martes, abril 20, 2021

Gambeta corta, mañana




















Mañana jueves a las 7 pm en la Casa Mudéjar de Torreón presentaré mi más reciente —y sin embargo ya algo viejo— libro. Es Gambeta corta. Selección de cascaritas periodísticas. Señalo que el libro es algo viejo porque estaba armado/apalabrado desde 2017 o 2018, y luego de pasar unos meses en la sala de espera pudo ver la luz en marzo de 2020, precisamente cuando la pandemia comenzó a limitar la interacción física de la humanidad. Fue, pues, imposible presentarlo en tal circunstancia, y ahora, poco más de un año después, podré convidarlo a los lectores que a bien tengan conseguirlo y escudriñar su contenido. Será, como se estila en estos casos, una ceremonia sencilla, un diálogo con el periodista deportivo Rafael Rosell. Gambeta corta contiene cincuenta piezas cuyo eje temático es el futbol; hay allí artículos, ensayos y reseñas, parte de lo que he escrito sobre el asunto en los últimos diez años. En su prólogo, titulado “Saltar a la cancha”, observo lo siguiente, y ya con esto me despido:

No explico mucho, sólo que escribir sobre futbol ha sido para mí una práctica muy grata, tanto como jugarlo en los tiempos cada vez más lejanos de mi buena condición física. No es tema en el que esté dale y dale todos los días ni como lector ni como nada, pero cada vez que se atraviesa la ocasión, cada vez que hay algo en el ambiente, un olor a mucho gol o mucha liguilla o mucho mundial, atrevo párrafos que tomo en serio sólo porque con ellos me instalo de lleno, casi de cuerpo presente, en el tiempo de mi niñez, una niñez inolvidable aunque haya sido lagunera.

Escribir sobre futbol es, pues, tonificante para mí. Me alegra tanto como cuando me alegraba en aquellas incontables horas de barrio, jugando sin camisa, sobre el asfalto, con porterías de ladrillos y un balón de plástico fofo y curtido a punta de patadas, a cañonazo vil. Todavía hoy, y supongo que siempre será así, tengo la sensación de que pateo chanflazos, de que mato cambios de juego con el pecho, de que tiro pases o intento gambetas cortas como en la vida real. Incluso cuando estoy sentado en algún lugar y veo perspectivas distantes fantaseo con porterías y disparos para superar imaginarias barreras. Juan Sasturain ha descrito este sueño consciente, esta especie de manía posfutbolera.

Digo que no explico mucho porque de una manera clara —quiero decir sin florituras— mi opinión sobre “el juego del hombre”, como lo llamaba don Ángel Fernández, está espigada en cada uno de los textos que componen esta pequeña ensalada. ¿Qué puedo añadir? Bien no lo sé. Quizá agregar que algunos de los textos integrados a este lance, la mayoría, fueron ya publicados en papel periódico y otros permanecen casi inéditos, pues sólo los he trepado al abnegado blog que desde 2006 alimento con silencio de hortelano y expectativa de condenado a muerte. Algunos hacen ciertas referencias a hechos coyunturales; no las actualicé para evitar que se perdiera el tono (supongo) fresco de su escritura. En todos los casos, más allá de su sencilla temática, he querido hacer notar, como siempre, una voluntad de estilo acaso mayor a la importancia de los asuntos abordados.

Antes de dejar las piezas a merced del respetable quiero agradecer a Carlos Castañón Cuadros por invitarme a publicar este racimo de tiros a la portería. Ojalá que, pese a su tema, sean ejemplos dignos de respeto al pensamiento y de querencia al único deporte que me ha quedado en pie: el de escribir.


Alineación
Saltar a la cancha
En busca del tiempo querido
Magia y decadencia de Garrincha
Goleada de la realidad
El vuelo de Supermán
Diego hoy tiene cincuenta
No debes tener dos equipos
Un virus indeleble
Maradona por Kusturika y otras casualidades
Saber de fut
Cementero de clóset
Borges en el futbol
Aire de identidad
América: un odio necesario
Aquella canallada
Las palabras y los goles
La penúltima jugada
Volver sin fin a Diego
Encuentro con Roberto Perfumo
Futbol musical
La Pulga en el buffet
Si Jesucristo pitara
Primer cuento con olor a cancha
Del juego colectivo
Mi futbol
Carlos Kaiser, un futbolista inmortal
Debate de chilenas
De los centros
Matrioska de sueños
Inmensidad del Mágico 
Mi retiro de la Primera División
Una lágrima para Barbosa
Libros sobre la cancha
El futbol de Bayer
Cuentos futboleros del Negro Fontanarrosa
Nostalgia sobre el césped
Futbol por correspondencia
El clásico de Eduardo Galeano
La biblioteca Ficticia
Futbol con perspectiva de género
Piquita con Juan Sasturain
Anécdotas como pases a la red
Sueños de inmensidad
La posición de Ángel Cappa
Memorioso de triunfos y caídas
El futbol según Juan Villoro
Eduardo Sacheri, el toque del crack
Argentina-Inglaterra en 1986
La sinécdoque de Predrag Jekovic
Más allá de Rusia
El enigma Carlovich
Referencias y agradecimientos

sábado, abril 17, 2021

El taxista de Bioy

 


















Quizá el taxista es uno de los personajes-tipo más interesantes de la realidad y de la literatura. En lo personal, cada vez que aparece la palabra “taxista” en un cuento o en una novela paro las orejas como perro, pues sé que indefectiblemente vienen en camino párrafos de interés. Esto se debe, claro está, al hecho de que, en general, los taxistas viven de dos habilidades: conducir y conversar. Se podría decir casi lo mismo de los cantineros, pues ellos también suelen ser buenos para el diálogo, pero están en desventaja frente a los conductores de taxi. El cantinero está fijo tras la barra y conversa con personajes más o menos iguales, sujetos alegres o desesperados, personas ya entradas en años, hombres en su mayoría. El taxista, en cambio, además de estar en permanente y azaroso movimiento, lo que le permite peinar a diario la ciudad, charla con toda la fauna social que trepa a su vehículo. En resumen, los taxistas drenan sin cesar historias de todos los colores, de ahí que yo sostenga desde hace muchos años que la mejor chamba de un escritor podría ser la de taxista.

¿Y por qué no me dedico a eso?, preguntarán algunos. Por una razón simple: porque así como en el vehículo de alquiler fluyen historias fascinantes, el oficio tiene, entre otras, una desventaja: es uno de los más cansados del mundo. Esto mismo lo dice Luis Ángel Morales, protagonista de Un campeón desparejo (Booket, 2014), nouvelle de Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) ilustrativa del accidentado universo taxístico.

Al arranque de la historia, el buenazo de Morales recoge a un par de sujetos en la intersección de Tupungato y Almafuerte. Son dos tipos extraños, una especie de dupla profesor-discípulo. Al dejarlos en su destino, y luego de un pequeño altercado de tránsito, ellos le ofrecen un tónico reconstituyente, a lo que Morales responde: “Póngale por caso que me saque el cansancio que tengo. Mañana ¿qué hago? Yo vivo cansado. Más vale resignarse que estar pendiente de un tónico”.

