sábado, mayo 28, 2022

Miniapuntes para soltar la mano











Hace pocos días comenté en uno de mis talleres que la práctica de la literatura debe permear todos los actos del escritor. Así, para soltar la mano, recomendé que aprovecharan los temas planteados por el azar para urdir breves apuntes de estilo esmerado que luego, quizá, puedan verse publicadas en alguna red social. Dejo aquí tres ejemplos para ver si conllevan algún valor didáctico.

1. Toby, propietario de un homónimo carromato vendedor de lonches, gorditas y burritos, tiene un grito peculiar para sus clientes potenciales. Este grito sirve para explicar el uso y el sentido de la coma en vocativo que casi nadie usa. Como se sabe, el vocativo es “la palabra o grupo de palabras que se refieren al interlocutor y se emplean para llamarlo o dirigirse a él de forma explícita”, y siempre debe ir entre comas: “Ya voy, papá, salí un poco tarde”, “Sí, María, iré contigo”, “Adiós, amigos”, “Viaja mucho, Pedro”, “Claro, profesor, tiene usted razón”, “No, güey, no entendiste”. Pues bien, cuando el señor Toby ve que pasan jóvenes hombres o mujeres, alza la voz y grita: “¡Muchachas, gordas!”, “¡Jóvenes, burros!”. En la expresión oral las comas no se ven, y sólo se notan si hacemos una leve pausa. Pese a eso, las dos frases anteriores se oyen así: “¡Muchachas gordas!”, “¡Jóvenes burros!”, donde los sustantivos “gordas” y “burros” pasan a oírse como adjetivos que califican a las “muchachas” y a los “jóvenes”. Eso mismo pasa si uno no separa con coma el vocativo. Así, no es lo mismo decir que “Fulano fue campeón, tonto” que “Fulano fue campeón tonto”. Todo cambia con esa simple coma.

2. Ya sabemos que una política de las empresas de alimentos es achicar los productos y evitar con esto el aumento de precio. Por supuesto que los precios siguen aumentando, pero en teoría serían más altos si los productos conservaran el tamaño o la cantidad originales, la que ya conocíamos. Luego de reducir el tamaño, quizá lo que siga sea empeorar los ingredientes. Esto funciona muy bien, sobre todo, con los productos procesados y perecederos. El pan Bimbo, y aquí no discuto si es bueno o malo como alimento, tenía antes rebanadas gruesas y esponjosas, las mismas que siguen usando para los comerciales; pero la realidad es que ahora ofrece rebanadas casi del grosor de una tortilla. Nadie puede hoy conservar unos roles de canela de hace diez años para compararlos con unos de la actualidad. Si esto fuera posible, terminaríamos suponiendo que en el futuro compraremos aire o, cuando mucho, raciones apenas adecuadas para el mundo de Lilliput.

3. He puesto en funcionamiento el trapeador debido a los estragos provocados por la asquerosa tolvanera de ayer. Aunque en estricto sentido ya no es un trapo, sino un haz de hebras atadas a un palo, el trapeador es una herramienta maravillosa, útil para crear, junto con la escoba, la sensación de aseo en el interior de la madriguera sobre todo cuando el polvo nos azota. El verbo derivado del sustantivo “trapeador” es “trapear”, que en México solemos decir “trapiar”, dada la tendencia a diptongar la unión de ciertas vocales fuertes. Eso mismo hacemos en “pior”, “peliar” (que es agarrarse de los pelos, “pelear”), “quihacer”, “ventiar” y muchas otras palabras más.

miércoles, mayo 25, 2022

Polvo seremos

 








Si lo miramos con un poco más de detenimiento y prescindimos de sentimentalismos chovinistas, La Laguna es un lugar inhóspito para vivir. El frío casi no nos golpea, pero el calor se ensaña durante varios meses y, lo sabemos bien, si no contamos con algún aparato de refrigeración artificial, estamos fritos (lit). Claro que es una suerte estar exentos de sismos y no deja de ser tranquilizador que las inundaciones no nos diezmen como sucede durante ciertas temporadas en otros lugares del mundo. Tenemos ventajas y desventajas, como en todos lados, pero en nuestro caso es cierto que las desventajas no matan; eso sí, vaya que echan a perder la sensación de bienestar.

Creo que las dos principales inclemencias de nuestro clima son el calor, ya mencionado y cada vez más subido de voltaje, y las horribles tolvaneras. En las semanas recientes, por ejemplo, hemos visto tres o cuatro algo violentas. La peor duró buen rato y provocó una ola de fotos y videos en las redes sociales; el documento más impresionante, en video, mostraba uno de nuestros legendarios terregales desde un avión, y fue para todos evidente cómo avanzaba la muralla de polvo sobre la ciudad.

Se podría pensar que los laguneros nos hemos acostumbrado ya a las tolvaneras. Sospecho que esta es una conclusión errada. Aunque nos azotan cada vez con más frecuencia, aunque con ellas hacemos autoescarnio regional en las redes sociales, creo que jamás nos sentiremos en paz con el fenómeno meteorológico más peculiar de nuestra comarca, la también llamada “lluvia lagunera”. No destruye tantos bienes materiales ni cobra víctimas, es verdad, pero es un fastidio que nadie desea, pues mientras acontece nos produce una sensación de suciedad inmediatamente verificable en la realidad concreta: todo, absolutamente todo en todos lados, se cubre de polvo, hojas, ramas y basura volátil. Las tolvaneras, además, no se detienen ante nada: ni las casas herméticamente cerradas se escapan de resentir el polvo en su interior, así que luego de que nos zarandean hay que sacar la escoba, los sacudidores y el trapeador para volver a la sensación de aseo y orden.

Las tolvaneras son una calamidad inevitable en La Laguna, el polvo que somos y seremos, tanto que muchas veces he pensado en ellas como en lo más característico de nuestra tierra, de nuestra abundante y suelta tierra.

Nota. La foto que encabeza este post fue tomada por mi amigo Alfredo Máynez Gil, a quien agradezco haberla compartido.

sábado, mayo 21, 2022

Breve etimología animal*














Siempre he tenido curiosidad por la etimología. No soy especialista, pero a lo largo de mi vida como lector he chapoteado en esa laguna con el mismo gusto de un niño bien dispuesto a divertirse. Etimología viene del griego “etymos”, “verdadero”, y “logos”, en este caso “palabra” o “expresión”; así pues, la etimología de la palabra “etimología” es “expresión o palabra verdadera”. Ahora bien, no nos vayamos con la finta: una cosa es la etimología y otra es la realidad; es decir, aunque etimología significa lo que significa no necesariamente debemos ceñirnos a sus raíces para, hoy, entender algo en sentido estricto. En otras palabras, no hay que incurrir en el error de la “etimologización”, como la llama Luis Fernando Lara, quien da el ejemplo de la palabra “considerar” (etimológicamente “examinar los astros en busca de augurios”, de “con”, “junto”, y “sider”, “astro”), usada ya no para lo que propone su etimología, sino de manera más general: “reflexionar con atención y detenimiento para formar una opinión sobre algo”.

