viernes, enero 07, 2011

Sabines en plan amorosísimo



Estuve de paso en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1994, cuando fui de reportero a husmear (según yo muy acá) la batahola levantada por los zapatistas. Pasé de largo por Tuxtla, pues me instalé casi una semana en San Cristóbal de las Casas. En un hotel de aquella ciudad, recuerdo, escuché por tv el discurso de Colosio en el Monumento a la Revolución donde, se dijo, rompió con la tutela de Salinas. Lo que vino después ya lo sabemos, México fue ennegrecido hasta llegar, cómo no, a la salinizada elección con pánico en la que ganó Zedillo.

Volví a la capital chiapaneca en septiembre de 2010. Esta vez paré allí un par de días, otro suspiro. Fui a conferenciar sobre libros y al final de mi blablablá un joven muy atento me abordó con el obsequio de Los amorosos, cartas a Chepita (Joaquín Mortiz, México, 2009, 206 pp.), de Jaime Sabines. Lo leí casi inmediatamente, aunque a brincos, entre la agitación de las muchas actividades propiciadas por los centenarios y otros viajes.

Si los libros con correspondencia ubican al lector como voyeur, esto se agudiza en los que contienen cartas amorosas. En las misivas entre dos enamorados vemos en acción las estrategias retóricas más melosas, cuchicheos de tinta que tal vez no tenemos derecho a escuchar con las pupilas. Pero así se trate de un personaje cualquiera, sentimos morbosa curiosidad por conocer el tono y el contenido de las cartas. Cuando es un “famoso”, más suelen atraernos, y cuando ese famoso es un poeta como Jaime Sabines llegamos al extremo de pensar con todo el descaro que la correspondencia está para no perderse.

A muchos no les importa, sin embargo, el género epistolar. Les parece vacuo. A mí me atraen las cartas de los escritores (sobre todo las de los escritores) porque allí veo moverse sus espíritus en una tesitura más relajada, quizá sin la tensión que implica escribir-para-publicar. En la correspondencia he encontrado, pues, al escritor sin los ropajes habituales que usa en la cuartilla pensada para la prensa, al escritor trazándose a sí mismo en la cotidianidad.

Detalle aparte, también fundo mi gusto por la correspondencia en, lo he comentado en otras ocasiones, la reflexión sobre la muerte de un tipo de escritura. ¿Las nuevas tecnologías acabarán con los libros de cartas tal y como los conocemos? ¿Habrá en el futuro alguien que guarde las cartas electrónicas (o los largos chats o los mensajitos de celular o los tuits) cruzadas entre fulano escritor y su perengana amada? ¿Se ha cancelado la correspondencia de tipo tradicional y estamos por ello ante la muerte del género epistolar? No respondo lo que sospecho porque aquí no hay espacio para eso, pero creo en general que será muy difícil almacenar, organizar y publicar correspondencia como se pudo hacer en Los amorosos… de Sabines.
Además de las cartas que describen un itinerario postal de 1947 a 1963 (cuyo flujo más intenso se dio en 1949), el libro contiene una presentación de Josefa Rodríguez viuda de Sabines, y dos introducciones, una de Carlos Monsiváis y otra de Bárbara Jacobs. Es importante enfatizar lo que Chepita dice en el pórtico: “Jaime el poeta y Jaime el hombre son en realidad la misma persona, el mismo hombre”. Monsiváis lo reitera: “En sus cartas, Jaime Sabines es un personaje de su poesía posterior”. Como lo dice el título del libro, las cartas no son en sentido estricto una correspondencia, pues lo que vemos son sólo las cartas de Sabines escritas a su amada cuando tuvieron que separarse debido a los estudios cursados por él en la Ciudad de México.

En las cartas vemos entonces a Sabines tal como era, en corto, en “vivo”, frente a la imagen de su novia. Aunque es obvio —por la época y por la destinataria— que el poeta abunda en las galanterías melosas que son habituales entre las parejas, nunca deja de asomar el filo literario que después sería timbre de su poesía: “En esta rechingada hora de insomnio y de vergüenza estás presente, te necesito, te amo hasta quién sabe dónde, más, mucho más allá del amor y de la vida, te amo hasta la muerte; de tal modo que en vez de decir ‘te quiero’ necesito decir: te muero, me muero en ti, me muero”. O en este párrafo con marca de la casa: “Es mediodía y estoy solo en la casa. Desde mi cama estoy viendo tu retrato. Tengo tu carta a un lado. Te deseo. Te deseo inconfesablemente, desde la planta de mis pies hasta mis ojos, a todo lo largo de mi alma, te deseo pecaminosamente, desordenadamente, atrozmente”. El libro viene reforzado con algunas fotos donde se ve a Sabines como dandy tropical junto a Chepita en varios momentos de su relación. Creo que para los amorosos (nunca escasos) es un gran libro, me atrevo a decir que hasta una guía con tips para mostrarse desesperadamente, desordenadamente, atrozmente querendones.

miércoles, enero 05, 2011

Paracaídas colectivo



Los paracaídas que no abren conducen a la muerte, salvo el Paracaídas que no abre de Alejandro Páez y Laura de Ita (Almadía, México, 2008, 63 pp.), que conduce al goce de la palabra hecha tinta y hecha canto. Fue de los libros que leí en 2010 y a los que por falta de tiempo no les dediqué un puñado de renglones. Resarzo aquí, en mis últimos segundos de vacaciones, la omisión para compartir lo que en sí mismo es un producto compartido, un Paracaídas… abierto a la vista y al oído de quienes se acerquen.
Se trata de un libro armado con trabajo visiblemente colectivo. Aunque breve, la belleza de la edición y la suma de esfuerzos que convocó dan la impresión de que es amplio, una casa con muchos pasadizos y muchas puertas. De Alejandro Páez Varela son las veinte prosas poéticas que sirven de base al libro, a lo que se añade un montón de excelentes fotos impresas a color, todas tomadas en las sesiones de grabación del disco compacto que complementa al libro.
En efecto, impreso en pasta dura color azul eléctrico, en la segunda guarda hay una bolsita que sirve de recipiente al cd que almacena doce tracks con versiones musicalizadas de los textos apoquinados por Páez Varela. Al final, todo junto, el producto es muy atractivo pues concilia literatura, fotografía y música, a lo que debemos incluir diseño editorial en papel y en internet. Sí, en internet, pues como lo señala desde su cuarta y “Siguiendo una corriente internacional de democratizar el acceso a la cultura, Almadía y los autores han decidido regalar la música. Visite: http://www.paracaidasquenoabre.com/”.
Paracaídas… es entonces un libro colectivo y sin aldabas. Con la desconfianza que surge en estos casos, he visitado la página donde está la música y allí se encuentra, disponible para quien sea, como lo promete la cuarta de forros en el libro tradicional. Hay allí, claro, más pestañas, una de ellas con los colaboradores de este condominio: los ya mencionados Páez y De Ita, y los músicos Érik Bergman, Raymundo Vera, Gerardo Pozos, Adrew Cameron, Marina de Ita, Enrique Pérez, Renata Wimer y Ari Brickman; a ellos se sumaron Jaime López, Vanessa Bauche, Patricia Llaca, Dolores Tapia, José Luis Domínguez, Abel Membrillo, Juan Cristóbal Pérez, Martha Claudia Moreno, Carmina Narro, Álvaro Guerrero y Guillermo Quijas, entre los más visibles.
La idea de colocar música en las prosas de Alejandro Páez parece desafiante. En la mayoría de los casos el problema fue resuelto con lectura (como en el segundo track, donde lee Patricia Llaca, o en el tercero y cuarto, donde lo hacen respectivamente Jaime López y Vanessa Bauche). En otros, el canto discurrió sin el encuadre que propicia y facilita el verso, pero resulta asombrosamente logrado.
Al final, pese a todo, Paracaídas… es un libro y como tal debe basar su calidad en los textos. Ya comenté, de pasadita nomás, que son prosas poéticas, desamorosas evocaciones, estados de ánimo, instantáneas interiores. Páez Varela tensa allí la cuerda de su emoción y nos acerca a sus visiones, como en la 10 (“Lejos de ti, me atengo al sereno”): “Muerto de ti, por ti, no puedo sino dejarte ir y suspenderme en éter para que no me duelan las plantas de los pies, la piel sometida a la ropa, los pulmones cuando el aire se abre paso, el pecho sacudido por disparos de la aorta. Muerto de ti, lejos, renuncio a pensar siquiera porque el cerebro es un badajo. Lejos de ti, menos despierto, me unto a la ventana como vaho si imagino que pasarás.
Por lo menos dame cápsulas de ti para no extrañarte, para no sentirte lejos sino en mí, parte de mí, hojuelas de mi cereal, tapiz de cada cantina a la que me entrego. Dame cápsulas de ti que contengan esencias de tu labio inferior, pequeña luz roja que ilumina incluso a un ciego como yo. Cápsulas, mi amor, para disponerte en cada viaje, si es que arrastro la cobija, o simplemente para cuando no estás. (…) Muerto, floto en el aire por ti, ligero, como el humo del cigarro que devoro para terminar este texto.
Lejos de ti, me atengo al sereno”.
En total, Paracaídas... es un experimento bienvenido. Bienvenido es porque los experimentos no son comunes entre nosotros. Ni en ciencia ni en arte, así que vayamos a conocerlo. Está en línea, a merced de todos.

