sábado, enero 30, 2021

Palabras con renombre


 









El escritor argentino Enrique Anderson Imbert es autor de este microrrelato titulado “Sadismo y masoquismo”:

“Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:

—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!

El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:

—No”.

Maliciosamente, la escena debe ocurrir en el infierno porque Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido en el bajo mundo de la filosofía como el Marqués de Sade, vivió en el siglo XVIII, y Leopold Ritter von Sacher-Masoch en el siglo siguiente, el decimonono. Sus apellidos sirvieron para crear un famoso par de adjetivos, “sadismo” y “masoquismo”, conductas que basan el goce, sobre todo venéreo, en el ejercicio de la violencia, sólo que la primera cuando es infligida y la segunda al recibirla, y ambas, se supone, con armónico placer. Son dos palabras que devinieron siamesas, pues ya decimos sado-masoquista, o sin guion: sadomasoquista, como si fuera una sola palabra, con el “sado” en función de prefijo.

Muchos nombres y apellidos de personajes importantes asimismo han generado un adjetivo que sirve para designar corrientes de pensamiento, épocas, conductas, rasgos, cualidades…: adánico, socrático, aristotélico, platónico, mosaico (de Moisés), virgiliano, ciceroniano, carolingio, dantesco, teresiano, cervantino, mozartiano, napoleónico, sorjuanino, bolivariano, goyesco, juarista, marxista, isabelino, freudiano, kafkiano, zapatista, villista, hitleriano, castrista, peronista, rulfiano, cortazareano… Digamos pues que este recurso es común: al nombre o al apellido se la añade un sufijo (ista, ino, esco…) que determina la relación del sujeto con la doctrina, la época o el estilo que le cupo en suerte, como pasa con don Porfirio, a quien le añadimos “ista” y da “porfirista”: “la moda porfirista”, “el militarismo porfirista”. No debemos olvidar que el paso del nombre propio al adjetivo obliga a eliminar la mayúscula: Madero-maderista, como sucede con los gentilicios: Torreón-torreonense.

Hay otras de uso más o menos común derivadas de nombres o apellidos: boicotear, por Charles Cunningham Boycott, a quien alguna vez boicotearon. Galvanizar, por Luigi Galvani, inventor de la galvanización. Algo parecido ocurre con Joseph Ignace Guillotin y el filoso verbo “guillotinar”. Por culpa de William Linch, promotor de la justicia por mano propia en Virginia, EUA, nació el nada exquisito verbo “linchar”. La “mancerina”, que fue usada años ha para tomar chocolate, debe su nombre a Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera, virrey del Perú. Dos apellidos rusos dieron como resultado nombres para un par de armas: el coctel molotov y el fusil kalashnikov, también llamado AK-47 (o sea, Automática Kalashnikova 1947, por Mijaíl Kaláshnikov, su inventor, y el año de su creación, el 47); no olvido decir que el AK-47 tiene en México un apodo que evoca narcocorridos: cuerno de chivo. En el caso del “coctel molotov” o “bomba molotov”, curiosamente no es invento de los rusos, sino de los fineses, que es la otra forma de decir “finlandeses”; gracias a este artefacto ironizaron con el nombre del ministro soviético Viacheslav Mólotov.

Dejo al final algunos apellidos usados como sustantivos mediante el recurso de la elipsis, o sea, de la omisión de una palabra o idea. Cuando decimos “compró un Stradivarius”, obviamos la palabra “violín” o “instrumento”, “compró un [violín] Stradivarius”. Lo mismo con “usaba una [máquina de escribir o una pistola] Remington”, “conduce un [auto] Ford” o “guardaré la sopa en el [recipiente] tupper”, por Antonio Stradivari, Eliphalet Remington, Henry Ford y Earl Silas Tupper, respectivamente.


miércoles, enero 27, 2021

Dejen todo en sus manos

 














Sin mucho encarecimiento, más bien con un velo de misterio, me habían recomendado pasar los ojos por Mario Levrero. Salvado el ítem, ahora me toca hacer lo posible por entusiasmar a otros para que lo lean. De veras, no cometan el error de postergar su acercamiento al libro que aquí convido: Dejen todo en mis manos (Random House, México, 2017, 121 pp.), novela corta cuyo buen sabor se expande y queda en el recuerdo como sólo pueden hacerlo ciertos ingredientes poderosos (el cilantro y la vainilla, por ejemplo).

Mario Levrero nació en Montevideo, Uruguay, en 1940, y murió allí mismo en 2004. En medio de esas dos fechas se dedicó a los oficios de librero, guionista de cómics, humorista y creador de crucigramas y de una obra literaria campechaneada entre el cuento, la novela y el ensayo. Según el editor, y le creo, se trata ahora de un escritor “de culto”, bien conocido y mejor admirado por una secta de lectores que lo considera un maestro. Con Dejen todo en mis manos, la novelita de su cuño que leí en diciembre, adherí sin trabas al contingente de sus fieles y casi secretos admiradores.

Dejen todo en mis manos está fechada en 1993, así que fue escrita en la madurez de Levrero. Destaco, entre sus muchas virtudes, dos que saltan a la sensibilidad del lector: la bella sencillez de su prosa y el encuadre tristón e involuntariamente humorístico de su protagonista. Cierto que abundan las historias de escritores fracasados o, si no fracasados, al menos lo suficientemente amarguetas como para llevarnos al sinsentido de la existencia y demás arañas. En el caso de este relato, el protagonista es un escritor de medio pelo, un hombre que ha hecho su chamba sin recibir mucho a cambio, ni dinero ni fama. La novela empieza por ello en un momento crítico: el novelista necesita un poco de plata para sobrevivir, y es por esto que acepta un ofrecimiento de su editorial: por dos mil dólares, accede a buscar al autor de un manuscrito sin firma.

No es común que en las editoriales aterricen propuestas deslumbrantes, pero aquí lo que detona el desarrollo de la acción es un gran libro. El editor sabe que se trata de una obra valiosa, e invita al protagonista, también escritor, a emprender la búsqueda mercenaria del autor desconocido. Están en Montevideo, “y aquí no existe la profesión de escritor, y el escritor está obligado a hacer cualquier cosa, excepto —naturalmente— escribir, si quiere seguir sobreviviendo”.

Cuando lee el manuscrito confirma que, en efecto, el desconocido es mejor que García Márquez (sic): “El argumento estaba construido en torno a un protagonista más bien contemplativo; y esa contemplación se refería mayormente al progresivo derrumbe de nuestras instituciones, nuestros valores, nuestra economía y nuestra cultura (…) Pero había mucho más, una visión profunda del mundo y del ser humano, e incluía piedad por el ser humano, reafirmación del individuo y exaltación del espíritu”.

