sábado, febrero 27, 2021

Tres eternos segundos

 








El periodista Manuel Serrato me preguntó en un programa de radio qué pincelada de Maradona retenía mi memoria. Le dije que, al margen de los hitos llamados “gol del siglo” (a los ingleses) y “gol imposible” (a la Juve), hay dos jugadas del 10 que siempre recuerdo con agradecido pasmo. Una de ellas la comenté en el texto “De los centros”, y ahora paso a describir la segunda: en mi fuero íntimo la he denominado “Tres eternos segundos”, y es la siguiente.

En un partido del Barcelona contra el Real Madrid celebrado en el Santiago Bernabéu, Maradona y Lobo Carrasco contragolpean y desde la media cancha sólo tienen por delante a un defensa y al portero. El zaguero sale a frenar a Lobo Carrasco, quien apenas alcanza a dar el pase lateral hacia Maradona, quien viene sólo casi por el centro del terreno. El argentino tiene ahora el balón y ve al portero que, como ordena el librito, se adelanta para cerrar el ángulo. Con el pecho levantado, Maradona flota hacia adelante, vertiginoso, hasta llegar a la raya del área grande. A cuatro metros de Agustín, el portero, Diego ejecuta un leve y brevísimo movimiento de cuerpo/piernas que condensa un engaño múltiple: el arquero no sabe allí si el atacante tirará cruzado, bombeará el balón, pasará por derecha o por izquierda o intentará un tiro por debajo de las piernas. Cualquiera de estas cinco acciones se abre como posibilidad. Maradona elige adelantar el balón por la izquierda del portero, quien se estira sin poder cortar la jugada. Hasta aquí sentimos que se trata de una buena acción, pero nada extraordinaria. Lo asombroso viene dos segundos después.

Eludido el portero, la pelota y Maradona aparecen solos frente al arco. Aunque no queda en su perfil, el 10 puede tocar ya la pelota con el pie derecho, con el izquierdo, como sea, pues la puerta está abierta a cinco o seis metros y ni Maradona ni nadie podrían fallar en tal circunstancia. Supongo que de reojo mira a Juan José, el defensa que, ilusionado con una barridón heroico, viene a cerrar en diagonal hacia el primer palo. El tiempo que tuvo Diego para tirar puede ser considerado una eternidad en los parámetros del futbol, pero no lo hace, sino que elige el extraño camino del arte y la genialidad. Mientras el defensa arroja los tacos por delante y termina incrustado como horqueta en la base del poste, Maradona frena de golpe, engancha hacia adentro, da un toquecito más al balón y antes de que el portero vuelva, sin ver al arco cachetea tersamente con la zurda y hace el desmesurado gol.

Si pensamos que en el alambique de la memoria futbolera quedan para siempre sólo instantes, el instante en el que Maradona corta hacia adentro en aquel tanto vivirá para siempre. De alguna forma fue una gambeta a la lógica del futbol más que a un defensor. Cualquiera, creo, hubiera tirado de inmediato frente al arco abierto, tal y como le quedó a Maradona tras el regate al portero, pero mientras los ojos de todos esperan ese toque obvio, el 10 alargó la escena tres eternos segundos en un metro cuadrado del Bernabéu que al final de la jugada revoleó pañuelos blancos.

sábado, febrero 20, 2021

Buceo de Miguel Ángel Centeno











 

Un personaje de la cultura popular argentina tenía como apodo “El hombre que razonaba demasiado”. Como él, y aunque no tantos como es deseable, algunos seres humanos incurren en el acto de razonar. Otros más piensan y resuelven problemas prácticos, claro, pero poco se dan a la tarea de trabajar con las ideas al grado de concluir que nada es simple, que aun lo más pequeño y en apariencia elemental reviste una complejidad digna de la más honda reflexión.

Miguel Ángel Centeno Campos (Gómez Palacio, Dgo., 1982) es, como el personaje susodicho, un hombre que en lo suyo razona demasiado. De profesión psicólogo y por ello especialista en el buceo de almas, ha ramificado su quehacer hacia otro tipo de psicología: la que explora en el yo propio y se expresa no mediante cuadros clínicos, sino con versos. Según se sabe, si indagamos en el laberinto del alma humana es casi imposible dar con certezas rotundas (“rotundo” significa “redondo”, es decir, “perfecto”), sino con aproximaciones que por fuerza deben ser cautas: nada hay de automático en las manifestaciones de nuestro comportamiento y por ello no hay un ser humano idéntico a otro.

Es esta diferencia la que torna interesante —algunos dicen que hasta novelesca— cualquier vida. Miguel entonces, como su tocayo Montaigne, se toma a sí mismo como personaje de su libro y luego nos comparte en serenos poemas el agitado mar que olea en su interior. Digamos que observa (todos los sentidos pueden ser asimilados al de la vista), después reflexiona y al final trasmuta en verso sus conjeturas. Esto no significa que las piezas de este poemario sean helados informes del alma propia o graficación estadística de sentimientos, sino cálidas aproximaciones al hombre que habita bajo la piel de un ser que en el exterior es llamado Miguel Ángel Centeno.

Oscuros soliloquios insinúa desde el título que sus “conclusiones”, por denominarlas de un modo provisional, son expuestas en grado de vislumbre o tentativa. Los poemas son un diálogo del poeta consigo mismo, un ida y vuelta de ideas que se da sobre todo en la noche, de ahí su énfasis en la oscuridad, pero también una conversación que no supone el arribo al alba de las certidumbres acabadas, sino a la penumbra inevitable de la duda que es, precisamente, el combustible de cualquier reflexión que aspire a ser profunda.

Celebro que Miguel Ángel, participante en el taller literario del Teatro Isauro Martínez, nos permita caminar al lado de su espíritu en estos Oscuros soliloquios, el primero de sus libros. El trato con su poesía será, sin duda, una forma de conocerlo mejor a él y, de paso, a nosotros mismos, sus agradecidos lectores.

