miércoles, enero 31, 2024

Libros de Calasso











He quedado satisfecho y justificado tras leer Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama, 2021), del editor y escritor Roberto Calasso (Florencia, 1941-Milán, 2021). Cierto que nacer donde él nació le da ventaja a cualquiera que apetezca hablar sobre libros, pero no es menos cierto que, si uno lo desea, incluso en una ciudad como la nuestra es posible nutrir una biblioteca digna de este nombre. Esto significa que quien acumula libros en algún momento de su empeño se topará con reflexiones similares a las de Calasso.

Por su aspecto de manual, Cómo ordenar una biblioteca es un título engañoso. No se trata entonces de un método para dar cuadratura decente al acomodo de los libros, sino de un ensayo relajado en el que su autor desarrolla una serie de ideas sueltas, todas enunciadas como en una sobremesa. En medio de la exposición aparecen temas y subtemas observados con inteligencia, serenidad y no escasa erudición, tanta que en algún momento me hizo recordar, así sea de lejos, al apabullante Umberto Eco de La memoria vegetal.

Tiene este libro de Calasso un montón de afirmaciones ideales para la cita textual, útiles para no estorbarlas con una reseña al uso. “Un lector que no sea capaz de fantasear frente a un catálogo es un lector improbable”, con lo que desea refutar la idea de los pocos libros. “Es esencial comprar libros que no vayan a ser leídos enseguida. Al cabo de uno o dos años, acaso de cinco, diez, veinte, treinta, cuarenta años, llegará el momento en el que se sentirá la necesidad de leer precisamente ese libro”, lo que refuerza la idea planteada en la primera cita y echa por tierra la azorada pregunta del visitante en casa: “¿Y ya los leíste todos?”.

Más adelante, brinca a otros subtemas. “No agregar a un libro huellas de la lectura es una prueba de indiferencia —o de mudo estupor—”, con lo que nos invita a leer con lápiz (así lo hago siempre, por eso marco lo que cito en este caso, y uso lápiz, no bolígrafo, que es lo que recomienda Calasso). También recomienda no salir de las librerías (de viejo, sobre todo) sin la sorpresa de lo que no esperábamos comprar. Y esto: “el orden de la biblioteca no encontrará nunca —no debería encontrar nunca— una solución. Simplemente porque una biblioteca es un organismo en permanente movimiento. Es terreno volcánico, en el que siempre está pasando algo, aunque no sea perceptible desde el exterior”.

En fin. Salí de este libro muy tranquilizado. Lo recomiendo.

sábado, enero 27, 2024

Tres miradas en Falacias para un autorretrato













No es infrecuente escuchar que la poesía es el más elevado de los géneros. Lo dicen sobre todo, no sé si con sinceridad o por pose mentirosamente apiadada, los narradores y los ensayistas. Lo cierto es que sea excelente, buena, regular, mala o pésima, la poesía tiene el mérito de la supervivencia a contracorriente, el heroico logro de persistir pese a la falta de lectores y por ello mismo de ventas en un mundo en el que lo no comercializable está condenado a desaparecer. De ahí que podamos hacernos algunas preguntas: ¿por qué persiste la poesía? ¿A qué se debe su presencia en un mundo que la desdeña y no suele hacerla comparecer ante las cajas registradoras?

Puedo intuir, a modo de respuesta tentativa, que la poesía subsiste, así sea prendida con las uñas al universo bibliográfico, por dos de sus rasgos más salientes: al trabajo artesanal de la palabra y a su capacidad para exponer la intimidad de sus autores. Otros géneros tienen ventajas para generar conocimiento, para informar, para entretener, para construir universos mediante la imaginación, para especular con las ideas más abstractas; la poesía, cuando es genuina, las tiene para desnudar la subjetividad, para exhibir el yo, para diseccionar la anatomía del alma. En este sentido, el buen poeta no requiere semblanza: si su obra ha sido urdida sin dobleces, los versos revelarán su autorretrato. La poesía permanece pues porque en ella siempre se agazapa un rostro.

Un autor polimorfo como Saúl Rosales, quien ha ejercido el cuento, la novela, el ensayo, el artículo, el teatro, la crónica y más géneros, por supuesto que nos ha dicho quién es en el espectro de su ya larga escritura. Podemos adivinarlo en sus relatos, podemos suponerlo en sus opiniones periodísticas, pero nunca podremos hallarlo mejor expuesto que en su poesía, como sucede si nos adentramos en las páginas de Falacias para un autorretrato (IMCE, Torreón, 2023, 143 pp.), su libro más reciente. En él, el autor lagunero ha reunido una colección de poemas que no por personales dejan de concernirnos, de inquietarnos y en ciertos casos de ayudarnos a pensar, pues también éste es un usufructo de la poesía.

Falacias para un autorretrato está dividido en tres habitaciones: la primera lleva el mismo título general del libro, la segunda es “Instante de la foto” y la última es “Oficio del alcohol”. Ciertamente hay predomino de una temática específica en cada apartado, pero esto no significa que el tríptico carezca de un hilo conductor e inevitablemente el mismo tono melancólico, o más bien francamente apesadumbrado, en todo el libro. Para lograr un mejor discernimiento de su contenido hago mi propia clasificación de los poemas de acuerdo a las líneas temáticas que he percibido en cada uno. Categorizo pues el contenido de Falacias en tres subtemas: de reflexión (digamos) social, de asombro ante la belleza del arte y de la mujer, y de bancarrota espiritual. Obviamente, esto no significa que en los poemas no se den mixturas, cruces, nutricias vinculaciones entre los tres subtemas destacados.

Del primer inciso, el que ubico en la dimensión social, hay muchos ejemplos en la primera sección del libro, la más larga y miscelánea. Poemas como “Dinero llama dinero”, “Sabor fértil del trabajo”, “Quién debe gobernar”, “Destino de revolución”, “Sofocación de la insaciabilidad”, “Viaje único”, “Reserva de desempleados”, “Memorando de la tierra”, “Soledad del sánwich de tomate”, “La mula de la vida”, “Esquina de Progreso y Porvenir”, “Dolor de macrobús” y “Calidad debida”, entre otros. En estos poemas, como rasgo general, se enuncia la posición ideológica, siempre zurda, desde la que mira el poeta, y los temas específicos rondan asuntos como la enajenación, el desempleo, el consumismo, el individualismo, la solidaridad, la falta de compromiso, entre otros. El autor no teme ser aquí tan explícito como es posible:

Un día y otro día el trabajo no aparece

lo único que existe en abundancia

para la esperanza y las necesidades juveniles

son plazas en el ejército nacional de reserva…

Otro amplio sector del poemario trabaja con la materia de lo que aquí he denominado “asombro ante el arte y la mujer”. Reitero que lo social, el tema anterior, puede también subyacer en los poemas de esta segunda índole, pero de un modo menos enfático. Casi toda la sección denominada “Instante de la foto” y buena parte de la primera, homónima del libro, destaca el brillo de la mujer como destinataria de veneración y de caricias aunque sólo sean ópticas; también, es resguardo de varios poemas en los que cuaja un asombro similar pero ante el arte principalmente musical y un poco menos el literario. Poemas como “Sueño de pintar”, “Manos de arquitecta” son ejemplo del tributo al imán femenino, y para muestra basta un fragmento de “Regazo de sol” en el que luego de describir la búsqueda de sol de unas precarias plantas domésticas, el poeta acusa igual inclinación, como la de sus árboles:

Igual yo

hacia esa forma de sol que eres

mujer

me desbordo

como hacia el alba, la aurora, la plenitud, la razón, el fin.