El protagonista sale, pues, a la caza del fantasma que escribió tal maravilla. Su olfato lo lleva a un pueblo olvidado de la provincia charrúa, y es allí, mientras se desarrolla la pesquisa literaria, donde vemos que se despliega la personalidad del sabueso, su mirada sardónica de la vida y el tremendo imán que tiene la cercanía del amor descubierto a los tumbos en la aventura.

Dejen todo en mis manos es una gran novela. La leí y de inmediato sentí que le debía este piropo.


sábado, enero 23, 2021

Diálogo con el Vikingo

 











Dos libros más de Saúl Rosales han salido espalda con espalda, simultáneamente. Son Sor Juana en un vitral y Jesús Morales Hernández. Un vikingo en la guerrilla urbana. Ambos comenzaron a circular en noviembre y ninguno ha sido presentado por la razón que todos conocemos. Espero que este 2021 no avance tanto sin abrir la posibilidad de reunirnos para presentar libros pendientes y todo lo demás. Sor Juana en el vitral fue editado por Ruth Castro, y por mí Un vikingo en la guerrilla urbana. Ambos libros están disponibles en El Astillero, librería ubicada en la avenida Morelos entre Ildefonso Fuentes y Leona Vicario. Quiero por ahora detenerme brevemente en el segundo.

Saúl me pidió que escribiera el texto de la contratapa, y esto así: “En los sesenta y setenta el sistema político mexicano mostraba a plenitud su verdadero rostro autoritario y cerrado. La autodenominada ‘familia revolucionaria’ se había petrificado en el poder político-económico y cada seis años echaba a andar la maquinaria electoral que paría otro sexenio autoritario, cerrado y cada vez más rapaz. Debido a este contexto y con el fresco ejemplo de Cuba en la mente, muchos jóvenes de nuestro país fueron forzados a tomar el camino de la lucha armada en sus dos vertientes: la rural y la urbana. Estos jóvenes radicalizados en su deseo revolucionario fueron brutalmente perseguidos por el régimen que, por supuesto más numeroso y mejor armado, en muchos casos los alcanzó para luego someterlos a torturas indecibles y, en buena parte de los casos, matarlos/desaparecerlos. Jesús Morales Hernández es uno de aquellos jóvenes. Su ejemplo de idealismo, su temprana y sólida convicción política, lo llevaron a la prisión y al horror de la tortura. Como él, y éste es su triunfo, muchos jóvenes aceleraron la erosión del sistema político que de otra manera no hubiera cambiado ni un milímetro. Un vikingo en la guerrilla urbana, diálogo del exguerrillero con Saúl Rosales, testimonia que aquellas luchas, por heroicas, jamás deben ser olvidadas”.

Este es el segundo libro que el autor de Autorretrato con Rulfo ofrece sobre la guerrilla mexicana de los sesenta-setenta. El primero fue El Guerrillero, un acercamiento a la vida de Raúl Florencio Lugo, quien en su juventud, el 23 de septiembre de 1965, formó parte del grupo que emprendió el Asalto al Cuartel de Madera, en Chihuahua, hecho que hacia 1967 documentó profusamente otro lagunero, el profesor José Santos Valdés.

En Un vikingo en la guerrilla urbana, Rosales vuelca una larga entrevista sostenida con Jesús Morales Hernández, quien vive en Guadalajara. El motivo principal que derivó en la hechura del libro fue expresado sin rodeos por el entrevistador en el mismísimo arranque de la introducción: “Desde los primeros años de la guerrilla socialista, la rural y la urbana, he sentido la necesidad de purgarme del sentimiento de haber andado por caminos que sólo espinaban con las incomodidades convencionales de la militancia en la izquierda mientras un puñado creciente de jóvenes llevaba al grado heroico su compromiso con el pueblo. Esta obra intenta satisfacer tal necesidad”.

Las páginas de Un vikingoVikingo es el apodo de Jesús Morales— en la guerrilla urbana recorre, en efecto, el difícil camino elegido en la juventud por alguien que a la fecha puede contar de qué estaba hecha la realidad en aquellos años políticamente tortuosos, duros sobre todo para quienes se radicalizaban en su lucha por alcanzar cambios sociales.


sábado, enero 16, 2021

A merced


 






La metáfora del Big Brother suponía un estado totalitario, vigilante e intimidador. La idea era un tiro directo, ni siquiera chanfleado, contra el fantasma del estalinismo que poco a poco, en los tiempos de Orwell, luchaba por dominar una parte significativa del mundo. Caído en desgracia, el fantasma (por un tiempo rojo) del gran hermano pasó a desvanecerse, a desaparecer durante diez o quince años hasta la popularización de los celulares inteligentes, esos aparatos que nos acompañan incluso a, literal, cagar. No fueron las computadoras ni el internet en sí los que potenciaron el renacimiento del Big Brother, sino los móviles que, como su nombre lo indica, pueden moverse y hacer de la portabilidad el más grande invento de la comunicación humana hasta la fecha: con un celular en mano, cualquier sujeto puede estar en contacto con el mundo, enterarse de todo.

Esta ventaja sobre todos los demás sistemas de comunicación inventados por el ser humano ha hecho del smartphone una tremenda fuente de placer, lo ha convertido en el fetiche erótico más sofisticado de la vida contemporánea. En un celular está todo: mi trabajo, mi música, mis textos, mis amigos, mis fotos, mis agendas, mis transas, mis pasiones, mis ahorritos, mis compras, mis preferencias ideológicas, todo, absolutamente todo. Un celular es, así, el alma y el cuerpo vicarios de su dueño, de ahí que cuando nos lo roban, lo perdemos o lo olvidamos en casa o en el auto, una emoción muy cercana al desamparo nos invade y sólo es posible evaporarla con la recuperación del objeto, como si con ello nos volviera el alma al cuerpo.

La ventaja de llevar nuestra existencia en la palma es, mirado así, un privilegio que alcanzó el homo sapiens desde que buscó comunicarse con señales de humo o de tambor. Por fin podemos saber todo, hasta la ruta por la que vamos al súper, lo que ha abatido las enormes lagunas de incertidumbre que hasta la llegada del celular parecían infranqueables. Imaginemos a cualquier peregrino o navegante de la antigüedad, digamos que del siglo XVI: al salir, no sabían con exactitud nada. Se despedían de sus seres queridos y si el viaje duraba semanas, meses, años, no había en el ínterin ni una foto, ni una palabra, nada que diera noticia sobre el paradero del viajante. Asimismo, en el camino los viajeros accedían a mares sin nombre, a geografías vírgenes en las que todo era desconocido y por ello amenazante. El hombre se movía a oscuras, su vida diaria era un permanente especular sobre lo ignoto.