Por último, una semblanza mínima: Miguel Ángel Centeno Campos es psicólogo por la Universidad Juárez del Estado de Durango y maestro en terapia de familia y pareja por la Universidad Autónoma de La Laguna (donde también es profesor). Miembro del taller literario del Teatro Isauro Martínez, ha publicado en la revista Estepa del Nazas y en la revista Acequias de la Ibero Torreón.


miércoles, febrero 17, 2021

Entre la vida y las fotos











 

Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirla, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.

Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.

Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.

Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil publicado en 2020 por la Ibero Torreón. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.

Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y precisó la información contenida en las actas. Asimismo, al material fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club, quien es situado en este libro como la parte de un todo que le es afín: su grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de sinécdoque.

Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, directora del Archivo Histórico de la Ibero Torreón, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A propósito del material trabajado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación del acervo fotográfico del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.

No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.


sábado, febrero 13, 2021

Acequias 83












El martes 16 de febrero a las 6 de la tarde en su cuenta de Facebook la Universidad Iberoamericana Torreón presentará el libro Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), investigación realizada por Alfredo Máynez Gil. Los comentarios estarán a cargo de Laura Orellana Trinidad, el autor y quien esto firma. Precisamente el prólogo íntegro de este libro, escrito por la doctora Orellana, y una entrevista a Alfredo Máynez sobre su primera experiencia como autor, son los cimientos del número 83 de Acequias, revista de la Ibero Torreón disponible gratuitamente en la web de esta universidad. En su editorial del número publicado en diciembre pasado, se consigna su contenido de la siguiente forma:

Este 2020 ha sido, sin exagerar, el año más raro en la historia de la humanidad. Nunca como ahora, doce meses se han ido de forma tan peculiar, con una buena parte de la población mundial resguardada en sus hogares para alejar en lo posible el contagio de Covid 19. Muchos, pese al confinamiento y las medidas sanitarias dispuestas por la autoridad, hemos visto la lamentable pérdida de parientes y amigos cercanos, y hemos sabido que en todas partes los gobiernos han combatido, con mayor o menor éxito, al agente microscópico que provocó la pandemia. Amaneceremos al 2021, lamentablemente, con la zozobra de no saber cuándo terminará esta extraña forma de vivir. Mientras no haya certeza, vale más atender las medidas propuestas por las autoridades y no dejarse llevar por la desesperación, que suele ser mala consejera.

En medio de tal panorama, este número de Acequias abre con un acercamiento de la doctora Laura Orellana al trabajo del maestro Alfredo Máynez sobre la labor fotográfica de José de Jesús Gil Alonso. Lo sigue una entrevista al autor de Luces en el polvo donde, entre otras afirmaciones, describe el valor de la historiografía como herramienta para reconstruir el pasado no sólo de los próceres o de los hitos militares o políticos, sino también de mujeres y de hombres que en su vida cotidiana edificaron realidades dignas de ser investigadas y contadas.

Una larga entrevista del escritor Gerardo Segura al editor Édgar Valencia nos muestra el origen remoto de una vocación por la lectura y los libros. Luego, Iñaki Leal, exalumno de la Ibero hoy radicado en Nueva Orleans, comenta a tranco amplio la trayectoria literaria de Ricardo Piglia. Viene después un ensayo sobre La Laguna a principios del siglo XX escrito por el exalumno de la Ibero Torreón Gerardo Alfredo Martínez Macías, y en seguida otro del escritor lagunero Jesús Nares Jaramillo sobre la obra poética de Fernando del Paso. A propósito del décimo aniversario luctuoso de Francisco José Amparán se ofrece sobre él un apunte biográfico.

Cierran esta edición 83 de Acequias un cuento de Saúl Rosales, quien en 2020 cumplió 80 años; un fragmento del libro Magdalena Mondragón: su vida y su obra en México, de Blanca Galván, y tres poemas de Miguel Ángel Centeno, miembro del taller literario del Teatro Isauro Martínez.

Sin más, deseamos que el 2021 sea infinitamente mejor.

miércoles, febrero 10, 2021

Infinito español

 








En su siempre entusiasmante Minucias del lenguaje (FCE, México, 1996), José G. Moreno de Alba incluyó un artículo breve pero ilustrativo sobre la infinita variedad de la lengua española hablada y escrita aquí, allá y acullá. Comenzó su comentario afirmando que si bien el castellano-base llegó a América ya cuajado y no acusó cambios profundos en su fonología, gramática y léxico, es imposible pensar que se trata de un monolito impermeable a matices y diferencias.

“Con frecuencia se menciona a la española como un ejemplo de lengua con mínimas diferencias internas, con muy bajo índice de articulación dialectal. Particularmente suele decirse lo anterior cuando se alude al español que se habla en América, pues a diferencia del europeo, que es producto del predominio de un dialecto latino, el castellano, sobre otros del mismo origen (el leonés, el gallego, el asturiano…), que influyeron notablemente como sustrato, el de este lado del Atlántico es sólo el desarrollo de una lengua que llegó ya estructurada por completo. A ello se debe que se llegue a decir que hay más diferencias lingüísticas entre dos valles contiguos de Asturias que en todo el enorme territorio americano donde, como sabemos, poco influyeron las lenguas aborígenes”, señaló el expresidente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Ciertamente, las lenguas americanas no calaron hondo en la estructura del español ni modificaron el léxico que solemos llamar “patrimonial” (es decir, el constituido por las palabras que todos los hispanohablantes entendemos y usamos parejamente: mesa, amor, dios, madre, noche…), pero, como afirma Moreno de Alba, esto no significa que el español carezca de innumerables variaciones, sobre todo en el plano del léxico que infunde un carácter dialectal al uso de los diversos “españoles” de nuestro continente.

Cita para demostrarlo el libro Léxico del habla culta de Santiago de Chile (UNAM, México, 1987) en el que advierte notables diferencias entre el léxico de la capital chilena comparado con el de la mexicana. Luego pone a prueba al lector y arma dos columnas, una con palabras mexicanas y otra con chilenas, para que las relacionemos. Hice la prueba y reprobé, lo digo sinceramente. En otros términos, no soy ducho en chilenismos.

