sábado, abril 19, 2025

Senectud en éxtasis


 







No es que no haya existido siempre, sólo que ahora es más visible y quizá, poco a poco, más aceptada e incluso promovida como posibilidad también viable para las mujeres: que un hombre viejo, digamos de cincuenta en adelante, tenga tratos afectivos y se exhiba con una mujer de poco más de veinte o treinta. Ahora tal sujeto es muy común y hasta tiene nombre: sugar daddy. Lo mismo pueden hacer y hacen algunas mujeres, en las que sólo cambia parte de la etiqueta: sugar mommy. Más allá de que en general este tipo de relaciones sirve para el pitorreo social al modo de las burlas perpetradas en sus shows por el payaso Brincos Dieras, la tendencia es un reflejo de los aires que soplan para la percepción social de la edad y del dinero, lo que a su vez se relaciona estrechamente con el consumo.

En el primer caso, sabemos por muchos autores que la vejez no es una etapa cómoda. Se puede llegar a ella con fortuna económica, al menos con lo mínimo para sobrevivir, pero inevitablemente supone dolor, deterioro de las facultades y un cambio de apariencia que sin duda son percibidas como vejez. Autores como Cicerón en De senectute; Goethe en El hombre de cincuenta años; Norbert Elias en La soledad de los moribundos o muy recientemente Pascal Bruckner en Un instante eterno, filosofía de la logevidad, han reflexionado sobre la vejez y cada uno a su modo destaca que, pese al declive físico, hubo un tiempo en el que asumíamos la edad y sus signos como lo que son: ocaso corporal, antesala del fin, es verdad, pero también serena madurez. El viejo era arropado, se confiaba en su sabiduría, era el testigo cohesionador del clan o la familia. La palabra “senado”, de hecho, proviene etimológicamente de senex (viejo), e indica que los mejores consejeros de la comunidad eran los viejos.

Pero en las décadas recientes algo pasó hasta con los senados, espacio al que se puede llegar, en México, a los 25 años. Todavía en la década de los cuarenta veíamos películas en las que Pedro Infante parecía de cincuenta años y contaba con menos de treinta, o Sara García, que cuando filmó los Los tres García tenía apenas 55 ya se perfilaba para emblema incuestionable del chocolate Abuelita. Para seguir con la sociedad del espectáculo que a final de cuentas es la que más gravita en cuanto a influencia para la moda, no deja de asombrar que los cantantes exitosos parecieran señoras y señores como Toña La Negra o Pedro Vargas, intérpretes que ni con una Magnum en la sien hubieran aceptado parecer jóvenes. Poco después, en los cincuenta, estalló el rock and roll, y con él la irrupción de una nueva apariencia. El joven comenzó allí a ser visible en todos lados, y pasados los años la tensión se manifestó en el miedo de los viejos a los jóvenes y el rechazo de los jóvenes a lo vetusto. El 68 en Tlatelolco dejó ver algo de eso, la chaviza contra la momiza, según la ya obsoleta nomenclatura etaria de la época.

El sistema descubrió el poder consumidor de la juventud, así que todos los nuevos ídolos del cine o la canción tenían que lucir una apariencia fresca, de ser posible inalcanzable en belleza y lozanía, como las de Nicole Kidman y Tom Cruise o Brad Pitt y Angelina Jolie, quienes hasta la fecha siguen estirando como liga para billetes un look que no delate la suma real de sus primaveras. Las dietas, los suplementos, los quirófanos, los cosméticos, la ropa, el coaching y el Photoshop son caros, pero hacen milagros: se puede dar el gatazo a los setenta, todo es cuestión de echarle ganas y meter la plata que el pellejo demande.

Esto coge de la mano al tema del consumo, hoy diversificado no en miles de rincones, sino en todo. No hay nada que no se venda, nada, hasta la basura tiene precio para efectos de reciclaje. El aire es gratis, dijo alguien, y otro le respondió que ni eso. Si uno quiere escapar del aire contaminado en barrios sin drenaje público, cercano a industrias, lleno de vehículos propagadores de monóxido y terrenos baldíos transformados en basurales, tiene que gastar. Nada es gratis, menos una casa en el country con lago a la puerta.

El mercado para prolongar la anhelada juventud es pues ubicuo y voraz. Hombres y mujeres, desde los trece años hasta los setenta —segundos más, segundos menos— se entregan a su perfeccionamiento si son jóvenes o a la prolongación de su juventud si son más grandes. En el trance hay un permanente consumo de ropa, cosméticos y etcétera, lo que incluye la visita a los gyms, espacios que evidencian el apetito generalizado no tanto para hacer deporte, sino para mejorar la carrocería que los otros puedan percibir, al menos remotamente, como juventud.

Dado que la juventud abrió su ancho de banda y ahora abarca a tipos y tipas que levantan bien la guardia ante los puñetazos del tiempo, ¿qué tan lejos estaba esto de la posibilidad de que un cincuentón se agenciara un pimpolluelo de treinta o menos de treinta? En el caso de los sugars, se convirtió incluso en otro rasgo de juventud: patrocinar a alguien de mucho menor edad refuerza la sensación de que el tiempo ha sido burlado. En el otro extremo, el o la joven que aceptan el trato pueden llegar a enamorarse, pero lo habitual, creo, es aceptar que en el vínculo media un interés de orden económico: se hace el (físicamente inofensivo) sacrificio afectivo, por no decir sexual, y del sponsor se obtiene todo aquello que luego puede lucir muy bien en Instagram.

Ser viejo, sin embargo, es irremediable. Algún día se acabarán los trucos de la ciencia y de la moda, una enfermedad postrará a los aguerridos gladiadores de la cuarta edad, se modificará el objetivo de la entrada a los quirófanos, se renunciará a los tintes y se esperará la apariencia de vejez que si bien fue ralentizada, aterrizará por fin en el castigado cuerpo del exchavorruco. Cuando esto ocurra se hará presente otro mercado: el de las farmacias, los notarios, las funerarias y las florerías. Nada es gratis; ni morir.

miércoles, abril 16, 2025

Cocina de Vargas Llosa










Mario Vargas Llosa fue un escritor todoterreno. O casi, pues de los géneros disponibles para la escritura sólo marginó la poesía. Se le conoce y respeta (con algo aproximado a la unanimidad) sobre todo como novelista, pero muchos libros dejó fraguados en los moldes del ensayo, el periodismo, el teatro, uno de cuento y uno de memorias. Todo hace una suma aterradora de títulos que podrían definirse con uno de ellos, como bien me lo comentó Gerardo García: La tentación de lo imposible.

Y sí, parece imposible que en una vida, aunque haya durado 89 años, quepan tantos libros, la mayoría de innegable mérito. Ahora, tras su muerte, son legítimos todos los elogios, las críticas en contra principalmente por sus posiciones políticas y aún los ninguneos basados en extrañas nociones de calidad y perduración literarias; el caso es que el peruano no pasó inadvertido como escritor y hombre público, y para muchos, entre los que me cuento, su obra seguirá siendo atractiva como lo es hoy la de los clásicos. Eso sí, creo que no pasará mucho tiempo para que el personaje que opinaba sobre la coyuntura sociopolítica y alentaba a lo peor de la derecha mundial se diluya en la Nada que merece y sólo conservemos su tremenda obra literaria.

Entre los libros que dejó hay, dije ya, ensayos, algunos amplios como los que dedicó a García Márquez, Flaubert, Arguedas o Hugo. ¿En qué momento pudo escribir eso, qué hizo para fraguar aquellas indagaciones que parecen no dejar tiempo para nada más? En varias entrevistas y por sus propias confesiones sabemos que desde muy joven decidió organizar su vida milimétricamente, con el rigor de Cristiano Ronaldo, para escribir. Apenas llegó el primer éxito editorial (a sus 26 años, con La ciudad y los perros), renunció a los “trabajos alimenticios” y apostó todas sus fichas al encierro literario. En sus temporadas creativas se aisló cuanto pudo y se impuso horarios inflexibles, de manera que los distractores de la escritura no cercenaran la continuidad de su trabajo.

