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miércoles, julio 05, 2023

Ocho apodos que cantan









En alguno de nuestros desayunos gorderos salió a relucir el apodo de Gardel. Me refiero a la conversación entre Saúl y yo, un diálogo que suele avanzar por derroteros imprevisibles, la mayor de las veces sobre asuntos relacionados con la literatura, el periodismo y las pequeñas y grandes miserias de la vida cotidiana. Gardel, recordamos, fue denominado “El zorzal criollo”. Incitados por este sobrenombre, no dejamos de sonreír ante los que brotaron en la conversación. Traigo estos ocho alias de cantantes que la radiodifusión y la cinematografía se encargaron de encumbrar y que ya casi nadie recuerda.

El bigote que canta. Fue el sobrenombre del habanero Bienvenido Rosendo Granda Aguilera de quien celebro dos boleros: “Total” y, el mejor, “Angustia” cantado con la Matancera. Saúl tiene razón: con ese nombre no necesitaba la sinécdoque de su apodo.

El flaco de oro. Agustín Lara, cuyo nombre real fue Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, llevó este apodo áureo y otro igual de famoso e hiperbólico: “El músico-poeta” de quien aplaudo muchas, una de ellas “Escarcha”.

El samurái de la canción. Ciertamente, nunca de mis favoritos, pero su voz me agrada de rebote porque al oírlo recuerdo a mis viejos. Lo propongo con “Espérame en el cielo”. Llamarlo “samurái” fue un preciosismo que hubiera aplaudido hasta Rubén Darío.

El charro-cantor. Tampoco de mis favoritos, pero pocos mejores que él para sacar adelante “El arreo”, huapangazo que alguna vez cantó junto al cómico duranguense Armando Soto la Marina, Chicote.

El barítono de Argel. También mote epifánico, fue el de Emilio Tuero, santanderino muy poco recordado. La canción que lo llevó a la fama fue, claro, “Quinto patio” de Luis Arcaraz.

El ruiseñor de América. Del ecuatoriano Julio Jaramillo, quien durante un tiempo se adueñó del bolero en América Latina. Su canción emblema fue, creo, “Rondando tu esquina”, pero a mí me gusta más en el bestial tango “Confesión” que de todos modos nadie pudo hacer mejor, obvio, que Gardel. Pocos saben hoy que durante algún tiempo dos ecuatorianos hicieron mucho ruido en Latinoamérica: el mencionado Jaramillo y otro cantante de nombre (real) espectacular: Olimpo Cárdenas.

El rey del falsete. Oriundo de Chihuahua, Miguel Aceves Mejía interpretó como nadie los huapangos, género en el que el quiebre de voz conocido como “falsete” es un requisito de los considerados sine qua non. Nada mejor que recordarlo precisamente con “Rogaciano el huapanguero”, pieza en la que exhibe un falsete con embrague de primera a segunda.

El señor de las sombras. Javier Solís, un monstruo, acaso la mejor voz mexicana de la música campestre. “Sombras” (tango cantado por Argentino Ledezma y convertido para México en bolero-ranchero) fue su mascarón de proa. 

miércoles, junio 24, 2015

Y cada día canta mejor


















Hace justamente ochenta años murió Gardel. Su desaparición física se dio, lo sabemos, en un avionazo ocurrido en Medellín, Colombia, y desde ese momento, el 24 de junio de 1935, quedó fija en la memoria colectiva del mundo la idea de que sería el cantante insignia del tango, algo así como el arquetipo del género, una voz clásica e inconfundible. Su cuna, lo dice hasta la biografía más chafa, se la disputan Francia, Uruguay y, claro, Argentina, país donde, en el cementerio de la Chacarita, descansan sus famosos restos.

Como cualquiera que habla sobre las músicas que le son entrañables, para mí es imposible hablar sobre Gardel sin espigar algún recuerdo personal sobre el lejano momento que detonó la admiración. Es como los platillos amados, como los sabores de la infancia: no llegan a la mente sin que carguen con todo el equipaje de recuerdos. Pues bien, yo era adolescente cuando un disco de acetato, un LP, lo que quería decir long play, llegó a casa no sé cómo y lo escuché. Contenía los temas básicos del repertorio gardeliano, aquellos tangos que grabó acompañado por la guitarra casi solitaria de Guillermo Desiderio Barbieri (quien perdió la vida en el mismo accidente que el cantor) y algún pasajero violín.

Supongo que algo ocurrió cuando llegué a “Volver”, “Garufa”, “Mano a mano”, “Cuesta abajo”, “Barrio reo”, “Melodía de arrabal”, “Tomo y obligo”, “Yira yira” y alguna que otra de aquel disco. Supongo también que a falta de libros, a falta de orientación, a falta de casi todo, hallé en las extrañas letras de esas canciones un cúmulo de imágenes que dislocaba sin que yo lo supiera mi diminuta zona de confort con las palabras. No entender muchos lunfardismos y sentir de lejos el rudo aliento de algunas imágenes (“en tus muros con mi acero / yo grabé nombres que quiero…”) era entrar a un mundo distinto, ciertamente edulcorado en muchos versos, definitivamente cursi en muchos más, pero al fin con flecos literarios que desde aquel momento me obligaron a buscar sentido, a entender, casi a traducir.