Ahora bien, y esto lo agrego yo, en un lugar y en otro no sólo hay cambios totales de léxico (uso de una palabra en lugar de otra), sino matices de una misma palabra o uso preferencial de una palabra equivalente y entendible. Pongo el ejemplo de una actividad que tenemos muy a la mano gracias a los medios, el futbol. Si tomamos por ejemplo el argot del futbol argentino, notaremos cambios o variantes con respecto del mexicano. Pueden ser diferencias leves o grandes, pero diferencias al fin: en México decimos, en algunos casos sólo preferentemente, “alineación”, no “formación"; “banca”, no “banco”; “defensa”, no “defensor”; “portero”, no “arquero”; “abanderado”, no “línea”; “árbitro”, no “referí”; “quedó campeón”, no “salió campeón”; “narrador”, no “relator”; “el chance”, no “la chance”; “estadio”, no “cancha”; “porra”, no “hinchada”.

Si en una actividad mediática y ubicua no hay estandarización en el léxico y sí cambios o matices de género o de léxico, ya podemos imaginar qué pasa con las enormes diferencias atañederas a la gastronomía, el vestido y las múltiples realidades que apelan a designaciones específicas en cada país hispanohablante.

Venturosamente, tales diferencias son un valor de nuestra lengua, no una pobreza o un demérito.


sábado, febrero 06, 2021

Manía gramatical

 











En El principio del placer (José Emilio Pacheco, Joaquín Mortiz, México, 1972) figura el cuento “La fiesta brava”. El título del libro es un empréstito de la psicología que se refiere, según sabemos, a la noción formulada por Freud según la cual el sujeto busca fuentes de placer para mantener el equilibrio en relación con el displacer que provoca no obtenerlo. En este caso, la palabra “principio” es usada no como sinónimo de “inicio” o “comienzo”, sino como equivalente, en el lenguaje científico, a “ley” o “regla”. Así, cuando decimos “el principio de Arquímides” no nos referimos “al comienzo de Arquímides”, sino a una ley o regla cuya postulación se debe al físico siracusano: “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado”. Igualmente se habla del “principio de Pascal”, del “principio de Bernoulli” y de muchos principios más.

Esta introducción, en apariencia digresiva, se vincula con el contenido del relato “La fiesta brava” y justifica el título del apunte que aquí avanza. Es, a mi juicio, el mejor o uno de los mejores cuentos fraguados por JEP, un artefacto literario con ángulos sociopolíticos y arquitectura peculiar. Cuando lo leí por primera vez, más o menos a mediados de los ochenta, me impresionó Andrés Quintana, su protagonista, un traductor y narrador enfermo de (la llamo así de manera tentativa) manía gramatical. En efecto, Quintana no sólo es un obseso de la corrección de sus textos, sino de todo lo que a su alrededor cuaja en palabras. No poco tiempo se le va en rumiar lo que lee, oye, escribe o piensa, y dado que la realidad se expresa abundantemente con palabras, material no le falta al tal Quintana, como en este ejemplo situado en el metro capitalino: “Bajó en la estación Insurgentes. Los magnavoces anunciaban el último viaje de esa noche. Todas las puertas iban a cerrarse. De paso leyó una inscripción grabada a punta de compás sobre un anuncio de Coca Cola: ASESINOS, NO OLVIDAMOS TLATELOLCO Y SAN COSME. / Debe decir: “ni San Cosme”, / corrigió Andrés mientras avanzaba hacia la salida. Arrancó el tren que iba en dirección de Zaragoza”.

No es extraño pues que en los oficios de escritor, traductor, corrector, periodista, profesor de español, similares y conexos, se trajine en el placer, o acaso en la tortura, de pensar y repensar palabras y frases. En todas partes se agazapan el acierto o el error, la rareza o el tópico, la fealdad o el arte amonedados en palabras. Quien padece esta manía disfruta con la reflexión de lo que lee, oye o piensa, pero también puede sentir una suerte de molestia pues su cabeza se desentiende de la realidad sólo para ponderar la viabilidad de una palabra o la ineficacia de otra. La lectura, por ello, se torna algo tortuosa, no tan fluida como la del lector ajeno a la enfermedad.

Hablé al comienzo del libro de Pacheco publicado por Mortiz. Recordé a Freud y en seguida comenté el matiz de la palabra “principio” colocada en el mundo de la ciencia. Curiosamente, yo publiqué en Mortiz una novela titulada El principio del terror que desde el punto de vista verbal tiene dos peculiaridades: una parte literal y otra, digamos, metafórica. Se refiere en efecto al principio como comienzo, y al terror como sinónimo de pavor político: con la decapitación de un tal Pelletier comenzó la etapa llamada “del terror” en la Revolución Francesa. Si no se explica esto, es fácil, como de hecho sucedió, que los potenciales lectores piensen erróneamente en terror gótico, en “literatura de terror”.

Como dije, hasta en la palabra o la frase más insípidas es posible acometer algún análisis. La manía gramatical no tiene llenadero.


miércoles, febrero 03, 2021

Diez desagrados









Al comentar sus intrincados diarios de juventud, Ricardo Piglia señaló que una obsesión visible en aquellas hojas fue la de las listas. El autor de Respiración artificial armaba, pues, listas sobre cualquier tema, y ya viejo, en un documental, explicó que tal vez lo hacía “para no pensar”, para “sacarse las ideas de la cabeza”. Allí mismo muestra dos: una con un ranking de boxeadores y otra (“más interna”) quizá relacionada con algunos de sus intereses: amor, sentido de la vida, política, futbol, teatro, cine, literatura…

Las listas gustan al mundo y son por ello carne de internet. En YouTube, por ejemplo, hay miles de cápsulas con listas de todos los pelajes. Sólo de cine podemos hallar las diez mejores películas de la historia, las diez mejores películas de terror de toda la historia, las diez mejores películas de terror mexicanas de toda la historia, y lo mismo podemos encontrar de actrices, recetas, relojes, rascacielos, videojuegos, asesinos seriales, tacos, ajedrecistas, inventos y un etcétera incuantificable.