Eres regazo magnético de sol.

En este mismo territorio deambulan varios poemas asimilables a la llamada ars poética, es decir, aquellos poemas cuyo tema es la misma poesía (“Taller para el oficio”, “Agua de poetas” y varios más), además de los ya mencionados poemas de conmoción ante el arte como “Canción de Grieg”, “Minuto assai”, “Alba de Madera” o “Luna de miel con Gloria Lasso”

La sección final, “Oficio del alcohol”, alude al tequila y al vino como sedantes del infortunio, no como voraz ingesta que desbarata el ser. Igual que en varios poemas de las otras dos secciones, aquí la consciencia del fracaso, de la frustración, de la derrota y su deriva en el apocamiento son recurrentes, tanto que estos sentimientos, a todas luces malqueridos por quien los padece, sólo pueden ser mitigados con unas gotas de vino y en menos cantidades de tequila. Son los poemas que hace algunos párrafos ubiqué en el rubro “bancarrota espiritual” expresada frente a la mancha venenosa de la soledad y sus rigores.

Por todo lo dicho, y principalmente por todo lo no dicho aunque sobrevolado, Falacias para un autorretrato es un libro sobre tres poetas que conviven en Saúl Rosales. Podemos dialogar con los tres, con dos de ellos o con uno solo. En cualquier caso estaremos ante un ser humano auténtico, transparente en su asombro y en su tenaz abatimiento.

Comarca Lagunera, 25, enero y 202

Nota. Texto leído el 25 de enero de 2024 en la presentación de Falacias para un autorretrato celebrada en el recibidor de El Siglo de Torreón. Participamos Nadia Contreras, el autor y yo.

miércoles, enero 24, 2024

Melancoholía de Alfredo García Valdez

 











Además de la aparición de arrugas, canas y dolores físicos, otra de las desventuras que acarrean los años es la sensación de que el tiempo se evapora a una velocidad inaudita: mientras la niñez ha caminado sobre nosotros a paso de tortuga, en la edad avanzada los años parecen galopar en nuestra percepción y nos llevan a considerar que la vida restante será muy corta, casi un parpadeo. Esta reflexión apesadumbrada me embosca al ver que hace dos años ya, en enero de 2022, partió el poeta y periodista Alfredo García Valdez (Cedros, Zacatecas, 1964).

Aunque zacatecano, Alfredo desarrolló casi todo su trabajo de escritura en Saltillo. Allí ejerció el periodismo sobre todo cultural y, lo más importante, allí urdió una obra literaria cuya mayor peculiaridad, para mí, estuvo siempre signada por el cuidado obsesivo de la forma, esto en un grado de perfeccionismo inhabitual en quienes combinan la escritura atrabancada del periodismo con el trabajo ceñido a lo poético.

Como ocurre a casi todos los escritores afincados en provincia, los libros de Alfredo no son de fácil localización. Por suerte, sin embargo, hay uno muy a la mano: Doctrina de varia melancoholía, volumen publicado por la Secretaría de Cultura de Coahuila en cuya web es ofrecido gratis en formato PDF. Se trata de un racimo de poemas —la mayoría cortos— en los que el autor expresa emociones que oscilan entre la acritud y la resignación. Con un despliegue de imágenes imparable, los poemas llegan incluso a rozar el sarcasmo, pero no para granjearse nuestra sonrisa, sino para movernos a pensar en la inevitable catadura de la vida cuando se le mira desde la vigilia: todo lo que nos rodea es incierto, nuestra propia existencia está permeada por el sinsentido, lo que creemos sólido se diluye apenas lo bordeamos con la razón.

Desde que la leí por primera vez en el amanecer del milenio, la obra de García Valdez me pareció ajena a nuestra época; ha sido escrita por una mente que habitaba en otra música, en la fidelidad por ciertos poetas mayores como Darío, López Velarde y González Martínez, de ahí la sensación de extrañeza que sus versos, muchos todavía rimados, nos produce. Su obra es sin duda una de las más peculiares que ha dado Coahuila en las décadas recientes, y así sea en silencio, sin hacerse notar, sus pocos lectores lo tendrán presente como yo en este momento.

sábado, enero 20, 2024

Emprendedurismo Caracortada

 







Como pocas, como ninguna, la ironía es un tropo de excelente rendimiento. Según la definición de Helena Beristáin (Diccionario de poética y retórica, Porrúa, México, 1988), es una “Figura de pensamiento porque afecta a la lógica ordinaria de la expresión”. Para entender el gesto irónico es fundamental el contexto compartido de los interlocutores, el hecho de que estén en la misma sintonía mental para que uno entienda que lo dicho por el otro debe ser decodificado al revés, no en sentido estricto.

“Quizás Obregón 73 sea arrasado con todo y placa para que ocupe su lugar un estacionamiento-taquería de los que tanta fama y belleza han dado a la Ciudad de México”, escribió José Emilio Pacheco en una carta a José Luis Martínez. Sin contexto, la afirmación no se deja descifrar como ironía. Es necesario decir pues que se trató de una carta abierta del poeta y ensayista para solicitar el rescate de la casa donde vivió López Velarde en la Ciudad de México. La frase observa irónicamente que si las autoridades no rescataban el inmueble, se convertiría en un esperpento, en un “estacionamiento-taquería”, por lo que “fama y belleza” operan allí como pinchazos irónicos. Este ha sido un ejemplo.

Entre las características más salientes de la era del vacío lipovetskiano se encuentra el humor como flecha y como blanco, como presencia ubicua en la realidad mediática. Esto significa que hoy vivimos en el universo de la risa en todas sus modulaciones y variantes, en la gracejada perpetua, en la catarsis como dogma de vida cotidiana. Por esto el exitazo de las plataformas como Whastapp y TikTok, dispositivos que viabilizan lo humorístico a un ritmo frenético. Esta tendencia es ya el eje de la industria cultural: lo que divierte, lo que entretiene, lo que relaja y no se “azota” con análisis de cierto espesor o dramatismo, es lo que pasa a tener posibilidades de viralización, anhelo final de todo “contenido”.

