martes, agosto 16, 2022

De libros, lectores y editores

 









En 2019 o poco antes, Gerardo Segura —escritor, periodista y promotor cultural coahuilense— me invitó a participar en el libro que he comentado en esta liga. Meses después supe que se agotó en su soporte material y por ello el sello encargado de editarlo, la Secretaría de Cultura de Coahuila, ha sumado este título a su lista de obras para descarga gratuita en la siguiente página. Comparto aquí la presentación escrita por Gerardo Segura y la entrevista completa que generosamente me hizo e incluyó en el libro. Confío en que se trata de un material de notable interés sobre todo para los lectores, escritores y editores.


Presentación

Gerardo Segura

En el hermoso libro Qué leen los que no leen, de Juan Domingo Argüelles, se aborda el prejuicio respecto a las lecturas sanas, las que nutren, y las chatarra. Nos han enseñado que la lectura es buena y la no lectura alimenta el ocio. También que las lecturas sanas están en un canon y las malas en el puesto de periódicos, en la peluquería, en las salas de espera. Este planteamiento abre el camino a un asunto extra lector que habría que discutir, o simplemente ignorar y que cada quien se las arregle como pueda, que piense lo que quiera.

Otro semejante es el tema de que los libros buenos, los válidos, son los impresos por sellos editoriales comerciales. Las ediciones de autor, los institucionales, de imprentas del barrio, son proyectos que se agotan en sí mismos, sin trascender. En la biblioteca de casa hay un par de bellísimos ejemplares de Iberia editorial que impulsa Jaime Muñoz Vargas. Lejos del manido “Libros muy dignos” o “No le pide nada a nadie”, los libros de Iberia son ejemplos de que fuera de los sellos nacionales comerciales sí se sabe editar siguiendo los cánones de las artes gráficas.

Y uno más es mal leer los libros. Las maestras nos dijeron con más frecuencia que éxito, que habíamos leído mal tal o cual libro, que no lo entendimos. ¿Hay un modo correcto de leer? ¿Hay un modo incorrecto de leer? Si es así, habría que preguntarse si existe un modo correcto y uno incorrecto de vivir, de entender de qué va la historia personal.

La lista de prejuicios, de malos entendidos, de intransigencias, de fantasmas que recorren las páginas de los libros, se alarga al tenor del censor, del juez que, ya sea vestido de bibliotecario, maestro, cura, librero, crítico, con frecuencia bien intencionado, hasta ser más grande que la enciclopedia británica.

A lo largo de años embebido en la lectura he resuelto algunos escollos y creencias, las menos, con tal de seguir abandonándome 8 en las páginas de los libros con la impudicia imprescindible para disfrutarlos. Sin embargo, cuando llegó la promoción de la lectura como actividad profesional y me trepé a la palestra a pontificar sobre el modo correcto de leer, vinieron las preguntas incómodas. ¿Así se hace? ¿Así procederá Alma Velasco, Felipe Garrido, Daniel Goldin y tantísimos más promotores serios, promotores de verdad? Ya la lectura de Ramón Flecha y antes, de su tutor Paulo Freire, había zanjado la cuestión con voz más clara que mi entendimiento: que cada quien lea a la luz de su historia personal.

Leer, como leerse, es un asunto tan subjetivo que más tiene que ver con el propio acercamiento inaugural a la lectura, con el acompañamiento que vivió, con el modo de entender la reacción del entorno a su ejercicio lector, con el tipo de lecturas realizadas... con un montón de cosas más que, como los genes reunidos al instante de la concepción, obedecen más al azar que a una planeación bien rumiada.

Preguntando, preguntador, me hice a la mar de la conversación con la Gente de libros. Todo lo que buscaba saber era si les ocurría lo mismo, si sus libros, sus hábitos lectores, sus libreros y esperanzas librescas alimentaban o padecían glorias o fantasmas.

La pléyade aquí reunida representa a los diversos gremios de la parábola que trazan los libros desde su salida del escritorio del escritor hasta su destino final. Editores, promotores, bibliotecarios, lectores y críticos están representados en las siguientes páginas, sin frontera entre una actividad y otra. Los bibliotecarios escriben, los escritores promueven la lectura, los lectores son escritores, los promotores son críticos, los críticos son bibliotecarios, así sea de su propia biblioteca... Ya lo dijo Yolanda Argudín en las entrañables clases en la Ibero Churubusco: el que anda entre libros a escribir se enseña.

Como en los ríos viejos las riveras están deslavadas y el agua fluye de un lado a otro sin mucha vocación de límite. Así, la gente de libros va al tenor de su juicio de un lado a otro de las orillas del 9 libro y ora toca la rivera del ensayo, ora la de la promoción, ora de la edición con tal de seguir leyendo, alimentando sus pensamientos, su voz interior.

Más allá de la censura, de los consejos, de los prejuicios del censor, el lector letrado escucha a su voz interior que, página tras página, libro tras libro, va haciéndose más sonora, más clara, más nítida, más inteligente. Tal vez por eso sea que algunos lectores letrados hablan poco, ocupados, como están, en dialogar con su voz interior, con el hombre que siempre va consigo.

*

La gente de libro cuyo pensamiento camina por estas páginas, son personas a las que admiro, respeto y tengo como ejemplo en uno o varios sentidos. A los que busqué y no están por algo será. Se partió del principio de construir un abanico conformado por jóvenes de diferentes edades, de diferentes regiones, no solo capitalinos, no solo coahuilenses; de diferentes acentuaciones profesionales, de diferentes formaciones, y de diferentes modos de pensar. El propósito es ofrecer al lector un caleidoscopio del pensamiento de los grandes lectores en México.

A cada una se le presentó una guía de conversación, de entre cinco y seis preguntas, que se desahogó conforme transcurría la charla. Se decidió suprimir la voz del interlocutor en un afán de dejar sola y libre la del entrevistado y que ésta corriera a su libre albedrío, salvo en el caso de tres entrevistados que prefirieron redactar sus respuestas y enviarlas por correo.

Gracias a la bondadosa confianza que dispensaron al proyecto, gracias por sus confidencias e infidencias (no todas están) y gracias por el trabajo de leer la edición final y aprobar el respectivo manuscrito.

Gerardo Segura Saltillo, Coah. Noviembre 2018

 

Entrevista a Jaime Muñoz Vargas

La imagen más vieja que retengo sobre mi contacto con las letras se remonta, creo, a 1968. Tendría yo como cuatro años y en la salita de mi casa en la calle Madero, de Gómez Palacio, Durango, me veo tirado en el piso, con una hoja, un lápiz y un periódico. Concentrado, copio algunas letras y formo una palabra. Sospecho que todavía no sé qué sonido tiene cada letra, pero con ellas formo una palabra que ni siquiera es eso, una palabra, sino un arbitrario puñadito de letras. Al final, llega mi padre y le muestro el resultado. Lee que no dice nada, que sólo se trata de una breve sucesión de letras, sonríe y seguramente me da unas leves palmadas en la coronilla. Creo recordar, o no sé si ese recuerdo lo inventé después, que para mí fue muy meritorio juntar esas letras, copiarlas tal y como las veía en el periódico. Esto significaría entonces que escribí poco antes de entender lo que escribía, que para mí las letras primero fueron forma antes que sonido.

Como digo, un periódico fue mi primer papel impreso. En mi casa no había libros ni antecedentes de lectura como fuente de placer. Lo que sí había era periódico, pues mi madre compraba a diario La Opinión, el periódico más viejo de La Laguna, fundado en 1917. Gracias a esto, cuando al fin llegué a la primaria y aprendí a leer, las páginas del diario se complementaron con los libros de texto, así que de 1970 a 76, más o menos, no tuve contacto con otros papeles que no fueran esos. Los libros de texto de aquellos años que me gustaban más eran los de español e historia, y desde siempre me sentí lejos de los otros.

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme. Alguna vez, en septiembre de 2014, escribí sobre él, y lo evoqué así en mi blog:

“Desde hace unos cinco años pienso con frecuencia en aquel libro. Llegó a la casa familiar como regalo en la compra de una enciclopedia, la Británica o la Grolier, quizá la Salvat, no sé. Recuerdo su formato grande, como tabloide, su pasta dura, su buen encuadernado y el papel brillante y bien impreso a color de todas sus páginas, como de revista gringa. Lamento no recordar el título, lo que contrasta con la excelente calidad de las fotos que conservo en la memoria. Era un libro gordo, de al menos 250 páginas, y por su tamaño pesaba tanto que sólo podía ser hojeado en una base de apoyo, sobre una mesa.

