sábato, Piglia, Valenzuela, Giardinelli…). A él podríamos sumar, aunque también minoritariamente, a Eduardo Sacheri, Rodrigo Fresán, Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez, Kike Ferrari y algún otro como Martín Caparrós. No incluyo en la lista, por razones obvias y aunque venda mucho acá, a Jorge Bucay y a otros de similar calaña.

Decía pues que Mairal ha comenzado a moverse en México y me da gusto, pues sin duda se trata de un escritor más que atendible. Lo descubrí, como mucho de lo que descubrimos hoy, en internet, cuando me topé con una de sus crónicas. Se refería en ella, no sé si recuerdo bien, a una zona de Bogotá a la que el adjetivo “sórdida” le queda chico. Me gustó su temple narrativo (la crónica es básicamente narración) y la chispeante agilidad de su prosa. Luego conseguí su novela Salvatierra, que no despertó mi entusiasmo como sí lo hizo, apenas esta semana, La uruguaya (Emecé, México, 1921, 167 pp.), uno de sus títulos más recientes.

Se trata de una novela en apariencia sencilla, pero no lo es. Mairal ha logrado cuajar en ella un relato vertiginoso y bien atravesado de momentos dignos de recuerdo. Casi se siente allí, por el oficio y la edad del protagonista, una especie de alter ego del autor, pero ya sabemos que establecer este correlato nunca es pertinente. Lucas Pereyra ha pasado de los cuarenta años; es esposo de Catalina y padre de Maiko. Reconoce que su vida se ha convertido, a tal altura del partido, en una calamidad sobre todo en lo económico y lo literario, así que es, siente, de esos escritores que no escriben porque no tienen dinero o no tienen dinero porque no escriben. Tapado de deudas, al fin consigue un anticipo por la hechura de dos libros, uno de crónicas y una novela. Pide que el adelanto en dólares le sea entregado en Montevideo por dos razones: para luego cambiarlo más ventajosamente en el mercado negro de Buenos Aires y para ver a Magalí Guerra Zabala, una linda uruguaya a la que conoció en un encuentro de escritores y de la cual quedó más excitado que un perro en días de combate.

Su matrimonio con Cata hace agua, y de hecho presiente que ella lo engaña con un médico. A la manera joyceana, la novela narra un solo día. Lucas despierta en Buenos Aires, toma el buquebús hacia Montevideo y ya allí comienza su recorrido por el banco, su encuentro con Magalí (a quien llama “Guerra”) y todas las pequeñas peripecias en la capital charrúa. Del presente se pespuntea al pasado lejano o reciente del protagonista, a todos los pliegues de una vida zozobrante en el amor, el dinero y el arte hasta derivar en el apaleado regreso a Buenos Aires que cierra perfectamente la narración. Poco después, ya en el inevitable desastre, Lucas escribe lo que leímos en La uruguaya como una explicación no tanto para Cata, sino para él mismo. Su derrota es, vista desde otro ángulo, una victoria: “Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible”, dice y tiene razón, pues cuando se toca fondo ya nada nos puede hundir más.

Un detalle final: no es poco valioso el humor amargo/dulzón que impregna toda esta muy muy buena novela de Pedro Mairal.

miércoles, julio 20, 2022

Box de antes

 











Lamentablemente tengo el gusto del box como defecto. No miento si digo que he deseado anularlo de mis esparcimientos, pero hay en mi interior una fuerza poderosa (quizá el recuerdo de horas compartidas junto a mi padre) que se niega a repudiarlo. Pensé que la oportunidad para lograr su rechazo estaba en el boxeo actual, ya demasiado adulterado con mercadotecnia y estrellitas de probeta. Por esto descubrí, desde la invención de YouTube, que mi apetito de boxeo se sacia viendo peleas antiguas. Por ejemplo, he disfrutado muchas veces la cátedra de Sal Sánchez a Wilfredo Gómez, y varias más.

Debido a esto fue un muy grato estímulo Memorias de Antonio Andere. 60 años en el boxeo mexicano (s/e, Cuajimalpa, 2001, 162 pp.), libro que me regaló hace poco Adrián Martínez. El, a mi parecer, más grande relator mexicano de boxeo despliega una parte de sus innumerables andanzas entre arenas y micrófonos. Por supuesto, y dada su longevidad como periodista deportivo especializado en pugilismo, su memoria se remonta a una época que me queda lejos, pues no son pocas las alusiones a peleadores como Rodolfo Casanova, Joe Conde, Raúl Macías, Juan Zurita, José López (el Toluco), Luis Villanueva (Kid Azteca) y otros de aquellas legendarias camadas. No los vi, obvio, pero algún registro queda en internet para apreciar sus maderas.

Luego de pasar revista a las glorias prehistóricas del box mexicano, sigue un periodo glorioso cuyos ecos me llegaron más de cerca, pues son pugilistas que incluso llegué, de niño, a ver: Vicente Saldívar, Rubén Olivares, Carlos Zárate, Lupe Pintor, Pipino Cuevas, Daniel Zaragoza, Salvador Sánchez, Ricardo López (Finito), Humberto González (la Chiquita) y Julio César Chávez, peleadores que atestaron tres décadas (de 1970 a 2000) con cinturones para México.

