sábado, febrero 11, 2023

Ramón por Vicente


 











Sólo yo sé, y basta con eso, que desde hace muchos años vuelvo cada tanto a la obra y a la vida, en este orden, de Ramón López Velarde. No hace mucho, en 2021, me sumé al centenario de su muerte con un apunte del tipo que aquí mismo vamos leyendo, y hoy reincido con impulso análogo: no como especialista, obvio, sino como mero admirador del poeta nacido en Jerez, Zacatecas, hacia 1888. Digo pues que vuelvo a López Velarde pero esto no es verdad: más bien, él, su pegajosa obra, vuelve a mí, me reencuentra cuando veo unos “ojos inusitados”, cuando siento que algo tiene “el aroma del estreno” o cuando pienso en mi “costumbre heroicamente insana de hablar solo”. En otras palabras, esas frases y muchas más me reaparecen quizá por su misteriosa perfección, quizá por no sé qué.

Y como la resonancia de esas palabras se reitera con terquedad de ola dentro de mi cabeza, no es infrecuente que lea o relea algo de o sobre el poeta. Es el caso de El fantasma de la prima Águeda (El Colegio Nacional, Colección Opúsculos, México, 2018, 103 pp.), de Vicente Quirarte, él sí especialista en materias lopezvelardenas. Fue este título, claro, uno de los varios que aparecieron como prámbulo a la recordación del mencionado centenario que, dada la pandemia, se desarrolló en su mayor parte mediante conferencias y mesas redondas por la vía virtual. Por cierto, una de aquellas conferencias (disponible en el archivo de YouTube) es la que el mismo Quirarte ofreció con el título homónimo del libro que aquí me ocupa.

El fantasma de la prima Águeda contiene cinco ensayos, uno de ellos el que sirve de base, insisto, a la conferencia recién mencionada. Los otros son “Poeta en la Rotonda”, donde Quirarte reconstruye el shock que provocó la muerte sorpresiva, a sus breves 33 años, del autor de Zozobra. Entre otros comentarios, el ensayista recuerda, un poco en clave de crónica, el viaje a Jerez para ver aparecer la llegada, el 15 de junio de 1988, del centenario de quien sería luego bautizado como Ramón Modesto López Velarde Berumen; aquella noche, entre mezcal y mezcal, resistieron pacientemente, escribe Quirarte, “las horas que mediaban hasta la una de la mañana en que se echaron a vuelo las campanas de todos los templos para celebrar la llegada al mundo de un poeta que sólo nace cada siglo”.

El segundo ensayo, titulado “Esbozos para un retrato”, apela a la imaginación para construir, en estampas cortas, diferentes momentos en la vida del poeta, su nacimiento, sus caminatas por la ciudad de México, su diálogo con los jóvenes poetas Novo y Villaurrutia, el luto de su “viuda” Margarita Quijano. Luego, en “El fantasma de la prima Águeda” subraya la importancia de tal poema como santo y seña para ingresar al mundo de López Velarde, a su relación de cercanía-distancia con las mujeres, a su incandescente celibato.

Los últimos dos ensayos son “El poeta en la prosa” y “Una mitología llamada Ramón López Velarde”; el primero, imagina al jerezano metido en una reflexión sobre la prosa parca, contenida y, a decir de algunos, perfecta de Torri. El segundo y final trabaja sobre la curiosidad, que con el paso de las décadas devino mitología, que ha despertado la biografía de López Velarde.

El fantasma de la prima Águeda se suma pues a los muchos libros de aproximación a un sujeto y a una obra tan entrañables como incitantes.

miércoles, febrero 08, 2023

Ya el número 89 de Acequias

 











Acequias, revista de acceso libre en la web de la Ibero Torreón, señala en el editorial de su número más reciente, el 89, que siguen pasando los años y no desaparece la realidad violenta del país. Más, ni siquiera amaina, y los focos rojos mueven a zozobra y reflexión permanentes. En el norte, centro y sur de la República hay diarios ejemplos de desbordamiento, tanto que cada vez se torna más difícil animarse a viajar por carretera ante la eventualidad de topar con desaguisados, casi como si los grupos criminales se hubieran apoderado poco a poco del espacio público. Hay, claro, entidades en las que se ha llegado al colmo de la barbarie, zonas en las que no es infrecuente el caos derivado de la quema de transportes y negocios cuyo fin es aterrorizar a la población.

Todo esto ha sido y es consignado por el periodismo, profesión que por naturaleza toma el pulso de la realidad y se convierte con el tiempo en fuente de documentación para el trabajo académico. De estas dos actividades —la periodística y la académica— nos hablan los cuatro primeros textos de este número de Acequias. “La memoria y el periodismo como instrumentos de denuncia”, del periodista Luis Alberto López, plantea el imperativo de indagar sin pausa, en una lucha siempre desigual contra el olvido, los casos de desaparición que lamentablemente se cuentan por miles en nuestro país. Por su parte, Fernando Javier Araujo, maestro e investigador de la Ibero Torreón, colabora con “El compromiso de las ciencias sociales ante las violencias”, aporte que enfatiza la importancia de trabajar (para explicarlo y combatirlo) el fenómeno de la violencia. Asimismo, Fernando Fabio Sánchez explora el tema de las agresiones de género cuya mayor consecuencia es el feminicidio. Por último en este segmento de la revista, Laura Elena Parra López comenta un libro de Ryszard Kapuscinski, uno de los periodistas más respetados y leídos del siglo XX.

En Acequias 89 se evoca a Gilberto Prado Galán, escritor lagunero que murió en 2022 y fue maestro de la Ibero Torreón y colaborador de esta revista. También, un ensayo de Saúl Rosales sobre la peculiaridad estilística de Juan Rulfo, y otro de Gerardo Segura sobre las mutaciones de la educación sentimental basada en la música popular.

Cinco estampas sobre La Habana facilitadas por la escritora cubana Dazra Novak, un apunte de Cecilia Sabag sobre los nuevos códigos de comunicación en las redes y un emotivo poema de Jorge Valdés Diaz-Vélez complementan los contenidos de este número con el que despedimos al 2022.

sábado, febrero 04, 2023

Lev en modo aforístico


 











Porque no los tengo a la mano, no pude cotejar los Diarios de León (o sea Lev en ruso) Tolstoi con el titulado Aforismos (Fondo de Cultura Económica, 2022, México, 302 pp.) que he hojeado esta semana con placer. Los Diarios, esto sí lo recuerdo, fueron editados por el Conaculta y Era en dos tomos, y cuando les eché el ojo, hace ya varios años, los asumí como un modelo de sabiduría inmediata, frontal, sin vueltas, es decir, la sabiduría de un viejo que de todo tiene una opinión si no correcta, al menos siempre atendible y muy humana. También recordé que ambos materiales los preparó Selma Ancira, y junto con Aforismos representan de veras tres pozos de saber expresado en cápsulas.