Las fotos hacían un recorrido por las edificaciones más importantes construidas por la humanidad y algunos portentos de la naturaleza: edificios, puentes, casas, presas, catedrales, museos, cataratas, ríos. De cada obra o escenario natural, varias tomas a full color desde distintos ángulos. Además, un texto aledaño, sencillo e instructivo. Para despachar cada zona del planeta, creo que su índice procedía por continentes, pero eso no puedo asegurarlo.

Una de mis secciones favoritas era la inicial. En las primeras páginas, antes de llegar a las edificaciones modernas más impresionantes, el libro describía, también con abundantes imágenes, las siete maravillas de la antigüedad. Sin información previa ni guía de nadie, yo metía los ojos en aquellas páginas y con verdadera delectación leía y releía lo que se afirmaba sobre la gran pirámide de Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría. Todo eso era mágico, tanto como ver después, en las fotos siguientes, la muralla china, la torre Eiffel o el puente de San Francisco. De una forma que por supuesto ya da risa, aquel fue mi primer internet, el viaje por el mundo entero que jamás, por cierto, he realizado más que en las páginas de aquel libro maravilloso.

Tengo [tenía] 48. Ese libro estuvo cerca de mi vida, al menos, desde mi adolescencia hasta mis treinta años. Dado el uso rudo que le infligió una familia llena de manos infantiles, al final lo recuerdo sin el forro, pero todavía bien unido por el lomo perfectamente cosido con resistente cáñamo.

¿Cuándo desapareció aquel libro, a dónde fue a parar? Si tuviera su título, el nombre de la editorial, lo que sea, estoy seguro que trataría de conseguirlo nomás para revivir el gusto de emprender aquellos viajes alrededor del mundo en 250 páginas”.

Hasta aquí la evocación. Luego de escribir eso, busqué en Google como pude y añadí esto:
“Posdata media hora después. Luego de escribir los párrafos anteriores, le rasqué a la memoria y di en internet con el mentado libro. Hay muchos ejemplares a la venta en España. Lo compraré, no importa que me salga cariñosa la mensajería que cruza el Atlántico. He aquí abajo la portada. Su ficha bibliográfica es ésta: Maravillas del mundo: prodigios de la naturaleza y realizaciones del hombre, desde las cataratas del Niágara hasta las bases espaciales, Roland Gööck, Círculo de Lectores, 1968, 250 pp.”.

Eso ocurrió en la adolescencia, y al llegar a la prepa se dio otro hecho peculiar que asimismo consigné en algún texto sólo publicado en el blog y titulado “Asombro de los libros”. Cito el pasaje más significativo: “Sin conciencia plena de ese deslumbramiento inaugural, como a los quince años llegaron a mi vida los primeros libros no obligatorios, aquéllos que no eran de texto gratuitos. He olvidado los títulos, pero sé que dichos volúmenes amarillentos tenían un contenido religioso pues mi hermano los había interceptado en un descarte de parroquia y, no sé con qué razón, me los regaló en una caja de galletas Marías. Aquéllos, como ya dije, fueron mis primeros libros no obligatorios, no escolares; eran como veinte o treinta piezas descabaladas, mordidas por los años y todas con páginas color ocre. Recuerdo que los limpié, los pegué, los forré, los ordené y mucho antes de leerlos ya me había enamorado de los libros, de los objetos llamados libros. Así, con la simpleza del azar, empezó mi relación con esos objetos sagrados que hasta la fecha busco y ordeno con la misma emoción infantil que me sobrecoge cuando vuelvo a conseguir alguna novedad editorial”. Desde entonces, pues, comenzó una relación con los libros que prosigue hasta la fecha. Empecé con lo que mencioné y en casi cuarenta años he podido armar, desde aquellos años, una biblioteca que quizá ronde los nueve o diez mil títulos. Creo que es lo único que tengo en términos de propiedad material.

Las buscas de la lectura

He tratado de explicarme por qué comencé a leer, y sospecho que eso se debió a mi flanco tímido. No soy antisocial, pero tampoco me he considerado nunca el alma de las fiestas. Tiendo entonces a la soledad, al aislamiento, zonas de la vida en las que no me siento nada mal. La timidez y la soledad en general tienen mala prensa, suelen ser etiquetadas como negativas en el mundo del exitismo, pero a mí me sirvieron para comenzar a leer. Un día descubrí que tener libros y leerlos me complacía, y repetí y repetí freudeanamente ese placer. Poco después de quedar asombrado ante los libros, di el siguiente paso: escribir. Por supuesto, desde entonces hasta la fecha leer me gusta más, y escribo como una consecuencia casi obligatoria de lo estimulante que ha sido para mí pasar los ojos por los libros.

Leer siempre es un viaje, como lo descubrí en el libro Maravillas del mundo. Un viaje imaginario, pero viaje al fin. Es decir, se trata de un desplazamiento, de una salida de nuestra circunstancia. Gracias a la lectura he podido saciar una necesidad que muchos resuelven con viajes reales, con el alcohol o las drogas, con el cine, con la música, con la locura o el suicidio. Leer me ha permitido conocer otras geografías, moverme en otros periodos de la historia, vagabundear en el alma de muchos hombres, turistear azoradamente en nuestra lengua, enterarme de conflictos que se libran sobre el papel, clavar la mirada en dichas y desdichas ajenas. Todo esto, en la noción vargaslloseana, ha enriquecido mi pobre experiencia individual y me ha granjeado diversas alegrías, como descubrir a Borges y releerlo o saber que Quevedo o Cervantes siempre estarán al alcance de la mano. No quiero decir que la lectura haya tenido, para mí, sólo fines utilitarios o terapéuticos, sino que gracias a la alegría que leer me produce he lidiado mejor con las miserias de la vida que, como cualquiera, enfrento. Esto significa que leer es para mí, en primer término, un acto estético, un ejercicio hedónico, y en segundo lugar todo lo demás.

Cuando la pasión se desborda

Tengo una lista más o menos monolítica de querencias. Es previsiblemente larga, pero no tanto como para agobiar a quien quiera, si es que tal persona existe, hurgar en mis preferencias de lector: Borges encabeza todo, él es quien coloca la bandera en la cima del Everest. Luego de él, Cervantes y Quevedo (ya mencionados), Reyes, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Rulfo, Arreola, Sor Juana, Kafka, Papini, Schwob, Cortázar, Nabocov, Zweig, Faulkner, Ramón López Velarde, Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Rodolfo Walsh, Poe, Conan Doyle, Luisa Valenzuela, Neruda, nuestra Enriqueta Ochoa, Paz, Sabines, Osvaldo Soriano, Julio Ramón Ribeyro, J.M. Coetzee, Umberto Eco, Cioran, Auster, Roberto Fontanarrosa, José Agustín, Juan Forn, Juan Sasturain, Fernando del Paso, Tomás Eloy Martínez, José Lezama Lima, José Martí, Eduardo Galeano, José Revueltas, Vicente Leñero, todos los cronistas de Indias, Salvador Novo, Alejandro Dolina, Guillermo Saccomanno, César Aira, Juan Sasturain, Federico Campbell, Mempo Giardinelli, Miguel Ángel Asturias, Ricardo Piglia, Jorge Ibargüengoitia, Abelardo Castillo, Silvia Iparraguirre, Manuel Mujica Lainez, Juan José Saer, Ricardo Garibay, Rubén Bonifaz Nuño, Sergio Pitol, Carlos Montemayor, Max Rojas, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Efraín Huerta, René Avilés Fabila, Óscar de la Borbolla, Juan Villoro, José Joaquín Blanco, Luis Sepúlveda, Enrique Serna, Hugo Hiriart, Hernán Lara Zavala, Guillermo Samperio, Eduardo Antonio Parra, Luis Humberto Crosthwaite, Julio Scherer, Álex Grijelmo, Horacio Verbitsky, Christian Ferrer, Eduardo Subirats… A ellos debo sumar libros de amigos cercanos y queridos como Saúl Rosales, David Lagmanovich, Sergio Antonio Corona, Gilberto y Javier Prado Galán, Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez, Vicente Alfonso, Édgar Valencia, Miguel Báez, Daniel Lomas, Daniel Herrera, David Miklos, José Salvador Ruiz, Fabián Vique, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela, Giselle Aronson, Antonio Cruz, Daniel Salinas Basave, Zita Barragán, Atenea Cruz, Roberto Bardini, Felipe Garrido, Rogelio Guedea, Lilian Elphick, María Rosa Fiscal, Jesús Marín, Magda Madero, Gerardo Segura, Alejandro Pérez Cervantes, Alfredo García, Frino, Julián Herbert, Valeria Zurano, Carlos Dariel, Leandro Hidalgo…

