sábado, octubre 15, 2022

Enésima mirada al periférico


 







Hubo un tiempo en el que el periférico de la comarca lagunera sí le hacía honor a su etimología: “peri”, alrededor, y “phero”, llevar, conducir: lo que lleva o conduce en este caso por el exterior. Cuando fue planeado, en efecto, rodeaba o envolvía a Ciudad Lerdo, Gómez Palacio y Torreón, pero a medida que pasaron los años esta vía terminó siendo desbordada, puesta en crisis por el enorme flujo de vehículos que a diario la recorren. En el camino ha visto remozamientos, apertura de derivaciones, elevación de jorobas y demás, pero en realidad todo esto ha servido como mero paliativo ante el brutal ir y venir no sólo de vehículos con placas de la localidad, sino también foráneos, sobre todo de carga pesada.

Modestia al margen, creo que nadie ha escrito más que yo sobre el periférico. Durante muchos años, cada vez que me tocaba la mala suerte de recorrerlo por cualquier razón, en mi fuero íntimo latía la necesidad de publicar algo, lo que fuera, sobre ese paso de la muerte. Así lo hice, y hasta la fecha ya van seis o siete apuntes sobre el tema, al que ahora se suma éste. Conste que antes mi necesidad de transitar este pasaje era esporádica, pero desde hace varios meses, debido a un cambio de domicilio, se volvió parte de mi rutina. Hoy, cinco veces a la semana lo recorro de ida y vuelta, así que con demasiada frecuencia confirmo mis observaciones del pasado: pobres de los ciudadanos que a diario se juegan el pellejo en esa —como las denominan en el argot burocrático— “vialidad”.

El colapso del periférico se debe, claro, a que ya quedó chico ante el torrente de vehículos que día tras día lo invaden desde los cuatro puntos cardinales. Tiene, como sabemos, dos vías “rápidas”, una de ida y otra de vuelta, de norponiente a suroriente del mapa conurbado. Cada una cuenta con dos carriles, un vado y otros dos carriles laterales. Pero esto es un decir, por supuesto, ya que, como “El chorrito” de Cri-Cri, se hace grande y se hace chico en las diferentes zonas de su extensión. Dos carriles de ida y dos de vuelta equivalen a muy poco frente a tanto tráfico, de ahí que en sus horas pico el avance de vehículos se dé casi a paso de ser humano.

Pero no son, creo, el número de carriles ni la amplitud de cada uno los únicos problemas de esa ruta. En realidad, se trata de un problema complejo, un desafío para la movilidad urbana. En mi práctica de campo como resignado conductor, en mi experiencia in situ, he tratado de entender lo que allí sucede, y es demasiado. Uno de los problemas allí visibles y obvios es, por su diseño original, la falta de más carriles, pero también el alto flujo de unidades que ingresa a la autopista en varios puntos. En la joroba conocida como “El campesino” hay un tapón enorme, casi imposible de disolver en horas conflictivas. Al lado del supermercado Aurrerá, apenas un poco adelante del antiguo DVR, no hay forma civilizada de salir a la lateral o entrar al periférico, y todo tiene que hacerse allí a bayoneta calada, con agallas y habilidad.

El caos, como sabemos, produce choques, y los choques, que a diario ocurren, paralizan o ralentizan el flujo. A esto se suman las malas condiciones de muchos vehículos, que con frecuencia se descomponen a medio camino y obturan un carril, lo que colapsa todo principalmente en horas pico. En resumen, ese periférico no está para manitas de gato, sino para medidas de veras sustanciales. He pensado que quizá podrían añadirle un carril en ciertos puntos, pero no me atrevo a proponer nada. Es, como ya dije, un tramo complejísimo de la región y por ello amerita especialistas. Pero especialistas que busquen una solución profunda, no maquillaje, como siempre.

miércoles, octubre 12, 2022

Futbol abreviado

 








Hoy comienza la liguilla del futbol mexicano y, más allá de esta grata coyuntura para los adictos, veo que es una buena oportunidad para sancochar un comentario marinado en mi interior durante varios meses. Como sabemos, el fenómeno del futbol, entendido como práctica profesional, como entretenimiento televisivo y como industria multiplicadora de productos y servicios, se expandió de una manera inaudita en las décadas recientes, y es obvio que hoy comporta uno de los negocios más jugosos del planeta. Los contratos de los jugadores son el principal indicio de la plata que se mueve en todo el entramado.

Para explicar lo que el futbol era hace poco más de treinta o cuarenta años es necesario arrastrar hasta acá algunos recuerdos. En mi infancia y adolescencia vi año tras año, décadas enteras, los partidos de futbol en la televisión abierta. Los equipos se arreglaban, supongo, con una de las dos televisoras nacionales de señal libre y a cambio de fumarnos incontables anuncios comerciales veíamos los partidos sin ninguna restricción. Si uno era aficionado de Pumas o de Chivas, sintonizaba TV Azteca; si uno simpatizaba con el América o el Toluca, sin falta hallaba sus partidos en los canales de Televisa, y de allí no se movían durante años.

Con la llegada y el auge de las cadenas de cable y satelitales, y luego de internet, apareció la oportunidad de ver partidos de todo el mundo, esto a condición de pagar suscripciones específicas. Tan amplio es hoy este mercado que para algunos aficionados no fanatizados ya resultó casi imposible saber en dónde (en qué canal) jugará su equipo favorito, y suele ocurrir que sea en sistemas codificados que demandan suscripción.

Así la realidad, desde hace varios meses me resigné a ver futbol abreviado en sinopsis de YouTube, de suerte que un partido de 90 minutos me lo echo en 10, sin tiempos muertos, sólo con los goles y las acciones de peligro. Los 80 minutos restantes los he usado para leer, para escribir, pare ver más resúmenes. Si lo miro desde otro ángulo, se puede afirmar que el futbol actual ha socorrido mi formación literaria, pero no dejo de envidiar a quienes contratan, enajenación mediante, plataformas en las que devoran hasta los partidos de la primera división filipina.

sábado, octubre 08, 2022

Visita a don Umberto

 







Para los muchos lectores que subrayan lo que leen son algo incómodos los libros demasiado buenos, pues al recorrerlos sienten, me cuento en este caso, que no es posible avanzar a un ritmo más o menos sostenido de lectura. Con los muy buenos libros pasa pues que todo va pareciendo importante, digno de atención, de memorización, de pausa y subrayado. Los lectores obsesionados por dejar marcas en sus libros deben, entonces, hacer un esfuerzo doble o triple para no ceder a la tentación de subrayar, pues un libro demasiado subrayado equivale casi a dejarlo sin señalamientos, pues subrayar significa destacar para, en el futuro, volver sobre aquello que sobresalió, y si todo sobresale, da lo mismo subrayar o no.