Son los dos tomos de los Diarios y el ejemplar único de los Aforismos tres libros que es posible leer de orilla a orilla, como una novela, o en los cuales uno puede picotear aquí y allá, saltando páginas en cualquier dirección. Sea como sea, es casi imposible ser defraudado por lo que Tolstoi recogió en el formato del “ensayo en miniatura”, como denomina Gabriel Zaid al aforismo. En el caso del libro del Fondo, debo precisar, por si les interesa, que contiene grageas del propio autor de Guerra y paz intercaladas con pequeñas piezas ajenas y extraídas por él gracias a sus lecturas. En total tiene 31 apartados, reductos en los que se arraciman los aforismos por temas como “El amor”, “La lujuria”, “La vanidad”, “El pensamiento”, “La muerte”. Al final se nos ofrece una ceñida cronología del autor preparada por Ricardo San Vicente.

Más que una reseña al uso, esta veloz introducción desea preparar el terreno al convite de algunos aforismos tolstoianos. Es la manera ideal, en este caso, de sacar tentación al potencial lector, dado que la brevedad de las piezas y su inevitable intención sentenciosa permite el trasiego textual de algunos ejemplos. Veamos pues estos seis y me darán la razón: es un hermoso libro.

“Hay dos maneras de escapar de la pobreza: una, aumentar la propia riqueza; dos, aprender a contentarse con poco. Aumentar la riqueza no siempre es posible y casi siempre es deshonesto; disminuir nuestros caprichos está siempre en nuestro poder y siempre es bueno para el alma”.

“Obligar a la gente por medio de la violencia a hacer aquello que yo considero bueno es la mejor manera de hacer que repudien lo que yo considero bueno”.

“La palabra es la expresión del pensamiento y puede servir para separar o para unir a las personas; por eso hay que ser prudente con su uso”.

“Considérate siempre un escolar. Nunca pienses que estás demasiado viejo para aprender, que tu alma ya es como se espera que sea y no puede ser mejor. Para el hombre sensato no hay un curso final: es escolar hasta la tumba”.

“Una anciana campesina, a unas horas de su muerte, hablaba con su hija de lo contenta que se sentía de morir en verano. Cuando la hija le preguntó; ¿por qué?, la agonizante respondió que estaba contenta porque en invierno es difícil cavar la fosa y en verano no. Para la anciana era fácil morir, porque hasta su último momento pensaba no en ella, sino en los demás”.

“Si alguien dice que al hacer el bien se siente infeliz, eso significa que lo que él considera el bien no es el bien”.


miércoles, febrero 01, 2023

Cierta sufijación








El gentilicio, ese adjetivo formado con el nombre de lugares, tiene un montón de variedades sufijatorias: paris-ino, canadi-ense, israel-ita, marroqu-í, congo-lés, madri-leño, rus-o, alem-án, chil-eno, mexic-ano, etcétera. Otros adquieren formas extrañas, como vallisoletano (de Valladolid), onubense (de Huelva), sardo (de Cerdeña), bordelés (de Burdeos). Tengo para mí que en México hay cuatro muy difíciles de adivinar para cualquier extranjero: los gentilicios de quienes nacieron y/o radican en Piedras Negras, Aguascalientes, Monterrey y Gómez Palacio. En lugar de “piedrasnegrense”, “petrinegino”, “petronegrita”, “piedrinegreño”, etcétera, los de allá han elegido “nigropetense”; en lugar de “aguascalentense”, “aguascalentí”, “acuicaldoso”, “aguascalentés”, “aguascalentita”, los de allá han elegido “hidrocálido”; en lugar de “monterreyeno”, “monterreyita”, “monterreyense”, los de allá han elegido “regiomontano”; y en lugar de “gomezpalaciense”, “gomezpalatí”, “gomezpalateño”, “gomezpalaciego”, los de aquí hemos elegido el campanudo “gomezpalatino”. En fin, cada quien sus lujos. Y por último: los gentilicios siempre (siempre) deben ser escritos con inicial minúscula: “La banda Sinalense deleitó a la selecta concurrencia” (incorrecto); “La banda sinaloense deleitó a la selecta concurrencia” (correcto). Otro detalle: los gentilicios no sólo se aplican a personas (“El honrado político atlacomulquense”), sino también a cosas o ideas (“el barco salvadoreño”, “la literatura noruega”).

La elección del sufijo para los gentilicios es una convención, e incluso pasa que el topónimo desaparece por completo y se prefiere una forma distinta, como pasa con “complutense”, que es el oriundo o lo relacionado con Alcalá de Henares, España, donde nació Cervantes, ciudad que durante la conquista románica se llamaba “Complutum”, y algo similar ocurre con “hispalense”, de Sevilla, ciudad que se llamaba Hispalia.

Y ya que mencioné a Cervantes, también de personajes (sustantivos) se derivan adjetivos. Así, de Marx, “marxista”; de Copérnico, “copernicano” y demás. De Cervantes se derivó “cervantino”, y así bautizaron al festival guanajuatense. Por ello fue, es y será un disparate decir, sólo por copiar de manera servil, “lerdantino” cuando ya existía, obvio, “lerdense”.


sábado, enero 28, 2023

Una mirada a la mirada vacía

 


















La poesía es un atlas en el que todas las zonas de la sensibilidad humana encuentran acomodo. Su despliegue de temas, formas, ritmos y, en general, tratamientos da para pensar en un catálogo cuya amplitud desborda los límites que queramos imponerle. Así entonces, ¿cuál es la materia del hacer poético? Todo, tanto lo visible como lo invisible pueden hallar acomodo en el verso y por ello no está afuera, sino dentro del poeta, en su elección, qué franja de la realidad escoge para convertirla en producto artístico y qué forma le dará.

De a poco la mirada se queda vacía (Ayuntamiento de Torreón, Colección Viento y Arena, Torreón, 2022, 69 pp.), segundo libro de Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998), es, como Estar de paso, su primer libro, un viaje, aunque en este caso con un propósito distinto. Mientras en aquél indagaba en una diversidad de motivos observados para insinuar que todo puede ser tan asombroso como pasajero, en Da a poco la mirada se queda vacía (título que no ha terminado por gustarme) hunde su sentimiento, al menos en su primera parte, hasta el hueso de la desolación sin chantajearnos. La sola evocación de ciertas situaciones vinculadas con la barbarie nuestra de cada día da pie al estremecimiento, a la sensación de que hemos estado cercados por la desgracia y el espanto casi hasta inhabilitar nuestra capacidad de asombro y rabia, como si nuestro costado sensible se hubiera secado, como si nuestra mirada poco a poco se hubiera quedado vacía.

Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998) es egresado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su poesía ha aparecido en distintos medios físicos y digitales como la revista Acequias, de la Ibero Torreón, y Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, así como en los portales Red es Poder y Bitácora de vuelos. Ha publicado reseñas y artículos para la revista Siglo Nuevo. En 2022 publicó el poemario Estar de paso. Actualmente es docente en materias de humanidades para bachillerato. Desde hace seis y tres años, respectivamente, participa en los talleres literarios del Teatro Isauro Martínez y de la UAdeC.

Su nuevo libro, el que hoy nos reúne, ha sido compuesto en dos secciones: la primera es “Sólo la sangre convertida en espejismos” y, la segunda, denominada de manera idéntica al título del libro. Sin malquerer a los poemas de la segunda estancia, me gustan más los de la primera, que es breve. Este par de espacios es complementado por un apéndice llamado “Notas” que quizá sea prescindible pues supone, así sea levemente, una información que quizá ni los poemas ni el lector demandan. En todo caso, si se deseaba una más fácil inteligencia de los poemas, quizá hubieran servido marcas más enfáticas pero colocadas dentro de los mismos versos. Las “Notas”, pues, pudieron omitirse, y más la primera, pues su redacción es menos que deficiente.

Ahora bien, De a poco la mirada se queda vacía contiene piezas estremecedoras en su sobriedad formal de verso corto e imágenes despojadas de retórica. Para marcar la tesitura desgarrada del libro fue harto pertinente ubicar como pieza de apertura el poema “Italia Inn”. Tal vez en otros lugares no lo sepan, pero para nosotros ese par de palabras representa el parteaguas que nos lleva a recordar un hecho siniestro en el que llegamos a la sima (no es errata) de la seguridad en la región. Aquella noche fatal, como sabemos, cerca de veinte personas fueron acribilladas en la quinta Italia Inn, donde se celebraba una fiesta. Los versos del poema hacen un paneo hacia aquel pasado bestial que nos mancha hasta el presente, de ahí los primeros versos en los que refulge el adverbio de continuidad “todavía”:

 

y todavía se puede escuchar

la música saliendo de las paredes

el acordeón que se expande en la memoria

 

En “Noche de abril”, el segundo poema, se fija en nosotros la imagen de una foto abrumadora en su terrible contexto, la de Debanhi cerca de la carretera y en espera de algo que, en ese momento, ya era la muerte sin que ella lo supiera. Alfredo Castro enuncia esto con una imagen familiar en la que, finalmente, la desgracia guarda distancia y se asienta en nosotros sólo como color-luz en la pantalla:

 

Mi madre ve la televisión al día siguiente

(sigue siendo abril y sigue siendo de noche)

 

                   qué foto tan triste

                   me dice

 

                                      apaga la pantalla (y se apaga el mundo)

                            y se va a dormir

 

Los poemas se suceden y quedan impregnados de un líquido verbal rojo, como si este color fuera el más característico de nuestro tiempo. Adrede, el titulado “Mayhem” instala su mirada en un hecho más lejano tanto en el tiempo como en el espacio, el suicidio de un cantante del rock ubicado en el llamado “black metal”, vertiente que, si no me equivoco, se caracteriza por hacer apología adolescente y teatralizada, por no decir burda, de todo lo que implique el Mal con mayúscula y representado en figuritas diabólicas y sanguinolentas. La presencia de este poema puede sentirse como una ampliación del rango espacial y temporal del libro: las calamidades de la violencia y el derrame de sangre no tienen fronteras en el mundo.

La segunda sección es más diversa, sin un hilo conductor visible en lo inmediato, y en ella incluso aparece un esbozo de sonrisa gracias a un texto, el fraguado en prosa con el título “El ojo que ves”. Si ya produjo esta pequeña obra maestra en la más inmediata cotidianeidad, no veo la razón por la que Alfredo no busque más acercamientos como éste, en pasmada prosa de género difuso. O también el poema dedicado a Silver King, el luchador lagunero que perdió la vida en Londres, tema que da pie a Alfredo para encontrar inusitados paralelismos entre nuestra región y un más allá geográfico.

Felicito a Alfredo Castro por este nuevo libro. Sé que sus lectores hallarán en él versos que serán como pinchazos de alfiler en la memoria.

Comarca Lagunera, 26, enero y 2023

Texto leído en la presentación de De a poco la mirada se queda vacía celebrada el 26 de enero de 2023 en la casona de cantera del Instituto Municipal de Cultura y Educación (Juárez y Colón, Torreón). Participamos el autor, Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo y yo. El libro está disponible en el IMCE con la escritora Nadia Contreras, actual responsable de literatura en esa institución municipal.

miércoles, enero 25, 2023

Portación de cara

 








Y recordé que hace tiempo fui testigo de una escena triste en el supermercado. Un par de empleados interrogaba con cierta dureza a un cliente como de sesenta años, moreno, algo sucio de la ropa y poco aliñado en general. Le reclamaban haber abierto un pequeño contenedor de galletas. El hombre se defendía y aseguraba que el producto ya estaba abierto. Uno de los empleados aseguraba lo contrario e insistía que él vio el momento en el que el paquete de galletas fue abierto. “Lo tiene que pagar”, dijo. El cliente respondió luego: “Ya estaba abierto, sólo tomé una galleta”. “Lo tiene que pagar”, remató el empleado. Sin escapatoria, el hombre sacó la cartera de su bolsillo y quiso pagar de inmediato. El empleado se negó a cobrarle allí y se dirigió con él hacia una caja. Al final tuve la impresión de que, dada la apariencia del sujeto, lo siguieron con las cámaras desde que entró. El hombre cometió un error sin saber que desde su llegada al súper ya había sido fichado por el delito de portación de cara.

Se dice que en México no hay racismo, pero esto es sólo una superstición republicana. Sin llegar a los extremos de países en los que las tensiones discriminatorias han llegado a la violencia, en nuestro país es suficiente la apariencia para ser colocado en una zona de minusvaloración de la cual es casi imposible escapar. Cierto que la discriminación por raza es quizá menos severa que la establecida a partir de la condición económica, pero esto no significa que el color de la piel no gravite a la hora de crear crueles estereotipos. Tal es la razón por la que algunos programas o reels, como los llaman ahora, destaquen el color moreno para construir chistes en los que la piel oscura se asocia indefectiblemente no nada más a la pobreza, sino también a la ignorancia, el mal gusto y la barbarie.