Es una lista caótica, ciertamente, pero en este caos, en este tumulto, he encontrado la “grata compañía”, como decía don Alfonso, de libros que leí y ahora, cada vez que puedo, revisito como quien vuelve a la casa familiar, como quien rehidrata lo querido. En cuanto a libros de mi preferencia, en efecto tengo algunos. Por ejemplo, la primera edición (1965) de Para las seis cuerdas, de Borges, libro que me gusta por su forma, por sus grabados y por su contenido; son milongas “que parecen nada”, como dijo Yupanqui, y sin embargo resultan “sonadoras”, tanto que juntas constituyen uno de los libros más importantes de mi vida. Tengo, como libro amuleto, la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia con la firma de Vargas Llosa en la página donde comienza su largo prólogo. También, la obra completa o casi completa de Carpentier, incluida la primera edición (1949) de El reino de este mundo, novela que abrió las puertas de mi total admiración al gran narrador cubano. Quiero mucho asimismo mis primeras ediciones de Zozobra, de López Velarde; Urbe, de Maples Arce; Cuestiones gongorinas, de Reyes; Pedro Páramo, de Rulfo; Historias de cronopios y de famas, de Cortázar; La feria, de Arreola; y varias más que aprecio por su contenido y porque es difícil conseguirlas dada su rareza. Debo añadir que en sentido estricto no tengo un libro favorito, sino que he tratado de acopiar la obra completa, o todo lo que sea posible, de los escritores que admiro.

Ha pasado, sí, que alguno de esos autores me ha movido a escribir tal o cual cuento, tal o cual ensayo. Procuro en general, sin embargo, que la influencia no me pese, lo que es relativamente fácil cuando uno es consciente de que enamorarse de un escritor puede ser peligroso. Trato entonces de no imitar, de ser fiel a lo que me propuse desde hace mucho: asumir mi condición de escritor con todas mis limitaciones y con mis pocas virtudes, si es que las tengo, y trabajar tanto como se pueda sobre todo en el momento de la corrección, punto clave en el proceso creativo.

Ahora bien, una anécdota relacionada con mis libros. Creo que ésta puede servir: en 2001 gané un premio de novela y me dieron 75 mil pesos. No era una fortuna, pero ayudó en algo a la economía familiar, siempre en apuros. Junto con el premio llegó mi amigo Fernando Martínez a decirme que un amigo suyo tenía la tercera edición del diccionario de la Academia y quería venderla a cinco mil pesos. Como yo tenía el monto del premio, decidí hacerme ese regalo, darme un cariño bibliográfico. Lo pagué en dos cuotas y desde entonces tengo ese bello libro, el más viejo de mi acervo, armado en 1791 con la hermosa tipografía de Joaquín Ibarra y Marín, impresor real (o sea, del rey).

Como dice el bolero…

No tengo hábitos de lectura, salvo quizá el de leer donde se pueda y a la hora en que se pueda, e igual pasa cuando se trata de escribir. Dado que soy padre de tres hijas, la situación material siempre me ha exigido trabajar mucho en lo que sé hacer, que es dar clases, editar, escribir para la prensa, coordinar talleres y cursos, dictaminar en concursos, todo eso, oficios que pueden dar para vivir pero no para hacer rico. El tiempo que me queda libre, como dice el bolero, si me es posible se lo dejo a las querencias familiares y luego de eso, el chorrito de tiempo que todavía resta lo aprovecho esté donde esté para leer y escribir. No puedo por ello establecer rutinas, sino que siempre maniobro en las grietas, leo y escribo a saltos. Ahora bien, los fines de semana o los días de vacaciones la situación cambia un poco: escribo y leo tanto como puedo para recuperar terreno. No soy un lector muy veloz, digiero lentamente, siempre estoy atento a la forma, y eso demora el trance de atravesar un libro. Por todo lo que llevo dicho, el baño es desde hace mucho, para mí, un santuario de la lectura.

La creación literaria es el espejo de las lecturas

No sé. Quiero suponer que en el cuidado de la forma sí, no tanto en el contenido. Siempre he leído información relacionada con la escritura, historias del español, gramáticas, diccionarios, libros de texto. Eso que me sirve en las clases también me ha ayudado a conocer un poco mejor la herramienta de trabajo de quien escribe y edita. No escribo como quiero, sino como puedo, pero es un hecho que siempre procuro peinar bien mis renglones, que salgan a la calle sin dar tan mala impresión. Si bien, como le ocurre a cualquier escritor, tal o cual lector me ha dicho que lo mío se parece a tal o cual otro escritor, eso no sucede con frecuencia, lo que es una buena noticia, pues supongo que logro evitar u ocultar bien a los autores que más me gustan, es decir, esquivar su influencia. La verdad, no me gusta la idea de ser una mala copia. Prefiero mil veces ser un mal original.

Editar es como una carta esférica

Comencé por curiosidad, y primero como editor de revistas. Un buen día, luego de conocer el programa Pagemaker, intenté editar un cuadernillo. Con preguntas a diseñadores, con exploración de libros bien editados, leyendo (por ejemplo, ese vademécum titulado El libro y sus orillas, de Roberto Zavala Ruiz) entendí poco a poco tanto la teoría básica como los rudimentos de programas de computadora que con el paso de los años me ayudaron a editar mejor y ser una de mis varias chambas. Este trabajo me gusta mucho, claro, y por ello aprendí todo el proceso: desde recibir (e incluso escribir) el libro en Word hasta recogerlo en la imprenta y presentarlo. Los libros me gustan, ya lo dije aquí muchas veces, y por eso también me agrada la riesgosa aventura de ayudar a que nazcan.

De cómo se disloca la lectura

Leo lentamente, también ya lo dije, porque no paso por los renglones sin pensar en los rasgos de estilo, en el léxico del autor, en las posibilidades de una etimología, en las combinaciones sintácticas, en la puntuación, en la adjetivación. Para muchos lectores todo eso no existe, y disfrutan el libro a su manera, lo que me parece absolutamente legítimo. Yo dejé de ser ese tipo de lector hace muchos años, cuando se me apareció la idea (no sé si llamarla “vocación”) de escribir. Desde entonces la lectura me resulta placentera porque implica todo lo que enumeré. Hace poco, por ejemplo, leí en una clase “El camino de Santiago”, cuento de Carpentier, que inicia así: “Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas…”. Son apenas tres renglones, pero si trato de leerlos hasta el hueso noto que contienen mucha información y un montón de recursos estilísticos que quizá puedo explicar. No es lo mismo decir “Juan andaba con dos tambores a lo largo del río Escalda” que decirlo como Carpentier, con esa poética dislocación de la sintaxis y la elipsis de la palabra “río”, o en la necesidad de saber qué son las “gúmenas” y las “bitas”. En eso me detengo mucho, lo que indefectiblemente ralentiza mis lecturas. Si pudiera encontrar una semejanza con la vida, leo como quien camina por la calle y va admirando edificios, fachadas, jardines, balcones, no como quien la recorre en moto.

Nada se puede añadir al todo

Me da miedo intentar una definición del libro luego de la propuesta por Borges y citada sin piedad cada día internacional del libro: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Aparece, como sabemos, en su conferencia titulada precisamente “El libro” del libro Borges oral. ¿Qué puedo añadir yo? No se me ocurre nada, sólo quizá esta idea que Pierre Menard bien podría aplaudir: para mí, de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

¿Cuáles títulos o autores invitas a leer para empezar a acercarse a la lectura? Todos los que he ido dejando en el camino de estas respuestas y muchos más que no menciono por olvido e ignorancia.

sábado, agosto 13, 2022

Estilo sonriente

 











A la palabra “estilo” le sucede lo mismo que a “calidad”: aunque debería servir para designar un estado bueno o malo, tiende en el habla a identificar sólo lo bueno: “Producto de calidad” (¿de calidad qué, buena, regular o mala?), “Tiene estilo” (¿estilo qué, bueno, regular o malo, clásico o barroco, formal o informal?). Su uso se ha inclinado a ser útil en el espacio de lo estético: en el arte siempre destacamos “un estilo” como sinónimo de orientación o tendencia, y más allá de este espacio también se emplea para identificar lo bello en otros rubros: “Es un auto con estilo”, “El decorado de su oficina tiene estilo”, sin que sepamos con claridad qué significa esto. En literatura, alguien que se preocupa mucho por el cuidado de la forma, como Arreola, es llamado “estilista”. O era llamado, pues del ámbito de la escritura pasó, con fórceps, al de la alta peluquería: quienes cortan el pelo en “salones” o “¡estéticas!” distinguieron su trabajo de los peluqueros talachones y se hicieron llamar “estilistas”, lo que pudrió esta palabra.

