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miércoles, febrero 12, 2025

Lectura sonora


 







Como una proyección algo freudiana para un futuro que espero nunca llegue, en un cuento escrito hace más de dos décadas abordé la circunstancia de un viejo lector que gradualmente pierde la vista hasta quedar casi a oscuras. Por necesidades de la narración reconstruí con palabras su inmensa biblioteca ya muda, y en un anaquel cercano a su escritorio ubiqué una serie grande de casetes. Contenían, grabados con su ya cansada voz, pasajes amplios de páginas y páginas de muchos libros por él amados. Se supone que era su respuesta a la ceguera en camino, una mínima defensa ante la oscuridad y el imperativo de seguir en contacto con obras admiradas.

Más allá del patetismo de la escena —un homenaje a la lectura como salvación en medio de la tiniebla visual—, jamás puse en práctica real la grabación de literatura, ni la ajena ni mucho menos la propia, y como respuesta individual e inútil ante las avalanchas iconotecnológicas que cada vez avanzan más contra la lectura-lectura, jamás tampoco me acerqué al audiolibro en sus modalidades adaptada y literal (la adaptada es como una película, que suprime un montón de detalles, la literal es aquella que convierte un libro tal cual en un audio).

En los últimos meses he cedido todavía con alguna reticencia a la lectura en un dispositivo Kindle, pero jamás había escuchado un libro hasta que en los dos días recientes caí víctima de una fiebre no aguda pero sí lo suficientemente molesta como para anularme con dolores de cabeza. Sin pensarlo, casi como quien se rasca la barbilla, busqué algo en YouTube y opté por el audio de un libro leído de orilla a orilla. Contiene 28 capítulos, y me ha permitido recorrer su contenido con los ojos cerrados.

¿Este tipo de “lectura” tiene el mismo efecto que la convencional? ¿Retiene igual la memoria o es el ojo imprescindible para alcanzar una mejor inteligencia del texto? ¿Resulta igualmente placentero? Supongo que necesito algo de distancia para poder responder tales preguntas, pero es un hecho, y esto puedo responderlo desde ya, que ante alguna contingencia, como la ceguera, los audios de libros son una posibilidad casi milagrosa, un recurso no sólo útil, sino muy ajeno ya a la grabación de casetes ahora rebasados por dos o tres benévolos clicks.

