Uno se pone de pie al ver los goles del delantero con los nervios más templados que ha tenido el futbol mundial. Clavó cerca de mil, una cantidad que podría colmar de orgullo a cinco delanteros juntos. Romario de Souza Faria (Río de Janeiro, 1966), conocido a secas como Romario, era muy bajo de estatura, pero fuerte como un perno de acero. Reunía todos los atributos deseables para un depredador del área, y esto incluye el cabeceo, pues pese a su módica estatura sabía buscar y hallar balones por arriba. No es raro que sea considerado por los aficionados como uno de los diez mejores jugadores de la historia, incluso de los cinco. Si vemos sus acciones, notaremos que su repertorio de habilidades dentro del área era total. Fue un maestro del cambio de ritmo, pues podía pasar de cero a cien en un microsegundo, y a esto se anudaba el mayor de sus talentos: la tranquilidad. Ha sido el delantero más sereno que se vio en las canchas; casi todos disparaban fuerte, con apuro, y Romario no: él cruzaba o picaba la pelota con cínica lentitud, como quien cascarea en el patio de su casa. Liquidaba a sangre fría.
domingo, julio 12, 2026
sábado, julio 11, 2026
31. Rivelino
Todavía con indiferencia infantil, cuando entreabrí los ojos al futbol estaba aún fresco el Mundial de 1970. Un recuerdo muy borroso de aquellos años (que parecían siglos) es el de los nombres propios de los seleccionados que no vi porque era muy pequeño y no despertaban mi interés. No los vi, pero estaban en el aire, los mencionaban en todos lados. Uno de los más sonoros servía para identificar a un brasileño de bigote setentero, el mostachón que solían portar los militantes de izquierda en aquella época. Me refiero a Roberto Rivellino (Sao Paulo, Brasil, 1946) coctel en sí mismo de habilidad y potencia. Según se sabe, fue el modelo que Maradona imitó cuando era niño. No era difícil prendarse de su estilo. Una de sus jugadas típicas podría ser resumida así: tomaba la pelota unos diez o veinte metros afuera del área rival, la detenía, hipnotizaba al defensor, hacía la elástica (se dice que él la inventó), lo engañaba y se abría espacio para soltar un zurdazo en forma de raya hacia la portería. Anotó casi 250 goles, la mayoría con el Corinthians. Formó parte de la selección campeona del 70, la encabezada por Pelé. En México fue ídolo.
Pausa de hidratación
Entre
libro y libro de literatura y otras yerbas, por estos días metí a la lista de lecturas
en trámite un título recientemente conseguido: Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017, 232 pp.), póstumo de Eduardo
Galeano (Montevideo, 1940-2015). Le traía ganas luego de insumir hace varios
años su clásico El futbol a sol y sombra
(1995), editado también por Siglo XXI. Los dos forman el corpus de la obra
futbolística, por así decirlo, de uno de los escritores más leídos de América
Latina, y no sólo se parecen en su tema y su armadura fragmentaria, sino en el
enfoque sustancial: ambos celebran el futbol y ambos remarcan la viscosidad de su manejo en las altas esferas dirigenciales de un deporte convertido desde hace
décadas en la droga más adictiva de la sociedad del espectáculo.
Como
Galeano, muchos acusamos una especie de vaivén al convivir con el futbol:
sabemos que su control es poco menos que una mierda, vemos a diario los
chanchullos que perpetra la cosa nostra
eufemísticamente denominada FIFA, conocemos o al menos intuimos los flecos
delictivos de su administración, pero aun así vivimos pendientes
de jugadores, equipos, torneos, partidos y resultados como si algo importante nos
fuera en ello, incluso con una pasión que no se manifiesta en el consumo de otras
golosinas mediáticas o en la puesta en práctica de creencias religiosas o
políticas. El futbol como negocio, lo sabemos, es una calamidad espesa de intereses vidriosos, pero con todo
y esto le somos leales, miramos a otro lado y seguimos encontrando justificaciones que nos consuelan del vicio incontrolable. Los Mundiales —como
el Mundial que en este momento atravesamos— son una oportunidad inmejorable para
quienes, porque suponemos tener un mínimo de autocrítica, atestiguamos en estos
días nuestra oscilación entre el amor y el odio.
