miércoles, febrero 26, 2025

Cocción lenta

 










Hace muchos años que no ejerzo de padre y es un hecho que ya nunca más lo haré. Digo ejercer en el más alto de sus sentidos, no nada más como engendrador y luego proveedor. No seré más el titubeante guía y orientador que fui de tres niñas a las que, como pude, traté de educar y, para lograrlo, rodeé de aquello que creí mejor para sus formaciones.

Al respecto es, creo, poco lo que uno puede hacer, aunque ciertamente fundamental. Es poco porque —más en estos tiempos digitales, contra los que competí— los estímulos educativos más numerosos provienen de los medios, no tanto de los padres. Sin embargo, digo, levanté la guardia y traté de no permitir que toda la información que recibían les llegara de la tele o, pero todavía, de internet. No idealizo el peso de lo que yo infundí, pues siempre supe que las palabras y “el ejemplo” podían ser una poquedad comparados con el aluvión diario de datos obtenidos en el mar electrónico.

En “Una Sudáfrica para los niños”, ensayo integrado al libro Los once de la tribu, Juan Villoro comenta el caso de una institución gringa que invitaba a crear materiales para sus colecciones infantiles. Los requisitos eran tan definidos que terminaban por desalentar cualquier participación. “Entre los treinta y cuatro temas que la Corporación prohíbe en los cuentos infantiles hay algunos que enternecen por inverosími­les. Por ejemplo, se considera nocivo escribir de ‘niños que enfren­ten situaciones serias’”. Las prohibiciones son delirantes, y en efecto acaban por inhibir toda escritura para la infancia.

En Simpatías y diferencias, Alfonso Reyes incluye un apunte titulado “El ‘cine’ para niños”. Fue de los textos que escribió en su radicación madrileña de los años veinte. Comentaba, con razón, que “Las sesiones ordinarias de cine no convienen en manera alguna a los niños: las groseras emociones del drama cinematográfico, cuya brusquedad puede aprovechar o ser indiferente a los adultos, destrozan la psicología infantil”, de ahí que celebre en esos mismos párrafos la posibilidad de las matinés, que comenzaban a cobrar fuerza.

Así sea con excesivos malabares, hoy se puede limitar el acceso a cierta información peligrosa para los hijos pequeños, pero es un hecho que en algún momento podrán pasar aduanas sin la vigilancia paterna. El asunto es complejo, y lamentablemente creo que no pasa por las prohibiciones y los castigos que a la postre resultan, ahora, inútiles, sino en enfatizar la cocción a fuego lento de valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad, aunque tampoco esto va a garantizar nada. Hoy como nunca, con los medios de este tiempo, la moral de la persona en la vida adulta es de planeación imposible en la niñez, una niñez tan imprevisible que cualquier apuesta tiene muchas, muchísimas posibilidades de no atinar un solo pronóstico.

sábado, febrero 22, 2025

Libertad condicional

 













Debemos la alegoría de lo “líquido” al polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), quien la usó en numerosas obras para explicar diferentes realidades del mundo contemporáneo caracterizado, en sustancia, por la inestabilidad, la incertidumbre, la laxitud y, en general, la sensación de fluidez que se deja sentir en la subjetividad de las personas en contraste con la “solidez” de otros tiempos en los que una idea política o religiosa firmes nos procuraban la certeza de que pisábamos en terreno duro. Para explicarlo con un ejemplo simple, esta es la razón por la que muchos adultos tienen una mirada rígida (digamos monogámica) sobre la sexualidad, mientras los jóvenes admiten posibilidades y combinaciones fluidas y por ello inestables. Lo mismo se podría decir de la política: mientras los adultos se ciñen a una ideología que da seguridad a sus convicciones, los jóvenes pueden pasar sin conflicto de una adscripción a otra o directamente no abrazar ninguna, mantenerse al margen de toda elección.

   

Uno de los libros de Bauman que en su título incluyen el adjetivo es Vigilancia líquida (Paidós, 2013, Buenos Aires, 176 pp.). No es un ensayo tal cual, sino un diálogo entre el polaco y David Lyon, su entrevistador. El tema es, obvio, la vigilancia en el mundo actual, su manera de operar y de gravitar en nuestras vidas. Dividido en siete capítulos, el libro es entonces un ping-pong entre quien pregunta y quien responde, esto en el formato de entrevista clásica. Las ideas de Bauman avanzan muy bien aguijadas por Lyon y dibujan un cuadro general de la actualidad en materia de vigilancia y control social.


El filósofo pasa relativamente rápido por los métodos antiguos de vigilancia y castigo. Apela al ejemplo del panóptico como modelo de control. Antes de la era digital en la que ahora estamos, el poder ponía énfasis en la mirada directa del enjambre social, lo observaba y lo reprimía en caso de transgresiones o desacatos. Lo que garantizaba el control era pues una vigilancia amenazante. Por supuesto, Bauman cita a Bentham y Foucault: “Otra metáfora más antigua procede de Jeremy Bentham, el reformador utilitarista de las prisiones, que inventó una palabra construida a partir del griego para formar ‘panóptico’, la cual designa ‘un lugar desde el que se ve todo’. Pero esto no fue una ficción. Era un plan, un diagrama, un diseño arquitectónico. Y aún más que eso. Se planteaba como una ‘arquitectura moral’, una fórmula para remodelar el mundo”.


Más adelante, señala: “Foucault utiliza el diseño panóptico como una ‘archimetáfora del poder moderno’. Los presos en una estructura panóptica ‘no pueden moverse porque todos están bajo vigilancia; se tienen que mantener en los sitios que les han asignado porque no saben, y no tienen manera de saber, dónde se encuentran los vigilantes, que se mueven libremente’”. Es decir, el poder predigital aspiraba a que la vigilancia fuera, como la prisión de Bentham, panóptica, y para ello articuló el entramado de medios de contención o represivos adecuados, como leyes, policía, sistemas judiciales y penitenciarios, todo aquello que pudiera producir “trabajadores obedientes” e inhibir refractarios.