Y a propósito de esta mirada cada vez más torcida en el humor actual, quizá sea pertinente reflexionar, como quedó insinuado líneas atrás, en la orden que acatan todos los sistemas de seguridad para seguir con las cámaras a tales o cuales sujetos específicos. Con esto podríamos saber si uno es una persona que entra, por ejemplo, al mall y resulta celosamente observado o, al contrario, considerado no preocupante.

domingo, enero 22, 2023

Europa 2022

 











Más de dos meses después y ya en el comienzo de este 2023 he podido revisar las fotos del viaje a Europa compartido con Maribel entre octubre y noviembre del año pasado. Lo digo de antemano: fue espléndido, pero menos por la estancia allá que por haberlo vivido junto a ella.

No dejaré de repetirlo: sé que para muchas personas es común viajar y cada vez son más frecuentes los amigos que en sus redes nos comparten, con legítima, con justificada alegría, recorridos lejanos y a veces lujosos. En nuestro caso asumimos el periplo europeo como una aventura largamente soñada y preparada, y así nos fue, de maravilla.

Ambos, Maribel y yo, sabíamos que cada momento de esta experiencia debía quedarse en nuestra memoria, que no podíamos desperdiciar ningún minuto del paso y la estancia por allá. Si estábamos siendo privilegiados con algo así, juntos debíamos disfrutarlo y agradecer a la vida por la oportunidad, y todavía es hora que en las sobremesas evocamos algún pasaje del hermoso recorrido que nos obsequió el destino.

Todo comenzó el lunes 24 de octubre en el aeropuerto Francisco Sarabia, de Torreón. Volamos a la Ciudad de México y de inmediato abordamos la conexión a Madrid. El cruce del Atlántico, pese a las muchas horas que demanda, se desarrolló sin que lo sintiéramos pesado, pues nos tocó un asiento triple que nos permitió pernoctar (per-noctis, pasar la noche) con más espacio. Llegamos a Madrid y en taxi nos trasladamos al hotel Mayorazgo, casi al lado de la gran Gran Vía. Desde ese punto de operaciones hicimos nuestras caminatas por el centro de la capital española. Ofrecí allí, en la Embajada de México en España, la conferencia que amablemente me organizó el Instituto Cultural de México en España, donde saludamos a mi amigo y paisano Jorge Valdez Díaz-Vélez, poeta y exdiplomático, con quien luego departimos en La Pecera del Círculo de Bellas Artes.

En Madrid (que yo ya conocía) mostré a Maribel los sitios de mayor celebridad: la Cibeles, la Puerta de Alcalá (en reconstrucción), la Plaza del Sol (también en reconstrucción), la Plaza Mayor y un montón de recovecos ubicados en sus inmediaciones. Comimos de todo, paella, pizza, hamburguesas, e incluimos en nuestras ingestas unos churros —los del establecimiento Maestro Churrero aledaño a la plaza Jacinto Benavente— que hace doce años probé y quise que Maribel también insumiera dada su devoción fanática por la harina. Madrid fue el único lugar donde compré libros (siete, en Casa del Libro y El Corte Inglés), pues el viaje no había sido preparado para cargar papel.

Luego de Madrid viajamos a Burgos, una hermosa ciudad de Castilla-León, la cuna de mi admirado Alex Grijelmo. Su catedral gótica, llamada Catedral Basílica Metropolitana de Santa María, es un portento arquitectónico, y en todo momento tuve presente que no estábamos lejos de Atapuerca, paraje burgalés donde se han encontrado vestigios antiquísimos de civilización, entre ellos el llamado Cráneo 14, el cráneo de “Benjamina” que ha dado pie a la noción de una sociedad ya humana, preocupada por el cuidado del otro, una sociedad donde es posible ejercer la “cuidadanía” (“cui-da-da-ní-a”, no “ciu-da-da-ní-a”) de la que habla en sus libros José Laguna Matute. Viajar por los paisajes castellanoleoneses, riojanos y después navarros fue un privilegio. En un punto sentí, sentimos, que algo de aquellos escenarios naturales se parecía a los que vemos en la carretera de Torreón a Durango o Chihuahua.

Pasamos la frontera y entramos a Francia por los rumbos de Biarritz, ciudad que siempre me recuerda “Tu rastro de sangre en la nieve”, quizá el cuento más largo de García Márquez, y “Habla, memoria”, de Nabokov, pues varias veces allí vacacionó su aristocrática familia. Después paramos en Burdeos, la tierra de otro querido amigo mío: Michel de Montaigne, capo del Renacimiento francés cuyo legendario castillo está por esos rumbos. No desaprovechamos la ocasión para empujar allí un vino bordelés, quizá el más emblemático en la industria vitivinícola de toda la otrora Galia. Luego, al siguiente día, llegamos a Amboise, bellísima ciudad donde comimos en un mercadito similar a nuestros tianguis. Ubicada junto al río Loira, en esta localidad medieval vivió Leonardo invitado por el rey Francisco I. El viejo Da Vinci murió allí hacia 1519, año en el que, por cierto, Cortés comenzó la conquista de lo que hoy es México. En París nos detuvimos tres días, los tres extraordinarios. Hicimos el recorrido de ley por sus puntos más representativos, como la Eiffel, el Sena, el Arco del Triunfo, el Louvre, los Campos Eliseos y (todavía en faraónica reconstrucción) la catedral de Notre Dame, residencia del jorobado victorhugueano. Aprovechamos un medio día para conocer el palacio de Versalles, último lujoso reducto del decapitado Ancien Régime.

Para llegar a Inglaterra usamos el ferry que parte de Calais, al lado de la peliculesca Dunkerque, hasta los acantilados de Dover. La experiencia de atravesar el Canal de la Mancha fue fenomenal, una travesía que da para poco más de una hora de conversación con sándwiches y cafecito. Tres días pudimos estar en Londres. Igualmente, visitamos los puntos emblemáticos (Big Ben, Westminster y Buckingham) y de casualidad, sin querer, la zona financiera donde nos sorprendieron una buena lluvia y vientos destructores de paraguas. También por allí nos internamos al palacio de Windsor, sitio que es museo sin dejar de ser todavía “casa”.

El regreso de la isla británica al continente se dio de nuevo mediante el ferry, monstruo flotante de metal y de concreto. Nos dirigimos a Bélgica, donde paramos en la húmeda y preciosa ciudad de Brujas, enclave chocolatero. De ese punto nos trasladamos a Ámsterdam, donde hicimos también tres días, los últimos de nuestro viaje. En esta ciudad neerlandesa visitamos la fría y portuaria Volendam y las casitas perfectas, estilo Heidi, de Marken, y en el camino hacia esos puntos no pudimos no asombrarnos ante el sistema de canales que hace tan peculiar y productiva a esta nación atestada de bicicletas. Allí también hicimos un paseo en bote, recorrimos una quesería, el mercado de las flores y visitamos una fábrica de joyas que nos confirmó la fama de los nerlandeses en el trabajo del diamante. Debo añadir que en nuestro último día europeo saludamos a mi querida exalumna y amiga, lagunera ella, Idoia Leal Belausteguigoitia y a su hija Ainoa, quienes generosamente nos visitaron desde Eindhoven, donde radican.