Casi al final de su libro, don Antonio Andere hizo una pregunta retórica: ¿quién ha sido el mejor pugilista mexicano? Sabe que sobre esto es imposible ponerse de acuerdo, pues todo depende de la subjetividad de cada elector. Nunca me he pronunciado al respecto, pero tal vez es oportuno atrever ahora una respuesta. No puedo declarar, como don Tony, que fue el Chango Casanova, pues no lo vi ni vi a sus contemporáneos. No digo pues uno, sino mis tres acomodables en cualquier orden: Zárate, Sánchez y Chávez.

Estas son algunas fotos publicadas en la memoria de don Tony Andere Daher.



sábado, julio 16, 2022

El unicornio de Eslava Galán

 











En treinta y tantos años he leído cinco libros, los que he podido conseguir por acá, de Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948). Sobre algunos he escrito dos o tres palabras siempre elogiosas, pues el andaluz es un autor con la cabeza muy bien amueblada, de esos que difícilmente cometen un libro baldío. Supe de él a finales de los ochenta, cuando gracias a la prensa se difundió su nombre como ganador del Premio Planeta 1987. La novela reconocida fue En busca del unicornio (Planeta, México, 1989, 280 pp.), que pasados algunos meses pude conseguir en Torreón. Inmediatamente la leí y quedé aturdido, tanto que desde aquellos años intuí que en otro momento emprendería su relectura. Otros libros del mismo autor se atravesaron, pero cumplí con la promesa del regreso y recién volví a sus páginas.

Tenía, claro, el temor habitual que produce toda vuelta. Sentía que En busca del unicornio podía parecerme no la maravilla de novela que leí en la declinación de los ochenta, cuando yo ya me acercaba a los treinta años y mi juicio era mucho más verde que el actual, pero afortunadamente me equivoqué. Lejos de percibir que me defraudaba, la primera relectura fue una revelación. Hace poco escribí esto (que no es una digresión) en mis redes sociales: “La novia de Odessa es el último libro que me ha hecho tener ‘sueños de escritura’. Llamo así a los sueños, casi pesadillas, en los que en lugar de soñar con imágenes confusas, como soñar se suele, sueño con la escritura de textos en los que se siente el eco irremediable de un estilo, en este caso el de Edgardo Cozarinsky. Es el mejor libro de cuentos que leí el año pasado y seguramente uno de los mejores que leeré hasta que apague los ojos”. Pues bien, con el regreso a la novela de Eslava Galán me pasó lo mismo: en los días de la relectura atravesé varias madrugadas con el eco de su prosa, como un hechizo que se prolongó más allá del libro e invadió los territorios de mi subconsciente.

En busca del unicornio es la novela de un viaje, el encabezado por Juan de Olid, su protagonista, quien en el siglo XV recibe la secreta encomienda de buscar un unicornio en el África ignota. ¿Para qué? Pues para socorrer al rey Enrique IV, también conocido como el Impotente. Según el parecer de la ciencia (una ciencia todavía demasiado incierta en aquella época), se pensaba que el cuerno del unicornio, preparado por algún boticario experto, tenía la capacidad de revigorizar cualquier miembro reacio al intercambio venéreo. Era, por ello, una especie de Viagra medieval.

Juan de Olid es entonces elegido para capitanear una expedición hasta muy entrada la geografía africana, espacio totalmente desconocido para el europeo de entonces. Así, su contingente sale del centro de España y termina, ya disminuido, hasta las lejanísimas costas del suroriente de África, allá por rumbos cercanos a Madagascar. En medio de tal recorrido se topan con mil sobresaltos, con los moros y su gran desierto, primero, y después con decenas de tribus negras, unas muy hostiles, otras no tanto.

Lo maravilloso, sin que el buen tratamiento de la anécdota se diluya, sin que todo el libro oscile del humor al dramatismo, es el estilo. Eslava Galán propone un tono de escritura que en efecto parece del siglo XV. Además, lo impregna de la mentalidad propia de un soldado, De Olid, pleno en su cosmovisión católica y española, con virtudes y flaquezas totalmente verosímiles.

Por el tema, por el estilo, por la reconstrucción fiel de la mentalidad española todavía medieval, En busca del unicornio es una novela que he amado tanto que ya me prometí leerla por tercera vez. Lo merece.

miércoles, julio 13, 2022

Viejo recuerdo de LEA

 










El sábado por la mañana llegué al desayuno con Saúl Rosales y un poco después de saludarnos y hacer el pedido de las gorditas para la ocasión me soltó una frase como quien deja caer una roca sobre la mesa: “¿Supiste que murió Echeverría?”. Lo primero que me vino a la mente fue una visión fugaz de mi infancia.