Pero una cosa es la guarrada obvia en pos de la risotada y otra el guiño de la ironía. Por supuesto, cuando el humor se emboza y toma el camino de la sutileza es mucho más exigente, demanda del espectador una disposición espabilada. En este caso, el manejo atinado del instrumental lingüístico es imperativo. Voy al ejemplo.

En el mundo de la autoayuda o del llamado “emprendedurismo” (horrible palabra) el vocabulario habitual acumula expresiones como “liderazgo”, “esfuerzo”, “lealtad”, “disciplina”, “imaginación”, “sueño”, “lucha”, “emprendimiento”, “innovación”, “vocación”, “trabajo”, “tenacidad”, “triunfo”, “éxito”, “respeto” “cambio” y todas sus variantes serias. Decimos: “Bill Gates no dejó de trabajar y desde cero persiguió su sueño con una vocación que al final lo llevó a conquistar el éxito”. Las palabras aquí tienen un uso estricto, pero servirían igual, sólo que en clave irónica, si cambiamos el nombre y el apellido: “Joaquín Guzmán no dejó de trabajar y desde cero persiguió su sueño con una vocación que al final lo llevó a conquistar el éxito”.

Esta inversión irónica del argot exitista es esencial en Los capos de la mafia (2023, Ron Myrick) documental disponible en Netflix. Vi sólo su primer capítulo, el que aborda los empeños de Al Capone para convertirse en Al Capone. El producto audiovisual trabaja con la arcilla de la maldad encarnada en el popular Caracortada, pero la voz narrativa hace el abordaje de la biografía con el vocabulario del “emprendedurismo”, como si la mafia abrazara (¿o sí?) los criterios usados en el capitalismo para medir el éxito de sus personeros más salientes, llámense Bill Gates, Jeff Bezos o Elon Musk.

El documental sobre Capone no parece bromear; en efecto, señala que el mafioso acató pautas empresariales para trepar a la coronilla del poder. La narración avanza por ello como apología del crimen, como relato para que el espectador se autoperciba “loser” y sepa que para sacudirse tal condición es necesario que siga los consejos del manual del perfecto mafioso, el mismo que observó Capone como si se tratara del decálogo mosaico.

“¿Listo para comenzar tu propio imperio?”, es la pregunta detonante ofrecida por el video, y luego viene la guía: “Aprende de los mejores”, “Llévate bien con tu superior”, “Sé leal”, “Defiende tu título”… es decir, las reglas aplicables a la lucha entre empresarios, los mismos códigos, sólo que muy “al margen de la ley”.

Como los horóscopos, el vocabulario de la autoayuda, el echaganismo y la superación personal puede cuadrar a quien sea, de ahí que si aceptamos que es fundamental seguir nuestra vocación y es imprescindible no renunciar a nuestros sueños, Capone puede ser considerado hasta hoy, irónicamente, un modelo a seguir para trascender nuestra calidad de perdedores.

miércoles, enero 17, 2024

José Agustín de perfil


 











Como tantos, tuve primera noticia sobre José Agustín gracias a la famosa antología El cuento hispanoamericano (FCE, México, 1964, luego ampliada y reimpresa en numerosas ocasiones) del académico norteamericano Seymour Menton. Recorrí aquel libro en dos clases de literatura recibidas durante la carrera de Comunicación, una con Saúl Rosales y otra con Paco Amparán, esto hacia 1982.

Bien organizado según un criterio cronológico que hasta la fecha lo hace útil como material didáctico, el libro de Menton llegaba, hasta mi edición de los ochenta, al cuento “Cuál es la onda”, de José Agustín. No he olvidado el macanazo que significó su lectura, la sensación de haber arribado de golpe a una narrativa que en su insolencia y su ludismo nos (me) informaba que la literatura podía ser también un espacio en el que era viable meter todo lo que nos rodeaba: la música moderna, las maldiciones de la calle, las andanzas y los albures con los amigotes, el consumo de sustancias prohibidas, el sexo a trompicones, el desmadre en suma. No pasó mucho tiempo para que yo accediera a la precoz De perfil (Joaquín Mortiz, 1966), su libro más célebre, y entonces sí me declaré capacitado para considerar que las Letras, con mayúscula, no eran coto exclusivo de la solemnidad y sus almidonamientos, sino territorio en el que las palabras más frescas y las ideas menos tiesas también tenían derecho de circulación en las páginas de los libros.

Tras leer Inventando que sueño (Joaquín Mortiz, 1968) y De perfil, poco a poco fui sumando sus otros libros: La tumba, La panza del Tepozteco, Ciudades desiertas, Se está haciendo tarde, Furor matutino, los tomos de la Tragicomedia mexicana… Pasados los años, tuve además la oportunidad de presentar en Torreón dos de sus títulos, ambos en el Teatro Isauro Martínez: la novela Armablanca y una especie de crónica titulada Los grandes discos de rock (1951-1975), libro que comenté a teatro lleno y no sin dejar de sentir alguna envidia del público roquero de La Laguna, que seguramente me consideró, y con razón, un diletante en aquel tema.

Además del par de libros dedicados por José Agustín luego de las presentaciones, conservo una foto con él y en la memoria dos o tres conversaciones trenzadas a propósito de encuentros casuales en ferias. Lo recuerdo como un tipo de sonrisa fácil, atento a lo que uno le decía, inteligente y siempre “prendido”, para decirlo con un modismo de su juventud.

José Agustín, el eterno muchacho rebelde de la literatura mexicana, murió ayer a los 79 años. Descanse en paz.

sábado, enero 13, 2024

Dos Vientos del Pueblo más











 











En las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem perfecto para los biblioadictos: libros y café.

En una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo A. Madero (México, 2019) y La cancha. Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de, respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Dada su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer: que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media hora disponible.

No me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la Fototeca Nacional.

La cancha… de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias. La plaquette añade el aderezo gráfico del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.

Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.

miércoles, enero 10, 2024

Tropecé de nuevo con el mismo libro

 











Releer no tiene disculpa frente al pavoroso número de libros parados aburridamente en la fila, sin atención. Veo los estantes de todo lo que aguarda la visita de mis ojos y siento que “defraudo una espera”, como escribió Zitarrosa a propósito de otro tema. Pero a veces, sin querer queriendo, como reza la sentencia chespireana, un libro ya atendido vuelve como capricho y exige un nuevo recorrido.

Esto me pasó en la primera semana del año con La novia de Odessa (Emecé, Buenos Aires, 2001), libro de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) que en 2021 me provocó, al concluirlo, una madrugada de alucinaciones impregnadas de su estilo literario y de sus melancólicos fantasmas. Volví a tomarlo con la sospecha de que no era para tanto, de que sus páginas no me resultarían tan meritorias, y que por ello una segunda lectura me dejaría la tranquilidad de saber que aquella madrugada alucinante, afiebrada, había sido un percance de lector desprevenido.