Con el advenimiento de las herramientas digitales se dio un paso adelante en la sofisticación de la vigilancia. Es un paso asombroso, en verdad, pues supone el tránsito de la vigilancia como sinónimo de incomodidad a la vigilancia como sinónimo de autosatisfacción, pues “La vigilancia se ha difuminado especialmente en la esfera del consumo”. En otras palabras, gracias a los atractivos del consumo en todas sus manifestaciones, gracias al deseo y placer que genera, accedemos sin cortapisas a la voluntaria exhibición de nuestras vidas y al consumo, lo que supone una acumulación infinita, para otros, de datos que neutralizan toda posibilidad de anonimato y, de refilón, viabilizan el suministro infinito de información valiosa para el control. “En el marketing a partir de bases de datos, el objetivo es hacer creer a los clientes potenciales que son importantes cuando lo importante es clasificarlos y, por supuesto, sacarles más dinero en las futuras compras (…) Tal como yo lo veo, el modelo panóptico está vivo y goza de buena salud, y de hecho está dotado de una musculatura mejorada electrónicamente, como la de un ciborg, lo cual lo hace tan fuerte que ni Bentham, ni siquiera Foucault, hubieran sido capaces de imaginarlo”.


He aquí una de las derivaciones más interesantes (vale decir alarmantes y paradójicas de la vigilancia y el control actuales): que es voluntaria y hedonista. Un poco de pasada, Bauman menciona a Étienne de la Boétie, aquel ensayista francés (si es que fue él) que escribió sobre la “servidumbre voluntaria”: “Quienquiera que sea el autor (…) presagió la estratagema que se llevó a cabo varios siglos más tarde, hasta alcanzar casi la perfección en la moderna sociedad líquida de los consumidores”. La “perfección” a la que se refiere es exactamente la alcanzada por la actual “servidumbre voluntaria”: “los subordinados están tan acostumbrados a su nuevo papel de autocontroladores que hacen inútiles las torres de control del esquema de Bentham y Foucault”.


Hay en suma tal grado de perfección en el control social (y neutralización de todo asomo de rebeldía) que torna irresistible lo que antes amenazaba sí o sí con vulnerar nuestra privacidad: “En el modelo panóptico no había zanahoria, sólo palo. Una vigilancia panóptica asume que el camino de la sumisión del recluso pasa por la eliminación de la elección. Nuestra actual vigilancia por parte del mercado asume que la manipulación del gusto (a través de la seducción, y no la coerción) es la vía más segura para llevar a los individuos a la demanda”, es decir, “hacer que la sumisión pueda ser vivida como un progreso de la libertad y una prueba de la autonomía del que decide”.


Vigilancia líquida es un libro denso, imposible de resumir en este modesto apunte. Atrevo sin embargo que su idea eje, su metáfora global, es que la humanidad está hoy casi inhabilitada para intentar cualquier proyecto de emancipación ya no de poderes políticos opresivos, vigilantes y punitivos, sino de un mercado que nos ha infundido la opción de elegirlo —mediante la seducción y el ansia de consumir con total libertad— sólo a él.

miércoles, febrero 19, 2025

De portadas

 












Todavía hoy, la palabra “portada” conserva en su segunda acepción un sentido casi muerto: “Primera plana de los libros impresos, en que figuran el título del libro, el nombre del autor y el lugar y año de la impresión”. Es hasta la cuarta acepción donde define lo que se entiende ahora de manera casi absoluta: “Cubierta delantera de un libro o de cualquier otra publicación o escrito”.

El primer significado se debe a que durante muchas décadas que incluso suman siglos, los libros no tenían portada en el sentido que damos actualmente a esta palabra. En la época del libro escrito y copiado a mano, las cubiertas solían carecer de datos, y no era sino hasta la primera o primeras páginas donde comenzó a asentarse la información general del libro. Tras la invención de la imprenta, este uso continuó de manera casi idéntica: el encuadernado exterior no identificaba al libro, así que los primeros datos básicos aparecían apenas se le abría.

Fue hasta el siglo XIX cuando los libros comenzaron a tener rasgos de identificación en su exterior, portadas tal y como las entiende el lector de hoy, aunque muchas, quizá la mayoría, eran sólo tipográficas, sin imágenes.

El siglo XX vio el estallido gradual de la imagen en todos los espacios impresos y con ello la llegada de portadas con diseños no sólo tipográficos, sino plenamente icónicos: los grabados, dibujos y fotografías se convirtieron en un rasgo ya no meramente accesorio del libro, sino en su “cara”, la mejor forma de individualizarlo.

Como la palabra lo insinúa, “portada” viene de “puerta”, y no es exagerado decir que por allí entra el primer flechazo que propina el libro a su potencial lector. En mi trato con ellos, siempre reparo en sus detalles, procuro identificar su estilo, y no me queda duda de que hoy las editoriales tienen equipos de diseño extraordinarios, expertos en la composición y el manejo del color y otros rasgos, como los troqueles y los suajes al estilo de los que usa en México la editorial Almadía. Sin embargo, soy un adicto demodé a las portadas tipográficas, sobre todo a las de los años cuarenta y cincuenta. Me coloco pues en medio de las dos definiciones de la RAE que cité en el primer párrafo, aunque sin dejar de admirar el trabajo impresionante en portadas como las de Alianza Editorial, por citar sólo un caso de evidente perfección y equilibrio entre lo icónico y lo tipográfico.

sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

miércoles, febrero 12, 2025

Lectura sonora


 







Como una proyección algo freudiana para un futuro que espero nunca llegue, en un cuento escrito hace más de dos décadas abordé la circunstancia de un viejo lector que gradualmente pierde la vista hasta quedar casi a oscuras. Por necesidades de la narración reconstruí con palabras su inmensa biblioteca ya muda, y en un anaquel cercano a su escritorio ubiqué una serie grande de casetes. Contenían, grabados con su ya cansada voz, pasajes amplios de páginas y páginas de muchos libros por él amados. Se supone que era su respuesta a la ceguera en camino, una mínima defensa ante la oscuridad y el imperativo de seguir en contacto con obras admiradas.

Más allá del patetismo de la escena —un homenaje a la lectura como salvación en medio de la tiniebla visual—, jamás puse en práctica real la grabación de literatura, ni la ajena ni mucho menos la propia, y como respuesta individual e inútil ante las avalanchas iconotecnológicas que cada vez avanzan más contra la lectura-lectura, jamás tampoco me acerqué al audiolibro en sus modalidades adaptada y literal (la adaptada es como una película, que suprime un montón de detalles, la literal es aquella que convierte un libro tal cual en un audio).