Hoy, si queremos saber el clima de cualquier parte del mundo, abrimos la aplicación. Lo mismo si queremos saber una definición, leer una noticia, conocer un precio, saber qué rostro tiene alguien. Esta ventaja, sin embargo, nos ha puesto de frente a un Big Brother que no requiere hacernos manita de puerco para que soltemos información: nosotros mismos, hechizados por la utilidad/vistosidad de las aplicaciones, somos nuestros propios delatores, y un gran hermano, Facebook o Google, da lo mismo, sabe gracias a nuestra propia iniciativa todo lo que nos atañe.

El debate sobre el agandalle de datos privados es una necedad de estos días, pues no hay duda de que es necesaria una escalera grande y otra chiquita para luchar contra las grandes corporaciones internéticas. Temo que nos apasiona estar a su merced, saber que con sus algoritmos se anticipan a nuestros gustos. No digamos pues que nos vamos de Whatsapp o de Tiktok si nos fascina estar allí, delatándonos.


miércoles, enero 13, 2021

Detrás de las páginas

 








Saúl Rosales escribió alguna vez sobre la ambigüedad de la palabra “editar” (del verbo latino edere, producir). Se edita en muchas disciplinas, y esto provoca que, en el estricto espacio de lo libresco, la palabra designe para la mayoría una actividad vaga, incomprensible. Editar libros no es lo mismo entonces que editar en otras actividades. El verbo se usa en el cine para designar al especialista que se encarga de ensamblar de manera precisa los diferentes fragmentos de película previamente filmados; hasta donde sé, es un trabajo delicado, fino.

Se edita también en televisión más o menos con el mismo sentido que en el cine, aunque, por la velocidad que atañe al medio, sin el esmero artístico supuesto por esta labor en la industria cinematográfica. De unos años a la fecha, también hay editores y edición, así llamados, en el contexto de los periódicos, aunque es válido creer que dicho trabajo existió siempre: a cierta persona se le encomendaban una o varias secciones del diario y fungía como “jefe de sección” o algo parecido, pero no recuerdo que en nuestra lengua se le llamara “editor”. Un ejemplo más de trabajo editorial es el articulado en el espacio académico: cuando alguien coordina un libro colectivo, una investigación a varias voces, no es infrecuente que al final, en el libro, su crédito sea el de “editor”; también lo llaman, indistintamente, “coordinador”. Menciono por último que por allí puede haber editores de fotos, especialistas en pulir imágenes con programas como Photoshop y otros.

Este uso amplio del sustantivo “editor” y del verbo “editar”, como dije hace dos párrafos, aumenta la ambigüedad en la percepción social del trabajo editorial en el ámbito de la publicación de libros. ¿Qué hace un editor?, podrán preguntarse los curiosos. La respuesta no puede ser contundente, pues aun en el plano de lo libresco el trabajo editorial puede tener diferentes niveles de involucramiento con la meticulosa chamba de producir un libro. Pensemos, grosso modo, en los tres que ahora describo.

Un editor puede ser el creador de un catálogo, una especie de somelier de obras viables para la publicación. Es de suponer que este editor alguna vez se involucró en el proceso de edición a ras de suelo, pero en cierto momento, ganado ya un prestigio, se dedica a sancionar qué sirve y qué no sirve a los intereses de la editorial para la que trabaja, que en algunos casos puede ser suya. Este editor es un catador, alguien que prueba los libros en Word y califica si tendrán como destino una imprenta o el rechazo. Mientras escribo esto pienso en Jorge Herralde, el capo de Anagrama.

Otro tipo de editor, tal vez de ligas más pequeñas, hace lo mismo que el anterior, pero también se arremanga la camisa para trabajar en la edición en sí: corrige originales, revisa pruebas, maqueta el libro, echa vueltas a la imprenta… Y el último tipo de editor en esta lista demasiado esquemática es el que hace todo: consigue el libro, lo dictamina, lo revisa, lo formatea, diseña la portada, va a la imprenta y a veces termina hasta llevando el libro a las librerías.

El editor de libros (no confundir con el impresor) es un trabajador invisible. Su mayor mérito es no notarse o notarse poco, determinar fuentes, cajas, interlíneas, estructura del libro y portadas sin que al final se note porque todo ha quedado bien. Así como solemos entrar a una casa, sentir agrado y no preguntar por el arquitecto ni por el decorador, igual pasa con el libro. En la arquitectura de las páginas estuvo presente el editor, pero casi no debe sentirse que anduvo por allí.

sábado, enero 09, 2021

Nombres, nombres


 

















Princewill Chigozie Achinulo Ollerbides es el nombre de un joven futbolista que se desempeña en las fuerzas inferiores del club Pachuca. Este dato me fue revelado en un grupo de Whatsapp donde comparto saludos, chistes y noticias con varios futboleros de La Laguna. La ficha de Princewill Chigozie añade que es mexicano aunque nació en Texas, y que tiene 16 años ya entrados a 17. Su nombre, por supuesto, es lo que de golpe llama la atención, y no sabemos si es completamente inventado, artificial, o tiene su origen en alguna lengua poco conocida. Salvo el apellido “Ollerbides”, que muchos hemos visto escrito “Oyervides”, nada nos suena conocido en el nombre del joven, y ese “Achinulo”, por caso, lo mismo podría ser africano o derivado de alguna lengua aborigen americana. Vayan ustedes a saber.

Lo cierto es que la comunicación actual nos ha puesto frente a una onomástica infinita. Para ciertos ojos y oídos atentos es más o menos fácil distinguir, así sea vagamente, rasgos que delatan el origen de nombres y apellidos. Los apellidos más comunes en español son los que, por ejemplo, llevan al final la partícula “ez”, lo que indica patronímico, es decir, que en la antigüedad se formaron a partir del nombre del padre, de modo que la “ez” vendría a significar, pues, algo así como “hijo de”: Gutiérrez es hijo de Gutierre, Pérez es hijo de Pero, Fernández es hijo de Fernando, Hernández es hijo de Hernán, Martínez es hijo de Martín, Sánchez es hijo de Sancho (como Panza, el del Quijote), López es hijo de Lope, Núñez es hijo de Nuño, Jiménez es hijo de Jimeno, Rodríguez es hijo de Rodrigo, Ramírez es hijo de Ramiro, y así muchos. Es de observar que a la fecha sobrevive el patronímico, pero en varios casos no el nombre del cual derivó, pues ya nadie o casi nadie se llama Gutierre, Pero, Sancho, Lope o Nuño. En otras lenguas ocurre más o menos lo mismo: Johnson es el hijo de John (John+son), o Fitzgerald, el hijo de Gerald.

Alex Grijelmo habla en alguno de sus libros sobre los cromosomas de las palabras. Son más o menos esos rasgos de los que hablo, como marcas que las palabras tienen y ayudan a identificar su origen; en el caso de los nombres propios esto es a veces muy evidente. Muchos nombres y apellidos de origen griego tienen facha de plurales por la “s” final: Sócrates, Aristóteles, Onassis, Papadópulos, Papadakis. Varios nombres de origen latino exhiben un diptongo (unión de dos vocales), como Flavio, Sergio, Manlio, Emilio, Aurelio (que tiene dos diptongos). Los nombres propios de origen hebreo llevan muy frecuentemente la partícula “el” al final, lo que significa “Dios”: Rafael, Gabriel, Ismael, Manuel, Samuel, Abel, Miguel, Joel. El “berto” de Alberto, Gilberto, Roberto, Heriberto es germánico y significa “brillo, brillante”.