Pocos ejemplos hay que puedan equipararse a su disciplina de escritor. Desde muy joven observaba la realidad, tomaba notas, leía mucho y escribía como si de eso dependiera, porque así era, su vida, una vida que recién concluyó el domingo pasado pero seguirá viva en cinco, diez, quince libros asombrosos entre los muchísimos que urdió.

sábado, abril 12, 2025

Biblioteca mínima: un librito total

 













Hace unos días —a propósito del libro Astillas de hueso de la escritora chilena Gabriela Aguilera— observé que el rasgo de la unidad temática y estilística es un mérito destacable en la composición de libros con microtextos. De hecho, la unidad es un rasgo bienvenido en casi cualquier obra, esto para que el resultado final no parezca un amasijo de retazos sin concierto. En los libros con piezas breves es, creo, imprescindible que esto ocurra; si no, la impresión general que el lector puede llevarse es la de haber atravesado un libro disperso y por lo tanto inasible. No es el caso, ni de lejos, de Biblioteca mínima (Secretaría de Cultura, 2019, Ciudad de México, 79 pp.), de Alejandro Arteaga.

El autor nació en la Ciudad de México en 1977; estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa (2006-2008). Con Sick & McFarland, Una novela pretenciosa (Universidad Veracruzana, 2016), escrita en coautoría con Alfonso Nava, ganó en 2016 el décimo Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, y con Anfiteatro obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2018.

Me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero Biblioteca mínima es un libro perfecto en su ideación y sobre todo en su ejecución. Tal vez lo haya, pero no recuerdo haber tenido en las manos un volumen similar. Se trata de una colección de textos escritos en clave de “contraportada” de libro (en la jerga editorial no se le llama así, “contraportada”, sino “cuarta de forros”). Son, claro, textos sobre libros ficticios, aunque tan verosímiles que uno desearía su posesión. Pero Biblioteca mínima no se queda allí, pues suma al costado de cada texto la portada también imaginaria de cada libro.

Tal es la idea general, un dechado de originalidad y de ironía ahora que ya todo parece haber sido inventado. Si esto es suficiente para apreciar su valor, es indispensable pensar ahora en la ejecución, irregateablemente perfecta. El tono de los textos es el que los lectores asiduos han (hemos) visto en la espalda de innumerables libros, y el diseño de las portadas, para añadir un toque de exactitud, se ciñe al estilo de ediciones reconocibles en nuestro mercado. Al final daré tres ejemplos para que se vea mejor lo que aquí destaco.

Es importante señalar que Biblioteca mínima es sobre todo un libro para lectores. Esto significa que su contenido sólo puede ser cabalmente apreciado por quienes tienen de antemano un conocimiento del libro como objeto en el que convergen algunas características recurrentes. El juego cuaja entonces cuando el lector avisado reconoce en estas páginas lo que sin duda ha visto en libros reales. Las cuartas de forros trabajadas por Arteaga recrean el tono de las que existen en la realidad como libros ya puestos a la venta con retractilado y todo, de manera que cada una resume con precisión el contenido de los libros nonatos. Asumir el tono de escritor de “cuartas” es un aprendizaje sin escuela ni teoría, así que se aprende leyéndolas, y Arteaga puso en papel su formación ante un género, por llamarlo así, sobre el que seguramente no hay mucho, o nada, escrito en términos de manual.

Uno de los escritores/editores que más cerca se arriman a la teoría de la cuarta de forros —aunque él la llame allí “solapa”— es Roberto Calasso en el libro Cien cartas a un desconocido, que reúne igual número de textos de su pluma para libros reales editados por él. En el mismo arranque del prólogo titulado “Solapa de solapas”, en obvio homenaje al “Prólogo de prólogos” de Borges, el italiano afirma: “La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor ofrece con frecuencia la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que lo han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector, es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulenta. Sin embargo la solapa pertenece al libro, a su fisonomía, como el color y la imagen de la portada, como la tipografía con la que se ha impreso. Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros”. Dice más, pero con esto es por ahora suficiente para saber que un editor experto como Calasso sabe el lugar que ocupa en el mundo la forma de escritura casi invisible que es la cuarta de forros.

En noviembre de 2018 intuí algo similar en una columna publicada en este espacio. Su título es “Elogio del cuartaforrista”, en cuyo segundo párrafo afirmo lo siguiente (con perdón por la autocita): “Aunque no lo creamos, tal jale supone cierto grado de especialización. Esto significa que no cualquiera que se sienta buen escritor tiene en automático las aptitudes para escribir contratapas eficaces. Quien se anime a abrazar el oficio, creo, debe tener buena prosa, capacidad de síntesis, poder de convencimiento y, lo más importante, malicia para elogiar sin parecer lambiscón, pues es obvio que estos textos deben ponerse al servicio del libro, pero es recomendable, por obvio buen gusto, que no se excedan en azucarados elogios o lluvias de confeti”.

Con ese género, por llamarlo de algún modo, Arteaga urde un libro a un tiempo inteligente y divertido, lleno de malicias. Las cuartas deben alentar la lectura del libro, deben antojar al potencial visitante de las páginas. Asimismo, deben ser cuidadosas en la calibración de los piropos, caminar casi untados a la línea que separa la recomendación sobria de la servil y por ello sospechosa. Suma a este acierto otros guiños lúdicos: la cuarta de forros de Biblioteca mínima es a su vez una de las cuartas de forros incluidas en la lista, lo que convierte al libro en libro real e imaginario al mismo tiempo, o la cuarta sobre el libro Vía de muerte, de Douglas McFarland, autor imaginario que ya había firmado otro libro imaginario de Arteaga. Para añadir ingredientes al desconcierto, entre los autores hay algunos que parecen reales (Daniel Sada, Juan Rulfo) mezclados con otros parcialmente reales por el apellido (Paz, Benesdra), y una cuarta aparece firmada al final con la sigla “JLB” y escrita con el estilo de JLB. Es, en suma, un libro armado como figura de Escher, espeso de entradas y salidas entre la fantasía y la realidad.

El pastiche de los textos escritos en el más acabado estilo de las cuartas es complementado por las imágenes aledañas de cada portada. Basta un poco de cercanía al mundo del libro para reconocer que también en este punto se ha tenido tremendo ojo para ofrecer al lector una atractiva galería de portadas que emulan sellos y colecciones de gran circulación. Es tan bueno el trabajo de recreación que da para presentarlo a color, recurso que fortalecería la eficacia del gesto.

Ganador del Premio Bellas Artes de Minificción Edmundo Valadés 2019, Biblioteca mínima anexa este párrafo del dictamen: “El jurado integrado por Ana Clavel, Paola Tinoco y Edson Lechuga decidió por unanimidad otorgar este premio ‘debido a su originalidad y conciencia del ejercicio literario. La cuarta de forros como género de minificción y parodia de posibilidades autorreferenciales sobre obras apócrifas inventadas; el uso del humor al servicio del pensamiento crítico y un profundo espíritu lúdico’”.

Reitero que me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero este librito es, de nacimiento, parte de lo mejor que se ha publicado en el género de la minficción en América Latina. Estoy seguro de que, entre otros, Arreola, Monterroso y Borges lo hubieran adoptado como digno heredero de sus libros, y aún lo envidiarían con la frase que me asaltó durante su lectura: cómo no se me ocurrió primero a mí.

Comparto tres piezas de las 33 que contiene. En la primera quiero destacar el obsesivo amor por la “y” de la onomástica cubana en el nombre de la autora y del personaje femenino, además de la referencia casi ineludible a Martí. De la segunda, el apunte habitual a la generación en la que ha sido adscrito el autor, y, en la tercera, los nombres europeos del inventor y del robot. Las portadas son pastiches de libros de Casa de las Américas, Tusquets y Minotauro que aquí también reproduzco así sea con deficiencia técnica de mi parte.

Ovnis sobre La Habana

Yanisleydi Paz













Una madrugada de 1960, mientras vuelven a casa por la orilla del malecón de La Habana, una pareja de pioneros —Yanelis Maceo y Malvito Sánchez— avista un ovni sobre el fuerte del Morro. Armado de un juego de luces sorprendente, el aparato sobrevuela el muelle y más tarde se pierde en la línea del océano. Según Malvito, se trata de un artefacto espía del Pentágono o, en el mejor de los casos, de una nave aliada del Kremlin. Según Yanelis, no es otra cosa más que la prueba fehaciente de vida más allá de los confines de la galaxia. A partir de entonces una serie de hechos fantásticos acompañarán los fugaces encuentros de los alegres adolescentes, inmiscuidos como nadie en la campaña de alfabetización emprendida a lo largo y ancho de la isla. Años más tarde, el 20 de julio de 1969, mientras la misión del Apolo 11 aluniza, luego del enésimo reencuentro en la plaza de la Revolución con un auténtico aparato venido de las Pléyades, los dos jóvenes universitarios, sobrexcitados, se trabarán en una larga discusión política y fantasiosa en la cual pondrán en tela de juicio sus más arraigados principios, refrendarán los más entre lágrimas revolucionarias y harán suyos —y para lo que venga— unos versos de José Martí: “y te busqué por pueblos / y te busqué en las nubes, / y para hallar tu alma / muchos lirios abrí, lirios azules”.