El lunes 7 de noviembre tomamos, muy cansados ya, pero felices, el vuelo de retorno a la Ciudad de México desde el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol, y llegamos a Torreón el martes 8 en la mañana. Así como llegué, con jet lag y todo, pasé directo a la oficina de la universidad, y hasta ahora he podido escribir esta apretada crónica de un viaje que Maribel y yo no podremos olvidar.

De nuevo, una disculpa si los aburrimos con nuestra alegría, pero “así fue”, como dijo el músico-poeta de Ciudad Juárez.

Nota. La foto que encabeza este post fue tomada frente al Louvre, en la puerta del edificio que habitó Tolstoi en París.

sábado, enero 21, 2023

Los demasiados Borges en El forajido sentimental



Durante mi estancia de agosto/2011 en Buenos Aires leí tres libros de Fernando Sorrentino: Conversaciones con Borges (entrevista), El crimen de San Alberto (cuentos) y El forajido sentimental (ensayos). De Sorrentino sólo tenía noticias internéticas y amistosamente indirectas, pues fue o es amigo de mi amigo Juan Pablo Neyret; había leído algunas de sus colaboraciones en Espéculo, la revista virtual de la Complutense, y algún otro texto en su propia web. El encuentro con sus libros me deparó (lo digo así, porque así fue) tres alegrías distintas: un diálogo que no terminará con el más grande escritor de nuestra lengua, unos relatos originales y harto divertidos y un lote de lúcidas aproximaciones al poliédrico Borges.

Publicado por Losada en 2011, El forajido sentimental (Buenos Aires, 200 pp.) está dividido en ocho secciones que a su vez contienen, cada una, un número variable de ensayos. El subtítulo aclara el propósito del libro: Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges. En efecto, las de Sorrentino son incursiones, exploraciones, sabrosas y asombradas caminatas por el deslumbrante paisaje que es la literatura de Borges. El autor procura en todo momento, con éxito, un tono amable, inteligente y despojado de la grandilocuencia en la que suele incurrir el ensayismo academicista, ése que abusa de jergas intragables para el mortal de a pie.

Un rasgo no menos destacable es la diversidad de los temas. Dado el complejo pensamiento del argentino estudiado, es gratamente inevitable que los abordajes se disparen hacia rumbos inusitados. Borges está en el centro y de él dimanan ideas que alimentan ideas que alimentan ideas. El enamorado de Borges sabe por qué ocurre esto: no se trata de una literatura que se agota, que termina como terminan otros autores: luego de leerlos. El creador de Ficciones queda en la mente como un tatuaje, y la única forma de sacudirse esa terquedad es volviendo a él mediante la relectura, resignarse a padecer la abrumadora belleza de una obra que es una y muchas a la vez.

En el tercero de los párrafos explicativos del libro, Sorrentino confiesa lo que podría confesar cualquier borgólatra de los miles que en el mundo hay: “Desde entonces, en una especie de enamoramiento eterno, continué leyendo y releyendo, una y otra vez, esas páginas que me ponían frente a una literatura única en el mundo, una literatura que no se parecía a ninguna otra que yo hubiera conocido, y que me proporcionaban lo único que mi abyecta frivolidad anhelaba (y sigue anhelando) hallar en los libros: el placer”.

El placer no es lo único que podemos hallar en Borges, pero sí, en efecto, es el mejor de sus dividendos y por eso la permanente aventura de reencontrarnos con sus páginas, de escribir sobre esa obra dueña de incuantificable poder evocativo. Sorrentino leyó a Borges, lo releyó, lo releyó, y al paso de los años fue escribiendo sus impresiones y sus hallazgos hasta configurar un estimable puñado de ensayos.
Creo advertir que los ensayos cumplen cabalmente con el propósito esencial de este género en el caso de El forajido sentimental: todos hallan o tratan de hallar un pliegue, un dato oculto, un rincón inexplorado de la vasta obra borgeana y sus todavía más vastas consecuencias críticas. Así entonces, en el trayecto vemos algunas zonas desconocidas o poco conocidas, como la falsa atribución que hizo Borges a su traductor en inglés; o la manera risueñamente olvidadiza que el ciego de Buenos Aires tenía para embellecer anécdotas; o la relación a veces buena, a veces mala, de Borges con otros escritores (Arlt, Lugones, el anónimo y peleonero Francisco Soto y Calvo, Cortázar, Sabato, Mallea); o Borges y el futbol; o los textos falsamente atribuidos; o las traducciones que no hizo pero le enjaretaron (como la de La metamorfosis de Kafka) y muchos otros temitas más despachados con buen juicio, justas notas y copiosas referencias biblio y hemerográficas.

Un libro mencionado algunas veces en El forajido sentimental es El humor de Borges, de Roberto Alifano. Alguna vez lo leí y lo comenté en parte, y en mi recuerdo sobrevive y sé que seguirá sobreviviendo con agrado; lo mismo pasó con El año de Borges, de mi amigo Gilberto Prado Galán; luego de leer el de Fernando Sorrentino —parejamente bueno, parejamente original—, pasa a ser un acercamiento para mí memorable a la figura del más grande escritor que ha dado hasta ahora el castellano.

miércoles, enero 18, 2023

Tradiciones mancilladas

 







Hace dos semanas, en la pasada ingesta de la rosca de reyes, vi de nuevo la presencia voraz de un mercado que no deja de meter sus manotas en las tradiciones. No es por ser conservador, que es casi lo mismo que decir retrógrado, pero las tradiciones son las tradiciones, es decir, costumbres que se heredan de generación en generación y en teoría deben conservar los mismos rasgos en cada cambio de estafeta. Incluso etimológicamente la palabra “tradición” supone eso: viene del latín tradere, que significa “transmitir”, “entregar”. Pues bien, no sé si estaba mal informado pero hasta ahora noté que las roscas de este año traían una innovación aparte de los rellenos que también hace poco les incorporaron; ahora sus monitos eran de colores, y en algunos casos no eran bebés, sino reyecitos y otras figuras. ¿A quién se le ocurrió esto? No sé, pero ciertamente “la tradición” no sumó tal novedad.

Ya hace mucho pasó lo mismo con el papel picado, el que usamos sobre todo en el Día de los Muertos que también sirve como ornamento “mexicano” al margen del 2 de noviembre. Para hacerlo de acuerdo a la costumbre se cortaba el papel a mano y así se obtenían figuras cuya vistosidad dependía de la pericia en los cortes manuales. Hoy ese papel picado exhibe figuras complejas (calaveras, letras…), obtenidos mediante suajes, es decir, con máquinas, en vulgar serie.

