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miércoles, octubre 15, 2025

Potencias de la duda


Reencontré este apunte inédito desde hace trece años, cuando todavía era padre de tres pequeñas que ya son adultas. Sirve aún:

A veces, muy a veces, menos seguido de lo que deseo pero sí a veces, cada mucho tiempo más bien, me siento medianamente complacido por una respuesta a mis hijas. Me pasó ayer, y cuento.

No sé por qué razón ni en qué materia, el libro de Formación cívica y ética de sexto grado viene insistiendo en asuntos relacionados con la personalidad y la consciencia de esa personalidad en los pequeños. Supongo que es por la edad que atraviesan: como están al borde de la adolescencia, lo que equivale a decir que están al borde de una zanja, algunos capítulos de su libro han planteado tareas específicas a mi pequeña: escribir su autobiografía, autorretratarse a lápiz, anotar sus rutinas y todo eso. Supongo, reitero, que esos planteos sirven para afirmar al niño, para hacerle ver su condición de individuo excepcional y amacizar su autoestima.

En la tarea de ayer había tres encomiendas: 1) describir las virtudes que el propio niño percibe en sí mismo; 2) describir igualmente sus deficiencias; y 3) comentar cómo pueden sus virtudes ayudar a subsanar sus defectos. El inciso más difícil para mi hija fue el primero, tanto que se acercó a pedirme ayuda. Ella es, creo, un ser humano extraordinario, atiborrado de capacidades y sensibilidad; no lo digo sólo yo (aunque para mí sea fácil declararlo): sus notas y sus maestras me ahorran la incomodidad de elogiarla. Como niña conciente ya de sus potencialidades, sabe que es dueña de virtudes importantes, y una de ellas, la modestia, es la que sirvió para alertarla: sintió que algo andaría mal si se soltaba como si nada describiendo que es puntual, responsable, disciplinada, respetuosa, amable, sensible, cordial, sincera, sencilla y algo más. Me dijo: "Papá, no me gustaría decir eso, se oye mal".

Hace poco, dos semanas antes de lo que narro, me preguntó el significado de la palabra "soberbia", así que lo aplicó en este caso: "Lo que escriba parecerá... ¿soberbio?". Pensé de botepronto en las dos posibles salidas: 1) La de la confianza absoluta, sin titubeos, la del orgullo convencido sin átomo de duda; decirle: "Escribe lo que sabes que eres con total seguridad. Si sabes que eres eso, no dudes en asumirlo". Marginé esa respuesta porque me parece inhumana, no da margen a la equivocación. Opté entonces por la salida 2) La de la precavida incertidumbre: "Escribe ‘creo que soy responsable, aspiro a ser educada, procuro respetar a los demás, me gusta ser puntual y trato siempre de ser solidaria...'". Le hice ver que había allí muchas palabras que suponen un deseo, una aspiración, un propósito, y que el solo hecho, por ejemplo, de querer ser responsable era ya, en sí mismo, una virtud. La niña sonrió, no requirió más explicaciones y de inmediato comenzó a escribir sobre los renglones disponibles de su cuaderno de trabajo.

Algunos me dirán, lo supongo, que sembrar dudas en su "camino al éxito" no es lo más recomendable. Pienso luego, para tranquilizarme y sin afán didáctico, sólo para mí, que el "éxito" que ahora tanto nos preocupa y es tan socorrido en los manuales de autoayuda, no está en alcanzar “el éxito” en sí, sino en sobrevivir a todas las dudas que nosotros mismos nos imponemos y vamos resolviendo con humildad, sin creer jamás del todo en las fachendosas virtudes que a veces nos suponemos y por lo general son meras ilusiones, vanos pedestales para instalar nuestra autoestimita.