“Estilo” proviene del latín “stilus”, que significa “punzón”, instrumento de metal terminado en punta espatulada que servía para incidir en una tablilla usada como cuaderno con superficie de cera. Si se cometía un error o se quería eliminar (tabula rasa) todo lo escrito, se usaba el extremo chato del estilo. De escribir con el punzón la idea fue pasando a escribir bien, bellamente, y de allí su semántica se desplazó hasta designar todo aquello que tuviera rasgos hermosos y definidos, creadores de “estilo”.

Bueno, todo lo ya dicho sirve como preámbulo de un rasgo que me asaltó al releer La palabra mágica (ERA, México, 1983, 119 pp.) libro de ensayos de Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 1921-México, 2003). ¿Qué estilo tiene?, pensé mientras leía, y así como podemos decir, no sin simplismo y arbitrariedad, que el de Carpentier es un estilo barroco; el de Paz, poético; el de Reyes, clásico; y el de Cortázar, oral, me animo a señalar que el de Monterroso es un estilo sonriente.

Si una marca destaca en su escritura es esta: al avanzar por sus renglones es viable percibir que detrás de cada afirmación se esconde la expresión de un rostro autoral en el que no declina una sonrisa algo giocondesca. Ni en el ensayo, género que suponemos serio, el también autor de La oveja negra y demás fábulas incurre en la solemnidad, como si la suya fuera una lucha sin armisticio posible contra el tono grave. Por supuesto que hay momentos de su escritura que fuerzan una mirada un tanto solemne, pero es claro que la índole, el natural de Monterroso jala en el sentido ya destacado.

La palabra mágica es una “edición espacial”, así la llama ERA en su colofón, diseñada por Vicente Rojo, uno de los fundadores de la editorial. Es un libro-objeto hermoso, lleno de variantes tipográficas, ilustraciones y cambios de tinta, lúdico, un recipiente grato para escanciar la prosa sonriente de Monterroso, como en el pasaje —con el cual termino— donde comenta la invitación que le hizo Vargas Llosa para que escribiera sobre “su” dictador: “Pero la verdad es que el tema me dio miedo, miedo de meterme en el personaje, como inevitablemente hubiera sucedido, y de empezar con la tontería de buscar en su infancia, en sus posible insomnios y en sus miedos y en terminar ‘comprendiéndolo’ y teniéndole lástima; y así (…) renuncié a trabajar en un Somoza al que como juez me hubiera gustado mandar fusilar pero que como escritor hubiera llegado a presentar en toda su indefensión y miseria, y cobardemente renuncié al proyecto, y pocos días después de recibida la carta le contesté a Mario Vargas Llosa que no, que muchas gracias”.

miércoles, agosto 10, 2022

La pandemia: amenaza y oportunidad

 











La percepción de la historia suele apuntalarse en hitos, y es así como nuestra mente se acomoda a la comprensión del pasado para parcelarlo, para evitar que todo el pretérito sea una masa de tiempo uniforme y aplastante. Por ello pensamos en la larguísima duración y dividimos paleozoico, mesozoico y cenozoico, o más cerca de nuestra hora en prehistoria e historia, y en términos todavía más próximos en Medievo, Renacimiento, Ilustración, Revolución Industrial y demás. Cada momento suele tener un punto de arranque y otro de cierre en muchos casos artificial, definido por la ciencia y los historiadores. Esta es la manera en la que construimos líneas de tiempo, segmentando etapas aunque sepamos de antemano que los siglos han avanzado sin solución de continuidad.

Por lo común, para establecer los límites entre una etapa y otra se determina un hito, como ocurre con la Toma de la Bastilla, por ejemplo. Así, no resulta tan difícil presentir que en el futuro la pandemia de Covid-19 será la bisagra entre dos momentos de la historia, ya que por primera vez la humanidad en pleno, sin excepción de personas ni de continentes, se vio acosada por un fenómeno global cuyas consecuencias económicas y sociales todavía no han sido computadas. Falta perspectiva —léase falta que transcurra cierto tiempo— para saber bien a bien qué civilización seremos luego de la pandemia. Lo que sí sabemos, o al menos sí podemos suponer, es que la pandemia es desde ya un parteaguas, un punto de partida para acceder a algo nuevo.

Vendaval de cambios. Anotaciones sobre el origen, la trayectoria y algunos saldos de la pandemia, libro colectivo del taller de periodismo de opinión de la Universidad Iberoamericana Torreón, reflexiona sobre el antes, el ahora y el posible después de la crisis sanitaria que se apoderó del planeta en 2020 y aún (octubre de 2021) no deja de amagarlo. Los cambios se dieron en torrente y de manera simultánea, como un oscuro vendaval que recorrió, que sigue recorriendo, aunque ya con menos fuerza, toda la tierra.

Escritos en clave divulgativa, son siete los textos que articulan esta compilación, todos vinculados desde distintos ángulos al fenómeno de la pandemia. En “Las bibliotecas ante la pandemia: la transformación se acelera”, Clara Cecilia Guerra Cossío reflexiona sobre los cambios que sobrevinieron en el ámbito de las bibliotecas; si ya de por sí con las nuevas tecnologías de la información las bibliotecas acusaban una modificación profunda en su operación y propósito, el paso de la vida abierta a la vida en confinamiento aceleró la necesidad de construir otro tipo de bibliotecas y otro tipo de relación con el usuario.

Por su parte, Claudia Guerrero Sepúlveda propone “Twitter y la comunicación pública de la salud sobre el Covid-19 en México”, examen sobre el manejo de la información relacionada con la pandemia en una de las más influyentes redes sociales. El análisis nos aproxima al juego, ciertamente absurdo, de las simpatías y las diferencias que generan una paradoja comunicativa: hay miles de mensajes, pero parece ser que las redes no pueden sacudirse su “carácter endogámico”, unidireccional, babélico.

“Bioética y sindemia. Retos después del Covid-19” es la propuesta de Laura Elena Parra López. Aquí, la académica observa que la interconexión de la vida planetaria ha provocado que nada de lo que hacemos deje de tener, así sea en grados mínimos, alguna repercusión. Nos aproxima al concepto de “sindemia” y recuerda que el camino de la bioética es ineludible si queremos edificar un futuro más armónico y equitativo.

“Covid-19 y ecosistemas: una relación infravalorada”, de Claudia Rivera Marín, indaga en la cronología de la pandemia, en su aparatoso desarrollo, en las teorías atendibles y descabelladas sobre su origen y en las consecuencias que posiblemente acarreará para el futuro de la sociedad. Quizá no sabemos hoy con exactitud qué pasará, pero, apunta la autora en su conclusión, cambiar y dañar menos, o nada, a la naturaleza parece ser un imperativo que nadie debe soslayar.

Uno de los rubros de la vida que sufrió y sigue sufriendo más los efectos de la crisis sanitaria fue el del empleo. Miles de trabajadoras y trabajadores vieron que se cimbraba su cotidianidad debido a la pérdida de puestos o a la reducción de salarios. Asimismo, hubo tantos cambios en lo laboral que ya no es posible pensar que las actividades productivas se desarrollarán al modo prepandémico. Esto lo plantea Andrés Rosales Valdés en “Reflexiones sobre la pandemia. Una mirada desde las relaciones laborales”.

“Covid-19: Lecciones por aprender”, de Zaide Patricia Seáñez Martínez, es un recorrido general por la crisis con acentos en lo laboral, lo educativo, lo sanitario y lo político. Una verdad emerge de esta visión: ya no es viable demorar la puesta en escena de comportamientos individuales y colectivos que converjan en la preocupación por el destino de la colectividad global.

Por último, “Síndrome metabólico y pandemia: caldo de cultivo ideal para los virus”, de Maricarmen Zolezzi Sada, expone que la aparición del Covid-19 atrajo todos los reflectores sobre la pandemia y nubló, acaso pasajeramente, otros males vinculados con la salud, como las enfermedades crónicas no transmisibles y en especial el síndrome metabólico derivado de la pésima, de la lamentable alimentación que hoy atesta de veneno el estómago de la humanidad.

Dejamos en las manos del lector este Vendaval de cambios y esperamos que sirva como detonador de reflexiones que nos ayuden a seguir pensando la realidad que hoy se despliega como amenaza, sí, pero también como oportunidad ante nosotros.