No es extraño entonces que a mi modo piense de vez en cuando en listas. Una de ellas se relaciona con objetos que me desagradan de sobremanera (uso aquí la preposición “de” sólo para recomendar que nunca debe ser usada antes del adverbio “sobremanera”). Son objetos que aborrezco, pero este aborrecimiento no tiene por qué empatar, obvio, con los gustos de quien lee. Mi lista es la siguiente:

Gorra de hiphopero. Mi padre, beisbolista de la vieja guardia, la odiaba, y me heredó esta saludable aversión. Tiene la visera recta y el hongo muy abombado; si es usada con la visera cargada a la sien, siempre infunde al portador un notable aire de imbecilidad.

Cuernos de reno navideños. Es uno de los ornamentos más feos inventados por la civilización humana. Pachones, de fieltro, como dos cojines con picos, no los pondría en mi vehículo ni amenazado de muerte por la despiadada camorra napolitana.

Sombrero de copa futbolero. Es espantoso, y no sé por qué sigue teniendo tanto éxito en los estadios. Sólo se le ve bien al gato protagonizado por Mike Myers en The cat in the hat y a Slash, guitarrista de Guns & Roses.

Portacelular de cinturón. Siempre me da una impresión triple: de inseguridad, de incomodidad y de fealdad. Siento que el celular se va a caer de allí, que el usuario no está a gusto cuando se sienta y que indefectiblemente el dispositivo tiene algo de ostentoso si el teléfono es grande.

Aroma a Vainillito. Todavía usada en algunos vehículos carentes de misericordia, esta fragancia podría imprimir el toque mágico de Ómnibus de México incluso a los Ferraris. Si tengo la desgracia de tomar un taxi o un Uber con su tufo, sé que me espera una larga cefalea.

Escoba cuadrada. Sólo sirve para barrer mal. Jamás podrá competir contra la escoba con forma de escoba, la de espiga natural.

Firma electrónica. Todos los dispositivos comerciales para firmar a mano sobre una pantalla son ineficaces. Ni un calígrafo es capaz de firmar allí con la sensación de haber firmado bien.

Crocs grandes. Los crocs parecen un calzado práctico, pero sospecho que sólo se le ve lindo a los niños. Pasada cierta edad y en cierto tamaño de pie, siempre tengo la impresión de que apestan a una mezcla de hule y patas.

Contenedores de pasteles. En general, todos los contenedores de comida para un solo uso son abominables. Todos. Los de pastel son particularmente latosos, pues suelen ser grandes y de un plástico rígido y muy contaminante.


sábado, enero 30, 2021

Palabras con renombre


 









El escritor argentino Enrique Anderson Imbert es autor de este microrrelato titulado “Sadismo y masoquismo”:

“Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:

—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!

El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:

—No”.

Maliciosamente, la escena debe ocurrir en el infierno porque Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido en el bajo mundo de la filosofía como el Marqués de Sade, vivió en el siglo XVIII, y Leopold Ritter von Sacher-Masoch en el siglo siguiente, el decimonono. Sus apellidos sirvieron para crear un famoso par de adjetivos, “sadismo” y “masoquismo”, conductas que basan el goce, sobre todo venéreo, en el ejercicio de la violencia, sólo que la primera cuando es infligida y la segunda al recibirla, y ambas, se supone, con armónico placer. Son dos palabras que devinieron siamesas, pues ya decimos sado-masoquista, o sin guion: sadomasoquista, como si fuera una sola palabra, con el “sado” en función de prefijo.

Muchos nombres y apellidos de personajes importantes asimismo han generado un adjetivo que sirve para designar corrientes de pensamiento, épocas, conductas, rasgos, cualidades…: adánico, socrático, aristotélico, platónico, mosaico (de Moisés), virgiliano, ciceroniano, carolingio, dantesco, teresiano, cervantino, mozartiano, napoleónico, sorjuanino, bolivariano, goyesco, juarista, marxista, isabelino, freudiano, kafkiano, zapatista, villista, hitleriano, castrista, peronista, rulfiano, cortazareano… Digamos pues que este recurso es común: al nombre o al apellido se la añade un sufijo (ista, ino, esco…) que determina la relación del sujeto con la doctrina, la época o el estilo que le cupo en suerte, como pasa con don Porfirio, a quien le añadimos “ista” y da “porfirista”: “la moda porfirista”, “el militarismo porfirista”. No debemos olvidar que el paso del nombre propio al adjetivo obliga a eliminar la mayúscula: Madero-maderista, como sucede con los gentilicios: Torreón-torreonense.

Hay otras de uso más o menos común derivadas de nombres o apellidos: boicotear, por Charles Cunningham Boycott, a quien alguna vez boicotearon. Galvanizar, por Luigi Galvani, inventor de la galvanización. Algo parecido ocurre con Joseph Ignace Guillotin y el filoso verbo “guillotinar”. Por culpa de William Linch, promotor de la justicia por mano propia en Virginia, EUA, nació el nada exquisito verbo “linchar”. La “mancerina”, que fue usada años ha para tomar chocolate, debe su nombre a Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera, virrey del Perú. Dos apellidos rusos dieron como resultado nombres para un par de armas: el coctel molotov y el fusil kalashnikov, también llamado AK-47 (o sea, Automática Kalashnikova 1947, por Mijaíl Kaláshnikov, su inventor, y el año de su creación, el 47); no olvido decir que el AK-47 tiene en México un apodo que evoca narcocorridos: cuerno de chivo. En el caso del “coctel molotov” o “bomba molotov”, curiosamente no es invento de los rusos, sino de los fineses, que es la otra forma de decir “finlandeses”; gracias a este artefacto ironizaron con el nombre del ministro soviético Viacheslav Mólotov.