Acometo esta enredada explicación por culpa de La memoria vegetal (Lumen, México, 2022, 263 pp.), de Umberto Eco. Al leerlo, sobre todo en sus primeros capítulos, he acusado la molestia de verme retenido por cada párrafo, casi por cada línea. Todo lo que afirma allí el erudito piamontés aclara, define, orienta. A las primeras páginas recorridas tomé por ello la decisión de renunciar, o casi, a los subrayados, esto con el —de antemano— vencido fin de releer de pe a pa cuando se preste nuevamente la ocasión.

Entre los párrafos que por su encanto sí quedaron anotados con mi vacilante lápiz está uno vinculado con la bibliofilia percibida desde fuera. Entre paréntesis, Eco se refiere en todo el libro a esto, a los libros de papel y a su tenencia, a la bibliofilia, de ahí que desde el título los considere “memoria vegetal”. Cierro paréntesis.

Decía de un párrafo que me movió a sonrisa. Lo cito en largo con algunas omisiones: “Naturalmente, el bibliófilo, también y sobre todo el que colecciona libros contemporáneos, está expuesto a la insidia del imbécil que entra a tu casa, ve todas esas estanterías, y exclama: ‘¡Cuántos libros! ¿Los has leído todos?’ (…) Ante este ultraje existen, según mi entendimiento, tres respuestas estándar. La primera corta al visitante e interrumpe toda relación, y es: ‘No he leído ninguno, si no ¿para qué los tendría aquí?’ Esta respuesta gratifica, sin embargo, al inoportuno cosquilleando su sensación de superioridad y no veo por qué hemos de hacerle ese favor. La segunda respuesta sume al inoportuno en un estado de inferioridad, y suena así: ‘¡Muchos más, señor, muchísimos más!’. La tercera es una variación de la segunda y la uso cuando quiero que el visitante caiga presa de un doloroso estupor: ‘No —le digo—, los que ya he leído los tengo en la universidad, estos son los que he de leer para la semana que viene’”.

Dado que —afirma Eco— su “biblioteca milanesa cuenta con treinta mil volúmenes”, ninguna de las tres respuestas es verdadera. Son boutades que propone Eco ante la evidente necedad de una pregunta frecuente y más o menos automática ante la superabundancia de libros almacenados en una casa, casi casi como si el exceso bibliográfico sólo fuera posible en una biblioteca pública y no en un espacio doméstico, casi casi como si no fuera legítimo que un solo ser humano atesore más libros que los que será capaz de leer, más allá de que no todos los libros se leen como novelas, pues muchos son de consulta o referencia.

Un voraz de libros quiere y a veces puede leer mucho, pero esto no es suficiente, como muy bien lo supo Eco. Para este tipo de obsesivo la cosecha trasciende el ahora: por cada libro que se obtiene y se lee, se desean dos o tres o cuatro o cinco o muchos más. En pocas palabras, para un bibliófilo el tope está en la muerte.

miércoles, octubre 05, 2022

Apodos del mal

 








Un tic de nuestro folclor sangriento está en los apodos de quienes se han dedicado con honda vocación al narcotráfico. Cuando estos personajes llegan al estrellato mediático no falta que parte de su encanto, por decirlo así, radique en el apodo que los peculiariza. Sé que la lista es inmensa e inabarcable, lo que de paso da una clara idea sobre la solidez de esta fuente inagotable de riqueza y violencia. Allí donde hay un narco, casi es seguro que exista un alias, un sobrenombre que se convierte casi casi en escudo de armas. Observo algunos, ocho nomás.

El Canicón, alias de Sigifredo Nájera Talamantes. Por aludir a la canica, juguete infantil, resulta oximorónico. El aumentativo lo hace casi insuperable.

El Cochiloco, de Juan Manuel Salcido Uzeta. Diríase sin temor a errar que es uno de los apodos emblemáticos en el santoral narco mexicano.

El Señor de los Cielos, sobrenombre de Amado Carrillo Fuentes. Pocos arraigaron más profundamente en el imaginario del país, esto quizá porque se impregna de un marcado tinte religioso.

El Güero Palma, de Héctor Luis Palma Salazar. De sonoridad seca, uno de los más célebres. “Güero”, sabemos, es la forma popular mexicana de llamar al rubio. He tratado de indagar su origen y quizá es una deformación de la palabra “huero”, vacío, en este caso de color. Pero no me animo a asegurarlo.

La Barbie, mote de Édgar Valdez Villarreal. De los sobrenombres mexicanos para hombre con forma femenina (el apodo), como La Güera Rodríguez Alcaine (líder charro), La Chiquita González (boxeador), La Chofis López (futbolista). La Barbie fue apodado así por su tez blanca y rasgos de gringo. De hecho nació en Laredo, Texas, aunque ejerció su carrera profesional del lado mexicano.

La Tuta, de Servando Gómez Martínez. Semejante al anterior. La Tuta es el único mexicano que ha compatibilizado sin conflicto los oficios de profesor, narco y youtuber.

The Winnie Pooh, de Óscar Eduardo Guerrero Silva. Acaso el más paradójicamente tierno de cuantos apodos narcos han sido y serán. Sólo podría ser superado por alguien a quien motejaran Hello Kitty.

Tony Tormenta, Antonio Ezequiel Cárdenas. Hermano de Osiel y dueño de un alias que envidiaría cualquier luchador del bando rudo.

sábado, octubre 01, 2022

Junto al box verdadero















He dicho ya que las cabras de la poesía siempre se me desbalagan hacia el monte de la narrativa. Es decir, que cuando prohijo versos no puedo crear imágenes a la manera de los poetas, sino textos que huyen rumbo a la crónica o el cuento. Comparto un ejemplo de hace diez años porque ya desde aquel tiempo (2012) me sentía muy defraudado por el box actual. Su título es “Junto al box verdadero”:


Así el boxeo: hace tiempo que vio pasar sus mejores días.
Tuit de Armando Alanís

¿Dónde quedaron aquellos uppercuts
aquellos jabs de ensueño lanzados con los Cleto Reyes
dónde, dónde están los ganchos de elegancia callejera?

En mi recuerdo sobreviven
como cuadros en la pared
como fotos amarillentas en un álbum
sábados de la infancia
frente a la tele familiar
mi padre al lado como tótem
cerveza en mano
y la voz en off de Toño Andere y Sonny Alarcón.