Comarca Lagunera, 7, octubre y 2021

Nota. Prólogo del libro Vendaval de cambios. Anotaciones sobre el origen, la trayectoria y algunos saldos de la pandemia, colectivo de Clara Guerra Cossío, Claudia Guerrero Sepúlveda, Laura Elena Parra López, Claudia Rivera Marín, Andrés Rosales Valdés, Zaide Patricia Seáñez Martínez y Maricarmen Zolezzi Sada, Universidad Iberoamericana Torreón, Torreón, 2021. El libro está disponible en la Ibero Torreón con jaime.munoz@iberotorreon.edu.mx o en El Astillero Librería, avenida Morelos 567 poniente, entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes.

martes, agosto 09, 2022

Iscytac, hace cuarenta

 











Este 9 de agosto de 2022 ha caído en martes. Hace cuarenta años, el 9 de agosto de 1982, cayó en lunes, y ese día comencé, junto con varios compañeros, mi carrera profesional, la de comunicólogo, en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C., hoy extinto. Meses antes, cuando estaba en las semanas finales de la prepa, vivía la indecisión de no saber en dónde iba a estudiar. Sabía que debía ser una carrera de humanidades, y ya para entonces abrazaba el secreto propósito de que fuera la licenciatura en Letras. Lamentablemente, La Laguna no tenía, ni tiene aún, una licenciatura pública o privada de aquella disciplina, y como los recursos familiares no daban para convertirme en estudiante foráneo, decidí sin remedio que debía estudiar aquí, en mi tierra. Conseguí no sé cómo un folleto con el programa de la carrera de comunicación (exactamente Licenciatura en Ciencias de la Información) impartida en el Iscytac, y vi con sorpresa que tenía varias materias de literatura y periodismo distribuidas durante los primeros cuatro o cinco semestres. Esto fue suficiente para que no me asomara a explorar una opción que recién se abría en La Laguna, ya que la Ibero Torreón comenzó su labor educativa en agosto del 82.

Me inscribí entonces en el Iscytac y aquel lunes tomé las primeras clases junto a mis nuevos compañeros. Si no recuerdo mal, las autoridades de la Asociación Civil que regía los destinos del Instituto cambió de sede para aquel semestre. Todavía en mayo desarrollaba sus trabajos en el bello edificio principal del Francés de La Laguna, en la colonia Bellavista de Gómez Palacio. Para agosto, se había mudado todo hacia el área que ocupaba el kínder del mismo Francés, un espacio improvisado y convertido de golpe en conato de universidad. Recuerdo que la mayor evidencia de su pasado inmediato como jardín de niños estaba en los tableros de básquet: dado que habían servido para niños muy pequeños, los aros estaban a dos metros de altura y esto nos permitía clavar el balón como si jugáramos en la NBA.

Mientras avanzaban las clases, el Iscytac fue mejorando sus aulas y oficinas. Es un decir, pues todo iba quedando hacinado, “hechizo” (como decimos en México), sin un estilo mínimamente definido. Tan pequeña era la zona correspondiente a la universidad que algunas actividades debían desarrollarse fuera del campus (campus también es un decir). Por ejemplo, los talleres de televisión, radio y fotografía estaban en un chalet que muy pronto bautizamos como “la casa de los monstruos”, un recinto ideal para filmar la segunda parte de El exorcista.

Lo curioso, sospecho, es que jamás nos quejamos por la precariedad de las instalaciones. Creo que naturalizamos su estrechez, nos acostumbramos a ellas y, de hecho, puede que tuvieran una ventaja: como convivíamos en un espacio muy limitado, casi de vecindad pedroinfantesca, todos los alumnos de todas las carreras interactuábamos durante toda la mañana, y así tejimos vínculos de amistad interdisciplinarios e intergeneracionales.

Mi memoria no es la mejor, pero tampoco es deplorable. Recuerdo bien que las clases eran buenas en general, que los maestros le ponían ganas a su trabajo de enseñanza, que el personal administrativo atendía bien y que en general se respiraba un ambiente sano, muy sano pese a que en ocasiones podían fumar diez personas simultáneamente en un salón, incluido el profesor. Y ya que hablo de profes, recuerdo especialmente a tres: Saúl Rosales, quien hasta la fecha sigue siendo mi maestro y amigo; Francisco Amparán, quien murió en 2010, y Jesús Jáuregui, quien nos dio la materia de fotografía durante los ocho semestres que duró la carrera.

Sin excluir querencia y respeto por otros compañeros y otras compañeras, mi amistad se estrechó particularmente con dos cuates encontrados en el Iscytac: Saúl Vargas y Adrián Valencia. También con Ramón Guevara, pero él dejó la carrera casi a la mitad y migró a Arizona, donde continúa su ya larga radicación gringa. A Saúl Vargas lo perdí de vista, pero a Adrián no; lo veo dos o tres veces al año y por él siento un afecto de hermano y un cariño que extiendo a toda su familia.

Cuarenta años, en suma, han pasado desde aquel 9 de agosto de 1982. Si estas cuatro décadas se miran fríamente, ya forman una vida. Felicidades a mis compañeras y compañeros.  Ojalá que podamos llegar al cierre de la quinta década y, por qué no, reunirnos ya cerca del ocaso, como dijo el poeta.

sábado, agosto 06, 2022

Tragos con Rubén












¿Cuándo termina uno de leer los libros esenciales? El problema con esta pregunta es que jamás sabremos cuáles son esos libros, hasta dónde se extiende el mapa de las páginas que es necesario leer sí o sí antes de que la huesuda se apersone. De cualquier modo, no hay que arredrarse ante la incertidumbre y, al contrario, seguir en la exploración de libros a los que sospechemos alguna calidad. En mi caso, para no errarle, suelo pespuntear entre lo antiguo y lo cercano: esta semana leo un libro casi recién impreso y la siguiente algún otro menos próximo.

Así llegué, por estos días, a la Autobiografía de Rubén Darío en una edición horrible de portada. Hacia 1966 fue publicada en México por Editora Latino Americana S.A. Considero que se trata de un libro esencial, dado que con él nos acercamos, gracias a su propia guía, a uno de los poetas más importantes de nuestra lengua, quizá el más. Darío nació en Metapa (hoy Ciudad Darío), Nicaragua, en 1867, y escribió sobre su vida en las postrimerías de su ídem. Murió en 1916, a los 49, en León, también de su país natal. La Autobiografía está fechada en 1912, así que, seguramente, al momento de escribirla ya sentía en la nuca el vaho calientito de la catrina. Y cómo no, si a su corta edad el cuerpo le estaba pasando una ristra de facturas que a la postre lo liquidarían. Fueron facturas bien cultivadas, y veremos por qué.

El libro sólo tiene 160 páginas, pero en ellas cabe buena parte de las incontables peripecias que atestaron de anécdotas la existencia del poeta. En principio, llama la atención la enorme, la verdaderamente enorme cauda de nombres que atraviesa estas páginas. Si el libro tuviera índice onomástico, demandaría varias hojas para acoger los apellidos de familiares, políticos, artistas, periodistas y editores. Entre los nombres de mexicanos mencionados por el autor de Prosas profanas destacan los de sus amigos Federico Gamboa, Amado Nervo, Justo Sierra y Bernardo Reyes.

El torrente onomástico no cesa en todo el libro. Como Darío fue un trotamundo y como la fama le llegó muy temprano, prácticamente desde la infancia (“Fui algo niño prodigio”, dice) se dedicó a recibir elogios y traducir la admiración ajena en la posibilidad de conseguir trabajos más o menos ventajosos para viajar sin freno. Las chambas que le caían como periodista o diplomático a veces acarreaban jugosos estipendios, otras no tanto, y todas tenían como rasgo más saliente la inestabilidad, de modo que así como conseguía un trabajo, lo perdía semanas o meses después y entraba al consiguiente apremio económico. Se casó, tuvo hijos, pero la Autobiografía deja la impresión de que la familia al uso le importó un cacahuate. Lo suyo era viajar (El Salvador, Honduras, Chile, Costa Rica, Cuba, España, Argentina, Estados Unidos, Francia, México…), comer, coger, beber (“la demoniaca agua verde del ajenjo”) y acceder un día sí y otro también a los activadores alucinógenos de la época. No hubo para él una comilona que no estuviera “convenientemente humedecida”, ni noche en la que, con mayor o menor éxito, dice, no buscara en sus andanzas “el peligroso encanto de los paraísos artificiales”.