En los últimos meses he cedido todavía con alguna reticencia a la lectura en un dispositivo Kindle, pero jamás había escuchado un libro hasta que en los dos días recientes caí víctima de una fiebre no aguda pero sí lo suficientemente molesta como para anularme con dolores de cabeza. Sin pensarlo, casi como quien se rasca la barbilla, busqué algo en YouTube y opté por el audio de un libro leído de orilla a orilla. Contiene 28 capítulos, y me ha permitido recorrer su contenido con los ojos cerrados.

¿Este tipo de “lectura” tiene el mismo efecto que la convencional? ¿Retiene igual la memoria o es el ojo imprescindible para alcanzar una mejor inteligencia del texto? ¿Resulta igualmente placentero? Supongo que necesito algo de distancia para poder responder tales preguntas, pero es un hecho, y esto puedo responderlo desde ya, que ante alguna contingencia, como la ceguera, los audios de libros son una posibilidad casi milagrosa, un recurso no sólo útil, sino muy ajeno ya a la grabación de casetes ahora rebasados por dos o tres benévolos clicks.

sábado, febrero 08, 2025

Anotación bajo una foto

 







Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez y quien esto apunta intercambiamos casi a diario información sobre todo literaria. Gerardo está en Texas, Fernando en California y yo en Coahuila, así que entre los tres formamos un amplio escaleno que nos mantiene al tanto de las novedades y uno que otro chisme. Hace poco, mediante mi corresponsal texano nos llegó una foto muy interesante acompañada de un pequeño texto escrito por Salvador Novo. En la imagen aparecen 19 personajes de la literatura mexicana del siglo XX. Al verla, mis amigos y yo comenzamos a comentarla, y unos días después se la mostré a Saúl Rosales, con quien amplié algunas observaciones.

El comentario de Novo, extraído de sus memorias, trae como fecha el 22 de enero de 1965, y supongo que se refiere al día en el que describió la imagen, pues más adelante, ya en el cuerpo del texto, señala que la reunión se celebró el 16 de diciembre “del año pasado” (1964). Da igual: de lo que podemos estar seguros es de que data de mediados de los sesenta. Observa Novo: “Porque estoy convencido del valor documental de esta foto, me empeño en nombrar y describir a los personajes que en ella aparecen; pues luego ocurre que uno arrumbe una foto ocasionalmente tomada en algún banquete, comida o reunión; la olvide y pasados los años le cueste trabajo reconocer o recordar el nombre de muchos de los que en ella aparecen”.

El autor de Nueva grandeza mexicana estaba seguro, y no se equivocaba, del valor de aquella imagen, por eso le dedicó unos párrafos. La reunión a la que se refiere estuvo motivada por la reciente publicación del libro Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo. Es un libro de entrevistas en el que su autor dialogó con escritores que sin duda eran eso, protagonistas de nuestras letras. Dado aquel producto editorial, el editor y Carballo convocaron a los autores que seguían vivos. Otros, como Alfonso Reyes y José Vasconcelos, habían muerto pocos antes.

La foto incluye pues a algunos escritores entrevistados en el famoso y abultado libro, y suma a dos editores y a otros autores en ese momento muy jóvenes pero ya destacados, aunque por supuesto no incluidos entre los entrevistados por Carballo. Novo precisa que seis habían muerto ya, y que cinco más (Torri, Ramón Rubín, Yáñez, Arreola y Fuentes) no asistieron por equis o zeta motivos. El caso es que en la foto aparecen, de pie, Gastón García Cantú, José Gorostiza, Rafael F. Muñoz, Rafael Giménez Siles y Rafael Giménez hijo (editores los dos últimos), Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Salvador Novo, Nellie Campobello, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán; en cuclillas, Henrique González Casanova, Emmanuel Carballo, Pedro Bayona, Ernesto de la Torre, “y por último tres jóvenes demonios de la más nueva ola”: “el terrible” Carlos Monsiváis, Miguel Capistrán y José Emilio Pacheco.

Quizá me equivoco en algún caso, pero hoy todos los convidados al ágape ya murieron. Ahora bien, y disculpen que hable en términos autorreferenciales, ¿esa foto me atrajo nomás porque en ella aparece gente literaria? La respuesta es sí, pero luego reparé en algo más: esa foto también me atrae porque en ella veo flashazos de mi pasado. Yo tenía menos de un año de vida cuando la tomaron, y no fue sino hasta 1980 cuando comencé a sentir los primeros pálpitos de mi vinculación con la literatura, pero así haya sido, y sea hoy todavía, un mero tundeteclas de provincia, tuve la suerte de conocer y cruzar algunas palabras con seis de los personajes que aparecen en la imagen tomada en el jardín del coyoacanense restaurante La Capilla, propiedad de Novo. Cuento cada caso con una fecha de encuentro totalmente insegura:

Alí Chumacero. Al poeta de Acaponeta (¿Acapoeta?) lo conocí en Torreón (2007), cuando vino a hacer una lectura comentada de su obra. Ya era un hombre muy entrado en años, pero pese al calor lagunero no perdió figura dentro de su traje oscuro. Recuerdo que por culpa de un compromiso docente no pude asistir a su presentación, pero sabía que unos amigos (como la poeta Ivonne Gómez Ledezma) lo llevarían a cenar a La Marioneta, un restaurante luego cerrado a balazos, a donde recalé para insumir una cerveza y pedir que el maestro me dedicara un par de libros. De este encuentro quedó una foto en la que luzco una lamentable playera de Ocean Pacific.

Emmanuel Carballo. Lo vi y lo saludé en el Teatro Isauro Martínez (1990), cuando vino a presentar un libro sobre Torri junto a Serge I. Zaïtzeff, su autor; en aquella ocasión no quedó registro fotográfico. Carballo venía acompañado por su esposa, la escritora Beatriz Espejo.

