sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


miércoles, enero 15, 2025

De los fines


 






Ciertas palabras se despliegan como papel doblado para crear otras en las que se reacomodan de manera evidente o sutil. Una de ellas es “fin”, palabra proveniente del latín “finis” cuyo significado es “término”, “borde”, “conclusión”. Enumero, sin llegar asimismo a ninguna conclusión, sólo por el hecho de tenerlas a la vista, algunas voces que incluyen en su cuerpo la palabra “fin”. Ya veremos que unas son obvias y otras no tanto.

Afín. Parecido en el sentido de que algo se aproxima mucho a otra cosa, a su borde, de manera que entre ambas se da una especie de contigüidad o identidad. “Ambos tienen talentos afines”.

Afinar. Llevar algo al fin de su perfección. “Afina la guitarra antes de tocarla”. “Afinaron los acabados de la casa”.

Confín. Orilla, punto limítrofe de un espacio. “Vive en el confín de México”.

Confinar. Encerrar a alguien en un límite determinado. “La pandemia nos confinó en nuestras casas”. “Confinaron a los presos en una nueva cárcel”.

Definir. Poner límite, fin, a una palabra o idea, establecer su borde semántico. “Debemos definir qué entendemos por hermenéutica”. “La definición de ‘definición’ es ‘Proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material e inmaterial’”.

Finiquitar. Dar término a un trato o negocio. “Finiquité el pago de las mensualidades”.

Finisterre. Nombre de una ciudad gallega que literalmente significa “fin de la tierra”. “Finisterre es un municipio ubicado en el extremo oeste de España, frente al océano Atlántico”.

Finito. Lo que carece de término, aunque a veces se usa como diminutivo de “fino”. “El plazo que le dieron es finito”, “Es finita la vida que tenemos”. O: “Es un muchacho muy finito”, “Hay que picar finito ese cilantro”.

Infinito. Que no es finito, por el prefijo de negación “in”. “Al infinito y más allá” (frase  hiperbólica, dado que en teoría no hay más allá de lo infinito).

Sinfín. Usada como sustantivo asimismo hiperbólico para designar lo que no tiene término, lo que en teoría es inacabable (digo hiperbólico porque si nos atenemos a la realidad pura, todo tendrá fin, hasta el sol). “Tiene un sinfín de problemas”. No confundir con la locución “sin fin”. “Es una historia sin fin”. “Salí a caminar sin fin preciso”.

sábado, enero 11, 2025

Ser Abelardo Castillo

 
















El nombre Abelardo Castillo dirá poco en México, casi nada. Es uno más de los numerosos escritores latinoamericanos cuya obra quedó circunscrita a una patria, la suya. Nació en la ciudad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1935, aunque, como tantos allá, desarrolló su trabajo literario en la capital. Decir que es un escritor de repercusión sólo argentina no es agraviarlo, pues ya se sabe que, salvo muy pocas excepciones, los escritores latinoamericanos a lo mucho alcanzan una fama endogámica, de fuste nacional, lo que por otro lado no es poco.

Lo leí por primera vez en 2005 gracias a un regalo de Juan Pablo Neyret, quien desde Mar del Plata me envió a Torreón los Cuentos completos de Castillo publicados por Alfaguara. Las palabras que acompañaban el obsequio fueron muy generosas: Neyret escribió que me acercaba un escritor en el que yo encontraría ecos de mi trabajo, rasgos que seguramente me harían fraterno el tono de sus narraciones. Fue una hipérbole amistosa, claro, pero tras leerlo confirmé que se trataba de un notable cuentista, un autor de microcosmos densos de desgarramiento humano, de almas abrumadas por el látigo de la existencia. Por aquellos años yo seguía trajinando como profesor volante, y era una época en la que los alumnos aún ponían más atención a la clase que al celular. Por ello no fueron pocas las aulas en las que, entre otros textos, introduje como parte del material de lectura algunos cuentos de Castillo, sobre todo dos que siempre funcionaron bien: “El candelabro de plata” y “La madre de Ernesto”, relatos en los que se advierte claramente una tesitura destoyevskiana, vidriosa, entre brutal y conmovedora, valga el oxímoron.

Autor de novelas, obras de teatro, ensayos, diarios, antologías, artículos e incluso algo de poesía, sospecho que el cuento fue (es) lo más apreciable de su producción. Un abordaje sumario de su carrera sintetiza lo anterior con esta semblanza disponible en internet: narrador y dramaturgo argentino cuya obra narrativa se caracteriza por su prosa cortante y muchas veces reveladora de la sordidez de la realidad. Animador de la difusión y el debate literario-político, fundó con Arnoldo Liberman El Grillo de Papel, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la Argentina. Posteriormente dirigió El Ornitorrinco (1977-1987). Compaginó su actividad literaria con las colaboraciones periodísticas y la dirección de talleres de creación literaria. En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982) y Las maquinarias de la noche (1992), luego reunidos en Cuentos completos (1998). La narrativa de Abelardo Castillo evolucionó de un realismo de signo existencial y comprometido social y políticamente (en la línea de Sartre) a una mayor estilización que lo acerca al expresionismo; sus argumentos colocan a menudo a los personajes en situaciones límite envueltas en un denso fatalismo. 

Hasta aquí la referencia biográfica retocada levemente. Con tal lona recorrida, en 2005, a los setenta de su edad, publicó Ser escritor (Seis Barral, Buenos Aires, 219 pp.), libro de aproximaciones al oficio de leer y de escribir. No es un manual o, como los denominaban hace dos siglos, una “preceptiva”, sino una serie de breves apuntes en los que comparte, destilada y asistemática, su experiencia literaria. Así pues, es un libro de suyo interesante para quienes han elegido dedicarse, con o sin talento, a engarzar palabras cuyo fin es llegar a ser arte.

Ser escritor es abarcado por diez capítulos, algunos con título elocuente: “El oficio de escribir”, “Literatura nacional”, “Los talleres del escritor”, “Crítica y críticos”, “Escritores en persona”, “Ética y compromiso”, “Filosofía y letras”, “Irreverencias”, “Baúl” y “Mínimas”. En todos late una prosa severa y el modo entre taxativo y socarrón de quien ya sabe que sabe mucho del asunto o al menos lo suficiente como para que no le vengan con que cambie o matice sus pareceres. El impulso pues es de aforismo, de sentencia, de idea planteada así, contundentemente, porque lo escrito ha sido pensado y repensado en años, los muchos años de lectura y escritura que sumaba ya Castillo cuando acuñó las aseveraciones.

Para quienes escriben, las observaciones de Castillo pueden servir como semáforo: ayudarán a seguir rutas de trabajo, advertirán sobre problemas inherentes al oficio y frenarán a quienes asuman con candidez algunos malentendidos sobre esta labor y sobre varios escritores. Como es un libro armado con pedacería, con textos cortos y muchos hasta brevísimos, es fácil trasegar ejemplos. Esto dice sobre “El culto del coraje”: “El culto del coraje en el tango y en nuestra literatura no es más que el subproducto de la reverencia natural, humana, que se tiene por lo heroico; que lo llevemos al plano del coraje gratuito, sólo significa que andamos escasos de épica en el sentido homérico”. Dicho sea de paso, lo citado podría valer para explicar el culto actual a los héroes deportivos.