El recuerdo es vago, pero sobrevive a mi olvido si es que no fue un sueño. En 1970 o 71 yo estaba en el jardín de niños Pdte. López Mateos, de la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio, Durango, México, cuando la maestra nos dijo que pronto veríamos al presidente. Se refería a Luis Echeverría Álvarez, quien recién había asumido el Poder Ejecutivo del país. Quizá miento y apenas estaba en campaña, lo que en aquellos tiempos equivalía, tal cual, a ser ya el presidente de facto. El caso es que, recuerdo, todos mis compañeros de salón y yo fuimos acomodados en un fragmento de la avenida Victoria, en Gómez Palacio, junto a otros muchos niños de otras escuelas acomodados como nosotros, al lado de la carretera y con banderitas de México en las manos. La medición del tiempo no existe a esa edad, pero supongo que esperamos buen rato bajo el sol con la expectativa puesta en el suceso que estábamos a punto de vivir. Pasaron varios minutos hasta que una ola de emoción cuajó en gritos (“¡Ya viene, ya viene!”) porque allá, en el sur de la avenida Victoria, se veía avanzar un camión de pasajeros que pocos minutos después pasó al lado del lugar que yo ocupaba en la rectilínea muchedumbre de niños. De una ventanilla asomaba, saludando, sonriente, un señor pelón, de lentes y camisa blanca, seguramente guayabera. Como una década después, ya en la prepa, comencé a enterarme de que aquel señor había tenido mucho que ver con la matanza de Tlatelolco y con el llamado Halconazo del 71, además de la Guerra Sucia contra los movimientos radicales y no tan radicales del país. Desde entonces soñé con algún juicio por crímenes de lesa humanidad o algo así, pero jamás ocurrió nada contra él, quien prolongó su ominosa vida hasta poco más de cien años. Y un hecho curioso: el viernes por la noche fui a una cena con compañeros y compañeras de la Ibero Torreón. En algún momento de la conversación y por un capricho de los muchos que tiene cualquier diálogo informal, algo dije sobre la impunidad de LAE. Sin que yo lo supiera, supongo que dije eso cuando el expresidente estaba llegando ya a las puertas del infierno, impune.

sábado, julio 09, 2022

La vida invisible de Sylvia

 














Allá por el año 2001 o 2002 descubrí a Sylvia Iparraguirre (Junín, Provincia de Buenos Aires, 1947) gracias a La tierra del fuego (1998), novela de la cual todavía tengo un recuerdo vivo y grato. Fue el único libro que de ella pude conseguir hasta hace poco, cuando en mayo pasado mi amiga Giselle Aronson, de viaje en la Ciudad de México, trajo para mí algunos títulos que mi hija mayor recogió y luego mi segunda hija trajo hasta Torreón. En el kilométrico itinerario venía incluido La vida invisible (Ampersand, Buenos Aires, 2018), que recién leí.

Estoy acostumbrado a que los/mis libros hagan recorridos largos y a veces azarosos. Como también soy habitual de las librerías de viejo, sé que el camino de los volúmenes no es ajeno al misterio. ¿Cómo llega a Torreón —es decir, a mi biblioteca— un viejo libro impreso en Madrid? En el caso del de Iparraguirre que acabo de leer, su razón de estar aquí se remonta a 2019. En alguno de sus días leí en el periódico Página 12 un fragmento del libro Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky. Quedé tan antojado que aproveché un viaje hacia acá de José Juan Zapata Pacheco, lagunero avecindado en Argentina, a quien le pedí algunos libros, entre ellos el de Cozarinsky. Lo leí y no me defraudó, sino al contrario. Vi que era parte de una serie llamada “Colección Lectores” organizada por la editorial Ampersand (esta palabra designa al signo “&”, es decir, nuestra conjunción “y”). Al saberlo, quise más ejemplares de su menú, pues vi que en todos ellos un escritor distinto atravesaba su experiencia de lector.

El de Iparraguirre define el acto de leer desde el título mismo: La vida invisible, es decir, que con la lectura construimos al lado de la vida real y visible otra que no por invisible e imaginaria deja de gravitar en nuestro ser. Pasa casi al revés: para el lector enfermo de libros la vida invisible es a veces más (o tan) poderosa como la real, pues se agarra de las entrañas y se convierte en experiencia casi tangible, en una realidad paralela mediante la cual el lector, y más si es escritor, encuentra sentido a los aciertos y a los errores de la vida concreta.

Porque lo solicitan quienes editan los libros de la Colección Lectores, Iparraguirre trazó el camino de su formación como lectora y lo vinculó con el desarrollo de su propia escritura. Así, por ejemplo, al principio enfatiza el valor de autores como Defoe y Tolstoi entre sus primeros asombros. A ellos se sumarían, claro, otros, e incluso algunos terminarían siendo no sólo parte de su vida invisible, pues trabó contacto con Sábato, Cortázar y Borges, de quien fue alumna. A los 22 años, dice, conoció a Abelardo Castillo, quien desde entonces fue su pareja y con quien combinó filias y fobias bibliográficas. De él comenta: “A los que empezaban a leer, daba un consejo que yo misma seguí: si un libro les gustaba, que fueran a buscar los autores que ese autor citaba”.

Al final de La vida invisible hay una especie de inventario comentado de favoritos, 27 libros/autores entre los que figuran Camus, Brontë, Faulkner, Mansfield, Fitzgerald, Sylvia Plath, Kafka, Sartre, Carpentier y varios más.

Ya que ella no puede hacerlo, yo sumaría en la lista a Sylvia Iparraguire.

sábado, julio 02, 2022

Acierto de López Velarde

 







En 2021, año de su centenario luctuoso, escribí un apunte breve pero sentido, como éste, que miraba con asombro la precocidad de Ramón López Velarde. El virtuosismo literario, y cualquier otro, a corta edad no dejará jamás de pasmarme, y esto quizá se debe a las limitaciones que a mi ya no corta edad encaro a la hora de ejercer mi escritura. ¿Qué debo hacer para que un texto sea eficaz?, me pregunto siempre y de inmediato pienso en la dificultad de la respuesta, una respuesta que al negarse termina cediendo su lugar un poco a la razón y otro poco a la intuición. Al releer a López Velarde quedo boquiabierto porque siento que todo lo razonó/intuyó bien pese a la corta vida que le cupo en suerte. ¿Cómo le hizo? No sé, y todo se lo atribuyo al genio.