Los sábados eran eso por la noche
tener a papá cerca
disfrutarlo en silencio
pues toda la semana trabajaba para siete
y jamás podíamos verlo.

Los sábados, entonces
mi padre era mío y estaba en casa
no hablábamos
no nos mirábamos
pero estábamos cerca
veíamos el box
en una tele blanco y negro
desde la Arena Coliseo
el sudoroso embudo de Perú 77.

Sin vernos
mi padre y yo cruzábamos alguna frase
esta pelea se acaba pronto
el de calzoncillo negro no trae nada
qué bonitos ganchos tira el chaparro ése.
Los boxeadores no eran famosos
pero luego
cuando se alzaban con algún fajín
en lejanas tierras
frente a rudos japoneses
filipinos, gringos, panameños
en México ganaban respeto y mejores bolsas.

Aquellos ídolos
empezaban en la Coliseo
en la función sabatina de box
que mil sábados compartí con mi padre.
No sé, pero supongo que allí vi
los primeros pasos del mastín Pipino Cuevas
la primera imbatible agilidad de Salvador Sánchez
el estilo clasicista de Lupillo Pintor
la bazooka de Zárate
el tesón de Daniel Zaragoza (el Bull-dog de Tacubaya)
el encono de la Chiquita González
la vergüenza del Macetón Cabrera
el nacimiento del boxeo perfecto que tuvo Chávez
y sus ascensos a la cima.

También pude gozar
las últimas grandezas de Olivares, el amado Púas
el privilegio de Mantequilla Nápoles
el depurado hacer de Miguelito Canto
y tantos y tantos pugilistas más
de aquellas eras.

Luego nos cayó la maldición de Don King
el puto pago por evento
la sombra de Bob Arum
los grandes negocios
y un box que es menos box que trácala.

El recuerdo
la filmoteca personal que guardo en el alma
me lleva a una sala modesta
un sábado cualquiera por la noche
frente a la pantalla
con mi exhausto padre y su cerveza al lado
y yo cerca
ambos junto a ambos
ambos junto al box
junto al box verdadero.

Posdata: Acabo de recibir una carta desde Houston. Mi amigo Gerardo García Muñoz comenta lo que alguna vez platicamos en Torreón: que él también vivió muchas funciones sabatinas de box junto a su padre. Por el paralelismo, he pedido a Gerardo autorización para multiplicar aquí las palabras de su mail. Le agradezco el sí: “Me gustó tu poema sobre los recuerdos sabatinos boxísticos, una experiencia paralela a la mía; mi padre tuvo una sola afición deportiva, y aún tengo en la memoria cuando vio emocionado, por primera vez igual que yo, las peleas de la ‘Cabalgata Gillete’ presentadas por Enrique Yánez y narradas por algún comentarista de acento caribeño. Y digo que las vio por vez primera porque él creció en la época de las transmisiones radiofónicas, y escuchó las míticas peleas de Jack Dempsey contra Firpo, Joe Louis contra Max Schmelling. Y claro, compartí con él las gloriosas trayectorias de Alí, Frazier, Foreman, las inolvidables peleas del Alacrán Torres contra Chartchai Chanoi, un tailandés asesino, las glorias del Púas y del Mantequilla Nápoles. Para mi padre, el boxeo terminó el sábado 2 de agosto de 1980, cuando Pipino Cuevas se metió al barrio de la Cobra de Detroit. Y para mí, hace más de dos décadas que ese deporte ha dejado de importarme”.

miércoles, septiembre 28, 2022

Diez notas sueltas sobre periodismo y literatura









Ayer ofrecí en la Biblioteca Arocena —dentro de su ciclo “Libros, buena compañía”— diez ideas sobre la relación periodismo-literatura. Las comparto aquí, aunque obviamente pueden parecer vagas pues no tienen el comentario oral que hice in situ:

Uno. La categoría “periodista”, percibida fuera y dentro del periodismo, no está en crisis. Todos sabemos o imaginamos más o menos qué es un periodista: alguien que investiga, interroga, viaja y escribe a toda velocidad sobre personajes y hechos actuales. Por imperativo del oficio, su estilo debe mostrarse, preferentemente, despojado de florituras, y ser claro, eficaz, rápido. Debe, pues, evitar sinuosidades, rodeos. Su prioridad es el dato, la declaración, el hecho noticioso y, en teoría, la “verdad” incluso en los textos de opinión que trabajan en y con la coyuntura informativa.

Dos. La categoría “periodista” entra en tensión cuando la asociamos a la de “escritor”: “escritor-periodista” o “periodista-escritor”. Cuando un escritor decide incurrir en el periodismo, la situación suele despertar el recelo del gremio, que siente invadido su espacio, sospecha una intrusión, la presencia de un profesional espurio. Al contrario, no es común que el escritor (tal vez acorazado en el prestigioso estatus de artista) vea con inquietud la presencia del periodista en la literatura; lo percibe (creo que lo percibe) como un advenedizo algo inofensivo, como alguien que intenta por fin escribir bien y para la perdurabilidad (Alejandro Páez Varela, Guillermo Chao, Sandra Russo, Jorge Lanata…).

Tres. Los casos híbridos pespuntean por igual, o casi por igual, del periodismo a la literatura y de la literatura al periodismo, y son menos frecuentes: Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh, Elena Poniatowska…, aunque es necesario aclarar que no como redactores de noticias, sino como cronistas, reporteros de investigación o entrevistadores.

Cuatro. De lo anterior se desprende una pregunta: ¿publicar periódicamente hace periodista al escritor? Sí y no. Sí por la frecuencia; no, la mayoría de las veces, por los contenidos, a menos que el escritor trabaje con la coyuntura y produzca textos no atemporales.

Cinco. La crónica es el género que más se presta para la mezcla periodismo-literatura, pues queda a medio camino entre ambos quehaceres. Es un “ornitorrinco”, como la llama Juan Villoro, y esto recuerda el caso del ensayo, el “centauro de los géneros”, como lo calificó Alfonso Reyes.

Seis. Quizá uno de los aportes más importantes del escritor-periodista es su relación con la lengua. Mientras el periodismo tiende a petrificarla por el vértigo de la escritura y la búsqueda de eficacia, la literatura aspira a rehidratarla y extraer de ella todos sus matices posibles, como es el caso de Javier Cercas en su libro Soldados de Salamina. Además, busca evitar, como también postula Cercas, la “dictadura del presente” que nos desliga del pasado y nos lleva al extravío de la memoria.