Como me gusta el quechua aunque no sé nada sobre él, salvo que lo hablan en la región andina, disfruto de sus nombres y apellidos. En ellos veo que estallan la “p”, la “t” y la “qu” (con sonido de “k”): Felipe Huamán Poma, Atahualpa Yupanqui, Alejandro Mayta, Ollanta Humala.

De todas las modas nominativas la que menos grata me parece es la que incurre en el abuso de rasgos extraños a nuestra lengua, algunos rayanos en el exotismo. Meter “k”, “h” intermedia, “w” o dígrafos en cualquier lado (como si a mí me hubieran puesto Jaimme, por ejemplo, sólo para obligarme a explicar toda la maldita vida que mi nombre se escribe con doble m) es un preciosismo innecesario, lujo que al final parecerá pifia del registro civil.

En fin, digo lo anterior motivado por el extraño nombre de Princewill Chigozie Achinulo Ollerbides, quien de triunfar en el futbol provocará que en el futuro muchos bebés sean bautizados como Princewill Chigozie Muñoz o Princewill Chigozie Vargas.


miércoles, enero 06, 2021

Dos dedicatorias

 














Dedicar es habitual en el mundo del arte. Suele ser un paratexto inocuo, la mayor parte de las veces un mero guiño afectivo entre el autor y un ser querido o cuando menos apreciado. Acostumbramos, por ello, no poner atención a las dedicatorias, acaso el menos importante de los elementos que aderezan la creación artística. Ya Hugo Hiriart escribió un texto insuperable —insuperable por su humor y su agudeza— sobre el “Arte de la dedicatoria”. Aparece en el libro Disertación sobre las telarañas (Martín Casillas Editores, México, 1980), y en él discurre el ser de la dedicatoria, por decirlo con flequillo mamonamente filosófico. No amplío al respecto, sólo reitero que es el mejor texto que he leído sobre las características de la dedicatoria.

Me vino Hiriart a la cabeza porque recién, al repasar el libro Tango: discusión y clave (Losada, Buenos Aires, 1997; la primera edición data del 63), de Ernesto Sábato, reencontré su bella dedicatoria a Borges, y me pareció percibir una suerte de eco. Losada presenta esa dedicatoria en forma de caligrama: la tipografía, quiero decir los renglones, construyen la silueta de una guitarra, y en ella el autor de Sobre héroes y tumbas expresa lo siguiente: “Las vueltas que da el mundo, Borges: Cuando yo era un muchacho, en años que ya me perecen pertenecer a una especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires: en viejas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que en la tardecita puede contemplarse en algún charco de las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños, ya directamente, ya con el pretexto de Shopenhauer o Heráclito de Efeso. Luego, años más tarde, el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que quieren. Y ahora, alejados como parece que estamos (fíjese lo que son las cosas), yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló”. Ignoro si esta dedicatoria apareció en la primera y en la segunda ediciones, o sólo en la segunda, la que tengo.

En 1960, Borges había publicado El hacedor. Lo dedicó a Lugones con una página que no vacilo en calificar de perfecta. Entre otras palabras, dice: “Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría. En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no era la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

Sólo marco una curiosidad, no revelo nada importante. En ambas dedicatorias hay al menos seis elementos afines: inusual extensión larga, cierta descripción de la urbe, un sueño, admiración del autor al dedicatario, una relación algo tirante entre ambos y deseo del autor de que la obra complazca al amigo.

Y presiento una semejanza adicional: en ambas veo genuino afecto.


sábado, enero 02, 2021

Planes de lectura

 









El final y el principio de los años abre siempre una rendija al diseño de planes. El que más sirve para el choteo es el proyecto de hacer dieta y ejercicio, y ciertamente no es de poco valor si consideramos la tendencia general al sedentarismo provocado sobre todo por el uso de computadoras. No está mal, por esto, vislumbrar un programa aunque sea laxo de buena alimentación y actividad suficiente para oxigenarse y fortalecer el esqueleto. Igualmente, no está mal la planeación de algún ahorro y otros propósitos habituales en el proyectismo de enero. Ya verá cada quien qué tanto cumple y qué tanto no.

Uno de los planes menos recurrentes en el arranque de los años es el de leer. No lo digo por quienes ya de por sí leen, sujetos que con plan o sin plan mostrarán avidez por encarar renglones, ni por aquellos que rechazan la lectura como si pegara lepra, sino por las personas que oscilan entre el deseo ferviente de leer y no lo cristalizan porque la vida suele torcerlos hacia otras actividades. A tales personas desean encontrar los tres párrafos siguientes.

Cuento un par de experiencias cercanas, ambas muy distintas. En 2019 pensé en un plan de lectura diversificado por géneros. Me propuse leer novelas, cuentos, ensayos y poesía casi por igual. No lo cumplí, me hice trampa. Ya para marzo de ese año había leído algunas novelas y varios ensayos, pero pocos cuentos y menos poesía. Terminé leyendo 22 libros de ensayo (tres editados por mí, y también los cuento pues incluso suelo leerlos al menos dos veces), 12 novelas, como 80 cuentos de distintos autores y muchos poemas en desorden. Tuve por primera vez la precaución de anotar cada avance y al final obtuve una sensación mixta: por un lado, me alegró el dividendo; por otro, me apuró como siempre el caos de mi vida y mis lecturas.

La segunda experiencia que comparto se dio en el 2020, año de la pandemia. No sé por qué no seguí el método trazado un año antes, y comencé a leer como lo había hecho siempre: movido por el pálpito, por la corazonada de que debía leer tal o cual libro, y no otros. Así el procedimiento, llegué a diciembre sin saber con claridad qué tantos autores y de qué géneros había leído. No sé si leí más que en 2019, pero supongo que no. Sé, eso sí, que fue un año de radicalización en cuanto a la edad de los libros. Procuré negarme a la lectura de novedades y hundí la mirada casi exclusivamente en obras de cierta edad, una especie de fetichismo que me llevó a rechazar lo recién hecho y respetar lo ya cuajado, lo ya destilado por el paso de los años. Francamente, el método de 2020 no me gustó, pues le abrió en exceso la manga al capricho y al desorden.