Lo que Morales no sabe es que, tras aceptar el brebaje, experimentará un fenómeno raro en su interior; será en los siguientes días cuando, debido a los desafíos violentos que la realidad le impone en su quehacer de taxista, termine por convertirse en un tremendo peleador, ya que el tónico ha obrado el milagro de transformarlo en una especie de Luis Ángel Firpo, su tocayo, el gran boxeador. Tras cuatro pleitos callejeros que son resueltos por Morales con una solvencia abrumadora, él parece no sentir que su nueva capacidad se debe a la influencia del tónico. En medio de las peripecias, un subtema va elevando su importancia: el amor perdido de Valentina y la necesidad de recuperarlo a cualquier precio.

Entrevistado por Pacho O’Donnell, Bioy explicó que al debatir con su amigo Borges, el autor de El Aleph sostenía que lo más importante de una historia se ubica o debe ubicarse en el final; él en cambio, o sea Bioy, consideraba exactamente lo contrario: lo mejor de la novela es su comienzo. En la misma conversación, y a otra pregunta de O’Donnell, respondió que los libros de su producción que más lo contentaban eran El sueño de los héroes (que nunca he tenido), otro que no recuerdo y Un campeón desparejo, donde “desparejo” es la forma argentina de decir, como nosotros, “disparejo”. Para mi alegría, tenía este último libro en la numerosa sala de espera y de inmediato lo leí. Casi comprobé la teoría de Bioy: el arranque es muy bueno, con el taxista y los sujetos enigmáticos, el tónico y las primeras muestras de una especie de superpoder. Luego el libro avanza un poco sin gobierno en su trama, se sostiene en la socarrona prosa de Bioy y termina con el taxista Morales un poco en la nada, sumido en el deseo de recuperar a Valentina, el amor de su vida, pero los superpoderes no le dan para tanto.

Una novelita rara, por decir lo menos, pero memorable, qué curioso, por su comienzo.


miércoles, abril 14, 2021

Una travesía etílica












No sin malestar he recorrido la inmovilidad o la casi inmovilidad de estos meses de enclaustramiento forzado. La idea de salir sin más miedo que el convencional, es decir, al accidente o al robo, ha sido pospuesta y todavía, con o sin provocación mediante, muy frecuentemente se aviva mi antojo de viajar aunque sea cerca, de perdida a Parras o a Durango. Por eso el senderismo de estos meses, y por eso tantos documentales de viajes y viajeros en YouTube: de alguna forma hay que saciar el hambre de caminar, ver y comer, que en esto radica para mí la esencia de los viajes.

De un viaje antojable trata precisamente la novela Y retiemble en sus centros la tierra (Tusquets, 1999), de Gonzalo Celorio (México, 1948). Digo antojable porque muchas veces he estado en el lugar que es escenario de su libro y podría volver allí cuantas veces fuera necesario porque es un sitio que me atrae; me refiero, o se refiere Celorio, más bien, al centro histórico de la Ciudad de México, al ombligo de nuestra leviatánica capital.

Ensayista, profesor universitario, funcionario cultural y académico de la lengua, Celorio ha escrito una historia, tal vez la mejor, sobre la actualidad —hasta el cierre del siglo XX— del centro histórico que es, como sabemos, un emblema de nuestro país, pues allí se condensó lo indígena y lo español que nos configuraría como nación, el mestizaje que es posible suponer en la simétrica presencia del Templo Mayor y la Catedral Metropolitana.

El protagonista de la historia es Juan Manuel Barrientos, profesor universitario con notables credenciales y un prestigio bien ganado como académico. Especialista en literatura y arquitectura novohispanas, Barrientos acuerda con sus alumnos más cercanos, luego de una sabrosa bacanal de fin de cursos, prolongar el encuentro al día siguiente con un paseo por el centro histórico en el que se cumplirá un itinerario muy interesante, diría que envidiable: recorrer cantinas del sector, beber una copa en cada una, y en los traslados a pie explicar con detalle las características de los inmuebles que en el camino hay, como el de la Catedral. Lo malo del caso, por lo menos en el grueso de la historia que sentimos severamente realista aunque al final afantasme los hechos, es que el doctor Barrientos acude a la cita y no llega nadie. Crudo por la borrachera de la noche anterior, se resigna y a mediodía comienza, solitario, el periplo por la maqueta del centro histórico y los rasgos estilísticos de sus edificaciones, y de paso no se niega, obvio, a la ingesta de tragos que satisfacen una de sus más grandes pasiones: el alcohol.

El relato avanza en dos perspectivas: en tercera persona y en segunda, que pespuntean para ilustrarnos con minucia sobre arquitectura e historia y para envolvernos, sobre todo en segunda persona, con el relato biográfico de Barrientos.

No parece ser su propósito, pero es una novela con asordinado sentido del humor y escrita con un español de muy bien templado pulso. La vida de Barrientos es, como casi cualquier vida, accidentada, azarosa. Cuando alcanza su estabilidad como académico, no deja de sentir los latigazos de la frustración. Es él un académico competente, de gustos refinados, pero con sentido de lo callejero, pues de allí procede. A medida que avanza en el recorrido, aumenta su embriaguez y su descenso al bajo mundo hasta que amerdiza (o sea, “aterriza” sobre la mierda) en un lupanar de la más pinchurrienta índole y en el que su cultura sólo sirve para dos cosas.

Y retiemble en su centros la tierra es un paseo por el centro histórico que vale la pena emprender en la vida real. El entorno del zócalo jamás dejará de ser fascinante, como es posible advertir en las antedichas páginas de Gonzalo Celorio. 

sábado, abril 10, 2021

De diccionarios












En una entrevista que rueda por el babélico YouTube, el escritor mexicano Juan Domingo Argüelles ha descrito las características de su bien nutrida biblioteca. Entre libros de poesía (género del cual él es experto), narrativa, ensayo y demás, no faltan los diccionarios. Esto me extrañó, pues los libros llamados “de referencia”, es decir, los diccionarios, las enciclopedias y otros parecidos como los manuales y hasta los libros de texto, han sido borrados, o casi borrados, del mapa bibliográfico. La razón es simple: son libros que requieren periódicas actualizaciones, y nada mejor para actualizar que el internet, sistema que permite mantener al día casi cualquier dato. Mientras, por ejemplo, en las enciclopedias Carlos Fuentes puede seguir vivo, en la muy frecuentemente ninguneada Wikipedia se consignó su muerte un minuto después de que se supo el 15 de mayo de 2012. Los libros de referencia, por esto, no pueden competir contra un rival tan poderoso en materia de actualización.

En este escenario debo confesar que pude conservar dos o tres buenas y bonitas enciclopedias, pero las abandoné a su suerte cuando noté que habían sido rebasadas brutalmente y ya sólo servían para decorar la sala si uno lograba combinarlas sabiamente con el tapiz de los sillones. A veces las recuerdo y siento un poco de tristeza, pues eran volúmenes perfectamente encuadernados, con excelente papel en interiores y de contenido rico y atinado.