Ernesto de la Torre Villar. Es el único de la lista con quien crucé algunas palabras en la Ciudad de México (2001). Asistí a un encuentro del Seminario de Cultura Mexicana (cuya sede estaba en la avenida Presidente Mazaryk, en Polanco) y en algún receso lo saludé y le presumí tener en Torreón dos de sus libros. Ya era un hombre grande, había nacido en 1917 y moriría en 2009. No quedó registro fotográfico ni con él ni con alguno de los miembros del Seminario de Cultura Mexicana que andaban por allí: Alberto Beltrán, Víctor Sandoval, Carlos Prieto, Sergio García Ramírez, Arturo Azuela, entre otros.

Carlos Monsiváis. Lo vi cinco veces, cuatro en Torreón y una en Guadalajara, y es el único con quien compartí mesa en el sentido literario y gastronómico. Como era ubicuo, no fue nada raro que viniera seguido a Torreón. En la última lo presenté antes de que diera una conferencia y de allí partimos a comer en un restaurante con menú español ubicado en el Paseo La Rosita. La única buena foto que tengo con él fue tomada en la FIL. Lo vi buscando afanosamente libros en una estantería, me acerqué, lo saludé, le pedí la foto y sonó el click sin que me dijera una sola palabra, pues estaba más apurado en hallar no sé qué volúmenes que en atender a un lector impertinente.

Miguel Capistrán. No tengo idea del año en el que lo vi acá, en La Laguna. Quizá en el 2003. Vino a ofrecer una conferencia sobre no recuerdo qué tema, y al final, en el restaurante Garufa, hubo una cena donde me quedó del otro lado de la mesa, inaudible.

José Emilio Pacheco. Lo vi en 1991, en el museo Quinta Gameros, de Chihuahua capital. Dio allí una conferencia y al final me acerqué con dos objetivos: saludarlo e infligirle el inútil regalo de mi primer libro. Lo recuerdo ya algo encorvado, tímido y pese a esto muy amable.

Finalizo. Al comentar la foto con Saúl en la gordería de nuestro desayuno semanal, se me ocurrió preguntarle cuál era el personaje por él más admirado. Algo nos distrajo y ya no supe su respuesta, pero sí alcancé a mencionarle mi gallo: Martín Luis Guzmán.

Nota. Tarde descubrí que sobrevive Pedro Bayona, en cuclillas y de moño en la foto. Nació en Guadalajara hacia 1937. El otro personaje posiblemente vivo es Rafael Giménez hijo, pero no conseguí datos sobre su vida.

miércoles, febrero 05, 2025

Siete estrofas de amor

 









De casualidad en este febrero releí El “Fausto”, de Estanislao del Campo (Buenos Aires 1835-1880). Es, como cualquiera lo sabe, uno de los primeros libros de la denominada poesía gauchesca, quizá el primer conjunto de obras literarias con marcado acento hispanoamericano. Por sus formas y su compacidad temática sólo podría compararlo con la novela de la Revolución Mexicana, otra corriente nacida y cultivada exclusivamente por un país de nuestro continente.

El “Fausto” es un poema narrativo. Aborda el encuentro en el campo entre don Laguna y el Pollo, dos viejos amigos. Tras los saludos de rigor, el Pollo le cuenta que fue a la capital y en el teatro Colón vio una obra. La representación no fue otra que el Fausto, de Goethe, en la adaptación de Gounod. Don Laguna se interesa en saber qué vio, así que el amigo le comparte el resumen de la historia que ya conocemos, aquella en la que el viejo Fausto ama a una joven inalcanzable, y la aparición y la promesa del diablo para que, mediante un convenio también bien conocido, aquel contacto con la muchacha pueda llegar a su consumación.

La gracia del poema está en que sigue los pormenores de la obra goethiana en un estilo inocente, impregnado de conmovedora rusticidad. El gaucho que cuenta apela a su experiencia para detallar el contenido de la obra. La parte que más me gusta está en la sección IV, y es una descripción de lo que puede sentir cualquier enamorado no correspondido. Son siete estrofitas compuestas en verso octasilábico rimado abba. El signo “//” es salto de estrofa. Vean lo bueno y cierto que es:

“Cuando un verdadero amor / se estrella en un alma ingrata, / más vale el fierro que mata / que el fuego devorador. // Siempre ese amor lo persigue / a donde quiera que va: / es una fatalidá / que a todas partes lo sigue. // Si usté en su rancho se queda, / o si sale para un viaje, / es de balde: no hay paraje / ande olvidarla usté pueda. // Cuando duerme todo el mundo, / usté, sobre su recao, / se da güeltas, desvelao, / pensando en su amor projundo. // Y si el viento hace sonar / su pobre techo de paja, / cree usté que es ella que baja / sus lágrimas a secar. // Y si en alguna lomada / tiene que dormir al raso, / pensando en ella, amigazo, / lo hallará la madrugada. // Allí acostao sobre abrojos, / o entre cardos, Don Laguna, / verá su cara en la luna, / y en las estrellas, sus ojos”.

sábado, febrero 01, 2025

Vida y letras según Chéjov

 











Con o sin intención, los escritores suelen mostrar su “cocina”, es decir, los modos, los métodos, las fórmulas (si es que las hay) mediante las cuales consumaron sus obras. Han podido hacerlo por la vía oral, sea en una clase, en una conferencia, en un taller, o por la escrita en un manual, diario o memoria. Cualquier espacio, incluso la conversación de sobremesa más informal, es propicio para que un zurcidor de palabras exponga sus procedimientos. Tengo para mí que la recomendación o la metodología de un escritor no calza por completo a otro, pues escribir es una práctica atada visceralmente a la experiencia única e irrepetible del individuo. Todos vemos un árbol, pero ese árbol es distinto y evoca emociones diferentes en quienes lo ven.

Pese a la imposibilidad de transferir recetas susceptibles a una completa imitación, los libros que las ofrecen tienen, sin embargo, el mérito del desprendimiento, casi casi como cuando un chef comparte las contraseñas de sus platillos (dupliqué el adverbio para subrayar que de todos modos no es exactamente lo mismo). Los libros que convidan secretos de escritura pueden ser asimismo muy diversos, pero algo habrá en ellos que delate al menos un tenue afán didáctico. Pienso, sólo para mostrar cinco casos distintos, en Filosofía de la composición, de Edgar Allan Poe; La experiencia literaria, de Alfonso Reyes; Manual de creación literaria, de Óscar de la Borbolla; Un arte espectral, de Norman Mailer y Ser escritor, de Abelardo Castillo (que por cierto comenté hace poco en estos mismos rumbos). Yo mismo, si me permiten el desacato, perpetré un libro de tal índole titulado Entre las teclas, periferia del oficio literario, cuya tercera edición no está en prensa, sino en pausa.