No fue gratuita la cirrosis que lo despacharía al más allá cuatro años después de escribir sobre su vida. Además de estas confesiones, nos dejó una obra literaria abundante y ciclónica, y es imposible calcular el tamaño que tendría si su autor le hubiera dado menos vuelo a la hilacha. Pero tampoco hay que lamentarlo, pues hay artistas que, como él, sin el combustible de las juergas quizá nos hubieran privado de su mejor fruto. Salucita por Darío, pues, con imaginario ajenjo.

miércoles, agosto 03, 2022

Cinco goles soñados (lit)

 








Los recovecos del subconsciente son inescrutables. Digamos que, como cualquier sujeto de mi edad, estoy atado al estrés de sacar adelante necesidades misceláneas entre las que destaca, en primer lugar, comer. Luego vienen todas las demás. Esto supondría que mis sueños deberían estar poblados por situaciones angustiantes, pesadillescas. Sucede sin embargo que en la película de mi ensoñación me coloco como espectador de escenas gratas. Pasó apenas anoche. Dormía y en algún punto de la madrugada vi en orden la repetición de cinco goles. Cuando desperté, el dinosaurio no estaba allí, sino una sensación de gusto casi colindante con la felicidad. Estos fueron, en orden descendente, los goles que vi en mi pantalla interior.

Uno.  En el Mundial de Suecia, el jovencito Pelé recibe de tres cuartos de cancha un centro en diagonal. El brasileño tiene un hombre encima, pero logra bajar de pecho el balón y se aproxima al punto penal. Un defensa le sale con una plancha criminal, pero Pelé lo elude con un sombrerito corto e inclina el cuerpo para rematar a gol. En Youtube está en “1958 PELÉ Suecia 2 Brasil 5 Golazo narrado por Radio Brasileira 1958”. https://www.youtube.com/watch?v=CXMHV1rOxDk

Dos. Alvaro Recoba, el Chino, juega para Nacional de Montevideo. Toma un balón cargado a la derecha y casi desde su área, maradonescamente, comienza un trote que poco a poco evoluciona hacia la máxima velocidad. Se quita a seis rivales, incluido el portero, y dispara un zurdazo ya con el arco abierto. “Àlvaro Recoba - Gol Similar de Maradona” https://www.youtube.com/watch?v=D4UD2vmFY7U

Tres. Juegan el Manchester United contra New Castle, y con los rojos alinea Wayne Rooney. Uno de sus compañeros toma un balón a media cancha, manda un pase elevado que de cabeza rechaza un defensa. La bola cae bombeadita a Rooney, quien la agarra de frente y la empeina de derecha para que salga una parábola infernal. “Wayne Rooney Vs Newcastle Volley” https://www.youtube.com/watch?v=pPHqRpJ7tLY

Cuatro. Zlatan Ibrahimovic juega para el Ajax, y en tres cuartos gana un taponazo frente al Breda. Luego hace seis recortes en terreno corto, insólitos, con movimientos laterales de colibrí, hasta cachetear de zurda cuando la portería ha quedado sin vigilancia. “El mejor gol del mundo Zlatan Ibrahimovic”. https://www.youtube.com/watch?v=9WU8Qb90s_I

Cinco. Barcelona contra Real Madrid. Lobo Carrasco, en contragolpe, pasa a Maradona, quien elude al portero y tiene sola la puerta. Diego mira a su izquierda y ve que cierra un defensor lleno de esperanza y decisión. Lo espera, lo recorta desvergonzadamente y anota un gol cuyo penúltimo toque es un monumento a la sangre fría. “El análisis del gol de Maradona en el Bernabéu paso a paso”. https://www.youtube.com/watch?v=C5Olxkf2cAc&t=40s

sábado, julio 30, 2022

Invitación a Rulfo por Saúl Rosales

 







Así sea de lejos y como mero oyente de sus avances, he sido testigo de la más reciente escritura de Saúl Rosales. Gracias a nuestra conversación sabatina me he enterado en tiempo real del trabajo que a diario despliega para organizar sus materiales en conjuntos de cuartillas que luego serán libros. Ecos de Comala y el llano, título que presentamos esta tarde, es el caso más reciente de lo que digo. Hace, creo, poco menos de tres meses, en mayo, Saúl me comentó que estaba por cerrar la hechura de algunos ensayos sobre Rulfo a los que deseaba añadir uno de sus cuentos (no de Rulfo, sino de Saúl). Poco después me lo envió y comenzamos la labor de edición que esta noche convida su resultado.

El autor me ha pedido la cuarta de forros, una forma de textualidad que puede ir o no firmada. Cuando sí, como en este caso, no es viable acatar los usos y costumbres del género, soltar así nomás hipérboles irresponsables sobre el valor descomunal, muchas veces sólo hipotético, del contenido. La mía, mi contratapa, es meramente descriptiva y observa que Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro.

El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”. El viaje entonces nos lleva a ponderar algunos rasgos del alma contenida en la obra rulfiana y algunos otros referidos al cuerpo. En el primer caso, es fundamental lo expuesto por Saúl Rosales en su ensayo sobre lo que él denomina “primitivismo”. De hecho, creo que este es un lado de la moneda (de oro) que hace grande al narrador jalisciense: haber roto con la mirada de la literatura y del cine mexicanos, artes que por su ánimo benefactor, el ánimo de época alentado por la Revolución, tropezaban en la demagogia de pensar que en el medio rural de nuestro país y de cualquier otro, es decir, en la pobreza y la ignorancia, los seres humanos son incapaces de maldad y torceduras espirituales, casi como si fueran los buenos salvajes imaginados por Rousseau. Vemos que no. Vemos que sin caer en la denuncia explícita, sin incurrir en la oratoria bienintencionada, Rulfo deja ver en su obra pliegues de la realidad que evidencian la complejidad de sus personajes, su acción basada en el instinto (que deriva en la barbarie) y no en la razón que en teoría desemboca en realidades civilizatorias. Ahora bien, ese mundo, el de nuestro campo y sus habitantes, ha sido expresado de una manera poética y sólo sencilla en apariencia. La forma usada por Rulfo fue perfecta y está llena de malicias, como el uso de las aliteraciones o repeticiones (“ecos”) muy bien detectadas por Saúl, quien nos aproxima copiosos ejemplos.

Saúl Rosales nació en Torreón, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la UAdeC y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Reitero en suma que Ecos de Comala y el llano es una breve e inteligente invitación a recorrer por dos rutas la obra del escritor más extraño que dio México a la literatura del siglo XX. No dudo que en leyendo a Rosales muchos apetezcan ir de nuevo a las páginas de Rulfo, y este no es un mérito menor de la crítica literaria. De hecho, creo que es, entre muchos otros, el más importante.

Nota. Texto comentado, no leído, el 27 de julio de 2022 en el Teatro Garibay durante la presentación del libro Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, en la que participamos Fernando Fabio Sánchez y yo como presentadores. Estos párrafos no los leí in situ porque no los llevaba impresos y al final no me funcionó en la modalidad digital del celular. Leídos o improvisados, para el caso fue lo mismo.

miércoles, julio 27, 2022

Nuevo libro de Saúl Rosales

 











Ecos de Comala y el llano es el título del nuevo libro de Saúl Rosales. Será presentado este 27 de julio a las 7 pm en el Teatro Alfonso Garibay. Lo comentarán Fernando Fabio Sánchez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro. El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”.

Saúl Rosales Carrillo, el autor, nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Por su parte, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), uno de los presentadores, ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Además, en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra (Conaculta, 2010). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor en California, Estados Unidos, y columnista en Milenio Diario.

Acompañaré a Saúl y a Fernando para comentar el proceso editorial, del cual me encargué, y el contenido de esta aproximación a Rulfo.

Entrada libre.

sábado, julio 23, 2022

Un día de Lucas en Montevideo

 











Encontré dos libros de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en Torreón, y esto, más haber leído su nombre en dos o tres comentarios esporádicos de mis contactos en las redes sociales, me dejan ver que, así sea de manera aún tibia, este narrador es uno de los pocos argentos que en México han entrado al relevo de los mismos de siempre (Borges, Cortázar, Sábato, Piglia, Valenzuela, Giardinelli…). A él podríamos sumar, aunque también minoritariamente, a Eduardo Sacheri, Rodrigo Fresán, Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez, Kike Ferrari y algún otro como Martín Caparrós. No incluyo en la lista, por razones obvias y aunque venda mucho acá, a Jorge Bucay y a otros de similar calaña.

Decía pues que Mairal ha comenzado a moverse en México y me da gusto, pues sin duda se trata de un escritor más que atendible. Lo descubrí, como mucho de lo que descubrimos hoy, en internet, cuando me topé con una de sus crónicas. Se refería en ella, no sé si recuerdo bien, a una zona de Bogotá a la que el adjetivo “sórdida” le queda chico. Me gustó su temple narrativo (la crónica es básicamente narración) y la chispeante agilidad de su prosa. Luego conseguí su novela Salvatierra, que no despertó mi entusiasmo como sí lo hizo, apenas esta semana, La uruguaya (Emecé, México, 1921, 167 pp.), uno de sus títulos más recientes.