En “La historia subterránea” destaca un rasgo esencial de la buena narrativa: “Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida. Pero, sobre todo en la literatura, si la historia subterránea no es en cierto modo la esencial no hay obra de ficción”.

Al hablar de algunos escritores totémicos, apunta detalles que incluso mueven a sonrisa: “Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista: ‘Por favor los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, lo he corregido tanto’. Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber adónde iba. Él a lo mejor no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros”.

Sobre Macedonio Fernández, esta boutade curiosamente macedónica: “Un malentendido nacional, de orden benévolo. No fue novelista ni poeta ni mucho menos metafísico. En algún sentido, apenas si fue escritor. Bien leído, era amanerado, caótico y plúmbeo, a fuerza de querer ser siempre ingenioso. Como sería absurdo no admirarlo, yo también lo admiro”.

Por último, notas de reivindicación como esta sobre José Ingenieros, autor que a México llegó sólo con El hombre mediocre (colección  Sepan cuantos… mediante): “Si yo fuera pedagogo, recomendaría a los jóvenes que dejen de leer estupideces, se olviden de los dictámenes académicos, y le peguen un ojeadita a los libros de Ingenieros. Muy pocos hombres pensaron bien y, al mismo tiempo, escribieron bien en nuestro país. Ingenieros fue uno de esos raros”.

Libros como Ser escritor —de notas sueltas, de apuntes rápidos y algo malhumorados— son gratos cuando provienen de alguien que ya es Castillo, un escritor formado en la lectura permanentemente crítica, aquella que constituye la base del extraño, del traumático oficio de escribir.

Abelardo Castillo murió en Buenos Aires en 2017.

miércoles, enero 08, 2025

Con trabajo


 











Sé que es fallida, pero la idea del título encierra, miren pues, la palabra “contrabajo”, instrumento musical cuya ejecución y mero transporte se da, indefectiblemente, con-trabajo. En la nouvelle El contrabajo (Seix Barral, México, 1987, 92 pp.), de Patrick Süskind (Ambach, Alemania, 1949), asistimos a un monólogo que toma como pretexto aquel incómodo instrumento para contarnos algunas calamidades que son moneda común en la realidad humana. La principal, creo, es ésta: que ciertos oficios son terribles y al mismo tiempo fundamentales.

Dice más, por supuesto, todo con erudición musical, pero puedo suponer que la ya mencionada es una de sus intenciones medulares. En términos de forma, El contrabajo es una novela corta, como ya lo observé, con pedante galicismo, al llamarla nouvelle (en su origen se planteó como obra teatral, pero no representada se deja abordar como relato). La narración fluye entonces de dos maneras: una, mediante el monólogo del músico, y dos, con las acotaciones de índole teatral que de manera intermitente precisan la acción, como pespunte en cursivas, del tipo convencional en la dramaturgia: “Interrumpe la música y bebe”.

Es de notar que su tiempo objetivo no pasa de un corto rato. El subjetivo va más allá, pues toca momentos del pasado vivido por el contrabajista. Todo lo que dice es, como ya señalé, un monólogo, pero bien puede ser un soliloquio, ya que el interlocutor, si lo hay, jamás aparece ni expresa una palabra. Un detalle que mueve a pensar en la hipótesis de que el hablante está loco o al menos algo obnubilado por la ingesta de alcohol, es que bebe cerveza durante todo el rato y permanece casi fijo en su departamento insonorizado.

La cerveza y el monólogo recuerdan “Luvina”, el cuento de Juan Rulfo en el que una sola voz explica, inmóvil, cómo es aquel pueblo afantasmado y refractario a toda forma de alegría. La voz que habla en la historia de Süskind opera de modo análogo: parece que alguien llegó a su buhardilla y le preguntó qué es un contrabajo. La respuesta del músico es el monólogo por el que se resbalan nuestros ojos, una descripción que desborda las características, la historia y el uso del instrumento —panegírico y diatriba a la vez—, pues termina enumerando las heterogéneas miserias económicas, sexuales y sociales padecidas por el relator debido a su vínculo con al absurdo mastodonte de madera y cuatro cuerdas. Al final de la obra podemos acusar una suerte de abatimiento: si trabajar con el contrabajo condena a ese infierno, ¿qué podemos esperar quienes nos ganamos el pan en algo nada sublime?

Trato de no buscar flecos simbólicos en lo que leo, pero aquí atreveré una pálida excepción: el contrabajo de la historia es un símbolo de lo que pesa la existencia, cualquier existencia, cuando lo que hacemos es invisible, marginal, de octava categoría y a la vez estresante. Aprender a sobrellevar tal destino, tragarse a diario el sapo de la existencia gris que (también a diario) nos demuele, es un desafío que quizá, como lo hace el personaje de Süskind, demanda una buena y justificada y frecuente dosis de cerveza o de cualquier otro analgésico.

sábado, enero 04, 2025

El cine de Ismael












 

Casi no hay mexicano mayor de cincuenta años que no haya sido tocado, o al menos rozado, por el cine de Ismael Rodríguez (Ciudad de México, 1917-Ídem, 2004). Obviamente me cuento entre ellos, ya que gracias sobre todo a la televisión, no tanto a la sala cinematográfica, vi Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, A toda máquina y varias cintas más que llegaron a convertirse en parte de la cultura popular mexicana.

Es muy probable que nuestros abuelos y nuestros padres las vieron cuando fueron estrenos, éxitos de taquilla que encumbraron sobre todo a Pedro Infante como ídolo del país. Mi generación llegó a ese viejo cine mediante la televisión, aparato que al extender sus horarios requirió de las películas para mantener al público atado a la pantalla. Fue, como digo, mi caso, de modo que parte de la educación sentimental que recibí fue similar a la de mis padres, una educación llena de “Amorcito corazón”, “Parece que va a llover” y “Te quero más que a mis ojos”, canciones que no podemos escuchar sin las imágenes ya conocidas dentro de la cabeza.

Memorias (Conaculta, México, 2014, 107 pp.) de Ismael Rodríguez es por ello un libro importante para conocer de cerca al más influyente cineasta mexicano. No lo escribió directamente, sino por medio del crítico Gustavo García, quien entrevistó al realizador y extrajo sus vivencias bien abultadas de guiones, actores, cámaras, luces y acción, el universo de la cinematografía que le cupo en suerte sobre todo durante la llamada —con chovinista hipérbole— “época de oro del cine mexicano”.

El libro es un largo relato en primera persona sólo entrecortado con “cabecitas de descanso” que fungen como capítulos, 25 en total. Aunque no explícitamente marcado con fechas, el desarrollo de la memoria es cronológico, y por ello abarca de la niñez del realizador hasta el fin de siglo, cuando él ya estaba en el ocaso de su vida. Es evidente que Rodríguez fue hiperactivo, una especie de workaholic, como denominan los gringos a quienes tienen el feo vicio de trabajar sin medida ni clemencia. Otra adicción tuvo, la del cigarro, a la que jamás pudo renunciar. La incapacidad del cineasta para permanecer quieto se deja apreciar en lo apretado de la actividad que desarrolló desde su niñez, relacionada en un principio con el negocio familiar, una panadería. Por un problema de sus padres en el contexto de la persecución religiosa emprendida en el callismo, los Rodríguez fueron a radicar en California, lugar en donde el jovencito Ismael tuvo acceso a una mejor tecnología de sonido, que fue lo primero en lo que se vinculó con el arte fílmico. Al volver a la capital de nuestro país, muchas salas habían sido abiertas y el cine se había convertido en un fenómeno de masas, en el entretenimiento público más popular. Los Rodríguez, no sólo Ismael, se relacionaron con esa incipiente industria, y fue así como, entre obstáculos y negativas, a codazos, el joven cineasta se abrió camino hasta la oportunidad de dirigir.