Erré. Otra vez, las páginas de Cozarinsky hicieron su labor y me ciñeron a un universo de personajes atrapados en una tristeza (más bien, reitero, en una melancolía) indefinible y puestos a vivir sobre las páginas con una prosa (vaya prosa) fortalecida por imágenes y pequeños rodeos que colman de inquietud cada renglón.

Mi cuento favorito es el que da título y tono al volumen, “La novia de Odessa”, el primero, al cual no vacilo en adherir la etiqueta de obra maestra. En este relato está agazapado, por así decirlo, todo el conjunto: historias de migrantes, de exiliados, de seres que exploran en su borrosa genealogía y en ese trance vislumbran un pasado que sólo puede ser reconstruido conjeturalmente, en inciertos retazos. El volumen reúne diez cuentos, y me cuesta elegir los más gratos por la sensación de que discrimino mal. Arriesgo que “Literatura”, “Bienes raíces”, “Días de 1937”, “Budapest” y “Hotel de migrantes” son imprescindibles para mí, pues en ellos late lo que ya señalé: un viaje al pasado desde el presente de algún personaje, por lo común judío, puesto a fraguar un collage con recuerdos nebulosos.

Supongo que en México muy pocos han leído a Edgardo Cozarinsky, quien también ha sido cineasta; recomiendo leerlo y luego de esto, como yo, quizá también releerlo. Así de bueno es.

sábado, enero 06, 2024

A treinta años de Dahmer

 








Coincidió que el primero de enero me eché en Netflix los tres capítulos de la miniserie documental Las cintas de Jeffrey Dahmer (Joe Berlinger, 2022) que a su vez es parte de la saga Conversaciones con asesinos, y al leer la fecha de muerte del protagonista vi que era una efemérides de este año: en 2024 el mundo cumple tres décadas sin el Carnicero de Milwaukee. A propósito del documental, por ello, y ahora que todavía el año calza pañales (la tercera acepción del DRAE para “calzar” permite usar así este verbo), escribo la presente evocación sobre el más célebre hijo de la ciudad cervecera.

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Milwaukee el 21 de mayo de 1960, y hasta donde es posible afirmar, con base en los datos suministrados por el video, tuvo una infancia ordinaria. Hijo de un químico y una especialista en teletipos, presenció, eso sí, frecuentes discusiones de sus padres, quienes a la postre se separaron. Ya para entonces el pequeño Jeff hacía exploraciones por un bosque cercano y pronto tuvo una obsesión anticipatoria de lo que después le granjearía fama en todo el orbe: comenzó a recolectar cadáveres de animales para escudriñar sus entresijos. Esta afición se mezcló con el sentimiento de soledad experimentado tras la ruptura de sus padres, lo que se agudizó tras el nacimiento de su único hermano. La pasión de anatomista coincidió además con el descubrimiento de su homosexualidad, en la adolescencia, y poco después también con el del alcohol.

Las carambolas de la vida lo aislaron cada vez más. Fracasó en los estudios, consiguió trabajo en una chocolatería, decidió vivir con su abuela y al alimón frecuentó bares gays de la localidad. En el 78 perpetró su primer asesinato: invitó a un joven a su casa y optó por liquidarlo para evitar que llegara el indeseable momento de la despedida. En aquel primer caso usó una pesa de ejercicio de las llamadas “mancuernas”.

Tras un paréntesis de algunos años, recayó en el apetito de matar, y lo satisfizo. Sin saber bien a bien por qué lo hacía, luego pudo explicar que mataba, vejaba, desmembraba y conservaba, e incluso devoraba, todo en este copretérito, partes de sus víctimas para evitar perderlas, para tenerlas siempre junto a (dentro de) él.

En la época más activa de su vida criminal, Dahmer vivía en un modesto complejo de departamentos de la ciudad de Milwaukee, casi todo ocupado por afroamericanos, como se dice en EUA. Lo raro es que en su pequeño y sórdido habitáculo operó sin que el vecindario se las oliera (sin metáfora), aunque los ruidos de martillos y serruchos y la frecuente pestilencia llamaron la atención de algunos inquilinos sin que llegara a mayores, es decir, sin que hubiera denuncias ni las autoridades revisaran el escondrijo convertido en recurrente escena del crimen. La mayor parte de las víctimas eran jóvenes de tez oscura, de preferencia atléticos, 17 en total.

Las cintas de Jeffrey Dahmer apela a grabaciones de audio (interrogatorios) y algunos videos originales, además de reconstruir con difuminados actores ciertas escenas hipotéticas; tiene una estructura tripartita: fluye del pasado infantil y adolescente del Carnicero al periodo más productivo de su trabajo aniquilatorio, luego al inmediato momento de las investigaciones y, al final, al juicio y la condena en medio del morbo periodístico.

No soy mucho de ver películas ni documentales, pero tengo amigos que sí, algunos de ellos devotos de la bestialidad humana. Al recibir el tip sobre esta semblanza fui al documento y, la verdad, es notable la calidad de su edición. Por supuesto que tenía noticias sobre Dahmer (quién no), pero jamás me había detenido a recorrer las peripecias de este personaje que se convirtió, hasta la fecha, en dechado de lo que Bataille llamó “la parte maldita”. En efecto, en Dahmer afloró espléndidamente el lado más cavernoso del ser humano, la inclinación al salvajismo que ha sido domesticada o casi domesticada por las leyes y la cultura —“la civilización”—, pero que de vez en cuando, pese a la amenaza de la vigilancia y el castigo, estalla volcánicamente en individuos con el instinto de muerte desbocado.

Contra la defensa que argumentó locura, Dahmer fue hallado cuerdo y culpable, por lo que recibió una condena a no sé cuántas cadenas perpetuas en un juicio donde el acusado lució siempre sereno y hasta apuesto. Pocas semanas vivió tras las rejas, pues fue asesinado el 28 de noviembre de 1994 en una cárcel del condado de Columbia, Wisconsin, por un reo que para llevar a cabo su labor usó (“a la realidad le gustan las simetrías”, dijo Borges) una pesa del gym penitenciario. En Milwaukee fueron destruidas todas las pertenencias de Dahmer y demolido el Oxford, edificio de departamentos en donde, entre cuchillos, ácidos y congeladores, el Carnicero ejerció su vocación de asesino, anatomista y caníbal serial.

miércoles, enero 03, 2024

Criba 2023

 











Luego de confesar una vez más que mis hábitos de lectura no se ciñen a ninguna moda o a lo que recién va apareciendo en cantidades industriales, miro hacia 2023 y advierto que cumplí con la costumbre: los que leí no fueron los libros “del año” o lo que la publicidad impuso como urgente e “imperdible”, sino lo que decidí leer aunque estuviera ya descontinuado, fuera de anaqueles. Con una brevedad de flash consigno aquí los diez libros que más me gustaron, algunos de hecho reseñados en este espacio.