Por último, a mi hija le fue bien en su tarea.

miércoles, diciembre 16, 2020

Atropellar y triunfar

 








Los libros de autoayuda (también denominados en la estantería bibliográfica con la etiqueta “superación personal”) han encontrado múltiples derivaciones en los soportes de la tecnología moderna. Prácticamente ya no hay, por ello, medio que no ofrezca cancha al discurso de la lucha y el éxito, de la mentalidad del “sí se puede” que tan hondo ha calado en el pensamiento actual. El facilismo de su “filosofía”, como sabemos, permite que sea accesible para cualquiera, pues en esencia todos estos rollos son atravesados por una idea eje: echarle ganas, muchas ganas para conseguir todo lo que cada uno apetece.

Si partimos de una mínima base de sensatez, el deseo de salir adelante no está mal. Lo nefasto no es esto, sino el tremendo y a veces despiadado individualismo que fomenta. Lejos de exaltar valores que hagan viable la convivencia de todos, la meritocracia se empeña tozudamente en aplaudir, por un lado, el triunfo de unos pocos sujetos ejemplares y, por el otro, en abominar de todo aquello que se ubique en el triste rango de los perdedores, de los losers, seres que a lo mucho merecen vivir como servidumbre o carne de penitenciaría.

Los mensajes de superación personal suelen ser edulcorados, blandos, muchas veces hasta lacrimógenos. Suelen alentarnos a alcanzar nuestras metas con casos de la vida real, con sujetos que de la nada, porque le echaron un montón de ganas, salieron adelante y ahora son verdaderos paradigmas de prosperidad. Lo que queda como sedimento es, siempre, la idea nada tierna de triunfar cueste lo que cueste, de brincar cualquier obstáculo para no quedar ensartados en la mediocridad que sólo calza bien a los conformistas.

Existen, además de los dulzones, mensajes de autoayuda no tan lánguidos. Están dirigidos sobre todo a los segmentos duros de la población, principalmente a los jóvenes, de ahí que lleguen por la vía de las redes sociales. Los más pesados incurren en el extremo de la inhumanidad, como los producidos en el mismísimo mundo del narco. Hace poco, por ejemplo, circuló sin freno por WhatsApp un video que asumía sin tapujos el sentimiento de pertenencia que decenas de enmascarados grabaron para dejar claro que son “gente del Mencho”. Una cámara avanza y todos, al lado de sus trocotas y armados con metralletas de alto poder, declaran su adscripción y el nombre del líder al que rinden cuentas. El mensaje no es inocuo: visto desde cierta madurez, parece adolescente, y precisamente por esto puede seducir al joven que no tiene nada y desea superarse, pertenecer a algo, aunque sea a eso.

Otro mensaje de reciente circulación es menos evidente en su lamentable postura. En apariencia es muy lindo y motivante, pero por debajo de las palabras se agazapa la podredumbre del individualismo: un joven negro (doce años a lo mucho) carga una pelota de básquet y habla muy enfáticamente sobre su idea del esfuerzo y la victoria final: “Nada viene fácil, en la vida tienes que trabajar…”. Hasta aquí, el joven dice una obviedad aceptable. Luego añade: “O eres el tiburón del océano, o eres el pez en el mar… yo quiero ser el tiburón, conseguirlo todo (aquí se da unos golpes en el desnudo pecho), ¡fuerza!, nada de debilidades, ¡poder, músculos!, debes tener esa mentalidad para poder llegar y dominar…”. Es un niño de barrio, un niño de color, pero su discurso en casi nada se diferencia del enunciado por cualquier supremacista estándar.

No está mal echarle ganas, pero ya el mundo se ha podrido por hacerlo sin ninguna solidaridad con el otro, sin una visión mínimamente comunitarista. En la aparentemente inofensiva autoayuda puede esconderse pues la peor barbarie, aguas.