En las páginas de estas Memorias casi no hay nombre de la cinematografía nacional que no aparezca. Entre los ausentes conté muy pocos (Clavillazo, Silvia Piñal, el Santo…), pero uno puede pensar casi en cualquier actor, productor, director, fotógrafo, editor y demás, hasta en la maquillista Fraustita, y aquí aparecen. Algunos nombres son los más recurrentes, esto por la cercanía afectiva y profesional que Rodríguez tuvo con ellos. Es el caso de Frank Capra (el gran director ítalo-norteamericano), Pedro Infante (su principal creación) y Ricardo Garibay (autor de varios de sus guiones). Destaco estos tres nombres, pero un índice onomástico del libro podría arrojar sin duda más de 300 que el lector recordará haber leído ya en los muchos créditos de películas mexicanas rodadas entre 1940 y 1995, que fue la ancha etapa en la que el cineasta que nos ocupa trabajó sus filmes.

Como es de esperar en este tipo de libros, las Memorias de Ismael Rodríguez abundan en anécdotas, en la mención de quienes lo ayudaron y de quienes lo obstruyeron, en sus numerosos viajes, en sus líos con la absurda censura, en incontables chismes de la farándula y en la descripción de sus malicias para resolver asuntos técnicos. Sobre esto último destaca el logro no menor de Los tres huastecos, película en la que hizo figurar tres veces a cuadro, simultáneamente, como ya sabemos, al mismo actor, Pedro Infante. Y ya que menciono al actor sinaloense, queda claro que su principal “inventor” fue Rodríguez, quien lo llevó al estrellato que jamás, hasta la fecha, ha perdido y fue magnificado por el avionazo que segó su vida el 15 de abril de 1957.

Sólo por destacar tres pasajes de estas Memorias, menciono el caso de Buñuel y Los olvidados. El cineasta español recibió un guion muy parecido a Nosotros los pobres, de la urbe proletaria chilanga, y lo despojó de canciones y melodrama hasta dejarlo casi crudo, de una severidad colindante con lo cruel. Para Ismael Rodríguez fue verdad que se trató de una gran película: “Tiene un enorme mérito, pero es para un público reducido. Para hacerla taquillera le hizo falta todo lo que le quitó”.

Otra anécdota se relaciona con Ánimas Trujano, película mexicana cuyo protagonista fue el actor japonés Toshiro Mifune. Luego de los enredos para contratarlo, se rodó en Oaxaca y al final tuvo un gran reconocimiento de la crítica, tanto que fue nominada al Oscar. La voz del nipón fue doblada al español por Narciso Busquets, y cuando Rodríguez fue a ver su exhibición en Japón le pidieron que no mencionara el doblaje, pues allá la gente admiraba que Mifune la hubiera filmado con su voz en español. Esta cinta fue realizada por Rodríguez gracias a una recomendación de Juan Rulfo.

La última anécdota que cito no tiene gran relevancia, pero atañe a uno de los recuerdos más tercos de mi memoria como espectador de esas películas. Al rodar la tragedia del Camellito, aquella escena atroz en la que el tranvía cercena ambas piernas del jorobado con el mote apenas eufemístico, Rodríguez explica que hicieron un pozo al lado de la vía; allí metió sus piernas el Camellito para luego poner unas piernas falsas al otro lado del riel. El ingenio al servicio de la truculencia.

Para los amantes de nuestro viejo cine, las Memorias de Ismael Rodríguez son un viaje a su pasado, un pasado que gracias a los filmes también nos pertenece.

jueves, enero 02, 2025

Tesis sobre Juegos de amor y malquerencia

 












Liga para descargar gratuitamente el PDF que contiene una investigación sobre el uso de mexicanismos en mi novela Juegos de amor y malquerencia (2001), trabajo realizado por Jette Iris Veenstra, de la Universidad de Utrecht, en Países Bajos. Pulse en la palabra libro.

miércoles, enero 01, 2025

El gallo de oro otra vez


 








Un vagabundeo en la plataforma Prime me deparó el encuentro inesperado de El gallo de oro, película basada en un relato de Juan Rulfo. El texto, un cuento o novela corta, como queramos verlo, fue adaptado a guion por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, y contaron para esto con la colaboración de Roberto Gavaldón, quien a su vez dirigió la cinta. De la historia hubo un remake, como le llaman, titulado El imperio de la fortuna, y recientemente una serie con la cantante Lucerito como protagonista, que por supuesto tengo toda la intención de no ver.

Para mí, El gallo de oro es y será siempre el primero que salió a la luz, el de 1964, con Narciso Busquets como Lorenzo Benavides, Lucha Villa como La Caponera e Ignacio López Tarso como Dionisio Pinzón (ver foto). En este triángulo de buenos actores baso mi querencia a la historia concebida por Rulfo sobre el mundo de las ferias y los galleros.

El argumento es sencillo, pero está lleno de interés. Pinzón es un pobre diablo que se dedica al hoy extinto oficio de pregonero, una especie de publicista antiguo. Vive con su madre, quien muere al principio de la historia mientras su hijo sueña con la feria próxima que le dará la oportunidad de ganar buen dinero como gritón de palenque. Tras el fallecimiento de su madre, Pinzón desea comprar una caja digna para enterrarla, pero como no tiene plata se conforma con envolverla en un petate, como taco.

Así llegan las peleas de gallos, y en una de ellas rescata de la muerte a un gallo perdedor, que queda lisiado. Lo reanima, lo cura y lo entrena hasta que lo presenta a una pelea. Para entonces, el don nadie Pinzón ya se ha enamorado secreta e imposiblemente de La Caponera, una cantante de feria y compañera del gallero y tahúr Lorenzo Benavides. La suerte de Pinzón es grande: su gallo gana varias peleas a Benavides, y atribuye los triunfos a su talismán, La Caponera. Con la intercesión de la cantadora, Pinzón se asocia entonces con Benavides, y ganan, se hacen incluso de una hacienda, lo que precipita el final, pues La Caponera es mujer de ferias, no una esposa convencional.

Cierto que la película exhibe todavía el lastre de cargar demasiadas canciones dentro del argumento (aunque en algo justificadas por el oficio de La Caponera), pero no deja de abordar dos temas que siempre han estimulado la imaginación de la humanidad: el de la fortuna y sus vaivenes, por un lado, y los flecos de la ambición y el triunfo, por otro.

Ha sido un grato accidente reencontrarla.