domingo, enero 02, 2011

La transición que se fue



La década recién ida se llevó muchas certezas entre las patas. Estoy seguro que dentro de algunos años (quizá sirva hacerlo de una vez, para abreviar innecesarias esperas) la denominaremos “década perdida”. No sería impreciso llamarla así, pero al hacerlo corremos el riesgo de obligarnos a considerar que todas las décadas recientes son lo mismo, “décadas perdidas”. Sin embargo, no siento errar si nombramos así a la más reciente, pues como nunca desde 1911 los mexicanos creímos vivir la inauguración de una era, la era de la transición y el comienzo de la democracia sin adjetivos.
Mal nos fue por crédulos. Lejos de transitar hacia estadios de bienestar en todas las esferas, han bastado diez años para empeorar de manera escandalosa. A mi modesto parecer, no hay rubro en el que se pueda advertir notable evolución; si la hay, es levísima. Lo que abundó fue lo contrario: la involución, el retroceso. Tengo para mí que hay cinco áreas donde se nota más el deterioro: la seguridad, la economía, la estructura electoral, la educación y la gobernabilidad. Hay más, por supuesto, pero es evidente que en los cinco renglones mencionados el país echó, de 2001 a 2010, un salto olímpico hacia atrás. Tan mal está todo que cada vez es más común el desaliento paralizante en voz del ciudadano, una suerte de fatalismo rulfiano de segunda o tercera generación: “Ya no vamos a salir del hoyo, todo está muy mal”.
En 2010 leí a propósito El antiguo régimen y la transición en México (Joaquín Mortiz, 2004, 150 pp.), del politólogo Jesús Silva-Herzog Márquez. Me lo recomendó Julián Mejía, joven especialista en estos temas. Pese a su aparente focalización de un tema pasajero, el ensayo hace un examen de la coyuntura que hasta este momento tira coletazos. Notablemente bien escrito, el trabajo de Silva-Herzog Márquez ayuda a comprender el paso de México en las pantanosas aguas del cambio, tan pantanosas que ahora parece que están engullendo al país.
“Estos ensayos narran la historia de nuestro camino reciente, es decir, el paso del autoritarismo consensual al régimen de la desconfianza, de la hegemonía unipartidista a la diversidad polarizada. Me he propuesto hablar del espíritu de la transición, sus logros y sus ideas, sus prejuicios y pasiones, sus hábitos y sus personajes”, dice el autor en la presentación de su trabajo. Construido en dos grandes partes a su vez divididas en subtemas (además del prefacio y el epílogo) El antiguo régimen… revisa en efecto el caldo en el que los mexicanos abrimos el esperanzador milenio, el “espíritu de la transición” que alentó tanto optimismo en tanta gente.
Nacido en 1965 en el DF, Silva-Herzog Márquez estudió derecho en la UNAM y un posgrado en ciencia política en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Su recorrido en este libro arranca con una disección al antiguo régimen. De entrada lo sitúa con una metáfora zoológica: nuestro antiguo régimen fue una especie de ornitorrinco, animal casi indefinible: “Como ocurre con el ornitorrinco, el retrato del régimen mexicano resulta una criatura repleta de peros. Autoritario pero civil; no competitivo pero con elecciones periódicas; hiperpresidencialista pero con una larga tradición institucional; con un partido hegemónico de origen revolucionario pero sin una ideología cerrada; corporativo pero inclusivo”.
Pese a la dificultad que todo observador tendría al intentar una definición del antiguo régimen, Silva-Herzog Márquez destaca sus rasgos de mayor relieve. Por ejemplo, este elemento: “Ciertamente, la reelección dentro del autoritarismo significa la momificación de la clase política. La no reelección de los congresistas estableció, en este sentido, un dispositivo oxigenante para el régimen: una medicina republicana para las penurias de la democracia”; o este otro: “De ahí que uno de los rasgos más notables del antiguo régimen haya sido, precisamente, la debilidad de la sociedad civil, la colonización de sus espacios por parte del estado”. La descripción continúa con otros puntos, como el del presidencialismo: “El hombre del gran poder, además de poseer los instrumentos del poder simbólico, tuvo en sus manos el poder a secas: la capacidad de producir lo deseado. De las habitaciones de su voluntad colgaba la suerte del país: símbolo del estado, encarnación de la historia, árbitro del poder y mandamás de la economía, el habitante de Los Pinos redactaba la ley, encumbraba a los hombres de poder y dinero, castigaba a los desleales”. El antiguo régimen creó, además, un consenso a su favor basado en el lubricante de la corrupción: “Al distribuir los frutos de la revolución entre sus protagonistas, se evitaban los conflictos. La corrupción se convirtió así en un eficaz mecanismo de control político, un pegamento de lealtades, un abortivo de rebeliones”.
El segundo apartado discurre ya sobre la transición (“es posible que la palabra que mejor describe la naturaleza del cambio político en México no sea “transición” sino mutación”, aclara). El repaso no es menos arduo y en el fondo no parece tanto una observación del presente sino del pasado, todavía del antiguo régimen que subvine bajo la alfombra de los cambios con un gatopardismo contumaz: “las miserias políticas de la transición provienen de la herencia que encontró: esos seres pequeñitos son descendientes directos de un sistema dedicado a cercenar liderazgos. El antiguo régimen estaba preñado de pequeños políticos. La mediocridad se convirtió de ese modo en marca congénita de nuestra clase política”. Por esa y otras varias razones, el autor profetiza en 1999: “No creo exagerar cuando digo que México corre el peligro de romperse”. Leída ahora, esta línea parece un epitafio: el de la transición que se nos fue sin frutos y el de la esperanza que una vez más se quedó en eso, en efímera posibilidad de mejoría.

sábado, enero 01, 2011

Orígenes de Orígenes



Un desfile de estrellas atraviesa por la correspondencia de José Lezama Lima con su tocayo Rodríguez Feo, hacedores de la revista Orígenes que hoy es considerada la publicación literaria más importante que haya tenido Cuba y una de las más relevantes en el contexto de América Latina. La vida de Orígenes sumó doce años, de 1944 a 1956. Era trimestral, llegó a 40 números y en sus páginas contó con firmas impresionantes: T.S. Elliot, Paz, Cernuda, Reyes, Revueltas, Tamayo, Abreu Gómez, Valéry, Stevens, Santayana, Macedonio Fernández y muchísimos más de ese tamaño. Sus dos principales soportes fueron los Josés Lezama Lima y Rodríguez Feo, quienes tuvieron que apelar a la proeza para mantener vivo su proyecto.

En el 2010 que ayer se apagó hice dos referencias de pasada a las cartas cruzadas entre Lezama y Rodríguez Feo. La correspondencia entre ambos engordó porque luego de fundar Orígenes en La Habana, Rodríguez Feo emprendió un dilatado periplo educativo por universidades gringas y por Europa de turista. Tenía plata, era miembro de una familia adinerada y como tal fue a matricularse en cursos que agrandaran su cultura. Lo que pasma ahora es saber que con buena parte del dinero recibido en sus residencias de estudiante, dinero que su familia obtenía con la explotación de la caña, el joven y fresita alumno fue el pilar material de la publicación. Su amigo Lezama Lima, genio pobre y asalariado como leguleyo en una penitenciaría habanera, organizaba mientras los materiales, los revisaba, se encargaba de llevar cada número a la imprenta y de repartir al mundo los ejemplares de regalo y los correspondientes a la nómina de suscriptores.

Los astros se alinearon pues para que la hazaña de Orígenes se fuera consumando. Una tarde cualquiera de 1953, mientras charlaban en un parque, Lezama y Rodríguez acordaron crear una revista de arte y literatura. El primero ya daba trazas de ser un genio (incomprendido, claro) y el segundo tenía la sensibilidad (o la locura) y el dinero suficiente para desviarlo hacia un proyecto de carácter intelectual. Luego, en Estados Unidos, el viajero entabló contacto y a veces amistad con escritores de gran talla, a quienes les pidió colaboraciones y tradujo en ocasiones. Mientras, Lezama no dejaba de hacer lo suyo en Cuba, también conseguía colaboraciones, editaba y escribía su parte. Fue así como, prácticamente entre dos alucinados, Orígenes alcanzó la estatura de revista cultural sólo comparable a Sur, de Argentina, y a Letras de México.

La distancia y la necesidad de estar comunicados forzó en Lezama y su secuaz un diálogo epistolar que por suerte sobrevive. Sé que lleva dos ediciones; una cubana (Unión, 1989) y otra mexicana (Era, 1991, 182 pp.). Esta conversación de tinta es un ejemplo claro de lo útil que es, o fue, pues tal vez ya desapareció, la correspondencia entre escritores como trastienda de la obra visible. Gracias a las cartas, en este caso, de Lezama y de Rodríguez Feo, no sólo sabemos hoy lo que costaba, en dinero y trabajo, armar cada número de Orígenes, sino conocer más a fondo la personalidad juguetona, casi infantil, del genio Lezama, y también su otro flanco, su inextinguible penuria económica, su sensación de abandono, sus pesares catartizados por la creación y por un ejercicio de la ironía que en muchos momentos no oculta un justificado, muy justificado, resentimiento.

En más de una carta, además de los saluditos densamente metafóricos y otras lindezas, Lezama y Rodríguez Feo, sobre todo el primero manda (“dulcemente agresivo”) obuses a su amigo, le critica severamente el vacuo paso por aulas yanquis que sólo simulan el conocimiento y lo vapulea a propósito de otros muchos temas. Creo que Lezama y Rodríguez Feo sabían que era importante e “histórico” lo que hacían, y que, además de la amistad, entre los dos mediaba la conveniencia. Lezama era el cerebro de la revista; su amigo, el cazador de colaboraciones y el principal sponsor. Pero Lezama, atornillado en La Habana, es el que se muestra más frágil, por eso en alguna carta de 1947 su amigo lo reubica: “No me explico esas zozobras tuyas con relación a Orígenes. Claro que no pienso abandonar a esa nuestra hija, criada y alimentada con tantas preocupaciones y desvelos. Debe seguir adelante, por la gloria de nuestra pobre patria y sus mejores y más inteligentes hijos”. Y así fue hasta 1956.
x
Nota. En la foto, Lezama al centro y Rodríguez Feo a su izquierda. Los acompaña el pintor cubano Mariano Rodríguez, uno de los principales colaboradores de Orígenes.

viernes, diciembre 31, 2010

Edipo de Gómez



Catalina Vargas Frausto, mi madre, cumple hoy ochenta años. Cualquiera puede decir esto de la suya, y no soy ni deseo ser la excepción: estoy seguro de que ella es la mejor que pudo tocarme. He sido muy afortunado porque a mis 46 todavía la tengo. Como dicen las canciones, uno no aprecia lo que tiene hasta que falta. Por eso, pese a mis muchos errores y olvidos de hijo supuestamente duro, no quería dejar pasar este día sin dedicarle, por primera vez en 26 años que tengo de publicar, un ramo de palabras que sirva para decirle gracias en este momento a ella, que nunca me ha pedido nada, absolutamente nada, y lo ha dado todo por mí, por su marido, por sus otros seis hijos, por sus 17 nietos, por su bisnieto y por sus muchos conocidos y hasta desconocidos.