Cerrado por fútbol es un título elocuente, revelador de adicción irreprimible. Se dice que el escritor uruguayo colocaba en la puerta de su casa, durante los torneos mundialistas, el letrero “Carrado por Mundial”, indicador de asueto. Establecía pues un lapso necesario para ver partidos, para mendigar belleza sobre la cancha. No parece haber tenido muchas esperanzas de éxito con la selección de su país —apodada la “garra charrúa”, una forma distinta de decir futbol con poca técnica y ultradefensivo—, pero su apetito se podía detener, dice, y no sin admiración, por cualquier otro equipo o jugador digno de merecer elogios por la calidad estética de su desempeño. Galeano, entonces, postergaba todo mientras los Mundiales organizados por una mafia orquestaban el suministro de droga en las pantallas.
El
libro fue organizado luego de la muerte de Galeano. Carlos E. Díaz reunió
textos dispersos en revistas, diarios y libros para armar el segundo libro
futbolero del también autor de Las venas
abiertas de América Latina (1971). Contiene una explicación sobre lo
anterior del mismo Díaz, y también una especie de prólogo del periodista deportivo
Ezequiel Fernández Moores, quien en alguno de sus párrafos sostiene que la de
Galeano por el futbol “era una pasión ‘sin talibanismos’, aunque sí con
desesperación por el buen juego”.
Al
final de su amplia presentación, Fernández Moores cita a Galeano en un párrafo
que transparenta bien la idea general del uruguayo en torno al futbol: “Pero
también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, ‘es el espejo del
mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad’. Para este libro
redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol.
Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. ‘¿Qué
pasión popular no es objeto de manipulación?’, preguntó a sociólogos, médicos,
intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como
si la corrupción en el deporte ‘puro y noble’ fuera algo de otro mundo. ‘¿Existe
algo que no sea negocio?’, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo Democrático.
‘El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol
ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser’. Y pese a todo, seguimos
celebrando el fútbol. Porque ‘las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen
fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni
pedir disculpas”.
Tras
las prefaciones vienen en cadena los textos recuperados de Galeano sobre futbol. Son muchos apuntes breves (algunos brevísimos), una entrevista, el discurso
ya mencionado de Copenhague y una tanda como de cuatro ensayos algo más desarrollados.
El género que destaca es, por denominarlo de algún modo, el de la estampa: el
autor toma una anécdota y la convierte es pequeño relato (de no más de una página
cada uno) para mostrar alguna de las innumerables marcas que el futbol deja en
la vida privada y pública de jugadores y espectadores, todos (los textos)
atravesados por la mirada crítica/conmovida del autor.
No será el libro fundamental de Galeano, pero es atendible por la agudeza del autor al observar las gestas menores y mayores de un deporte cuya grandeza en la práctica es inversamente proporcional a la miseria de sus turbios administradores, de ahí el pendular amor/odio mencionado hace tres o cuatro párrafos. Puede ser leído entonces como “pausa de hidratación” autocrítica mientras se dan los partidos de cierre en el Mundial 2026.
viernes, julio 10, 2026
30. Recoba
Al futbolista uruguayo que más he admirado por su espléndida manera de jugar y principalmente por sus golazos es Álvaro Recoba (Montevideo, Uruguay, 1976). Su friolera de anotaciones, alrededor de 150, corresponde a la de un mediocampista con buena llegada al arco, pero más allá de la cantidad, la calidad, sobre todo, de sus disparos desde fuera del área es lo más parecido a un lanzador de misiles en acción sobre las canchas de futbol. El Chino, como le apodaron por sus ojos rasgados y su pelo de cantante pop coreano, tenía mira telescópica: donde ponía el ojo, ponía el torpedo. Sus mejores tantos fueron disparos de treinta o cuarenta metros, riatazos que delataban a un pateador perfecto. Tenía, por supuesto, otras habilidades, como hacer pases filtrados, tirar paredes y driblar con solvencia, como se puede apreciar en un gol maradonesco urdido con la camiseta del Nacional en el estadio más importante de la capital uruguaya: en el video se ve que recoge la pelota en el área de su equipo y elude rivales hasta llegar a las narices de arquero para también esquivarlo y luego embutir inmisericordemente el balón en la portería. Fue un futbolista carente de goles feos.