Siete. ¿Todos los géneros cuadran al escritor-periodista? No. Generalmente es periodismo sólo por la periodicidad, no por el contenido. En su libro La buena compañía, Bárbara Jacobs habla de la columna de Virginia Woolf y señala que son “ensayos”, textos de carácter crítico, no material estrictamente periodístico.

Ocho. La prueba de que el escritor-periodista no trabaja con la coyuntura, sino con la atemporalidad y cierta voluntad de estilo, es el libro. Los temas y el tono de las colaboraciones, o el tono y los temas, favorecen la atemporalidad que luego abre la posibilidad de verterlos en un recipiente: el libro.

Nueve. Unos más, otros quizá menos, muchos escritores que colaboran para la prensa en realidad trabajan para el libro. El compromiso de publicar y los plazos de publicación determinan la viabilidad de los libros que se construyen a cuentagotas, semana tras semana, mes tras mes. Desde hace una buena cantidad de años este tipo de libros abulta la bibliografía de los escritores, aunque sin ocupar el centro de su producción ni, mucho menos, atraer tanto la atención de la crítica especializada. Suelen ser libros de mercado, un poco apéndices bibliográficos de la fama ganada por el escritor. Algunos casos: Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska, José Joaquín Blanco, Rafael Pérez Gay, José Emilio Pacheco, Vicente Alfonso…

Diez. Un ejemplo entre muchos: Inventario, libro de Juan José Arreola. Contiene textos publicados en la columna “De sol a sol”, de El Sol de México, del sábado 8 de febrero de 1975 al viernes 10 de diciembre de 1976; muy poco después, en 1977, fueron impresos en libro por Grijalbo y siguen legibles.

sábado, septiembre 24, 2022

Consejo de don Arthur




















Entre los libros menos famosos de Schopenhauer hay uno cuyo título no parece de Schopenhauer, sino de Gaby Vargas: El arte de bien vivir. Pero aguas: no nos vayamos con la finta de este título que hoy leemos prejuiciados como estamos por los libros de autoayuda. Es Schopenahuer, así que no se trata de alimento hipocalórico.

De mis recuerdos más duraderos sobre sus páginas (mi edición es Argentina, de 1957, y la leí allá por el ochenta y tantos) está una idea que jamás aprendí bien, la que aquí cito:

“Los únicos males futuros que deben, con razón, alarmarnos, son aquellos cuya llegada y cuyo momento son seguros. Pero hay muy pocos que se encuentran en este caso, porque los males son: o simplemente posibles o a lo sumo verosímiles, o bien son ciertos, pero es dudosa la época de su llegada. Si uno se preocupa de las dos especies de desgracia, no se tiene ya un solo momento de reposo. Por consiguiente, a fin de no perder la tranquilidad de nuestra vida por males cuya existencia o cuya época son indecisos, debemos habituarnos a considerar los unos como si nunca debiesen suceder, y los otros, como si no debiesen ocurrir con seguridad inmediatamente”.

¿Qué hago entonces? Confieso que, aunque lo niegue y me lo niegue, siempre estoy pensando en la muerte. No tanto con miedo, sino con inquietud de pasajero que espera la llegada de ese tren sin tener listo el equipaje. En otras palabras, no temo a la muerte, sólo temo que me agarre a medio cocer, sin consumar todas las tareas que tengo archivadas en la cabeza con el fosforescente post-it de “pendientes”. Ahora bien, ¿cuándo terminan los pendientes de una vida literaria? Sé, porque lo he visto, que entre los escritores, y supongo que entre los artistas en general, suele incrementarse el número de obras en potencia, de trabajo para el futuro a medida que se transita el tramo del envejecimiento. Es decir, que lejos de amainar, la cantidad de chamba posible crece con el tiempo, de ahí que jamás alcance la vida para desahogar todo lo pendiente. Esta es la razón por la que, tras la partida de un escritor, sus archivos suelan quedar tristemente repletos de notas, borradores, proyectos y demás obras inacabadas o incluso en mero estatus de embrión.

Fuera del apremio ante mi finitud, fuera de esa terca incertidumbre, poco me acongoja a grados de nocaut. En resumen, la muerte está bien asumida por este corazón lagunero; lo que apachurra el ánimo es seguir acumulando tareas y proyectos que luego, cuando de plano sean irrealizables, impregnen de desdicha el último suspiro. 


miércoles, septiembre 21, 2022

Habitar en el fragmento

 








Desde hace varios años, los observadores de la realidad al modo más o menos general de los filósofos han notado que la sociedad de nuestro tiempo habita en el fragmento y es incapaz de una atención sostenida y, sobre todo, profunda. Todo lo que nos rodea tiene algo de flashazo, de estímulo que aparece, se sostiene en nuestro interés un lapso brevísimo y de inmediato es reemplazado por otro de similar fugacidad. Esa es la razón de ser de la llamada “creación de contenidos” para los medios y las redes sociales, una necesidad casi patológica (o sin casi) que ahora compartimos millones de personas, prácticamente todos los que cargamos con el fetiche del celular.

La lucha contra el fragmento está casi perdida de antemano principalmente para quienes ya nacieron sobreestimulados por la innumerabilidad de contenidos. Me refiero, obvio, a “contenidos” sin contenido o de contenido fofo como los millones que atestan las redes sociales. Y esto lo digo como conejillo de Indias, autorreferencialmente. Me precio de leer con disciplina y siento orgullo de mi adicción al libro, pero con todo y esto me he sorprendido husmeando retahílas de tiktoks que me hipnotizan con chistoretes, datos raros, escenas involuntariamente chuscas, jugadas deportivas destacadas o mujeres bailando con sensualidad a ritmos de toda índole. El maldito algoritmo sabe cuál es la pedacería de “contenidos” capaz de retener la atención hasta del usuario más rejego.

Tapados hasta la mollera por el dominio del fragmento, ¿qué posibilidades quedan para los esfuerzos sostenidos de concentración? En esta pregunta retórica se juega el destino de la crítica verdaderamente atendible. Quiero decir que, acostumbrados como estamos a ver sólo cachitos de realidad, y además frívolos, es casi imposible articular o atender un discurso crítico sobre nada. Mi visión es, obvio, pesimista: alrededor sólo cunde ruido, desleídas opiniones de opiniones de opiniones, y además mal articuladas, basadas científicamente en un contenido de Tiktok o en un post de Facebook, el que llegó ayer o hace un minuto.