Vicente Quirarte se ha preguntado lo mismo y en el ensayo La patria con cuerpo de mujer (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2021, 41 pp.) ofrece algunas valiosas respuestas sobre el poema mayor de nuestro zacatecano: La Suave Patria. Es una plaquette valiosa, de descarga gratuita en PDF dentro de la página web de la SEC.

Los 100 años de la muerte [1921] de Ramón López Ve­larde son también los 100 años de la publicación de La Suave Patria en la revista El maestro, dirigida por José Vasconcelos y dedicada, sobre todo, al magisterio”, nos informa Quirarte. Más adelante, destaca que “el mérito de López Ve­larde no fue el de introducir temas y colores locales en su poesía, sino cantar la provincia con la profundidad y la verosimilitud que nadie se había atrevido, mucho menos en una época cuando la cosmopolita era el grito de guerra de todas las escuelas y movimientos”.

Tenía apenas 33 años y, agrega Quirarte, “fue el primero en mirar la su­perficie y las entrañas de la patria. Como antecedentes tenía al tumultuoso Rafael Landívar, los paisajes serenos de Joaquín Arcadio Pagaza, el pincel constructivo y cui­dadoso de Altamirano, la identificación entre naturaleza y emoción en Othón. Pero nadie había hablado de la patria con la desacralización y la irreverencia de López Velarde; nadie la había querido como a una mujer ni le había comprado trajes tan hermosos, de tanta sencillez y tanto lujo; nadie la había tomado por la cintura para decirle al oído lo chula que era”.

Esto es lo que se sentimos al adentrarnos en el poema-insignia del jerezano: una especie de inmediata intimidad (valga el epíteto) en la convivencia con la patria, la extraña sensación de que asistimos a un homenaje sin grandilocuencia, ajeno a demagogias patrioteras, a la vez mayúsculo y cercano, más concreto que intangible; no es, por esto, un poema escrito para el aspaviento declamatorio al que muchos lo han orillado.

Venturosamente y con sus propias armas, “La Suave Patria ha combatido durante un siglo en contra de declamadores empeñados en cantar un poema concebido para decirse”, remata el ensayo de Quirarte.

miércoles, junio 29, 2022

Permanencia de José Santos Valdés

 











Uno de los pocos réditos que tiene el trabajo intelectual es el del reconocimiento póstumo. Quien se esfuerza por reflexionar, por criticar, por escribir y educar generalmente debe cuidar ciertas maneras de la privacidad que le permitan trabajar con las ideas. Esto, en vida, lo aleja del ruido (que solemos adjetivar “mundanal”) y lo margina de la visibilidad social. Sus logros se materializan en libros, artículos, columnas, conferencias y demás, obra toda que da la cara al mundo y, si es sólida, permanece en el tiempo y a veces recibe gratitud tras la muerte de su hacedor, como es el caso del profesor José Santos Valdés, hombre que a su arduo trabajo de escritura añadió una labor magisterial de altísima valía.

Nacido en Matamoros de La Laguna, Coahuila, en 1905, el profesor Santos Valdés ha tenido en la región lagunera varios reconocimientos, todos ellos merecidos, como las estatuas ubicadas en la entrada de su ciudad natal y la calzada Colón de Torreón, además de una escuela primara que lleva su nombre y está en la colonia Nueva Los Ángeles, también de Torreón. Fue, como sabemos, un infatigable organizador de la educación pública en nuestro país y un colaborador permanente de periódicos y revistas. Su bibliografía es también copiosa, tanto que resulta asombroso cómo pudo conciliar sus tareas de educador y de escritor.

Pues bien, este ilustre lagunero, uno de los pocos verdaderos próceres que tenemos, fue mancillado por un alcalde que propuso cambiar el nombre del bulevar Santos Valdés por el del actual gobernador duranguense, José Rosas Aispuru. Confío sin embargo en que la iniciativa lamebotas de Homero Martínez, presidente municipal de Ciudad Lerdo, y la inveracunda aceptación del gobernador serán demolidas. Todo es cuestión de esperar a que estos sujetos, cuyo único mérito es tener hoy poder político, lo pierdan al dejar sus cargos para que la ciudadanía organizada y combativa, inspirada precisamente por el legado de Santos Valdés, pulverice el agravio.

Otro alcalde y otro cabildo seguro entenderán que esto ha sido un disparate promovido por hombrecillos trepadores. Así que soy optimista: el bulevar volverá a llevar su nombre original.


sábado, junio 25, 2022

Travesía de Laura Orellana












Conocí a Laura Orellana Trinidad hacia 1990, cuando comencé a dar clases en la Ibero Torreón. No tuvimos mucho trato en aquel momento, sólo el obligado por la urbanidad dentro del ámbito magisterial en el que nos movíamos como colegas. Hacia mediados de los noventa formamos parte del primer grupo que estudió la maestría en Historia impartida en La Laguna por la Ibero Ciudad de México. Fueron dos años muy importantes para mí, aunque no me sentía, ni me siento ni me sentiré historiador. Digo que fueron años valiosos porque allí, entre otras personas a quienes estimo/admiro mucho, estaba Laura. Coincidir en un aula como compañeros de clase me dejó apreciar mejor sus virtudes: gran disposición al diálogo, interés por todo el conocimiento humanístico, disciplina para encarar proyectos y respeto indeclinable a la opinión/condición de los demás. En las clases que compartí con ella la percibí como una de las mentes mejor amuebladas para atender la densidad de la teoría y la filosofía de la historia que recibíamos como alumnos. En aquellos dos años de condiscipulazgo creo que logramos establecer un trato de amistad y respeto que se ha mantenido durante décadas.