 

Sonríele a la sombra

Néstor Fedra













Tres hermanos crecen al amparo del humilde trabajo de sus padres y condicionados por los vaivenes trágicos de la economía de su país, como si en su suerte y en sus días hallara reflejo una nación entera. Esas sacudidas reiteradas los llevarán de una leve bonanza y una vida despreocupada en provincia a sufrir, como tantos, la migración impuesta y constante, la novedad del impedimento y el abandono sistemático de su arraigo, armados, a pesar de todo, por una idea que antaño siempre sostuvo a los suyos: la consigna irredenta de no abandonar su motivo a pesar de los pesares.

El galardonado poeta Néstor Fedra, cabeza visible de la mal llamada Generación Póstuma, y dueño de una prosa que invade los terrenos de lo poético, nos ofrece en esta primera novela una taimada historia de formación donde asoma ya la estética y las preocupaciones de una camada de jóvenes desesperados: la nueva vanguardia de la narrativa latinoamericana. Ni más ni menos.

 

Rossum el robot

J. C. Anakyn













El pensionado y solitario Isak Lindström alimenta su taller de juguetes e invenciones electrónicas con los desechos que halla en un tiradero de chatarra en las afueras de su pequeña ciudad. Una tarde de suerte encuentra lo que tal vez se trate del abandonado proyecto de un estudiante de ciencias: Rossum, el prototipo de un robot parlante.

Entusiasmado por la remota posibilidad de que el armatoste aún funcione, el anciano se dedica a repararlo dilatadamente hasta hacerlo hablar de nuevo. El prototipo es capaz de reconocer la media filiación de sus interlocutores y de establecer un sencillo intercambio de avisos, esa interacción ayuda a que su lenguaje y sus funciones se tornen cada vez más complejos.

A pesar del afecto que en poco tiempo le merece el humanoide, con quien pasa maratónicas jornadas de conversación sin par, Lindström descubre la peligrosa y estremecedora razón por la que se han desecho de él.

miércoles, abril 09, 2025

Rasgo de la genialidad

 









Mucho se puede decir sobre el genio y sus obras. Por supuesto, lo primero que podemos hacer para sospechar o confirmar la genialidad está en los productos consumados: una sinfonía de Beethoven, un cuadro de Velázquez o un libro de Víctor Hugo evidencian casi sin dificultad analítica que sus creadores estaban varios peldaños adelante del común de los mortales, son obras de calidad palmaria e incuestionable.

Tengo para mí, sin embargo, que hay un momento inmejorable de la creación genial que por lo común no vemos. Esto se debe simplemente a que se da en privado, en la intimidad de su hechura. Explico. Cuando somos testigos de la Novena, Las Meninas o Los Miserables lo que oímos o vemos son las obras consumadas. No estuvimos ahí cuando fueron ejecutadas, de modo que no podemos apreciar el grado de esfuerzo que demandaron sus composiciones. Es posible imaginar que Beethoven, Velázquez y Víctor Hugo imprimieron un gran esfuerzo, pero también que su genio ínsito (esta palabra quiere decir connatural, nato) operó con pasmosa fluidez para llegar a un resultado difícil de superar por cualquier otro artista. Suponemos talento superior, pero no vemos qué tanto trabajo implicó, qué desgaste produjo a sus hacedores.

Para demostrar lo que deseo mostrar es necesario buscar un arte que permita ver el producto artístico mientras es creado. De casualidad llegué a intuir esta noción, así que es una lástima no tener un video de Quevedo al momento de escribir un soneto u otro de Miguel Ángel a la hora de esculpir una figura humana. Para ver al artista en pleno proceso creativo es viable recurrir a grabaciones musicales de nuestra época. Esto me pasó. Busqué una pieza de Pavarotti en un escenario de los muchos que pisó y otra vez me dio la impresión de que su arte tocaba lo más alto de la perfección mientras a él no se le notaba mayor esfuerzo, como si su grandeza no costara ningún trabajo. Luego, no recuerdo por qué, pasé al quizá más famoso video de Paco de Lucía, aquel en el que toca la pieza “Entre dos aguas”. E igual: pasa por las cuerdas de su guitarra flamenca con una actitud casi hierática, como quien inconmovible se sienta frente al mar.

Al ser ejecutada en público, la música permite apreciar la presencia de la genialidad y uno de sus rasgos más salientes: la difícil sencillez de su ejecución —así sea sólo aparente— de quien puede con lo imposible sin despeinarse.

sábado, abril 05, 2025

Mátenlos en caliente

 











El video fue un hitazo en estos días. No podía ser de otra manera: una ruquita con gruesos cristales de aumento en sus lentes, holgado vestido en dos matices de rosa Tamayo, tenis y una bufanda larga, negra y extraña en el atuendo, llega a una casa, desenfunda una fusca con mejor estilo que cualquiera de los hermanos Almada y dispara a dos sujetos que le reclaman algo. Luego de tirar bala hay un sanquintín, alguien la despoja de la pistola, la zarandea mientras quien graba el video grita desesperada y acaso justificadamente “¡hijos de su puta madre!”. En resumen, una escena de la vida real idónea para el morbo, la risa y el asombro de las redes sociales siempre ansiosas de enganchar con materiales fílmicos que rompan la modorra.

La proliferación de cámaras ha hecho posible que la recolección de escenas sea innumerable. Antes, desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer, ya pasaba todo, pero no había cámaras a disposición para registrar lo bueno, lo malo y lo feo de la vida cotidiana. Hoy casi no hay rincón del panal humano sin alguna herramienta disponible para la filmación, sea fija o móvil, como la cámara de los celulares. Esto ha permitido documentar, para bien, muchas situaciones encantadoras, como los primeros pasos de cualquier bebé, pero también lo ingrato y hasta lo horripilante.

Recuerdo que un amigo cercano tenía un interés siempre alerta por conocer al dedillo los usos y costumbres del narco en nuestro país. Compraba, por ejemplo, todos los llamados fast books sobre la delincuencia organizada, desde biografías de los capos más ilustres hasta reportajes sobre el esplendor y la caída de tal o cual cártel. Sumaba, claro, a la lectura bibliográfica la hemerográfica, así que nuestra conversación amerdizaba (este neologismo significa aterrizar en la mierda) con frecuencia en las novedades del hampa vernácula.

Nunca he tenido atracción por el mundo del narcotráfico como tema de interés. La razón de la negativa en mi caso es tan oscura como oscura es esa realidad. Con mi amigo, sin embargo, accedí a enterarme porque me ahorraba dinero y tiempo, ya que él lograba resumir en la conversación todo lo que leía a diario. Pero lo que no pude aceptar fue la invitación a que viera cómo decapitaban a un sujeto. Un día me dijo que le había llegado un video con esa secuencia, lo que en cierta época, creo, circuló mucho en internet. Sentí que aquello era una monstruosidad, la penosa comprobación de que el ser humano regresaba al estado salvaje que supuestamente la civilización había dejado atrás hacía muchos siglos. Y nunca vi eso, aquella prueba fehaciente del uso de las cámaras para satisfacer no sé cuáles viscosos apetitos del alma humana.

El video de la viejita tiene algo raro, pero es evidente que complació a la audiencia y dejó apreciar, una vez más, un costado espantoso de la sociedad actual. Documenta dos homocidios, es verdad, pero como no hay estallidos cinematográficos de sangre en close up, los asesinados reaccionan como tipos que se caen luego de recibir los invisibles plomazos. Las balas son muy pequeñas y no se ven, y ya sabemos que lo que mata no es en sí la bala, sino la velocidad. No vemos pues las muertes como en una película, pero sabemos que son muertes reales y que la señora, pese a ser una heroína de la tercera edad, pasará a vivir en la cárcel los años que le conceda nuestro padre Dios.