Dejo al final algunos apellidos usados como sustantivos mediante el recurso de la elipsis, o sea, de la omisión de una palabra o idea. Cuando decimos “compró un Stradivarius”, obviamos la palabra “violín” o “instrumento”, “compró un [violín] Stradivarius”. Lo mismo con “usaba una [máquina de escribir o una pistola] Remington”, “conduce un [auto] Ford” o “guardaré la sopa en el [recipiente] tupper”, por Antonio Stradivari, Eliphalet Remington, Henry Ford y Earl Silas Tupper, respectivamente.


miércoles, enero 27, 2021

Dejen todo en sus manos

 














Sin mucho encarecimiento, más bien con un velo de misterio, me habían recomendado pasar los ojos por Mario Levrero. Salvado el ítem, ahora me toca hacer lo posible por entusiasmar a otros para que lo lean. De veras, no cometan el error de postergar su acercamiento al libro que aquí convido: Dejen todo en mis manos (Random House, México, 2017, 121 pp.), novela corta cuyo buen sabor se expande y queda en el recuerdo como sólo pueden hacerlo ciertos ingredientes poderosos (el cilantro y la vainilla, por ejemplo).

Mario Levrero nació en Montevideo, Uruguay, en 1940, y murió allí mismo en 2004. En medio de esas dos fechas se dedicó a los oficios de librero, guionista de cómics, humorista y creador de crucigramas y de una obra literaria campechaneada entre el cuento, la novela y el ensayo. Según el editor, y le creo, se trata ahora de un escritor “de culto”, bien conocido y mejor admirado por una secta de lectores que lo considera un maestro. Con Dejen todo en mis manos, la novelita de su cuño que leí en diciembre, adherí sin trabas al contingente de sus fieles y casi secretos admiradores.

Dejen todo en mis manos está fechada en 1993, así que fue escrita en la madurez de Levrero. Destaco, entre sus muchas virtudes, dos que saltan a la sensibilidad del lector: la bella sencillez de su prosa y el encuadre tristón e involuntariamente humorístico de su protagonista. Cierto que abundan las historias de escritores fracasados o, si no fracasados, al menos lo suficientemente amarguetas como para llevarnos al sinsentido de la existencia y demás arañas. En el caso de este relato, el protagonista es un escritor de medio pelo, un hombre que ha hecho su chamba sin recibir mucho a cambio, ni dinero ni fama. La novela empieza por ello en un momento crítico: el novelista necesita un poco de plata para sobrevivir, y es por esto que acepta un ofrecimiento de su editorial: por dos mil dólares, accede a buscar al autor de un manuscrito sin firma.

No es común que en las editoriales aterricen propuestas deslumbrantes, pero aquí lo que detona el desarrollo de la acción es un gran libro. El editor sabe que se trata de una obra valiosa, e invita al protagonista, también escritor, a emprender la búsqueda mercenaria del autor desconocido. Están en Montevideo, “y aquí no existe la profesión de escritor, y el escritor está obligado a hacer cualquier cosa, excepto —naturalmente— escribir, si quiere seguir sobreviviendo”.

Cuando lee el manuscrito confirma que, en efecto, el desconocido es mejor que García Márquez (sic): “El argumento estaba construido en torno a un protagonista más bien contemplativo; y esa contemplación se refería mayormente al progresivo derrumbe de nuestras instituciones, nuestros valores, nuestra economía y nuestra cultura (…) Pero había mucho más, una visión profunda del mundo y del ser humano, e incluía piedad por el ser humano, reafirmación del individuo y exaltación del espíritu”.

El protagonista sale, pues, a la caza del fantasma que escribió tal maravilla. Su olfato lo lleva a un pueblo olvidado de la provincia charrúa, y es allí, mientras se desarrolla la pesquisa literaria, donde vemos que se despliega la personalidad del sabueso, su mirada sardónica de la vida y el tremendo imán que tiene la cercanía del amor descubierto a los tumbos en la aventura.

Dejen todo en mis manos es una gran novela. La leí y de inmediato sentí que le debía este piropo.


sábado, enero 23, 2021

Diálogo con el Vikingo

 











Dos libros más de Saúl Rosales han salido espalda con espalda, simultáneamente. Son Sor Juana en un vitral y Jesús Morales Hernández. Un vikingo en la guerrilla urbana. Ambos comenzaron a circular en noviembre y ninguno ha sido presentado por la razón que todos conocemos. Espero que este 2021 no avance tanto sin abrir la posibilidad de reunirnos para presentar libros pendientes y todo lo demás. Sor Juana en el vitral fue editado por Ruth Castro, y por mí Un vikingo en la guerrilla urbana. Ambos libros están disponibles en El Astillero, librería ubicada en la avenida Morelos entre Ildefonso Fuentes y Leona Vicario. Quiero por ahora detenerme brevemente en el segundo.

Saúl me pidió que escribiera el texto de la contratapa, y esto así: “En los sesenta y setenta el sistema político mexicano mostraba a plenitud su verdadero rostro autoritario y cerrado. La autodenominada ‘familia revolucionaria’ se había petrificado en el poder político-económico y cada seis años echaba a andar la maquinaria electoral que paría otro sexenio autoritario, cerrado y cada vez más rapaz. Debido a este contexto y con el fresco ejemplo de Cuba en la mente, muchos jóvenes de nuestro país fueron forzados a tomar el camino de la lucha armada en sus dos vertientes: la rural y la urbana. Estos jóvenes radicalizados en su deseo revolucionario fueron brutalmente perseguidos por el régimen que, por supuesto más numeroso y mejor armado, en muchos casos los alcanzó para luego someterlos a torturas indecibles y, en buena parte de los casos, matarlos/desaparecerlos. Jesús Morales Hernández es uno de aquellos jóvenes. Su ejemplo de idealismo, su temprana y sólida convicción política, lo llevaron a la prisión y al horror de la tortura. Como él, y éste es su triunfo, muchos jóvenes aceleraron la erosión del sistema político que de otra manera no hubiera cambiado ni un milímetro. Un vikingo en la guerrilla urbana, diálogo del exguerrillero con Saúl Rosales, testimonia que aquellas luchas, por heroicas, jamás deben ser olvidadas”.