Por ello, si intentara hacer un retrato psicológico de mi madre empezaría por destacar un rasgo que todos le apreciamos: la generosidad. Por más que he buscado, no conozco a nadie como ella. Sé que hay muchas personas que practican igual o mayor desprendimiento, pero no las he tratado tan en corto. Vi y sigo viendo de cerca, eso sí, la manera sencilla que mi madre tiene para compartir lo que tiene. En mi infancia, en mi adolescencia y en mi primera vida adulta conviví en casa con mi numerosa familia. Mi padre trabajaba todo el día para mantener a su prole; cada semana pasaba el siempre misterioso “chivo” a mi madre y de allí doña Catalina se las ingeniaba, no sé cómo, para darnos bien de comer y para todo lo demás. Si contamos rigurosamente, fueron nueve bocas las que debió alimentar, es decir, durante muchos años hizo 27 platos de comida al día, con todo lo que esto implica. Era, por supuesto, comida sin arabescos, pero suficiente. A lo que quiero llegar es a esto: uno podría pensar que en esa circunstancia la madre protectora debía cuidar con celo hasta el último taco. Pues no. Como siempre en toda época y en cualquier lugar de México, oí en mi infancia cientos de toquidos a la puerta para mendigar un mendrugo de pan o lo que fuera. Asombrosamente, mi madre tenía y tiene la compasiva capacidad, sin pose de santa, de manera natural, sencilla, silenciosa incluso, de dar el taco a quien lo pedía. Con su paso cansino, innumerables veces la vi ir a la puerta, escuchar ruegos, regresar a su cocina y sacar de allí algo para los pedigüeños que se detenían en el umbral.

Si así era con los desconocidos, compartida y silenciosa, ya podemos imaginar cómo era, o es, con los conocidos. Pese a las estrecheces económicas propias de la vida en México y los muchos hijos, ella siempre hizo magia para tener comida, para que nunca faltara al menos un bocado compartible, casi como si tuviera reliquia de tiempo completo.

Otro rasgo que la define es la capacidad para trabajar. De haber nacido en este tiempo y de haber tenido oportunidades, creo que hubiera podido ser una incansable administradora. Casi toda la vida, sin embargo, trabajó en su casa, para su familia, lo que no es poco decir. Yo no la recuerdo de otra manera que no sea trabajando, haciendo algo para su esposo y para sus hijos. Sin quejarse, al menos sin quejarse estentóreamente, cierro los ojos y la veo siempre ir y venir en el pequeño espacio hogareño, callada y quizá con alguna tonada de bolero antiguo danzando en su memoria. Por el trabajal que le vi desempeñar, desde niño tomé la escoba que ya es parte de mi vida, mi ilusoria bici para el spinning doméstico, el único ejercicio físico que jamás he dejado de hacer. Para ayudar un poco, en 1973 o 74 le dije a mi madre que me encargaba de tener limpio el patio de la casa, que era particular, y gracias a la inercia adquirí una práctica casi doctoral de barrendero, lo que me asegura un oficio para sobrevivir si los afanes literarios no dan para más.

En general no es bien visto que quienes escriben salgan con evocaciones como ésta. A los escritores se les pide ahora no incurrir en baladas románticas ni en nada que se le parezca. Yo trato de respetar esa convención del gremio, pero hay veces que no se puede y cedo a la tentación de ser normal, de abrir las avenidas de la emoción para que fluya por ahí, tal cual, el sentimiento. No me sale, creo, pero así y todo no me apena confesar aquí que estoy orgulloso de mi madre, que he tratado sin éxito de ser bueno como ella y que nada agradezco más que su mirada, el permanente brillito de orgullo que no merezco de su parte. Gracias por todo y, como Paquito el del poema, perdón si la he regado, ma.

Novedad 3



Sorberé cerebros. Antología palindrómica de la lengua española, Gilberto Prado Galán, Colofón, México, 2010, 145 pp.

Novedad 2



El enigma y la conspiración: del cuarto cerrado al laberinto neopoliciaco, ensayo de Gerardo García Muñoz, Universidad Autónoma de Coahuila, Siglo XXI Escritores Cohuilenses, Saltillo, 259 pp. De venta en la librería ubicada en la Coordinación de la UAdeC en Torreón, bulevar Revolución y Comonfort.

Novedad 1



Las elegías del desahuciado, poesía de Pablo Arredondo, Universidad Autónoma de Coahuila, Siglo XXI Escritores Cohuilenses, Saltillo, 96 pp. De venta en la librería ubicada en la Coordinación de la UAdeC en Torreón, bulevar Revolución y Comonfort.

jueves, diciembre 30, 2010

La biblioteca del monstruo



Luego de leer la prosa de Borges todas las demás parecen grises. No lo son, pero ofrecen esa impresión junto al flujo enceguecedor de palabras procesado en la borgeana máquina generadora de asombros. Al combinar una inteligencia inaudita con un estilo por el estilo, la lógica se impone: sus libros son una constelación de aciertos, una marcha imparable de sorpresas fraguadas con la materia sutil de la palabra. Su libro más ocasional es de todos modos un paseo insólito, pues concilia los ya famosos enfoques inigualables con una forma de decir que es sólo una: ésa, la de Borges.
En mayo pasado compré y leí casi en un mismo acto Biblioteca personal, el tomito 9 de la colección que Alianza ha organizado con obras del ciego. No es la versión en rústica, sino en sobria y “enciclopédica” pasta dura. Tenía noticia de los prólogos que casi al final de su vida preparó Borges para una colección llamada precisamente Biblioteca personal. Todavía es posible hallar alguno que otro tomo en las librerías de viejo. Se trataba, como sabemos, de libros elegidos por Borges para configurar una hipotética biblioteca, la suya. La editorial que promovió esa idea quiso que cada libro alojara tres apartados: una presentación general y fija para todos los tomos (escrita por Borges), un prólogo (también escrito por Borges, obvio) y el libro elegido. No exagero si digo que cuando supimos de esa colección, algunos amigos nos disputamos los pocos ejemplares que llegaron a la comarca; de cien o no sé cuántos sólo pude rescatar unos cinco o seis.
Tampoco exagero si comento que muchas veces el libro era lo de menos; lo que uno quería tener, leer y conservar era el prólogo. Con ese antecedente hallé pues Biblioteca personal (Alianza, Madrid, 1998), la edición con los puros prólogos que Borges acuñó para su susodicha biblioteca personal. No hay que confundirlo con el libro Prólogos, con un prólogo de prólogos (Torres Agüero, Buenos Aires, 1974), aunque sustancialmente ambos libros respondan al mismo género, el género prólogo, si se puede decir así.
Son tan buenos esos “brindis de sobremesa” (como despectivamente definió Borges al arte de la prologación) que en verdad a uno le importa un chimichurri el libro prologado. Borges los escribía seguramente como quien hace panchos (pancho es el nombre que le dan al hot-dog en la Argentina), pero le quedaban tan bien que reunidos pudieron armar libros memorables. De hecho, tengo para mí que esa prosa desenfadada, rápida, casi pensada para el periodismo y no para la literatura, le quedaba mejor a Borges que aquella sobreelaborada y laberíntica. Eso no es cierto, claro, pero lo que quiero subrayar es el valor de los textos dictados por Borges a las carreras, de botepronto, con los telefonazos apremiantes de la editorial cuando ya tenía todo listo y sólo esperaba el nuevo prólogo.
Creo que nunca hice lecturas tan misceláneas en un año como en éste; por los centenarios y por otros muchos motivos, pasé por libros de todos los pelajes, aunque con algún énfasis en los revolucionarios. En la caótica lista no podía faltar el ciego, de quien despaché dos. Uno de ellos, el más placentero, fue el racimo de prólogos empaquetado en Biblioteca personal. No es un libro inencontrable en La Laguna, pues Alianza suele ser bien distribuida por acá. Vale buscarlo, pedir que lo traigan de donde sea, si es posible.
“Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”. ¿Y a qué autores prologan estas páginas con el fin de que descifremos sus símbolos? A decenas, lo mismo a Flaubert que a Stevenson, a Quevedo que a Poe. Entre los afortunados estuvieron Rulfo y Arreola. Del primero, señala: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”. Del segundo, esto: “La gran sombra de Kafka se proyecta sobre el más famoso de sus relatos, ‘El guardagujas’, pero en Arreola hay algo infantil y festivo ajeno a su maestro, que a veces es un poco mecánico”. No hay afirmación huera. Cada prólogo es breve y se deja leer como pieza independiente; todos son una chulada.