En medio de las actividades docentes y administrativas desarrolladas dentro de la Ibero Torreón, Laura prosiguió con su formación de historiadora y luego de la maestría atravesó con las mejores notas su doctorado, grado que concluyó con una tesis brillante. Además de la docencia, que nunca ha dejado, se desempeñó en cargos vinculados con la gestión de la vida académica. Mientras esto pasaba, no dejó de publicar en la prensa local y en libros de su autoría. Pese a trabajar en la misma universidad, nos veíamos poco, pero siempre que coincidíamos me extendía un trato respetuoso e inteligente.

Fue hacia finales de 2017 cuando Laura fue propuesta para coordinar, además de la investigación institucional, el Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la misma Ibero Torreón. Junto con esto, mi área, la editorial, fue fusionada a la de Laura y ella pasó a ser mi superordinada directa, lo cual no modificó un ápice el trato respetuoso e inteligente de siempre. Hoy, pues, hacemos equipo en el trabajo, y a la hora de encarar los proyectos laborales jamás he sentido de su parte algo distinto al compañerismo y la solidaridad.

Lagunera, Laura es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. Académica de tiempo completo en la Ibero Torreón desde 1990. Actualmente, como dije, es coordinadora del Centro de Investigaciones Históricas y de la Dirección de Investigación Institucional. En 2012 fue distinguida con la medalla al Mérito Académico “David Hernández”. Obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan, en 1999. Entre otros, ha publicado Entre lo público y lo privado (Ibero Torreón), Hermila Galindo, una mujer moderna (Conaculta), Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos (Fineo) y el libro conmemorativo de los 75 años de la escuela Carlos Pereyra.

Nació el 25 de junio de 1962, así que hoy, en su cumpleaños sesenta, me enorgullece presumirla como compañera de trabajo, como socióloga e historiadora, como maestra y funcionaria académica, y para mí, principalmente, como amiga.

Felicidades para Laura y muchas gracias por su lúcida amistad.

miércoles, junio 22, 2022

Tren de la muerte

 








Recuerdo que hace como una década, cuando padecía mi mayor fiebre tuitera (por suerte ya curada hasta el abandono de esa lamentable red social), traté de resumir en 140 caracteres una idea que hasta la fecha me acompaña: los buenos formamos la inmensa mayoría, ciertamente, pero los otros tienen armas. Creía y sigo creyendo que de poco sirve ser o sentirnos parte de los mayoritarios “buenos” si de todos modos estamos desarmados.

No quiero decir con esto que se legalice/socialice el uso de armas a la manera norteamericana para que de tal libertad pasemos, sin solución de continuidad, a la ley de la selva. Quiero decir, más bien, que si preguntamos a los elementos de seguridad ellos también afirmarán que son parte de los “buenos”, quienes protegen a la ciudadanía, quienes velan por la integridad de las personas y sus bienes. El problema aquí es que ellos sí andan armados y al parecer no para intimidar/inhibir/detener/anular a los malos, sino para sumarse a ellos por acción u omisión. No garantizar la seguridad de la ciudadanía es, en el caso de las fuerzas del orden que en teoría deben tener el monopolio de la violencia, una forma nada velada de ser parte del problema y no de la solución.

Por lo anterior, y por el deplorable estado de la seguridad en el país, se puede afirmar que la estrategia prometida de mitigación de la violencia ya rebasó las colindancias del fracaso. Lejos de disminuir, los índices de delincuencia en todas sus modalidades, llámese robo, extorsión, secuestro, homicidio doloso, desaparición, han escalado, y las cifras revelan que se trata, acaso, del mayor revés a la actual administración federal encabezada por el presidente López Obrador. Más allá, pues, de la ingenua política de “abrazos, no balazos”, lo que la población necesita es alguna módica certeza de mejoría, el hecho irrefutable de saber que los “buenos” vamos ganando terreno para la paz social perdida varios sexenios ha.

En sentido contrario a este posible avance prometido por la actual administración federal (sexenios pasan y pasan sin que cambie nada), todos los días nos enteramos de homicidios, de masacres, incluso de fusilamientos de los cuales queda macabro registro en video. Al respecto, el asesinato de dos jesuitas en Chihuahua el lunes pasado tiene aspecto de estación última para el tren de la muerte, pero mientras no se tome en serio este problema, peores noticias nos seguirán acuchillando.

sábado, junio 18, 2022

Usos y costumbres del verbo echar

 









El verbo “echar” abraza 48 acepciones en el lexicón de la Academia, apenas diez menos que el verbo “hacer”. Son muchas si pensamos que verbos también comunes como “vivir” o “lograr” tienen 11 y 3 acepciones, respectivamente. “Echar” siempre roza una sonoridad algo fea, no sé si por el dígrafo “ch” o por qué. Su utilidad es notable, y en el español de México aparece en varias expresiones en las que suele sentirse la presencia del habla popular. Los usuarios menos esmerados de las redes y el Whatsapp tienen la tenaz vocación de confundirlo con el verbo “hacer” en ciertas conjugaciones, y escriben, por ejemplo, “Al rato me hecho la vuelta”. Como sucede en la escritura de todo lo publicado en internet, tiene ya muy poco sentido enderezar nada, así que, en mi caso, ha llegado hasta a gustarme la sobrepoblación de torpezas merecedoras de escrutinio y vómito.