Que tengan un espléndido 2025.

sábado, diciembre 28, 2024

Dos gardenias y otras estocadas

 












Cuando la posesión de música dependía de la compra de discos, casetes y cidís, no faltaba que del álbum con diez o doce canciones sólo se salvaran una o dos, los éxitos. Así, los consumidores sabíamos de antemano que las demás piezas eran una especie de relleno, la ensalada que indefectiblemente debía acompañar el corte grueso de carne. Con frecuencia ocurre algo similar en los libros de poesía y de cuento, e incluso, aunque de otro modo, en las novelas, relatos en los que no suelen faltar capítulos hueros, acaso prescindibles, sólo necesarios para dar el peso en la báscula de la narración larga.

Ahora bien, creo que donde más se advierten las piezas de relleno es en el libro de cuentos. Esta es la razón por la que he llegado a afirmar, tal vez con cierta exageración, que escribir una novela es más difícil que un cuento, pero no más que un libro de cuentos. Para que un volumen con ficciones cortas alcance buena calificación es fundamental que se libre de la maldición del vinilo, es decir, que parezca no haber sido engordado con historias de esponja. Esto es lo que percibo en Dos gardenias y otros cuentos (LOM Ediciones, Santiago de Chile, 127 pp.), de Eduardo Contreras (Chillán, Chile, 1964), libro en el que habitan quince piezas de una calidad alta y pareja.

Lo anterior se debe, sospecho, al conocimiento que su autor tiene del género, un conocimiento que lo obliga a gobernar el relato de acuerdo a las premisas que están más allá, mucho más allá, de la mera brevedad como requisito obvio. Al escribir un cuento cuento es menester que acatemos el criterio de la extensión corta, es verdad, pero se requiere algo más, y ese algo más habitualmente desdeñado es lo que hace del cuento un género peliagudo, de ejecución difícil.

Eduardo Contreras fue exiliado junto con su familia en 1973, luego del golpe cívico-militar. Volvió a su país en 1983, donde se tituló de ingeniero civil industrial en la Universidad de Chile. Desde 1996 se desempeña como profesor de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Autor de las novelas policiales Don’t disturb. Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias, reeditada el año 2009, y Será de madrugada, 2015. Su cuento “Historias de generales” fue premiado en el concurso Letras de Chile, versión 2017, y su novela Muerte en la campaña obtuvo el primer premio en el concurso Fantoches 2017 en Santa Clara, Cuba, en el marco del Primer Encuentro Latinoamericano de Novela Negra. Sus textos figuran en varias antologías.

Los cuentos de Dos gardenias… han sido pues muy bien ensamblados; muchos ofrecen grandes brincos al pasado y personajes delineados eficazmente, sin excesos retóricos, con el trazo justo de sus psicologías. Hay en todas las historias una pátina bien administrada de ambigüedad, de misterio, con información en los pliegues que apenas se deja entrever en cada caso. Es notorio que el autor piensa en sus finales desde que acomete cada ficción, pues no con otro objetivo fluye, como deseaba Piglia, la historia subterránea. Eduardo Contreras acata en suma los rasgos esenciales del cuento como género en el que es fundamental la intensidad para que el lector no escape hacia la relajación, y si a esto añadimos dosis tenues de humor y sutiles ingredientes de índole sociopolítica, no dudo en afirmar que se trata de un racimo más que atendible de relatos. A continuación ofrezco, en orden, una pincelada harto sumaria sobre cada pieza.

“Guantanamera del sur (con tiempos equivocados)” es un notable cuento retrospectivo. Un joven, Antonio, pasa su adolescencia de chileno exiliado en Cuba. En las tareas del campo descubre a una maestra, Carolina, bastante mayor que él y también exiliada de Chile, con quien asombrosamente se le da la revelación del sexo. El cuento abre en un presente narrativo (ve a la maestra en televisión) y de allí se parte a una gran retrospección que al final vuelve al presente de la tele: ella ha regresado a Chile y es una maestra exitosa desde el punto de vista educativo y social. La tensión se da porque Antonio, al verla, recuerda vagamente unas acusaciones del pasado. Apenas elíptico en detalles fogosos, es un bello cuento sobre el despertar a los regocijos de la carne.

Desde la mirada de Selene, joven rica, “El mayor general” narra una ceremonia de homenaje al general Domeciano Garmendia, héroe de la patria. Durante el acto cívico, la narradora recuerda una conversación con la abuela viejísima en la que llega la voz de un capellán que supo por qué murió el héroe de la patria; en el presente, la memoria que se tiene del militar sólo aborda su pasado como prócer sin que queden vestigios sobre la razón genuina de su muerte, lo que impregna de ironía su mérito.

Lo que narra “La otra venganza” es un desquite. El pordiosero de la narración es en realidad un asesino que huye. Mató por celos a la mujer de su amigo y ahora es asediado por él. El perseguidor lo encuentra como vagabundo, lo tiene a merced, pero sólo decide dejarle un mensaje enigmático en lugar de aniquilarlo.

“Se acabó lo que se daba” es otro de los aciertos de este racimo. En Cuba, un tipo recibe unos exámenes médicos equivocados. Tras esto, decide vagar, beber, visitar a una antigua amante. El cuento es eficaz porque nos convence de que en efecto hay en medio una enfermedad terminal. La salida es casi de comedia, pero creíble si nos atenemos a los vericuetos de la burocracia cubana. El reencuentro con la amiga de la juventud es un pasaje genial, muy natural, humano y lleno de vivacidad.

Hay en el conjunto un cuento, por llamarlo así, mexicano. Su título es “La última copa”. Temí que aquí fallara el habla de los personajes, pero está muy bien lograda. Eraclio mata a Ana y a su amante. Como amaba a Ana, decide suicidarse, pero se le acaban las balas. Luego lo intenta mediante ahorcamiento, pero se rompe la rama del árbol elegido. En la tercera oportunidad ocurre un desaguisado que se imbrica a la situación con total lógica; no añado más para no estropear la delicadeza de su resolución.

“Hathor” es una pieza con registro totalmente distinto, borgeano; trata sobre un inmortal que reencuentra a Octavia en Barcelona. El narrador es inmortal gracias a ella, quien mediante la copulación le transmitió el poder de la infinitud vital. Eso sólo puede acabarse mediante otro encuentro sexual. Ha sido, insisto, muy bien narrado con un discreto eco de Borges, quien incluso aparece mencionado en un pasaje del relato.

En “Malas compañías” Mayra va a entregar una maleta con droga, y en tal labor la guían tres malandros. La historia es ubicada en Miami. Sucede entonces que los estaban esperando para balearlos, pero algo ocurre, casi un milagro. Este cuento ya nos permite señalar otro rasgo del volumen: son cuentos multigeográficos. Así en “El mañana de Jacinto Orichi”, historia ubicada en los rumbos de Guinea Ecuatorial; hay en este relato mucha información subterránea y tal vez es necesario conocer las disputas políticas de allá para comprenderlo de una leída.

“Dos gardenias”, que da título al libro, es un cuento tremendo, sazonado por una honda melancolía. Lázaro de la O es un cubano radicado en Chile. Tiene un amigo bárman, Pepe, con quien conversa. Lázaro vivió enamorado de la bolerista Margarita Lanier, Rita, con quien tuvo una relación de seis meses en Santiago de Cuba. Era menor que ella. Lázaro fantasea que la casona chilena donde bebe es el 1900, lugar donde se presentaba Rita. Dos veces, ya ebrio, la alucina. Es un relato hermoso con banda sonora de bolero.