Visto lo anterior, pienso en algunos animales comunes cuya etimología no nos deparara un asombro. Por ejemplo, “perro” es, según el más famoso etimólogo de nuestra lengua, el catalán Jean Corominas, una onomatopeya, es decir, una palabra relacionada con un ruido, en este caso del gruñido “perr-perr”. Como no tiene relación con otras lenguas cercanas como el latín (“canis”), el francés (“chien”), el portugués (“can”) y el vasco “(txacur”), se cree que su origen es prerrománico, o sea, de alguna de las lenguas que se hablaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos.

“Gato” es de origen incierto, quizá afroasiático, y es notable el parecido que guarda esta palabra en varios idiomas: “gat”, “chat”, “cat”, “gatto” y “gato”, respectivamente del catalán, francés, inglés, italiano y portugués.

En cuanto a “caballo”, del latín “caballus”, también tiene una etimología borrosa. Se cree que proviene del céltico o quizá balcánico. Lo cierto es que, dada la importancia y la belleza de este animal, se ha desplegado en un abanico amplio de palabras aledañas: “caballero”, “caballería”, “cabalgadura”, “caballerango”, “caballada”, “caballete”, “caballuno”, “cabalgar”…

Del latín “vacca” tenemos “vaca”, cuya palabra derivada más famosa es “vacuna”, dado que la primera vacuna se desarrolló a partir de una viruela producida por las vacas, acierto científico que le debemos al inglés Edward Jenner.

Las palabras de animales que más me gustan son aquellas que en su misma etimología contienen una especie de descripción. Por ejemplo, “rinoceronte”, que viene de “rinos”, “nariz”, y “ceros”, “cuerno”, es decir, animal que tiene un “cuerno en la nariz”, que es casi como decir “unicornio”. También es curiosa en este sentido la palabra “hipopótamo”, configurada en dos partes: “hippos”, “caballo”, y “potamos”, “río”, es decir, “caballo de río”. Genial es “murciélago”, de “mus” o “mur”, “ratón”, y “caecus”, “ciego”, o sea “ratón ciego”. Por último, ornitorrinco, de “ornis”, “ave” o “pájaro”, y “rinchos”, “pico”, lo que parece un pleonasmo, pues todas las aves tienen pico; lo que observa esta palabra es, al contrario, la condición excepcional de un mamífero con pico, ya que el ornitorrinco es esto.

Sea este breve viaje por la etimología de algunos animales para recordarlos, es decir, para traerlos nuevamente al corazón, que eso significa “recordar” (“re-cordis”, “traer de nuevo al corazón”).

*Artículo publicado en la revista Nomádica.

miércoles, mayo 18, 2022

Clones de Ober

 











En octubre de 2021 fue impreso un libro en formato cuarto de carta titulado Clones (Gobierno de Coahuila con el apoyo de Osel, Mucho Diseño y NSN). Contiene dibujos de Édgar Román, Ober, artista plástico lagunero quien, entre otras actividades, ha participado en el Festival Cervantino y en talleres de artes gráficas auspiciados por Peñoles.

Dado el tema icónico de Clones, Miguel Canseco señala en el prólogo que “Hay una larga tradición de artistas analizando su imagen, Van Gogh dejó sellada su mirada en espirales de color, Diego Rivera mostró sin piedad las venas en sus ojos de sapo, Toledo se dibujó como chamán perdido en una lluvia de grillos y con ellos, Ober cuestiona su lugar en el mundo y fiel a su estilo, ofrece su rostro como súper héroe y demonio, lo suyo es arte urbano no adulterado, porque de ahí vino y ahí regresa, en un círculo que expresa la voz genuina del alma”.

En efecto, Clones es un muestrario de un rostro, el de Ober, cuyas variaciones nos permiten entender que nadie es exactamente uno y el mismo, que todos somos muchas personas a la vez, que vivimos en un permanente desfile de máscaras propias y ajenas aunque no podamos escapar de nuestro ser estricto. Todos somos muchos incluso en un solo día.

La variación sobre un mismo tema es un planteo recurrente en el arte. De hecho, muchos concursos con un tema restringido fomentan esto: que la mirada del artista (gráfico, literario, musical…) se despliegue a partir de un asunto específico, y es el resultado, la mirada del creador materializada en una obra, la que genera un producto específico. Pienso, por caso, en los bodegones: el tema es muy simple y sin embargo cuántas variaciones podemos encontrar. Asimismo, como una obsesión persistente en el artista, es la mirada sobre sí mismo, sobre su ser. En la poesía no escasean los ejemplos, y de hecho es el poeta un buzo en su alma, un explorador en el laberinto de su condición y circunstancia. Las artes gráficas se prestan también para tales ejercicios, como lo demuestran los rostros en los que Ober cambia y se mantiene, paradójicamente, fiel a sí mismo.

Un buen emprendimiento gráfico el de Clones. Ojalá que así, en publicaciones sencillas y diseñadas con esmero, pudiéramos acceder a la obra de otros artistas gráficos locales.


sábado, mayo 14, 2022

Subsuelo de Salsipuedes












Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) es uno de los periodistas más respetados en la Argentina actual. Su reputación se debe a la calidad de sus investigaciones y al estilo siempre picoso, siempre mordaz y siempre preciso de su escritura. Pero hay un plus en el que esta valoración de su trabajo tiene, creo, otro anclaje relevante: no opera en una parcela cómoda de la realidad, sino en el lado opuesto, en la zona temática más peligrosa del periodismo, la sección que en México lexicalizamos como “policial”. Ahora bien, el suyo no ha sido un periodismo de lo policial al uso, es decir, aquel que recoge y transcribe el parte de la autoridad para convertirlo de manera servil en nota tratada por lo común con prosa fósil sobre un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes. Todos los países tienen ese periodismo bautizado como “amarillista”.

Hay otro tratamiento de lo criminal y es el que Ragendorfer ha puesto en práctica. Es el periodismo que ve —en un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes— sólo la punta de icebergs que debajo de su línea de flotación esconden podredumbres misceláneas, vasos comunicantes entre los más variados actores de la delincuencia, sean los mismos delincuentes ya tipificados como tales, sean las autoridades que no les van a la zaga en materia de protervia o ambos en operaciones conjuntas.

De ese tipo de investigación han nacido cientos de reportajes espesos de datos y varios libros igualmente densos de información como La Bonaerense (escrito a cuatro manos con Carlos Dutil), La secta del gatillo, Los doblados y Patricia, de la lucha armada a la seguridad, entre otros. Uno de ellos, la compilación de artículos El otoño de los genocidas, lo reseñé aquí hace poco más de dos años. No repetiré lo que ya escribí sobre el autor, pero me permito un énfasis: leer a Ragendorfer tiene algo de adictivo sobre todo para quienes nos movemos en áreas del conocimiento, como la literatura, mucho menos viscosas. Sus textos nos permiten explorar, acompañados por guiños estilísticos plenos de mordacidad, el accionar nada abstracto, nada literaturizado, del hampa que hoy se desenvuelve con esquemas de trabajo que mucho aportarían en las cátedras de administración empresarial.