Por eso los pensadores de lo social están alarmados. Ya nadie lee o escucha en serio, sin distraerse, por culpa de la última ráfaga de fragmentos que reclaman atención en el celular.


sábado, septiembre 17, 2022

Machote del futbol

 

 Como un servicio gratuito al gremio periodístico futbolero, ofrecemos aquí un machote de respuestas del jugador de futbol profesional ante los diversos resultados y circunstancias de cada match. Con esto deseamos hacer más fácil la obtención de opiniones después de los partidos. Aplicando entonces los cambios pertinentes (mutatis mutandis, diríase con elegancia), estas respuestas sirven para toda ocasión. Un nota nada impertinente: conviene leer lo que viene con leve acento argentino o uruguasho. 
 1. Respuesta ante un triunfo por marcador estrecho: "Bueno, el partido pudo decidirse para cualquier lado. Los dos equipos jugaron bien, todos metimos la pierna, pero gracias a dios las cosas se nos dieron y logramos el triunfo. Esto se decide con goles y nosotros lo hicimos. Así es el futbol. Y bueno, tampoco podemos estar muy contentos, hay que seguir trabajando. El equipo jugó bien pero todavía nos falta mucho, hay buen ambiente en el grupo y ahora debemos pensar en el siguiente rival. No hemos ganado nada y como te digo, hay que seguir trabajando".
2. Respuesta ante una derrota por marcador estrecho: "Bueno, el partido pudo decidirse para cualquier lado. Los dos equipos jugaron bien, todos metimos la pierna, pero lamentablemente las cosas no se nos dieron y nos vamos con una derrota. Este juego se decide con goles y nosotros no lo hicimos. Así es el futbol. Y bueno, no estamos contentos. El equipo jugó bien pero todavía nos falta mucho, hay buen ambiente en el grupo y ahora hay que pensar en el siguiente rival. No hemos perdido nada y bueno, hay que seguir trabajando".
3. Respuesta ante un triunfo holgado: "Bueno, el equipo jugó bien, propuso el partido, se nos dieron las cosas, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy nos tocó ganar con un marcador amplio. Pareció fácil, pero ellos juegan bien, aunque se desconcentraron después del segundo gol y eso nos abrió el camino para que cayeran los demás tantos. Sin embargo, no hay que cantar victoria, no hemos ganado nada, hay que seguir trabajando. Este resultado nos da confianza. Viene un compromiso difícil y debemos encararlo con seriedad".
4. Respuesta ante una derrota aplastante: "Bueno, el equipo jugó mal, quiso proponer el partido, pero no se nos dieron las cosas, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy nos tocó perder con un marcador amplio. Ellos juegan bien, nosotros nos desconcentramos después del segundo gol y eso abrió el camino para que cayeran los demás tantos. Sin embargo, no hay que lamentarse, no hemos perdido nada, hay que seguir trabajando. Este resultado nos compromete. Viene un compromiso difícil y debemos encararlo con seriedad". 
5. Respuesta ante un empate: "Bueno, no hubo nada para nadie, los dos equipos jugaron bien, lucharon, y al final se van con un punto que, bueno, no es para echar las campanas al vuelo, pero sirve para seguir allí, buscando una buena posición en la tabla. Viene un compromiso difícil, no hay rival pequeño, tenemos que seguir trabajando. El futbol es así, a veces se gana, a veces se pierde, a veces se empata. Hoy nos tocó empatar y bueno, creo que fue un partido muy cerrado".
6. Respuesta ante una victoria con polémicos errores arbitrales: "Bueno, los árbitros también son humanos y se equivocan. Nosotros no tenemos la culpa, propusimos el partido y bueno, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy gracias a dios nos vamos con un triunfo. Sin embargo, hay que seguir trabajando, tenemos que pensar en nuestro próximo compromiso pues todavía no hemos ganado nada".
7. Respuesta ante una derrota con polémicos errores arbitrales: "Bueno, los errores del árbitro nos hicieron mucho daño. Propusimos el partido y ni modo, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy por desgracia nos vamos con una derrota en la que mucho tuvo que ver el pésimo arbitraje. Sin embargo, hay que seguir trabajando, tenemos que pensar en nuestro próximo compromiso pues todavía quedan muchos puntos por disputar. Hay que darle vuelta a la página, mentalizarnos para dejar en el pasado la derrota de hoy".

miércoles, septiembre 07, 2022

Un doodle y veinte cuentos

 







Hace una semana me enteré en Google que Google había homenajeado con un doodle a Julio Ramón Ribeyro (disculpen el trabalenguas). Esa cosa, el doodle, es, según Google, esto: “Los doodles son los divertidos, sorprendentes e incluso a veces espontáneos cambios que se realizan en el logotipo de Google para conmemorar festividades, aniversarios y las vidas de célebres artistas, pioneros y científicos”. El de Ribeyro fue una sorpresa porque siento que el peruano sigue siendo un escritor algo desdeñado pese a que se trata de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos del siglo XX y de siempre. Al ver su nombre en el homenaje recordé que hace como diez años lo metí en una lista de cuentos y cuentistas para mí admirables, que hoy comparto.

Toda selección es, obvio, discriminatoria. Ofrezco pues esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe

 “El Sur”, Jorge Luis Borges

“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo

“Yzur”, Leopoldo Lugones

“Deshoras”, Julio Cortázar

“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro

“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov

“Enoch Soames”, Max Beerbohm

“El cuervero”, Juan José Arreola

“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez

“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez

“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh

“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco

“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo

“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia

“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés

“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino

“La muerte”, Mario Benedetti

“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi

“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

sábado, septiembre 03, 2022

Adiós a Héctor Becerra

 








En noviembre de 1987, hace 35 años, la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón premió a los ganadores de los concursos de literatura Magdalena Mondragón (cuento y ensayo) y de caricatura política Eduardo del Río, “Rius”. La ceremonia se celebró en el edificio del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, ubicado, en aquel entonces, sobre la calle 12, entre Juárez y Morelos, Torreón. Entre otras personalidades, asistieron Ignacio Trejo Fuentes, jurado de ensayo que eligió como ganador un trabajo de Gilberto Prado Galán, y Salvador Castañeda, escritor lagunero radicado en el Distrito Federal, quien evaluó a los participantes en cuento.

Estuve en la ceremonia como reportero de El Juglar, órgano informativo del departamento cultural de la Universidad pública de nuestra entidad. Me tocó, por ello, escribir la nota principal, y en aquella época todavía sumaba mi segundo nombre, “Eduardo”, en la firma. Uno de los ganadores en caricatura fue Héctor Becerra Delgado, y fue allí, en aquella ceremonia, donde lo conocí. Luego nos encontraríamos muchas veces en la Ibero Torreón (de donde egresó y fue maestro), en actividades culturales diversas o en la radiodifusora en la que tantos años trabajó y donde se convirtió en un referente lagunero del comentario sobre rock y cine.