Viene aquí una tanda de piezas violentas. En “Arcanos mayores” una tarotista descubre que el cliente con el cual se revuelca la ha engañado. Luego de hacer el amor le echa las cartas y ve para él un futuro que no se presta a discusión. Un alcalde debe firmar un permiso inmobiliario en “Héroe municipal”. Se niega y un sicario lo amenaza. El sicario es asesinado por un guardaespaldas oculto. “En la mira” es un cuento vertiginoso narrado desde la perspectiva de una pistola que ve a una pareja de amantes cocainómanos. Ella lo traiciona, lo engaña con otro, y todo se precipita para que la pistola asuma el rol de protagonista. Un rebelde perseguido huye por el monte, esto en el cuento “Letalidad anónima”. Está metido en asuntos políticos. Recuerda a su madre y su deseo de que abandone la lucha política. Durante la huida recuenta las atrocidades. Se cree salvado. Es un texto escrito en imprescindible tiempo presente.

En “Crímenes vírales” un exmilitante, arquitecto, pasa la cuarentena en casa. Tiene el rito de beber whisky por las noches y navegar en internet. Hace búsquedas sobre represores chilenos, que casualmente mueren al día siguiente. Suma tres importantes, y entre ellos incluye a la viuda de Pinochet. Un día comete un error que cambiará el sentido de su suerte. Otro cuento con tema pandémico es “Salir a la calle”, el último. En la cuarentena, un tipo recuerda la rebeldía previa. Pese a la prohibición, decide salir y volver a lo que hacía antes.

Más allá de este apretado resumen en el que me he cuidado de no revelar los cierres—, es claro que Dos gardenias y otros cuentos contiene un menú valioso de historias. La variación geográfica y la heterogeneidad de los personajes forzaban a Eduardo Contreras a inyectar un tono diferente en cada pieza, así que la unidad del conjunto debió cuajar en otro punto: la estructura; si no en todas las piezas, se siente en muchas de ellas la mano de un autor que ordena, que administra detalles, que siembra guiños, que narra con contención y malicia para desembocar en finales que son, para decirlo con una metáfora proveniente de la tauromaquia, estocadas a la sensibilidad del lector.

Nota. Con este apunte despido el 2024. Que tengan un espléndido 2025.

miércoles, diciembre 25, 2024

De juguetes a juguetes










“¿Qué palabras tienen para ti un especial sabor a infancia, a familia, a tu tierra de Burgos?”, le preguntaron alguna vez a Alex Grijelmo, el famoso periodista y divulgador de la filología. Esto respondió: “¡Scalextric! Ésa sí era una palabra mágica. Deseaba un Scalextric con todas mis fuerzas. Pero nunca lo tuve. La palabra me parecía tan enrevesada que podía imaginarme dentro de ella la autopista enredada por la que corrían los coches en miniatura”.

Lo cito porque, como todos los niños de los sesenta, setenta y quizá ochenta, fui también tentado por el deseo de tener una autopista Scalextric. Por supuesto que eso jamás ocurrió, como tampoco tener una bici. Ahora que lo pienso, quizá a partir de tales imposibilidades se remachó en mi ser la tendencia a imaginar: veía los comerciales del Canal 5, programados a raudales durante la época navideña, y me contentaba con soñar la autopista, con fabular paseos en bici dentro de la cabeza. Mi padre tenía seis hijos en aquel entonces, y en 1977 llegó el último, así que mis regalos no podían exhibir tecnología. Recuerdo que siempre me renovaban un balón de plástico, aunque no de los profesionales. De allí me viene el amor al futbol, deporte que jugué miles de horas en la calle.

No sé cómo, mi padre hacía aparecer regalos modestos en la Navidad. Todo era esencialmente plástico, nada cercano a la electrónica japonesa o gringa que ya nos seducía desde la tele. Pero un día me dijo que iríamos a la ferretería La Suiza, inmensa tienda que contaba con un área bien surtida de regalos para niños. Por fin se abría la oportunidad para tener una Scalextric, la autopista eléctrica u otra parecida. Vimos varias, pero sus precios eran altísimos. Ante la imposibilidad de comprar una sofisticada, mi padre me regaló una harto austera, pues no requería pilas ni corriente: la pista era una larga tira de hule que colgada desde alguna pared hacia el suelo permitía que un carrito descendiera gracias a la magia newtoniana de la gravedad. Pese a su ñoñez, amé ese juguete. Lo amé y amé todos mis juguetes, por pedestres que fueran. Aunque no hubiera mucho, creo que de niño estuve cerca, al menos cerca, de la felicidad, así que no me recuerdo con acritud.

Sé que la venta de juguetes no es ya lo mismo, esto por la gravitación de los celulares y las tabletas. Frente a tales aparatos, ¿qué pueden lograr hoy una pelota, un carrito, una muñeca? Muchos padres tratan de estirar tanto como sea posible el momento de permitir celulares y juegos de video a sus hijos pequeños, pero muchos más saben que los apaciguarán con las pantallas infinitas.

Tuve tres hijas que ya son adultas. Hace tiempo que no sé lo que es tratar con pequeños, e imagino que los padres en trance de regalar juguetes encaran ahora un desafío. El celular y la tableta quizá garanticen más horas de enajenación y tranquilidad, pero no necesariamente mejor tiempo de formación para los hijos. No sé, pues esto ya entra en los ámbitos especializados de la educación y la psicología.

Yo por lo pronto sigo con el buen recuerdo de mis balones y la alegría de patearlos.

Feliz navidad.

sábado, diciembre 21, 2024

Réquiem a la carta

 


















La primera edición data de 1991; la segunda, de 2014. Ignoro si entre una y otra hubo cambios sustanciales o si la segunda recoge exactamente el mismo contenido en un nuevo diseño tipográfico y demás. La duda no es tan ociosa, pues entre ambas fechas se dio la masificación global de una innovación que cambió todo: internet, el uso del mail y, algo después, más o menos a partir de 2005, la aparición de las adictivas redes sociales.

Así pues, Carlos Monsiváis escribió el epitafio del género epistolar cuando el correo electrónico estaba a punto de revivirlo. No lo hizo del mismo modo que en las cartas de papel, pues el correo digital añadió el rasgo de la inmediatez en la correspondencia, pero el hecho cierto es que volvieron a cruzarse amplias cartas de todo tipo entre interlocutores que asimismo volvieron a soportar en la escritura sus necesidades, sus tratos a distancia. El teléfono fijo y el celular (también recién popularizado al arranque de los noventa) podían sustituir al mail, pero eran servicios todavía caros, así que la gente escribió cartas, muchas cartas electrónicas al final del siglo pasado y principios del presente.

Como digo, todo se precipitó con la llegada de internet. Aparecieron los chats, los mensajitos de SMS, los foros, los blogs. En menos de diez años, la computadora y el celular (para llamar) cundieron en el mundo, y aún faltaba la llegada del smartphone que combinó la computadora, el celular, la cámara fotográfica y el reproductor de audio, y que poco a poco incorporó la vida entera gracias a la invención de miles de aplicaciones.