miércoles, diciembre 29, 2010

Geografía de Jorge Valdés Díaz-Vélez



Sin advertirlo, de un modo casi natural, en 2010 he procedido cuatro veces como arqueólogo de nuestra literatura. Lo hice en una mesa sobre Paco Amparán, al desempolvar dos entrevistas de su juventud y La luna y otros testigos, su primer libro de cuentos; lo hice con Gilberto Prado, al exhumar la historia de su Exhumación de la imagen; lo hice hace poco con Saúl Rosales, al recordar sus Vestigios de Eros. Ahora, más o menos de la misma forma, rescato una lejana publicación de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez.
Ocurrió el domingo 9 de febrero de 1986, hace casi 25 años. Coordinado por Saúl Rosales, el suplemento cultural de La Opinión no podía ser llenado cada semana con colaboraciones locales e inéditas, así que su encargado hizo lo mejor que podía hacerse en esa circunstancia todavía distante del internet: tomar textos de escritores importantes y difundirlos para el conocimiento y el goce del respetable todavía un poco adormilado. Aquel domingo, los laguneros amanecimos pues con un tabloide de lujo (insisto: de lujo si pensamos que para entonces no había nada semejante en el periodismo local): Saúl recordó los aniversarios luctuosos de Cortázar (dos años) y de Sergei Eisenstein (38 años); lo hizo, en el caso del argentino, con el cuento “Queremos tanto a Glenda”, el poema “Una carta de amor” y el ensayito “Del sentimiento de lo fantástico”; en el caso del cineasta ruso, leímos el texto “México en la memoria de Einsestein”, fragmento del libro de memorias que por entonces preparaba Siglo XXI. De las ocho páginas, las centrales fueron para un escritor lagunero que acaso publicaba por primera vez en serio entre nosotros: era Jorge Valdés Díaz-Vélez.
El editor tuvo la cortesía de ofrecer una ficha biográfica para ubicar al joven escritor ante sus paisanos: “Jorge Valdés Díaz-Vélez obtuvo con una colección de poemas a la que pertenecen estos, el premio Plural 1985, de poesía; Jorge Valdés estudió en el colegio Cervantes y en la escuela Carlos Pereyra de Torreón. Es licenciado en psicología. Actualmente es agregado cultural de la embajada mexicana en Cuba. Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Plural, El Caimán Barbudo y La Parda Grulla. En 1984 recibió mención en poesía del mismo premio, con el poemario Voz temporal que será publicado próximamente en La Habana. Los poemas aquí reproducidos fueron tomados de Plural No. 172, enero de 1986”.
Por lo que se ve, en ese momento Valdés Díaz-Vélez no tenía libros publicados. Un cuarto de siglo después, la ficha actualizada del mismo escritor sería aproximadamente ésta: Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.
Ahora bien, ¿qué publicó aquel suplemento? En las dos páginas del tabloide cupieron ocho poemas, seis fotogramas de ¡Qué viva México! de Eisenstein y una foto del autor, además de la ficha ya citada. Si pensamos que Tiempo fuera (1988-2005) (UNAM, 2007) es el título antológico más importante de este autor, se puede afirmar entonces que de los poemas publicados en La Opinión hacia el 86 han sobrevivido dos en el libro de la Universidad: “Cardenche” y “Contra el paisaje”. En ambos casos, los poemas acusan leves modificaciones: dos o tres versos son encabalgados de manera distinta, se añade un par de palabras, se “bajan” algunas mayúsculas y se elimina un adjetivo. Esos escasos retoques permiten apreciar que en general el autor de cincuenta y pocos años está conforme con el trabajo del poeta que fue a los veititantos. En esos dos poemas apenas hay un tenue acercamiento correctivo, una especie de palmada en la espalda de aquel joven que ya hacía bien su trabajo y sólo necesita un leve enderezamiento.
En esos poemas iniciales se nota ya lo que reaparece con fijeza de petroglifo en la obra ulterior de Valdés Díaz-Vélez. Es la suya una poesía tercamente sensorial en la que, creo, reina la captación de dos sentidos: el visual y el táctil. Ya desde sus prometedores comienzos, el poeta lagunero ve con asombro los colores del mundo, los paisajes, la maravilla de los horizontes. Su percepción paisajística, empero, no es cuadro de Velasco en palabras, sino pretexto para dialogar consigo mismo, atajo hacia la introspección (“Casi nocturno): “Entre los pinos y el mar / elijo un pensamiento”. En los seis poemas del conjunto publicados por Plural y luego retomados en La Opinión, Valdés Díaz-Vélez se coloca pues como vigía, como explorador de territorios íntimos (“Trayecto de la permanencia”): “Desde el puente, mi voz resuena en ecos. / Los muertos de mi casa esperan / la señal de un faro, al borde de mi mesa”. O (“Cantos del alba”): “Mira la aurora / reptar sobre la teja / similar al ocaso que anticipa”.
Por otro lado, no parece casual que las manos, los dedos, la piel, los párpados y sus afines (el cuerpo en suma) aparezcan en los seis poemas inaugurales de Jorge Valdés; también aquí, como en el caso de la visión paisajística, la posibilidad de tocar es más bien una posibilidad de conocer, de conocerse. De hecho, es muy frecuente en estos poemas la derivación de las metáforas hacia imágenes geográficas o paisajísticas de lo íntimo (“Aguas territoriales”): “Desembarco en el sur de tu garganta / oceánico lindero del espacio”. O en “Cenit”: “Idéntica a mi mano. / La luz traza un vientre de heliotropos / y absorbe convertida en luz, ceniza blanca / donde oficia su pulso entre humedades / la repetición del mar al mediodía”.
La presencia de Jorge Valdés Díaz-Vélez en La Laguna ha sido esporádica debido a su trabajo en el Servicio Exterior de nuestro país. Lamentablemente no hemos sido justos con él, con su trabajo literario y profesional, sin duda un ejemplo para todos, sobre todo para los jóvenes con deseos de roce literario foráneo. Los poemas publicados por Saúl en 1986, alguna presentación de cuerpo presente en el Museo Regional, el diálogo con Gilberto Prado y alguna triste columnita mía han sido los únicos conatos de reconocimiento. Es momento de hacerle justicia, de difundir su trabajo entre los suyos, es decir, entre nosotros. Que sirva esta mesa para comenzar el aplauso que le adeudamos.
x
Comarca Lagunera, 28, diciembre y 2010

domingo, diciembre 26, 2010

Rockdrigo sesentón



Si Rockdrigo viviera, hoy sábado tendría sesenta años. Quizá sería un ruco cabrón y alivianado, acaso sumaría más discos que Vicente Fernández y tal vez tendría mucha lana, más de la que nunca soñó ningún rockero mexicano. Digo “quizá”, “acaso” y “tal vez” para subrayar la condición hipotética de un futuro que quedó cancelado el 19 de septiembre de 1985, la mañana del terremoto que entre otra de sus víctimas tuvo al gran compositor y cantante tamaulipeco nacido el 25 de diciembre de 1950. Hoy, pues, el gran Profeta del Nopal sería un sesentón abrumado por el éxito, aunque sobre esto no podemos especular nada pues cuántos casos hay de genialidad que se oxida con el paso del tiempo y se burocratiza con mecanismos de creación cada vez menos sorpresivos.
Le pongo play a la memoria y me queda claro que supe de Rockdrigo indirectamente, es decir, cantado por otro en una reunión de amigos celebrada entre el 86 y el 87, poco más o menos. Mi embajador de Rockdrigo en Torreón fue Javier Prado Galán, quien por entonces se formaba como jesuita en Guadalajara o en México y venía en sus vacaciones, como hasta ahora, a La Laguna. Ya aquí, su hermano Gilberto lo convidaba a nuestras reuniones literarias, que más bien eran etílicas. En una, Javier tomó la guitarra y comenzó a cantar rockecitos extraños. Dijo que eran de un tal Rodrigo González, y despachó varios. Pese a su situación presacerdotal, Javier se aventó letras como el “Rock del Ete”, “Asalto chido” y “Oh yo no sé”; quedé deslumbrado por algo que desde entonces vengo sosteniendo: si hay alguien que ha captado la mexicanidad para convertirla en rock y blues, ese es Rockdrigo. Había algo en sus letras que conciliaba con frescura y originalidad la tragicomedia mexicana, una mezcla de Chava Flores, el Piporro, Cuco Sánchez y Agustín Lara con dosis tal vez involuntarias de López Velarde y Efraín Huerta mezcladas asimismo con Palillo y la familia Burrón. En las composiciones de Rockdrigo noté vuelo lírico, humor, fatalismo, solidaridad, arrebato, chingaqueditez, picardía y hondura existencial. Era como un crisol, la síntesis de algo que por heterogéneo y revuelto se tornaba difícil de definir, pero que irregateablemente estaba allí, con todo su brillo a merced de nuestras orejas.
No sé cómo (creo que gracias a Miguel Teja Aranzábal) conseguí las primeras grabaciones de Rockdrigo, esos casetes rupestres y espesos de aciertos mal grabados. Luego, pasados muchos años, alguien me regaló un disco compacto con los mismos tracks; los escuchaba de vez en vez, cada tanto, yo que no soy melómano y tengo gustos musicales que caben en los dedos de una mano. Ese disco lo regalé hace como cinco años, y también es anécdota: daba yo un taller literario en el Cereso de Torreón y no sé por qué motivo en cierta charla surgió el nombre de Rockdrigo. Al finalizar la sesión, un recluso me abordó con timidez, con el miedo habitual de la gente sencilla frente a lo que supone cultivado. Me dijo que le encantaban las canciones de Rockdrigo, pero que no tenía nada qué oírle. Unos días después le llevé mi disco y no hay duda de que en su rostro vi alegría.
El 26 de mayo pasado volví a Rockdrigo con fuerza pues debí preparar una charlita programada en el Icocult dentro del Festival llamado Rockoahuila 2010. A ella asistió Adolfo Calderón Sánchez, enciclopedia viviente de rock, tal vez quien más sabe de esto en La Laguna. Al final de mi comunicación me ofreció un libro en préstamo; su título es Rockdrigo González (Conaculta-Pentagrama, 2004, 247 pp.), y me he sentido muy afortunado al leerlo morosamente desde mayo a la fecha. Es un gran libro, tanto que he dudado mucho en regresarlo. Me da gusto haber comprobado en él que mis ideas sobre el compositor y cantante de Tampico no son nada originales, que todos o al menos muchos ya pensaron lo mismo o algo parecido a lo que pensé por mi pobre cuenta. Finalmente, son harto visibles los talentos de Rockdrigo, así que un poco de detenimiento permite que saquemos conclusiones análogas.
Rockdrigo González, el libro, aspira a ser totalizante. Textos de y sobre el compositor, poemas sueltos, cuentos sueltos, fotos y un pequeño apartado con letras y partituras. Lo debemos en general, como lo observa Modesto López en la primera página, a Gonzalo Rodríguez, amigo de Rockdrigo que rescató de los escombros (decir “escombros” es literal) buena parte del material aquí ordenado. Sin demeritar el valor testimonial del conjunto, hay partes más estimables que otras. La de menor calidad formal (lo destaca José Agustín) es, asombrosamente, la que guarda los poemas. Es notable cómo las letras de canciones dan la impresión de ser poemas cuando tienen música y los poemas desnudos parecen, de tan arrítmicos, prosa destazada. Basta un ejemplo (es el poema 9, sin título; las diagonales separan, claro, los “versos” de la edición original, pero podríamos omitirlas y lo que queda es mala prosa): “Escucha a Lou Reed, / ¡puta!, cómo le vale madre, / su garganta no tiene compromiso con las escuelas / y ese (sic, pues le falta la preposición “a”) requinto no le interesa soñar / ni dialogar con nadie”. Más allá, pues, de lo testimonial, los poemas son formal y asombrosamente malos, tanto que ni siquiera se dejan sentir como poesía.
No se puede opinar lo mismo de los cuentos (algunos muy meritorios), los “escritos” (que son estampas de prosa poética) y los artículos del Profeta. En el último caso, allí donde tira choros que aspiran a señalar la dirección de su arte, Rockdrigo parece un neoestridentista, un alucinado de la loca vanguardia que él encabezó junto a otros dos o tres pirados (un ejemplo es la “Introducción”).
Una sección inapreciable es la titulada “Reportajes y entrevistas” (en rigor, algunos son artículos, no reportajes). La lista de quienes opinan o entrevistan a Rodrigo no deja dudas acerca del prestigio que en mil novecientos ochenta y tantos comenzaba a cobrar su nombre entre los críticos José Agustín, Roberto Ponce, Víctor Roura, Mauricio Ciechanower, Mireya Escalante, Armando Vega-Gil, César Güemes y varios más.
Cierro con una afirmación formulada por José Agustín en 1983; es, digamos, lo que pienso desde que oí a Javier Prado cantando piezas del tampiqueño hoy sesentón y más vivo que nunca, según se ve por los homenajes y los clubes de fans underground que sigue engendrando: “… con las letras de Rockdrigo (inteligentes, maliciosas, provocativas, poéticas) se puede afirmar que el español-mexicano es perfectamente idóneo para el rock. Quienquiera que haya presenciado los esfuerzos para que esto se lograra, ya que es esencial para el desarrollo de un verdadero rock mexicano, tendrá una idea de lo que significa”.