jueves, julio 09, 2026
29. Raúl
No es muy recordado, los jóvenes creo que ni lo conocen, pero Raúl González Blanco (Madrid, España, 1977) ha sido un goleador harto importante para el Real Madrid, club en el que desahogó la mayor parte de su carrera. Más de 400 goles lucen en su hoja de servicios, una cantidad que lo destaca como figura en una de las épocas más prolíficas en logros para los Merengues, donde consiguió todo. Hay rematadores que se caracterizan por un tipo de gol, a lo mucho dos, y esto es lógico, pues no es posible aglutinar todas las destrezas en un solo delantero. Raúl era un atacante con tantos recursos que su abanico de goles se reparte casi por igual en remates de un toque como acompañante de quien centra, cabezazos, vaselinas, disparos de lejos, voleas, palomitas, todo. Ver sus tantos es verificar que Raúl era un delantero polimorfo, imposible de anular porque fue de aquellos que anotaban sin ver, con la portería tatuada en la cabeza como si tuviera un GPS biológico. Vivió una época dorada del Real Madrid, aunque decir esto en realidad no dice gran cosa, pues casi todas las épocas de tal equipo admiten el susodicho adjetivo: doradas.
miércoles, julio 08, 2026
28. Platini
El físico ideal del futbol no existe. Son las facultades innatas, el entrenamiento y un poco la suerte los que determinan la eficacia de un jugador más allá de su carrocería. El caso de Michel François Platini (Jœuf, Francia, 1955) es ejemplar. Era delgado, no muy alto, de facha nada impresionante. Cuando usaba la media caída y la camisa desfajada añadía a su pinta un desgarbo que no permitía imaginarlo como lo que fue en su desempeño sobre las canchas. La elegancia de su futbol, su visión de campo, su liderazgo, su orden táctico y otras tantas virtudes eran napoleónicas. No era el más rápido ni el más fuerte, pero cuando la pelota llegaba a sus botines levantaba la cabeza y organizaba todo, era un jugador pensante. Se trataba entonces de un director de orquesta, un mediocampista con batuta, un 10 clásico. Lo suyo fue marcar el compás, distribuir balones, filtrar pases de gol. Pese a que no estaba obligado a destacarse como anotador, alcanzó una suma de tantos nada desdeñable: más de 350. Le tocó una buena época para el futbol francés, colegas de inmensa calidad como Giresse y Tigana, pero la fortuna no lo acompañó en los mundiales.
Trump une al mundo
“Durante
nuestra conversación, le expliqué que había un proceso legal en curso en el que
participaban los órganos judiciales independientes de la FIFA y que el caso
sería resuelto a su debido tiempo por los órganos competentes. Así es como
funciona el sistema de la FIFA, y es un principio que siempre defenderé”,
fueron las palabras de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para explicar
lo que conversó con Donald Trump sobre el affaire
del jugador suspendido.
Salvo
quizá la famosa aparición de Videla en el vestidor de Perú en Argentina 78,
no recuerdo un caso más flagrante de injerencia/prepotencia política dentro del
futbol. Aquel, el del dictador argentino, por oscuro al menos detonó un debate
sobre sus verdaderas motivaciones, pero el de Trump perpetrado en estos días
fue tan flagrante que logró unir al mundo entero en su contra y, lo peor, en
contra de la selección yanqui.
Como
sabemos, Trump expuso que no le gustó una decisión arbitral y con la desfachatez
de la que siempre goza gracias a su poder y su estúpido cinismo, decidió
echarla abajo. Llamó al mandamás de la FIFA y se esfumó la sanción al delantero
penalizado. El déspota no dudó luego en expresar abiertamente, en rueda de
prensa, que él sabe de deportes y que le pareció excesivo el castigo contra su
compatriota. Por supuesto, logró torcer el reglamento de la FIFA, amoldarlo a
sus intereses.