Como acostumbro operar en estas cápsulas inservibles, paso veloz revista a lo que preambulo en el párrafo inicial. Van, pues, diez casos de uso del verbo “echar” en locuciones o como sustantivos de rostro coloquial. Hay, por supuesto, muchas variantes más. Esta muestra es apenas un probete, como denominamos en México a lo que en círculos menos callejeros llaman “degustación”.

Uno. Además de consumir, comer, ingerir tal o cual producto, en nuestro país solemos usar el verbo “echar” para describir toda acción alimenticia. Así, es común entre nosotros escuchar “Me eché un café”, “Fuimos a echarnos unos tacos”, “¿Nos echamos una carnita asada?”

Dos. Como sustituto de “dormir la siesta” o “dormir brevemente” a cualquier hora, no es infrecuente escuchar “Me eché una jeta”, “Se echó una pestaña”, “Nos echamos un sueñito”.

Tres. A la acción de emitir flatulencias sobre todo de índole estentórea (aunque también silenciosa cuando el olfato ajeno detecta un efluvio delator) prácticamente no le decimos de otra forma: “Se echó un pedo”. No faltan ahora, sin embargo, usuarios de los eufemismos algo afresados “Se echó un gas” y “Se echó un pum”.

Cuatro. Si alguien mira algo a lo que por alguna razón es necesario vigilar o revisar someramente, decimos que “Le echó un ojo” o “Le echó un vistazo”. El sufijo “azo” de la palabra “vista” insinúa que se trata de un acto rápido, sin mucha solicitud: un golpe de vista.

Cinco. Visitar o ir sin gran compromiso a algún lugar es “echar la vuelta”. Es entonces un recorrido que se hace con un fin exploratorio o vagamente circunstancial. “Me eché la vuelta a la farmacia y sí está abierta”. En México suele pasar que se convierte en reclamo o queja cuando la vuelta se da de balde. “Me eché la vuelta de oquis”. “De oquis” es una locución adverbial que tiene su explicación, pero no la doy aquí. Los argentinos no la usan. Allá no dirían “Hice el trabajo de oquis”, sino “Hice el trabajo al pedo”.

Seis. Los alimentos, o las personas en sentido figurado, se “echan a perder”. La locución expresa pues, en ambos casos, corrupción física o moral.

Siete. Ayudar, socorrer, auxiliar es “echar una mano”. Casi es una expresión literal: cuando alguien se hunde o está abrumado, le damos la mano para sacarlo de donde está.

Ocho. De una brutalidad aterradora es el verbo “echar” combinado con “un palo”. Es entre nuestra raza de bronce la manera más salvaje de referirse a la interacción venérea entre un hombre y lo que se atraviese, mujer u otro hombre. No es posible usar esta frase sin cierta devoción a la vulgaridad.

Nueve. Para referirnos a la muerte violenta de alguien decimos “se lo echaron”. Parece un eufemismo, pero al final termina por sonar peor que “lo mataron”.

Y diez. Como sustantivo/adjetivo derivado del verbo “echar” tenemos “echón” o “echona”, persona que presume o fanfarronea con posesiones o méritos que posiblemente no tiene.

miércoles, junio 15, 2022

Biblioautobiografía

 









El neologismo que acabo de acuñar no es fallido en las partes que lo componen, pero ciertamente fuerza una pronunciación difícil. Ya existe uno parecido: “biobibliografía”, que se refiere a aquellas semblanzas en las que se consigna parte de la vida y parte o toda la bibliografía de alguien. No me sirvió el ya hecho y amonedé otro —al cual no le deparo ningún éxito— porque mi deseo es indicar lo que con frecuencia se afirma acerca de las bibliotecas personales: que son, miradas con detalle, una suerte de revelación biográfica, es decir, que al observar una biblioteca personal podemos hacernos una idea del sujeto que la aglutinó.

En estos meses, ya no sé cuántos, he estado organizando mi biblioteca. La tenía dispersa, en gran medida resguardada en cajas e inaccesible durante años. Al extraer los libros de sus anárquicos refugios, se me presentó el problema obvio: cómo acomodar todo. ¿Por temas? ¿Por autores? ¿Por géneros? ¿Por épocas? Todavía es hora en la que debato internamente qué camino seguir, uno de los mencionados o tal vez una mezcla de dos.

Son, calculo de manera laxa, siete u ocho mil títulos, así que imponerles un orden oscila entre lo imprescindible y lo traumático. Hasta ahora va ganando, en una primera etapa del acomodo, el criterio autoral, y ya luego añadiré el temático. Por autoral me refiero a lo evidente: la persona que firma el libro. Este criterio lo elegí porque durante cuarenta años he querido reunir la obra completa, o lo que sea posible, de aquellos escritores que tengo más cerca en mis querencias. Ya están juntos, por ello, todos los libros que tengo de Reyes, Cortázar, Carpentier, Borges y Luisa Valenzuela, entre otros. Son bloques macizos, compactos y más o menos abrumadores. Sólo con este contingente tendría garantizado lo que me queda de vida para releer. Otro conjunto, numeroso pero todavía caótico, es el correspondiente a la literatura argentina, cerca de mil títulos.