Este 28, poesía de Jorge Valdés en el Arocena
El Museo Arocena invita a la charla sobre la poesía de Jorge Valdés Díaz-Vélez, con la participación del autor, Saúl Rosales y yo. La cita es este 28 de diciembre a las doce horas en el auditorio del Museo. Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007) y Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad estadounidense de Miami, Florida. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.

sábado, diciembre 25, 2010

Decena de zopilotes



Muchos creen que escriben mucho, quizá más de lo aconsejable, pero frente a casos como el de Paco Ignacio Taibo II casi todos los torrenciales parecen arroyito en tiempo de secas. ¿A qué hora hilvana Taibo II tantas y tantas cuartillas? ¿Qué no duerme? ¿Se dará algún momento para comer? Más allá de conocer sus métodos de trabajo, es evidente que todo puede resumirse en una imagen: su vida es estar encadenado a una silla, siempre con los dedos y los ojos puestos sobre las abrumadas teclas. De esa manera, entre los tabiques ya célebres como los dedicados al Che y a Pancho Villa, el papá de Belascoarán va sembrando arbolillos igual de interesantes, aunque de menor fronda. El ejemplo es Temporada de zopilotes (Planeta, 2009, 155 pp.), libro que atravesé hace poco gracias a que me lo recomendó Julián Herbert.
No se equivocó el escritor acapulqueño-saltillense: el libro de Taibo II sobre la Decena Trágica es un ágil recorrido por la cronología de esos diez días que estremecieron a México, a la historia de México desde entonces hasta, creo, nuestros horribles días. Lo he dicho en otras oportunidades: soy de los que ven en aquel hachazo a la incipiente democracia mexicana el punto de partida de nuestra antidemocracia sin solución de continuidad, es decir, el momento en el que comenzó todo lo que hemos visto luego: elecciones de partido único, caídas del sistema (1988), elecciones insufladas por el miedo (1994), supuestas transiciones (2000), robos en despoblado (2006) y regreso artificioso y pactado de los que sí saben gobernar (2012). El caso es, en esencia, el mismo: en democracia no hemos podido pasar de la edad lactante, como bien se vio durante el maderato abortado.
En 32 breves capítulos admiramos entonces la película de la desgracia maderista conocida como Decena Trágica. Con la prosa vivaz y a ratos algo atrabancada de Taibo II, nos acercamos primero al rastrero clima de oposición al régimen de Madero, los enredos provocados por los malentendidos, por la visión demasiado bonachona del presidente y por la acción directa de los conspiradores Manuel Mondragón, Félix Díaz, Bernardo Reyes, Cecilio Ocón y Rodolfo Reyes, quienes comenzaron la organización del golpe hacia finales de 1912 en La Habana. De ellos, Taibo II señala: “Los hombres del viejo régimen no sólo se sentían afrentados, no perdonaban Ciudad Juárez y la rendición de Díaz”.
La narración de ese instante de nuestra historia (febrero de 1913) sigue con el secreto a voces sobre la asonada. Por todos lados se veía venir el peligro del albazo, por todos lados se lo advirtieron al presidente (Gustavo, su hermano, se lo comunicó con énfasis), pero en todo momento fue minimizado por un Ejecutivo nada dispuesto a poner límite al avance de los levantiscos. En general, las escenas del golpe tienen un aura borrosa: un tumulto de sombras se mueve entre más sombras y la capital del país es un hervidero de averiguatas expresado en voz baja, casi en silencio, pero a la vista del mundo. Así comienza el ataque, entre lealtades y deslealtades, como siempre.
Vemos la muerte brutal e inexplicable de Bernardo Reyes luego de que fue liberado de la cárcel de Santiago Tlaltelolco, cómo lo acribillan frente a Palacio Nacional sin que se sepa hasta la fecha el motivo de su ataque sin sentido. Vemos cómo fracasa la intentona por apropiarse de Palacio y cómo los golpistas se refugian en la Ciudadela. Vemos también que hasta ahí el desorganizado golpe parece un fracaso. Aparece entonces la figura enigmática de Huerta, su falaz postura ante los hechos: cuando al fin le fue devuelto el poder militar, no aplasta a los levantados, no les tira la rienda. Los deja hacer, los conciente, y eso a la larga permite que se vayan sucediendo los hechos que terminan por afianzarlo en el control de la situación, en el arresto del presidente Madero, de Pino Suárez y del general Felipe Ángeles.
Por supuesto, toda cronología de la Decena Trágica tiene dos momentos supremos, dos pinceladas macabras: la muerte atroz de Gustavo A. Madero y, al final, la de su hermano el presidente y la de Pino Suárez, vicepresidente. Taibo II los reconstruye con rapidez y eficacia, y nos trae dos o tres distintas versiones de los hechos a partir de las declaraciones del mayor Francisco Cárdenas, asesino material de Madero. En toda esta historia no falta, no podía faltar, la presencia insidiosa, depravada, políticamente ruin de Henry Lane Wilson, embajador de Estados Unidos en México y maquiavélico atizador de los hechos que derivaron en el zarpazo mortal al régimen de Madero.
Temporada de zopilotes es un paseo rápido y eficaz por uno de los hitos de la historia mexicana. Vale echarle el ojo para recordar que desde entonces no hemos salido bien a bien de las patrañas.

viernes, diciembre 24, 2010

Un ogro antinavideño



Recuerdo que debido al título por poco y no lo compro. A primer vistazo parecía (o es) cursi: Sentimiento de Navidad. Lo bueno es que antes de mirar hacia otro lado vi el subtítulo: Diatriba contra la perversión de una fiesta. Publicado en 1994 por la costarricense Editorial Vulcano que a pujidos disimula su condición de sello rupestre, hallé el susodicho libro en una de nuestras pocas librerías de viejo, habituales receptoras de material insólito. El autor de Sentimiento de Navidad es un tal Willington Restrepo, de quien la solapa nos cede tacaña información: nació en 1947 (no dice dónde), estudio medicina e hizo la especialidad en cardiología, dizque ha publicado muchos artículos científicos en varias revistas y es un “apasionado” (así dice) de las novelas de caballería. Nada más es posible saber, ni con el socorro de internet, sobre este autor al que por el apellido le supongo cuna colombiana.

Restrepo sería, como en estricto sentido ya lo es, un sujeto olvidable si no fuera por su heterodoxa mirada sobre la navidad. Pocas veces he leído un comentario más airado contra una fiesta que habitualmente nos une y convoca sentimientos de amor y de paz en todos nosotros, hombres de buena voluntad. En otras palabras, el cardiólogo no se tienta el corazón para demostrar que la navidad es la fiesta más hipócrita que ha creado el ser humano. Por eso advierto que nadie más o menos apegado a la celebración debe acercarse a los renglones enderezados por el enfadado Restrepo: sus palabras de seguro le resultarán ofensivas, aunque es verdad que pueden ser leídas como el berrinche de un ogro que clama no en el desierto, sino en el Ártico, lo cual es más desgarrador si logramos imaginar la gélida escena.

El libro tiene apenas 76 páginas. Todas, eso sí, muestran la postura acérrima de un hombre que ha decidido luchar a punta de insultos contra la aplastante maquinaria del capitalismo mundial. Desde su prólogo, Restrepo fustiga: “¿Festejar la navidad? ¿Es posible festejar la navidad en esta época de horror mundial, de hambre, de lucha armamentista, de control de las consciencias, de devastación ambiental? ¿No es más bien el consumismo idiota el que nos mueve a simular que podemos hacer una pausa para recordar que el amor sí existe? Ah, querido amor, ¡cuántos crímenes se comenten en tu nombre! (…) La navidad es una época de crímenes sin parangon (sic). Porque crimen es crear un mercado de ofertas para unos cuantos mientras más de la mitad, los parias del planeta, los desheredados, no pueden arrimarse ni un bocado que los haga sentir inmersos en una fiesta motivada por el natalicio de su supuesto redentor. Pobres de los pobres, pobres de los pobres niños, principalmente: para ellos la navidad es comer lo mismo, nada, en pesebres reales mientras otros cenan hasta hartarse junto a mentirosos portalitos de cerámica y pinos de fantasía”.