Lamentablemente, Google facilitó los accesos a cualquier consulta y, además, los incontables usuarios de la red han creado contenidos que rebasan por millones de datos lo que pueden albergar los tomotes de cualquier Británica o cosa que se le parezca. Más o menos estaba a punto de hacer lo mismo con mis diccionarios, pero algo me contuvo. Quizá la certeza de que, comparados con las enciclopedias, los diccionarios suelen estar organizados en un solo libro y por ello demandan menos espacio, o quizá porque siento una querencia especial por ellos pese a que hoy es posible tener, entre otros, el diccionario de la RAE en el celular.

El caso es que los conservo, y al escuchar la afirmación de Argüelles, con más razón no los expulsaré de sus estantes. Seguiré fiel, entonces, a una afirmación que he sostenido con frecuencia y alguna vez he compartido por escrito. Cuando me preguntaban cuál es el mejor diccionario, siempre respondía con esta frase retórica: “El mejor diccionario es muchos diccionarios”. En efecto, durante más de 35 años he reunido poco a poco una buena cantidad de diccionarios. Lo hice cuando entendí que el universo de las palabras no podía ser abrazado por un precario librito, pues cada disciplina, cada país, incluso cada pequeña comunidad o gremio construye y usa su propio léxico. Así, con el paso de los años me hice de tres distintos diccionarios de la RAE (la tercera edición de 1791; la decimoséptima de 1947 y la decimonovena de 1970); además, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias (mi favorito) y muchos más como el de latín-español, de mexicanismos, de nahuatlismos, de lunfardismos, de sociología, de política, de medicina, de religión, de filosofía (el monstruo de Nicola Abbagnano) e incluso el de groserías compuesto por Armando Jiménez, nuestro paisano coahuilense y autor también de la Picardía mexicana. Para quien se dedica a escribir/editar, tener un solo diccionario es no tener ningún diccionario.

Comencé este apunte mencionando a Argüelles —quien por cierto cuidó un libro mío en su paso como editor de Tierra Adentro— y concluyo agradeciéndole: hace poco estuve a punto de defenestrar mi edición del Pequeño Larousse Ilustrado (1991) y esta semana, tras escuchar a Juan Domingo, reculé. Ese gordezuelo libro seguirá habitando en mi biblioteca.


miércoles, abril 07, 2021

Herencia recibida

 







Una de las muchas certeras afirmaciones de Alex Grijelmo se relaciona con la herencia que significan las palabras. Nuestros padres nos enseñaron a hablar, y a ellos los enseñaron nuestros abuelos, y a nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, y así una cadena transgeneracional en la que nunca reparamos pero está en nosotros, en nuestras palabras, la herramienta más valiosa que pasa de adultos a niños, sin solución de continuidad.

Cuando me ha tocado explicar las peculiaridades regionales del español comento una noción que denomino, como en la graficación de la nota informativa, de “pirámide invertida”. Tiene la forma de un embudo, y en ella lo más importante, la parte más ancha y visible, es el español llamado “patrimonial”, es decir, ese español con mil años de vida que nos permite dialogar a un ecuatoriano con un uruguayo, a un boliviano con un guatemalteco, a un chileno con un mexicano. Un peldaño más abajo está el español nacional, o sea, el español patrimonial más el español con las peculiaridades de cada país, de manera que es posible hablar de un español peruano, un español hondureño, un español argentino, y así de todos nuestros países. El español mexicano, por ejemplo, tiene entre otros rasgos de su léxico una enorme presencia de nahuatlismos que en general todos aquí usamos y comprendemos: comal, totopo, zopilote, cuate, piocha…

Si bajamos un escalón encontraremos el español regional, y así podemos hablar del español peruano de Chiclayo, del español argentino de Jujuy y del español mexicano de Coahuila. Luego vendría otro nivel, con menos palabras peculiares: el español mexicano de Coahuila hablado y escrito en Piedras Negras, el español mexicano de Coahuila hablado y escrito en Torreón. A medida que bajamos en la escala, menos son las palabras características de ese español peculiarizado en regionalismos.

Tengo para mí que podemos bajar otro escalón, que dentro de las ciudades hay rasgos del habla que corresponden a barrios o colonias, y, todavía más abajo del embudo, palabras que son características en el uso cotidiano de una familia específica. No necesariamente estas palabras son inaccesibles al entendimiento de los demás, pero en el caso concreto de una familia, tienen un valor especial por el grado de frecuencia y afectividad puestas en ellas. Esas palabras y expresiones de uso habitual en el seno familiar son las más próximas a nuestra querencia, pues ellas encierran experiencias sensibles que renacen con el recuerdo. Para decirlo de otro modo, son palabras que sirven de santo y seña en nuestro entorno más íntimo, las palabras y expresiones de la madre, del padre, de los abuelos.

Me pongo como ejemplo: además de usar el español patrimonial, mexicano, coahuilense, torreonense del rumbo de la colonia Nogales, hay palabras y frases que mis hermanos y yo consideramos muy cercanas y queribles porque las escuchamos con frecuencia en boca de nuestros padres. Ellos ya murieron, pero además de otros recuerdos, nos asaltan de vez en vez palabras o frases frecuentes en su diaria comunicación con nosotros. Al manifestar su alegría por algo, mi padre solía enunciar, no con fervor sino con felicidad profana, una especie de alabanza seguramente heredada de mis abuelos de mentalidad cristera, del Bajío: “Padre santo, tú reinarás, eres mi encanto y mi adoración”; cuando nos regañaba por nuestra impericia al hacer algo, no faltaba que dijera “Mariachi que acompañaste a mi hermano Pedro Infante”; como buen beisbolero, cuando algo le parecía improcedente, decía “No play, no play”.

Mi madre nunca le dijo rosa (a secas) al rosa, sino “color de rosa”; ante la rebeldía de alguno, lo reprendía diciéndole “muchacho lebrón” (palabra que sólo he visto escrita una vez: en la novela Al filo del agua, de Yáñez, y es un aumentativo de “liebre”); si alguien le parecía malvado, siempre decía “tiene las entrañas negras”, y al blanco percudido siempre lo denominó “nejo”.

Una vez fui a visitarla, estaba con ella en su habitación y alguien tocó a la puerta. Era la señorita que vendía el producto Yacult al mayoreo, y mi madre me dio dinero y una orden: “Ten, ve a pagarle, es la yaculera”. Nunca olvidé este neologismo materno.


sábado, abril 03, 2021

Crónica de una muerte etcétera











 

Pregunto como preguntaban al lector los articulistas de antes: ¿sabe, amable lector, qué espacio se necesita para guardar un millón 50 mil libros? ¿Tiene una idea de la cantidad de cajas que se requieren para mantenerlos en orden y bien contados? ¿Puede imaginarse qué logística es viable para distribuirlos? Pues bien, tampoco yo lo sé, pero según mis cálculos no es fácil producir, almacenar y repartir esa sobredosis de libros, así que mejor nos conformamos con la posesión de la idea abstracta: poco más de un millón de libros son varios contenedores atestados, una montaña de papel casi jamás vista en ningún lugar del mundo.