Sin trama y sin final. 99 Consejos para escritores (Alba Editorial, Barcelona, 2016, 134 pp.), de Antón Chéjov (1860-1904), opera en el predio mencionado, como podemos suponerlo por el subtítulo. Son recomendaciones del narrador ruso, uno de los maestros de cuento moderno. Lo peculiar del libro reside en que Chéjov no lo pensó orgánicamente, y acaso ni siquiera lo sospechó tal y como está armado, pues se trata de recortes extraídos de su correspondencia, todos vinculados con el oficio de escribir. Piero Brunello ejecutó el trabajo de edición y es también el autor del prólogo en el que explica su intención: “este librito presenta los consejos de Chéjov sin comentario, pero con la recomendación de tomarlos en serio. En un principio fueron elegidos para uso personal, pero las sugerencias de un gran escritor pueden ser provechosas para mucha gente”. Esas sugerencias, reitero, son fragmentos de cartas enviadas a escritores en las cuales, suponemos, además de abordar asuntos de índole coyuntural como una enfermedad o un viaje, servían para intercambiar impresiones, opiniones, juicios literarios. Entre otros corresponsales, los fragmentos fueron obtenidos de misivas enviadas a Suvorin, Gorki y Aleksandr, tres escritores, el último de ellos su hermano.

Brunello tiene razón al afirmar que las palabras extraídas de las cartas “pueden ser provechosas para mucha gente”. Lo son, particularmente para quienes tienen el deseo de escribir. Sin trama y sin final está dividido en dos partes: “Cuestiones generales” y “Cuestiones particulares”. Las cartas que sirvieron de base fueron escritas, la mayoría, en los últimos quince años del siglo XIX. Dentro de cada gran sección hay apartados más breves, un intento de Brunello por ordenar temáticamente sus recortes. Pese al orden que impuso, es dable aproximarse al libro de manera no necesariamente lineal, como si se tratara, quizá porque en el fondo lo es, un racimo abultado de aforismos.

Los subtemas que abraza son misceláneos. En todos los casos el editor da un título: “No lo que he visto, sino cómo lo he visto”; luego viene la cita: “Lo he visto todo; no obstante, ahora no se trata de lo que he visto, sino de cómo lo he visto”, y al último la referencia postal entre paréntesis: “(A Alekséi Suvorin, Vapor Baikal, Estrecho de Tartaria, 11 de septiembre de 1890)”. Con base en esta estructura, Sin trama y sin final avanza por las cartas de Chéjov y de ellas recoge los pasajes que frontal u oblicuamente se refieren al quehacer literario. Traigo cuatro ejemplos de esa brillante pedacería:

Este sobre el arte de tolerar cierto añejamiento de lo escrito:

Esperar un año

Tiene usted razón: el tema es arriesgado. No puedo decirle nada concreto; sólo le aconsejo que guarde el relato en un baúl un año entero y que al cabo de ese tiempo vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro.

(A Yelena Shavrova, Mélijovo, 28 de febrero de 1895).

O esta prescripción para su hermano:

Seis condiciones

“La ciudad del futuro” es un tema excelente, novedoso e interesante. Si no trabajas con desgana, creo que te saldrá bien, pero si eres un holgazán, que el diablo te lleve. “La ciudad del futuro” sólo se convertirá en una obra de arte si sigues las siguientes condiciones: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de los objetos; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad; rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.

(A Aleksandr Chéjov, Moscú, 10 de mayo de 1886).

O:

Llorar sin que el lector se dé cuenta

Sí, en una ocasión le dije que uno debe ser indiferente cuando escribe historias patéticas. Pero usted no me ha comprendido. Puede llorar o gemir con un cuento, puede sufrir con sus personajes, pero considero que debe hacerlo de modo que el lector no se dé cuenta. Cuanto mayor sea su objetividad, más fuerte será la impresión. Eso es lo que quería decirle.

(A Lidia Avílova, Mélijovo, 29 de abril de 1892).

Por último:

Escribir con frialdad

Hace usted grandes progresos, pero permítame que le recuerde un consejo: escribir con mayor frialdad. Cuanto más sentimental es la situación, mayor frialdad se necesita a la hora de escribir; de ese modo el resultado es más conmovedor. No conviene azucarar.

(A Lidia Avílova, Moscú, 1 de marzo de 1893).

No puedo pasar por este libro sin recordar que Piglia abre su famoso ensayo “Los dos hilos: análisis de las dos historias” con estas palabras: “En uno de sus cuadernos de notas, Chéjov registró esta anécdota: ‘Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida’. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito”. Sin trama y sin final intenta algo parecido: iluminar alguna zona del ejercicio literario. Es en síntesis una cascada de chispazos todavía atendibles pese a que hace 150 años fueron modestos párrafos de cartas.

miércoles, enero 29, 2025

Dádivas con cola

 







Al salir de la farmacia pensé en la generosa escena de la que fui protagonista. Estaba a punto de pagar unos medicamentos cuando a mi espalda una señora le dijo a la cajera que sólo deseaba consultar el precio de un antigripal. Mientras yo pasaba mi tarjeta, la cajera del área farmacéutica fue por el remedio y rápido comunicó el precio a la señora: la caja con 12, tanto; la caja con 24, tanto más. Mientras la cajera echaba mi compra a una bolsita junto con la nota, pregunté a la señora, a todas luces humilde, si le alcanzaba con su dinero. Me respondió que apenas traía treinta pesos y abrió la mano para que yo viera las tres monedas. Decidí rápido: le dije a la cajera que yo pagaba el antigripal. La señora eligió la cajita con 24. Salí de la escena con un sentimiento de tristeza, casi de horror al recordar la mano abierta con las monedas de diez pesos. Narrar este gesto me sirve para enfatizar en carne propia, y no sin vergüenza, el fariseísmo de contarlo. Funciona como ejemplo para comentar un tipo de videos muy llegadores, aquellos que muestran alguna situación en la que se socorre fugazmente a un menesteroso.