Hernán Cortés. La pluma (Taurus, 2019, 341 pp.), de Christian Duverger (francés), libro que complementa a Hernán Cortés. La espada, del mismo autor. Ambos son verdaderos monumentos biográficos, en este caso sobre el soldado/escritor que fue luego el principal dinamo del mestizaje mexicano.

El género y la lengua (Taurus, 2018, 91 pp.), de Pedro Álvarez de Miranda (español), ensayo que no por breve deja de ser lo mejor que he leído sobre el estatus y el posible futuro de lo que denominamos “lenguaje inclusivo”.

Regreso a Reims (Libros del Zorzal, 2015, 254 pp.), de Didier Eribon (francés). Tal vez fue el libro que más me conmovió el año pasado. Una memoria que analiza con crudeza la autopercepción de la desventaja intelectual de un provinciano, homosexual e hijo de obreros en la academia parisina de los setenta/ochenta.

Opiniones contundentes (Anagrama, 2017, 370 pp.), de Vladimir Nabocov (ruso). Complicación de entrevistas vigiladas celosamente por el autor de Lolita. El título cumple sin titubeos lo que sugiere: todo él es contundente.

Maniobras nocturnas (Emecé, 2007, 169 pp.), de Edgardo Cozarinsky (argentino). Otra novela relegible —por su prosa sinuosa, sugerente y autorreferencial— del autor de La novia de Odesa.

La velocidad de la luz (Debolsillo, 2015, 240 pp.), de Javier Cercas (español). Una espléndida novela más de mi narrador español favorito de los años recientes, historia donde se mezcla lo español con lo norteamericano en los mundillos literario y académico.

La era del fútbol (Debolsillo, 2005, 349 pp.), de Juan José Sebreli (argentino). Hasta ahora, el más acucioso alegato que he leído en contra del futbol, un ensayo que disecciona los entresijos mafiosos y manipuladores del deporte más lucrativo del mundo.

Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina (Alfaguara, 2021, 151 pp.), de Gabriel García Márquez (colombiano) y Mario Vargas Llosa (peruano). Diálogo público en Perú de dos autores que a mediados de los sesenta comenzarían a convertirse en lo que fueron poco después y bien conocemos.

La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020, 216 pp.), de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga (españoles), libro de divulgación científica en clave conversacional, ameno y lúcido a un mismo tiempo.

La pequeña tradición (UNAM/El Equilibrista, 2011, 134 pp.), de Armando González Torres (mexicano). Serie de ensayos sobre autores mexicanos, todos agudos y escritos con prosa tupida de belleza literaria.

sábado, diciembre 30, 2023

Serrat ochentón












No soy ni seré flor ni espejo de melómanos, pero a lo largo de mi ya sexagenaria vida he sabido escuchar con atención y gratitud a varios hacedores de música popular y culta. Alguna vez establecí una lista de mis admirados, y no sin asombro vi que se expandía hasta incluir una cantidad de nombres no sólo amplia, sino harto variada. La amplitud de mi enciclopedia musical se debe, creo, a un ancho de banda que no sé por qué deja entrar en mi gusto a personajes de lo popular y lo culto por igual. No es, tampoco, una sumatoria aplastante, pero en su arco deja entrar lo mismo a Bach y a Vivaldi que a Javier Solís y Adriana Varela, y lo mismo a Yupanqui que a Pérez Prado y Lola Beltrán. Eso sí: jamás descenderé al inframundo de los actuales pesoplumíferos; hasta allí no llego ni amenazado con una fusca en la nuca.

Que el largo e innecesario preámbulo que me acabo de echar sirva como telón de respeto y agradecimiento a Joan Manuel Serrat, compositor y cantante que sin duda ocupa un lugar significativo entre mis afectos auditivos. Dado que nació en Barcelona hacia 1943, el pasado 27 de diciembre llegó a los ochenta de su edad, motivo más que justificado para celebrar la calidad de su trabajo, un trabajo prolongado hoy a casi sesenta años de trajín en el mundo de la cantautoría.

Se dice fácil, como decir se suele, pero llegar a casi seis décadas de plenitud creativa no es sencillo. Para lograrlo se necesita una escalera grande y otra chiquita, ambas permanentemente firmes y de pie. La clave de Serrat no ha sido, por supuesto, su voz, de poca potencia y un poco temblorosa, aunque siempre bien colocada en cada nota, jamás desafinada. El fuerte, la magia de Serrat ha estado, obvio, en sus letras y sus arreglos. Todos tienen algo, una belleza que sin incurrir en densidades y hermetismos logra comunicar emociones con las palabras justas, siempre con matices melancólicos, tristones, críticos y, cuando lo requiere la ocasión, hasta humorísticos.

La belleza es difícil de explicar. Le pasa lo que le pasa a la definición del tiempo cuando se la preguntaron a San Agustín, según dicen: si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé. Yo sé que hay belleza en las letras de Serrat, pero a la hora de explicarla es cuando batallo. Sin embargo, es posible sobrevolar su inteligencia, discernirla.

Sus letras son muchísimas, y no me detendré en pensar una completa aunque con una sola pieza podría ser demostrada la malicia literaria de Joan Manuel. Es el caso del “Romance del curro El Palmo”, una de las canciones más tristes y desgarradoras que registro. Serrat tiende a lo narrativo, a contar historias con versos, y siempre encuentra las palabras y las frases apropiadas para ilustrar sus relatos.

En sus composiciones, el español es manejado sin oropeles, con pulcritud y soltura. El catolicismo, la guerra civil, el franquismo, el catalanismo, el anarquismo, las aspiraciones y los miedos de la sociedad española del siglo XX respiran en cada pieza. En “Fiesta” se siente desde los primeros versos una fiesta popular española: “Gloria a Dios en las alturas / recogieron las basuras / de mi calle ayer a oscuras / y hoy sembrada de bombillas”. Hay aquí una gota de humor: agradecer a Dios porque recogieron las basuras.

En “No hago otra cosa que pensar en ti” el poeta desea escribir una canción a la mujer amada, pero el proceso es un desastre. Las musas no aparecen y en sus estrofas se filtra el humor: “Busqué, mirando al cielo, inspiración / y me quedé colga’o en las alturas. / Por cierto al techo no le iría nada mal / una mano de pintura”. En “Cada loco con su tema” Serrat señala preferir, en una luminosa hipérbole, “el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional”. En “Llegar a viejo”, un portento, me deslumbra “Si no se llegase huérfano a ese trago”, la vejez. En fin, aciertos a pasto los del artista catalán que rindió tributo a su pueblo con “Por las paredes”, una canción perfecta.