Explico lo anterior porque en abril de 1981, hace exactamente cuarenta años, la nouvelle Crónica de una muerte anunciada fue lanzada por las editoriales La Oveja Negra de Colombia y Diana de México con el tiraje susodicho. Fue un terremoto, claro, pues entonces, y quizá hoy más, era apabullante que a un escritor latinoamericano, o de cualquier parte del mundo, lo difundieran en tamañas cifras. Gabriel García Márquez sumaba 54 años, y al año siguiente, 1982, le dieron el Nobel de literatura. Para entonces tenía publicadas cinco novelas, tres libros de cuento y cinco de periodismo, y ya era con eso el escritor más famoso de nuestra lengua, tanto que sus nuevas obras dejaban hechos papilla los tirajes habituales en el mundo editorial latinoamericano. Digamos, sólo para terminar con la comparación, que un escritor de México o de nuestros países cercanos es un hitazo si logra que las editoriales le impriman de dos mil a cinco mil libros, y un escritor a secas o “terrenal” (como diría Julión Álvarez) debe darse por satisfecho si de su libro salen 500 o mil. Esto da una idea aproximada de lo acontecido en aquellos años con Crónica de una muerte anunciada, la nueva y esperadísima novela del colombiano que se había hecho famoso con Cien años de soledad y ya sonaba para el Nobel.

Crónica… fue un libro muy bien recibido por la celebridad de su autor y por una razón más importante: porque es un relato magistral. Desde su título, plagiado hasta el asco por el periodismo cada vez que ocurría algo más o menos anticipable (“Crónica de un fraude anunciado”, “Crónica de un gasolinazo anunciado”, “Crónica de un robo anunciado”…), el libro aparecía perfectamente urdido. Como se sabe, esta novelita, legible en dos o tres sentadas, narra un tiempo objetivo de apenas unas horas, ni un día siquiera; quien nos cuenta la historia es una especie de alter ego borroso de García Márquez, un sujeto que trata de reconstruir, muchos años después de ocurridos, los detalles de un asesinato. Los hermanos Pedro y Pablo Vicario son amigos de Santiago Nasar, a quien deciden matar con cuchillos de marranero porque en teoría acabó con la virginidad de su hermana Ángela Vicario, quien fue devuelta a su casa por Bayardo San Román, su esposo, apenas unas horas después de la boda. La afrenta de haber deshonrado a Ángela y echado a perder su incipiente matrimonio provoca en los Vicario el ansia de acabar con el culpable, Nasar, lo cual logran sin mayores contratiempos.

Basada en el prejuicio de la virginidad femenina, hoy hecho polvo, la historia no importa en cuanto al qué, pues desde el principio sabemos que Nasar es hombre muerto. Lo fascinante del libro es el cómo, un cómo planteado aquí no en relación con el método empleado para matarlo, sino un cómo relacionado con la forma en la que se reconstruye la historia. Como reportero que muchos años después entrevista a los testigos de aquellas horas, el narrador consigue que Crónica… fluya coralmente y que cada personaje primario y secundario aporte su granito de chisme para introducirnos, no sin humor, en la comunicación pueblerina, en sus mitos y en sus creencias más firmes. Todos cooperan para que sepamos cómo y por qué murió Santiago Nasar.

La releí y sigue siendo una novela admirable. Como nota final debo decir que tengo dos primeras ediciones con el muerto ensabanado en la portada. No era difícil conseguirlas. Recordemos su tiraje: más de un millón de ejemplares.


miércoles, marzo 31, 2021

Instante con Vargas Llosa

 


















En 2005 me fue bien. Aparte de otras buenas noticias, conocí y conversé algunos minutos con Mario Vargas Llosa. No es, que digamos, un hecho espectacular, pero para mí, que pondero su obra literaria como una de las mejor ensambladas en Latinoamérica, significó el encuentro con el Monstruo. Fue en San Luis Potosí. Un año antes lo había visto de lejos en la FIL de Guadalajara, pues el peruano tuvo varias presentaciones, todas brillantes pese a que en más de una oportunidad opinó con alguna ligereza sobre la realidad política de México. A la capital potosina fui a recoger el premio nacional de cuento que obtuve por el libro Leyenda Morgan. Tras la entrega del diploma y el cheque hubo, como se acostumbra en esos casos, un brindis en el que se formaron varios pequeños grupos animados con diálogos espontáneos. Yo no conocía a nadie, pero era el galardonado, de alguna manera el centro de la reunión. Allí me presentaron a un señor muy acicalado del que olvido nombre y puesto público. Tras conversar un rato, a la plática saltó el tema del doctorado honoris causa que la Universidad Autónoma de SLP le otorgaría al autor de Conversación en La Catedral. Como el premio me había dado una migaja de notoriedad, el hombre aquel captó mi interés ante la cercana visita del escritor arequipeño. Fue entonces cuando me ofreció, así nomás, de sorpresa, una invitación a la futura ceremonia, y accedí inmediatamente. Pensé que era pura lengua, pero luego sucedió que el convite iba en serio.

Ya de vuelta en La Laguna, unas semanas después me llamaron de San Luis, me dijeron que mi hotel y mi transporte estaban listos, y viajé. Lo hice en camión, con gusto, que así lo pedí para evitar el vuelo con escala en el DF. En la capital potosina tuve un hotel muy decoroso. La noche indicada me calcé el traje y fui a la sede del ayuntamiento para oír, primero, una conferencia de Vargas Llosa sobre el Quijote. Fue, como era previsible, una pieza ensayística perfecta, basada sobre todo en el prólogo que Vargas Llosa había escrito sobre el Quijote para figurar en la edición conmemorativa de la Real Academia Española y Alfaguara. Luego, el público invitado se dirigió a un salón de la Universidad para ver la entrega de un honoris más para el peruano, y de allí pasamos a cenar a un elegante salón del casino La Lonja. Fue en aquel recinto donde los organizadores me acomodaron cerca, a una mesa, del narrador asediado en todo momento. El señor que me había invitado, quien era algo así como el mandamás en la organización de todo lo que allí ocurría, administraba el besamanos a la estrella de la noche. Ante el recién doctorado desfilaban políticos y empresarios potosinos que quizá jamás lo habían leído, pero sabían de su fama y no desaprovechaban la oportunidad para tumbarle alguna dedicatoria o una foto. Mientras eso ocurría en la mesa del escritor, yo departía en otra con desconocidos.