Por todo, no recomendaría un plan de lectura demasiado rígido, pero tampoco permitir que el solo azar haga de las veleidosas suyas. Creo que el mundo actual es muy hábil para distraernos, para sujetarnos de las solapas y retener nuestra mirada en tonterías de redes sociales y demás pérdidas miserables de tiempo, así que, para dar la batalla, es prudente un mínimo trazado de proyectos. Pensar al menos, no sé, en dos libros al mes, y campechanear los géneros y los autores con una pizca de orden, será como prometerse caminar media hora todas las mañanas, un propósito asequible, y no ganar el maratón, un disparate que desde ya vamos a incumplir. Suerte con su lectura.


jueves, diciembre 31, 2020

Eternas gracias

 








¿Cómo hizo mi madre para tener siete hijos y no perder la serenidad? ¿Ocultaba y disimulaba bien el estrés o realmente se mantenía tranquila? Por supuesto que a veces se enojaba, pero era por hechos nimios, cuando nos hacía pequeño encargo (“Tiende tu cama”, “Lava esos dos platos”) y no la obedecíamos. Nunca, que yo recuerde, me transmitió una sensación de inseguridad. Aunque jamás hubo de más, siempre se las arregló para que tuviéramos lo básico: el alimento, la ropa, la escuela… Si algo me comunicó, creo, fue siempre la certeza de que lo indispensable jamás nos faltaría mientras ella estuviera allí.

Como la vida, le debo la fortuna de haber atravesado una carrera universitaria. Ella me inició en el proceso de estudiar cuando de su mano me llevó al kínder. Es un día que jamás he olvidado: en agosto de 1970 llegamos al “Jardín de Niños Pdte. López Mateos” de la colonia Santa Rosa, en Gómez Palacio; yo tenía seis años, y me dejó allí, metido en un aula junto a muchos niños y dos educadoras. Cuando se dio la vuelta y salió, recuerdo que corrí a alcanzarla, gritando y llorando, pero me detuvieron e, impotente, vi que mi madre se alejaba. De inmediato me tranquilizaron y allí comenzó mi peregrinaje escolar.

Salí del kínder público, luego pasé a la primaria, la secundaria y la preparatoria también públicas, donde fui, como lo he dicho siempre, sin vergüenza, un estudiante menos que mediocre. Digamos que era mal alumno, pero como sucede con algunos beisbolistas, sabía pegar de hit a la hora buena. Y así sobreviví sin reprobar ningún año hasta que llegó el momento de elegir carrera y universidad.

Por razones que omito describir, opté por Comunicación, una carrera que en su menú incluía muchas materias de literatura. Lamentablemente, esa carrera era ofrecida en La Laguna por una escuela privada y, a su modo, inaccesible para la economía familiar y más para mi madre, quien en casa era la encargada de administrar todo lo relacionado con nuestras escuelas. Tras conversarlo con ella, me alentó, agarré valor y fui a la universidad. Hablé con la directora de la carrera, le mostré mi papeleta de prepa, y no muy convencida vio mi promedio de 8.5. Por suerte, la boleta mostraba sólo el promedio total, y ella no podía saber que en el camino había aprobado once materias en exámenes extraordinarios. La directora me oyó y entendió que en realidad me interesaba la carrera, así que me abrió la puerta desde la primera entrevista. Pero había un problema no menor: el dinero. Pagar la colegiatura completa me resultaba imposible. Dudó un poco, mencionó de nuevo mi promedio y al final dijo que me otorgaría un 20% de beca. Creo que le caí bien.

Volví feliz a casa, y le di a mamá el notición: fui aceptado y me dieron una beca. Ella preguntó: “¿Y cuánto hay que pagar con ese 20% menos?”. Compartí la cifra y, tranquila, respondió: “Creo que es muy alta”. Ella echaba cuentas en su cabeza, y de alguna forma sumaba y restaba lo necesario para sacarme a flote sin descuidar a sus otros seis hijos.

Volví con la directora, me disculpé y le dije que no podría estudiar porque la colegiatura seguía siendo elevada. Sin más, agrandó la beca: 40%. Fui con mi madre, hicimos cuentas y la cosa seguía mal. Volví con la directora, le di las gracias, y subió la beca a 60%. Regresé con mi madre (tomaba dos camiones para ir de un lado al otro, hacía una hora de viaje), y lo mismo: imposible. La directora, al verme entrar de nuevo a su oficina, se anticipó y dijo: “80%”. Tras compartir el nuevo porcentaje con mi madre, hicimos cuentas y dijo “Sí, eso sí se puede”, y así fue como entré a la carrera.

Consciente de lo que significaba, y orgullosa también, mi madre estuvo discretamente atenta a mis necesidades de estudiante universitario. Jamás dejó de estar pendiente de la colegiatura y, entre otras herramientas, me compró la hermosa cámara Pentax K1000 para los ocho semestres que duró la clase de fotografía con el profe Jáuregui. En ese tiempo comencé a comprar libros como loco, y recuerdo que cada vez que me veía llegar decía, alegre pero fingiendo resignación: “Ay, tú y tus libros”.

Le debo tanto a mamá que siempre me quedo corto al recordar sus hazañas familiares.

Hoy, 31 de diciembre de 2020, cumpliría 90 años. Felicidades y eternas gracias, ma.


miércoles, diciembre 30, 2020

Oscuro saldo












Con la muerte del compositor Armando Manzanero, este 2020 cierra en la tesitura fúnebre marcada desde marzo o abril, cuando comenzó el confinamiento obligado por la pandemia. En lo personal mido los fallecimientos en tres ámbitos: el internacional, el nacional y el local, y a cada muerte le doy la misma importancia, aunque no el mismo grado de tristeza. Por supuesto, como a todos, me duelen más las desapariciones de personas con las que alguna vez trabé relación personal, pero esto no quiere decir que no lamente con análoga pena las muertes de personas cuyo trabajo me alegró alguna vez la vida.

En el contexto internacional, este año partieron Rubem Fonseca, Luis Sepúlveda y Luis Eduardo Aute. Del brasileño, a quien alguna vez vi leer en la FIL de Guadalajara, celebro el atrevimiento, el desenfado y la crudeza de su obra narrativa; del chileno, la agilidad y el encanto de historias como Mundo del fin del mundo o Diario de un killer sentimental; y del español, el gran número de canciones que alimentó muchas horas en la soledad de mis habitaciones. En otro plano, lamenté, lamento y lamentaré, con alto grado de pesadumbre, la muerte de Maradona, tal vez uno de los seres humanos que más felicidad le ha dado a la parte lúdica de mi corazón.

De México, ayer recibí la noticia de que había muerto el ensayista Juan José Reyes, a quien tuve el gusto de conocer en Durango. Poco antes había partido Sandro Cohen, de quien tantos buenos consejos gramaticales he hallado en sus libros. Meses antes, y escribí un apunte a propósito, se fue Óscar Chávez, uno de mis ídolos de juventud. Por las mismas fechas también partió el cineasta Gabriel Retes, y meses después, en otros espacios profesionales, el comediante Manuel Loco Valdés y recién el ya mencionado Armando Manzanero.