Citada
al inicio, la respuesta de Infantino fue ambigua. Como no podía recular frente
al tirano que hoy regentea la Casa Blanca, envió la dinamita encendida hacia
unos “órganos judiciales independientes de la FIFA” que se encargarán de
dirimir, en un futuro abstracto, lo que proceda, que obviamente no será nada,
pues esos órganos “independientes” son un tribunal, en caso de que exista,
más dependiente de la FIFA que una parroquia del Vaticano.
Por
supuesto que Trump inmiscuido en un asunto futbolístico no da para mucho más
que lo simbólico, es uno más de sus gestos de prepotencia idiota, pero en este caso
es significativo por evidente y fácil de leer para el gran público: así como maniobró para
“persuadir” a la FIFA (¡a la FIFA!, que representa el autoritarismo total),
igual opera contra países con aranceles, guerras, deportaciones, invasiones y mentiras sin
coto.
Lo bueno es que Bélgica lo ridiculizó con un impiadoso 4-1 y la parodia del bailecito tonto.
martes, julio 07, 2026
27. Pelé
He escrito varias veces sobre Pelé, icono del futbol, y he afirmado que la elección "Pelé o Maradona" no tiene sentido. ¿No sería mejor Pelé y Maradona? El desplazamiento de la conjunción disyuntiva por la copulativa es fundamental para admirar sus admirables talentos por igual, o casi, que es lo mismo. Edson Arantes do Nascimento (Tres Corazones, 1949-Sao Paulo, Brasil, 2022) elevó a la gloria las dos sencillas sílabas de su apodo, y esta breve palabra se convirtió en sinónimo de futbolista. Aunque la estadística en su tiempo no era muy rigurosa, sabemos que anotó más de mil goles, muchos de ellos inspirados por la genialidad. Los testimonios en video demuestran que Pelé inventó casi todo. Su repertorio de habilidades fue infinitamente superior a la imaginación de su época, de suerte que los sombreritos, las palomitas, las chilenas, los dribles, los amagues, los cabezazos, los túneles que puso en práctica siguen siendo dechados de excelencia. Entre sus innumerables jugadas virtuosas, he escrito alguna vez que me quedo con una: la finta a Mazurkiewicz en el Mundial de 1970, portento de habilidad que nunca más se ha visto sobre las canchas. Pelé fue, es y será el símbolo mayor del futbol.
lunes, julio 06, 2026
26. Müller
Su nombre llegó como un ligero zumbido a mis orejas de niño. Yo tenía seis años y algunos mocosos de nueve o diez se creían Müller. El apellido correspondía al jugador alemán que consiguió el liderato de goleo en el Mundial de 1970: Gerhard Müller (Nördlingen, 1945-Wolfratshausen, Alemania, 2021). Tenía cuerpo de acorazado: chaparro, ancho, de piernotas como pilares de hormigón. Por la cara le daba un aire a Jim Morrison, y las patillazas de la época reforzaban ese parecido. Como los jugadores de antes, casi militó en un solo equipo, el Bayern, donde empujó cerca de 400 goles. El total de anotaciones acumulado en su carrera fue de más de 500, y se calcula que sumado todo (ligas juveniles, clubes profesionales, amistosos, selección…) clavó casi 1500. Un animal al acecho. Si nos asomamos a las repeticiones disponibles para sopesar su desempeño, podremos advertir un común denominador en la mayoría de sus tantos: todos son disparos o cabezazos propinados a no más de tres metros del manchón de penal. Es decir, era un cacique del área, y pelota que caía, pelota que anidaba en las piolas, fuera con acciones vistosas o poco estéticas. No por nada lo apodaron el Bombardero.
domingo, julio 05, 2026
25. Messi
Resulta muy difícil negar que Lionel Messi (Rosario, Argentina, 1987) es el mejor futbolista de la historia. No tiene todos los récords en su poder, pero sí varios que, apiñados, muestran un dominio apabullante de la estadística. Claro que por encima de su nombre sólo asoman los de Pelé y Maradona, a veces el de Cristiano Ronaldo, pero ni así es sencillo marginarlo de la cúspide. Más allá de las disputas bizantinas, lo innegable es que Messi es un jugador dotado de facultades inverosímiles pese a su apariencia de frágil. Todo en él es técnica, rapidez y precisión, agilidad milimétrica para hacer siempre la jugada correcta con la exactitud de un reloj. Las miles de repeticiones en video de su futbol exhiben la mecanización de movimientos que desbordan lo creíble. A Messi se le puede estudiar en un laboratorio, pero ni así es posible frenarlo, pues la capacidad de sus rivales no alcanza para anticiparlo. Lo he visto partidos completos en los que casi inevitablemente hace uno o dos goles; es lo de menos, aunque parezca raro decir esto. Lo de más es comprobar que nunca (el adverbio aquí no es hiperbólico) se equivoca. Es un futbolista inhumano, demasiado inhumano.