Pasado un buen rato, Vargas Llosa y su esposa Patricia no habían dejado de sonreír por obligación ante las extrañas caras que les arrimaban poco a poco. En cierto momento, el organizador fue a mi mesa, me tomó del antebrazo y me habló directamente: “Jaime, venga rápido”. Fue así como me aproximó a una silla vacía ubicada al lado del mejor novelista latinoamericano. Yo ignoraba de cuánto tiempo disponía para hablar con Vargas Llosa, pero calculé que el encuentro sería efímero, de apenas unos segundos. El organizador le informó: “Él acaba de ganar el premio nacional de cuento que organizamos en San Luis Potosí”. Como el viejo sólo sonreía por compromiso y de grandísimos dientes para afuera, me vi obligado a hablar. Le pregunté por qué no siguió escribiendo cuentos luego de Los Jefes, y le dije que mis novelas favoritas de su cosecha eran La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo. También elogié su ensayo sobre La casa verde, el de Tusquets. Ingenuamente, le regalé uno de mis libros. Al final logré, eso sí, tres dedicatorias. En las dos primeras sólo puso MVL, como acostumbra, pero para el tercer libro ladeó un poco la cabeza y preguntó: “¿Cómo me dijiste que te llamas, ah?” Le dije mi nombre y entonces se explayó: “Para Jaime, MVL”. Esta dedicatoria la tengo en Cartas a un joven novelista.

MVL cumplió 85 el 28 de marzo, y desde hace once años tiene el Nobel.


sábado, marzo 27, 2021

Una embarrada de sufijos










Tengo la oportunidad, o más bien el privilegio de trabajar con tres talleres de escritura, todos con distintos participantes. Además de la revisión de textos, allí trato de compartir algunas ideas sobre lo que en el trayecto de mi propia formación, en muchos sentidos autodidacta, he pescado aquí y allá con el ánimo de entender mejor los infinitos recovecos de la escritura. En esta como en cualquier otra materia uno jamás termina de aprender, es decir, en el arte de escribir el conocimiento no tiene lindes.

He comentado frecuentemente, por ejemplo, que hay palabras habilitadas por la publicidad o la tecnocracia política cuyo uso me reprimo, pues pienso que son novedades que desean hacerse las interesantes, las muy muy, pues el español ya contiene lo que se quiere expresar con ellas. O sea, son neologismos mamones, seudocultos, o bobos rizamientos del rizo. Un seudocultismo es “sinergia”, palabreja que ya va de salida y que jamás usé porque muy pronto la oí llenando la bocota, sobre todo, de políticos que con ella se querían pasar de sesudos (es un poco como el verbo “instrumentar” que en cierta época sobrepobló los discursos de innumerables demagogos). Llamo “retorcimientos innecesarios del rizo” a palabras como “accesar”, por “acceder”; “aperturar”, por “abrir”; “recepcionar” (de uso en el futbol), por “recibir”, y otras de la misma chafa hechura.

La política que recomiendo es pensar siempre en la necesidad o no de usar las palabras novedosas o los retorcimientos. Con frecuencia podremos advertir que no necesitamos esas maromas del lenguaje, que con las palabras que el español lengua madura, lengua perfecta ya tiene podemos bastarnos para expresar lo que nos apetezca. De manera exagerada digo, o me digo, que ya casi todas las palabras están en el Quijote, así que no es pertinente pasarse de creativos.

El español es tan rico, variado y elástico que durante sus poco más de mil años de existencia como hijo del latín se ha encanchado en la vida y casi solito puede resolver un montón de situaciones vinculadas con el habla y la escritura. Es exuberante en palabras, y a esas palabras se suman los matices de esas palabras expresados con elementos llamados prefijos y sufijos. Es decir, una palabra tiene un significado, pero a ella se le puede trepar otro, de modo que en una sola palabra pueden apiñarse varias sin atropellarse, sin estorbarse en su significado. Veo por hoy sólo el caso de los sufijos.

La sufijación es muy útil para asignar sentidos específicos a los sustantivos y adjetivos. Así, no es lo mismo caballo que caballero, o caballería que caballerango, es decir, a partir del radical “caball” el sufijo modifica el significado de la palabra. Para algunos oficios es común el sufijo “ero”: jardín+ero, peluqu+ero, fontan+ero, tapiz/c+ero. También “ista”: electric+ista, mod+ista, contrat+ista, period+ista. O “dor”: avia+dor, carga+dor, reparti+dor, vela+dor, afila+dor. Igual "co": mecáni-co, políti-co, cómi-co. técni-co. Y hay otras posibilidades, pero quedémonos con éstas por ahora. Pues bien, hace poco vi el negocio de un curandero y pensé que para designar a quien cura, el camino más fácil era añadir el sufijo “dor”, “cura+dor”, pero esa palabra parece haber quedado restringida al ámbito de las artes y otras actividades en las que alguien, un experto, un “curador”, valora, organiza, cuida y en general vela por la instalación adecuada de exposiciones de obras artísticas. Al tipo que “cura” espiritualmente, con remedios tradicionales o prácticas folclóricas vinculadas con la magia, le quedó pues la opción “curand+ero”, que es como se le designa popularmente, casi con el gerundio “curand” más el sufijo “ero”. El caso es que los sufijos modifican las palabras, introducen matices, enriquecen. Lo mejor es que los tenemos a la mano, son parte del español nuestro de cada día.

Por último, una vez oí que alguien designaba “durero” al vendedor de “duros”, una fritura callejera llamada así en La Laguna; pensé: “Durero”, y concluí que esta palabra ya estaba ocupada por el famoso grabador alemán de nombre Albrecht Dürer, es decir, Alberto Durero.


miércoles, marzo 24, 2021

Coronel sexagenario

 











Luego de recibir unos libros viejos y temáticamente malos como obsequio, nació en mí una pasión aproximada a la bibliomanía. Frisaba los 17 años, mi barcaza académica hacía agua en la preparatoria pero ya tenía, como secreto amparo, el gusto por leer. Lo que no tenía eran libros, así que por un tiempo debí conformarme con revistas, periódicos y los de regalo mencionados en el primer renglón. Llegué a la carrera y allí, en aquella época, se fijó uno de mis mejores recuerdos. Creo que hasta entonces jamás había entrado a una librería, y de hecho ignoraba que existieran en Torreón. Un día de noviembre o diciembre de 1982 reuní unos pesos y fui al centro. En la avenida Morelos casi esquina con Acuña, cuando el centro histórico de la ciudad todavía bullía de gente, entré a Librolandia. Recuerdo mi extrañeza al notar que nadie me atendería tras un mostrador, que podía caminar por los pasillos y tomar libros para ver portadas y leer contratapas. Me sentí raro, cohibido ante tantos libros. En la cabeza no llevaba una idea clara de lo que deseaba comprar, así que el azar y la limitación de plata tomaron la decisión: mi presupuesto era flaco, sólo alcanzaba para un libro chico. En una montaña de novedades eras exhibidos varios ejemplares de El coronel no tiene quien le escriba en una edición de Oveja Negra. Su portada era la foto de un joven militar vestido de gala; en los extremos de la foto el diseño incluía, como marco de la portada, las líneas diagonales azules y rojas de los antiguos sobres para cartas. En realidad era una portada fea, y la edad del militar no correspondía con la del coronel de la novela. Sobre la portada figuraba otro elemento: el pegote (de los que ahora llamamos stickers) de un círculo dorado con el mensaje “Premio Nobel 1982”. Por el precio y porque poco antes me había enterado de que ese tal García Márquez era una riata, adquirí el volumen.

