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miércoles, septiembre 04, 2024

Adolescencia superstar

 

















Uno de los rasgos más visibles del tiempo que vivimos es el culto de la juventud. Ya nadie quiere ser viejo, con todo lo que esto supone de achaques, discriminaciones, arrugas y sobre todo cercanía del más allá. Al avance de la edad se le combate principalmente en el exterior, por eso no es gratuito el auge de los gimnasios y los quirófanos, el boom de los tenis blancos, el coaching y la comida baja en sodio y grasas saturadas. Si en otras edades de la humanidad los jóvenes se afanaban por parecer adultos lo más pronto posible y así alcanzar respetabilidad, hoy vivimos en el envés de aquella preocupación: ahora los viejos pellizcamos migajas de (aparente) juventud a punta de esfuerzos otrora inexistentes: es el triunfo de la mentalidad bótox.

Lo curioso de este fenómeno se da no sólo en el plano de la fachada. Con menor dificultad, incluso, el interior de muchos adultos se adapta al espíritu adolescente, pues es más sencillo sobreactuar los gestos de inmadurez que pagarse un restiramiento del pellejo. Así es como las tendencias infantilizantes se entronizan y logran cautivar no sólo a los chamacos, sino a una legión de señores y señoras ya entrados en años pero gustosos de adherir al más huero pubertinaje.

Si bien su público mayoritario es el de los todavía jóvenes, ciertos productos del entretenimiento actual también hechizan a los adultos. Es el caso de las series sobre narcos o, más aún, el de las canciones de géneros como el llamado “bélico”, en el que se hacen explícitas las idealizadas travesuras de la juventud. Si antes los chamacos se dejaban la greña larga o se rapaban como punks para mostrar su diferencia de los viejos con corte de pelo escolar, hoy las canciones de este tipo nos muestran, como en el tema “El belicón”, el uso de parafernalia narca, armamento y buchonas de utilería que sirven para afirmar su identidad de “chicos malos” o neorrebeldes sin causa, todo cantado con voces de borracho en discusión.

Los arreglos musicales apabullan por ramplones, de guitarrita rítmica y monótona tuba, y las letras son, no podían ser de otra manera, dechados de literatura lela. Un solo pasaje exhibe su asombrosa y pueril fanfarronería siempre atestada de rimas metidas a empellones: “De alta frecuencia los aparatos / esperando la orden del señor / cumplo la misión / ropa deportiva o de diseñador / en modo campaña como un marinón / y si toca fiesta hacemos un fiestón”.

Están para reír, pero parece que, como los niños y los adolescentes, los devotos del género "bélico" y muchos más toman esa fantasía malandra muy en serio, se la creen y la celebran.

miércoles, julio 05, 2023

Ocho apodos que cantan









En alguno de nuestros desayunos gorderos salió a relucir el apodo de Gardel. Me refiero a la conversación entre Saúl y yo, un diálogo que suele avanzar por derroteros imprevisibles, la mayor de las veces sobre asuntos relacionados con la literatura, el periodismo y las pequeñas y grandes miserias de la vida cotidiana. Gardel, recordamos, fue denominado “El zorzal criollo”. Incitados por este sobrenombre, no dejamos de sonreír ante los que brotaron en la conversación. Traigo estos ocho alias de cantantes que la radiodifusión y la cinematografía se encargaron de encumbrar y que ya casi nadie recuerda.

El bigote que canta. Fue el sobrenombre del habanero Bienvenido Rosendo Granda Aguilera de quien celebro dos boleros: “Total” y, el mejor, “Angustia” cantado con la Matancera. Saúl tiene razón: con ese nombre no necesitaba la sinécdoque de su apodo.

El flaco de oro. Agustín Lara, cuyo nombre real fue Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, llevó este apodo áureo y otro igual de famoso e hiperbólico: “El músico-poeta” de quien aplaudo muchas, una de ellas “Escarcha”.

El samurái de la canción. Ciertamente, nunca de mis favoritos, pero su voz me agrada de rebote porque al oírlo recuerdo a mis viejos. Lo propongo con “Espérame en el cielo”. Llamarlo “samurái” fue un preciosismo que hubiera aplaudido hasta Rubén Darío.