Este es el segundo libro que el autor de Autorretrato con Rulfo ofrece sobre la guerrilla mexicana de los sesenta-setenta. El primero fue El Guerrillero, un acercamiento a la vida de Raúl Florencio Lugo, quien en su juventud, el 23 de septiembre de 1965, formó parte del grupo que emprendió el Asalto al Cuartel de Madera, en Chihuahua, hecho que hacia 1967 documentó profusamente otro lagunero, el profesor José Santos Valdés.

En Un vikingo en la guerrilla urbana, Rosales vuelca una larga entrevista sostenida con Jesús Morales Hernández, quien vive en Guadalajara. El motivo principal que derivó en la hechura del libro fue expresado sin rodeos por el entrevistador en el mismísimo arranque de la introducción: “Desde los primeros años de la guerrilla socialista, la rural y la urbana, he sentido la necesidad de purgarme del sentimiento de haber andado por caminos que sólo espinaban con las incomodidades convencionales de la militancia en la izquierda mientras un puñado creciente de jóvenes llevaba al grado heroico su compromiso con el pueblo. Esta obra intenta satisfacer tal necesidad”.

Las páginas de Un vikingoVikingo es el apodo de Jesús Morales— en la guerrilla urbana recorre, en efecto, el difícil camino elegido en la juventud por alguien que a la fecha puede contar de qué estaba hecha la realidad en aquellos años políticamente tortuosos, duros sobre todo para quienes se radicalizaban en su lucha por alcanzar cambios sociales.


sábado, enero 16, 2021

A merced


 






La metáfora del Big Brother suponía un estado totalitario, vigilante e intimidador. La idea era un tiro directo, ni siquiera chanfleado, contra el fantasma del estalinismo que poco a poco, en los tiempos de Orwell, luchaba por dominar una parte significativa del mundo. Caído en desgracia, el fantasma (por un tiempo rojo) del gran hermano pasó a desvanecerse, a desaparecer durante diez o quince años hasta la popularización de los celulares inteligentes, esos aparatos que nos acompañan incluso a, literal, cagar. No fueron las computadoras ni el internet en sí los que potenciaron el renacimiento del Big Brother, sino los móviles que, como su nombre lo indica, pueden moverse y hacer de la portabilidad el más grande invento de la comunicación humana hasta la fecha: con un celular en mano, cualquier sujeto puede estar en contacto con el mundo, enterarse de todo.

Esta ventaja sobre todos los demás sistemas de comunicación inventados por el ser humano ha hecho del smartphone una tremenda fuente de placer, lo ha convertido en el fetiche erótico más sofisticado de la vida contemporánea. En un celular está todo: mi trabajo, mi música, mis textos, mis amigos, mis fotos, mis agendas, mis transas, mis pasiones, mis ahorritos, mis compras, mis preferencias ideológicas, todo, absolutamente todo. Un celular es, así, el alma y el cuerpo vicarios de su dueño, de ahí que cuando nos lo roban, lo perdemos o lo olvidamos en casa o en el auto, una emoción muy cercana al desamparo nos invade y sólo es posible evaporarla con la recuperación del objeto, como si con ello nos volviera el alma al cuerpo.

La ventaja de llevar nuestra existencia en la palma es, mirado así, un privilegio que alcanzó el homo sapiens desde que buscó comunicarse con señales de humo o de tambor. Por fin podemos saber todo, hasta la ruta por la que vamos al súper, lo que ha abatido las enormes lagunas de incertidumbre que hasta la llegada del celular parecían infranqueables. Imaginemos a cualquier peregrino o navegante de la antigüedad, digamos que del siglo XVI: al salir, no sabían con exactitud nada. Se despedían de sus seres queridos y si el viaje duraba semanas, meses, años, no había en el ínterin ni una foto, ni una palabra, nada que diera noticia sobre el paradero del viajante. Asimismo, en el camino los viajeros accedían a mares sin nombre, a geografías vírgenes en las que todo era desconocido y por ello amenazante. El hombre se movía a oscuras, su vida diaria era un permanente especular sobre lo ignoto.

Hoy, si queremos saber el clima de cualquier parte del mundo, abrimos la aplicación. Lo mismo si queremos saber una definición, leer una noticia, conocer un precio, saber qué rostro tiene alguien. Esta ventaja, sin embargo, nos ha puesto de frente a un Big Brother que no requiere hacernos manita de puerco para que soltemos información: nosotros mismos, hechizados por la utilidad/vistosidad de las aplicaciones, somos nuestros propios delatores, y un gran hermano, Facebook o Google, da lo mismo, sabe gracias a nuestra propia iniciativa todo lo que nos atañe.

El debate sobre el agandalle de datos privados es una necedad de estos días, pues no hay duda de que es necesaria una escalera grande y otra chiquita para luchar contra las grandes corporaciones internéticas. Temo que nos apasiona estar a su merced, saber que con sus algoritmos se anticipan a nuestros gustos. No digamos pues que nos vamos de Whatsapp o de Tiktok si nos fascina estar allí, delatándonos.


miércoles, enero 13, 2021

Detrás de las páginas

 








Saúl Rosales escribió alguna vez sobre la ambigüedad de la palabra “editar” (del verbo latino edere, producir). Se edita en muchas disciplinas, y esto provoca que, en el estricto espacio de lo libresco, la palabra designe para la mayoría una actividad vaga, incomprensible. Editar libros no es lo mismo entonces que editar en otras actividades. El verbo se usa en el cine para designar al especialista que se encarga de ensamblar de manera precisa los diferentes fragmentos de película previamente filmados; hasta donde sé, es un trabajo delicado, fino.

Se edita también en televisión más o menos con el mismo sentido que en el cine, aunque, por la velocidad que atañe al medio, sin el esmero artístico supuesto por esta labor en la industria cinematográfica. De unos años a la fecha, también hay editores y edición, así llamados, en el contexto de los periódicos, aunque es válido creer que dicho trabajo existió siempre: a cierta persona se le encomendaban una o varias secciones del diario y fungía como “jefe de sección” o algo parecido, pero no recuerdo que en nuestra lengua se le llamara “editor”. Un ejemplo más de trabajo editorial es el articulado en el espacio académico: cuando alguien coordina un libro colectivo, una investigación a varias voces, no es infrecuente que al final, en el libro, su crédito sea el de “editor”; también lo llaman, indistintamente, “coordinador”. Menciono por último que por allí puede haber editores de fotos, especialistas en pulir imágenes con programas como Photoshop y otros.