La suma de compañeros fallecidos en La Laguna es triste. Este año murió el cantante de trova Juan Carlos Esparza, quien con su guitarra y su voz supo alegrar a muchos en nuestra región. También Javier Alcorcha, un silencioso e incansable animador teatral, hombre que nunca demandó reflectores para su persona y siempre prodigó su esfuerzo para el mundo de la escenificación. Perdí asimismo al actor y narrador Alfonso López Vargas, nacido en Michoacán y aclimatado a La Laguna, autor de dos libros de cuentos, uno de ellos para niños. Hace un mes falleció también el profesor y poeta Salvador Espinoza Sáenz-Pardo, compañero de trabajo durante muchos años en la Ibero Torreón y compañero también de espacio en las páginas del suplemento cultural de La Opinión, hace más de treinta años. También compañero de trotes académicos, murió Roberto López Franco, maestro de la Ibero Torreón y la UAdeC, y colaborador algunos años de Milenio Laguna.

Dejo al final dos afectos muy cercanos: este año perdí a mi amigo Antonio Cruz, médico, poeta y microcuentista; vivía en Santiago del Estero, Argentina, y desde que lo conocí, allá por 2007, fue un hombre que se brindó pleno en su generoso apoyo a mi trabajo de escritor. También, hace un mes, el 27 de noviembre, murió en Matamoros de La Laguna, Coahuila, el poeta y cronista Oliverio Rodríguez Herrera, padre de Maribel, mi compañera, y excelente amigo, hombre querido y respetado en su comunidad.

La lista, claro, puede ampliarse. Este 2020 nos deja muchas lecciones. Entre otras, que la vida es mucho más frágil de lo que imaginamos. Que el 2021 sea mejor para todos. Que tengan un excelente año.


sábado, diciembre 26, 2020

Treinta años luego

 












Hace treinta años, en 1990, publiqué mi primer libro individual. La historia de ese racimo de cuentos se remonta a 1980 u 81, años en los que decidí —este verbo hay que leerlo con reserva pues a los 16 años es difícil que uno decida claramente algo— dedicarme a escribir. Estaba en la prepa, era un alumno muy inconstante, tanto que cada semestre reprobaba al menos un par de materias que luego, no sé cómo, lograba salvar en exámenes extraordinarios. Pero mientras mis estudios formales avanzaban a los tumbos y mi vida se desplegaba en la esquina de la cuadra con mis amigotes, en las noches ya leía libros que en nada se relacionaban con las obligaciones. Recuerdo con vaguedad haber leído Los de abajo y Más cornadas da el hambre (de Spota), títulos que llegaron a mis manos gracias a un motivo que hasta la fecha desconozco, pues en mi entorno no había libros. Gracias a esas primeras lecturas y otras no menos azarosas intuí que aquello me gustaba. Fue así como pensé que podía dedicarme a la literatura.

La prepa me torturó, cierto, pero gracias al via crucis supe lo que no quería estudiar. En los cinco primeros semestres sufrí mucho, reprobé once materias, fui un pésimo alumno, casi (o sin casi) un burro, pero en el sexto semestre, cuando los estudiantes podíamos optar por la rama de humanidades y llevar sólo materias de esta índole, destaqué y casi alcancé el diez de promedio. Lo mío, si es que alguna vez hubo algo “mío” en el rubro educativo, eran las materias humanísticas. Recuerdo el gran placer que me produjo la clase de Etimologías grecolatinas, o lo mucho que disfruté Historia de México y Derecho. Fui feliz en el último semestre de la prepa, así que cuando derivé en la carrera de Comunicación, que en el Iscytac contaba con muchas materias de literatura en su programa, mi desempeño fue el de un muy buen alumno, un alumno con promedio siempre arriba del nueve.

A mediados de la carrera, es decir, hacia 1984, ya había escrito algunos textos de autoconsumo. Eran “poemas” (las comillas son imprescindibles en este caso) y “cuentos” (ídem) de cuyo contenido no quiero acordarme, aunque más que su contenido, era su forma, su ejecución, lo que delataba mi verdor de aquellos años. Gracias a Saúl Rosales, quien era mi maestro de literatura en el Iscytac, en 1984 publiqué algunos poemas y un par de cuentos en el suplemento cultural de La Opinión, lo que de cierta manera sirvió para que me creyera “escritor” y así tener derecho a figurar en el grupo literario Botella al Mar formado por el mismo Saúl (como quarterback), Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas y varios amigos más que con el tiempo se sumaron al empeño de escribir en serio. Fue allí, en el seno de aquel grupo, donde obtuve mayor información sobre los secretos del cuento como género literario y donde compartí mis relatos más logrados. Nunca me sentí particularmente hecho, seguro de mi trabajo. Al contrario: la sombra de la insatisfacción jamás dejó de amagarme, y la terca no se ha ido.

Poco a poco, cayendo y levantando, como dice la canción, escribí los diez cuentos que constituyen El augurio de la lumbre. Con él gané un premio nacional de narrativa joven en 1989 y fue publicado por Felipe Garrido en 1990. Ya impreso, recuerdo que me arrepentí, pero aunque sea un libro que no me agrada, sé que gracias a él seguí intentando hacer literatura. Hasta hoy, treinta años luego.


miércoles, diciembre 23, 2020

Mudar y desechar










¿Cómo demonios metemos tanta mugre a la casa? Esta pregunta retórica me nació tras concluir una mudanza que espero sea la última de mi vida, pues me costó sudor y lágrimas, aunque afortunadamente no sangre. Dada la pandemia, decidí trasladar todo sin pedir ningún socorro, salvo en el caso de tres libreros que demandaron la competencia de dos amigos aptos para la estiba. Viví diez años en departamentos pequeños y amueblados, así que en teoría mi traslado no pasaría de ser asunto de dos o tres jornadas a buen ritmo. Crasa equivocación: pasé casi dos semanas metido en el agobiante trajín de armar cajas con libros, papeles de trabajo, enseres domésticos y ropa, todo lo cual comenzó a emerger de no sé dónde, como convocado sólo para fastidiarme la existencia.

Mientras evolucionaba la mudanza no pude no pensar en el consumo y la acumulación. Cierto que me considero crítico y autocrítico del consumismo como enfermedad emblema del sistema capitalista en el que vivimos, pero esto no significa que me haya librado de su pegadizo influjo. Como cualquiera, yo también he convertido al objeto en centro de veneración, y esto ha salido a relucir durante mi traslado de una casa a otra. Lo peor es que, metidos como estamos en el consumo, no lo advertimos, igual que el pez no advierte el agua en la que se mueve.