Aparte del periodismo, Ragendorfer también ha trabajado en espacios audiovisuales, casi todos disponibles en Youtube, casi todos inscritos en la temática criminal; además, como lo veremos aquí, ha incursionado ya en la narrativa ficcional con La maldición de Salsipuedes (Ediciones B, Buenos Aires, 2015, 216 pp.), su primera novela. Creo que se trata de un gran debut, lo que era más o menos previsible dadas las herramientas de reportero que domina. Digo más o menos porque no siempre es fácil pasar de la narrativa periodística a la de ficción, y al revés. Parecen lo mismo, pero no, y más allá de explicar por qué esto es así, se puede ver estadísticamente que no hay muchos novelistas que desplacen su escritura al reportaje o la crónica, ni coronistas o reporteros que se instalen sin conflicto en el sillón del novelista.

Ciertamente, Ragendorfer “incurre por primera vez en la ficción” con una novela que en lo temático no queda muy lejos de sus dominios. De hecho, la trama, los personajes y el lenguaje tienen la marca de RR, y si hay algunas diferencias con sus relatos reales publicados sobre todo en la prensa, estas son una mayor soltura del estilo, un humor (negrísimo) más visible y el hecho de entreverar con más complejidad el tiempo y el espacio de una historia concebida por la imaginación, no por la realidad. Ahora bien, detengámonos en la última diferencia: ¿esta historia, esta ficción, está muy lejos de la realidad? Hasta donde puedo ver, no. Al leer La maldición de Salsipuedes sentí que asistía al relato de una historia verídica, nada o casi nada distante de las espinosas tramas que con nombres, lugares y circunstancias reales Ragendorfer ventila a diario en espacios periodísticos.

No se trata pues de un divertimento. Aunque sepamos que lo contado es ficción y esta ficción se despliega en clave socarrona, lo interesante de la novela es la matriz investigativa que supone: la del delito común como punta de iceberg. Como en la realidad, Ragendorfer desliza la suspicacia, la duda, en la ficción: en la pequeña ciudad de Salsipuedes hay un asesinato que parece motivado por razones pasionales, pero, al rascar sobre su superficie, el asunto comienza a evidenciar un aspecto de raíz arbórea. Bajo el caso de un crimen de alcoba hay un submundo en el que se intersectan intereses económicos, políticos e ideológicos cuya conexión pone en movimiento los engranajes de la impunidad. Así, cualquier parecido con la vida real no es mera coincidencia.

Dividida en dos partes, 23 capítulos y un apartado que hace las veces de introducción, La maldición de Salsipuedes se erige como ejemplo de la putrefacción que pueden esconder los pueblitos en los que al parecer hay mucha gente de bien y nadie quiebra un plato. Aunque Salsipuedes (en una de las páginas se describe el origen de este pintoresco nombre) sí existe en la Provincia de Córdoba, debemos asumir que, por un lado, no importa la elección del lugar para instalar allí el origen de la historia, y, por otro, es funcional a los propósitos de la narración que sea un lugar algo oculto en el que viven varias familias adineradas, una casta con perfil conservador.

En Salsipuedes asesinan a Sara Palma de Materazzi, esposa de Florencio Materazzi, prestigiado odontólogo del lugar, quien en el momento del crimen participa en un torneo de paddle celebrado en Colonia, Uruguay. El desaguisado desata la voracidad de la prensa y es allí cuando Rudy Lavilla Grau, el abogado de Materazzi, contrata los servicios de Urtaín, un ex subcomisario de la Policía Federal ahora dedicado a ver insípidos casos de una aseguradora (más adelante, en otros capítulos, sabemos cuáles fueron las zancadillas del destino que frenaron la carrera de Urtaín en el servicio público). El ex subcomisario es contratado por Lavilla Grau para que investigue el crimen de la mujer y evitar el chismorreo de la prensa, y esta es la razón por la que se apersona en la Provincia de Córdoba. Poco a poco, Urtaín comienza a escarbar, y con base en la cosecha de algunos datos vislumbra las marranadas que burbujean en el fondo de la calamidad.

Vemos entonces que Urtaín pesca el nombre del mexicano (un tal Jesús, seudónimo de Alejandro Lara) que le afloja un mesero, y dado que su recolección avanza bien, comienzan los misteriosos obstáculos: matan a Farías, el mesero, y él, Urtaín, recibe una agresión que lo manda al hospital; luego, un albañil es encontrado culpable del crimen, pero Urtaín sabe que se trata de un chivo expiatorio a quien le han extraído la confesión de la culpa con procedimientos que en México sintetizó la técnica del tehuacanazo.

Urtaín es centrifugado de la investigación por los mismos que lo contrataron, pues sólo querían simular una investigación, y es aquí donde él decide seguir el rastro por la libre: descubre que cuatro tipos en los que media “amistad”, todos cercanos a Sara Palma de Materazzi, han trabajado en tareas represivas durante la última dictadura (76-83), uno de ellos el obispo Emilio Rádkovic. Todos saben que Urtaín sabe o que al menos sospecha, así que buscan neutralizarlo. Él huye para adelante, pues continúa su indagación, lo que lo pone cada vez en mayor riesgo. Los cuatro tipos que lo siguen conforman una parvada de buitres (un abogado, un dentista, un político y un religioso) que, dadas sus funciones durante el eufemístico Proceso de Reorganización Nacional, aprovecharon la coyuntura y se hicieron de propiedades muebles e inmuebles de víctimas del terrorismo de estado. En la dictadura no sólo hubo, entonces, apropiación de recién nacidos, sino otra apropiación que también es grave y en muchos casos permanece intocada hasta la fecha, con prestanombres: la del patrimonio ajeno.

Ciertas fallas en la estructura de la sociedad tetrapartita, cierta traición, ciertas preferencias sexuales inconfesas, la presencia de un sicario mexicano al que también es pertinente liquidar, el apoyo de un periodista y la ayuda de una colaboradora sorpresa permiten que Urtaín dé con el tuétano del misterio. Pero antes de llegar a esto, lamentablemente, la maldición de Salsipuedes cobra algunas víctimas.

Una ficción de esta índole, como dije párrafos atrás, no es tan ficticia cuando montamos su patrón, una especie de plantilla, sobre la realidad: debajo del poder, en lo profundo de la prosperidad, allá en los mantos subterráneos del éxito material, no es improbable encontrar abusos, atrocidad, despojo, mierda en suma. Ricardo Ragendorfer ha incurrido por primera vez en la ficción con una muy buena novela.