sábado, julio 04, 2026
Obra de Licerio
Hace
tres años, en el segundo párrafo les digo por qué, escribí esta breve
semblanza: “Las imágenes que acompañan este número de Acequias son grabados del maestro Alonso Licerio Valdés (Ciudad
Lerdo, Durango, 1944), maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Forman
parte de la exposición ‘Estampas del Nazas’ expuesta en la Galería
Universitaria San Francisco de Borja de la Ibero Torreón en la primavera de
2023. Alonso Licerio estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y
Grabado La Esmeralda, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y sin duda ha
sido el maestro de grabado más constante y representativo en la historia de la
comarca lagunera. Es significativo anotar que el primer número de Acequias fue
ilustrado con su obra, de manera que esta salida 90 vuelve a recibirlo con las
páginas abiertas”.
Son
las palabras que describen al ilustrador de la edición número
90 (enero-abril de 2023) de la revista Acequias
de la Ibero Torreón. En total elegí 16 grabados para aquellas páginas, todas, obvio,
con el sello “Licerio”, el del grabado clásico. La razón por la que recuerdo su
trabajo gráfico es triste: ayer me enteré de que el maestro Licerio murió. La última vez que nos
saludamos fue hace cerca de dos años en mi oficina de la universidad, lugar al que frecuentemente pasaba
a saludarme para conversar un rato. Un detalle curioso es que siempre aparecía
con algo en las manos, como visitante de los de antes. Era por lo común algún
libro o grabado, algo, lo que fuera. Lo último que me obsequió fue una compilación
sobre tres poetas franceses; lo curioso del regalo era, es, que dos páginas
blancas (llamadas “falsas” en el argot editorial) lucen una especie de “intervención”,
pues alguien las usó para dibujar, con tinta china, un rostro en una y en la
otra una especie de ángel victorioso.
A
Alonso Licerio lo conocí en 1981, hace 45 años. Iba al tercer semestre de mi
accidentada preparatoria y me tocó de maestro en la clase de Estética. Para
entonces las peluquerías habían dejado de ser nomás peluquerías y comenzaron a
llamarse también “estéticas”, así que el nombre de la materia provocaba risa entre
mis compañeros. Recuerdo ahora con mucha vaguedad el esfuerzo del profesor por
mostrarnos el valor del arte. Yo estaba en una etapa muy dispersa de mi vida,
me gustaba leer en secreto, sí, pero más jugar futbol y juntarme con los queridos
amigotes de la esquina, así que la prepa me parecía tortuosa, un lamentable
desperdicio de tiempo. Pese a esto, sé que algo se me pegó de la materia
impartida por el profe Licerio, sobre todo sus énfasis en el Muralismo mexicano y en la
figura de dos de sus rivales: Tamayo y Cuevas.
Luego
del primer contacto preparatoriano, pasaron algunos cinco años para que yo
comenzara a vincularme con el mundillo cultural de La Laguna. Lo hice más que
nada, por supuesto, con el gremio literario, pero no faltó que, como siempre
ocurre, tuviera tratos con músicos, actores y artistas plásticos. En esos
trotes reapareció el profe Licerio y desde entonces empezamos a tener una
relación muy parecida a la amistad, aunque sin frecuentación. Además de las
actividades artísticas, nos unía, creo, una especie de identidad política similar,
simpatías ideológicas más que diferencias. Además —y esto no es poco
ingrediente para la memoria—, uno de sus dibujos sirvió como viñeta de mi
primer cuento publicado en un periódico.