Monsiváis alcanzó a ver esto. Poco antes, en 1991, había dado por hecho que la correspondencia estaba muerta, de ahí que publicara El género epistolar. Un homenaje a modo de carta abierta (Conaculta-Miguel Ángel Porrúa, 2014, 103 pp.). Nació en 1939 y murió en 2010, así que la segunda edición es póstuma. Insisto en que no sé si tuvo algún retoque, aunque supongo que no, pues aquí en nada se detuvo a escudriñar las formas del diálogo a distancia surgidas tras la aparición de internet. Contrapone el teléfono convencional, fijo, a la carta de papel, y en el momento de escribir su réquiem por la carta tuvo razón: el género epistolar en papel ya estaba dando sus últimos suspiros.

La necrológica escrita por el famoso autor de Escenas de pudor y liviandad sirve entonces, más que nada, para recordarnos el valor que tuvo la carta física sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX. Se divide en cinco capítulos, y en ellos, además de lucir su prosa siempre barroca y zumbona, Monsiváis acude a la cita in extenso como recurso metodológico para probar sus afirmaciones. Destaca que la carta de papel sirvió no sólo para comunicar a los distanciados, sino para expresar de una forma específica, espesa de giros literarios, lo que se decía de otra manera en el diálogo directo. Los ejemplos que cita son elocuentes: las cartas amorosas, en su cursilería desbordada, son la evidencia de que la combinación distancia+papel+escritura provocaba que los corresponsales dejaran fluir un torrente metafórico imposible de poner en práctica dentro de la conversación cara a cara. Trae incluso el caso de una especie de manual para elaborar Cartas de amor, del cual comparte esta cumbre de lo que hoy juzgaríamos como discurso grotesco tanto escrito como oral:

Bienamado mío: ¿Crees que yo pueda arrancarte alguna vez del pensamiento mío? Ya nunca te podré alejar de mi alma porque tú has sido en mi vida estrofa y luz.

Toda mi existencia era un dulce arrobo porque esperaba el milagro de tu presencia y ese anhelo vertió ansiedad en mi corazón.

Marché a tu encuentro como una alucinada y rompí el hechizo de la soledad del alma. Tu vida y la mía se encontraron como dos ríos lejanos en un abrazo que solamente el infortunio podría deshacer”.

Monsiváis recuerda que fueron mujeres las principales usuarias del género epistolar, dado que, si en la realidad se les reprimía, la carta era un espacio en el que podían expresarse y derramar sin freno su subjetividad, sobre todo la vinculada a sus pasiones amorosas. Asimismo, como en el siglo XIX comenzó el auge de los viajes por el mundo pero todavía sin cámaras fotográficas a la mano, no fue extraño que la correspondencia sirviera como medio para compartir los asombros provocados por el exotismo de las tierras visitadas y la alteridad cultural.

Otro objetivo de la carta, dice el autor, era guiñar el ojo al futuro. Se escribían para el espacio privado, pero no muy en el fondo en los corresponsales latía el deseo de que las palabras fueran leídas públicamente en la posteridad. En este sentido, la carta y el diario personal caminaron tomados de la mano durante varias décadas, aunque el diario no tuvo tanto éxito entre nosotros. Este género pariente de la carta, el diario, llegó incluso a convertirse en un formato reconocible en libros con y sin ficción (hasta muy entrado el siglo XX se escribieron novelas que simulaban ser diarios, como La tregua, de 1960).

El género de epistolar es, por lo dicho, un libro adecuado para recordarnos que alguna vez la escritura postal tuvo como imperativo el esmero y hasta el preciosismo literario, rasgos que el bajo costo, la facilidad y la inmediatez de la comunicación actual —piénsese en WhatsApp— ha sepultado.

miércoles, diciembre 18, 2024

Saber no es suficiente

 










Hace poco recordé La urna (1911), libro de Enrique Banchs (Buenos Aires, 1888-Ídem, 1968), poeta y periodista argentino de no gran fama fuera de su patria, y quizá ni dentro. Fue armado sobre todo con sonetos, y al releer algunos al azar volví a toparme con uno que siempre me ha gustado porque en él se encierra, sospecho, un tema de interés principalmente para quienes trajinan con el conocimiento.

Es, como sus compañeros hospedados en el mismo libro, un poema tristón, pero con una no tan sutil diferencia. Allí Banchs pareció arrancar en la primera estrofa y una parte de la segunda con algo aproximado, así sea de manera remota, a la felicidad, con el orgullo intelectual o la seguridad que da el conocimiento apoyado en la lectura ávida. Dice: “Cargado tengo de riqueza sorda / el cerebro confuso y populoso, / que de conocimiento se desborda, / inconsciente en su impulso generoso. // La multitud de libros son el parque / fastuoso y misterioso que fatiga / mi ansia de conocer…”.

Hasta aquí, aunque “confuso y populoso”, el poeta entiende que su cabeza está muy bien amueblada. Encuentra para la biblioteca un correlato que reafirma la sensación de alegría: es un espacio (un “parque”) donde deambula y halla fastuosidad y misterio para su “ansia de conocer”. Lo malo viene luego, y lo que expone no ha dejado de ser parte del debate filosófico que piensa en el hombre como ser racional-emocional, donde unos pensadores cargan la tinta en un lado y otros en otro. Versifica Banchs: “Ciencia que no me vale para nada / pues no se cambia en pan ni en buen consejo / ni en la amistosa plática retrato”.

El poeta parece resbalar hacia la desilusión; al final, en la interacción humana, de poco sirve cargar conocimientos si no se tiene vida sensible, si se ignora la emoción del prójimo o cómo aproximarse a ella en caso de que el deseo interior esté presente: “Aún no sé comprender una mirada, / ni sé si la altivez de que me quejo / más que desdén es femenil recato”.

En resumen, se puede amasar una fortuna de saberes, pero pasar por la existencia sin aprender a descifrar rasgos que también hacen humano al humano, es perderse la otra mitad del desfile vital. Esto parece enunciar entre versos, en apretado resumen, el soneto de Banchs.

sábado, diciembre 14, 2024

Biblioteca de JLM

 











Si una bibliomanía juzgo bienvenida, esa es la bibliomanía ejercida al modo de José Luis Martínez (Atoyac, Jalisco, 1918-Ciudad de México, 2007). No la del enamorado de los libros que, sin ser del todo censurable, es más bien una de las mil maneras del coleccionismo, de la acumulación por el solo orgullo de poseer, en este caso libros. Aunque en algún punto cercana a la anterior, la otra posibilidad busca trascender la superficialidad de la mera tenencia bibliográfica por las utilidades intelectuales de un repositorio bien nutrido. JLM fue, entre los eruditos mexicanos, un hombre que acumuló cientos de libros cuyo fin no fue ornamental ni retentivo, sino generador de más conocimiento; es decir, su acervo acusó propósito de fábrica y no nomás de bodega.

Espigo la anterior idea sobre el afán libresco de JLM a partir de mi visita a La biblioteca de mi padre (Conaculta, 2010, Ciudad de México, 107 pp.), testimonio escrito por Rodrigo Martínez Baracs, hijo del gran ensayista atoyaquense. En las páginas de esta memoria filial, Rodrigo Martínez describe con minucia lo que promete su título, así que de un jalón recorremos setenta años de incansable búsqueda, clasificación, lectura y divulgación bibliográfica, la emprendida por el quizá y sin quizá principal conocedor de la literatura mexicana del siglo XX. Al final, y sobre esto no parece haber acuerdo en el mismo libro, JLM reunió en su casa de Rosseau 53, en la capital de nuestro país, poco más de 50 mil títulos.