Fue así como quedó registrado en mi cabeza que El coronel no tiene quien le escriba fue el primer libro que compré por mi propio pie. Aquel ejemplar me duró muchos años y en este momento no sé si lo perdí o todavía lo conservo extraviado entre papeles. Es lo de menos, pues poco después me fui dando cuenta de que los libros del colombiano aparecían hasta en la sopa. Cuando leí El coronel… yo tenía 18 años, y la novela había cumplido apenas 21 desde su primera edición de 1961. La historia me subyugó, aunque no alcancé a comprender del todo su sentido. No era necesario estar entrenado en literatura para detectar que aquello estaba muy bien escrito y lograba crear una atmósfera de melancólica tensión en las idas y las vueltas del coronel a la oficina de correos. Volví a leerla como diez años después, allá por el 2000, y ahora una vez más, en la edición de Diana, justo cuando El coronel no tiene quien le escriba ha cumplido sesenta años.

Alguna vez leí que García Márquez la consideraba su mejor obra. Ahora que volví a visitarla me queda la certeza de que no ha envejecido, de que es perfecta y puede ser capaz de iluminar pasajes de la vida de cualquier adulto metido en el peor trance matrimonial: cuando el apremio económico quema los aparejos y torna insoportable la vida. Entre el coronel y su esposa, ambos viejos, ambos acosados por la desventura de haber perdido a su hijo y todos los bienes que han vendido poco a poco para sobrevivir, se lidia un estira y afloja salpicado de terribles ironías con las que ella mete presión y él, por una mezcla de orgullo y apocamiento, no puede salir del hoyo. E insisto: sólo quienes han pasado por apuros graves pueden saber lo asfixiante que es la convivencia en la precariedad y la incierta llegada del bienestar. Antes creí que podía leerse en clave simbólica, que la espera del coronel era la espera de América Latina o algo así; ahora me parece que no: puedo leerla literal, crudamente como un retrato de la angustia por la falta de lo inmediato: la comida. La última palabra del libro, tal vez la mejor última palabra de un libro latinoamericano, no deja dudas: carecer de lo básico es abominable.

Nota. La portada que ilustra este post no es a la que me refiero en el texto, pero se le asemeja en tres aspectos: tiene las diagonales azules y rojas de las cartas antiguas, la diseñó Oveja Negra y es horrible.

sábado, marzo 20, 2021

Neoclásico destacado por Saúl Rosales

 














Les comparto que Saúl Rosales ha detenido la mirada en lo que por costumbre, por ignorancia, por trepadurismo o por todo esto junto muchos laguneros hemos invisibilizado: la arquitectura neoclásica que hoy luce ruinosa en la mayor parte de sus vestigios pero que definió la fisonomía de nuestra urbe y sigue siendo un patrimonio material digno de valoración. Con este paseo emocionado por nuestras calles del centro Saúl nos convida a convivir —pues todavía podemos hacerlo— con el estilo arquitectónico definitivo de La Laguna: el neoclásico a ras de suelo o, como él atinadamente lo llama, "neoclásico de un piso".

El opúsculo (nombre que en el argot editorial se le da a las publicaciones de extensión breve y carácter divulgativo) estará disponible sólo en versión digital (PDF) y podrá ser solicitado gratuitamente al mail del autor (rocas_1419@hotmail.com) o al mío (rutanortelaguna@yahoo.com.mx). También, directamente en esta liga. Por ahora les doy un adelanto de sus primeros párrafos; debo decir que la publicación contiene algunas fotos tomadas por el mismo autor. Confío en abrir su apetito por leerlo. Así comienza Saúl:

Torreón, Coahuila, es una ciudad que nació y pasó su primera infancia durante el porfiriato y la Revolución que lo expulsó a balazos por dictatorial. Sin embargo, en las fachadas de las edificaciones de esa época quedó una huella del gusto arquitectónico que se ha ido esfumando con el tiempo. Muestras quedan pocas, algunas maltratadas por el descuido; otras por un destino insólito, el lugar donde se encuentran, como la que se ve de fondo para la máquina de ferrocarril. Es extraordinario que esa vieja mansión se ubique en el Cañón de Jimulco, periferia rural del municipio. Es vestigio de la existencia de un potentado dueño de riqueza y también de residuos de la ilustración de su tiempo. Sorprenderá, si es que todavía existe, tal ejemplar del gusto arquitectónico porfiriano localizado a una hora de viaje en carro hasta el otro lado de los cerros que bordean a la ciudad por el sur. Es una finca que no conozco y de la que sólo poseo la foto que aquí se puede mirar y que me regaló una amiga arquitecta.

Se diría que el estilo es ecléctico, yo quiero decir que es caprichoso por sus ornamentaciones que parece que sí y parece que no se acercan a las líneas, los volúmenes y los planos de los estilos que se han sucedido en la historia. Cuántas veces el señorío de ese capricho no habrá sido azotado por los terregales en su época de esplendor. Cómo luciría en las vastedades de tierra suelta y aroma natural del orégano que se prodiga silvestre en el Cañón de Jimulco, vastedad semidesértica y feraz; polvosa y exuberante de vegetación xerofítica. Aún hace pensar en la riqueza producida por el trabajo campesino.

Hacen sombra a las puertas y ventanas de esa finca unas cornisas que sugieren remotamente frontones rotos; de pronto me hicieron imaginar cejas muy empinadas. En lo que pueden ser ventanas, dan forma a la horizontalidad superior lo que los arquitectos llaman arcos rebajados y en la puerta un como arco lobulado. Corona en el pretil, a la altura de la puerta, una aproximación a frontón roto cuyas líneas se alzan sin llegar a tocarse para materializar el ángulo. A la vez son como prolongación y remate de la cornisa que corre encima de una cenefa. Toda esa ornamentación en realce parece —en la foto— de cantera labrada. La casona, el palacete que me imagino erigido ya muy entrado el siglo XX, ubica al espectador ante residuos del gusto porfiriano, cuando todavía no era desterrado por el neoclasicismo arquitectónico… también de gusto porfiriano.

miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

sábado, marzo 13, 2021

Aira en un no-libro












Me ocurrió una vez más esta semana, pero es frecuente que me encuentre en la misma situación: converso con alguien y ese alguien me descarga la siguiente confidencia: “Siempre he querido escribir un libro”, o esta aproximada: “Tengo un tío [o hermano o primo o cuñado o medio hermano o suegro o sobrino o exnovio o compañero de trabajo o vecino o lo que sea, en masculino o en femenino] que quiere escribir un libro”. En ese momento, mientras escucho con la amabilidad y la cautela que me caracterizan en tales diálogos, especulo íntimamente en el tipo de libro que mi interlocutor hospeda en la cabeza. En este caso, un libro puede ser cualquier objeto que parezca libro, es decir, un puñado de hojas pegadas en uno de los lados a una cubierta de cartulina. No imagino algo diferente, pues con frecuencia noto que el contenido es borroso: el libro puede ser algo aproximado a una novela, una memoria, una biografía o autobiografía, un manual, un poemario, un anecdotario, una crónica de viaje, una historia o un libro con aforismos al que la gente suele llamar “de pensamientos”, como si todos los libros no implicaran, así sea rudimentariamente, el acto de pensar. La confesión suele ir acompañada de otra frase: “Mi tío [o etcétera] ya tiene un escrito, pero no sabe qué hacer con él”. Y pienso: he aquí la indefinición genérica, la vaguedad del proyecto abrazado en la gaseosa expresión “un escrito”.