Martín Palacio Gamboa, amigo poeta y músico uruguayo, armó por estos días una lista de sus veinte serrateanas favoritas. Yo tengo las mías también, pero temo que preferiría una lista de cuarenta o cincuenta. Serrat es tan bueno que perdurará. Sus canciones son ya un patrimonio intangible de muchísimos admiradores a los que sin duda sucederán otros cuando nos hayamos ido.

Desde mi lagunero anonimato digo, pues, felices ochenta, maestro Joan Manuel.

Por último y al margen: feliz 2024 para los pasajeros habituales de Ruta Norte. Que los abrace un año espléndido. 

miércoles, diciembre 27, 2023

Un siglo de Fervor











 

Durante todo el año que hoy se encuentra al borde de su ocaso tuve en la cabeza esta efemérides: en 1923 fue publicado Fervor de Buenos Aires, primer libro de Borges. Me impuse como tarea decir algo, aunque sólo fuera este mínimo apunte ya tardío, porque se trata de un arranque editorial significativo para la literatura en nuestra lengua y aún para la literatura a secas, dado que el autor de aquel título se convertiría en lo que es ahora: un monstruo al que resulta imposible no admirar.

En la entrevista número dos de Antonio Carrizo, disponible en YouTube, Borges reveló que Fervor… no fue en realidad su primer libro, sino el cuarto, aunque los tres primeros fueron destruidos por su precoz autocrítica. Cuando lo publicó tenía 24 años, una edad en la que para cualquier escritor todavía es difícil calibrar con ecuanimidad el valor de la obra propia.

Borges señaló que en la publicación de Fervor… tuvo que ver su padre, pues él fue quien pagó el pequeño tiraje de aquel poeta desconocido. Recién la familia Borges Acevedo había regresado de Europa, y es más que lógico pensar que Georgie, como le decían al joven Jorge Luis, había conversado largamente con su padre sobre asuntos literarios. En alguno de aquellos diálogos el aspirante a escritor escuchó que no debía apurarse por publicar, y que lo hiciera cuando estuviera seguro de que la obra comunicaba algo atendible.

Fue así como Borges se animó a publicar Fervor… en 1923. Quizá no lo hizo completamente convencido, dado que hasta su muerte le puso “peros” al primer libro de su producción. En la entrevista con Carrizo, de hecho, Borges observa que de Fervor… sólo rescataba el poema “Llaneza”, aunque esta parece una más de las muchas licencias que el genio se permitió en la exageración de su modestia.

Hoy, si alguien tiene uno de los 300 ejemplares de aquella primera edición de Fervor… ha de saber que posee un objeto de culto valuado en varios cientos, acaso miles de dólares (veo en una web que lo tienen a 48 mil euros, casi un millón de pesos mexicanos). Es el primer libro del más grande escritor latinoamericano del siglo XX, un pequeño volumen que este año aterrizó en su centenario y, contra la opinión de su autor, juzgo hermoso porque prenuncia lo que vendría poco después: una obra que renovó y seguirá renovando la escritura en castellano.

sábado, diciembre 23, 2023

Paseos con Millás y Arsuaga

 











En el viaje a Burgos de 2022 compré un magneto hermoso con dos palabras y unas figuras humanas y animales de caverna rupestre. Decía —dice todavía, pues está en mi refrigerador— “Burgos/Atapuerca”. Mi intención al comprarlo fue la de tener presente el yacimiento arqueológico donde surgió la historia de Benjamina, una niña neandertal desvalida que permitió ubicar el vestigio más remoto de civilización, entendida ésta como la capacidad de ser con y para el otro.

En la página web de Terrae Antiqvae leo lo siguiente: “El hallazgo del cráneo de una niña discapacitada indica que fue asistida por el grupo hace 530.000 años. Sufría craneosinostosis (…) Tendría unos 10 años, seguramente era niña, murió en lo que ahora es la sierra de Atapuerca (Burgos) hace 530.000 años y era diferente, tanto que su grupo, su familia, le tuvo que haber prestado cuidados especiales. De lo contrario, no habría sobrevivido. Entonces, su cráneo asimétrico y, probablemente, su cara irregular no engañaron a nadie, porque además cabe pensar que tuvo capacidades psicomotoras deficientes. Hoy los científicos saben que ese individuo, esa homínido preadolescente, tenía craneosinostosis, una enfermedad rara que afecta a menos de seis personas por 200.000 habitantes en la población actual”.

La bautizaron Benjamina, y gracias a su aparición se conjetura que, a diferencia de las otras especies, el grupo humano hallado en la zona burgalesa de Atapuerca mostró una solidaridad que hoy nos resulta común frente a condiciones humanas de desvalimiento, pero que es casi inexistente en el reino animal: el cachorro de tigre que nace con alguna discapacidad o limitación, por leve que sea, muere muy pronto, es decir, que la naturaleza circundante, por más gregaria que parezca, no se solidariza con el pequeño.

Pues bien, uno de los investigadores principales de Atapuerca fue, es, Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954), paleontólogo a quien comencé a seguir desde que supe de su participación en los estudios que llegaron hasta la conjetura de Benjamina. Hay muchos videos de su trabajo en Youtube y tiene ya publicada una buena cantidad de libros. Lo que me sorprendió más fue su colaboración, hasta ahora en dos volúmenes, con el escritor Juan José Millás (Valencia, 1946), a quien yo sí conocía. Aquel trabajo a cuatro manos me interesó y hace poco me hice de los dos títulos: La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020) y La muerte contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2022). He leído ya el primero, y creo que se trata de un extraño y valioso libro de divulgación científica destinado a quienes, como Millás (o como yo), están interesados en el pasado remoto de la vida y al mismo tiempo jamás dejarán de reconocer su amateurismo en esos temas.

La vida contada por un sapiens a un neandertal está compuesto por 17 breves capítulos en los que el género o los géneros ejercidos son la crónica y el diálogo. Dicho así parece, porque lo es, una rareza: un buen día, el escritor (autoasumido como “neandertal”) y el paleontólogo (el “sapiens”) deciden conversar sobre el origen de la vida. Los diálogos suponen recorridos por diferentes lugares que sirven a Arsuaga para explicar a Millás tal o cual peculiaridad de la evolución principalmente humana. Quien habla sobre todo es el paleontólogo, y quien pregunta y al final escribe es el escritor.

El resultado de este ping-pong es un conjunto de crónicas en las que el lector, como “oreja” invisible, escucha las conversaciones llenas de sabrosa información biológica, histórica y antropológica jamás ajena al tono zumbón que imprime el gran Millás, un viejo lobo que además de captar y escribir muy bien lo explicado por su interlocutor añade el aderezo del humor, del refunfuño socarrón y del autoescarnio siempre bienvenidos.