Este uso amplio del sustantivo “editor” y del verbo “editar”, como dije hace dos párrafos, aumenta la ambigüedad en la percepción social del trabajo editorial en el ámbito de la publicación de libros. ¿Qué hace un editor?, podrán preguntarse los curiosos. La respuesta no puede ser contundente, pues aun en el plano de lo libresco el trabajo editorial puede tener diferentes niveles de involucramiento con la meticulosa chamba de producir un libro. Pensemos, grosso modo, en los tres que ahora describo.

Un editor puede ser el creador de un catálogo, una especie de somelier de obras viables para la publicación. Es de suponer que este editor alguna vez se involucró en el proceso de edición a ras de suelo, pero en cierto momento, ganado ya un prestigio, se dedica a sancionar qué sirve y qué no sirve a los intereses de la editorial para la que trabaja, que en algunos casos puede ser suya. Este editor es un catador, alguien que prueba los libros en Word y califica si tendrán como destino una imprenta o el rechazo. Mientras escribo esto pienso en Jorge Herralde, el capo de Anagrama.

Otro tipo de editor, tal vez de ligas más pequeñas, hace lo mismo que el anterior, pero también se arremanga la camisa para trabajar en la edición en sí: corrige originales, revisa pruebas, maqueta el libro, echa vueltas a la imprenta… Y el último tipo de editor en esta lista demasiado esquemática es el que hace todo: consigue el libro, lo dictamina, lo revisa, lo formatea, diseña la portada, va a la imprenta y a veces termina hasta llevando el libro a las librerías.

El editor de libros (no confundir con el impresor) es un trabajador invisible. Su mayor mérito es no notarse o notarse poco, determinar fuentes, cajas, interlíneas, estructura del libro y portadas sin que al final se note porque todo ha quedado bien. Así como solemos entrar a una casa, sentir agrado y no preguntar por el arquitecto ni por el decorador, igual pasa con el libro. En la arquitectura de las páginas estuvo presente el editor, pero casi no debe sentirse que anduvo por allí.

sábado, enero 09, 2021

Nombres, nombres


 

















Princewill Chigozie Achinulo Ollerbides es el nombre de un joven futbolista que se desempeña en las fuerzas inferiores del club Pachuca. Este dato me fue revelado en un grupo de Whatsapp donde comparto saludos, chistes y noticias con varios futboleros de La Laguna. La ficha de Princewill Chigozie añade que es mexicano aunque nació en Texas, y que tiene 16 años ya entrados a 17. Su nombre, por supuesto, es lo que de golpe llama la atención, y no sabemos si es completamente inventado, artificial, o tiene su origen en alguna lengua poco conocida. Salvo el apellido “Ollerbides”, que muchos hemos visto escrito “Oyervides”, nada nos suena conocido en el nombre del joven, y ese “Achinulo”, por caso, lo mismo podría ser africano o derivado de alguna lengua aborigen americana. Vayan ustedes a saber.

Lo cierto es que la comunicación actual nos ha puesto frente a una onomástica infinita. Para ciertos ojos y oídos atentos es más o menos fácil distinguir, así sea vagamente, rasgos que delatan el origen de nombres y apellidos. Los apellidos más comunes en español son los que, por ejemplo, llevan al final la partícula “ez”, lo que indica patronímico, es decir, que en la antigüedad se formaron a partir del nombre del padre, de modo que la “ez” vendría a significar, pues, algo así como “hijo de”: Gutiérrez es hijo de Gutierre, Pérez es hijo de Pero, Fernández es hijo de Fernando, Hernández es hijo de Hernán, Martínez es hijo de Martín, Sánchez es hijo de Sancho (como Panza, el del Quijote), López es hijo de Lope, Núñez es hijo de Nuño, Jiménez es hijo de Jimeno, Rodríguez es hijo de Rodrigo, Ramírez es hijo de Ramiro, y así muchos. Es de observar que a la fecha sobrevive el patronímico, pero en varios casos no el nombre del cual derivó, pues ya nadie o casi nadie se llama Gutierre, Pero, Sancho, Lope o Nuño. En otras lenguas ocurre más o menos lo mismo: Johnson es el hijo de John (John+son), o Fitzgerald, el hijo de Gerald.

Alex Grijelmo habla en alguno de sus libros sobre los cromosomas de las palabras. Son más o menos esos rasgos de los que hablo, como marcas que las palabras tienen y ayudan a identificar su origen; en el caso de los nombres propios esto es a veces muy evidente. Muchos nombres y apellidos de origen griego tienen facha de plurales por la “s” final: Sócrates, Aristóteles, Onassis, Papadópulos, Papadakis. Varios nombres de origen latino exhiben un diptongo (unión de dos vocales), como Flavio, Sergio, Manlio, Emilio, Aurelio (que tiene dos diptongos). Los nombres propios de origen hebreo llevan muy frecuentemente la partícula “el” al final, lo que significa “Dios”: Rafael, Gabriel, Ismael, Manuel, Samuel, Abel, Miguel, Joel. El “berto” de Alberto, Gilberto, Roberto, Heriberto es germánico y significa “brillo, brillante”.

Como me gusta el quechua aunque no sé nada sobre él, salvo que lo hablan en la región andina, disfruto de sus nombres y apellidos. En ellos veo que estallan la “p”, la “t” y la “qu” (con sonido de “k”): Felipe Huamán Poma, Atahualpa Yupanqui, Alejandro Mayta, Ollanta Humala.

De todas las modas nominativas la que menos grata me parece es la que incurre en el abuso de rasgos extraños a nuestra lengua, algunos rayanos en el exotismo. Meter “k”, “h” intermedia, “w” o dígrafos en cualquier lado (como si a mí me hubieran puesto Jaimme, por ejemplo, sólo para obligarme a explicar toda la maldita vida que mi nombre se escribe con doble m) es un preciosismo innecesario, lujo que al final parecerá pifia del registro civil.