Bien. Punto y aparte. Mi amigo y maestro David Lagmanovich me enseñó sin querer, en alguno de nuestros muchos diálogos, su noción del no-libro, lo que para él era, creo, un libro deshuesado, genéricamente difuso y organizado sin un criterio más o menos visible de estructura. Arrejuntar (este verbo mexicano es hermoso) papeles sueltos, tomar cualquier “escrito” y reunirlo con otros tantos no configura necesariamente un libro, de ahí que David, consumado académico al fin, pusiera tanto énfasis en la arquitectura del libro, en su temática, su estilo y sus apretadas partes.

En función de lo anterior, ¿dónde podemos colocar Continuación de ideas diversas (Jus, México, 2017, 109 pp.) de César Aira (Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires, 1949)? De entrada, apoyado en la noción ya expuesta, parece un no-libro, pues los criterios de unidad se sienten demasiado laxos, sin trabes que unan la miscelánea de microtextos. Cierto que podemos destacar la unidad del estilo y la extensión de las piezas, parejamente similar, casi todas breves, de media página la mayoría, pero esto puede parecer insuficiente. Sin embargo, hay un hilo conductor acaso muy sutil, pero firme y elegante. No sé cómo definirlo, pero para darnos una idea se relaciona con el, digamos, emplazamiento de la mirada: Aira reflexiona sobre temas diversos, así importantes como banales, siempre desde una perspectiva peculiar. Hay en él una especie de obsesión por los planteos extraños, por mirar el costado menos saliente y obvio de los temas. Desde tal emplazamiento de la mirada se engarzan las piezas de Continuación de ideas diversas, y el resultado es un cajón de sastre que no por caótico carece de interés. Puede ser que no sea el mejor libro de Aira, y de hecho no le es, pero es interesante por su agudeza y por algo mejor: su desenfado, casi el desacato de pergeñar un libro con los espontáneos tanteos de la sobremesa o el insomnio, como en este ejemplo brevísimo porque ya agoté mi espacio: “Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”.

“Y así”, como dicen hoy los jóvenes. 

miércoles, marzo 10, 2021

Rosario clásica












No ha sido olvidada, por suerte, pero es un hecho que, como sucede con tantos otros escritores mexicanos, su obra no tiene hoy la resonancia merecida. Me refiero a Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925-Tel Aviv, 1974), quien en el breve arco de 49 años pudo componer un corpus bibliográfico cuyo mérito nos obliga a tenerla presente tanto como sea posible. El FCE ha reunido en dos gordos tomos sus libros de narrativa, poesía, teatro y ensayo, paso importante para facilitar el contacto con su obra y su revaloración.

Un poco al margen de sus libros más famosos (Balún Canán, 1957; Oficio de tinieblas, 1962; Álbum de familia, 1971), es decir, los de narrativa, figura una mujer con pensamiento propio, dotada como pocas para el trato con las ideas y el arte de la crítica. Muchas de sus reflexiones gozan de cabal salud en términos de forma y fondo, como el discurso “El escritor y su público” enunciado al recibir el premio Chiapas en 1958. Al releerlo me asombró la agudeza de su mirada y su perfecta enunciación, todo ceñido apretadamente a una pregunta retórica detonante: “¿Qué es un escritor?”

Luego de explicar que no es el que padece al escribir ni el que a lo fácil suelta las palabras, apunta: “La mayoría se confunde y acepta como escritor a quien detenta este virtuosismo de recetario, pero nosotros procuraremos no caer en el error. Para el escritor auténtico, escribir es una disposición de la naturaleza a la que se añade un hábito de la voluntad. Y este hábito es una conquista del trabajo arduo, un resultado de la paciencia lúcida. Detrás de cada página tersa, de cada texto ordenado, deleitoso, nítido, se ocultan las infinitas tachaduras, los borrones inconformes, los cestos llenos de papeles desechados. El aprendizaje consume tiempo, exige sacrificios y muy frecuentemente rinde fracasos”.

Castellanos no celebra al escritor clavado como flecha en el puro estilismo, en el esteticista que sólo se desliza en la epidermis del texto o el regodeo de la palabra. Asimismo, rechaza al escritor que se deja llevar por el puro instinto: “Es un error muy aceptado suponer que el artista se circunscribe a la zona ‘sentimental, sensible y sensitiva’. Las emociones —se afirma— lo ponen en contacto con lo trascendente y en un chispazo de intuición le son revelados los misterios. Su instinto atina donde la razón tropieza. El rigor esteriliza lo que toca y es en el ocio donde madura la obra, en la improvisación donde se manifiesta (…) ¿Por qué la inteligencia había de menoscabar la imaginación, que es uno de sus agentes? ¿Por qué había de enfriar la pasión, que es una de sus condiciones?”

La autora de Mujer que sabe latín… observa que el escritor no debe apego a las inercias de una secta, y al contrario debe buscar en lo profundo de su individualidad lo que juzgue correcto, lo que crea justo. Aquí el riesgo de fracasar es muy alto, pero, apunta, quien escribe en serio acepta el desafío y persiste incluso ante el panorama más desolador: “Pero el fracaso no es grave más que cuando se convierte en ponzoña, amargura o mudez. El escritor de raza acepta el fracaso como un reto, como un puntal de su tenacidad, como una confirmación ‘a contrario’ del propio valer. Desestima el juicio de sus contemporáneos, apela a la posteridad, confía en el tamiz de los siglos y continúa escribiendo. ¿Por qué? Porque supone que el fracaso es injusto”. Cuando pasa lo contrario —como le pasaba en aquel momento a Castellanos, quien estaba recibiendo un reconocimiento—, debe ser fuerte para no ensoberbecerse: “El incienso marea, el aplauso ensordece. El hombre deja de serlo para transformarse en la caricatura de un dios; un dios demasiado vigilante de su culto, exigente de homenajes, celoso con sus fieles”.