El charro-cantor. Tampoco de mis favoritos, pero pocos mejores que él para sacar adelante “El arreo”, huapangazo que alguna vez cantó junto al cómico duranguense Armando Soto la Marina, Chicote.

El barítono de Argel. También mote epifánico, fue el de Emilio Tuero, santanderino muy poco recordado. La canción que lo llevó a la fama fue, claro, “Quinto patio” de Luis Arcaraz.

El ruiseñor de América. Del ecuatoriano Julio Jaramillo, quien durante un tiempo se adueñó del bolero en América Latina. Su canción emblema fue, creo, “Rondando tu esquina”, pero a mí me gusta más en el bestial tango “Confesión” que de todos modos nadie pudo hacer mejor, obvio, que Gardel. Pocos saben hoy que durante algún tiempo dos ecuatorianos hicieron mucho ruido en Latinoamérica: el mencionado Jaramillo y otro cantante de nombre (real) espectacular: Olimpo Cárdenas.

El rey del falsete. Oriundo de Chihuahua, Miguel Aceves Mejía interpretó como nadie los huapangos, género en el que el quiebre de voz conocido como “falsete” es un requisito de los considerados sine qua non. Nada mejor que recordarlo precisamente con “Rogaciano el huapanguero”, pieza en la que exhibe un falsete con embrague de primera a segunda.

El señor de las sombras. Javier Solís, un monstruo, acaso la mejor voz mexicana de la música campestre. “Sombras” (tango cantado por Argentino Ledezma y convertido para México en bolero-ranchero) fue su mascarón de proa. 

miércoles, agosto 31, 2022

Dos canciones bien cocinadas

 






Hace algunas semanas caí a desayunar en Ciudad Lerdo con parte de mis hermanos. Fuimos a un lugar llamado “Sabor a mí”. Esto, obvio, movió mi recuerdo hacia Álvaro Carrillo, compositor de muchas letras ya famosas en el cancionero popular mexicano como “El andariego”, “Luz de luna” y por supuesto “Sabor a mí”. Para no pasar de largo por la oportunidad, me asomé a varias de las canciones de Carrillo, quien nació en Cacahuatepec, Oaxaca, en 1919, y murió en un accidente de auto hacia 1969 en la capital del país.

Al atender el fluido de “Sabrá Dios” advertí lo que habitualmente me agrada en una letra de música popular: que así exponga un relato simple, avance sin tropiezos sintácticos y no acuse versos o palabras forzados. Esta canción cumple tan bien su desarrollo que es posible construirla como un párrafo sin que notemos dislocamientos, brusquedades, casi como si acatara la compacidad de una carta: “Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas. Como no adivino seguiré pensando que me quieres solamente a mí. No tengo derecho en realidad para dudar de ti y para no vivir feliz, pero yo presiento que no estás conmigo aunque estés aquí. Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada. Me dará vergüenza si este amor fracasa nada más por mi equivocación, y debo estar loco para atormentarme sin haber razón, pero voy a luchar hasta arrancar esa ingrata mentira de mi corazón”.

Algo similar ocurre con “Aviéntame”, de Catarino Leos. El hecho de que sea una canción norteña —en la mayor parte de los casos fallidas en su trazo literario—, nos hace presentir errores, pero no, es perfecta en el despliegue de su pequeña historia. También podemos leerla como carta: “Algo te pasa, pero ya no eres la misma, de un tiempo acá yo te he notado diferente. No se equivoca el corazón cuando presiente que sin motivos se le deja de querer. Por eso quiero sin rodeos hablar contigo y sin temor me digas qué es lo que te pasa; si mi presencia ya no te es indispensable, en un segundo de tu vida yo me voy. Aviéntame, si es que ya en tu vida yo no valgo nada, si de mi cariño estás decepcionada, ya no tiene caso, para que fingir. Aviéntame, eso es preferible a seguir mintiendo, sácame esta duda que me está comiendo, porque ya con ella no puedo vivir”.

La ilación (así se escribe, sin hache, y no es palabra derivada del verbo “hilar”) es pues, para mí, un mérito de toda canción bien cocinada.