Se trata de una novela en apariencia sencilla, pero no lo es. Mairal ha logrado cuajar en ella un relato vertiginoso y bien atravesado de momentos dignos de recuerdo. Casi se siente allí, por el oficio y la edad del protagonista, una especie de alter ego del autor, pero ya sabemos que establecer este correlato nunca es pertinente. Lucas Pereyra ha pasado de los cuarenta años; es esposo de Catalina y padre de Maiko. Reconoce que su vida se ha convertido, a tal altura del partido, en una calamidad sobre todo en lo económico y lo literario, así que es, siente, de esos escritores que no escriben porque no tienen dinero o no tienen dinero porque no escriben. Tapado de deudas, al fin consigue un anticipo por la hechura de dos libros, uno de crónicas y una novela. Pide que el adelanto en dólares le sea entregado en Montevideo por dos razones: para luego cambiarlo más ventajosamente en el mercado negro de Buenos Aires y para ver a Magalí Guerra Zabala, una linda uruguaya a la que conoció en un encuentro de escritores y de la cual quedó más excitado que un perro en días de combate.

Su matrimonio con Cata hace agua, y de hecho presiente que ella lo engaña con un médico. A la manera joyceana, la novela narra un solo día. Lucas despierta en Buenos Aires, toma el buquebús hacia Montevideo y ya allí comienza su recorrido por el banco, su encuentro con Magalí (a quien llama “Guerra”) y todas las pequeñas peripecias en la capital charrúa. Del presente se pespuntea al pasado lejano o reciente del protagonista, a todos los pliegues de una vida zozobrante en el amor, el dinero y el arte hasta derivar en el apaleado regreso a Buenos Aires que cierra perfectamente la narración. Poco después, ya en el inevitable desastre, Lucas escribe lo que leímos en La uruguaya como una explicación no tanto para Cata, sino para él mismo. Su derrota es, vista desde otro ángulo, una victoria: “Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible”, dice y tiene razón, pues cuando se toca fondo ya nada nos puede hundir más.

Un detalle final: no es poco valioso el humor amargo/dulzón que impregna toda esta muy muy buena novela de Pedro Mairal.

miércoles, julio 20, 2022

Box de antes

 











Lamentablemente tengo el gusto del box como defecto. No miento si digo que he deseado anularlo de mis esparcimientos, pero hay en mi interior una fuerza poderosa (quizá el recuerdo de horas compartidas junto a mi padre) que se niega a repudiarlo. Pensé que la oportunidad para lograr su rechazo estaba en el boxeo actual, ya demasiado adulterado con mercadotecnia y estrellitas de probeta. Por esto descubrí, desde la invención de YouTube, que mi apetito de boxeo se sacia viendo peleas antiguas. Por ejemplo, he disfrutado muchas veces la cátedra de Sal Sánchez a Wilfredo Gómez, y varias más.

Debido a esto fue un muy grato estímulo Memorias de Antonio Andere. 60 años en el boxeo mexicano (s/e, Cuajimalpa, 2001, 162 pp.), libro que me regaló hace poco Adrián Martínez. El, a mi parecer, más grande relator mexicano de boxeo despliega una parte de sus innumerables andanzas entre arenas y micrófonos. Por supuesto, y dada su longevidad como periodista deportivo especializado en pugilismo, su memoria se remonta a una época que me queda lejos, pues no son pocas las alusiones a peleadores como Rodolfo Casanova, Joe Conde, Raúl Macías, Juan Zurita, José López (el Toluco), Luis Villanueva (Kid Azteca) y otros de aquellas legendarias camadas. No los vi, obvio, pero algún registro queda en internet para apreciar sus maderas.

Luego de pasar revista a las glorias prehistóricas del box mexicano, sigue un periodo glorioso cuyos ecos me llegaron más de cerca, pues son pugilistas que incluso llegué, de niño, a ver: Vicente Saldívar, Rubén Olivares, Carlos Zárate, Lupe Pintor, Pipino Cuevas, Daniel Zaragoza, Salvador Sánchez, Ricardo López (Finito), Humberto González (la Chiquita) y Julio César Chávez, peleadores que atestaron tres décadas (de 1970 a 2000) con cinturones para México.

Casi al final de su libro, don Antonio Andere hizo una pregunta retórica: ¿quién ha sido el mejor pugilista mexicano? Sabe que sobre esto es imposible ponerse de acuerdo, pues todo depende de la subjetividad de cada elector. Nunca me he pronunciado al respecto, pero tal vez es oportuno atrever ahora una respuesta. No puedo declarar, como don Tony, que fue el Chango Casanova, pues no lo vi ni vi a sus contemporáneos. No digo pues uno, sino mis tres acomodables en cualquier orden: Zárate, Sánchez y Chávez.

Estas son algunas fotos publicadas en la memoria de don Tony Andere Daher.



sábado, julio 16, 2022

El unicornio de Eslava Galán

 











En treinta y tantos años he leído cinco libros, los que he podido conseguir por acá, de Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948). Sobre algunos he escrito dos o tres palabras siempre elogiosas, pues el andaluz es un autor con la cabeza muy bien amueblada, de esos que difícilmente cometen un libro baldío. Supe de él a finales de los ochenta, cuando gracias a la prensa se difundió su nombre como ganador del Premio Planeta 1987. La novela reconocida fue En busca del unicornio (Planeta, México, 1989, 280 pp.), que pasados algunos meses pude conseguir en Torreón. Inmediatamente la leí y quedé aturdido, tanto que desde aquellos años intuí que en otro momento emprendería su relectura. Otros libros del mismo autor se atravesaron, pero cumplí con la promesa del regreso y recién volví a sus páginas.

Tenía, claro, el temor habitual que produce toda vuelta. Sentía que En busca del unicornio podía parecerme no la maravilla de novela que leí en la declinación de los ochenta, cuando yo ya me acercaba a los treinta años y mi juicio era mucho más verde que el actual, pero afortunadamente me equivoqué. Lejos de percibir que me defraudaba, la primera relectura fue una revelación. Hace poco escribí esto (que no es una digresión) en mis redes sociales: “La novia de Odessa es el último libro que me ha hecho tener ‘sueños de escritura’. Llamo así a los sueños, casi pesadillas, en los que en lugar de soñar con imágenes confusas, como soñar se suele, sueño con la escritura de textos en los que se siente el eco irremediable de un estilo, en este caso el de Edgardo Cozarinsky. Es el mejor libro de cuentos que leí el año pasado y seguramente uno de los mejores que leeré hasta que apague los ojos”. Pues bien, con el regreso a la novela de Eslava Galán me pasó lo mismo: en los días de la relectura atravesé varias madrugadas con el eco de su prosa, como un hechizo que se prolongó más allá del libro e invadió los territorios de mi subconsciente.

En busca del unicornio es la novela de un viaje, el encabezado por Juan de Olid, su protagonista, quien en el siglo XV recibe la secreta encomienda de buscar un unicornio en el África ignota. ¿Para qué? Pues para socorrer al rey Enrique IV, también conocido como el Impotente. Según el parecer de la ciencia (una ciencia todavía demasiado incierta en aquella época), se pensaba que el cuerno del unicornio, preparado por algún boticario experto, tenía la capacidad de revigorizar cualquier miembro reacio al intercambio venéreo. Era, por ello, una especie de Viagra medieval.

Juan de Olid es entonces elegido para capitanear una expedición hasta muy entrada la geografía africana, espacio totalmente desconocido para el europeo de entonces. Así, su contingente sale del centro de España y termina, ya disminuido, hasta las lejanísimas costas del suroriente de África, allá por rumbos cercanos a Madagascar. En medio de tal recorrido se topan con mil sobresaltos, con los moros y su gran desierto, primero, y después con decenas de tribus negras, unas muy hostiles, otras no tanto.

Lo maravilloso, sin que el buen tratamiento de la anécdota se diluya, sin que todo el libro oscile del humor al dramatismo, es el estilo. Eslava Galán propone un tono de escritura que en efecto parece del siglo XV. Además, lo impregna de la mentalidad propia de un soldado, De Olid, pleno en su cosmovisión católica y española, con virtudes y flaquezas totalmente verosímiles.

Por el tema, por el estilo, por la reconstrucción fiel de la mentalidad española todavía medieval, En busca del unicornio es una novela que he amado tanto que ya me prometí leerla por tercera vez. Lo merece.

miércoles, julio 13, 2022

Viejo recuerdo de LEA

 










El sábado por la mañana llegué al desayuno con Saúl Rosales y un poco después de saludarnos y hacer el pedido de las gorditas para la ocasión me soltó una frase como quien deja caer una roca sobre la mesa: “¿Supiste que murió Echeverría?”. Lo primero que me vino a la mente fue una visión fugaz de mi infancia.