Las citas largas tienen un propósito: demostrar per se que un texto puede tener vigencia a 63 años de haber sido creado. Y así toda la obra de Rosario Castellanos, una clásica innegable.

sábado, marzo 06, 2021

Dolor e imagen en Susan Sontag

 

















En la página 73 de Ante el dolor de los demás (Debolsillo, 2020, México, 109 pp.), Susan Sontag (1933-2004), al comentar el efecto de las horribles imágenes que adornan las actuales cajetillas de cigarros, dice: “¿Seguirán perturbando a los que aún fumen dentro de cinco años? La conmoción puede volverse corriente. La conmoción puede desaparecer. Y aunque no ocurra así, se puede no mirar. La gente tiene medios para defenderse de lo que la perturba; en este caso, información desagradable para los que quieren seguir fumando. Esto parece normal, es decir, adaptación. Al igual que se puede estar habituado al horror de la vida real, es posible habituarse al horror de unas imágenes determinadas”. Este efecto de desgaste semántico, de anulación del impacto deseable en quien mira, es el eje de la reflexión que propone la famosa escritora nacida en Nueva York.

Inteligente hasta la coronilla, Sontag había publicado Sobre la fotografía (1977), libro que de inmediato la ubicó como una de las más agudas observadoras del fenómeno fotográfico en todas sus posibles vertientes: periodística, artística, familiar… En el ocaso de su vida, que como ya vimos terminó en 2004, publicó Ante el dolor de los demás (2003), ensayo que continúa su examen de la fotografía como herramienta compleja, como objeto que por ubicuo supone una fuerte gravitación en nuestra actual aprehensión de la realidad.

La idea regente de este libro puede ceñirse, así sea con trazo demasiado grueso, a esta inquietud: ¿la representación fotográfica del dolor, sobre todo el producido por las guerras, desgasta al receptor y termina por ser desagradable o inocua? En poco más de cien páginas, Sontag examina fotos y guerras, fotógrafos y medios, todo lo que puede envolver a la fotografía como medio de comunicación en un mundo atestado de medios de comunicación y por tanto, más todavía, saturado de imágenes. Entre paréntesis debo decir que Sontag murió antes de que estallara el éxito de las principales redes sociales y plataformas movilizadoras de imágenes, incluidos los videos: Facebook (2004), YouTube (2005), Twitter (2006), Instagram (2010), Pinterest (2010) y TikTok (2017). De haber vivido hasta la actualidad, es de suponer que sus observaciones se hubieran visto por lo menos ampliadas, aunque es evidente que ya para el 2000 se veía venir la avalancha que, en efecto, experimentó un mundo en el cual todos somos, potencialmente, generadores de “contenido”.

Tras articular una cronología de la fotografía de la guerra y pensar en la recepción que tuvo, por ejemplo, en publicaciones como la revista Time (recuerda el caso de Vietnam), Sontag analiza el sentido que puede tener hoy la mostración del horror, y si esto mueve en algún grado el ánimo de quien observa. No es muy optimista en este sentido, pues “La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita”.

En general, la mirada actual observa y pasa de largo, si acaso se apiada de las víctimas mientras ve, pues “Siempre que sentimos simpatía, sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento”. En la saturación, en el impulso por evadir aquello que nos desagrada o, en el peor de los casos que nos atrae sólo por su costado morboso, las fotos del horror son imágenes que simplemente se agregan al collage vertiginoso disponible hoy para todos, razón por la que la autora confía más (para efectos de compasión/movilización) en el relato que en la imagen. Además, como señala casi al final, “Es difícil encontrar espacio reservado para la seriedad en una sociedad moderna cuyo modelo principal del espacio público es la megatienda”. Todo, pues, hasta el más elevado dolor revelado por una imagen, es carne de mercado, objeto sometido al esquema del úsese y tírese. 


miércoles, marzo 03, 2021

Gente de Leñero

 
















Los libros-galería plantean el pequeño inconveniente de no dejarse definir con facilidad en lo genérico, pero pueden ser tan valiosos como otros de pareja catadura. Al final, si la calidad está allí, lo que menos importa es el género del cual participan. Es el caso de Más gente así (Alfaguara, México, 2013, 255 pp.), de Vicente Leñero, libro misceláneo en el que el autor de Los albañiles desplegó una serie de trabajos que ora rozan la crónica, ora la memoria, ora el artículo, ora el relato con aire ficcional. Pese a que la ensalada parece harto diversa, o quizá precisamente por ello, es atractiva sobre todo para el lector que desee deambular por distintos moldes y registros prosísticos, todos manejados con destreza por el escritor nacido (casi nomás por accidente) en Guadalajara hacia 1933.

Son 16 piezas las que componen este libro peculiar y hermano de otros dos con títulos semejantes. En todas es evidente la solvencia de Leñero para configurar, con cualquier tema, con cualquier personaje, textos de suyo atractivos, todos nimbados por el malicioso interés que en ellos insufló. Leñero manejó con maestría el arte de contar, e hizo sereno alarde de su pericia en textos literarios y periodísticos. Ya no es, al final de su vida, el joven escritor ceñido al impulso experimental del Boom, sino el colmilludo lobo de mar que sabe cómo mantener atado al lector con el relato exacto de historias muy bien elegidas.

Las reunidas en Más gente así atraviesan, como quedó dicho, varios registros. Esto se nota apenas deambulamos por el segundo relato. Si en el primero (“Las uvas estaban verdes”) acomete su accidentada experiencia como representado por Carmen Balcells, con quien, pese a ganar el Biblioteca Breve en 1963, nunca se acomodó y con quien al final sostuvo una relación algo tirante, en la segunda (“Herido de amor, herido”) reconstruye la vida de Morelos y la enorme carga que el “Siervo de la nación” debió soportar por el amor/desamor de Francisca Ortiz y el pleito con su amigo/enemigo Matías Carranco.

Y en este zigzag avanza el libro: cada capítulo nos depara una sorpresa muy bien escrita, espesa de detalles y sobre todo humana, demasiado humana, incluso cinematográfica en ciertos casos, pues no debemos olvidar el fervor leñereano por la dramaturgia y el guionismo, que acá también asoma la oreja. Intensa emotividad tienen, a mi parecer, los apuntes con carácter autobiográfico, como “Madre sólo hay una”, “El enigma del garabato”, “Plagio”, “A pie de página” o el mencionado “Las uvas estaban verdes”. Otro tono, no menos atractivo, tienen las piezas de corte cercano a la crónica, como “Guerra santa” y “La muerte del Cardenal”.

Un rasgo de estilo, por llamarlo así, visible en Leñero es su apego al español de México marcado aquí por el empleo de palabras familiares entre nosotros. Aunque los textos se refieran a temas distantes, la mirada de quien escribe es mexicana, de modo que el léxico y muchas locuciones verbales y adverbiales de nuestra conversación condimentan los pasajes: “así como así”, “convenenciera”. “mhijo”, “órale”, “cambalacheaba”, “vaciladas”, “hechos la mocha”, “chamacas”, “te cai”, “de a mentiras” y otras bien puestas en el flujo de una prosa harto dúctil.

No hallé ninguna referencia a Más gente así en varias semblanzas de Leñero. Supongo que puede ser considerado menos importante que sus novelas o sus obras de teatro, pero me gustó. De hecho, gracias a este libro me acreció el ánimo de seguir en tratos con el también autor de Talacha periodística.