Pese a saber que son muertes reales, lo que asombra es el regocijo provocado por el video. Algo, un resorte quizá no tan oculto en el cuerpo de la sociedad, salta de gusto con videos en los que se exhibe que alguien propinó su merecido a alguien. No es necesario esperar nada, ni la más elemental reconstrucción pericial de los hechos: el veredicto inmediato establece que, si la viejita fue armada a una casa de su propiedad ocupada por gandallas, justo es que haya hecho uso de su cuete, pues para eso lo cargó (en todos sentidos del verbo “cargar”). No fue menester que procediera legalmente, pues el legal es un rollo lento y penoso, así que mejor es que haya hecho justicia con su propio plomo, de modo expedito, al chile.

Los boquetes del estado de derecho, lamentablemente, se llenan con lo que Boaventura de Sousa Santos llama “fascismo social”. Tiene varias modalidades, y una de ellas es la que introyecta en la colectividad el punitivismo en todas sus modalidades como recurso válido para dirimir querellas chicas o grandes. Es por esta razón, no sé si lo hemos notado, que se activa en nosotros una especie de placer cuando en un video vemos que le dan su merecido a un malhechor, cuando lo linchan y termina pagando su culpa sin la pendejada de un proceso judicial mediante.

La abuelita sicaria fue el hit de la semana. Una prueba más, por si faltaran, de que la justica en caliente y la muerte real en video son hoy muy taquilleras.

miércoles, abril 02, 2025

Trato de borrador

 










Hay escritores que escriben apenas amanece, otros prefieren trabajar de noche y algunos incluso de madrugada; hay escritores que aman los reflectores, otros prefieren vivir ocultos; hay escritores que beben para poder trabajar, otros lo evitan; hay escritores que escriben primero a mano, hay otros que van directo a la computadora. Cada cual sus gustos, cada cual sus métodos y sus manías. En cuanto a lo publicado, hay escritores que releen y corrigen, y hay otros que prefieren olvidarse por completo de volver a las páginas ya puestas en circulación. Hay, en suma, de todo.

Sabemos que José Emilio Pacheco fue de los obsesivos. Cada vez que se presentaba la oportunidad de reeditar alguno de sus libros, metía mano al contenido, pulía y repulía como si los textos fueran un borrador y no un producto definitivo. Más allá de que no simpaticemos con su política, es un hecho que en el fondo le asistía la razón: toda obra literaria publicada supone una renuncia al menos provisional, la del autor que en algún momento del trance creativo dice “hasta aquí” porque no tiene otro remedio, no porque de veras sienta que ha concluido tal o cual obra.

Esta es la razón por la que Alfonso Reyes, se dice, afirmó que publicaba para no pasarse la vida corrigiendo, o en otras artes, da igual, Leonardo al comentar que las obras no se terminan, sólo se abandonan. Si son ciertas esas afirmaciones, no se equivocaron, de ahí que por más terminada que parezca, la obra es susceptible de una eterna mejoría, lo que de paso supone la posibilidad de no mejorarla e incluso estropearla en el camino de los cambios.

En uno de sus incontables artículos, Pacheco dice que Jaime García Terrés opinó sobre una muestra con poemas de varios autores. Allí, al opinar sobre José Emilio Pacheco, el crítico señala: “cuando se poseen capacidades, como es el caso, es necesario no dejarse llevar por la facilidad, convertirse en el amo, y no el esclavo de la materia verbal”. Pacheco concluye: “Interioricé la advertencia y cada vez que se me presenta la oportunidad reviso ‘Árbol entre dos muros’ [su poema] y le doy trato de borrador aunque ya esté en varios libros”.

Dar “trato de borrador”, dijo, y vuelvo al inicio: unos creen que esto no es recomendable, pues multiplica las versiones publicadas. Otros no: quisieran corregir hasta que la vida, y no la obra, llegue a su punto final.

sábado, marzo 29, 2025

Microficciones de Gabriela Aguilera

 












Libro con apretada unidad de forma y contenido, Astillas de hueso (Ediciones Sherezade, Santiago de Chile, 2013, 98 pp.), de la escritora chilena Gabriela Aguilera, es una densa incursión narrativa por el horror de la represión y la tortura. Las sesenta microficciones que lo componen han sido escritas para mostrar los dos costados de una misma realidad: por un lado, la resistencia, el apego a los ideales, el esfuerzo por mantener la dignidad en los escenarios más oscuros, y, por el otro, la pesadez de los actos infligidos por sujetos endemoniados y de mano diestra y tajante en la práctica de la aniquilación.

Gabriela Aguilera ha publicado, entre otros, Doce guijarros (cuentos, 1976); Asuntos privados (cuentos, 2006); Con pulseras en los tobillos (microcuentos, 2007); En la garganta (cuentos, 2008); Fragmentos de espejos (microcuentos, 2011); Saint Michel (micronovela, 2012); Guerreros de Dios (micronovela, 2016); En una maleta (nanonovela, 2018); Los árboles hablan en Salem (nanonovela, 2020); El Clan del Guanaco (novela, 2022). Sus textos han aparecido en diversas antologías digitales y en soporte de papel en Chile, España, Argentina, Croacia, Perú, Estados Unidos, Francia, Venezuela, México, Alemania, Italia, Bulgaria y Grecia. Desde su fundación, es miembro del Colectivo Señoritas Imposibles (escritoras chilenas de narrativa negra) y de REM (Red de Escritoras Microficcionistas). Es una de las creadoras del proyecto literario de microficción “¡Basta! (contra la violencia de género)”. Es Co-ejecutora del proyecto “Otras vidas”, que releva la historia de la transgeneridad en Chile. Obtuvo la Beca a la Creación Literaria en 2009, 2016, 2018 y 2021, y participa en la corporación Letras de Chile.

Ejecuciones, torturas, persecución, ajusticiamiento desde las perspectivas de las víctimas y los victimarios políticos. Puede ser que a un lector no avisado se le escapen las alusiones a hechos, a lugares y personajes concretos, pero estas precisiones no son necesarias, si fuera el caso. Lo que al lector queda no necesariamente es la certeza de que Chile padeció el espanto del terrorismo de Estado, sino el hecho cierto de que la brutalidad acecha al que reclama, al que lucha, al que critica, esto en cualquier momento y en cualquier lugar, como también lo hemos visto tantas veces en México.

Uno de los aciertos que me agrada encontrar en los libros de narrativa breve y brevísima, como la contenida en Astillas de huesos, es el propósito de unidad. Por supuesto no es imprescindible, pues un libro con este tipo de piezas puede no ser concebido ni ejecutado como suele pasar con la novela, que ase y despliega un tema y a él se ciñe así sea de manera sinuosa. Los libros de cuento convencional o microficción a veces se articulan mediante procesos que atraviesan diferentes estados de ánimo en el autor, lo que torna miscelánea la complexión de un libro en términos de estilo, tono y, sobre todo, tema. Por otro lado, cuando los libros de esta índole son concebidos como una apretada unidad, añaden un valor que algunos lectores destacamos y agradecemos, pues lo inteligimos como corpus asequible de un vistazo.

En Astillas de hueso, Gabriela Aguilera agrupa microhistorias que procuran, como señalé renglones antes, acercarnos a todas las facetas de la vida social, económica y política en países como Chile, aunque podrían valer a cualquier otra realidad en la que se hayan pisoteado los derechos civiles y donde se hayan enseñoreado los usos y costumbres del poder más aberrante. En páginas con gran fuerza alusiva, sin necesidad de explicar mucho, asistimos a todas las calamidades que uno pueda imaginar cuando se fractura todo, comenzando por las garantías más elementales del ciudadano. Secuestros, torturas, masacres, mentiras, imposturas, saqueo, traiciones, robo, desaparición, campean en las breves historias del libro, un recordatorio de que la barbarie ha puesto muchas veces en marcha su engranaje, un engranaje que cuando es detenidos no deja de mantener latente su renovado y atroz funcionamiento, como sucedió en Chile con el gobierno de Piñera, en Brasil con el triunfo de Bolsonaro y hoy en la Argentina con el mendaz, cruel y disparatado estafador Milei, quien ya pinta para terminar su desgobierno en el desastre.