miércoles, febrero 04, 2015

Corazón en audiolibro: una versión espléndida


















Los caminos de la lectura son inescrutables. Leer, el maravilloso acto de descifrar signos sobre el papel o el monitor, no se agota hoy en estos dos soportes. Desde hace algunos años, quizá cerca de cincuenta, la literatura halló en las grabaciones de audio un mecanismo distinto para acercarse al entendimiento y el corazón de las personas. Recuerdo sobre todo las cintas magnetofónicas con las que pudimos captar el tono, la respiración y la cadencia de algunos autores hoy consagrados. Oír a Neruda diciendo sus poemas, a Rulfo leyendo sus cuentos, a Cortázar y su erre afrancesada recorriendo sus historias, a Sabines expresando sus versos, al avejentado Borges elevándonos con su palabra temblorosa y genial. Sí, gracias a las grabaciones de literatura tuvimos acceso a un mundo distinto: a la viva voz de los escritores, y hasta la fecha no conozco a alguien que reniegue contra ellas.
Poco después, sospecho que en los ochenta, comenzaron a cundir los audiolibros. Recuerdo haber leído varias opiniones sobre esta nueva posibilidad de la difusión de la literatura. Tuvo detractores, críticos que señalaban la fatuidad de este soporte. Creo que el defecto no lo tenían en sí las grabaciones, sino la publicidad que las propuso como sustitutos de la lectura. Los anuncios insinuaban, por ejemplo, que si uno escuchaba un audiolibro de Viaje al fondo del mar, se podía obviar tranquilamente la lectura de esa novela. Eso provocó, como era previsible, la ira de los bibliófilos, que de inmediato levantaron la guardia para oponerse al audiolibro.
Hoy, pasados los años y ya con todo el mundo organizado alrededor de la audiovisualidad digital, creo que debemos cambiar el enfoque y abrir cancha al audiolibro no como un rival del libro y la literatura, sino como un detonante de la curiosidad y un formidable complemento, y en algunos casos sustituto, de lectura. Oponerse al audiolibro con los argumentos de hace treinta años es, me parece, necio, y equivale a despreciar las versiones fílmicas de cientos de obras primeramente literarias.
Así como el cine se apropia, recrea, reinterpreta grandes obras y lo celebramos, el universo tecnológico de lo auditivo tiene todo el derecho de apropiarse, recrear y reinterpretar grandes obras. El problema no es el soporte, insisto, sino la selección de las obras y la calidad de las adaptaciones. Si los audiolibros se aproximan a la literatura clásica sobre todo infantil, si hay un trabajo meticuloso de acoplamiento en las voces, la música y la condensación, entonces estaremos en presencia de productos que despliegan beneficios tanto al público en plenitud de facultades como, principalmente, a los niños en proceso de formación, a los adultos no asiduos a la lectura y a otros posibles usuarios en desventaja física o cultural.
Una prueba de la excelencia que es posible alcanzar en estas producciones la encontramos al alcance de nuestra lagunera mano: los cinco discos compactos producidos cabalmente por Carlos Acosta Rodríguez. Se trata de la adaptación al formato de audiolibro (en inglés y en español) de la novela Corazón, del liguriano Edmundo de Amicis. Clásico de la literatura infantil, esta obra de ficción vestida con el atuendo de un diario (como La tregua, de Benedetti) es recreada con esplendidez que deja atónita la sensibilidad de quien la escuche.
El esfuerzo de Carlos Acosta para producir el audiolibro de Corazón es una prueba fehaciente, incontestable, del poder de la literatura. Gracias a que en su infancia leyó y fue conmovido por el diario del pequeño Enrique salido de la imaginación de Edmundo de Amicis, sentía que allí había una deuda que sólo podía ser pagada con un homenaje mayúsculo. Durante años, Acosta se empeñó en un objetivo: hacer que Corazón tuviera una elevada versión en audio. Reunió un equipo de colaboradores que ayudaron en las voces, la creación de la música, la grabación y el diseño, y puso su producto en los más exigentes anaqueles del mercado. Vaya tarea titánica, inexplicable sin un impulso emocional originario, el que despertó en Carlos la personalidad de una novela decimonónica cuyo mensaje sigue siendo emotivo y poderoso.
Es de veras placentero escuchar cada cuadro (o “día” o “cuento mensual”) en la voz grata y matizada de nuestro paisano Raúl Adalid, quien al leer los pasajes de Corazón dio una muestra de pluralidad de registros vocales. Yo escogí, para oír aquí, el día de la presentación, “La biblioteca de Estardo”, que me encanta porque siempre anhelé una biblioteca similar y sólo pude edificarla al bordear la primera etapa de mi vida adulta.
El trabajo de Carlos Acosta Rodríguez confirma muchas cosas. Como ya dije, el poder de la literatura, la fuerza que puede contener una obra que nos enaltece y nos motiva a mejorarnos y a mejorar el entorno en el que vivimos. También confirma que La Laguna tiene ya trabajadores de la comunicación que pueden competir lealmente con los mejores del mundo. Y por último, confirma que el formato de audiolibro, bien cuidado, puede ser un instrumento significativo para llevarnos hacia el libro de papel.
Mi felicitación a Carlos y mi orgullo por su tremendo Corazón.

Comarca Lagunera, 3, octubre y 2013

Texto leído en la presentación del audiolibro Corazón, diario de un niño, producido por Carlos Acosta Rodríguez. Se celebró el 3 de octubre de 2013 en el Museo Regional de La Laguna. El audiolibro está a la venta en las librerías Gandhi o directamente en la dirección electrónica carlostrc@yahoo.com