En fin, digo lo anterior motivado por el extraño nombre de Princewill Chigozie Achinulo Ollerbides, quien de triunfar en el futbol provocará que en el futuro muchos bebés sean bautizados como Princewill Chigozie Muñoz o Princewill Chigozie Vargas.


miércoles, enero 06, 2021

Dos dedicatorias

 














Dedicar es habitual en el mundo del arte. Suele ser un paratexto inocuo, la mayor parte de las veces un mero guiño afectivo entre el autor y un ser querido o cuando menos apreciado. Acostumbramos, por ello, no poner atención a las dedicatorias, acaso el menos importante de los elementos que aderezan la creación artística. Ya Hugo Hiriart escribió un texto insuperable —insuperable por su humor y su agudeza— sobre el “Arte de la dedicatoria”. Aparece en el libro Disertación sobre las telarañas (Martín Casillas Editores, México, 1980), y en él discurre el ser de la dedicatoria, por decirlo con flequillo mamonamente filosófico. No amplío al respecto, sólo reitero que es el mejor texto que he leído sobre las características de la dedicatoria.

Me vino Hiriart a la cabeza porque recién, al repasar el libro Tango: discusión y clave (Losada, Buenos Aires, 1997; la primera edición data del 63), de Ernesto Sábato, reencontré su bella dedicatoria a Borges, y me pareció percibir una suerte de eco. Losada presenta esa dedicatoria en forma de caligrama: la tipografía, quiero decir los renglones, construyen la silueta de una guitarra, y en ella el autor de Sobre héroes y tumbas expresa lo siguiente: “Las vueltas que da el mundo, Borges: Cuando yo era un muchacho, en años que ya me perecen pertenecer a una especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires: en viejas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que en la tardecita puede contemplarse en algún charco de las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños, ya directamente, ya con el pretexto de Shopenhauer o Heráclito de Efeso. Luego, años más tarde, el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que quieren. Y ahora, alejados como parece que estamos (fíjese lo que son las cosas), yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló”. Ignoro si esta dedicatoria apareció en la primera y en la segunda ediciones, o sólo en la segunda, la que tengo.

En 1960, Borges había publicado El hacedor. Lo dedicó a Lugones con una página que no vacilo en calificar de perfecta. Entre otras palabras, dice: “Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría. En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no era la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

Sólo marco una curiosidad, no revelo nada importante. En ambas dedicatorias hay al menos seis elementos afines: inusual extensión larga, cierta descripción de la urbe, un sueño, admiración del autor al dedicatario, una relación algo tirante entre ambos y deseo del autor de que la obra complazca al amigo.

Y presiento una semejanza adicional: en ambas veo genuino afecto.


sábado, enero 02, 2021

Planes de lectura

 









El final y el principio de los años abre siempre una rendija al diseño de planes. El que más sirve para el choteo es el proyecto de hacer dieta y ejercicio, y ciertamente no es de poco valor si consideramos la tendencia general al sedentarismo provocado sobre todo por el uso de computadoras. No está mal, por esto, vislumbrar un programa aunque sea laxo de buena alimentación y actividad suficiente para oxigenarse y fortalecer el esqueleto. Igualmente, no está mal la planeación de algún ahorro y otros propósitos habituales en el proyectismo de enero. Ya verá cada quien qué tanto cumple y qué tanto no.

Uno de los planes menos recurrentes en el arranque de los años es el de leer. No lo digo por quienes ya de por sí leen, sujetos que con plan o sin plan mostrarán avidez por encarar renglones, ni por aquellos que rechazan la lectura como si pegara lepra, sino por las personas que oscilan entre el deseo ferviente de leer y no lo cristalizan porque la vida suele torcerlos hacia otras actividades. A tales personas desean encontrar los tres párrafos siguientes.

Cuento un par de experiencias cercanas, ambas muy distintas. En 2019 pensé en un plan de lectura diversificado por géneros. Me propuse leer novelas, cuentos, ensayos y poesía casi por igual. No lo cumplí, me hice trampa. Ya para marzo de ese año había leído algunas novelas y varios ensayos, pero pocos cuentos y menos poesía. Terminé leyendo 22 libros de ensayo (tres editados por mí, y también los cuento pues incluso suelo leerlos al menos dos veces), 12 novelas, como 80 cuentos de distintos autores y muchos poemas en desorden. Tuve por primera vez la precaución de anotar cada avance y al final obtuve una sensación mixta: por un lado, me alegró el dividendo; por otro, me apuró como siempre el caos de mi vida y mis lecturas.

La segunda experiencia que comparto se dio en el 2020, año de la pandemia. No sé por qué no seguí el método trazado un año antes, y comencé a leer como lo había hecho siempre: movido por el pálpito, por la corazonada de que debía leer tal o cual libro, y no otros. Así el procedimiento, llegué a diciembre sin saber con claridad qué tantos autores y de qué géneros había leído. No sé si leí más que en 2019, pero supongo que no. Sé, eso sí, que fue un año de radicalización en cuanto a la edad de los libros. Procuré negarme a la lectura de novedades y hundí la mirada casi exclusivamente en obras de cierta edad, una especie de fetichismo que me llevó a rechazar lo recién hecho y respetar lo ya cuajado, lo ya destilado por el paso de los años. Francamente, el método de 2020 no me gustó, pues le abrió en exceso la manga al capricho y al desorden.

Por todo, no recomendaría un plan de lectura demasiado rígido, pero tampoco permitir que el solo azar haga de las veleidosas suyas. Creo que el mundo actual es muy hábil para distraernos, para sujetarnos de las solapas y retener nuestra mirada en tonterías de redes sociales y demás pérdidas miserables de tiempo, así que, para dar la batalla, es prudente un mínimo trazado de proyectos. Pensar al menos, no sé, en dos libros al mes, y campechanear los géneros y los autores con una pizca de orden, será como prometerse caminar media hora todas las mañanas, un propósito asequible, y no ganar el maratón, un disparate que desde ya vamos a incumplir. Suerte con su lectura.