Comparto tres piezas de este libro entrañable con la seguridad de que resumen bien lo que ya dije: su unidad en todo sentido y algo que aquí añado: su calidad humana, un rasgo que sin renunciar al arte aspira a ser algo más que eso, arte. Destaco solamente que varias de las historias (como la primera que cito sobre el descubrimiento de una fosa clandestina en Pisagua o la de los kaibiles) aluden a hechos reales, y otras tienen un trazo más abstracto y abarcador, como la segunda micro que aquí comparto.

Los ensacados

Con Pisagua dolorosamente en la memoria

Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal. Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer. Cuando salieron a la luz, el grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga, se escuchó en todo el país acribillado.

Historia de los castigos

Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí, porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo, podemos leernos.

Faltan páginas en este libro de nuestra historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del desierto, intacta.

Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.

Kaibiles I

Tienen la fuerza y la astucia de dos tigres. Eso significa su nombre. Nacen con la marca. El gobierno los busca entre la población, los identifica, los recluta y los entrena. Así pasan a formar parte de los grupos de élite que rastrillan los poblados cazando a otros hombres. Los cubre un manto de silencio y complicidad. Sus pies abren la espesura, marcando un camino entre las cañas y las lianas de la selva húmeda. Sus ojos son centellas bajo el sombrero alón y el sudor cae en gotas por sus pieles broncíneas. Son pequeñas bestias que matan a machete. La guerra civil los reviste de legitimidad. El rumor de sus andanzas queda pesando en las aldeas. La gente les teme más a ellos que a los tigres de verdad.

miércoles, marzo 26, 2025

Complejidad de los personajes










Una de las virtudes de la buena literatura, y por extensión de todo buen producto narrativo incluso audiovisual, es la de trabajar con las pasiones humanas sin incurrir en maniqueísmos. En la medida de lo posible, y lo posible en este caso siempre es muy posible, los personajes deben estar atravesados, como en la vida real, por sentimientos contradictorios, confusos. Habrá personas que en la realidad ocupan los extremos del bien o el mal, pero son raras. Lo común es que la mayoría se mueva —nos movamos— en escalas donde se torna ambigua nuestra condición: hoy podemos ser cobardes, pero luego tener un rapto de valentía; hoy podemos ser generosos, mañana mezquinos.

Recién el sábado compartí a mis alumnos los datos generales del libro Aforismos, de Tolstoi. Lo tradujo del ruso y lo prologó Selma Ancira, y fue allí donde apareció la oportunidad para recodar que ella es hija de Carlos Ancira, actor que seguramente conocían sólo los participantes de mayor edad en el grupo. Y así fue. Añadí que fue un tremendo actor, y de golpe me llegó el recuerdo de Los salvajes, película mexicana del 58 dirigida por Rafael Baledón. Les dije que la vieran, pues en ella era muy visible que casi ningún personaje es unidimensional.

La sinopsis no es necesaria, pues la cinta está disponible gratis y con buena calidad en YouTube. Baste señalar que es obvia la dureza y el maltrato dispensado por Pedro Matías (Pedro Armendáriz) a todos los que lo rodean. Doña Ana (Anita Blanch), la madre, es una mujer seca, amargada, devota y cruel a la hora de ver por los intereses de su familia. Jaime (Carlos Baena), hermano de Pedro, es alegre, tiene mejor actitud, pero es fácil víctima de sus impulsos hedonistas. Yadira (María Esquivel), esposa forzada de Pedro, es dulce, ingenua, pero en el infierno de insatisfacción donde vive no es difícil que sucumba a la tentación carnal con el mismísimo hermano de su esposo. Pepeto (Carlos Ancira) tiene retraso y no es consciente de lo que hace, pero sea como sea soborna a una criada para que le conceda sus favores.

No hay en el reparto de roles ni un solo personaje al que no podamos comprender en su caída. Centremos la mirada en Yadira: es verdad que ella engaña, que busca el encuentro con Jaime, es decir, que falla, pero no es menos verdad que había quedado sin opciones luego de que su padre pone precio a su destino casándola con un sujeto rico y bestial. En el arte, los personajes deben ser complejos, ambiguos, no héroes ni villanos a secas.


sábado, marzo 22, 2025

Fantasmas de Irene Vallejo

 












En los más recientes cinco años o poquito más ha estallado como granada de fragmentación el nombre de Irene Vallejo. Sé que la metáfora militar no es afortunada, pero da idea de lo ocurrido: el nombre cayó en las librerías y en los medios con un ¡boom! extraordinario, retumbo provocado sobre todo por El infinito en un junco (Siruela, 2019), libro ya reimpreso y traducido a más de cuarenta lenguas, un éxito de ventas y, lo más importante, de crítica y satisfacción del cliente, para usar una fórmula del mercado.

El infinito en un junco ha atraído la atención sobre otros libros de la autora. Todos, creo, han sido publicados originalmente en su país, para luego migrar a otros espacios como libros exportados o de reedición local. He revisado la bibliografía y creo que Vallejo sólo tiene un libro plenamente mexicano: es Los sueños de mis fantasmas (UNAM, 2023), brevísimo, de apenas 29 páginas, cantidad que incluye el prólogo de Socorro Venegas. Este título es parte de la colección “Pequeños grandes ensayos” que fue fundada, dicho sea de paso, por el maestro Hernán Lara Zavala, quien murió esta semana. Estas publicaciones son de difícil consecución en La Laguna, pero muy accesibles en la capital del país o en ferias de libro donde tiene presencia la Universidad Nacional.

Los sueños de mis fantasmas es un libro recomendable para quienes quieran acceder por primera vez a la obra de Vallejo. Sirve pues de prólogo a su trabajo como promotora de los libros y la lectura en un mundo ahora muy distraído, abotagado, por la avalancha permanente e irrefrenable de contenidos audiovisuales que pulverizan la atención hasta impedir el sosiego necesario para reflexionar sin distracción.

Vallejo expone pues, aquí, una especie de profesión de fe: la lectura, el tú a tú frente al libro, fue el camino que ella siguió para dar sentido a su vida, y fue herencia de un entorno familiar y educativo que se convirtió en cimiento y soporte de su vocación. En su prólogo, Socorro Venegas destaca que el ensayo de la escritora zaragozana se irriga con su experiencia personal y el impulso de su entorno inmediato: “En varios momentos el lector reconocerá en la prosa de Los sueños de mis fantasmas ese ejercicio memorístico al que Irene recurre en El infinito en un junco para representar cómo algo personal repercute no sólo en su educación sentimental, sino en sus decisiones vitales y en su escritura. Una historia central de El infinito en un junco es aquella donde narra los episodios de bullying sufridos en la escuela. Se burlaban porque leía, se burlaban de la ratona de biblioteca. El valor de este testimonio va más allá de lo anecdótico. La historia del libro, pergeñada por Irene Vallejo, no puede contarse sin la de los lectores”.

Más adelante, al cerrar sus palabras liminares, observa: “Como Irene se ha encargado de decir en distintos lugares, son muchos los discursos que hoy nos dividen, y por eso es tan importante que hoy se garanticen los derechos a la educación, a la lectura, con la convicción del poder compasivo, transformador y sanador de la palabra. Aquí están su ensayo y sus fantasmas para dar fe de ello”.

Los “fantasmas” a los que Venegas se refiere son pues las presencias familiares de Vallejo, además de los maestros y los autores que alimentaron su imaginación. Comienza lo que parece ser, en su origen, un discurso público, con el recuerdo de sus abuelas, quienes no pudieron hacer una carrera aunque lo desearon; luego recuerda a su madre, quien con sacrificios y sin opciones, pues deseaba seguir otra disciplina, logró hacer la carrera de Leyes. Digo que parece ser un discurso público porque Vallejo señala en un punto, como al pasar, “Quiero dedicarles a ellas este momento emocionante…”, sin que sepamos con exactitud a qué momento se refiere.

Poco después comparte su alta valoración de las Humanidades y su defensa de las artes frente al utilitarismo que las margina u obliga a ser rico para dedicarse a ellas: “Hoy nos martillean con el mensaje de que la historia, el arte, la geografía, las filologías no son útiles, que el mercado laboral no los necesita. Rechazo cualquier definición de lo útil que no incluya la belleza, la creatividad, la comunicación, los idiomas, la comprensión del mundo que fue y el que nos rodea. Necesitamos espacios donde esto se comprenda, se cultive, se enseñe”.