Comarca Lagunera, 8, 2 y 2022 

miércoles, mayo 11, 2022

El golpe traidor

 









Entre otros géneros, en mi feis urdo de vez en vez conatos de crónica. Comparto un fragmento de ayer, para que tomen sus providencias, pues yo pensaba que esto era puritito cuento:

El sábado en la mañana desahogué mis actividades habituales. Primero, desayunar con Saúl, y después, atender la sesión del taller literario. A veces, para aprovechar el viaje al centro, me organizo con el médico para la consulta de rutina, y eso hice al terminar el taller. Dentro del consultorio había buen clima, aunque quizá un poco pasadito de frío, no sé. Al salir, subí al coche. Había quedado bajo el sol del mediodía y por dentro estaba a no menos de 45 grados, un horno de siderúrgica. Apenas me senté frente al volante, sentí una especie de macanazo en la nuca, como si la realidad me hubiera noqueado. Con todo y eso, todavía tenía tres pendientes y los atendí a rastras, con la sensación de que ya no tenía fuerza ni para levantar un vaso de agua. Vi a mi hija, pasé por unos libros y luego a una tienda por dos o tres productos que faltaban para la comida. Los minutos fueron pasando y no sé cómo pude manejar así, como si me hubieran sacado los huesos del cuerpo. Mi único deseo era llegar a mi cama y cerrar los ojos, desaparecer. Cuando entré a la casa, no saludé a Maribel, dejé los productos en la cocina y le dije que debía dormir urgentemente; contra mi costumbre, me despojé de la ropa como un borracho, tirándola al lado de la cama, y caí. Desperté como dos horas después. Maribel fue a tocarme en la frente y notó mi fiebre. Con su calidez habitual me atendió, me pasó medicamento y me dijo que me diera un regaderazo mientras ella preparaba mi comida. Poco después, yo ya estaba mucho mejor, sin fiebre y con apetito. Aunque sentía el fantasma del malestar, toda la tarde pude al menos vagabundear en Facebook y en Youtube. En la noche reapareció la febrícula, pero de inmediato fue aplacada a punta de Paracetamoles. Supuse que la culpa era de algún alimento, de alguna gorda del desayuno. Pero no, el estómago estaba incólume. El domingo, todavía tirado, algo débil y sin ánimo, consulté con mi hermana, que mucho sabe de todo esto, y concluyó que fue “un golpe de calor”. Me dio recomendaciones y me dijo que no me preocupara, pero que necesitaba dos o tres días para quedar bien. La moraleja de este relato es, al menos para mí, la siguiente: que a cierta edad ya no es posible pasar de frío a calor o de calor a frío sin consecuencias.

El calor me hacía antes los mandados; hoy no. Hoy, contra toda mi experiencia anterior, el calor de mayo, junio, julio y agosto es una posibilidad de zancadilla y derrumbe. Cuídense si viven en un infierno como el lagunero.

sábado, mayo 07, 2022

Nadie hace en el arte












Disculpen el tema. Leí hace poco Sobre el amor y la muerte (Seix Barral, Barcelona, 2005), de Patrick Süskind. Aunque es un ensayo breve, un objeto formateado como libro de pasta dura gracias a las artes de la edición y del estiramiento, sin duda contiene una reflexión encantadora sobre dos realidades humanas de enorme peso. Aunque es muy difícil, del amor es posible escapar; de la muerte, pues no. Buenas reflexiones, en resumen, nos comparte el autor de El perfume, quien por cierto, pese a su fama mundial, tiene un registro de fotos y videos casi nulo en internet. Él así lo decidió: “Los periodistas y críticos literarios no intentaron localizarlo [por su cumpleaños setenta], pues ya sabían que el autor de El perfume no concede entrevistas, rechaza cualquier tipo de correspondencia, evita las apariciones públicas y únicamente permite la distribución de dos fotografías fechadas en 1985 y 1992” (diario El Confidencial, 2019).

En una de las páginas del mentado ensayo, el alemán puntualiza que, a diferencia del tema amoroso, hay otros asuntos olímpicamente proscritos de la literatura: “Sin embargo, ¿no ocurre lo mismo con la respiración, la comida y bebida, la digestión y la defecación? ¿Por qué, me preguntaba con frecuencia de niño, la gente no va nunca al retrete en las novelas? Tampoco en los cuentos de hadas ni en la ópera, ni en el teatro, el cine y las artes plásticas. Una de las actividades más importantes, ocasionalmente más urgentes, incluso vitales del hombre no aparece en el arte. En cambio, éste se ocupa, una y otra vez, y con infinito detalle y variación, de los placeres y penas del amor, y de todos sus preámbulos y variantes, a los que, como se creía en otro tiempo, se podía renunciar por completo. ¿Por qué no ha habido en la historia de la Humanidad un culto al excremento, pero sí al pecho femenino, la vagina o el falo? La idea, aunque un tanto infantil, no es aberrante”.

Creo que la ausencia de la mierda y el acto de producirla no aparecen en el arte porque de inmediato nos comunican desagrado visual, olfativo y en ciertos casos auditivo, dado que las flatulencias pueden llegar a ser tan estentóreas como ingratas sobre todo cuando son ajenas. En el erotismo no ocurre esto, ya que en automático lo vinculamos al placer, por atrevido o pecaminoso que a veces nos parezca. No podemos pasar por alto que en ambos casos puede experimentarse gran satisfacción, aunque en uno quedan como resultado evidencias nada gratas al olfato y a la vista. Al respecto, recuerdo una de las pocas alusiones al acto defecatorio como epítome de felicidad: “No hay contento en esta vida / que se pueda comparar / al contento que es cagar”, escribió Quevedo, acaso el más grande escritor, ayer y hoy, de nuestra lengua, en su famoso “Gracias y desgracias del ojo del culo”. Y añadió el siguiente dístico: “No hay gusto más descansado / que después de haber cagado”.

Tiene razón Süskind: estos temas se han afantasmado del arte pese a que defecar, mear y peer (en México lo conjugamos “peyer”) son el pan de cada día, valga la metáfora, en la vida del mundo entero.

En cuanto a los flatos, yo sólo recuerdo dos menciones en libros serios de literatura: una en la novela Trópico de cáncer, de Henry Miller, y otra en Vidas imaginarias (en el relato “Crates, cínico”), de Marcel Schwob.

En conclusión, dentro del arte nadie hace del uno ni del dos, y ni siquiera emite graves y breves estridencias por salva sea la parte.

miércoles, mayo 04, 2022

La mosca de León Guzmán

 









Ya de regreso a La Laguna por la carretera Durango-Gómez Palacio abrí la ventana para liquidar un tramo más del carísimo peaje en la caseta de León Guzmán. Bastaron los veinte o treinta segundos en los que se da el pago del servicio para que entrara una mosca que de inmediato comenzó a cruzar frente a mi cara y la de Maribel. Sin detener la marcha del vehículo, abrí las ventanas hasta que presentí la salida del insecto. Al subir nuevamente las ventanillas, la mosca, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí. Era sin duda una mosca establera, terca y molesta. Fue en ese momento cuando tuve una especie de triste revelación: habíamos llegado a La Laguna, la mosca nos estaba dando la bienvenida.

Amo, jamás lo he dudado, a la región en la que nací y he vivido. No puedo pensarme, por ello, ajeno a su clima, a su polvo, a su sol, a su destino en general. Esto no significa que no vea, como veo a diario, sus numerosas fealdades, sus carencias, la dificultad que tercamente nos impone y nos hace la vida más incómoda. En efecto, la mosca de León Guzmán me llevó a percibir que habíamos llegado a nuestra tierra, que había aparecido una de las muchas calamidades que tiene la vida en La Laguna.

Era la media tarde del domingo, así que pensé en los días previos. Habíamos llegado a Mazatlán un jueves de finales de octubre y allá ni cuenta me di de que no había moscas ni mosquitos al menos en la zona aledaña a la playa donde nos hospedamos. ¿Es el viento marino el que las aleja? ¿Es la salinidad del aire? ¿Es la humedad? ¿Es la temporada del año en la que estuvimos allá? No sé, pero al echar el rollo de película hacia atrás reparé en que esa molestia, la de las moscas y los mosquitos al aire libre, no existió en el recién concluido periplo vacacional. Volví a pensar entonces en una idea que me ronda desde que tengo uso más o menos serio de razón: que vivir en La Laguna tiene muchos pequeños y grandes escollos. No digo nada que no padezca cualquier conglomerado humano, por chico o grande que sea, pero ciertamente cada uno, como yo, habla según le va en la feria.