Estoy ya en el segundo libro, pero esa será otra historia. Basta decir por hoy que Millás y Arsuaga han conformado un dúo perfecto para trabajar dos temas fascinantes y felizmente inagotables: la vida y la muerte.

Nota. No resisto la tentación de compartir la imagen de mi magneto ataporquense:



miércoles, diciembre 20, 2023

Libros pellizcados


 







Somos animales de rutinas. Es una generalización, claro, pues algunos prefieren la variación permanente, y, por ejemplo, cambian de restaurante o de look cada vez que se les presenta la ocasión. Yo no. Como me gusta lo que me gusta, recaigo tanto en ello que a la vista de muchos puedo parecer un monolito. En fin, mejor evito la generalización: soy un animal de rutinas.

Una de ellas, puesta en práctica durante los cierres de año, es la de reservar los últimos quince días de diciembre para acabar con los libros pellizcados. Como abomino la cultura del desperdicio, siento que dejar un libro a medias es como no engullir completo un platillo, y eso me tortura. Así pues, aprovecho las vacaciones para someterme al estrés autoimpuesto de terminar libros que por cualquier razón han quedado parcialmente leídos durante el año.

Podrá pensarse que es una obsesión burda, pues daría lo mismo seguir leyéndolos y concluirlos en enero, pero para el hombre de rutinas que me habita no es admisible la posposición. Hay que acelerar, poner al corriente los libros que aguardan desde hace varias semanas con el separador metido en medio de las hojas como una daga.

Adrede trato pues de que no sean tantos los que se acumulan en la lectura pellizcada. En el caso de este 2023, dejé nueve en tal condición, y en los días del asueto decembrino que llevo desahogados, van tres que ya pasaron a mejor vida. Los que siguen consumidos a medias deberán correr la misma suerte sí o sí, y esta obligación es la única posibilidad o destino que les asigno para no sentir que me defraudo como lector. Como se ve, la obsesión es rigurosa y se erige como superyó lector que regaña muy feo si peco de lectura inconclusa.

A propósito: un lector no es un mejor ser humano que un no lector, como bien lo ha observado el gran Juan Domingo Argüelles. El lector es simplemente un lector, un tipo que construye su biografía al lado de los libros y se siente mal si no lo hace. Se siente mal si no lee, es verdad, pero también se siente mal si no lee completo lo que comenzó. Cuando lo hace, es como no haber concluido el rompecabezas, saber que le falta medio rostro a la figura. Cada quien sus gustos, cada quien sus obsesiones, cada quien sus rutinas.

sábado, diciembre 16, 2023

Vicisitudes y presente del sotol

 











En el Museo Arocena de Torreón recién fue presentado El sotol. Una historia de árido mestizaje (Gobierno de Coahuila, 2023), libro de Ruth Castro que constituye una pequeña enciclopedia, valga el oxímoron, sobre el destilado emblemático del pedazo de mundo en el que nos ha tocado nacer y vivir: el desierto chihuahuense. El volumen es, pues, abarcador, sumario, y convoca por ello varias disciplinas: botánica, química, antropología, historia, literatura, economía, entre las más salientes, lo que cuaja en un acercamiento redondo al objeto de estudio.

El sotol... es resultado de dos periodos de trabajo vinculados a sendas becas del Pacmyc. Su origen remoto se apoya en un hecho simple y al mismo tiempo poderoso: el amor que la autora siempre ha tenido por las plantas. Contra la idea generalizada que las percibe como objetos distantes, Ruth Castro señala que su inquietud buscó inscribirse en el nuevo paradigma que considera al mundo de las especies vegetales “no solo como elementos de la naturaleza de los que extraemos los compuestos biológicamente activos que nos sirven en alimentos, artículos y medicamentos, sino como seres vivos inteligentes, similares a los humanos en más de lo que podríamos imaginar, ya que desarrollaron complejas estrategias de sobrevivencia y poblaron el mundo millones de años antes que nosotros, es decir, que ellas fueron eslabón indispensable en el proceso de evolución para que existieran otras formas de vida”.

Así entonces, el trabajo de la autora indaga en las especies de Dasylirion, nombre científico de la planta que da origen al sotol. Los doce capítulos que lo componen atraviesan todas las posibilidades de un viaje por el tema, como “El sotol: un mezcal?”, “El sotol no es una agavácea”, “Aproximaciones a la vida social del sotol”, “‘Los mezcales’ en la conquista y colonización de española”, “Siglo XX, entre lo legal y lo clandestino”, “La planta de sotol, tradición y cultura”, “El proceso tradicional en la vinata”, “Tradición y nuevos escenarios” y “Sopesar el presente, imaginar el futuro”. A estos apartados debemos añadir, como parte del aparato crítico que demanda una buena investigación, el de referencias y el oportuno glosario preparado por Fernando de la Vara.

Diseñado con delicadeza por Álvaro Domínguez e ilustrado con imágenes exquisitas que Teresa Hernández Luna trabajó deliberadamente con el estilo de los manuales de botánica del siglo XIX, El sotol... nace como libro de obligada consulta cuando, a partir de hoy, alguien desee saber las generalidades de una planta y un producto, el destilado, cuya descripción ha llegado hasta nosotros gracias al esfuerzo de Ruth Castro y un equipo que estuvieron a la altura del desafío que implica todo buceo en las aguas profundas del pasado.

Nota. El sotol. Una historia de árido mestizaje fue presentado el 6 de diciembre de 2023 en el auditorio del Museo Arocena. Participaron Sergio Garza Orellana y la autora. El libro está a la venta en El Astillero Librería, Casa Juárez (Juárez y Degollado, Torreón).

miércoles, diciembre 13, 2023

Vagos contra oficinistas









Hace poco un joven escritor me preguntó en el taller literario que cuál era mi método de escritura. Le respondí de volea, sin pensarlo porque antes ya lo había pensado: mi método de escritura es un método sin método, y he sido más o menos fiel a este desorden desde hace muchos años, tantos que a estas alturas ya veo muy difícil procurarme un cambio.

El desorden al que me refiero tiene, claro, un límite, y nunca llega a cuajar en caos. Lo que hago sustancialmente es establecer ciertos periodos en los que las obligaciones alimenticias disminuyen y entonces sí, allí, escribir tanta literatura pospuesta como sea posible. Lo malo de esto es que tales agujeros sin chamba no son frecuentes, y entonces la labor de escribir (literatura) es pateada para adelante sin remedio.

Recuerdo al respecto la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Juan Carlos Onetti. En ella, el gran uruguayo declaró que escribía sin concierto, mediante una metodología anárquica. Dijo que anotaba ideas en papelitos de distinta procedencia, incluso en servilletas de confitería, y cuando se sentaba a darles orden a veces ni siquiera sabía por qué había anotado tal o cual cosa. En resumen, el método onettiano desafía al escritor, lo fuerza a tener buena memoria para aprovechar los “apuntes” que se fraguan en los hiatos o sequías de escritura.