Las situaciones son planeadas como producción de “contenido”. Alguien aborda a un desvalido en la calle y le pregunta si ya cenó. Como la respuesta es obvia, de inmediato le extiende el mejor combo de Burger King. Otro más intercepta a una señora que sale con dos tomates del supermercado; le pregunta por qué compró sólo eso, y recibe también una respuesta obvia o casi obvia, para luego invitarla a entrar de nuevo y llenar el carrito con comida.

De entrada, resulta evidente que la generosidad, así sea fugaz, es bienvenida, pero no el hecho de convertir la dádiva en un espectáculo, en “contenido” para lograr visitas a una cuenta de red social, pues con eso se hace evidente el mezquino propósito de conseguir algo que está más allá del puro gesto. Hacerlo da por sentado que la realidad puede cambiar con dádivas grabadas cuyo efecto es desviar la atención, que no veamos lo esencial: el permanente imperativo de crear (o al menos de pensar, que por algo se empieza) un mundo en el que no haya personas sin lo básico, personas que sólo sirven para que otros demostremos nuestra solidaridad de cartón pintado.

sábado, enero 25, 2025

La deshumanización del meme


 








Es harto conocido el ejemplo que sale a flote cuando se desea describir la ambivalencia de las herramientas necesarias en los quehaceres del ser humano: el que aparece primero es el del cuchillo, objeto que lo mismo sirve para ayudarnos a confeccionar nuestros alimentos que para matar. Esta bipolaridad de uso ha sido trasladada con facilidad a las nuevas tecnologías: internet sirve para acercarnos y hacer más fluida nuestra comunicación, pero también para propalar las más inmundas bajezas del hombre.

Las redes sociales, como uno de los muchos subproductos de internet, han permitido la creación incontable de “contenido”, como se le llama ahora a cualquier mensaje, sea profundo, convencional o descaradamente estúpido. Las posibilidades son diversas: videos sin audio, videos con voz en off, video con texto y música de fondo, fotos, fotos con audio, fotos con texto, fotos con texto y audio, dibujos, composiciones de collage, etcétera. Los temas son infinitos, desde información y comentarios de tipo científico hasta chistes, caídas, memorabilia, sketches, bailes sensuales y un larguísimo etcétera, todo en vertiginosa e inasible producción.

Este cosmos de “contenidos” induce a reflexionar en la importancia que tiene hoy la imagen en dos sentidos: como vena en la que se puede tomar el pulso a la realidad y como formadora del imaginario colectivo. Sería inocente pensar que la “inflación semiótica” —como la llama Bifo Berardi— de imágenes es inocua y no tiene gravitación en el formateo de subjetividades, de allí que se torne necesario observar las tendencias de la comunicación, los usos que se van imponiendo entre los productores y consumidores de “contenido”.

El mismo Berardi ha expresado con pesar y alarma que nuestra atención vive asediada, es decir, que en la “economía de la atención” somos víctimas de una frenética disputa por captar nuestro interés. La superabundancia de mensajes y la disponibilidad inconsciente para engullirlos perturba el “pensamiento lógico secuencial”, es decir, que antes de digerir una idea de manera ordenada pasamos a otra, y a otra, y a otra, infinitamente, en un brinco irrefrenable hacia fragmentos de sentido que a la postre impiden pensar, detener la mente en algo. En este incesante tiktokismo, por llamarlo así, los “contenidos” tienden forzosamente a adquirir los rasgos de producto diseñado para el consumo rápido, lo menos denso posible, que ahora es el equivalente al cine de pastelazo que vieron nuestros abuelos.

En el aluvión de mensajes, y jalonado por la tendencia al humor (o la ligereza) que destacó Lipovetsky desde los ochenta, asistimos al éxito de lo cómico que se apoya en la crueldad. Si fuera esporádico, escaso, no sería problema, pues miserabilidad espiritual siempre ha habido y habrá; el problema es que ahora cunde y se ha naturalizado tanto que ya apela a temas totalmente ajenos a lo humorístico y no como gracejada de sobremesa, sino como “contenido” audiovisual cuyo fin es la viralización e incluso el usufructo económico. El camino fácil para remediar eso, si es que tiene remedio, no es gritar censura o cancelación, sino hacer consciencia de que la crueldad no puede ser dinamo de la risa.

Gordos, mancos, cojos, enanos, negros, feos, gangosos, chimuelos, locos, jorobados, locas (homosexuales), bizcos, todo el repertorio de tipos humanos que no encajen en el ideal de equilibrio helénico o al menos con el de “normalidad”, son carne de meme o reel, la delicia de algunos generadores de “contenido” (siempre entrecomillaré esta palabra cuando me refiera a ese contenido). Ahora bien, algunos personajes usan su peculiaridad porque el anzuelo de hacerse virales es muy poderoso, además de que seguramente hay casos en los obtienen retribución por generar risa o morbo, tal y como ocurría en otros tiempos con los circos o las ferias y su exhibición cobrada de rarezas (un caso del pasado, célebre y atroz, fue el de pagar para ver a los siameses Donnie y Ronnie).

La inclinación omnipresente a celebrar con carcajadas la crueldad es también visible en el llamado stand up; en este género de comedia no es infrecuente que se busque la risa, entre otros abordajes, a partir de la discapacidad, la raza, la apariencia, la clase social, y sus rutinas terminan por alimentar el mundo audiovisual. Todavía en 2012, un cómico de la capital hizo un chiste sobre las víctimas de la guardería ABC; aunque todavía anda allí, en su momento y casi por unanimidad fue vapuleado en las redes que apenas tenían un lustro de uso en el planeta.

Los tiempos han cambiado, como pude verlo sin tapujos en un meme que me escupió Facebook. Lo describo solamente, pues no lo reenviaré ni siquiera para exhibir la crueldad que de él escurre. Es la foto real de una excavación en la que se ven una tibia y un peroné rematados en el pie con un calcetín y un tenis. Es todo, pero quien la reprodujo añadió este comentario: “Ojalá que mi hijo pronto nos mande dólares”. Luego de ver el seudochiste, hice lo que casi no: asomarme a los comentarios. No miento si digo que leí como treinta y terminé asqueado: salvo dos o tres que pedían respeto por las familias con parientes desaparecidos, los demási celebraban y pedían a los inconformes que se largaran a otro lado si no les gustaba.