Así fue, pues, que durante varios días entablé una lucha sin cuartel, aún inconclusa, contra la acumulación. Mientras iba embalando objetos tomé una decisión similar a la que ejecutan los departamentos de control de calidad: marcaría los objetos de desecho inmediato, los que quedaban “en veremos” y los salvados definitivamente de la purga. Por supuesto, muchas veces dudé frente a los objetos condenados a la eliminación directa: ¿me servirían en el futuro? ¿No representaban algo simbólicamente valioso para mí? Supongo que esos son los autochantajes que perpetra la mente del acumulador, defender con uñas, alma y dientes los objetos hacinados en su entorno, conservar hasta las botellas desechables con argumentos que rayan en lo delirante.

Pero procedí, creo, bien, con mano dura. Me hice a la idea de no tener piedad y pagar con ese rito inquisitorial la culpa de haber reunido tantas cosas innecesarias o, en el mejor de los casos, muy poco necesarias. Al final del trance eliminatorio logré reunir, no sin asombro, varias bolsas negras que fueron canalizadas ora a la basura, ora a quien quisiera conferirles alguna utilidad, como en el caso de la ropa.

Alejado ya de la juventud, quevedianamente escarmentado del sueño de la vida, sé a esta hora que la lucha por vivir sin tanto lastre es muy difícil, pero hay que darla. La ropa necesaria, los enseres domésticos básicos, dos o tres adornos que a mi juicio supongan algún valor artístico y ya, con eso será suficiente. El problema serán los libros, mis demasiados libros: con ellos la dificultad para purgar será mayor, pero no imposible de ser realizada. Se convertirá en mi prueba de fuego como acumulador, pero la encararé —como dicen en el dilema sin salida— sí o sí.


sábado, diciembre 19, 2020

Ferias 2020 sin encanto


 








Si bien no he sido, como Juan Villoro o Paco Taibo, habitué de todas las ferias del libro que en el mundo hay, tampoco me considero un relegado/renegado de esos espacios. Al año, movido por una mezcla de obligación laboral y vocación de lector, asisto en promedio a tres o cuatro ferias desde hace al menos dos décadas. En estos espacios encuentro lo mismo que muchas personas vinculadas con el medio editorial: presento libros propios y ajenos, compro libros, establezco contactos editoriales vinculados con mi chamba y, lo fundamental, reencuentro amigos que para bien y para mal andan en los mismos ilusos trotes. Las ferias siempre son, por ello, como el beisbol: una cajita de sorpresas, así que si uno es lector/escritor/editor más vale apersonarse en tantas como sea posible.

Creo que antes del 2000 participé en una o dos ferias, aquéllas que organizábamos para ver si prendía entre nosotros, los laguneros, el amor por el libro. Los resultados jamás fueron halagüeños, pero la lucha se la hacía. Gracias a esos primeros intentos me quedó la idea de que las ferias en México eran veinte localitos con libros y unas diez presentaciones/conferencias de escritores. Sin otro punto de comparación, en 2001 fui invitado por primera vez a la FIL Guadalajara. El país invitado fue Brasil, y recuerdo que para llegar tomé un vuelo de AeroCalifornia, línea caracterizada por la precariedad de su servicio, lo que incluía el alto riesgo de sufrir percances. Poco antes de llegar a la FIL ya me había creado en la imaginación un cuadro de lo que encontraría, pero me quedé corto, cortísimo. Mi primer día en la FIL fue epifánico. Era inmenso el local para contener lo que se movía allí dentro, una turba incesante de editores, libreros, periodistas, escritores, organizadores y, como suelen llamarlo, “público en general”, en este caso adultos, muchos adultos, y cientos, miles y miles de jóvenes y niños. De modo que esta bestialidad es una feria, pensé, y entonces perdí el candor y supe lo que significa la convocatoria del libro en todos sus géneros y formatos.

Gracias a que recién había publicado una novela en Planeta, los encargados de prensa dispusieron que participara en dos mesas. En una de ellas, con jóvenes escritores mexicanos (todavía lo éramos en 2001), me tocó figurar, entre otros, junto a David Toscana y Eduardo Antonio Parra, quienes en aquel momento ya tenían buen cartel, aunque por supuesto no el que alcanzarían poco después.

Luego de esa primera feria le cobré cierta adicción al fenómeno, y digamos que ir a Guadalajara se convirtió año tras año en rito de noviembre/diciembre, y aunque es cansado y caro, el peregrinaje nunca ha dejado también de ser interesante.

Otras ferias me han ocurrido en medio de cada FIL: Minería, Arteaga, Monterrey, Hermosillo, Tijuana, Xalapa, Buenos Aires, Durango, Pachuca, y en todas he sentido el placer de estar en algo que me concierne así haya asistido en la faceta de mero público. Por eso ahora, en este año infausto y de ferias digitales, no es lo mismo. El esfuerzo se pone, participé en un par mediante las herramientas de la virtualidad, pero francamente no resultan atractivas. Basta sentir lo que se siente en las ferias vía internet para concluir que Zoom, Meet y todo lo que quieran son apenas tristes paliativos, y al menos en el corto plazo las ferias virtuales no serán capaces de suplir a las otras, las que convocan sudorosos tumultos de carne y hueso en torno al libro.


miércoles, diciembre 16, 2020

Atropellar y triunfar

 








Los libros de autoayuda (también denominados en la estantería bibliográfica con la etiqueta “superación personal”) han encontrado múltiples derivaciones en los soportes de la tecnología moderna. Prácticamente ya no hay, por ello, medio que no ofrezca cancha al discurso de la lucha y el éxito, de la mentalidad del “sí se puede” que tan hondo ha calado en el pensamiento actual. El facilismo de su “filosofía”, como sabemos, permite que sea accesible para cualquiera, pues en esencia todos estos rollos son atravesados por una idea eje: echarle ganas, muchas ganas para conseguir todo lo que cada uno apetece.

Si partimos de una mínima base de sensatez, el deseo de salir adelante no está mal. Lo nefasto no es esto, sino el tremendo y a veces despiadado individualismo que fomenta. Lejos de exaltar valores que hagan viable la convivencia de todos, la meritocracia se empeña tozudamente en aplaudir, por un lado, el triunfo de unos pocos sujetos ejemplares y, por el otro, en abominar de todo aquello que se ubique en el triste rango de los perdedores, de los losers, seres que a lo mucho merecen vivir como servidumbre o carne de penitenciaría.

Los mensajes de superación personal suelen ser edulcorados, blandos, muchas veces hasta lacrimógenos. Suelen alentarnos a alcanzar nuestras metas con casos de la vida real, con sujetos que de la nada, porque le echaron un montón de ganas, salieron adelante y ahora son verdaderos paradigmas de prosperidad. Lo que queda como sedimento es, siempre, la idea nada tierna de triunfar cueste lo que cueste, de brincar cualquier obstáculo para no quedar ensartados en la mediocridad que sólo calza bien a los conformistas.