No sé de danzas locales, y sólo identifico, junto con el atuendo, la de matachines. En las últimas peregrinaciones que he podido ver, muchas indumentarias tienen diseños, brillos y lentejuelas totalmente ajenos a los usados por décadas.

Dada la cercanía de diciembre, todavía en estos días hay nacimientos en muchas casas. Algunos tienen figuras de barro con los materiales y los acabados tradicionales algo rústicos. Otros suman figuras con aspectos modernos, disruptivos, de la era digital.

No es exactamente lo mismo, pero las playeras de equipos de futbol tuvieron durante años un diseño específico, el “tradicional”. Ahora los clubes ofrecen variantes cuyo objetivo es, sin duda, sólo vender, y las cambian temporada tras temporada. Han logrado incluso que esto parezca normal, que haya aficionados adictos a la compra de los diez modelos lanzados a la venta cada semestre. Increíble.

sábado, enero 14, 2023

La FIFA nostra

 










Decir hoy que el futbol es un negocio constituye una perogrullada, pues absolutamente todo es un negocio. Ahora bien, hay de negocios a negocios, y el del futbol es uno de los más lucrativos en el mundo, de ahí que la FIFA, nacida en 1904 con el espíritu amateur de la sana competencia, sea hoy un ente que no sólo administra las reglas, los torneos y los jugadores mediante la coordinación de las federaciones y confederaciones, sino, principalmente, el muchísimo dinero que genera todo eso en todo el mundo. Y donde hay dinero, lo sabemos, abundan los mapaches que desean llevárselo, con mayor razón porque surge de una práctica deportiva tenida por noble y limpia, así que en teoría no debería despertar ninguna suspicacia. Nada más errado en este caso: desde hace cincuenta años, el dinero del futbol no ha estado al margen de la corrupción y la rapiña, y ciertos personajes muy visibles se han entronizado hasta convertirse en faraones con poder no sólo deportivo y económico, sino también político.

Los entresijos de la FIFA, serie de Netflix puesta en la plataforma hacia noviembre del año pasado, examina, en efecto, las tripas (léase “los entresijos”) del monstruo que administra el futbol mundial. Es una mirada rápida y cronológica a la Federación y, sobre todo, a dos de sus dirigentes, hombres que ya han pasado a la historia como epítomes de la ambición.

Si bien el primer capítulo echa un vistazo al pasado remoto de la FIFA para recordarnos que en su nacimiento tuvo un espíritu ajeno al lucro, con la derrota de Stanley Rous en las elecciones por la presidencia del organismo comenzó una nueva era, lapso que recorre la miniserie. Es pues el 8 de mayo de 1974 cuando asciende a la punta del organigrama el brasileño Joao Havelange, quien precisamente ese día también llegaba a su cumpleaños 58. Con el carioca comienza a darse un tipo de administración que advierte la potencialidad del futbol, imparable fenómeno de masas, para sacarle infinitamente más provecho económico y, de paso, político. La vinculación con la marca alemana Adidas, encabezada en aquel momento por Horse Dassler, dio como resultado la combinación patrocinio de marcas comerciales con deporte.

Junto con el crecimiento de la mercadotecnia en el futbol, Havelange promovió en enlace abierto con la política. Lo hizo directamente con una de las peores lacras del siglo XX: la dictadura argentina. Durante 24 años, el sórdido Havelange sentó las bases del monopolio futbolístico, así que este padrino parecía inamovible.

Sin embargo, él mismo había incorporado a su diestra a un suizo chaparrito, hábil e insaciable, quien no sin ardides lo sucedió en 1998: Joseph Blatter. Sepp, como le dicen a este nuevo capo, agrandó el negocio y, como su tutor brasileño, en todas sus reelecciones supo maniobrar para seguir al frente de la presidencia mientras la caja de la FIFA no dejaba de sonar en Zúrich.

En el camino, una larga y ancha estela de corrupción, evidente sobre todo en la compra de votos para amarrar elecciones internas, fue dejando el lucrativo organismo. En esta historia de la infamia tienen un pedestal destacado dos miembros de la Concacaf: el trinitario Jack Warner y el norteamericano Chuck Blazer, quienes serían a la postre dos piezas fundamentales para que en 2015 estallara la bomba por corrupción que estremeció a la FIFA.

El documental cierra con Gianni Infantino y acaso deja ver que es viable abrigar una esperanza de rectitud. No podemos esperar, obvio, pureza en la FIFA como no podemos esperar pureza en el mundo de los grandes negocios, pero quizá sí asegurar que lo peor (Havelange y Blatter, la crema y la nata de lo voracidad) ya pasó.

miércoles, enero 11, 2023

Diez niponismos


 









Suelo eludir esa gastronomía, pero hace poco caí en un restaurante de comida japonesa y al ver su menú noté que varios de los ofrecimientos eran expresados con un —así lo llamaré tentativamente— niponismo, es decir, con una palabra japonesa. Pensé entonces en las que de tal origen se han incorporado a nuestra habla, es decir, que ya son parte del léxico no especializado que a diario usamos en la vida cotidiana. Allí mismo, frente a mi hija, armé la lista de los que recordé y de paso pude hacer un brevísimo resumen de este fenómeno lingüístico: un país económicamente poderoso, como Japón, exporta no sólo sus productos, sino también su cultura, y con ella sus palabras. Al contrario, y dado que Somalia no nos influye en lo económico, no tenemos un solo “somalismo” en nuestra habla.

Las primeras palabras que se arraigaron entre nosotros fueron marcas comerciales, casi todas asociadas al mundo de la tecnología: Nissan, Sony, Mitsubishi, Sanyo, Toshiba, Toyota, Honda, Kawasaki... Luego llegaron las de índole más cercana a lo cultural. Ordenadas alfabéticamente, estas son sólo diez que, creo, usamos e identificamos de manera ya natural en nuestra habla:

Geisha. Literalmente significa “persona de las artes”, es decir, que se dedica al entretenimiento musical, narrativo o dancístico.

Godzilla. Uno de los personajes ficticios más famosos de la cultura japonesa. Descrito como un gran dinosaurio.

Kamikaze. “Viento divino”, asociado hoy en occidente con los ataques suicidas japoneses de la Segunda Guerra.

Karaoke. Palabra compuesta derivada de kara, “vacío”, y oke, abreviatura de “orquesta”, orquesta que toca en el vacío.

Karate. Igualmente, la parte kara significa “vacío”, y te, “mano”, mano vacía, como se practica esta y otras artes marciales.

Kimono. Prenda tradicional japonesa, significa “cosa para usar” o simplemente “prenda”, aunque sabemos que su uso y sus características son mucho más que eso.

Manga. Historieta japonesa.

Sake. Bebida alcohólica derivada del arroz.