Han pasado cerca de cuarenta años desde aquel remoto encuentro con Gardel, mi encuentro. A lo largo de este tiempo he vuelto una y otra vez a él como quien regresa a terreno bien conocido, y gracias a tal gusto he localizado a otros cultores del género que quizá hoy me gustan más, como el último Rubén Juárez y, ya lo confesé alguna vez, como Adriana Varela, pero la primera marca siempre le corresponderá, sin duda, a Gardel, ese Gardel que en la sentencia ya común —la frase que enuncia cualquiera fulano cuando habla sobre él— “cada día canta mejor”.

Nota. Ya escrita, enviada a Milenio Laguna y publicada me di cuenta de un error grave en esta columna. En la lista de canciones citadas de memoria incluí "Uno", el famoso tango de Discépolo. Dada la fecha de su composición (1943), era imposible que Gardel lo hubiera cantado, así que borré su mención. Mi inconsciente jugó chueco: quizá deseaba que esta gran pieza hubiera salido de la garganta gardeliana, e inventó el disparate. Una disculpa para Gardel, para Discépolo y principalmente para mis tres lectores.

sábado, mayo 10, 2014

“Adiós, muchachos” con Carlos & Louis



Las frases hechas son sólo frases hechas, clichés retóricos que con el tiempo terminan por no expresar nada y siguen siendo usados por comodidad, para evitar la molestia de pensar. No sirve pues de mucho decir, por ejemplo, “nunca segundas partes fueron buenas” o “las comparaciones son odiosas”, ya que hay muchas excelentes segundas partes y comparar no sólo no es aborrecible, sino que es frecuentemente placentero. Procuraré demostrar, con un caso, mi contradicción a las dos frases hechas que he puesto como modelos de facilismo a la hora de juzgar.
Carlos Gardel, símbolo de toda tanguería, estaba en la cúspide de la fama hacia 1927. De esa cúspide no ha bajado, hay que añadir, pero es verdad que pudo llegar quién sabe hasta dónde si el avionazo en Medellín, Colombia, no interrumpe su vida en 1935. Entre los muchos éxitos que grabó en aquellos años está, nadie lo ignora, “Adiós, muchachos” (no es “Adiós muchachos”, sino “Adiós+coma+muchachos”), uno de los diez o veinte temas que son clásicos entre los clásicos gracias a su voz y, por qué no aceptarlo, debido también a la guitarra de Barbieri cuya sonoridad parece ahora el acompañamiento indefectible de la voz Gardel.
“Adiós, muchachos”, compuesto por César Vedani y musicado por Julio César Sanders, narra lo que casi todo tango narra: una desdicha. Un tipo se despide de su “barra” (de su palomilla) debido a que ha perdido las condiciones de salud que impiden más trote nocturno, seguramente el trago fuerte y las condignas desveladas. Casi como digresión aprovecha el viaje de la despedida para recordar edípicamente (hay un montón de tangos, boleros y baladas edípicos) a la jefecita chula y, de paso, a la novia adorada, amores ambos que le fueron cruelmente arrebatados por el destino, por un Dios promotor de leyes que, observa, ha aprendido a respetar:

Es Dios el juez supremo.
No hay quien se le resista.
Ya estoy acostumbrado
su ley a respetar,
pues mi vida deshizo
con sus mandatos
llevándome a mi madre
y a mi novia también.


Sale de la digresión y vuelve al motivo de su visita: despedirse de la barra, adiós que expresa con llanto y echando una bendición muy próxima, increíblemente, a lo maternal:

Dos lágrimas sinceras
derramo en mi partida
por la barra querida
que nunca me olvidó
y al darle a mis amigos,
el adiós postrero,
les doy con toda mi alma
mi bendición...


Hay tres tipos de afecto en esta historia: el amistoso, el filial y el amoroso. El personaje narrador atraviesa entonces, ya con mera nostalgia, por todo aquello que alguna vez colmó su corazón. El Morocho canta esto como cantó todo lo que cantó: perfectamente. Como siempre, avanza con plena seguridad por los versos y va dejando en cada uno su impronta inconfundible. En el cierre, en el último verso, por ejemplo, hay un garigoleo que es como una firma de latigazo, la forma definitiva de terminar con una agudo que realza lo ya de por sí inmejorable.
Quizá no para otros, pero para mí sí es una sorpresa hallar una versión de “Adiós, muchachos” que no por distinta es menor. Se trata, según el video de YouTube, de una interpretación trabajada por el inmenso Louis Armstrong en 1959. Armado con su trompeta y su implacable pistoneo, poniendo en el aire las amarillas notas que eran su marca de fábrica, el viejo y hermoso Armstrong la canta en inglés y en moroso tempo, con su estilo de dientes apretados y voz gargarosa. Todo queda tan bien puesto, independientemente de la traducción, que la repetimos dos o tres o cuatro o muchas veces y le seguimos hallando instantes, matices, como la risa divertida luego de la primera tirada de versos. El gran trompetista de Nueva Orleans logra que “Adiós, muchachos” sea “Adiós, muchachos” y al mismo tiempo otra canción.
En resumen, hay segundas partes que son geniales y hay comparaciones bienvenidas. Las frases hechas no pasan muchas veces de ser rémoras del discurso, palabras vacías, embustes.