El recuerdo es vago, pero sobrevive a mi olvido si es que no fue un sueño. En 1970 o 71 yo estaba en el jardín de niños Pdte. López Mateos, de la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio, Durango, México, cuando la maestra nos dijo que pronto veríamos al presidente. Se refería a Luis Echeverría Álvarez, quien recién había asumido el Poder Ejecutivo del país. Quizá miento y apenas estaba en campaña, lo que en aquellos tiempos equivalía, tal cual, a ser ya el presidente de facto. El caso es que, recuerdo, todos mis compañeros de salón y yo fuimos acomodados en un fragmento de la avenida Victoria, en Gómez Palacio, junto a otros muchos niños de otras escuelas acomodados como nosotros, al lado de la carretera y con banderitas de México en las manos. La medición del tiempo no existe a esa edad, pero supongo que esperamos buen rato bajo el sol con la expectativa puesta en el suceso que estábamos a punto de vivir. Pasaron varios minutos hasta que una ola de emoción cuajó en gritos (“¡Ya viene, ya viene!”) porque allá, en el sur de la avenida Victoria, se veía avanzar un camión de pasajeros que pocos minutos después pasó al lado del lugar que yo ocupaba en la rectilínea muchedumbre de niños. De una ventanilla asomaba, saludando, sonriente, un señor pelón, de lentes y camisa blanca, seguramente guayabera. Como una década después, ya en la prepa, comencé a enterarme de que aquel señor había tenido mucho que ver con la matanza de Tlatelolco y con el llamado Halconazo del 71, además de la Guerra Sucia contra los movimientos radicales y no tan radicales del país. Desde entonces soñé con algún juicio por crímenes de lesa humanidad o algo así, pero jamás ocurrió nada contra él, quien prolongó su ominosa vida hasta poco más de cien años. Y un hecho curioso: el viernes por la noche fui a una cena con compañeros y compañeras de la Ibero Torreón. En algún momento de la conversación y por un capricho de los muchos que tiene cualquier diálogo informal, algo dije sobre la impunidad de LAE. Sin que yo lo supiera, supongo que dije eso cuando el expresidente estaba llegando ya a las puertas del infierno, impune.

sábado, julio 09, 2022

La vida invisible de Sylvia

 














Allá por el año 2001 o 2002 descubrí a Sylvia Iparraguirre (Junín, Provincia de Buenos Aires, 1947) gracias a La tierra del fuego (1998), novela de la cual todavía tengo un recuerdo vivo y grato. Fue el único libro que de ella pude conseguir hasta hace poco, cuando en mayo pasado mi amiga Giselle Aronson, de viaje en la Ciudad de México, trajo para mí algunos títulos que mi hija mayor recogió y luego mi segunda hija trajo hasta Torreón. En el kilométrico itinerario venía incluido La vida invisible (Ampersand, Buenos Aires, 2018), que recién leí.

Estoy acostumbrado a que los/mis libros hagan recorridos largos y a veces azarosos. Como también soy habitual de las librerías de viejo, sé que el camino de los volúmenes no es ajeno al misterio. ¿Cómo llega a Torreón —es decir, a mi biblioteca— un viejo libro impreso en Madrid? En el caso del de Iparraguirre que acabo de leer, su razón de estar aquí se remonta a 2019. En alguno de sus días leí en el periódico Página 12 un fragmento del libro Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky. Quedé tan antojado que aproveché un viaje hacia acá de José Juan Zapata Pacheco, lagunero avecindado en Argentina, a quien le pedí algunos libros, entre ellos el de Cozarinsky. Lo leí y no me defraudó, sino al contrario. Vi que era parte de una serie llamada “Colección Lectores” organizada por la editorial Ampersand (esta palabra designa al signo “&”, es decir, nuestra conjunción “y”). Al saberlo, quise más ejemplares de su menú, pues vi que en todos ellos un escritor distinto atravesaba su experiencia de lector.

El de Iparraguirre define el acto de leer desde el título mismo: La vida invisible, es decir, que con la lectura construimos al lado de la vida real y visible otra que no por invisible e imaginaria deja de gravitar en nuestro ser. Pasa casi al revés: para el lector enfermo de libros la vida invisible es a veces más (o tan) poderosa como la real, pues se agarra de las entrañas y se convierte en experiencia casi tangible, en una realidad paralela mediante la cual el lector, y más si es escritor, encuentra sentido a los aciertos y a los errores de la vida concreta.

Porque lo solicitan quienes editan los libros de la Colección Lectores, Iparraguirre trazó el camino de su formación como lectora y lo vinculó con el desarrollo de su propia escritura. Así, por ejemplo, al principio enfatiza el valor de autores como Defoe y Tolstoi entre sus primeros asombros. A ellos se sumarían, claro, otros, e incluso algunos terminarían siendo no sólo parte de su vida invisible, pues trabó contacto con Sábato, Cortázar y Borges, de quien fue alumna. A los 22 años, dice, conoció a Abelardo Castillo, quien desde entonces fue su pareja y con quien combinó filias y fobias bibliográficas. De él comenta: “A los que empezaban a leer, daba un consejo que yo misma seguí: si un libro les gustaba, que fueran a buscar los autores que ese autor citaba”.

Al final de La vida invisible hay una especie de inventario comentado de favoritos, 27 libros/autores entre los que figuran Camus, Brontë, Faulkner, Mansfield, Fitzgerald, Sylvia Plath, Kafka, Sartre, Carpentier y varios más.

Ya que ella no puede hacerlo, yo sumaría en la lista a Sylvia Iparraguire.

sábado, julio 02, 2022

Acierto de López Velarde

 







En 2021, año de su centenario luctuoso, escribí un apunte breve pero sentido, como éste, que miraba con asombro la precocidad de Ramón López Velarde. El virtuosismo literario, y cualquier otro, a corta edad no dejará jamás de pasmarme, y esto quizá se debe a las limitaciones que a mi ya no corta edad encaro a la hora de ejercer mi escritura. ¿Qué debo hacer para que un texto sea eficaz?, me pregunto siempre y de inmediato pienso en la dificultad de la respuesta, una respuesta que al negarse termina cediendo su lugar un poco a la razón y otro poco a la intuición. Al releer a López Velarde quedo boquiabierto porque siento que todo lo razonó/intuyó bien pese a la corta vida que le cupo en suerte. ¿Cómo le hizo? No sé, y todo se lo atribuyo al genio.

Vicente Quirarte se ha preguntado lo mismo y en el ensayo La patria con cuerpo de mujer (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2021, 41 pp.) ofrece algunas valiosas respuestas sobre el poema mayor de nuestro zacatecano: La Suave Patria. Es una plaquette valiosa, de descarga gratuita en PDF dentro de la página web de la SEC.

Los 100 años de la muerte [1921] de Ramón López Ve­larde son también los 100 años de la publicación de La Suave Patria en la revista El maestro, dirigida por José Vasconcelos y dedicada, sobre todo, al magisterio”, nos informa Quirarte. Más adelante, destaca que “el mérito de López Ve­larde no fue el de introducir temas y colores locales en su poesía, sino cantar la provincia con la profundidad y la verosimilitud que nadie se había atrevido, mucho menos en una época cuando la cosmopolita era el grito de guerra de todas las escuelas y movimientos”.

Tenía apenas 33 años y, agrega Quirarte, “fue el primero en mirar la su­perficie y las entrañas de la patria. Como antecedentes tenía al tumultuoso Rafael Landívar, los paisajes serenos de Joaquín Arcadio Pagaza, el pincel constructivo y cui­dadoso de Altamirano, la identificación entre naturaleza y emoción en Othón. Pero nadie había hablado de la patria con la desacralización y la irreverencia de López Velarde; nadie la había querido como a una mujer ni le había comprado trajes tan hermosos, de tanta sencillez y tanto lujo; nadie la había tomado por la cintura para decirle al oído lo chula que era”.

Esto es lo que se sentimos al adentrarnos en el poema-insignia del jerezano: una especie de inmediata intimidad (valga el epíteto) en la convivencia con la patria, la extraña sensación de que asistimos a un homenaje sin grandilocuencia, ajeno a demagogias patrioteras, a la vez mayúsculo y cercano, más concreto que intangible; no es, por esto, un poema escrito para el aspaviento declamatorio al que muchos lo han orillado.

Venturosamente y con sus propias armas, “La Suave Patria ha combatido durante un siglo en contra de declamadores empeñados en cantar un poema concebido para decirse”, remata el ensayo de Quirarte.