Fue
profesor de muchísimos estudiantes tanto en el aula como en los talleres de
gráfica que encabezó. Sospecho que es unánime la opinión que sobre él nos hicimos.
Ahora que ha partido, por ejemplo, Sergio Garza Orellana, curador del Museo
Arocena y uno de sus discípulos más adelantados, le dedicó estas palabras: “Hace
ya casi 20 años conocí a Alonso Licerio en los pasillos de la universidad. Daba
la materia ‘Genealogía de los objetos mexicanos’, una cornucopia de reflexiones
acerca del arte, la poesía, el grabado y el México contemporáneo. Fue uno de
mis primeros contactos con el mundo artístico, y una verdadera fortuna haberlo
hecho a través de los ojos de Alonso. Concebía el grabado como la poesía de las
artes visuales y, junto con Octavio Paz, afirmaba que la poesía no era un
decir, sino un hacer, con lo que siempre fue consecuente”. Suscribo el parecer de Sergio.
Ahora
que ha partido, me quedan varios grabados de su producción y lo más importante:
el buen recuerdo de un maestro insistente como pocos en mostrarnos el camino
del gran arte.
Descanse en paz.
24. Maradona
Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.
viernes, julio 03, 2026
23. Mágico
Le digo Mágico porque llamarlo por su nombre, Jorge Alberto González Barillas (San Salvador, El Salvador, 1958) casi no dice nada. El apodo, pues, fue la mejor manera de rebautizar al mejor jugador centroamericano de todos los tiempos. Aunque su posición no fue la de rematador final, su cosecha de goles alcanzó una cifra generosa: 232 en clubes y en selección. Lo vi jugar por primera vez en aquellas salvajes eliminatorias para el Mundial 82, y de inmediato se veía que mandaba sobre la cancha. Así, sin mucho apoyo de sus compañeros, el Mágico lograba destacarse y crear llegadas de peligro, tanto que el gol decisivo de la clasificación salvadoreña se debió a un largo trote desarrollada gracias a sus mágicos botines: tomó la pelota antes del medio campo y emprendió la carrera hasta llegar al área, disparar, provocar un rechace del arquero mexicano y dejar servido el remate de gol. Tras el Mundial español, jugó para el Cádiz, donde se convirtió en ídolo. No lo aparentaba, pero tenía todo: toque, precisión, gambeta, control de balón, tiro y desfachatez. La repetición de sus acciones en el equipo gaditano son un lujo, la manera más rápida de confirmar su inusitada técnica.
jueves, julio 02, 2026
22. Lineker
Gary Lineker (Leicester, Inglaterra, 1960) fue un rematador inglés clásico de goles ingleses clásicos: de cabeza a centros largos. Sumó en su carrera cerca de 300, diez en Mundiales. Sabemos que fue el máximo anotador en México 86. Él mismo ha dicho que anotó “el gol que nadie recuerda”, pues lo hizo (de cabeza) en el Inglaterra contra Argentina cuando su equipo iba 2-0 abajo debido a los célebres tantos de Maradona. El equipo donde figuró fue el Leicaster, de su ciudad natal. Vistió dos famosas playeras: la del Barcelona y la del Tottenham Hotspur, donde tuvo buen desempeño. Era un jugador de toda el área, sobre todo de la chica, pues como rematador de testa era fiel a la costumbre británica del anticipo a los defensores y al arquero durante los centros a la olla. Un recuerdo que de él conservo intacto corresponde a cierto pasaje de su vida, cuando anotó su sexto gol en el partido contra la Argentina; me sentí mal porque con ese tanto rompió el empate a cinco goles que en aquel momento mantenía con Maradona, lo que a la postre le granjeó el liderato en la tabla de goleo en el segundo Mundial mexicano.