La autora de El infinito en un junco trae a la página un pasaje de “El licenciado Vidriera”, el relato de Cervantes, para recordar que no es nuevo el ninguneo a las letras: “El sueño de Cervantes es el nuestro. Hoy siguen diciéndonos que con las letras humanas no se gana cosa y se muere de hambre, que los oficios de las artes y la filosofía sólo conducen a penas y penurias. Aun así, el propio Cervantes nos enseñó que la justicia, la aventura, la bondad y la utopía hay que inventarlas primero y decidir vivir en ellas, como se vive en las páginas de un libro, para que alguna vez encuentren su lugar en el mundo”.

Después de apuntar que la educación es el mejor “ascensor social”, insiste en no poner en disputa a las artes contra las ciencias, pues para ella van de la mano y ambas tienen como lazo común la curiosidad, “el deseo de aprender”. Al final, la autora hace un elogio de su alma mater y en particular de la biblioteca, una “hospitalaria isla del tesoro”.

El librito se complementa con una sucinta cronología de la autora y una bibliografía mínima que traigo porque en un puñado de referencias describe su andadura bibliográfica hasta 2023: “Irene Vallejo, Terminología libraria y crítico-literaria en Marcial, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 2008; El pasado que te espera, Zaragoza, Anorak, 2010; El inventor de viajes, Zaragoza, Comuniter, 2014; El silbido del arquero, Zaragoza, Contraseña, 2015; La leyenda de las mareas mansas, Zaragoza, Comuniter, 2018; El infinito en un junco, Madrid, Siruela, 2019; El futuro recordado, Zaragoza, Contraseña, 2020; Manifiesto por la lectura, Madrid, Siruela, 2020; Alguien habló de nosotros, Barcelona, Debate, 2023".

miércoles, marzo 19, 2025

Horror en el horror

 







En la edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017 asistí a una conferencia de Sergio Fajardo, el colombiano que había modificado la manera de enfocar la lucha contra el narcotráfico en pandemonios como Medellín. Al acto asistió Enrique Alfaro en calidad de alcalde, pero ya en campaña para ser gobernador de Jalisco. El político mexicano trató allí de lucirse, muy seguro de sí mismo en la ilusa autoconstrucción de su imagen de político moderno.

El auditorio, por la fama de Fajardo o quizá por el acarreo alfarista, estaba a reventar, como se dice en la crónica deportiva. Lejos, creo, nos encontrábamos de imaginar que en el mandato como gobernador de aquel joven calvo, fortachón y lenguaraz se asentaría, entre otras aberraciones, un campo de entrenamiento y exterminio como el rancho Izaguirre.

Al ver imágenes del sitio es imposible no pensar en perversas colusiones entre la delincuencia y el poder político. El rancho no tiene un metro cuadrado de extensión, sino que es un predio amplio y muy visible en un lugar de escasa vegetación. No detectarlo o no saber ni pizca de las monstruosidades que allí se perpetraban revela inaudito contubernio o crasa ineptitud de las autoridades por supuesto no sólo estatales en este caso, sino también federales e incluso municipales.

Tres sexenios llevamos sin abatir los índices de violencia cuyo mayor escándalo está, por supuesto, en la gráfica de las desapariciones, el horror en el horror, el horror al cuadrado. Los tres partidos políticos mayoritarios del país pueden repartirse la criminal irresponsabilidad, pero no lo harán, pues eso sería como reconocer un fracaso que nadie quiere asumir como estigma de su gestión y puerta de entrada a causas penales como la de García Luna. Más allá de distribuir culpas y muy utópicos castigos, la urgencia está en detener por fin la expansión del infierno, que se viabilicen medidas técnicas de inteligencia, búsqueda, captura y sanción efectiva de delincuentes, ya no la permanente politización de las inculpaciones mutuas.

No aceptar el fracaso de todas las medidas para acabar con el crimen organizado es una salida asimismo criminal, y andar el camino de la declaración analgésica es echar más combustible al fuego de la inseguridad.

sábado, marzo 15, 2025

Diálogos contrarreloj


 











Prólogo a Diálogos contrarreloj, libro en PDF disponible gratuitamente en esta liga:

El género de la entrevista quizá nunca ha tenido gran visibilidad pese a que es, a mi modesto parecer, uno de los más importantes en el ejercicio periodístico. Tan valioso me parece que lamento su aparición tardía, su auge ya muy entrado el siglo XX. He fantaseado incluso sobre lo que sería de la civilización actual si la entrevista nos hubiera acompañado desde siempre. ¿Imaginan una entrevista a Sócrates? ¿Qué respondería Nerón frente a una grabadora? ¿Y Dante o Juana de Arco o Cervantes o Napoleón o Bolívar o Mary Shelley? Por supuesto que a partir de sus escritos y u o de los escritos de sus contemporáneos nos enteramos de sus ideas, de sus índoles, pero en tales aproximaciones se nos esconden pliegues de la personalidad capaces de perfilar los mejor, más ampliamente. Sólo como nota adicional señalo que no se me oculta la existencia histórica de un género, el coloquio, que puede ser considerado abuelo de la entrevista actual. Algunos casos famosos pueden ser los Diálogos platónicos o el Elogio de la locura.

La entrevista, pues, apareció tarde, y más la grabada en video, valiosa porque en ella no sólo escuchamos las respuestas, el ping-pong de preguntas y respuestas, sino también la gestualidad del entrevistado, su humor comunicado mediante la expresividad de las manos y la postura en el sofá. Es por esta razón por la que he visto casi completas las entrevistas de Joaquín Soler Serrano a muchos artistas famosos entabladas entre los setenta y parte de los ochenta. Escuchar y ver en esos programas la soltura de Fuentes y Vargas Llosa, la contención de Onetti y Rulfo, la lucidez de Borges y Carpentier, la excentricidad de Dalí, la calidez de Yupanqui y muchos artistas más es un goce que podemos repetir cuantas veces queramos gracias al repositorio de YouTube. E igual ocurre con las entrevistas fraguadas en otras lenguas: las disfrutamos gracias a la muleta de los subtítulos; oír/ver a Hannah Arendt, a Vladimir Nabokov, a Jean Paul Sartre, a Cioran, a Clarice Lispector, a Umberto Eco y muchos más es un privilegio de nuestro tiempo, un lujo para los devotos del periodismo esmaltado de perdurabilidad.

Ahora bien, debo aclarar que el gusto de la entrevista me nació por los libros. Es decir, la entrevista me sedujo primero en el papel antes que en el soporte audiovisual, y fue en los libros y no tanto en los periódicos donde hallé las mejores muestras del género. Recuerdo particularmente cincotítulos que todavía conservo, cómo no: Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo; Conversaciones con escritores, de Federico Campbell; Perspectivas mexicanas desde París. Un diálogo con Carlos Fuentes, de James R. Forston; Los nuestros, de Luis Harss, y El oficio de escritor, colectivo.

Fueron estos libros los que apuntalaron en mí una certeza: para el joven escritor autodidacto que fui, escuchar con los ojos, quevedianamente, aquellos diálogos era acopiar un amplio corpus de opiniones y posicionamientos estéticos, pero, más importantes aún, una cantidad inaudita de referencias a libros y autores. En otras palabras, leía las entrevistas más que nada para enterarme de lo que habían leído los entrevistados, para anotar en mi agenda innumerables pendientes bibliográficos. Luego, claro, vinieron más libros de la misma naturaleza: las dos largas entrevistas de Fernando Sorrentino a Borges y Bioy, el libro Conversaciones con interrogatorios a Cioran (colectivo) e incluso la saga Todo México de Elena Poniatowska y las charlas de Ricardo Rocha y Silvia Lemus con artistas e intelectuales. Y muchos más, incluidos los productos en video de Cristina Pacheco, Fernando Sánchez Dragó o Cristina Mucci, por citar sólo tres casos notables de buenas entrevistas televisivas.