Además de los paratextos introductorios y apendiculares (uno de ellos de Consuelo Sáizar), La biblioteca de mi padre contiene nueve capítulos. En ellos aborda “La formación de la biblioteca”, “Los grandes fondos”, “Historia”, “Arte y libros de formato mayor”, “Enciclopedias, diccionarios y libros de consulta”, “Filosofía”, “Estudios literarios y filológicos”, “Revistas y suplementos culturales”, “Ciencias y educación” y “Cocina”. A partir de tal índice ya podemos hacernos una idea de la biblioteca de aquel padre, un corpus que convirtió a JLM en una institución metida en el cuerpo de un ser humano elegante y generoso. Además de la descripción textual, Martínez Baracs añade algunas fotos de las habitaciones de la casa que al final no tuvo pared virgen, pues todas fueron usadas para empotrar anaqueles.

Casi idénticas son dos frases que campean en el libro: “mi padre” y “la biblioteca de mi padre”. No podía ser de otra manera, pues con la primera entra a cada acción de su progenitor en virtud del trabajo intelectual por él acometido (“Mi padre empezó a comprar libros sistémicamente a los 18 años  en Guadalajara…”) , y con la segunda ingresa a cada recoveco del repositorio instalado en la propia casa de los Martínez (“la biblioteca de mi padre incluye todo lo más importante que se editó y publicó sobre el tema [prehispánico] en los siglos XIX y XX”).

Cuenta el autor que JLM comenzó también muy joven con la pesquisa y resguardo de hemerografía. Para ganarse la vida, fue funcionario público en varias ocasiones, algunas de ellas como embajador. Para mí, su cargo más recordado y ceñido a su vocación será el de director del FCE, que asumió de 1977 a 1982. Allí prosiguió la benemérita labor editorial del Fondo, y entre sus mayores logros se incluye la creación de la serie facsimilar de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas cuyos originales fueron tomados del repositorio preservado por el propio director. Esta serie, para mí, es un tesoro.

Su hijo cuenta en el primer tramo del libro cómo y dónde su padre armó la biblioteca. Por supuesto, mucho de bibliómano había en él, pues hurgaba en catálogos, rastreaba en librerías de viejo, se suscribía a colecciones y compraba revistas y suplementos con rigurosa disciplina. La amistad y el contacto con escritores y editores le permitió recibir novedades, y en algunos casos los viajes facilitaron la consecución de más títulos raros o inconseguibles en México. Algunos, por cierto, no pudo tenerlos por lo estratosférico del costo.

Martínez Baracs explica que no sólo era reunir y llevar a casa. Luego de conseguir un libro, seguía la labor de ubicarlo en el sitio temático adecuado y a ritmo sostenido escribir los estudios que fraguó con rigor de inverstigador celoso del dato exacto y la aguda observación. Las disciplinas que lo apasionaron no fueron pocas: literatura mexicana desde el periodo previrreinal hasta el presente, historia, arte, lengua y estudios literarios, filosofía, antropología, entre otras.

El recorrido es, inevitablemente, un compendio de nombres propios famosos y no tanto. Escritores, editores, libreros, funcionarios remotos y cercanos en el tiempo y el espacio aparecen aquí en virtud de los libros a ellos vinculados. Describe su obsesión en la búsqueda de títulos para tener todo al menos en lo concerniente a sus intereses temáticos. El orden, la invasión de la casa, el intercambio, las compras, la autorización para que otros usaran la biblioteca, los robos de los que fue víctima, el rastreo en los viajes, las fotocopias cuando tal o cual libro no estaba a su alcance... una máquina, pues, de reunir, organizar y estudiar papeles para generar, a partir de esa labor hercúlea, trabajos que hoy constituyen parte de lo más valioso que tiene la cultura mexicana. Si ya en sí misma la configuración de la biblioteca-monstro era un gran servicio al país, JLM lo complementó con la hechura de sus libros, de ahí que la suya no fue una colección de bon vivant, egoísta, sino el motor de un trabajo cuyo fin estaba en la gestación de una obra inteligente y útil para los demás. La biblioteca de mi padre comparte algunas anécdotas, como ésta: en una ocasión Agustín Yáñez visitó a su paisano y amigo JLM, vio dos de sus libros primerizos y simplemente los tomó y se los llevó, “pues no quería que se leyeran ni que nadie los tuviera”. También contiene, para bien, la buena noticia de que la biblioteca no terminó despedazada en Donceles, sino adquirida por el gobierno mexicano para su resguardo, ampliación y consulta.

El paseo por estas páginas motiva en automático una reflexión sobre la tenencia de miles de libros. ¿Para qué?, se preguntarán quienes ven esto como una incomodidad. Tienen razón, es una incomodidad, pues los libros pesan, ocupan mucho espacio, se empolvan, demandan más cuidados que un jardín y, cuando son muchísimos, fuerzan la radicación fija de su dueño, dado que el embalaje y la mudanza son pavorosos. Sin embargo, aunque en escala amateur y en la casi Nada editorial que es La Laguna, entiendo el tipo de lucha que obsesionó a JLM: hay escritores que además de amar al libro como objeto, desean abarcar cuanto sea posible el rizoma de sus intereses. Por eso la ramificación, por eso el fervor de cruzado para llegar a la utopía de conquistar todo el conocimiento. Al igual que cualquier otra utopía, la del saber absoluto es imposible de consumar. Esto no fue obstáculo para el maestro JLM, como ya pudimos atisbarlo gracias a la crónica de su hijo.

miércoles, diciembre 11, 2024

Infausta semi


 









La semana pasada estuve en la FIL Guadalajara y por ello tenía el deseo de comentar algo sobre ella, pero el domingo se atravesó en mi menú temático un asunto más importante: la semifinal entre Cruz Azul y América. No es la opinión de un especialista, aunque casi, pues sin temor a equivocarme y menos a parecer pedante, mucho entiendo de esta vaina, como dicen los colombianos.

Sabemos que los dos equipos venían de un empate a cero en el juego de ida. Por su posición en la tabla, los azules tenían la ventaja de buscar dos resultados para pasar a la final. Los amarillos, en cambio, sólo uno: el triunfo. Como buen cementero de la vieja guardia, como cruzazulino acostumbrado a los tropiezos, sospeché que la ventaja de Cruz Azul planteaba en realidad un peligro: podían saltar a la cancha con la idea de empatar, sin intensidad, lo que en efecto sucedió, pues en lugar de salir a arrasar cedieron el balón más de sesenta minutos. La consecuencia de tal parálisis fue que al minuto 50 ya iban abajo 2 a 0. Obviamente, no puedo estar contento con un equipo que juega una hora sin intensidad, y menos en una semifinal, y menos frente al América. Mal los azules, pues.