Existen, además de los dulzones, mensajes de autoayuda no tan lánguidos. Están dirigidos sobre todo a los segmentos duros de la población, principalmente a los jóvenes, de ahí que lleguen por la vía de las redes sociales. Los más pesados incurren en el extremo de la inhumanidad, como los producidos en el mismísimo mundo del narco. Hace poco, por ejemplo, circuló sin freno por WhatsApp un video que asumía sin tapujos el sentimiento de pertenencia que decenas de enmascarados grabaron para dejar claro que son “gente del Mencho”. Una cámara avanza y todos, al lado de sus trocotas y armados con metralletas de alto poder, declaran su adscripción y el nombre del líder al que rinden cuentas. El mensaje no es inocuo: visto desde cierta madurez, parece adolescente, y precisamente por esto puede seducir al joven que no tiene nada y desea superarse, pertenecer a algo, aunque sea a eso.

Otro mensaje de reciente circulación es menos evidente en su lamentable postura. En apariencia es muy lindo y motivante, pero por debajo de las palabras se agazapa la podredumbre del individualismo: un joven negro (doce años a lo mucho) carga una pelota de básquet y habla muy enfáticamente sobre su idea del esfuerzo y la victoria final: “Nada viene fácil, en la vida tienes que trabajar…”. Hasta aquí, el joven dice una obviedad aceptable. Luego añade: “O eres el tiburón del océano, o eres el pez en el mar… yo quiero ser el tiburón, conseguirlo todo (aquí se da unos golpes en el desnudo pecho), ¡fuerza!, nada de debilidades, ¡poder, músculos!, debes tener esa mentalidad para poder llegar y dominar…”. Es un niño de barrio, un niño de color, pero su discurso en casi nada se diferencia del enunciado por cualquier supremacista estándar.

No está mal echarle ganas, pero ya el mundo se ha podrido por hacerlo sin ninguna solidaridad con el otro, sin una visión mínimamente comunitarista. En la aparentemente inofensiva autoayuda puede esconderse pues la peor barbarie, aguas.

 

sábado, diciembre 12, 2020

A mí se me hace cuento

 









Así como a muchos les gusta la filatelia, la cocina, los cómics o la matemática, a mí me gusta el futbol. No fue una elección racional, pensada, sino algo que se atravesó en mi vida durante la infancia. Estaba cerca de llegar a la secundaria, digamos que poco después de los diez años, cuando el contacto del pie con la pelota se convirtió en un vicio adquirido en el barrio de Gómez Palacio en el que nací y viví hasta los trece años. Me hice jugador callejero y como todos los niños del mundo que acusan la pasión futbolística, no sólo intentaba jugadas durante los partidos, sino en la mente, a toda hora. Para aprender más, abracé los colores de un equipo profesional, vi muchos juegos en la tele, compré revistas especializadas, seguí jugando en la calle y en el llano, y así, con la cabeza copada por el futbol, atravesé la adolescencia.

Poco después del mundial del 78, en 1979, supe que la selección juvenil argentina tenía un jugador extraordinario, un tal Diego Maradona. En aquel momento la información fluía lentamente o al menos con una velocidad muy distinta a la actual, pero poco a poco fueron llegando más noticias. Maradona llevó a los argentinos a ganar el mundial juvenil en Tokio y tras eso comenzaron a cundir las repeticiones de su desempeño en las canchas. Era evidente lo que permaneció siendo evidente durante varios años: Maradona era distinto, pero no distinto a la manera de tantos distintos relativamente ordinarios: el gambetero, el buen filtrador de pases, el buen tirador de penales... Maradona no sólo era distinto a los 21 jugadores que participaban junto a él en cualquier cancha, sino distinto a los millones de jugadores amateurs y profesionales del mundo entero. El suyo parecía un cuerpo perfectamente articulado para la práctica del futbol, de suerte que todos sus movimientos eran los óptimos en cualquier acción dentro de la cancha. Hasta el toque de balón menos comprometedor tenía en su caso algo de mágico y perfecto, como si ese toque se enriqueciera apenas lo tramitaba el cuerpo de aquel 10 inaudito.

Claudio Borghi, quien alguna vez jugó con él, dijo que Maradona pensaba muy rápido. Cierto. En un deporte en el que la rapidez, los reflejos y la intuición son fundamentales, una milésima de segundo de anticipación hace la diferencia. Maradona, en efecto, antes de recibir el balón siempre tenía ya dibujada en la cabeza su jugada. Esto, sin embargo, no es suficiente para ser lo que Maradona fue. La jugada primero era pensada y de inmediato, sin solución de continuidad, ejecutada a la perfección, de suerte que los rivales y hasta sus mismos compañeros parecían jugar siempre en otra dimensión, una dimensión lenta e imperfecta. El problema con otros jugadores es que no piensan tan rápido, y aunque lo hagan, no ejecutan con solvencia lo que pensaron, y en Maradona se dio esa feliz y recurrente coincidencia entre la concepción de la jugada y la ejecución impecable, todo casi al mismo tiempo, con una mecánica corporal sin tacha, inventiva, que parecía natural, pero era portentosa y por ello única.

El don futbolístico de Maradona iba acompañado, además, de un carácter peculiar, también indispensable para ser un líder dentro de la cancha. No se arrugaba ante las patadas, encaraba a quien lo acosaba con malas artes y ponía el pecho a las balas para ayudar a sus compañeros como lo que era, el jefe de todos. Por eso, y pese a que el futbol que le tocó no protegía al jugador con técnica, lo bañaban de patadas, le rompían los tobillos y las rodillas, y él seguía de pie, luchando por ganar.

Hace 25 días, el 30 de octubre, cuando Maradona llegó a sesenta años, Óscar Ruggieri dijo algo muy cierto: que le hubiera gustado, como a cualquiera, ser Maradona dentro de la cancha, pero no fuera, pues la vida de Diego era invivible por los grados extremos de acoso público a los que fue sometido las 24 horas del día, por la anulación absoluta de la privacidad y todo lo que esto significa para el equilibrio mental. Tuvo razón: sólo se puede saber lo que implica la terrible vida de Maradona-fuera-de-la-cancha si se es Maradona-fuera-de-la-cancha.

En una entrevista disponible, como casi todo lo relacionado con Maradona, en YouTube, el actor Gastón Pauls, hermano del escritor Alan del mismo apellido, le preguntó a Diego qué hay en el lugar al que llegó en términos de fama. “Hay soledad, hay frío…”, respondió Diego. Esa soledad y ese frío minaron su salud, y hoy acabaron con su cuerpo.

Borges, otro inmortal, escribió en un poema sobre la ciudad donde nació: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Sobre el 10 puedo pensar algo semejante: a mí se me hace cuento que murió Maradona. Desde ya lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.

                      Comarca Lagunera, 25, noviembre y 2020

Nota. Tomé la foto en 2007 frente a La Bombonera, el estadio de Boca Jrs.