En ciertos cuentos siempre aparece un viejito cascarrabias y antinavideño que al final resulta convencido de lo lindo que es la convivencia en Noche Buena; mientras leemos Sentimiento de Navidad abrigamos la esperanza de que suceda algo parecido, pero no; Restrepo, cual papiniano Gog, no parece reservar ni una bicoca de misericordia para esa fecha. Un rasgo muy visible de su escritura es lo que podríamos denominar “estilo inquisitivo”, lleno de preguntas retóricas: “¿Alguna vez el lector ha pasado la Navidad con los menesterosos? ¿Alguna vez, o siempre, porque alguna vez no es nada, sólo hipocresía, ha renunciado al calor hogareño para departir en las vidrieras donde pasan la Noche Buena muchos niños sin hogar? ¿Qué pensaría si le dijeran que el Redentor vería con asco las comilonas, los regalos, las vulgares carcajadas que suelen animar el recuerdo de su nacimiento? Un hecho que debería ser festejado con recato y mortificación ahora es un depravado guateque en el que los comensales compiten para demostrar poder, capacidad para exceder los gastos habituales”.

Digamos que Restrepo incurre en los lugares comunes de la postura antinavideña, como denostar en abstracto la voracidad del mercado (“Es bien sabido que en Navidad las ventas mundiales crecen hasta el disparate. ¿De quién es pues la Navidad? ¿Nuestra? ¿Del Mesías? ¿De los pobres? Es claro: los verdaderos dueños de la Navidad son los mercaderes que jamás han sido expulsados del templo, el comercio mundial que trafica con sentimientos nobles y los convierte en embuste de productos y ganancias”), pero no cabe duda de que a su aguafiestismo no le falta algo, por lo menos algo, de razón.

jueves, diciembre 23, 2010

Un asedio a la perduración



Quise hacerlo ayer, pero comienzo aquí mi rosario decembrino de reseñas bibliográficas; espero que sean al menos diez. Comentaré, como lo he hecho en diciembres pasados, algunos de los libros que leí durante el año y a los que por alguna razón no les pude dedicar unas palabras. Procedo.
El arte de perdurar, ensayo de Hugo Hiriart, se suma a los afortunados libros (Galaor, Disertación sobre las telarañas, Sobre la naturaleza de los sueños) que le debemos a este autor nacido en la Ciudad de México hacia 1942. No sé si sea el mejor, pero me parece que es necesario contarlo entre los más destacados y por ello recomendarlo a quienes se hayan planteado alguna vez el tema de la supervivencia literaria, es decir, la misteriosa razón por la que un escritor (o su obra, mejor dicho) sobrevive o desaparece definitivamente tras su muerte.
Lo publicó Almadía (2010, 159 pp.) en una de sus bellas colecciones, ésas que en cada libro complementan el forro con una camisa de cartulina y un lúdico suaje o troquel. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En los renglones de tanteo, también a la manera del ensayo a la Montaigne, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”.
Para acercarse a su objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es harto tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa.
Por allí, en la página 24, Hiriart cita unas palabras de Cardoza y Aragón: “La fama es indescifrable. Ya quisiera llegar yo a perdurar, no con un libro entero, sino con un poema, y hasta con un verso”. Pues bien, Hiriart despliega su mirada para tratar de descifrar, con las prosas de Borges y Reyes como conejillos, el porqué de una fama y el porqué de una no-fama, o al menos de una fama parcial, menor la del mexicano si es comparada con la del argentino.
La exploración es apretada, tanto que no tiene desperdicio. Del regiomontano destaca lo que sigue: “Reyes está disperso en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras. A mí me basta con ellas. El problema aparece cuando quiero trasmitir ese entusiasmo (…) Reyes es muchos y no es posible hallar el uno que los unifique”. Esta característica, la oceánica diversidad de la obra alfonsina, impide construir una imagen única que apuntale, según Hiriart, la perduración. Otro rasgo destacable en Reyes es su hiperracionalidad; por su estilo, por sus temas, por su índole, “no podía acceder con soltura a lo irracional e informe”, la zona oscura que es o ha sido parte esencial del arte.
Al contrario, Hiriart destaca en Borges el reverso de las dos monedas; hay una posibilidad de percibirlo a partir de su obsesión por los detalles: “Me asombra que Borges haya descubierto desde tan joven una de las claves de su modo literario de madurez, a saber, reducirse a lo particular, evitar al máximo lo discursivo y saltar de sentencia en sentencia, de ejemplo brillante en ejemplo brillante, de noticia en noticia. Borges es como un orfebre que va engarzando joyas”. Asimismo, “Borges no es como Reyes, cortés y civilizado: Borges es arbitrario, iconoclasta e imperioso”. Grosso modo, de una manera correteada, eso es parte de lo que sostiene Hiriart, pero más vale hincarle el ojo a toda la brillante exposición; en sustancia sirve para valorar la perdurabilidad en las letras y, por qué no, en todas las demás artes, pues en cualquier disciplina es un deseo confeso o inconfeso del creador.
“El arte de perdurar” es, pues, el ya sobrevolado ensayo que da título al libro, y el más largo. Hay al final ocho ensayos más, todos imperdibles (sobre Rubens, Velázquez, Cervantes…). Hugo Hiriart siempre trae jiribilla, y en este libro no fue la excepción.

miércoles, diciembre 22, 2010

Toma simbólica en Chapala

















A nombre de Adolfo Nalda Nájera, José A. Sánchez Galindo, Gustavo Oteo Oropeza, Cecilia Rojas, Karina Nalda, Adolfo Nalda C., Manuel Nalda, Jorge Velázquez, Miguel Domínguez, Esther Amanda Jurado, María G. Lozano, Diego Lavín, Leonor Muela, Priscila Orozco, Iván Lavín, Claudia Lozano, Griselda Ramos, Marúa Teresa Frías, Fernando Lozano, María Isela Ramírez, Jesús A. Jiménez, Omar Jiménez, Jorge Lozano, Patricia Lozano, Luci Teresa Jiménez, Saraí Jiménez, Marcela Lozano, Gustavo Montes, Iván Lavín, Esperanza Lozano, Gabriela González, Francisco González, Verónica Teherán, Francisca Rangel, Rafael Nájera, Armando Martínez, Martha E. Chávez, Laura Alejandra Dávila, Gerardo Muro Torres, Alonso Licerio, Miguel Espino, Sergio Pérez Corella, Oswaldo Luévano, Rafael Zuno, Salomón Atiye, América Dueñes, José J. Aguilera, Micaela Sánchez, Tania Valadez, Ismael Sánchez y quien firma esta columna, ayer fue tomado simbólicamente el Mercado Chapala de Gómez Palacio para comenzar en firme la exigencia de crear allí un nuevo centro cultural.
Bien sabido es que aquella zona de Gómez Palacio, por no decir que toda la ciudad, vive en el abandono o el semiabandono cultural; carece asimismo de otros servicios, pero los abajofirmantes han propuesto, por ahora, el rescate de ese espacio con un objetivo estrictamente cultural. Suena a sueño, pero el gobernador Herrera Caldera y las autoridades locales andan todavía en plan de ofrecedores y rescatadores. Ya veremos si sus palabras se cumplen en este caso; debemos además exigir al gobierno federal para que en la zona de Chapala y anexas se le dé un poco de congruencia al lema “Vivir mejor”.
Dirigida a Felipe Calderón Hinojosa, Jorge Herrera Caldera, Rocío Rebollo Mendoza, Roberto Carmona Jáuregui y a la ciudadanía de Gómez Palacio y Lerdo, la declaración leída en ese acto fue la siguiente:
La comarca lagunera de Durango acusa un marcado subdesarrollo en todos los rubros; es evidente que en general se ha rezagado con respecto de otras ciudades vecinas, principalmente de Torreón. El estancamiento es notorio sobre todo en materia de infraestructura comercial, hotelera, educativa, urbanística y cultural. Gómez Palacio y Lerdo, ciudades con una densidad poblacional ya importante, carecen de espacios adecuados para la mejor y más armónica convivencia social. El desequilibrio regional es una de las consecuencias del mencionado rezago. Muchos gomezpalatinos y lerdenses compran, se educan y asisten a actividades culturales en Torreón, pues en sus ciudades de residencia no encuentran opciones idóneas en todos los servicios. En algunos casos se da incluso el cambio de residencia hacia Torreón u otras ciudades que tienen lo que la comarca lagunera de Durango no ofrece.
Como en otros estados del país, el centralismo es uno de los mayores problemas de Durango. Ciudades como Gómez Palacio, cuya pujanza económica es todavía una de las más sobresalientes en la entidad, no tienen sin embargo un flujo de recursos suficiente y bien administrado para convertirlo en un municipio ejemplar no sólo de La Laguna, sino de todo el norte del país.
En la inercia del atraso se ha paralizado asimismo la participación ciudadana que en otros municipios ha sido fundamental; cámaras de comercio y empresariales, sindicatos, clubes, organizaciones no gubernamentales y demás no han tenido resonancia en Gómez Palacio y Lerdo y antes bien han permanecido al margen del debate y la propuesta públicos, lo que a su vez ha postergado la mejoría de nuestras ciudades. Por lo anterior, creemos que es hora de exigir una puesta al día de las inversiones que en verdad detonen crecimiento; una puesta al día de la infraestructura comercial; una puesta al día de la obra civil que dé fluidez a nuestro sistema de transporte y, como prioridad impostergable, una puesta al día en la construcción de espacios culturales y deportivos que abran a nuestra niñez y a nuestra juventud la posibilidad de formarse una idea más sensible y más sana de la vida. La acción simbólica del Mercado (olvidado negligentemente en la colonia Chapala) emprendida por una parte de la comunidad artística tiene como fin llamar la atención de las autoridades y exigir, ya sin demora, la creación de nuevos espacios culturales y deportivos en zonas olvidadas por la mano del progreso. Gómez Palacio y Lerdo ya no pueden esperar; urge que el arte y el deporte detonen una perspectiva generosa para quienes hasta hoy no han tenido nada.