Samurai. Guerrero japonés. En México fue el apodo del cantante Pedro Vargas, de ahí que la palabra sea usada desde hace mucho por acá.

Sushi. Platillo preparado con arroz, el más popular en el mundo de la cocina japonesa.

Tsunami. Maremoto.


sábado, enero 07, 2023

Ejercicios para la memoria

 











Entre los buenos libros que alcancé a visitar el año pasado está Mentideros de la memoria (Tusquets, México, 2022, 262 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). No es común que las dedicatorias, como paratextos por lo regular prescindibles, ofrezcan más información que un nombre o una lista de nombres cercanos a las querencias del autor, pero curiosamente en este caso nos informa que el libro fue escrito durante el periodo de confinamiento debido a la pandemia, periodo que hoy, creo, sentimos que no ocurrió hace dos años, sino mucho más lejos. Así de rápido se van los meses, los años, como también se puede sentir en un libro con el tema del recuerdo personal, en este caso el de Celorio.

Escritor y funcionario público de la cultura, Celorio es también, en la actualidad, director de la Academia Mexicana de la Lengua. Menciono estas facetas profesionales porque en Mentideros… trae al presente experiencias vividas en función de sus actividades, de modo que en estas páginas observamos las apreciaciones de Celorio en torno a personalidades del arte con las que se cruzó como escritor y funcionario.

Se podría decir que este nuevo libro de Celorio es, en su bibliografía, el más relajado y amable. No avanza cronológicamente, pues no es una memoria en sentido estricto, sino una sucesión de recortes en los que narra situaciones que por la importancia de los personajes o el valor de las anécdotas pueden ser gratos para el lector.

Son veinte piezas las que componen Mentideros... Los personajes más salientes son Arreola, Cortázar, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz, Bryce Echenique, Monterroso, Fuentes, García Márquez, Sergio Galindo, Luis Rius y Umberto Eco. De todos, Celorio nos comparte uno o varios momentos en los que tuvo la suerte, o la obligación por motivos laborales, de ver algo con ellos. Hay una hebra siempre jalada en cada apartado: la del humor, un humor que, claro está, no se desborda pero siempre está presente y es expresado con prosa pulcra, elegante. Se puede afirmar, incluso, que el fleco del humor está presente en el título mismo, pues aunque la palabra "mentidero" es definida como "Lugar donde se reúne la gente para conversar", no deja de parecer, vista a partir de su mera sonoridad, "conjunto de mentiras", como si el autor hubiera querido dejar, en esta memoria, una rendija por donde fuera viable el paso de la ficción si de antemano aceptamos que uno de los fueros del recuerdo es su inventiva.

Gracias a estas páginas vislumbramos además una época, más o menos la que va de 1960 a 1990. Debido a su trabajo como funcionario en la UNAM, en el FCE y en la AML, Celorio tuvo la oportunidad de participar, incluso como organizador, en actividades culturales cuyos entresijos, nunca ajenos a la polémica, conoció de primera mano. Así el caso de la FIL y el premio Juan Rulfo a Bryce Echenique, quien fue acusado de plagio y desató una tormenta que Celorio vio de (muy) cerca. O, también, su paso por la dirección del Fondo y la redacción del discurso que Vicente Fox leyó en Valladolid, España, sólo para cagarla al decir, frente a todo el mundo hispánico, Jorge Luis “Borgues”.

Una de las mejores piezas es, sin duda, la última, en la que asombrosamente, por su responsabilidad en la UNAM, Celorio se convirtió en guía de Umberto Eco. Porque así fue: aunque parezca increíble, el autor de El nombre de la rosa estuvo en la capital de nuestro país, dio una conferencia en la Universidad y todo terminó en un paseo con cena y tragos por el centro histórico cuyo remate no podría ser otro, muy italiano al menos por el topónimo: la Plaza Garibaldi.


miércoles, enero 04, 2023

Algunos filmes

 











Trabajé unos años como promotor literario del Icocult (Instituto Coahuilense de Cultura, lo que después se convirtió en la Secretaría de Cultura de Coahuila) y mi oficina estaba en la casona de la Juárez y Colón, en Torreón. Fue en los tiempos del calderonismo, cuando La Laguna se convirtió en una sucursal del Lejano Oeste. Recuerdo que una mañana, mientras desahogaba la chamba en mi cubículo, oí una ráfaga cercana, casi a mi espalda, de balazos. Luego supe, supimos, que a la vuelta, por la avenida Hidalgo, mientras eran atendidos en un negocio de teléfonos celulares, fueron ejecutados varios clientes (si no recuerdo mal, militares). Fue uno de los tantos días laguneros en los que la zozobra se apoderó de todos.

Pese a tal desaguisado, retengo en la memoria gratos momentos de mi paso por aquel inmueble. Lo que me trajo ahora el recuerdo de aquella casa fue el nombre del director de cine Sam Peckinpah, que acabo de leer en una nota. Mientras trabajé en la casona creo haber oído que la casona sirvió para rodar una parte de alguna de sus películas. Nunca supe si eso era cierto o falso. Al investigar un poco no hallé nada, como es lógico, pues sólo investigué un poco. Lo que sí encontré fue un dato asombroso: el director Peckinpah fue esposo de la actriz mexicana Begoña Palacios. A ella la recuerdo en programas cómicos (como “sitcoms” o “comedias de situación”) de Televisa; era linda, y hacia siempre papeles como de chica ingenua o tontita. Sabida la fama de las películas de Peckinpah, me costó trabajo asociarlo con la imagen de Begoña Palacios. Sería como asociar ahora a Tarantino con Galilea Montijo o algo así.

Al margen de Peckinpah y la posibilidad de que haya rodado en nuestro rancho, recuerdo otras tres películas importantes filmadas por estos rumbos. El topo (1970), dirigida por el chileno Alejandro Jodorowsky, tuvo como escenario el Puente de Ojuela, en Mapimí, Durango, y tal espacio sirvió también al argentino Luis Puenzo para rodar Gringo viejo (1989), cinta basada en la novela homónima de Carlos Fuentes. Por último, en Viesca y Matamoros, la película Cabeza de Vaca (1991), dirigida por Nicolás Echeverría. Hay más, claro, pero las mencionadas son de las más famosas.

sábado, diciembre 31, 2022

Maté a la mariposa o el rigor del cuento

 











Maté a la mariposa, segundo libro de cuentos individual de Elena Palacios (Torreón, Coahuila, 1967), confirma la calidad artística que esta autora había mostrado ya en Cuentos cortos para gente que duerme sola (2018). En efecto, los relatos de su primer título exhibían —o exhiben, pues el libro perdura— una gran solvencia en su ejecución, una certera noción del cuento como universo compacto y eficaz en su punch frente al lector, dicho esto, claro, en alusión a la metáfora pugilística de Cortázar.