Recién, como sabemos, la radiofonía y la cultura laguneras han perdido a Héctor Becerra. La noticia de su partida fue un sacudón entre nosotros, una de esas malas nuevas que no podemos creer a la primera. Tenía 55 años, y por su actitud y hasta por su modo de vestir siempre nos daba, creo que a todos, una impresión de frescura juvenil poco o nada próxima a la idea de la muerte. Por esto no fueron pocas las expresiones de sorpresa que cundieron sobre todo por las redes sociales, ámbito en el que Héctor también se manejaba con soltura. Amigas y amigos, incluso personas que lo conocían sólo como voz detrás de un micrófono, expresaron de inmediato y por varios días el sentimiento que los/nos embargaba. Ante tantas y tan variadas manifestaciones de cariño y respeto era imposible no afianzar una certeza: Héctor había labrado bien la tierra de la amistad, se había dado a querer por todos los que alguna vez tuvimos la oportunidad de tratarlo en cualquier parte.

La última vez que pude conversar con él se dio hace poco más de un año. Invitados ambos por nuestra común amiga Lucila Navarrete a un breve campamento en La Flor de Jimulco, el contingente viajó en dos autos. No recuerdo por qué, en el regreso yo venía con mayor disponibilidad de espacio en mi vehículo y le dije a Héctor que me acompañara. Conversamos durante ese retorno a Torreón y confirmé lo que ya intuía: que a diferencia de otras personas ante las que mi realidad suele no importar y en situaciones de ese tipo (un viaje) me obligan a preguntar irremediablemente sobre sus vidas para no caer en incómodos baches de silencio, Héctor no dejó de mostrar genuino interés por mis actividades, por mis hijas, por mis amigos de literatura. Era un entrevistador nato, amable, respetuoso.

Hoy ya no está entre nosotros, pero es seguro que su recuerdo nos acompañará a todos los que alguna vez, poco o mucho, lo tratamos. Descanse en paz Héctor Becerra Delgado, y gracias por su inteligencia y su cordialidad.

miércoles, agosto 31, 2022

Dos canciones bien cocinadas

 






Hace algunas semanas caí a desayunar en Ciudad Lerdo con parte de mis hermanos. Fuimos a un lugar llamado “Sabor a mí”. Esto, obvio, movió mi recuerdo hacia Álvaro Carrillo, compositor de muchas letras ya famosas en el cancionero popular mexicano como “El andariego”, “Luz de luna” y por supuesto “Sabor a mí”. Para no pasar de largo por la oportunidad, me asomé a varias de las canciones de Carrillo, quien nació en Cacahuatepec, Oaxaca, en 1919, y murió en un accidente de auto hacia 1969 en la capital del país.

Al atender el fluido de “Sabrá Dios” advertí lo que habitualmente me agrada en una letra de música popular: que así exponga un relato simple, avance sin tropiezos sintácticos y no acuse versos o palabras forzados. Esta canción cumple tan bien su desarrollo que es posible construirla como un párrafo sin que notemos dislocamientos, brusquedades, casi como si acatara la compacidad de una carta: “Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas. Como no adivino seguiré pensando que me quieres solamente a mí. No tengo derecho en realidad para dudar de ti y para no vivir feliz, pero yo presiento que no estás conmigo aunque estés aquí. Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada. Me dará vergüenza si este amor fracasa nada más por mi equivocación, y debo estar loco para atormentarme sin haber razón, pero voy a luchar hasta arrancar esa ingrata mentira de mi corazón”.

Algo similar ocurre con “Aviéntame”, de Catarino Leos. El hecho de que sea una canción norteña —en la mayor parte de los casos fallidas en su trazo literario—, nos hace presentir errores, pero no, es perfecta en el despliegue de su pequeña historia. También podemos leerla como carta: “Algo te pasa, pero ya no eres la misma, de un tiempo acá yo te he notado diferente. No se equivoca el corazón cuando presiente que sin motivos se le deja de querer. Por eso quiero sin rodeos hablar contigo y sin temor me digas qué es lo que te pasa; si mi presencia ya no te es indispensable, en un segundo de tu vida yo me voy. Aviéntame, si es que ya en tu vida yo no valgo nada, si de mi cariño estás decepcionada, ya no tiene caso, para que fingir. Aviéntame, eso es preferible a seguir mintiendo, sácame esta duda que me está comiendo, porque ya con ella no puedo vivir”.

La ilación (así se escribe, sin hache, y no es palabra derivada del verbo “hilar”) es pues, para mí, un mérito de toda canción bien cocinada.

domingo, agosto 28, 2022

Uno de mis abuelos












Quesque hoy es el Día del Abuelo, así que bueno, venga un breve recuerdo. Al de mi flanco paterno, Zeferino, de rulfiano nombre, no lo conocí, pues él ya había muerto cuando aterricé en este mundo. Al que sí conocí fue al padre de mi madre, de nombre Eduardo Vargas Rodríguez. Esta foto es la única que tengo solo con alguno de mis abuelos, y supongo que data de 1966, cuando yo rondaba los dos años de edad. Creo de hecho que es de mi cumpleaños, pero la verdad no sé. Mi abuelo nació, según mi madre, en 1904 (como Alejo Carpentier, como Agustín Yáñez); era oriundo de Sierra Mojada, Coahuila, pero pronto se avecindó con su familia en San Pedro de las Colonias, Coahuila, donde estudió la primaria. Sólo probablemente, sin asegurar nada, he pensado que mi abuelo pudo haber visto en San Pedro a Francisco I. Madero, quien por aquellos tiempos vivía en aquel municipio; fue allí, precisamente y como sabemos, donde el político parrense escribió La sucesión presidencial. Pero insisto, esta es sólo una suposición de mi parte.