 

sábado, septiembre 26, 2009

AC-DC, cambio por dolor



Tras muchísimos años (cerca de treinta) sin saber nada sobre él, he recuperado la amistad de Armando Mier Gutre, compañero de la secundaria. Gracias a internet pudo localizarme y yo, a su vez, tener noticias sobre sus peculiares andanzas. Luego de los tres años en los que convivimos dentro de las aulas, Armando viajó a la ciudad de México, donde hizo la prepa y la carrera. Después, sin más, abrazó su máxima pasión: el trotamundismo, lo que determinó su primer viaje al extranjero. Estuvo en Francia, en Polonia y finalmente en Finlandia, donde desarrolló un gran conocimiento de la lengua nativa. Posteriormente pasó a Austria, tuvo una brevísima estancia en Rumania y al final se estableció durante una larga temporada en Hungría, donde también aprendió los secretos del idioma local. Fue allí donde conoció, me informa, al maestro Lazlo Skltürtğkjc, quien diseñó el método motivacional que paso a describir.
A diferencia de los otros procedimientos usados para despertar a los modorros, el método del profesor Skltürtğkjc no apela, digámoslo así, a las caricias, sino al dolor. En efecto, el curioso procedimiento podría ser denominado, en español, AC-DC, lo que vendría a significar “Activación del Cambio por medio del Dolor y el Coraje”. Así pues, en lugar de motivar a las personas con discursos convencionales del tipo “tú puedes”, “siempre sonríe y la fuerza estará contigo”, “sé líder”, “busca la excelencia”, “vence los obstáculos”, “suéñate mejor cada día”, “nadie hará por ti lo que tú no hagas” y todo eso, el profesor Skltürtğkjc ha diseñado planteamientos que basan en la agresión el ideal de transformar al hombre, de mejorarlo.
El método, por supuesto, está sólidamente apoyado en una teoría. Según el profesor Skltürtğkjc, la evolución del hombre se ha cimentado sustancialmente en la agresión. Esto significa, observa, que desde su aparición sobre la tierra, el ser humano ha convivido con la hostilidad: de los elementos, de las fieras, de la incertidumbre y, principalmente, del propio ser humano. No han sido caricias, entonces, las que han estimulado el progreso de la humanidad, sino lo contrario: adversidades de todo signo, riesgos, insultos de la naturaleza, persecuciones de las bestias y permanentes luchas entre los hombres que han sido los más feroces lobos de los mismos hombres.
El profesor húngaro desprende de esa noción todo su método motivacional. Señala que los procedimientos “blandos” (así los denomina) no logran influir de manera determinante en el cambio del ser humano, dado que todo hombre tiene cierta información “arcaico-genético-espiritual” que se niega a aceptar los cambios si antes no hay una presión o una determinada forma de hostilidad. Por ello, el diseño del método AC-DC es tan extraño y en apariencia inviable. El profesor Skltürtğkjc lo ha expuesto en un cuadernillo escrito en húngaro, pero todavía no volcado al castellano. En esa tarea se ha involucrado mi ex condiscípulo Mier, quien me ha hecho algunos generosos adelantos de su trabajo. Hemos acordado que, cuando la versión en español esté lista, me encargará un prólogo, lo que acepté no sin algunos titubeos. Mi vacilación se fundamenta en que, sea cual sea el método, no creo en los cambios abruptos, en los “inspiradores” o “motivadores” o “merolicos del alma” que ahora abundan y repudio. Pero algo diferente, creo, muestra el profesor Skltürtğkjc, así que por lo pronto acepté fungir como potencial prologuista de su método en nuestro país.
Sé que las explicaciones no bastan para aclarar el asunto. Doy, pues, un brevísimo ejemplo. Para motivar a un empresario arruinado, dice: “Será imposible que hagas algo bueno en los negocios, animal. Estás condenado a la mediocridad, todo te saldrá mal. Convéncete: eres un pobre diablo, un fracasado. Abandona tus proyectos y ya, despídete del éxito con el que tanto has soñado inútilmente”. Según el profesor Skltürtğkjc, no hay empresario que no despierte con ese amargo tónico. Me declaro incompetente para asegurarlo.