Vivir en La Laguna nos somete a un paisaje ciertamente desolador en términos de flora y fauna. El verde de los árboles y los arbustos siempre parece casi un gris, por lo terroso, y la larga temporada de calor, de brutal y seco calor, contrasta con los dos meses de frío horrendo. Sólo nos quedan, creo, octubre y noviembre, quizá un poco de diciembre, para gozar de un clima digno para el ser humano. El énfasis del calor y otros factores que desconozco permiten que moscas y mosquitos se ensañen con la vida al aire libre, de manera que prácticamente no podemos tener reuniones fuera de cuatro paredes en las que nos libremos, bien librados, de aquellas insoportables presencias.

En esto pensé mientras luchaba contra la mosca de León Guzmán, que persistía en no salir del auto. Ya habíamos llegado a Torreón cuando noté con claridad que emigró por el lado de mi ventanilla, pero en ese momento vi otra molestia: a dos agentes de tránsito con radar en mano, listos para multar con ánimo menos precautorio que recaudatorio. Tal visión me llevó a pensar en otra incomodidad que no vi en Mazatlán por ningún lado: ni un solo tránsito municipal, pero esta es una reflexión que ya no cabe en los párrafos que aquí terminan, como mi paz en la caseta de León Guzmán.

sábado, abril 30, 2022

Intermitencia de libros este martes

 










El ejercicio de la literatura y la necesidad me han llevado a conocer y practicar muchas actividades más o menos próximas. Soy por ello de esos escritores que a los tumbos, en el mundo de la hiperespecialización que hoy vivimos, se han inventado casi de la nada una capacidad, así sea mínima, para avanzar por todo tipo de terreno en el universo del libro. No es lo indicado, lo sé, pues el libro es un objeto que en su cadena de producción demanda competencias específicas para cada eslabón. Mi consuelo es, sin embargo, que nunca en La Laguna hemos tenido un flujo editorial capaz de acoger especialistas en todas las áreas, de ahí la pertinencia de saber un poco de todo a la hora de materializar un libro.

Algunos libros propios —las ediciones de autor por lo común aborrecidas— son la prueba fehaciente de que conozco el proceso en casi todos sus momentos. Es decir, los he escrito, revisado, maquetado, registrado, cuidado en la imprenta, presentado y distribuido, todo a una escala micro, la escala editorial de La Laguna. A los libros ajenos que varias personas han confiado a mis afanes de editor les he dado igual seguimiento: salvo escribirlos, trabajé en su proceso de elaboración con el mejor ánimo de alcanzar un buen producto impreso en forma y fondo, en continente y contenido.

Mi contacto con el trabajo editorial ha rebasado los treinta años, y en este lapso he sido actor y testigo del mundo bibliográfico en nuestra región. Por ello, tras recibir una invitación del Museo Regional de la Laguna para conferenciar sobre algún tema cercano a mis intereses y además atractivo (espero) para el respetable público, pensé en la vida editorial lagunera en los últimos cuarenta años, de 1980 a 2020. Diseñé entonces una conferencia titulada “Intermitencia de libros. Un vistazo al mundillo editorial lagunero (1980-2020)”.

Es, dicho en términos muy amplios, una breve exposición sobre el trabajo de las instituciones y los editores que durante los últimos cuarenta años han dedicado tiempo y recursos a la publicación de material bibliográfico en La Laguna. Se recuentan aquí los momentos y las colecciones impulsadas en este lapso, así como algunos títulos de libros y los nombres más sobresalientes de las personas que han asumido roles de editor en un contexto, el lagunero, habitualmente no muy ventajoso, pues aquí sigue siendo minoritario el hábito de la lectura y por ello la necesidad y posesión de libros.

No se trata de un examen sistemático y detallado de libros laguneros aparecidos en cuatro décadas, sino de una especie de sobrevuelo por algunos hitos y personajes que, por lo general con pocos recursos, han impulsado la presencia del libro local en los entornos del río Nazas.

“Intermitencia de libros. Un vistazo al mundillo editorial lagunero (1980-2020)” es una conferencia con duración de 45 minutos. Será aderezada por algunas imágenes y la ofreceré este martes 3 de mayo a las 7 de la tarde en el Museo Regional de la Laguna, dentro del bosque Venustiano Carranza, de Torreón. La entrada será libre. Ojalá puedan acompañarme.

No salgo de estos párrafos sin agradecer a Gretel de la Peña, directora del Museo Regional de la Laguna, y a Paola Blasio, coordinadora de Comunicación Educativa, por la amable invitación. Confío en que hablaré de algo interesante.

miércoles, abril 27, 2022

Estar de paso: un viaje con relámpagos












Al arrancar los trabajos implicados en la edición de Estar de paso (Iberia Editorial, Torreón, 2022, 62 pp.), primer poemario de Alfredo Castro Muñoz (Torreón, 1998), lo primero que propuse fue considerar la posibilidad de cambiar el título. Se llamaba no recuerdo cómo, y cuando Alfredo aceptó y sugirió permutarlo por Estar de paso, de inmediato sentí que el joven poeta no sólo había dado con un excelente título, sino con una definición, por qué no decirlo así, de la vida, de todo lo que hacemos en la vida.

Mirada en su sentido esencial, en efecto, la vida y todos los objetos y afanes que la circundan son eso: un permanente estar de paso. Estamos de paso nosotros como individuos, están de paso las personas que nos aman, las que nos odian, están de paso los objetos que vemos y tocamos, las ideas que nos enfervorizan y las que nos tienen sin cuidado, están de paso los muertos —dado que tarde o temprano los olvidamos— y está de paso todo. Hasta las pirámides están de paso, pues, como lo sintió Quevedo al mirar los muros de la patria suya, la realidad en pleno es recordatorio inagotable de transitoriedad y término.

 

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

(…)

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

 

Estar de paso es entonces un viaje por la idea del viaje y sus implicaciones. Aquí, Alfredo Castro se apersona con poemas que materializan desde ya un piso firme para su futuro de escritor. Si estos son los versos que pudo urdir a los 23 años, no es difícil estimar que su poesía seguirá el camino de la hondura y la belleza mostradas desde esta, su primera radicación en las páginas de un libro.

Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998) es egresado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su poesía ha aparecido en distintos medios físicos y digitales como la revista Acequias, de la Ibero Torreón, y Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, así como en los portales Red es Poder y Bitácora de vuelos. Ha publicado reseñas y artículos para la revista Siglo Nuevo. Actualmente es docente en materias de humanidades para bachillerato. Desde hace seis y tres años, respectivamente, participa en los talleres literarios del Teatro Isauro Martínez y de la UAdeC.