Mi abuelo murió a mediados de los setenta, así que me dio tiempo de verlo para ahora recordarlo. Mi madre nos llevaba con frecuencia a saludarlo, yo tendría ocho o nueve años, y debo confesar que me infundía miedo, pues era un señor hosco, muy poco dado a la sonrisa, de voz áspera. Había tenido éxito en los negocios, sumaba una buena cantidad de propiedades y usaba unos lentes de cristal verdoso que hacían imposible ver cómo nos miraba. En las fiestas era espléndido, patriarcal, y ordenaba la preparación de abundante comida, mucho trago y música ininterrumpida de mariachi o conjunto norteño en vivo. El recuerdo más presente que de él tengo es el siguiente: una vez mi madre me llevó a saludarlo o a cualquier otro asunto, y al entrar a su oficina (la oficina que había acondicionado en su casa) vi que tenía abierta su caja fuerte. Yo era un niño, supongo que de aproximadamente ocho años, y mi abuelo no se preocupó en cerrar la pesada puerta de la caja. Pude ver, como en las películas de hacendados, monedas de oro (quizá de los llamados “centenarios”), papeles seguramente importantes (escrituras), algunos fajos de billetes y una pistola. Es difícil olvidar esos símbolos de poder, por ello la imagen de aquella visión ha perdurado en mi memoria. Sé que nunca manejó autos, aunque tuvo muchos, y que sus parrandas eran largas y musicales, aunque esporádicas. A Carmen, su esposa, es decir, a mi abuela y madre de mi madre, la recuerdo también con suficiente claridad. Murió por las mismas fechas, allá por el 75, y era el envés de don Lalo: afectuosa, tierna, frágil, abnegada. Por mi abuelo llevo como segundo nombre Eduardo. Por último, algo había en don Lalo que le daba un aire al actor Carlos López Moctezuma, de ahí que me infundiera miedo.

sábado, agosto 27, 2022

Palabras abrazadas

 







Sé que en el inglés y en otros idiomas como el alemán hay muchas palabras compuestas, es decir, armadas con dos palabras que funcionan como unidad, como si fueran una sola. Es el caso de “scarface” (caracortada) o “Volkswagen” (auto del pueblo), del inglés y alemán, respectivamente. El español no tiene tan marcada esta tendencia, pero claro que también se da. Por ejemplo, “brincacharcos” (pantalón sin el largo adecuado), “tumbaburros” (diccionario), “solovino” (nombre dado genéricamente a los perros que llegan solos). Las hay también de tres términos: “tentempié” (bocadillo, tente+en+pie), “enhorabuena” (felicitación, en+hora+buena), e incluso de cuatro: correveidile (chismoso, corre+ve+y+dile). Hay algunas en las que no se nota el aglutinamiento: “mentecato” (mente+captus, tomado de la mente) o “cantimplora” (canta+y+llora).

Varias palabras de este tipo sirven para nombrar objetos (“sacapuntas”, “abrelatas”) o también para referirse a cierto tipo de personas. Enumero rápido estas doce usadas para designar por aspecto, personalidad, rango y demás.

Buscapleitos (también buscabullas). No necesita ampliación. Es aquel sujeto caracterizado por meterse en problemas, sobre todo en enfrentamientos gratuitos.

Chavorruco. Muy de moda, palabra compuesta por dos mexicanismos: “chavo”, joven, y “ruco”, viejo. O sea, aquel viejo que defiende su adolescencia hasta límites que rayan peligrosamente en el ridículo. Ojo: debemos escribirla con doble erre, no “chavoruco”, que se oye como si la pronunciara un chino.

Chingaquedito. Tipo que molesta a los demás de manera sutil y acumulativa, no necesariamente frontal, es decir, que de tiempo completo gotea indirectas, ironías o sarcasmos.

Gordibuena. También de moda. Cierto tipo de chica más o menos abundante de carnes, de silueta voluptuosa y, por qué no decirlo, seamos sinceros, tentadora.

Malacopa. Bebedor que se va poniendo agresivo a medida que avanza la ingesta de alcohol. En México todos tenemos un tío con esta temible peculiaridad.

Mandamás. Jefe, patrón.

Moscamuerta. Hipócrita, que da la impresión de no dañar o aspirar a nada y en el fondo abriga propósitos ambiciosos y/o lesivos.

Nalgapronta. Que se ofrece o cede fácilmente ante las posibilidades afectivas o venéreas.

Pelatunas (también pelagatos). Don nadie, sujeto sin solvencia material.

Pioresnada. Sujeto que queda como última opción, casi casi agarrado en oferta para algún entrevero amoroso. También podríamos escribirlo “peoresnada”, pero la tendencia mexicana a la diptongación ha terminado por deshacer el hiato “peor” y convertirlo en “pior”, como “trapiar” por “trapear”.

Sabelotodo. Tipo que se las da de (o de veras es) erudito en cualquier materia. Puede ser usado con y sin ironía mediante.

Tragadeoquis. Persona sin utilidad, que no deja ningún provecho o que muestra una gran voracidad alimenticia sin encarar después algún acto productivo.

miércoles, agosto 24, 2022

Aquel tenis



















Durante diez años fui seguidor televisivo del tenis internacional. Eso abarcó, más o menos, de 1978 hasta finales de los ochenta. Fue, de hecho, mi etapa de mayor enajenación deportiva, el momento en el que aprendí todo lo que todavía sé sobre box, futbol, tenis, beisbol, futbol americano y, claro, futbol soccer. Esto lo recuerdo porque el pasado fin de semana eché un vistazo a YouTube y me detuve cinco minutos en un match de María Sharápova contra una belga. Aparte de quedar deslumbrado ante la rusa, me llamó la atención su tiro de top spin. Eso me llevó a pensar en el jugador que más admiré, pues coincidió que él estaba en la cúspide cuando me interesé por el tenis.

Me refiero al sueco Björn Borg, que sin inmutarse sacaba unos raquetazos bestiales desde el fondo de la cancha, muchos con el efecto sublime del top spin que nadie, hasta donde pude ver, dominaba tanto como él, rey en tenis del “efecto Magnus”. Vi a Björg contra otros legendarios como Connors, Vilas y, por supuesto, contra otro que también admiré: John McEnroe. Las mujeres no eran entonces tan seguidas por la tele, pero me tocó ver partidos enteros de Chris Evert y, sobre todo, de aquella máquina checa llamada Martina Navratilova.

Para la época de Iván Lendl y Boris Becker yo me había separado mucho no sólo de las transmisiones deportivas, sino de toda la televisión. Pero aquello fue grato mientras duró. No me arrepiento y hasta la fecha creo que nadie ha jugado mejor al tenis que mi ídolo Björn Borg, el Témpano de Hielo, según la crónica de Vicente Zarazúa y Pancho Contreras en canal 5.