Onetti, no recuerdo si en la misma entrevista o en otra, también declaró que alguna vez viajó con Vargas Llosa por tierra, en Estados Unidos. En el trayecto, para hacer conversación, le preguntó al peruano que cómo escribía, y la respuesta fue muy otra: dijo que se levantaba temprano, que siempre escribía a diario varias horas en la mañana, que a mediodía paraba, comía, descansaba un poco, y un rato de la noche, sin desvelarse, lo aprovechaba para ver cine o teatro. Algo así, una rutina perfecta. Al escuchar esto, Onetti pensó que era una dinámica de oficinista.

Mi conclusión es la siguiente: en los extremos del método de escritura están el de Onetti y el de Vargas Llosa. El primero es de vago, el segundo de oficinista, dicho esto, en ambos casos, sin ánimo peyorativo y con obvia intención hiperbólica. En medio hay una gama de estilos que no llega a la cuadrícula de Vargas Llosa ni al despatarrado modo de Onetti.

sábado, diciembre 09, 2023

Cuadernillos a merced








En noviembre del año que cerrando vamos fue presentada una colección de seis cuadernillos publicados por la Ibero Torreón. Los textos que componen cada ejemplar nacieron en el seno de Taller de periodismo de opinión de la mencionada universidad, y fueron organizados por Laura Elena Parra (Letras sobre letras), Claudia Rivera Marín (Mente, corazón y letra), Claudia Guerrero Sepúlveda (México en lontananza), Zaide Seáñez Martínez (Sentipensar de mujer) y Andrés Rosales Valdés (Observatorio de salarios). El quinto de la serie es Voces de la calle, de mi autoría. Además de su materialización en papel, están disponibles en documentos de PDF separados que aquí es posible “bajar” gratis. Va la antesala de mi plaquette:

La más importante y decisiva creación humana la tenemos siempre frente a nosotros, tan a la mano que ni siquiera es necesario estirar el brazo para asirla. Es el lenguaje, la posibilidad de articular palabras y, con ellas, cristalizar el asombro de comunicar desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Quien advierte esta maravilla no tiene ya escapatoria: como todo pasa por las palabras, la vida es un permanente catálogo de posibilidades para el goce y la reflexión.

Hay un ensayo en el que Borges analiza versos de cuño populachero. Los ha elegido deliberadamente burdos para demostrar que hasta la escritura menos esmerada admite una explicación ceñida a la retórica: cualquier criatura de palabras posibilita la observación de su engranaje. Así entonces, en todo lo que enunciamos hay aciertos o pifias, hallazgos deslumbrantes o expresiones gastadas, logros impecables o transgresiones de la lógica, poesía o fealdad, fluidez o tortuosidad, inteligencia o estupidez.

Lamentablemente, como nos son tan naturales, pasamos a través de las palabras sin pensar en ellas, como si no fueran el producto más acabado y perfecto de la cultura humana. Suelo referirme a esta indiferencia cuando comento los primeros dos versos del archiconocido huapango “La malagueña”, que cantamos sin pensar: “Qué bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas”, y ya desde allí hay algunos disparates: es obvio que los ojos están “debajo” de las cejas, y además no es necesario decir que las cejas son dos, pues no es habitual encontrar seres humanos con tres o más cejas que sirvan de ornamento para tres o más bonitos ojos.

En la conversación familiar, en la publicidad, en el periodismo, en el diálogo que entablamos con el compa de la vulka cuando se nos poncha una llanta, en una conferencia de las pleonásticamente llamadas “magistrales” (si la conferencia no implica magistralidad, ¿qué caso tiene ofrecerla?), en las clases, en los memes, en todos lados se abren posibilidades para indagar en los entresijos de la palabra. Lo único que hace falta es un poco de curiosidad y aceptar que nada define mejor al ser humano que el hecho prehistórico de hablar y —más recientemente, desde hace cinco mil años— de escribir.

Voces de la calle es, en síntesis, un testimonio quizás un tanto juguetón, pero en el fondo serio, de mi inacabable estupor ante el instrumento que, por ejemplo, me ha permitido llegar hasta aquí, a este párrafo, y saber que soy, quevedianamente, escuchado con los ojos de quien lee. Bienvenidos pues a este manojito de perplejidades cuyo título encontré en unos versos de Joan Manuel: “Pero puestos a escoger soy partidario / de las voces de la calle / más que del diccionario”.

miércoles, diciembre 06, 2023

Otra miseria de Torreón


 







Por razones sobre todo literarias, en los más recientes tres meses he hecho varios viajes por tierra en nuestro país. Forzosamente, por ello, he tenido que salir de la central camionera de Torreón y he tenido que llegar a las centrales de cada uno de mis destinos. El contraste de nuestra terminal y las ajenas es, lo digo con tristeza, abrumador en casi todos los casos, tanto que no veo razón para ocultar que la torreonense no es una central de autobuses comerciales, sino un muladar del que deberíamos estar avergonzados.

No sé qué empresa la administra ni qué tanto tiene que ver allí el ayuntamiento municipal, pero es un hecho que desde hace muchos años, por no decir que desde siempre, y más hoy, se encuentra en el olvido. Todo en esta central es un desastre. Desde que uno llega, es horrible la entrada por un pequeño laberinto de tres carriles apretujados y mal divididos. A los lados ofrece dos zonas de estacionamiento para visitantes; sólo funciona la del flanco oriente, y ambas son espantosas, sin señalamientos, separadas de la calle con malla de alambre; la que funciona tiene una caseta desvencijada donde alguien, un pobre trabajador, cobra la salida de los vehículos y levanta la pluma. Dentro de las instalaciones todo huele a fealdad y obsolescencia. Los baños son de torniquete y ni siquiera en la zona de abordaje, cuando se supone que uno ya pagó el servicio de transporte, hay sanitarios libres y limpios. El área de andenes está por las mismas: polvosa, lamentable. Aquí, de veras, da vergüenza salir de (o llegar a) Torreón.

Salvo la de Querétaro, que casi parece un aeropuerto por su iluminación, su aseo y sus espacios comerciales, las que vi recientemente no son una maravilla pero al menos mantienen un mínimo estatus de cuidado y consideración a los viajeros. La de Monterrey ha decaído, cierto, pero sigue mucho mejor que la de aquí. La de Durango es muy decorosa todavía, e igual pasa con la de Guadalajara. Y así sea por muy poco, incluso la de Gómez luce mejor que la de Torreón. El caso es que el elefante blanco de la avenida Juárez tiene un aspecto ruinoso y por esto tal vez sea la terminal de autobuses más precaria entre las ciudades importantes del país, una mancha en el rubro infraestructural de nuestro municipio.