Ignoro si en algún momento podré acercarme a mi ideal de biblioteca personal organizada; sospecho que no. Me conformaría con trazar un mapa donde pueda ver, así sea borrosamente, mi rostro de lector, lo que fui al buscar libros, y tal sería mi biblioautobiografía. En esa lucha estoy un día sí y otro también.

sábado, junio 11, 2022

Palabras agazapadas

 








Nos asaltan en cualquier conversación, aparecen en el habla como chispazos de ingenio y con el tiempo puede ocurrir que adquieran carta de permanencia hasta convertirse, algunas, en lugares comunes, en pinchazos que por desgaste terminan perdiendo el brillo de su inicial sorpresa. Las llamo “palabras agazapadas”, expresiones que laten ocultas en otras palabras y a la menor provocación emergen para asestar una humorada. Todas tienen un fin burlón o minusvalorativo, son puñaladas contra algo o contra alguien.

Pueden ser, técnicamente, calambures o metátesis, pero lo de menos es su categorización retórica. Lo demás es su malicia. Traigo diez ejemplos. Con ellos quedará más claro, supongo, el sentido de este apunte.

Uno. En alianza con el subprocurador Pablo Chapa Bezanilla, cuando la vidente Francisca Zetina, alias la Paca, dizque descubrió el cráneo del diputado Manuel Muñoz Rocha en el predio El Encanto, no faltó que la apodaran con un juego de palabras que raya en lo sublime: Paquita la del Cráneo.

Dos. Siempre se supo del grupo famoso por controlar toda la política en el Estado de México. Se le conocía como Grupo Atlacomulco. El guiño de malicia fue inevitable, y la palabra agazapada salió a la luz: Grupo Atracomulco.

Tres. Una avenida nunca bonita de Torreón es la Presidente Carranza. Apoyados en esto, los cábulas de acá la rebautizaron con un puyazo devaluatorio: avenida Pestilente Carranza.

Cuatro. Ciertos columnistas famosos por asestar golpes, periodicazos, provocaron que sus víctimas se refirieran a esos espacios con una palabra agazapada: “¿Viste lo que en su calumnia publicó fulano?”

Cinco. De un ingenio desbordado es la frase que bajaba el precio a los trabajos de difusión cultural emprendidos por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, cuando existía. Los maloras lo rebautizaron Consejo Nacional para la Costura en las Tardes.

Seis. Oí de Gilberto Prado esta expresión también genial. Al referirse a pedir un “permiso sin goce de sueldo” en la chamba, transfiguró esta fórmula laboral como “permiso chingoce de sueldo”.

Siete. La palabra “taquete” obviamente tiene algo de relación con “taco”. Con base en esta asociación, alguna vez escuché que Alfredo Máynez hablaba de cenar unos “taquetes de triplay”, donde se vinculan de maravilla los campos semánticos del mundo maderero y de los tacos de tripas.

Ocho. También en el universo taquil, una vez me invitaron al restaurante Juanchorrey, sitio donde sirven tacos de excelente calidad. Quien me convidó hizo la broma: “Te invito a la taquería Juanchorrillo”.

Nueve. Hubo aquí una poeta a la que algunos lectores no consideraban eficaz, sino todo lo contrario. A diferencia de Sor Juana, “La Décima Musa”, esta mujer fue considerada “La Pésima Musa”.

Diez. Célebre por su cerrazón a ultranza, por su conservadurismo ubicable en la prehistoria de la humanidad, un cardenal mexicano fue rebautizado como “cavernal Juan Sandoval”. Otra genialidad.

miércoles, junio 08, 2022

Miguel, umbrío por su pena












Fue un amor a primera vista y mal correspondido. Mal correspondido por mí, no por su poesía. Todo partió de un verso. Hacia 1987 u 88 estaba en una reunión con mis amigos del grupo literario Botella al mar, aquel que conformamos, en su base, Saúl Rosales, Gilberto Prado, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y yo. Pablo ocupaba un sillón ubicado a mi derecha y a propósito de cualquier conversación volteó a mi lado y enunció una frase: “Como dijo Miguel Hernández: ‘¡cuánto penar para morirse uno!’”. En aquel lejano entonces yo no sabía quién era el tal Hernández, pero el verso citado por Pablo quedó rebotándome en la cabeza: “¡cuánto penar para morirse uno!”.

Como ocurría (y ocurre hasta la fecha), una de mis costumbres era escuchar con atención a los amigos de literatura que el destino me había puesto al lado y también leer con cuidado las entrevistas a escritores inalcanzables. Lo hacía, y lo hago todavía, por muchas razones, entre ellas por sus referencias a otros escritores y lecturas. Así, cuando Pablo citó el verso de Miguel Hernández anoté en mi mente la obligación de hallar alguno de sus libros. No tardé en encontrar una antología bastante decorosa, casi su obra poética completa si consideramos que no pudo ser muy grande.