Lo que vino luego fue tragicómico. Cruz Azul, no sé cómo, empató el marcador a tres tantos, y fue en ese momento cuando se dio el punto desastroso del partido. América siguió haciendo lo suyo muy bien, Cruz Azul enderezó su pésimo primer tiempo, el partido se puso en tono histórico, pero luego apareció un disparate arbitral rayano en el absurdo. Tras el gol del empate a tres, los amarillos movieron el balón con dos jugadores adelante del medio campo. La decisión de seguir la jugada sería peccata minuta en un Potosino-La Piedad de la jornada 3, pero en este caso cambió el destino de una semifinal. La acción del penal nació entonces contaminada, y era suficiente un vistazo al VAR para rehacerla y anular el cabezazo de Aguirre, la falta de Rotondi y el tiro de castigo, todo.

Pondré un ejemplo extremo para que sirva de paralelismo: cualquier negocio que derive del lavado de dinero es un negocio turbio, así se trate de una dulcería; si el origen de los recursos está contaminado, todo lo que le siga asimila la mancha primigenia.

La jugada del penal al América ni siquiera debió proseguir más allá del cabezazo. Todo lo demás es debatible. Eso no, como lo demuestran las imágenes que el árbitro y el VAR se pasaron por calva sea la parte.

sábado, diciembre 07, 2024

Sobre las redes

 











Ofrezco aquí, para alentar su interés, mi presentación de Tumultos en el laberinto inmaterial, libro colectivo recién publicado por la Ibero Torreón:

Los libros Del gis a la pantalla táctil, Rostros de la agresión, Venda­val de cambios, seis cuadernillos de temática miscelánea y ya muy numerosos artículos publicados en Milenio Laguna y El Siglo de Torreón y la revista Acequias son el producto concreto de diez años de trabajo en el taller de periodismo de la Universidad Iberoame­ricana Torreón. A ellos hay que sumar, ahora, el libro cuyo prefa­cio aquí avanza: Tumultos en el laberinto inmaterial. Redes sociales y mutaciones en la vida cotidiana.

Como en los libros congéneres del taller, en éste ha sido tra­bajado un tema específico desde varios ángulos: el de las redes sociales y su gravitación, para bien y para mal, en el mundo con­temporáneo. No, por supuesto, para agotar el asunto, sino para ubicar sus bordes, para resaltar su importancia como realidad social ineludible. También, como en los libros y los cuadernillos anteriores, el género al que podemos adscribir los textos veni­deros orbita en las elipses del ensayo de interpretación y del artículo de fondo. El abordaje de cada propuesta es, entonces, libre, tanto que indefectiblemente hay una marca personal que no por subjetiva deja de ser atendible. El propósito, insistamos, es hacer énfasis en un tema y despertar una posible inquietud en el lector.

En “El cambio de paradigma de la información”, ensayo de Cla­ra Cecilia Guerra Cossío, se analiza, entre otros, el fenómeno de la producción masiva de información voluntaria e involuntaria, el mundo infinito de la llamada big data, es decir, de la ya gigantesca masa de datos que termina por fortalecer intereses muchas veces no del todo transparentes.

Laura Elena Parra López trabaja “Adicción y acoso digital: efectos de las redes sociales en la salud mental”, texto que indaga en una de las consecuencias más salientes y lamentables del uni­verso digital tras el advenimiento, sobre todo, de las redes socia­les. Además de definir las conductas anómalas y nocivas, ofrece recomendaciones para prevenirlas y, en la medida de lo posible, combatirlas.

De Claudia Rivera Marín es “Interacción en redes sociales: de la diversión a la muerte”, exposición que describe la adicción a las redes y focaliza su mirada en la dinámica de los “retos” que se han popularizado en muchas plataformas de internet y, entre otros resultados, se han convertido en un peligro con consecuencias fatales en no pocos casos.

Andrés Rosales Valdés aborda la vinculación entre las nuevas tecnologías de la información y el mundo laboral, particularmen­te en las áreas organizacionales dedicadas a ver todas las circuns­tancias relacionadas con la planeación, el talento humano y la evaluación de resultados en contextos cada vez más cambiantes y competidos en todos los rubros, incluido el de las nuevas herra­mientas digitales. Su ensayo lleva como título “EnREDados en la gestión humana de la tecnología”.

“Violencia de género digital: un flagelo social contemporá­neo” es el aporte de Zaide Patricia Seáñez Martínez, quien analiza la repercusión de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana; su abordaje destaca los beneficios de estos desarrollos, ciertamente, pero también subraya las tendencias nocivas que acarrea el mun­do digital, tendencias que se materializan en el acoso, el odio, el racismo y muchas otras prácticas igual de nefastas.

El texto titulado “Tiranía del smartphone. Fragmento, intimi­dad, autodelación y consumo en las redes” es un intento por in­gresar en la maraña de implicaciones que supone el espacio de las redes sociales, aparente tierra de nadie pero, no muy en el fondo, garante de sujeción al mercado y aparato de vigilancia, es decir, del control “amable” de la colectividad.

Tumultos en el laberinto inmaterial es, por todo, una obra abier­ta, apenas una invitación a que sigamos de cerca los profundos cambios que como avalancha nos han caído encima —tras el auge de las redes sociales— en las dos décadas más recientes.

Comarca Lagunera, 12, octubre, 2024

miércoles, diciembre 04, 2024

Huerta en cuatro endecasílabos















En estos días leo otro libro sobre la Decena Trágica y me ha reaparecido a cada rato la imagen de Victoriano Huerta. Creo entender por qué: por su expresión torva y por lo que hizo con ella; a mi modesto juicio, uno de los actos más viles —o el más vil— que registre nuestra historia ya de por sí espesa de acciones miserables. Pero en Huerta mirando desde sus quevedos oscuros noto una maldad cercana a lo diabólico, aunque sé que lo juzgo así no tanto a partir del estereotipo de militar pétreo que tenía, sino por lo que luego, hace más de cien años, ejecutó para echar al suelo el primer conato democrático del siglo XX mexicano.

Pues bien, hoy, en el sopor de la siesta, me aparecieron como fugaz pesadilla o postpesadilla cuatro endecasílabos, una especie de definición muy adjetivada de lo que siento por nuestro más célebre usurpador. El primer sorprendido fui yo —quién más podría ser—, ya que no es común que me sobrevuelen versos medidos, sino ideas en prosa, relatos, opiniones, crónicas de lo que sea.

Antes de que la estrofa se escapara, encendí la computadora y la anoté, le apliqué un par de enmiendas y quedó así. Su valor, si alguno tiene, creo que está más en la anécdota que acabo de contar que en los versos en sí. Digamos que es la manifestación pesadillesca de un odio que en verdad sí guardo, sea cual sea el formato literario que yo use para repudiarlo, por aquel criminal histórico sobre quién, por supuesto, hay muchos relatos frescos y accesibles. Uno recomendable, por su brevedad y sencillez, es el libro Temporada de zopilotes, de Taibo II, que en breves capítulos narra los acontecimientos de aquel momento terrible del pasado nacional, la Decena Trágica, que tuvo como zopilote más destacado al golpista de Colotlán, Jalisco. Van los endecasílabos:

Sigue aquí, ruin, oculto tras la puerta
mirando con temible rostro duro
ese tipo cloacal de gesto oscuro
esa sierpe mendaz, el traidor Huerta.