  Maestro de Alfredo, el poeta lagunero Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo ha señalado en la página liminar de libro que el autor “nos transparenta el misterio humano con admirable dominio poético. Ante la incertidumbre y la bella ambigüedad del mundo, nos invita a Estar de paso: un viaje sagrado que atraviesa falsas fronteras y todo lo armoniza y lo disuelve, lo reinventa con la pasión del sorprendido, del cautivo en sí mismo y en tránsito perpetuo. (…) Estamos ante un libro deslumbrante de un poeta joven en plena fulminación de las certezas, en plena restauración del lenguaje para intensificar la vida. Estar de paso nos invita a habitar de maneras más íntimas y sensibles el vértigo y la contemplación de nuestra época”.

Luego de este boceto, Estar de paso ofrece tres estancias, cada cual con su lote de poemas: “Salida [No me preguntes dónde vamos]”, Primera parada [Sólo pasa que estamos lejos]” y “Destino [Este reflejo es una calle]”, con 12, 10 y 20 piezas, respectivamente, todas innominadas. Por las tres deambula una mirada que observa con asombro, abiertos los ojos para afuera y para adentro, y esculca en los recovecos del espíritu hasta los cuales se filtra la realidad. No hay certezas en el paso por la vida, todo es pálpito, fugacidad, vislumbre que nunca cuaja en verdades absolutas y, al contrario, es siempre una corazonada incierta, movediza. Todos los poemas han sido despojados de retórica, enunciados más con silencios que con palabras, como este de la página 32:

 

desde los ojos de la mesera

el muchacho hace bola
una servilleta
tiene la forma del mundo
y está jugando con ella

 

hace unas horas
el mundo había hecho bolas
al muchacho
y se puso a jugar con él

 

Es posible apreciar aquí la eficacia de la omisión de datos que nosotros podemos añadir: no es necesario decir que la mesera ve abatimiento ni a qué puede deberse la situación del muchacho; la servilleta hecha bola, una bola que parece el mundo, sirve a su vez, sin nexo, para pasar por simetría a otra situación: la del mundo que hace bolas al muchacho cuya postura irradia desaliento.

En otro poema, en otros poemas, cualquier detalle detona la perplejidad. Por ejemplo, en este de la página 44:

 

un pedazo de hueso en la banqueta

que alguna vez fue perro o fue buey

 

alguna vez no estuvo a la suerte
de las hormigas ni del asfalto

 

un tuétano que saltó del caldo

 

la prueba de que alguien
o algo

estuvo aquí

 

de

 

pie

 

No es recomendable la explicación del poema, pues en sentido estricto, en sentido lógico, no la tiene. Se trata nada más de una visión en la que detrás se agazapan la perplejidad y la pesadumbre: un hueso cualquiera tirado en la calle es un aviso de lo que somos, o más bien de lo que seremos y de lo que será lo que nos rodea. Hasta las pirámides, como ya dije, alguna vez terminarán en el puro hueso. Los poemas de Alfredo Castro son pues breves, elípticos, pero se adensan en nuestro interior porque en todos laten intuiciones esenciales sobre el tiempo, sobre dios, sobre el titubeante amor, sobre la inestabilidad y la finitud de todo lo visible y lo invisible.

Estar de paso es un libro que contiene relámpagos, luces que iluminan un instante aquello con lo que vamos tropezando en este viaje, en este raro viaje denominado habitualmente como vida.

Comarca Lagunera, 23, febrero y 2022

Texto leído el 23 de febrero de 2022 en la presentación de Estar de paso celebrada en el Teatro Alfonso Garibay, de Torreón. Participamos Sergio Rojas, el autor y yo. 

sábado, abril 23, 2022

Cuidado con el Oso

 














Once capítulos le han bastado a Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) para reconstruir con milimétrico detalle algunos años de la vida política argentina, la que va, más o menos, de 1973 a 1976. Lo hace en el libro Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina (Sudamericana, Buenos Aires, 2016, 285 pp.). Se trata entonces de una investigación con tema harto escabroso, tanto como la vida social, económica y sobre todo política que sirvió como antesala de un periodo que se convertiría en el más violento hachazo de la historia argentina: la dictadura que operó del 76 al 83.

Los doblados se ubica entonces en el umbral del Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que sirvió como fachada retórica del terrorismo de estado que concelebraron varios países sudamericanos acurrucados bajo el ala del Plan Cóndor. En efecto, pocos años, pocos meses antes de que los militares argentinos se hicieran del poder tras el albazo del 24 de marzo del 76, sus dispositivos de espionaje trabajaron a todo tren en el propósito de eliminar “subversivos” de cualquier filiación, principalmente de agrupaciones que por distintos motivos habían radicalizado sus acciones.

Si bien el triunfo de Cámpora y poco después el regreso de Perón habían propiciado un momento de esperanza, de una muy tenue calma civil y de cierta marginación de lo castrense, con la muerte del caudillo en 1974 todo comenzó a empeorar. La presidenta María Estela Martínez viuda de Perón pronto se vio rebasada por la realidad, lo que alfombró el retorno de las fuerzas armadas al gobierno. Además, el brazo derecho de Isabelita, José López Rega, sujeto apodado el Brujo, turbio como pocos, se había adelantado a los milicos y diseñó su propio esquema represivo, la Triple A, aparato de acoso y aniquilamiento de todo aquel que fuera sospechoso de progresismo, sea de izquierda con perfil cubano o de peronismo del costado montonero.

Mientras la economía hacía agua, los militares preparaban el zarpazo; dejaban adrede que la crisis se agudizara para que, tras el golpe, la población los percibiera como salvadores. María Estela Martínez fue puesta en la congeladora gracias a un oportuno problema de salud, e Ítalo Argentino Luder, su suplente, llegó a la Casa Rosada como presidente de cartón pintado. Todo avanzaba, pues, según los cálculos de los mandos militares que ya para entonces también hacían sus primeros tanteos de brutalidad antiguerrillera en la provincia de Tucumán, esto con un operativo llamado, también con lujo de falsa heroicidad, “Independencia”.

Mientras avanzaba la descomposición política y la confección del golpe, los militares afinaron el mecanismo del espionaje contrainsurgente. Para entonces, varios grupos políticos de izquierda actuaban en la clandestinidad, pero resultaba evidente que los más nutridos de militancia eran el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, el primero de orientación marxista, peronista el segundo. Para neutralizarlos, el poder militar urdió un plan según el cual lo más importante era el dominio de la información sobre los movimientos de los guerrilleros y sus colaboradores. Esta información, clave para desmadejar a la guerrilla, se conseguía con infiltración y con tortura cada vez que se daba con el paradero de algún “zurdo”. Debido a esto, los militares no repararon en gastos para ensamblar, en su camino al poder que llegaría tras el golpe, un aparato de inteligencia que fue puesto en manos del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.

El contexto sociopolítico planteado en los primeros capítulos es, en suma, amplio y detallado hasta que llega la legalización de la contrainsurgencia, es decir, cuando el terrorismo se institucionaliza. Allí, los apellidos más destacados fueron, claro, los de Videla y Massera, quienes a partir del 24 de marzo del 76 harán equipo con el brigadier general Agosti para constituir la Junta Militar que, junto a otros sucesivos triunviratos, impondría el espanto hasta la debacle de las Malvinas. Ragendorfer revisó paso a paso el procedimiento mediante el cual la estructura militar sentó las bases del dominio subterráneo de la inteligencia. Luego del amplio preámbulo en el que contextualiza las confrontaciones políticas de aquella hora, el autor centra su mirada en el espionaje al ERP, cuyo líder, Mario Roberto Santucho, para entonces (mediados de los setenta) se encontraba oculto en algún refugio porteño. Precisamente, una de las más grandes aspiraciones del Batallón 601 fue dar con Santucho, pero esto no se logró sino hasta julio del 76, cuando un grupo de tareas lo cazó y lo ultimó en Villa Martelli.