También accedí a su semblanza, a su nacimiento en Orihuela, a su amor por Josefina Manresa, a la tragedia que tras la Guerra Civil española segó muy prematuramente su vida. Di con el soneto íntegro: “Umbrío por la pena, casi bruno, / porque la pena tizna cuando estalla, / donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno…”, al que también puso música Serrat.

Pasaron los años, se acumularon las décadas y volví sólo con la memoria a ciertos versos de Hernández. Hace poco, luego de no tenerlo a la mano muchos años, reencontré mi edición argentina y casi destruida de El rayo que no cesa (Buenos Aires, 1942), y pedí a Arturo Robles, amigo encuadernador, que me la restaurara. Ya vuelto a su salud material, releí ese libro y quedé asombrado. ¿Cómo fue posible escribir un libro de tal calibre a los 26 años? No me lo explico: “Tengo estos huesos hechos a las penas / y a las cavilaciones estas sienes: / pena que vas, cavilación que vienes / como el mar de la playa a las arenas”. Sigo sin creerlo. No se puede ser mejor poeta así se viva “Umbrío por la pena, casi bruno”.

sábado, junio 04, 2022

Sábato rilkeano















Un libro que cualquier adicto literario tiene de cajón, sí o sí, es Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. Se le puede conseguir hasta en el Oxxo y durante décadas ha sido reeditado y comentado en todas las lenguas, así que no me detengo mucho en él. La peculiar versión que tengo (editorial Dante, Mérida, Yucatán, 1987) trae una especie de copiloto: Cartas a un joven escritor, de Ernesto Sábato. He leído (releído en el caso de Rilke) ambos lotes de cartas y, dado que no conocía las de Sábato, me dejaron un excelente y nuevo sabor de espíritu.

Ignoro si son reales o ficticias, es decir, si el argentino en efecto tuvo un joven corresponsal con aspiraciones de escritor o si disfrazó un ensayo con el atuendo epistolar. Da igual, pues se trata de observaciones/recomendaciones de gran valor, claras y punzantes. No son muchas páginas, acaso treinta, pero contienen algunas nociones básicas sobre el ejercicio literario y sus alrededores, consejos que cualquiera, joven o no tan joven, puede tomar en consideración a la hora de intentar la cocción de literatura. Comparto unas cuantas que he dejado subrayadas con lápiz en mi libro.

Uno. …si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con suficiencia la forma en la que toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o superior, olvidando (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida.

Dos. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero. La gente que está lejos.

Tres. Es entonces cuando además de talento o de genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos.

Cuatro. …para colmo, nadie te podrá garantizar lo porvenir, porvenir que en cualquier caso es triste: si fracasás, porque el fracaso es siempre penoso y, en el artista, es trágico; si triunfás, porque el triunfo es siempre una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos, un manoseo…

Cinco. Dios no escribe ficciones: nacen de nuestra imperfección, del defectuoso mundo en el que nos obligaron a vivir. Yo no pedí que me nacieran, ni vos: nos trajeron a la fuerza.

miércoles, junio 01, 2022

Ya 25 años

 














En el año de su aniversario 25, Acequias, revista de la Ibero Torreón (disponible en la web de esta universidad) que yo edito, ofrece lo siguiente:

En el mundo permanentemente enrarecido que habitamos hemos ido saliendo, aunque todavía de manera vacilante, de la pandemia por Covid-19 y de inmediato nos instalamos en un escenario de guerra en Europa con consecuencias graduales en el contexto global. En México ha vuelto a relucir con fuerza la palabra “inflación”, y en estas estamos: con la zozobra de ver que los precios de todo suben para todos y lastiman, principalmente, a los sectores más vulnerables de la población. Es de desear, por ello, que los planes gubernamentales de contención en efecto frenen la escalada de aumentos que se cierne de nuevo frente al pueblo mexicano.

En lo local, Torreón ha visto una nueva transición de gobierno municipal y la Ibero Torreón ha deseado éxito a las nuevas autoridades. Junto con esto, la Ibero Torreón preparó un libro, Ciudad posible, en edición no comercial entregada al nuevo alcalde, Román Alberto Cepeda, el viernes 4 de marzo de 2022 en el auditorio San Ignacio; su fin es aportar un diagnóstico sobre la realidad del municipio en varios rubros y, a la par, propuestas para mejorar. En esta salida de Acequias, la 87, compartimos las palabras preliminares de nuestro rector como invitación a la lectura del libro, ya sólo asequible en su formato digital.

Este número de Acequias contiene además otros materiales valiosos, como el ensayo “¿Cancelación o diálogo? Alternativas para mejorar la convivencia”, de la doctora Laura Orellana Trinidad; se trata de un planteo relacionado con los tiempos de polarización-violencia que vivimos, y la propuesta de una salida ante este laberinto. “Homenaje a Sandro Cohen y elogio del manual de ciclismo”, de la también doctora Lucila Navarrete Turrent, es una exposición sobre la urgencia/pertinencia de incorporar la bicicleta a nuestras vidas, palabras que sirven de paso para homenajear a uno de los intelectuales-ciclistas más famosos de México: Sandro Cohen.

Esta edición se complementa con más ensayos, reseñas y relatos de Iván Hernán Benítez, Zaide Patricia Seáñez Martínez, Jaime Muñoz Vargas, Alejandra Monserrat Martínez Merlín, Daniel Lomas, Germán Vachino y Vick Medina.