miércoles, julio 01, 2026
21. Klinsmann
Muchos jugadores alemanes de antaño tienen algo de tanque de guerra, por eso alguna vez Ángel Fernández pensó en Hans-Peter Briegel como miembro de la “división panzer”. Lo mismo se puede decir de Müller, de Rummenigge o de Jürgen Klinsmann, este último uno de los goleadores más voraces que ha tenido el futbol germano. El total de sus anotaciones rebasó, en clubes y selección, más de 350, todos con el estilo de la casa: ir para adelante como fajador boxístico. Klinsmann era pura potencia acompañada de buena ubicación, un cazador de búfalos perdidos. No transpiraba clase, exquisitez, delicadeza, sino empuje, una entrega de fiera persecutoria. De todas sus pericias, la mayor quizá fue el remate de cabeza; usaba la frente para rematar seco y bien dirigido. Dos grandes equipos lo tuvieron en sus filas como ariete: el Ínter en los mejores momentos del calcio y el Bayern Múnich, que siempre ha sido importante. Fue además el delantero más visible de la selección alemana durante varios años, y con ella quedó campeón en 1990, en la final pitada por el “mexicano” Codesal. Años después se convirtió el entrenador de los teutones, de los norteamericanos y, por poco tiempo, de los coreanos.
Poesía en movimiento
Pensé que el futbol ya no iba
a ser capaz de asombrarme, que jamás volvería a ver belleza plena en una cancha
con 22 jugadores. Ayer, apenas tres horas antes de trazar estos renglones, vi
el partido de Francia contra Suecia y no pude no sentir un estremecimiento al
ver el desarrollo del equipo que cantó de “La Marsellesa”. Quedé alelado ante
la fluidez de su desempeño, ante sus movimientos y el modo en apariencia fácil
de alcanzar cotas de calidad muy cercanas a la perfección.
Acostumbrado a un futbol más
bien tacaño, áspero, de lucha fragosa y permanente sobre el césped, la
selección francesa que vi ayer me llevó a sentir que el juego puede asimilarse
a una especie de ballet. Los muchachos entrenados por Didier Deschamps dan la
impresión de trabajar en una coreografía artística, no en un deporte de roce y
empujón. Los había visto ya en los partidos de la primera ronda y sin duda
percibí, como cualquiera que sepa dos gramos de futbol, su coordinación y su
eficacia. Pero ayer vi algo más, un detalle que está más allá del combate y el
resultado: un estilo que me mueve a pensar en la poesía.
Lo hace porque el equipo
francés no da la impresión de desgastarse en pugnas de zancadillas y sudor, sino
que siempre corre lo justo para no parecer que se extenúa. La pelota avanza
entre sus líneas con exactitud, a tiempo, al lugar libre, como si sus rivales
fueran figuras estáticas a las que se puede rebasar con toques simples y
precisos. Pasmoso, la verdad, porque al verlo en la pantalla se notan los
movimientos hasta la filtración al hueco de los balones con el fin de crear
peligro.
El resultado de ayer fue 3-0,
pero pudo ser del doble. Francia llegó con tanta frecuencia y tanto peligro que
sus delanteros se dieron el lujo de azotar los postes o fallar por poco, y
Suecia pareció un equipo de tercera división impotente ante la superioridad del
enemigo.
Por supuesto, en el equipo galo destaca la figura de Mbappé, quien anotó dos tantos a su modo, con rapidez letal. Pero el goleador está acompañado de diez jugadores igualmente dotados. Dembélé es descomunal; Olise, no se diga, y Barcola es tan rápido y exacto en sus movimientos que parece indetenible. Obviamente, no anticipo nada, pero el juego de Francia ya es campeón de este Mundial: de belleza en materia de futbol.
martes, junio 30, 2026
20. Drogba
No es posible acumular cerca de 400 goles sin un repertorio misceláneo de habilidades en el área rival. Es el caso de Didier Drogba (Abiyán, Costa de Marfil, 1978), uno de los más grandes rematadores africanos de la historia. Pasó por varios clubes, terminó su carrera en la MLS, y el Chelsea fue el equipo donde sumó más reconocimientos. Como buen africano, era un jugador físico, fuerte y con velocidad endemoniada. La mayor parte de sus goles cayeron en primera jugada, lo que denota un oportunismo y una fiereza de tigre. Pero, como queda dicho, su menú de recursos aglutinó remates de cabeza, disparos cruzados con ambas piernas, tiros libres directos, llegadas de atrás a todo tren y goles no muy vistosos, producto de jugadas riñonudas. Es, por sus logros, el más grande futbolista de su patria, donde es el máximo goleador. De hecho, sumados todos sus tantos en las categorías y los equipos que lo alinearon, la cifra roza los 500. Pese a lo dicho, hay una jugada drogbeana, por decirlo así: apenas afuera del área recibe de espalda con el defensor pegado a él, se da la vuelta y saca, sin ver, un tiro potente. Vaya delantero implacable.