Podrá decirse que no encuesté ni usé el método científico para llegar a una conclusión al menos provisional, pero con todo y que la mía es sólo evidencia anecdótica, creo que, como señalé al principio, se puede percibir prima facie que la ruindad moral va ganando la batalla frente a la sensatez, la solidaridad y el respeto, palabras que ya suenan casi obsoletas y de un plumazo se les descalifica como “superioridad moral” en las “redes antisociales”, como bien las llama Horacio Verbitsky.

En síntesis, no debemos tener en poco la influencia de los mensajes humorísticos apuntalados en la crueldad, pues no son inocuos. Antes bien, su muchedumbre y su penetración en el alma es tan eficaz y profunda que termina por moldear al ciudadano y, entre otras aberraciones, convertirlo en dócil votante de sujetos a los que luego, cuando los neodéspotas alcanzan legitimidad democrática para ejercer el poder, se les debe suplicar un poco de misericordia.

miércoles, enero 22, 2025

Regreso indeseable

 







El regreso se Trump a la Casa Blanca confirma que la llamada “batalla cultural” ha sumado un nuevo triunfo para la ultraderecha del mundo. Casi no era necesario tal retorno para saber que cunde en todos lados una actitud de simpatía por las inercias colectivas del individualismo y la entrega acrítica a los patrones de consumo como única posibilidad de coexistencia. Es en este caldo de cultivo donde echan raíz personajes estrafalarios como el actual presidente norteamericano, tipos que operan con mentalidad de capataces, no de estadistas.

Muchos pensadores han destacado que a la ultraderecha ya no le apena mostrarse como lo que siempre ha sido y poco antes todavía disimulaba un poco. Es un signo claro de los tiempos. Estos sujetos y sus adherentes pueden ser hoy desembozadamente racistas, homofóbicos, clasistas, colonialistas, negacionistas y todo lo repugnante que podamos sumar. Lo curioso es que ahora, lejos de perder simpatías y concitar rechazo, enganchan bien con colectividades que coinciden con sus ideas, si es que podemos llamar ideas a toda esa viscosidad despojada de pudor, vomitiva por su cabal falta de humanismo, espesa de agresividad contra todo lo que se aparte un pelo de sus creencias.

Apenas llegó, el exitoso empresario y redivivo presidente puso en marcha lo que hace poco se codificaba sólo como amenaza. Sin apego a las maneras habituales de la política y como el troglodita que es, puso en marcha iniciativas contra migrantes, nuevos aranceles, militarización en la frontera con México y repugnante agandalle geopolítico, entre otras barbaridades, engreído como Atila con corbata.

Ante tal sujeto —y otros que, como él aunque con mucho menos poder— no está de más preguntarnos hasta dónde ha llegado la “servidumbre voluntaria”, para decirlo con Étienne de La Boétie, de la ciudadanía que lo votó y apoya formas de actuar en las que siempre están implícitos el egoísmo y el odio, rasgos que pueden ser identificados con el neofascismo más sincero, como se pudo ver en el saludo ridículo y temible del Duce Musk.

Son malos tiempos pues para la solidaridad y el respeto. Lo que se avista con el flamante presidente es una amenaza para todos, incluso para quienes votaron por él y se creen salvados.

sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


miércoles, enero 15, 2025

De los fines


 






Ciertas palabras se despliegan como papel doblado para crear otras en las que se reacomodan de manera evidente o sutil. Una de ellas es “fin”, palabra proveniente del latín “finis” cuyo significado es “término”, “borde”, “conclusión”. Enumero, sin llegar asimismo a ninguna conclusión, sólo por el hecho de tenerlas a la vista, algunas voces que incluyen en su cuerpo la palabra “fin”. Ya veremos que unas son obvias y otras no tanto.

Afín. Parecido en el sentido de que algo se aproxima mucho a otra cosa, a su borde, de manera que entre ambas se da una especie de contigüidad o identidad. “Ambos tienen talentos afines”.

Afinar. Llevar algo al fin de su perfección. “Afina la guitarra antes de tocarla”. “Afinaron los acabados de la casa”.

Confín. Orilla, punto limítrofe de un espacio. “Vive en el confín de México”.

Confinar. Encerrar a alguien en un límite determinado. “La pandemia nos confinó en nuestras casas”. “Confinaron a los presos en una nueva cárcel”.

Definir. Poner límite, fin, a una palabra o idea, establecer su borde semántico. “Debemos definir qué entendemos por hermenéutica”. “La definición de ‘definición’ es ‘Proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material e inmaterial’”.

Finiquitar. Dar término a un trato o negocio. “Finiquité el pago de las mensualidades”.

Finisterre. Nombre de una ciudad gallega que literalmente significa “fin de la tierra”. “Finisterre es un municipio ubicado en el extremo oeste de España, frente al océano Atlántico”.

Finito. Lo que carece de término, aunque a veces se usa como diminutivo de “fino”. “El plazo que le dieron es finito”, “Es finita la vida que tenemos”. O: “Es un muchacho muy finito”, “Hay que picar finito ese cilantro”.

Infinito. Que no es finito, por el prefijo de negación “in”. “Al infinito y más allá” (frase  hiperbólica, dado que en teoría no hay más allá de lo infinito).

Sinfín. Usada como sustantivo asimismo hiperbólico para designar lo que no tiene término, lo que en teoría es inacabable (digo hiperbólico porque si nos atenemos a la realidad pura, todo tendrá fin, hasta el sol). “Tiene un sinfín de problemas”. No confundir con la locución “sin fin”. “Es una historia sin fin”. “Salí a caminar sin fin preciso”.

sábado, enero 11, 2025

Ser Abelardo Castillo

 
















El nombre Abelardo Castillo dirá poco en México, casi nada. Es uno más de los numerosos escritores latinoamericanos cuya obra quedó circunscrita a una patria, la suya. Nació en la ciudad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1935, aunque, como tantos allá, desarrolló su trabajo literario en la capital. Decir que es un escritor de repercusión sólo argentina no es agraviarlo, pues ya se sabe que, salvo muy pocas excepciones, los escritores latinoamericanos a lo mucho alcanzan una fama endogámica, de fuste nacional, lo que por otro lado no es poco.