Esta justificación de mi gusto por la entrevista no podría estar completa si no añado que tiene la apariencia de ser un género fácil, pero lejos está de serlo. Por supuesto, implica lo que ya sabemos: preparación del entrevistador, habilidad para preguntar y repreguntar, prudencia para no liarse a dimes y diretes con el entrevistado y, al final, oficio para desgrabar/transcribir adecuadamente las declaraciones cuando van a la prensa o al libro. Es una técnica, en suma. Obviamente, no todo entrevistado o no todo tema se abordan igual. En el caso del mundo artístico, a diferencia del político, la incisividad es menos imperativa, pues por lo general las opiniones son íntimas, personales, sin implicaciones vinculadas al interés concreto de las comunidades, el llamado “bien común”.

Incluso puede darse el caso de entrevistas a réprobos que no son severamente interrogados. Para explicar esto traigo el ejemplo de mi amigo Ricardo Ragendorfer, periodista boliviano-argentino, quien alguna vez declaró que al entrevistar a represores de la dictadura nunca los contradecía ni les repreguntaba con énfasis, sino que llevaba los diálogos apaciblemente. Lo contrario, enfrascarse con ellos en un toma y daca de posicionamientos, ponía en riesgo el desarrollo e incluso la viabilidad de la conversación, así que lo mejor era dejarlos hablar con un resultado paradójico y notable: los criminales soltaban la lengua y evidenciaban su monstruosidad no tanto porque se exhibieran como monstruos, sino como personas normales con familia, fervor religioso y despreocupación. En otros casos, no interrogarlos perrunamente permitía que, con preguntas bien orientadas, respondieran hasta llegar a zonas inquietantes de la condición humana. Es el caso de la esposa de un represor (está en YouTube como “Mujeres de lesa humanidad. Capítulo 1: El héroe”) que ya entrada en confianza habló sobre su truculento esposo como si se tratara de un querubín.

Las entrevistas con artistas o, más específicamente, con escritores suelen tener otra tonalidad. Hay excepciones, pero en general discurren sin sobresaltos. Los casos raros dependen más que nada de la personalidad del entrevistado o del entrevistador, como ocurrió en el diálogo trunco entre Nicolás Alvarado y James Ellroy (en YouTube aparece como “Cioran, James Ellroy, Nicolás Alvarado”). Fuera de estos casos disruptivos, la mayoría avanza bien, sin turbulencia.

He tenido el privilegio de entrevistar, pero he preferido leer entrevistas antes que hacerlas. Es, como tanto en la vida, una elección. Además, por mi trabajo de escritor me han sido planteadas varias entrevistas. Aunque sin exagerada frecuencia, desde hace casi treinta años me han buscado periodistas y estudiantes para dialogar sobre temas cercanos a mi enciclopedia y mi quehacer permanente o coyuntural. Por cuestiones de tiempo y espacio, y dadas las facilidades que hoy plantean las herramientas digitales, desde que recuerdo me acostumbré a aceptar las preguntas (no hay razón para no hacerlo) y las he solicitado por escrito para responderlas igualmente, mediante mi teclado, “a la mayor brevedad posible”, para decirlo con una manida fórmula de la burocracia. Completas o recortadas, muchas aparecieron en la prensa, algunas en libros y otras tantas, las estudiantiles, sólo sirvieron, supongo, para obtener calificaciones escolares. Salvo algunas pocas, no conservé las que fueron publicadas, pero dado que las respuestas fueron escritas directamente por mí, guardé los documentos en una carpeta digital y ahora los envaso en este libro. Gracias a las preguntas pude desarrollar ideas que están espigadas ya en textos más directos, como los de mi columna o mis artículos. Las entrevistas que aquí traigo pueden ser tomadas como testimonios más o menos rápidos que develan en algo lo que soy y pienso, así que su interés, si lo tiene, es complementario al interés, si lo tiene, que pueden despertar mis publicaciones literarias y periodísticas. En el título uso el adjetivo “contrarreloj” porque así fue como respondí, apremiado por la promesa de devolver a tiempo los cuestionarios respondidos.

En todos los casos he contestado las entrevistas con respeto, incluso las planteadas por estudiantes, pues siempre fui consciente de que los entrevistadores se acercaron confiados en mi competencia para contestar. Esto me recuerda que en no pocas ocasiones, cuando los temas no fueron de mi incumbencia, rechacé las entrevistas con pena y agradecimiento, nunca por menosprecio al entrevistador. Este libro es una edición nacida de mi pura iniciativa, casi puedo decir que engendrada sólo para hacer provechoso alguno de mis ocios vacacionales. La fecha de la primera entrevista que aquí traigo, 1999, coincide, no sé si casualmente, con el momento en el que opté por alejarme del ejercicio periodístico más intenso, el periodismo que no sólo trabaja con materiales propios de la actualidad, sino que también permite el estimulante diálogo con colegas en mesas de redacción e imprentas. Seguí en el periodismo, es verdad, pero desde entonces y hasta hoy sólo me avine a la modalidad opinativa, como articulista y columnista.

Decidí reunir las entrevistas porque son, sustancialmente, un diálogo con el sujeto que me habita, con el hombre que inevitablemente soy. Las respuestas aquí aglutinadas son, y también por ello las escribí y guardé, un intento por retener lo que pensé luego de recibir el estímulo de las preguntas. Hasta donde me fue posible, organicé cronológicamente el material; casi todo se relaciona con temas literarios, de modo que es importante tener en consideración que algunas ideas se trepan en la circunstancia que atravesaba yo al contestar un interrogatorio. Creo que nada más es necesario consignar, sólo agradecer desde ya a mis entrevistadores y, en este último renglón, a quien se tome el tiempo de leer lo que considere atendible.

miércoles, marzo 12, 2025

Ser o no ser


 






Como lector frecuente de libros viejos y ya inhallables en muchos casos, me he topado con páginas por supuesto olvidadas y aún meritorias. Es el caso de Lope-Calderón y Shakaspeare. Comparación de dos estilos dramáticos (Ediciones Teatro Clásico de México, 1969), título de Álvaro Custodio, escritor español exiliado en México de 1944 a 1973. Había nacido en Écija, Andalucía, hacia 1914, y murió en 1992 cerca de Madrid. Tengo además un ensayo suyo en el que analiza el corrido mexicano, que me intrigó cuando lo leí. Se dedicó principalmente a la escritura teatral y al guion cinematográfico, aunque también dejó una novela y numerosos ensayos.

De este último género, el dedicado a los dos clásicos españoles y al inglés, que recién leí, le sirve para destacar los rasgos más salientes de sus obras y además para observar las circunstancias históricas en las que fueron escritas. En cuanto a calidad, se inclina por Shakaspeare, lo que no es tan raro en muchos expertos del arte teatral. En uno de los pasajes dice lo siguiente, y es aquí en donde quiero detenerme. “Lope no tiene una comedia que pueda caracterizar su enorme producción; según Menéndez Pelayo ‘habiéndolo intentado todo y habiendo dejado en todas partes impresa su garra de león, rara vez logró perfección suma: a su ingenio, a fuerza de tener extensión, le faltó profundidad’”.

Las palabras de Menéndez y Pelayo citadas por Custodio se parecen a una afirmación que he leído en otros lados. Encierran una amenaza para el escritor, ya que lo fuerzan a crear alguna obra, al menos una, con la cual se le pueda identificar. De no hacerlo, una producción grande pero sin ese parteaguas corre el albur de ser ninguneada por la posteridad.

Tan falso esto no es, y a las pruebas podemos remitirnos con algunas creaturas salientes en medio de una producción abundante: El Quijote, Los Miserables, Los hermanos Karamazov, Madame Bovary, La metamorfosis, Pedro Páramo, Cien años de soledad son libros que se confunden con el nombre de sus autores, tanto como si en ellos hubiera quedado una impronta imposible de superar por los mismos creadores en otras obras de su hechura.

Supongo que urdir ese libro no es fácil. Más: supongo que para alcanzar una cumbre así ni siquiera es posible la premeditación. El genio no se propone obras maestras; simplemente las ejecuta y el tiempo decide si alguna cuajó en eso o no cuajó. Obviamente lo segundo ocurre con muchísima mayor frecuencia.

sábado, marzo 08, 2025

De la mano del TIM

 









En uno de sus prólogos, Borges escribió esto: “Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”. A algo parecido aspira lo que leeré a continuación.