Seis meses antes de que cayera Santucho el ERP preparó un ataque al Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, proyecto que ejecutó el 23 de diciembre de 1975. Los entresijos de este emprendimiento guerrillero son analizados con minucia por Ragendorfer, quien focaliza su atención en dos sujetos: uno fue Rafael de Jesús Ranier, alias el Oso, y Carlos Españadero el otro, un mayor de inteligencia del ejército argentino. El primero había militado en organizaciones peronistas, pero tras el desencuentro entre Perón y la Juventud Peronista, y luego tras la muerte del general, decidió migrar a otra organización. Fue en este punto cuando por una serie de carambolas derivó en el apoyo logístico al ERP, aunque más bien con la intención de espiarlo. No operó en el círculo más alto de la organización, pero ya de alguna manera deambulaba cerca de personajes importantes. Así, un sujeto gris, desaliñado y con muy débil formación política se convirtió en “filtro” (infiltrado) del ejército en el ERP. Dueño de un “rastrojero” (camioneta de campo), el Oso era requerido por los guerrilleros para trasladar personal de una casa a otra o para movilizar armas y otros insumos. Aunque ocupaba la base de la pirámide militante, su labor de chofer le permitió ubicar espacios de seguridad y nombres propios que luego trasegaba a Españadero, quien a su vez, junto con otros militares cercanos, planeaba las acciones represivas de las “patotas” (grupos de tareas encargados de operar el secuestro y después la tortura/desaparición de los capturados).

Este engranaje funcionó a la perfección, tanto que el Oso delató, y por ello condenó a la muerte, a decenas de guerrilleros del ERP, y muchos estropicios más. Su personalidad anodina (de “lumpen”, dijo Ragendorfer en una entrevista, lo cual hace sentido con el peligro que la teoría marxista atribuyó al “andrajo”, que esto significa “lumpen” en alemán), su presencia casi fantasmal, su ingenuidad ideológica no despertaron las sospechas de sus “correligionarios”, quienes le asignaban tareas sin imaginar que aquel tipo bigotón y estrábico apenas concluía una encomienda del ERP cuando ya estaba aflojando la lengua y vomitando datos frente a Españadero.

El mayor golpe del bizco Ranier —y aquí Los doblados adquiere tintes peliculescos— se relaciona con las delaciones que permitieron al ejército esperar silbando el ataque del arsenal ubicado en la localidad de Monte Chingolo. Las filtraciones del Oso fueron la base de aquel madruguete, de suerte que, cuando los guerrilleros irrumpieron, los efectivos del ejército ya estaban preparados para repelerlos. Murieron más de sesenta guerrilleros y otros tantos quedaron heridos. Fue un duro revés, en realidad un fracaso para el ERP y su cúpula, principalmente para Santucho, todo por los oficios de un chofer de rastrojero con inmejorable pinta de vago.

El libro concluye con lo que vino inmediatamente después de la acción fallida. Los guerrilleros, que sospecharon todo el tiempo de “filtros”, ahora sí se convencieron de esta debilidad, y decidieron orquestar un plan para detectar al o los implicados en el espionaje. Dieron por fin con el Oso, quien primero fue interrogado y, tras su llorosa confesión, enjuiciado por un tribunal revolucionario del ERP. Al final de este proceso lo esperó una piadosa inyección letal.

Mutatis mutandis, la historia de Los doblados tiene afinidades no sólo con otros países del Cono Sur, sino, a trazo grueso, con México, pues aquí también, durante aquellos años terribles (qué años no lo son) se infiltró, se secuestró, se torturó, se mató y se desapareció en cantidades industriales desde el poder. Dicho de otra manera, acá también hubo Osos y Españaderos.

miércoles, abril 20, 2022

Panorama del mercado mexica

 







Se ha dicho que Hernán Cortés magnificó lo que sus ojos vieron en tierra azteca para elevar así el precio de su aventura conquistadora. Ciertamente esta es una tendencia natural del alma humana: agrandar la dificultad del obstáculo para aumentar el mérito propio, como cuando a una amada se le explica, para lograr sus favores, todo lo complicado que ha sido llegar hasta su puerta con un anillo en la mano. En sus Cartas de relación, Cortés se dirige a Carlos V, lo sabemos, pero en su mentalidad, todavía movida por resabios medievales, ya hay un hombre picado por el apetito de gloria individual, un renacentista que desea la trascendencia de sus obras y su nombre. No es pues exagerado decir que exageró al describir lo que miraba, pero tampoco pudo ser tanto por una razón simple: él sabía que no sería el único informante de la conquista, así que debió cuidarse y describir la realidad, en muchos casos, lo más ceñidamente posible a un criterio fotográfico.

No han sido pocas las veces en las que he señalado mi permanente asombro ante el asombro del extremeño frente al mercado mexica. Creo en las palabras de Cortés porque desde entonces hasta la fecha el Valle de México es un espacio que concentra servicios y mercaderías sin fin, todas las que produjo y produce desde siempre nuestro país y ahora más, pues debemos tomar en cuenta la interacción comercial de todo el globo. El capitán español, lo imagino, recorrió el espacio del mercado aborigen con preguntas en ristre, y al primer momento de sosiego, antes de que se traspapelara en su memoria, escribió sobre lo visto y oído. De este modo dejó a la posteridad un mural como los de Rivera: exuberantes en detalles, celosos del pormenor. “Tiene esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Tres figuras retóricas destacan en esta primera cita: para que el destinatario europeo se dé una noción de lo que describe a partir de algo conocido, usa la comparación: “como dos veces la cibdad de Salamanca”; la hipérbole, que de un plumazo da la idea de totalidad: “hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan”, y la enumeración, que se enseñorea en esta parte de la crónica para tratar de abrazar cabalmente lo que observa: “joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Al caminar un poco más por el mercado, la enumeración como tropo desplaza a la comparación y la hipérbole, y se convierte en un recurso indispensable de su pluma: “Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillo, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, buharros, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos. Y de algunas destas aves de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y hierbas medecinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medecinas hechas, ansí potables como ungüentos y emplastos”.

La enumeración es, claro, más amplia, y cuando Cortés ya no da más, vuelve a la hipérbole con flecos de síntesis: “Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso”.

Como se puede apreciar, nuestra tierra, en/por sus mercados, fue siempre una cornucopia; para Cortés y para quien la haya mirado desde hace 500 años a la fecha.

sábado, abril 16, 2022

La mano de Carpenter

 














Tras su partido contra Nigeria en el mundial de Estados Unidos, Diego Maradona sale de la cancha junto a una joven rubia. Van de la mano rumbo a la zona del estadio donde el número diez vaciará el contenido de su vejiga para la prueba antidóping. La imagen de la rubia al lado de Maradona da la vuelta al mundo, pero nada se sabe sobre la chica. Su nombre es Sue Carpenter, y en el momento del paseíllo con el astro del futbol mundial no podía imaginar que el azar la había elegido para coprotagonizar una de las estampas más famosas en la historia de los mundiales.