Lo leí por primera vez en 2005 gracias a un regalo de Juan Pablo Neyret, quien desde Mar del Plata me envió a Torreón los Cuentos completos de Castillo publicados por Alfaguara. Las palabras que acompañaban el obsequio fueron muy generosas: Neyret escribió que me acercaba un escritor en el que yo encontraría ecos de mi trabajo, rasgos que seguramente me harían fraterno el tono de sus narraciones. Fue una hipérbole amistosa, claro, pero tras leerlo confirmé que se trataba de un notable cuentista, un autor de microcosmos densos de desgarramiento humano, de almas abrumadas por el látigo de la existencia. Por aquellos años yo seguía trajinando como profesor volante, y era una época en la que los alumnos aún ponían más atención a la clase que al celular. Por ello no fueron pocas las aulas en las que, entre otros textos, introduje como parte del material de lectura algunos cuentos de Castillo, sobre todo dos que siempre funcionaron bien: “El candelabro de plata” y “La madre de Ernesto”, relatos en los que se advierte claramente una tesitura destoyevskiana, vidriosa, entre brutal y conmovedora, valga el oxímoron.

Autor de novelas, obras de teatro, ensayos, diarios, antologías, artículos e incluso algo de poesía, sospecho que el cuento fue (es) lo más apreciable de su producción. Un abordaje sumario de su carrera sintetiza lo anterior con esta semblanza disponible en internet: narrador y dramaturgo argentino cuya obra narrativa se caracteriza por su prosa cortante y muchas veces reveladora de la sordidez de la realidad. Animador de la difusión y el debate literario-político, fundó con Arnoldo Liberman El Grillo de Papel, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la Argentina. Posteriormente dirigió El Ornitorrinco (1977-1987). Compaginó su actividad literaria con las colaboraciones periodísticas y la dirección de talleres de creación literaria. En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982) y Las maquinarias de la noche (1992), luego reunidos en Cuentos completos (1998). La narrativa de Abelardo Castillo evolucionó de un realismo de signo existencial y comprometido social y políticamente (en la línea de Sartre) a una mayor estilización que lo acerca al expresionismo; sus argumentos colocan a menudo a los personajes en situaciones límite envueltas en un denso fatalismo. 

Hasta aquí la referencia biográfica retocada levemente. Con tal lona recorrida, en 2005, a los setenta de su edad, publicó Ser escritor (Seis Barral, Buenos Aires, 219 pp.), libro de aproximaciones al oficio de leer y de escribir. No es un manual o, como los denominaban hace dos siglos, una “preceptiva”, sino una serie de breves apuntes en los que comparte, destilada y asistemática, su experiencia literaria. Así pues, es un libro de suyo interesante para quienes han elegido dedicarse, con o sin talento, a engarzar palabras cuyo fin es llegar a ser arte.

Ser escritor es abarcado por diez capítulos, algunos con título elocuente: “El oficio de escribir”, “Literatura nacional”, “Los talleres del escritor”, “Crítica y críticos”, “Escritores en persona”, “Ética y compromiso”, “Filosofía y letras”, “Irreverencias”, “Baúl” y “Mínimas”. En todos late una prosa severa y el modo entre taxativo y socarrón de quien ya sabe que sabe mucho del asunto o al menos lo suficiente como para que no le vengan con que cambie o matice sus pareceres. El impulso pues es de aforismo, de sentencia, de idea planteada así, contundentemente, porque lo escrito ha sido pensado y repensado en años, los muchos años de lectura y escritura que sumaba ya Castillo cuando acuñó las aseveraciones.

Para quienes escriben, las observaciones de Castillo pueden servir como semáforo: ayudarán a seguir rutas de trabajo, advertirán sobre problemas inherentes al oficio y frenarán a quienes asuman con candidez algunos malentendidos sobre esta labor y sobre varios escritores. Como es un libro armado con pedacería, con textos cortos y muchos hasta brevísimos, es fácil trasegar ejemplos. Esto dice sobre “El culto del coraje”: “El culto del coraje en el tango y en nuestra literatura no es más que el subproducto de la reverencia natural, humana, que se tiene por lo heroico; que lo llevemos al plano del coraje gratuito, sólo significa que andamos escasos de épica en el sentido homérico”. Dicho sea de paso, lo citado podría valer para explicar el culto actual a los héroes deportivos.

En “La historia subterránea” destaca un rasgo esencial de la buena narrativa: “Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida. Pero, sobre todo en la literatura, si la historia subterránea no es en cierto modo la esencial no hay obra de ficción”.

Al hablar de algunos escritores totémicos, apunta detalles que incluso mueven a sonrisa: “Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista: ‘Por favor los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, lo he corregido tanto’. Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber adónde iba. Él a lo mejor no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros”.

Sobre Macedonio Fernández, esta boutade curiosamente macedónica: “Un malentendido nacional, de orden benévolo. No fue novelista ni poeta ni mucho menos metafísico. En algún sentido, apenas si fue escritor. Bien leído, era amanerado, caótico y plúmbeo, a fuerza de querer ser siempre ingenioso. Como sería absurdo no admirarlo, yo también lo admiro”.

Por último, notas de reivindicación como esta sobre José Ingenieros, autor que a México llegó sólo con El hombre mediocre (colección  Sepan cuantos… mediante): “Si yo fuera pedagogo, recomendaría a los jóvenes que dejen de leer estupideces, se olviden de los dictámenes académicos, y le peguen un ojeadita a los libros de Ingenieros. Muy pocos hombres pensaron bien y, al mismo tiempo, escribieron bien en nuestro país. Ingenieros fue uno de esos raros”.

Libros como Ser escritor —de notas sueltas, de apuntes rápidos y algo malhumorados— son gratos cuando provienen de alguien que ya es Castillo, un escritor formado en la lectura permanentemente crítica, aquella que constituye la base del extraño, del traumático oficio de escribir.

Abelardo Castillo murió en Buenos Aires en 2017.