domingo, diciembre 19, 2010

Un siglo de Lezama



Una lástima no tener a la mano la obra de Lezama Lima para consultarla mientras escribo a las prisas este recordatorio de su cumpleaños número cien. Un 19 de diciembre de hace exactamente un siglo nació en La Habana quien se convertiría en uno de los escritores más singulares de América Latina: José Lezama Lima. Allí mismo murió en 1976; salió a lo mucho dos veces de la isla pero su resonancia en el mundo de las letras fue tan amplia que todavía es considerado el más grande barroco latinoamericano de la historia.
No es más conocido, leído o emulado porque, creo, el registro de su escritura ha caído en desuso en las décadas recientes. Digamos que en estas épocas domina un estilo ligero, más bien plano, el más fácilmente asimilable por el lector apresurado y nada dispuesto a gastar tiempo en machincuepas sintácticas o en imágenes poéticas que supongan alguna complicación. Vivimos un momento hedónico en todo: si alguien propone que hagamos política para lograr un cambio social, lo juzgamos loco pues nadie está dispuesto a sacrificar su tranquilidad por una idea, por importante que parezca. Si alguien recuerda que cierto cine europeo es mejor que el norteamericano, lo tomamos por mariguano ya que aquel es “lento” y denso y éste es ágil y entretenido. Así, cuando alguien recomienda un libro en estas épocas más vale que no elija el de un barroco, pues todos esperan un tip que no cometa la impertinencia de enredarnos en berenjenales.
Lezama Lima, pues, no goza hoy y acaso no gozó nunca de multitudes. Su obra es, un poco como la de Borges o Reyes, aunque de otra manera, una obra para escritores, quienes al cabo suelen ser los que más aprecian a los colegas que desbrozan y despejan brechas nuevas o le añaden un timbre especial a lo ya muy conocido. Eso fue lo que logró Lezama Lima: el barroquismo elevado al cubo era hasta él un asunto del pasado, un estilo que tenía como hitos a Góngora y Sor Juana y carecía de cultores más cercanos a nosotros en el tiempo. En eso apareció, casi de la nada, el gordo Lezama Lima, quien vinculó un pensamiento espeso de imágenes poéticas con una expresión (hablada y escrita) no barroca, sino hiperbarroca, exuberante hasta lo selvático.
Su virtud le trajo seguidores, lectores de culto, algunos de ellos lujosísimos como Cortázar, Vargas Llosa o Monsiváis, pero también le acarreó repulsas. Para sus no lectores, Lezama Lima es un ilegible, un oscuro, un escritor de formas inextricables. Yo estoy a medio camino entre los que lo veneran y los que lo rechazan: el barroquismo siempre me ha gustado y por ello me presumo permanente feligrés de Góngora, Quevedo, Carpentier, Lemebel y otros pocos que han hecho de ese modo, el barroco, un modo eminente del español. Me gustan esos sensuales de la palabra, esos escritores que le buscan música a las letras y lo hacen, si es posible, con retorcimientos y rodeos (en estos días, y aprovecho el caso para demostrar lo que afirmo, convivo con una hermosa novela barroca de un escritor monstruo injustamente olvidado en nuestro país; me refiero al libro A sangre y fuego, de Manuel Echeverría, novela y autor que me tienen leyendo de rodillas).
Aunque no lo parezca, Lezama Lima opera distinto en cada uno de los géneros que abrazó. La complejidad mayor, en forma y fondo, está en su poesía; sus versos se dejan leer como sonido, pero es indudable que esconden, como poderoso coco, su pulpa y su licor. En sus ensayos ocurre algo parecido: Lezama Lima se mueve por los temas como murciélago en las cavernas: no necesita luz para dar con el destino donde reposará su análisis. Donde es más accesible, sin que esto signifique total comodidad, es en su narrativa. Para leer Paradiso, por ejemplo, es necesario no desistir en las primeras páginas, pescar el timbre y lo demás, la belleza total, cae por su propio y deslumbrante peso.
Hay un cuarto género encarado por Lezama Lima: el epistolar. Lo comenté hace relativamente poco, en la reseña sobre el libro Más allá de Paradiso, del profesor Gabriel Castillo, nuestro más asiduo comensal en los banquetes lezamianos. En sus cartas a José Rodríguez Feo, publicadas por ERA, el gordo es una delicia juguetona, un amigo que hace fiesta en cada misiva, un modelo de corresponsal que invita a imitarlo aunque ya no escribamos cartas cartas, sino desprolijos mails.
A un siglo de su nacimiento, y desde la trinchera incómoda del Vips que hoy me sirve de oficina, esto puedo decir, modesto pero sincero, para no olvidar el centenario de un escritor que, nos guste o no, está en la selección ideal de América Latina: el barroco de barrocos José Lezama Lima.
x
Nota del editor: el 21 de diciembre de 2010 recibí una carta del fotógrafo Iván Cañas en la que me comenta ser el autor de la imagen que encabeza este post. La sesión fotográfica se dio una tarde habanera de 1969. En aquella ocasión, Cañas tomó dos rollos (qué raro suena ahora eso de los "rollos") del autor de Paradiso en su vida cotidiana: Lezama en su biblioteca, Lezama junto a su esposa María Luisa, Lezama en un parque, Lezama en un balcón, Lezama con el puro a todo humo... Agradezco a Iván Cañas el permiso para usar la foto del famoso escritor con el habanazo en primer plano.
x
Mañana, presentación de La luz y la guerra
Mañana lunes 20 de diciembre será presentado La luz y la sombra: el cine de la Revolución mexicana, publicado por el Conaculta en su colección Arte e imagen. Esta presentación se celebrará en la librería Gandhi (bulevar Independencia 3775 oriente, Torreón) a las 19:30 horas. Los escritores y académicos torreonenses Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz idearon y coordinaron este trabajo colectivo que sin duda hace un aporte fundamental a la investigación académica sobre el cine con temática de la Revolución mexicana. Acompañaremos con comentarios el maestro Fernando del Moral y yo.
Entre la acabada introducción y las secciones apendiculares, La luz y la guerra contiene los siguientes ensayos “Vistas de modernidad y guerra: el documental mexicano antes y después de la Revolución”, de Fernando Fabio Sánchez; “Eisenstein y la Revolución mexicana”, de Aurelio de los Reyes; “La Revolución mexicana en celuloide: la trilogía de Fernando Fuentes como otra construcción de la historia”, de Julia Tuñón; “Evocaciones de la Revolución en las adaptaciones cinematográficas de Los de abajo”, de Matthew Bush; “Más antiguo que su patria: Pancho Villa, el (anti)héroe revolucionario de la cinematografía nacional”, de Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz; “La Revolución domesticada: Flor Silvestre y Enamorada de Emilio El Indio Fernández”, de Jean Franco; “La escondida de Roberto Gavaldón: el espectáculo, María Félix y el glamour de la Revolución mexicana”, de Zuzana M. Pick; “Adelitas y coronelas: un panorama de las representaciones clásicas de la soldadera en el cine de la Revolución mexicana”, de Stephany Slaughter; “Once upon a time in the… West: el cine norteamericano de la Revolución mexicana”, de Adela Pineda Franco; “Remitidos al silencio: los filmes censurados de la Revolución y La sombra del caudillo de Julio Bracho”, de Héctor Domínguez Ruvalcaba; “La Revolución del echeverrismo”, de Gerardo García Muñoz; “Emiliano Zapata y el fluctuante archivo de la imagen: del héroe trágico a la nostalgia neoliberal”, de Ignacio Corona.
Como lo comenté en una entrevista a Ángel Reyna, este libro de 688 páginas es un paquete de dinamita, sin duda el trabajo de su tipo y temática más ambicioso que hasta el momento hayan orquestado académicos laguneros. Los interesados en la Revolución, en el cine y en la literatura deben tenerlo en sus bibliotecas.
La invitación a la presentación es libre. Habrá brindis. Organizan el Icocult Laguna y la librería Gandhi.

sábado, diciembre 18, 2010

La RAE dice:



Ahora que los medios de comunicación ponen todas las noticias en todos lados y en un abrir y cerrar de tuiter, muchos comentarios me llegaron acerca de los cambios propuestos hace algunas semanas por la Real Academia Española. Quienes me acercaban su opinión mostraban, creo, una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si no entendieran bien de qué se trata ese rollo, por qué una institución que suena a autoridad (Real-A-ca-de-mia-Es-pa-ño-la) se fijaba en aparentes minucias.
Mi respuesta en todos los casos fue amable, como distante de la nota que a tantos alarmaba-intrigaba. Forzada mi opinión, confesé que debemos estar atentos a las observaciones de la RAE, pero sin considerar que sus disposiciones son como la nueva ley de tránsito, que entra en funciones tal día y quien no la acate se gana una multa o algo parecido.
De hecho, las propuestas me parecían necias en dos o tres casos, pues iban en contra de costumbres ya plenamente socializadas. En otras palabras, contradecían el espíritu del uso y forzaban empleos artificiosos. Entre otros, veamos qué cambios dijeron que iban introducir hace poco más de un mes:
1) La “i griega” se llamaría “ye”, la “b” se denominará “be” simplemente y no “be alta” o “be larga”, “u ve” para la “v” y ya no “ve baja”. Mientras que la “w” se llamará “doble uve”.
2) La RAE en sus últimas ediciones “formalmente” reducirá el número de las letras del alfabeto, ahora serán 27, porque eliminó la “ch” y la “ll”, a pesar que estas en 1999 fueron consideradas dígrafos (signos ortográficos de dos letras).
3) La nueva Ortografía de la RAE dispuso también que palabras como “guión”, “huí”, “Sión”, “truhán”, “fié” son “monosílabas a efectos ortográficos” por lo cual se tendrá que escribir: guion, Sion, truhan, fie, hui.
4) Antes la conjunción “ó” (con tilde entre números) se utilizaba para diferenciarla del cero y evitar una confusión; ahora la RAE consideró que “con las nuevas tecnologías y el uso de la computadora es poco probable que ocurra una confusión de este tipo” y por tanto propone eliminar la tilde.
En qué quedó esto:
1) Sobre los nuevos nombres de ciertas letras señala que esto “no implica interferencia en la libertad que tiene cada hablante o cada país de seguir aplicando a las letras los términos que venía usando, algunos de ellos (como la “i griega”) con larga tradición de siglos”.
2) Se suprimen la “ch” y “ll” como letras del alfabeto. Otras nuevas reglas, empero, sí se deberán aplicar a partir de ahora, como escribir sin tilde “guion” y “truhan”, ya que en el caso de las palabras con diptongo cuya pronunciación también pueda ser la de un hiato, la nueva ortografía establece que prevalece la primera y, por lo tanto, no se acentúa.
3) Adiós pues a la tilde en la “ó” cuando va entre números.
4) Los hispanoparlantes ya no deberán escribir con mayúscula inicial las fórmulas de tratamiento y los sustantivos que designan títulos y cargos, y poner sencillamente “majestad”, “el rey” o “el papa”. La ortografía de personajes de ficción como “Caperucita Roja” o “la Ratita Presumida”, sin embargo, seguirá siendo la misma.
5) Por otra parte, el adverbio “solo” podrá ser escrito a partir de ahora con o sin acento gráfico, al igual que los pronombres demostrativos (este, ese y aquel).
Ya así no queda tan mal, creo. Cambiar el nombre de las letras era contradecir el uso arraigadísimo: yo digo “u ve” a la “v” y “be” a la “b”; “i griega” a la “y” y “elle” a la “ll”. Me parece debatible omitir como letras los dígrafos “ch” y “ll”, pero bueno. Está bien quitar la tilde a los monosílabos inconfundibles (que no requieran diacrítico) guion, truhan, Sion y demás. Ah caray: ¿la tilde de la conjunción “ó” entre números no estaba eliminada desde hace mucho? Excelente que los títulos (rey, papa, majestad, presidente y otros) llevan minúscula (ojo a quienes les encanta elevarse la estatura con el uso de Ingeniero, Licenciado, etcétera, en vez de ingeniero, licenciado…). Si me dan a escoger, sólo usaré “sólo” con tilde cuando sea adverbio equivalente a “solamente”, como toda la vida, y a mis pronombres demostrativos que nadie me los toque; los usaré entonces igual, también como siempre.