Como sabemos, hace poco estuvo en Torreón el escritor cubano Leonardo Padura. Presentó Ir a La Habana, su más reciente libro, un recorrido por su íntima, por su visceral convivencia con la capital de la isla. En algún momento de la presentación se destacó que Padura no entiende su cubanía a partir del himno, de la bandera y otros símbolos intangibles, sino a partir de su casa, de su barrio, de los amigos con los que jugó beisbol y discurrió su vida. Esta idea, claro, me recordó “Alta traición”, tal vez el más célebre poema de José Emilio Pacheco:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia
montañas
(y tres o cuatro ríos)

¿Qué significa esto? Simplemente que amar a la patria en términos tan generales es una especie de embuste, pues “Su fulgor abstracto es inasible”. Pacheco propone entonces que es prudente aterrizar el amor a la patria en realidades más concretas, en “diez lugares”, en “ciertas gentes”, en “tres o cuatro ríos”, es decir, en aquello que uno alcanza no sólo a conocer, sino a vivenciar de manera entrañable, cotidiana. Más o menos esta misma es la noción que palpita en toda la “Suave patria” de López Velarde: no cantar a lo abstracto, sino a lo inmediato, al “relámpago verde de los loros”, al “santo olor de la panadería” o al “paraíso de compotas”.

Asimismo, en mi dimensión lagunera la “alta traición” que puedo cometer se debe a una casa de Gómez Palacio y otra de Torreón, a un río huérfano de agua, dos o tres parques, una escuela secundaria, una esquina de barrio, algunas librerías, una universidad, varias cafeterías, todos mis afectos familiares, cinco o seis amigos y por supuesto un teatro, el Isauro Martínez, institución que es parte de mi vida desde un momento ubicado entre 1983 y 1984 hasta hoy. ¿De dónde saco esta fecha? Para mí es simple. Hacia 1982 empecé la carrera, y un año después tuve como profesor a Saúl Rosales, quien desde el D. F. había retornado hacía poco a Torreón. Saúl estableció vínculos laborales con el Iscytac (la escuela donde lo conocí), el diario La Opinión y el Teatro Martínez. En cierta ocasión, lo recuerdo bien, por algún asunto me pidió que lo buscara en las oficinas del teatro que ya tenían entrada por la calle Galeana. Creo que fue la primera vez que ingresé aquí. Las oficinas estaban en construcción o remodelación, inconclusas, sin acabados, pero ya habían sido habilitadas para sus trabajadores administrativos. Aquella también fue la primera vez que vi de lejos a Sonia Salum, primera directora del teatro.

A partir de allí, sin quererlo, yendo y viniendo al paso de los meses y los años, comenzó una relación de cercanía con el teatro que hasta la fecha se mantiene y se me aparece en forma de imágenes, de nombres propios, de anécdotas que justifican mi querencia. Por supuesto, en mis frecuentes visitas vi la terminación de las oficinas, luego la construcción del llamado “anexo del TIM” que hoy es la Galería de Arte Contemporáneo y el gradual y sostenido remozamiento de todos los rincones del teatro salvado casi milagrosamente de la muerte en los setenta, cuando era un cine decadente, tan estropeado como sórdido. Tras su rescate y primera etapa de restauración, allá por el 88 me presenté en el foyer por primera vez en una lectura colectiva tras la que se sucedieron otras hasta que alcancé el mayor de los privilegios: presentar mi primer libro en 1990, hace 35 años, a los 25 de mi edad, en el escenario donde hoy leo estas palabras.

En ese largo tramo de historia conocí y traté con variable proximidad a su personal (aquí trabajaron un tiempo Gilberto Prado y Saúl Rosales, dos de mis más grandes amigos). Trabé contacto, insisto que en distinto grado de colaboración, con sus directoras, la ya mencionada Sonia Salum, Márgara Garza, Laura Eraña, Claudia Máynez, Lourdes Bernal y ahora Cecilia Cansino, y desde 2017 tengo con el teatro una relación profesional de trabajo gracias a la coordinación de los espacios del café y el taller literarios.

Una lista necesariamente incompleta de las personalidades que he visto y escuchado aquí puede dar idea del valor que el TIM tiene como escenario de actividades en este caso literarias (todas, por cierto, gratuitas). En el recinto que hoy festejamos vi a todos o casi todos los escritores laguneros con producción desde 1985 a la fecha, y entre los foráneos a Fernando del Paso, Carlos Monsiváis, José Agustín, Luisa Valenzuela, Felipe Garrido, Luis Alberto de Cuenca, Juan Domingo Argüelles, Sabina Berman, Arturo Azuela, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Cristina Rivera Garza, Óscar de la Borbolla, Juan Gelman, Fernando Vallejo, Ignacio Padilla, Martín Solares, Jorge Valdés, Roberto Bardini, Fernanda Melchor y Marcial Fernández, entre muchos otros. Vi también, por supuesto, numerosas obras teatrales, como las encabezadas por Ignacio López Tarso, Germán Robles, Ofelia Guilmáin, Diego Luna y Ofelia Medina.

En algunos casos tengo incluso anécdotas. Por ejemplo, cuando vino Fernando del Paso, el narrador estaba en la cumbre de la fama pues no hacía mucho había publicado Noticias del imperio, su novela-monstruo. Muchos laguneros llenamos el espacio y al final, en la sesión de preguntas, un colega escritor, desesperado, casi a gritos imploró al maestro que ayudara a la literatura lagunera: “¡Ayúdenos, maestro Del Paso!”, le rogó. Recuerdo que el escritor hizo notar que se sentía como candidato a gobernador en campaña. Otra anécdota se dio con Ofelia Medina. Yo era director de cultura en Torreón y el área presentaría en el TIM un monólogo de la actriz. En la mañana del ensayo vine a saludarla como una deferencia y en ese momento no sé qué pasó que se requería un técnico más en el área de iluminación o audio. Ofelia no lo dudó y me pidió que entrara a la sala de controles para que yo apoyara bajando y subiendo unas palanquitas. La última anécdota que contaré aquí es la que se dio con Diego Luna, quien venía a exponer también un monólogo. Uno de los coorganizadores del gobierno estatal me dijo que el actor necesitaba, como parte de su utilería para la escena, una máquina de escribir no descompuesta. Me preguntó que si yo tenía una, le respondí que sí, y prometió devolvérmela apenas terminara la representación. Vine a ver la obra, vi que Luna tecleaba en mi máquina con preocupante furia, y al final creo pasaron dos años para que el funcionario y yo nos coordináramos hasta ver de regreso la Olympia que todavía conservo, por suerte no descompuesta.

En suma, la relación que uno tiene con las cosas y con los espacios es lo que afianza el cariño, diría incluso que el amor. Me podrán decir que el Metropolitan de Nueva York o La Scala de Milán son más grandes, famosos y bonitos, pero más allá del respeto que uno puede tener por esos iconos de la cultura mundial, a mí me concierne y me emociona el Teatro Martínez. Junto a su fachada, sus muros interiores, sus butacas, su escenario, sus luces y sus murales he pasado muchas horas felices de mi vida y es aquí, en este recinto, donde mi emoción calza a la medida, donde me siento en casa, bienvenido siempre.

Aquí he visto y escuchado además a la Camerata de Coahuila, el Festival de la Canción de la Esperanza, la Banda Municipal, espectáculos de baile diversificado en ballet, tango, folclor y jazz; obras de teatro locales, el Festival internacional de piano, recitales de academias como los organizados por la maestra Mariana Chabukiani, conferencias, exposiciones, informes de gobierno y el Festival de la Palabra, entre muchísimas otras actividades. Además, cómo no voy a considerar que el teatro es mi casa si aquí, en este escenario, vi bailar ballet a mis hijas cuando tenían menos de diez años y tomaban clases en la Academia Nijinsky.

El Teatro Isauro Martínez es, en suma, un sitio que me atañe de manera honda y es parte esencial de mi laguneridad, y supongo que muchos podrán adherir al sentimiento que he compartido. Celebro por ello su nonagésimo quinto aniversario, y más celebro que haya sido rescatado de la barbarie y que actualmente goce de muy buena salud arquitectónica y administrativa, garantía de que este tesoro artístico, patrimonio de los laguneros, nos sobrevivirá, llegará fácil a su centenario y nunca más estará en riesgo de usos denigrantes o, lo que es mucho peor, de demolición.

Muchas gracias por escucharme y larga vida a este teatro que tanto nos enorgullece.

Nota. Texto leído el 5 de marzo de 2025 en la sala principal del Teatro Isauro Martínez. Compartí mesa con la doctora Laura Orellana Trinidad.