Al margen del seguimiento en la tele, siempre sospeché que podía jugar bien al tenis. Algo en mi interior me decía que si lo hubiera aprendido, ciertos tiros desde el fondo, mis tiros, terminarían por derrotar rivales. Pero pasó que nunca tuve la oportunidad. Sabía que las canchas de ese deporte estaban en clubes privados, y soñar con una raqueta era soñar demasiado, así que me resigné a imaginarme un posible buen tenista. Años después jugué un poco de ping-pong, y aunque es algo distinto, sentí que mis buenos muñecazos con efecto (algo tenísticos) eran una prueba de que pude hacer algo en el tenis. Pero esto nunca pasará de ser una simple conjetura, un sueño muy borroso en el recuerdo.


sábado, agosto 20, 2022

Policías y redactores

 











En la escritura se cae con frecuencia en el uso de una sinonimia delirante. Como la repetición de palabras en un texto dizque es un delito castigado con cárcel sin derecho a fianza, muchos redactores, sobre todo de la prensa, incurren en el hábito de usar neologismos o parir sinónimos muy poco elegantes, algunos más desagradables que patada en los destos. El periodismo policial antiguo era especialmente diestro en el manejo de esta fealdad, y buscaba sinónimos y cierto caló para evitar la reiteración de palabras o por un pretendido eufemismo que jamás llegó a eufimizar nada. Creo que tal pobreza se ha mitigado—o quizá ya no exploro noticas de esa índole—, pero como hace años leía la nota roja no he olvidado algunas palabras de la jerga periodístico-policial. Comparto algunas.

Aletero. Antes casi todos los autos tenían “aletas”, el triangulito de cristal que, al moverlo, permitía un mejor flujo de aire al interior del carro. Cuando las pertenencias de un vehículo eran robadas, muchas veces se debía a que los ladrones forzaban una aleta, metían la mano y abrían la puerta, de allí que fueran “aleteros”.

Amasia. Cuando la compañera o amante de un sujeto implicado en cualquier delito aparecía en la nota roja, sin falla era una “amasia”, palabra que en sí misma suponía el pecado de no ser la esposa casada de blanco en un ritual católico, apostólico y romano.

Chacal. Si algún tipo perpetraba crímenes con barbarie extrema, un poco en la modalidad de los asesinos seriales a la mexicana, era indefectiblemente considerado un “chacal”.

Chafero. Fue el vendedor de objetos de poco valor, chafas, pero ofrecidos como si fueran de lujo. Las “joyas” eran su producto insignia.

Coscorronero. Llamaban así a quienes de madrugada abrían, para robar, un agujero en el techo de cualquier negocio, es decir, le propinaban un metafórico coscorrón en la coronilla (“Los coscorroneros robaron joyas y dinero”).

Cristalazo. Quienes rompían un aparador cometían esto, un “cristalazo”; obviamente no lo tronaban por vandalismo ocioso, sino para robar.

Ergástula. Una de las palabras más espantosas de nuestra lengua. Se supone que equivale a cárcel.

Fardera. Oficio que consistía en robar prendas, sobre todo íntimas, de las tiendas; ignoro por qué fue una ocupación exclusivamente femenina.

Fémina. Horrible sinónimo de “mujer” usado en la prensa criminal (“Declaró que a esa hora bailaban algunas féminas en el lugar”).

Finca. Después de usar “casa”, “negocio”, “edificio”, “residencia”, el periodista se sentía indefenso y apelaba a este sinónimo genérico de la prensa roja: “finca” (“Cerca de las once de la noche comenzó el incendio de la mencionada finca”).

Galeno. Lo escribo y se me retuercen las tripas. Fue uno de los sinónimos más socorridos por la necedad periodística (“Según el galeno, la herida interesó órganos vitales de la víctima”).

Mariposero. No sé por qué, pero así fue llamado el ladrón de bicicletas del neorrealismo lagunero.

Nosocomio. Otro nauseabundo. Se supone que es una forma elegante de decir “hospital” (“El lesionado fue atendido en un nosocomio de la localidad”).

Parroquiano. Los asistentes a todo bar, cantina, lupanar, piquera, similares y conexos, todos eran, siempre, “parroquianos”.

miércoles, agosto 17, 2022

Tres anglicismos descartables

 








La política de aceptación o rechazo a los anglicismos no es de muy fácil manejo en el habla y la escritura cotidianas. Igual que ante palabras de otros orígenes, sé que en cualquier caso debemos estar atentos y aceptar una palabra cuando es insustituible porque se trata de una innovación cultural o tecnológica, e incluso en estas situaciones es bienvenido que nos asalte la duda. Por ejemplo, ¿acepto el anglicismo —ya castellanizado— “accesar” o no? Según mi opinión, no, pues en español ya contábamos con el verbo “acceder” como sinónimo de “entrar”. ¿Acepto el niponismo “karaoke”? Según mi opinión, sí, pues esta palabra acompaña una innovación.

En mi caso, no soy de los que persiguen como policía a quienes enriquecen su vocabulario con novedades del momento, como “es correcto” en lugar de “sí”, “literal” para lo que es indudablemente literal (“Llegué a la oficina a las 7 de la mañana, literal”), “expertiz” por “experiencia” y otras voces no menos flamantes y bobas. Que cada quien haga con su lengua lo que guste, pero a fuerza de escucharlos (y leerlos) hay algunos anglicismos que quizá merezcan el beneficio de la guillotina. Traigo sólo tres.

Uno. La palabra “bizarro” tiene tras acepciones en el diccionario académico. 1. Valiente. Arriesgado. 2. Generoso, lucido, espléndido. 3. Raro, extravagante o fuera de lo común. Su uso en español era literario y antiguo, siempre en el sentido de las acepciones 1 y 2, pero hace varios años empezó a destacar entre nosotros, por influencia del inglés, la tercera acepción con la variante semántica del inglés, que a lo raro añade una buena dosis de fealdad. Es decir, que lo bizarro no es sólo lo raro o extravagante, sino lo francamente feo e incluso grotesco. No por nada hay un género porno así llamado en el que los protagonistas son sujetos nada convencionales, por decirlo amablemente.

Dos. Como cualquiera lo sabe, debemos al nombre de Vespucio, navegante y cartógrafo florentino, el topónimo “América”, de donde deriva el adjetivo “americano”. En teoría, este gentilicio designa a todo el territorio que va desde Nunavut, al norte de Canadá, hasta las Islas Hermite, un poco más abajo de Ushuaia, en Argentina. Así pues, el vallenato es un ritmo americano, el mole es un platillo americano y el Chimborazo es un volcán americano, y no sólo lo que está o fue hecho en “America” (sin tilde), es decir, en EUA.

Tres. También por calco del inglés, está muy de moda calificar como “épico” lo que sobre todo los jóvenes perciben intenso, agitado, estridente, movido o algo así. Pero no, lo “épico” es lo “Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica”, lo que se relaciona con las guerras. Por esta razón, con gran servilismo anglófilo ya hay, malamente, “bodas épicas” o “viajes épicos a Cancún”.