viernes, diciembre 17, 2010

Mapeo de Sáizar



Leo con frecuencia las notas de Jesús Alejo en La Opinión; las escribe en la capital y llegan como parte del material que luego se integra a los periódicos de Milenio en todo el país. Ayer, con la cabeza “48% de la población, ‘poco o nada’ interesado en cultura”, Alejo compartió la información presentada por Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, sobre la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales 2010.
Entre otros resultados, el trabajo de Alejo destaca lo que arrojó la encuesta a la pregunta ¿Qué tan interesado está por lo que pasa en la cultura o en las actividades culturales? “48 por ciento de los encuestados respondió que ‘Poco o Nada’, mientras 47 por ciento dijo estar ‘muy o algo interesado’”.
Vale detenerse en esos porcentajes y pensar un poco en lo que pueden significar. De entrada, es inevitable pensar que se trata de una respuesta demasiado plana. Presuponemos que la “cultura” a la que se refiere la pregunta es la que en general promueve el Conaculta y todos los demás cientos de instancias dedicados a lo mismo en el país. ¿Lo entendían así los encuestados? ¿Sabían que les estaban preguntando por conciertos de jazz o clásica, por exposiciones de pintura, por conferencias, por obras de teatro, por cineclubes y todo eso, o también asociaron la pregunta a cualquier concierto de palenque o exhibición fílmica de estreno en la sala vip? Lo pregunto porque el porcentaje de interesados (“muy o algo interesado”) me parece demasiado alto para lo que en la práctica he podido apreciar no sólo en La Laguna, sino en otras partes del país a donde he concurrido como participante en el área de literatura. En general veo interés en las ferias o en los festivales, pero es obvio que no se trata del 47% de la población. En otros términos, en una encuesta declaran que están “muy” o “algo” interesados, pero en la práctica no asisten a las actividades que ofrecen las instancias culturales de cada región. En este sentido, es más que evidente una realidad: el disfrute de las actividades artísticas en este país es asunto de una inmensa minoría, así que las cuentas alegres de cualquier funcionario o de cualquier encuesta dejan de serlo cuando las contrastamos con la realidad. Por las razones que sean, México sigue siendo un país dominado por el desinterés cultural aunque la mitad de nuestros paisanos declare (sólo declare) “interés” en esto.
El estudio, puntualiza Alejo, “se desarrolló en las 32 entidades del país, con más de 32 mil entrevistas realizadas cara a cara entre el 24 de julio y el 5 de agosto, basado en una encuesta similar efectuada en 2003”. Allí se detectó además que “las nuevas tecnologías empiezan a transformar los hábitos de prácticas y consumos culturales de los mexicanos, según quedó demostrado. La aparición de nuevos formatos, desde el iPhone, los iPad o los lectores digitales, además de la posibilidad de bajar películas y música con mayor facilidad que en el pasado, tiene una gran influencia en los resultados de la encuesta”. Suena lógico aquí sí, aunque también debemos añadir que las afluencias de público se han visto mermadas, y todavía se ven, por el clima de inseguridad que en general nos ha golpeado.
El mismo espacio que sirvió para la presentación de esos resultados fue usado para que Consuelo Sáizar hablara sobre el Atlas de Infraestructura Cultural de México y el Libro de las Instituciones Culturales. “Entre la encuesta de cómo estamos en 2010 y la infraestructura que nos proporciona el Atlas, podremos hacer análisis para saber en qué estados se requiere abrir más librerías, más bibliotecas, cómo están los museos. Vamos a poder empatar todos los datos con los requerimientos de la sociedad”, expuso la presidenta del Conaculta. Pues bien, esto nos permite abrigar esperanzas de que allí esté incluida, visible, la pobreza casi de lágrima que padecen Lerdo y Gómez Palacio en relación a la infraestructura cultural. ¿En algún punto del Atlas se podrá apreciar que esos municipios de Durango tienen más de tres décadas sin crecimiento en su infraestructura de museos, teatros, auditorios y espacios para la formación artística? Si sí, ¿habrá en consecuencia algún proyecto federal, estatal o municipal que por fin subsane esa indigencia? Ojalá que sí, porque entonces se podría empatar el mapeo proporcionado por el Atlas con la necesidad ya imperativa, impostergable, de añadir a Gómez y a Lerdo un poco más de ladrillos para el trabajo cultural. Torreón ha crecido mucho en este aspecto. Sus hermanos de la zona “metropolitana” lagunera no pueden esperar más. Espero que el Atlas les haya noticiado el terrible faltante.

jueves, diciembre 16, 2010

Charla en el Museo Arocena


De la abundancia lagunera



No son numerosos, pero sí suficientes mis incursiones a restaurantes fuereños, no laguneros. En casi todos lados —Saltillo, Durango, San Luis Potosí, Guadalajara, Tuxtla, México, El Paso, Laredo, Phoenix y no se diga Buenos Aires, Madrid y Londres— he percibido cortedad en ciertos detalles que aquí, creo, nos caracterizan. Mientras en La Laguna lo habitual es el exceso, en otras partes, sobre todo en Europa, es la falta. Por eso me ha asombrado comprobar en meses recientes que algunos restaurantes laguneros se están poniendo cicateros con los detalles que antes eran literalmente pan de cada día en todos los espacios, populares o pirruris, donde le ponemos duro a la tragazón.
Doy algunos ejemplos. Ningún restaurantero en su sano juicio repara en cobrar los totopos de la entradita. Como bien sabemos, son muchos los establecimientos (donde venden cortes de carne, por ejemplo) en los que apenas nos sentamos y lo primero que nos ponen, antes de que gustemos “ordenar”, es una canasta hasta el full de totopos y por lo menos dos salsas. Si el hambre es mucha y los cortes demoran en salir de la parrilla, podemos con toda impunidad pedir más totopos, lo que en ningún restaurante de la comarca lagunera nos van a cobrar. En esta materia debo confesar que uno de los momentos más placenteros de la ingesta es esa llegada de los totopos, una especie de aperitivo seboso que con una buena salsa nos prepara para hincar el colmillo con toda ferocidad a lo que viene.
Que yo sepa, no hay menudería en la que los dueños regateen el pan francés si el cliente demanda otra ración. Mal haría un menudero bien nacido en decir a sus comensales que si quieren más pan, lo tienen que pagar, pues nuestra tradición implica que el pan francés es un complemento cuyo refill alcanza al menos para dos o tres rondas.
En ciertas taquerías no hay servicio de “orden”, sino de plato. Quiero decir que pedimos, por ejemplo, uno de bistec y nos traen un plato con la carne picadita; aparte, el negocio nos pone las salsas (a veces hasta cuatro), los limones y obviamente las tortillas. Si uno decide hacer sus propios tacos sin redilas, es probable que requiera más tortillas; tan fácil como pedirlas para que el mesero traiga otro bonche espectacular y calientito. El precio del platillo seguirá siendo el mismo aunque al final hayamos liquidado dos kilos de masa.
Hablé de los limones y las salsas. Lo normal —tan normal que no pensamos en eso— es que nadie repare en un costo adicional por esos condimentos, así que cuando compramos comida para llevar es de cajón que nos den un suministro generoso de tales aderezos.
Lo mismo pasa en muchos restaurantes con el café o los complementos del desayuno como la miel, la mermelada o la mantequilla. En La Laguna es una ley que paguemos un café y podamos tomarnos 23 tazas si queremos y podemos asimilar tal sobredosis. Lo mismo cuando deseamos un poco más de miel: si queremos, podemos despachar la que se comería un oso sin que se moleste el mesero o el dueño del negocio. Por eso me asombra que algunos restaurantes den la espalda a la prodigalidad lagunera y comiencen a pichicatear los añadidos. Sé de un restaurante que en algunos platillos sólo incluye dos tortillas (¡dos tortillas!) y de otros que cobran aparte los limones o los pequeños contenedores de miel. No podía creerlo y fui a comprobarlo. Pedí un platillo y al recibirlo vi que lo acompañaba un modesto par de tortillas. Pedí más y al final su precio venía agregado en la cuenta, lo que me obliga ahora a no volver jamás a un negocio que atenta contra un gesto lagunero de los buenos: no reparar en la satisfacción de los clientes glotones como el servidor que aquí se queja.
De seguir así, llegaremos a lo que me pasó en un restaurante de la Plaza Mayor, en Madrid. Pedí una paella que venía acompañada por un bolillito miserable que cabía en el cuenco de una mano. Sin saber lo que pasaría, pedí un poco más de pan y el mesero trajo otra pieza igual de mezquina. Ni modo. Lo que me asombró fue que al aterrizar la cuenta el panecito extra costaba dos euros, es decir, cuarenta pesos al cambio de ese día. Es el pan más caro que engulliré en mi vida. Lo lamenté y por eso escribo esto: no quiero que en La Laguna lleguemos a tan lamentable miserabilidad.