Lo que vino después de aquella meada legendaria ya lo sabemos. O creemos saberlo, más bien, pues, como pasó siempre en las mil y una andanzas de Maradona hasta su muerte en noviembre de 2020, el caso del dóping quedó envuelto en las brumas del escándalo que siempre enreda todo. Esta falta de claridad en torno a las peripecias relacionadas con Diego no se debía sólo a él, que en general vivía huyendo del asedio provocado por su popularidad, sino también a los innumerables sujetos e instituciones que por amor u odio lo acechaban en un horario 24/7. Alejado como pocos de cualquier atisbo de privacidad, expuesto de tiempo completo a las miradas como si hubiera vivido en un cubo de cristal, es paradójico que muchas zonas de su existencia permanezcan hasta hoy en la oscuridad, rodeadas de misterio.

La niebla por el dóping en el Mundial 94 no se debió tanto a él, sino, precisamente, a la multiplicidad de satélites que lo rodeaban, tema que dio tela para confeccionar el libro El último Maradona. Cuando a Diego le cortaron las piernas (Aguilar, Buenos Aires, 2014, 308 pp.), de Andrés Burgo y Alejandro Wall. Es, ya podemos imaginarlo, una escrupulosa investigación sobre el antes, el durante y el después del dóping de Maradona en el mundial de Estados Unidos, quizá el suceso de su índole más famoso en la historia de cualquier deporte. Pero es más que esto, como dicen los mismos autores en el cierre de su prólogo: “El dóping de Maradona en el Mundial 94 es mucho más que el drama de un futbolista y la congoja de un país. Abordarlo nos permite ver cómo se tejen las relaciones de poder, esos pliegues sobre los que pocas veces cae la luz”.

El último Maradona se divide en tres secciones, las dos primeras amplias: “Boston”, “Dallas” y “Después del dóping”. En las tres, claro, el futbol es un tema periférico, casi un pretexto. Lo importante está en indagar lo que provocó la vuelta de Maradona a la selección argentina y los tejemanejes de la AFA, la FIFA y otras instancias como el gobierno argentino, la mismísima CIA y muchos medios de comunicación. Muchos engranes movió la presencia de Maradona en la selección. Como sabemos, luego del dóping por cocaína en Italia, el diez quedó casi excluido del futbol, sin equipo y seguro de que jamás volvería a vestir la albiceleste. En aquellos años, la goliza 5 a 0 que le propinó Colombia puso en crisis a la selección gaucha, pues quedó a un pelo de la eliminación. La presión nacional blandió por ello una exigencia: la vuelta del diez, así que Julio Grondona, máximo dirigente de la AFA, y Alfio Basile, entrenador de la selección, lo visitaron. Arriba de 100 kilos en ese momento, Maradona aceptó regresar, se aisló en una casa de campo con un nutrido contingente de entrenadores, en pocas semanas bajó a poco más de 70 kilos y volvió con el fin de jugar el repechaje contra Australia (sin pruebas antidóping) para que los argentinos consiguieron su boleto a EUA 94. El ídolo lo había logrado nuevamente.

Entre los entrenadores que Maradona eligió para revertir su obesidad y ponerse en forma con la mirada puesta en EUA estaba un fisiculturista de nombre Daniel Cerrini. No sabía nada sobre entrenamiento futbolístico, pero con ciertos ejercicios, dietas y suplementos ayudó a que la figura de Diego volviera a ser, pese a sus 33 años, la de México 86. El astro logró que Cerrini fuera incorporado a la comitiva que viajaría al Mundial, y todo caminó bien durante los dos primeros partidos. La selección de Basile se lució en Boston frente a Grecia, partido en el que Maradona anotó el golazo que recordamos por su festejo, aquel en el que corre hacia una cámara ubicada a ras de cancha y grita con toda la euforia de sus pulmones. Después de este triunfo, el optimismo alcanzó cotas altísimas: la selección jugaba bien, y Maradona volvía a correr y a patear como en los viejos tiempos de su consagración en el estadio Azteca.

El segundo partido, ahora contra Nigeria, fue más difícil, pero el equipo del Coco Basile consiguió otra victoria y a esas alturas parecía una locomotora rumbo a la copa FIFA. Lo malo, lo único malo, ocurrió al margen del terreno de juego: el sorteo para insacular a los dos argentinos que se harían la prueba antidóping dio, por azar, con el nombre de Maradona. Debido a esto, Sue Carpenter, con celo policial, fue a tomarlo de la mano (de dios) para guiarlo hasta el frasco donde el crack debía descargar su orina. Hasta aquí todo se mantenía, digamos, en los márgenes de la normalidad.

La película que siguió parece hoy, a la distancia, un vertiginoso remolino de situaciones que involucran a la FIFA, a los entrenadores personales de Maradona, a la AFA, al equipo médico de la selección y al periodismo internacional especializado en la especulación. La hipótesis más verosímil es la que apunta al fisiculturista Cerrini y sus pastillas como culpables de la presencia de efedrina en el organismo del jugador. La crónica de Burgo-Wall avanza casi minuto a minuto desde que Maradona vació su muestra hasta que, en Dallas, le notifican que ha quedado fuera de la competencia. Dado que el diez se había hecho acompañar por un equipo personal de entrenamiento, el equipo médico de la selección no quiso responsabilizarse del dóping, pues pudo salir a afirmar que por accidente se le había suministrado un medicamento con algún agente químico prohibido, pero nadie aceptó tirarse encima de la granada para salvar al ídolo. Maradona afirmó que no había tomado nada, o que en todo caso no sabía si había tomado alguna sustancia punible. El problema escaló, por supuesto, hasta Havelange y Blatter, los dos mandones de la FIFA, quienes, para zafar del lío con malicia de mafiosos, pasaron la papa caliente a Julio Grondona, dirigente del futbol argentino que ya para entonces se había colocado también en la cúspide de la FIFA. Grondona estaba pues frente a una encrucijada: Maradona o su futuro como dirigente en el máximo organismo del futbol mundial, y decidió que la AFA dejara fuera al capitán de la selección que después, en una entrevista famosa, declaró la frase inmortal: “Me cortaron las piernas”.

El quilombo, como dicen los argentinos, fue en verdad un terremoto para el equipo sudamericano, que perdió su tercer partido y el de octavos de final, respectivamente, contra Bulgaria y Rumania (la Rumania de Gheorghe Hagi, curiosamente llamado “El Maradona de los Cárpatos”).

Fue, claro, el último Mundial para Maradona y casi el fin de su carrera como futbolista, pero en el fondo nunca quedó, ni quedará claro, si en esa competencia en realidad consumió sustancias prohibidas con dolo o sin saberlo, o si todo fue en realidad una venganza de la FIFA-EUA contra el jugador que más incomodidades les había provocado con declaraciones desafiantes.

Todo en Maradona fue así: un océano de intereses y suposiciones que desbordaban lo futbolístico para ser, en realidad, juegos de poder con el dinero y la política.