Quien recorra ahora las historias de Maté a la mariposa no dejará de apreciar, creo, el cuidado orfebre que su autora ha depositado en cada pieza. El cuento, en la más sólida de sus condiciones, así lo demanda: más que disponer historias en las que el cuento sólo es cuento a propósito de su brevedad, Elena Palacios ha vigilado los variados detalles que hacen de sus creaturas obras breves, sí, pero también dignas de atención y de memoria en función de la compacidad acatada durante su composición.

Quiero decir con lo anterior que el impulso narrativo de Elena no se desborda como río encabritado, sino que fluye como agua gobernada por una sensibilidad cada vez más diestra en el manejo de los elementos que hacen de cada cuento una pieza severa, cerrada en su forma y abierta, gracias a la emotividad que de allí emana, a las inagotables interpretaciones de la subjetividad lectora.

Elena ha sido rigurosa ante todas las exigencias compositivas: sus cuentos avanzan hacia una sorpresa o una perplejidad o un desconcierto bien premeditados; sus cuentos no extravían el impulso poético atañedero a toda literatura digna de este nombre; sus cuentos indagan en el alma de personajes complejos; sus cuentos exploran anécdotas en las que refulgen peripecias inusitadas; sus cuentos tienen, todos, en suma, un esmalte quirogueano de fracaso, dolor, envidia, desdicha, abuso, amor, locura y muerte.

Así he podido ver el panorama de los cuentos abrazados en Maté a la mariposa. No es poco si pensamos que las exigencias de este género, el cuento, hacen recular a muchos narradores o, si no, los llevan a encararlo de una manera relajada hasta el deshuesamiento que deriva en el cuento que es cuento, como digo, sólo en atención a su cortedad de páginas y no a su endiablado mecanismo interior.

En cuanto a su extensión, la mayor parte de los cuentos de este libro tienen un desarrollo amplio, y son acompañados por textos de contundente brevedad, de una página o poco más. En muchos se siente un abordaje similar en cuanto al tono y el asunto, una suerte de aire sobrenatural, aneblado o lóbrego que en varios casos no llega al terror pero de alguna manera lo insinúa e impregna a las historias de turbiedad y misterio. Es el caso de cuentos como “Ana en el espejo”, “Castaño y aceituna”, “Ya no eres tú”, “La reina”, “Asómate y verás” y “Casa en venta”; en esta lista están, sin duda, varios de los que considero imperdibles (valga el ya manoseado adjetivo) de estas páginas. Ni cómo dudarlo, si son cuentos que apuntalan a Maté a la mariposa como excelente libro.

Otra vertiente, digamos, menos oscura del libro en la tonalidad de su atmosfera, es la de los cuentos de corte más realista en los que campean menos la sensación de horror y misterio que las flaquezas humanas, demasiado humanas, como la envidia, la frustración, el odio y el deseo de venganza. En este casillero podemos enlistar “Entre la humedad de tus piedras”, “El señor Muñoz quiere suicidarse”, “Maté a la mariposa”, “La dulzura de mi abuela”, “Jueves de bar” y “Una insignificancia”, relato este último que casi casi puedo considerar, si otros no le quedaran tan cerca en términos de redondura, el mejor, o uno de los mejores, del racimo. Un caso peculiar es el de “Tía-abuela”, obra un tanto atípica en el libro pero no por ello ineficaz; al contrario, es, por su genuina ternura, una de las más emotivas del conjunto.

Maté a la mariposa es, por todo, un libro variado pero en el que es posible distinguir al menos dos líneas de fuerza tensionadas entre el cuento realista y el sobrenatural cercano a las inmediaciones del terror. No dudo en afirmar que los lectores avanzarán en sus páginas con gratitud hacia Elena Palacios, quien ha volcado aquí su imaginación y su talento en la mejor de las escuelas cuentísticas.

Finalizo con dos verbos en esdrújula que la autora bien se ha ganado tras escribir estas páginas: celebrémoslo leyéndola.

Comarca Lagunera, 8, noviembre y 2022

Prólogo del libro Maté a la mariposa leído asimismo en la presentación de este volumen celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez el 15 de diciembre de 2022. Participamos Daniel Lomas, Elena Palacios y yo.

Nota. Esta es la última entrega de Ruta Norte en 2022. Les deseo un 2023 pleno de salud y logros. Muchas gracias por su atención de este año y por aquí me seguiré comunicando.

miércoles, diciembre 28, 2022

Vistazo al vesre











Ahora que se puso de moda lo argentino tuve oportunidad de comentar en una sobremesa la peculiaridad del “vesre”. Se trata, dije, de un juego verbal muy simple y profundamente arraigado en el habla de los argentinos. Su definición está en el nombre que le han asignado: “vesre” es “revés”, escribir al revés. Sólo hay que acotar un detalle: no supone el vesre, como el palíndromo, una lectura de derecha a izquierda, sino un reacomodo (o enrevesamiento, metátesis) de las sílabas, de suerte que con los mismos elementos se produce otra palabra.

Por lo que tengo visto y oído, este juego está muy presente en la comunicación oral y escrita de los argentinos. Puedo suponer que no tanto en la invención de palabras, sino en el uso de muchas que han quedado cristalizadas sobre todo en la conversación informal. Ciertamente, alguien puede acuñar una palabra nueva en vesre y sus interlocutores podrán entenderla al vuelo, sin chistar, pero lo que he percibido como más común es que usen las ya conocidas.

El juego viene, creo, de la obsesión por habilitar un léxico nuevo muy presente en el lunfardo, jerga antaño usada en los bajos fondos porteños, espacio sobrepoblado de migrantes europeos, sobre todo italianos. Esto coincidió con el nacimiento del tango, que al incorporar letras y convertirse en tango-canción, sumó las palabras de la calle y, con ellas, numerosos lunfardismos. Esta es la razón por la que el sentido de muchos versos tangueros se nos escapa: “Cuando rajés los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar” (“Yira-yira”, Enrique Santos Discépolo) aunque la dificultad sólo sea de léxico, lo que se resuelve con el diccionario de lunfardismos: tamangos=zapatos, mango=dinero, morfar=comer.

El vesre también se sumó a las letras de tango. Recuerdo por ejemplo “nami”, por mina=chica; “rati”, por tira-policía y “shofica”, por cafisho=padrote, cinturita. La misma palabra “tango” ha sido usada como “gotán” incluso como título de un poemario escrito por Juan Gelman.

Más palabras comunes en verse: “grone”, negro; “telo”, hotel; “feca”, café; “jermu”, mujer; “garpar”, pagar, entre muchas otras. En México sólo he detectado dos palabras en vesre usadas con alguna frecuencia, ambas por vía de eufemismo: “dope” (“hacerla de dope”) y “gáver” (“mandar a la gáver”).