lunes, junio 29, 2026
19. Kempes
En 2010 fue aprobado el cambio de nombre al Estadio Olímpico de Córdoba, Argentina, que desde aquel año pasó a llamarse “Mario Alberto Kempes”. Fue un digno homenaje al Matador, quien había nacido en la ciudad de Ben Ville en 1954. Como sabemos, Kempes fue la figura principal del polémico Mundial celebrado en su país hacia 1978, cuando de la mano del Flaco Menotti la selección Argentina derrotó a Holanda (o Países Bajos) en el Monumental. La estampa del Matador era la de un futbolista fuerte, con un tren inferior poderoso, de zancada larga y avance vertical. La media caída (“el atavismo de los barrios”, según la acertada definición de Ángel Fernández) lo distinguía cuando aún era permitida. El primer equipo que lo vio lucir en el eje de la delantera fue Rosario Central, pero fue el Valencia de España donde cosechó su mejor récord como goleador. Aunque casi alcanzó la cifra de 400 tantos, el par que más recuerda la afición es el de la final contra el arco defendido por el neerlandés Jan Jongbloed. En ambos se nota plenamente la facultad mayor de Kempes: perforar desde poco fuera del área grande con una mezcla de habilidad y convicción.
domingo, junio 28, 2026
18. Ibrahimović
La primera vez que vi a Zlatan Ibrahimović (Malmö, Suecia, 1981) fue en la repetición de un gol anotado al Breda cuando militaba para el Ajax. Esa jugada bastó para no dejar de seguir su carrera como delantero de los mejores equipos del mundo. He visto varias veces aquella acción y me asombra cada vez que la recorro: pese a su carrocería de camión materialista, Ibrahimović esquiva rivales con la fluidez de un motociclista en la ciudad, recortes a derecha e izquierda con sorpresa y precisión. En la jugada que menciono burló tres veces al mismo jugador y a varios más, como si fuera brasileño y no sueco. Clavó más de 500 goles y rozó el 0.60 de productividad, más de medio tanto por partido. Era aguerrido, fue un ejemplo de fuerza y voluntad, nunca se arrugó ante nadie. Sobran las repeticiones en las que muestra poquísimas pulgas cuando los defensores lo acosaban. El total de sus goles permite imaginar que iba a todas las pelotas y aprovechaba cuantas podía. La más recordada evidencia de su voracidad es aquel balón que rescató con una especie de chilena descompuesta que, pese a la distancia y el ángulo, logró convertir en gol.
sábado, junio 27, 2026
17. Hermosillo
La suma de sus goles convirtió a Carlos Hermosillo (Cerro Azul, Veracruz, 1964) en el segundo mejor anotador en la historia del futbol mexicano, sólo debajo de Evanivaldo Castro. Casi 400 tantos, si se cuentan los que marcó para la selección, es una cantidad de ingente respeto. Con el América, donde debutó, llegó casi a la centena, pero fue en Cruz Azul donde duplicó esa cifra. Es inolvidable por ello su etapa como cementero, cuando formó endiablada mancuerna con el argentino Julio Zamora. A propósito, recuerdo una jugada que da muestra de la letalidad en aquel dúo: Zamora centra desde la banda derecha y llega Hermosillo con un cabezazo de palomita, más violento que si le hubiera pegado con el pie. Pero es improcedente describir un tipo de gol en la enorme cuenta del veracruzano. Larguirucho, grandote y fuerte, es lógico que su alta cantidad de goles suponga una variedad que incluye testarazos, chilenas, disparos de media, sombreritos, balazos de cerquita y numerosos tantos insólitos. Curiosamente, se le recuerda por un penal: el que, todavía groggy por un turbio patadón en la cara, le clavó a Ángel Comizzo en la final contra León. Inmensa fue la carrera de Carlos Hermosillo.



















