miércoles, diciembre 15, 2010

Invitación: La luz y la guerra




Presentación de La luz y la guerra



El próximo lunes 20 de diciembre será presentado el libro La luz y la guerra, compilación de ensayos sobre el cine con temática de la Revolución mexicana escrito y coordinado por los académicos torreonenses Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz. La sede será la librería Gandhi de Torreón (bulevar Independencia 3775 oriente) a las 7:30 de la tarde; los autores serán acompañados por Fernando del Moral, investigador especializado en cine histórico, y Jaime Muñoz Vargas, escritor. Esta actividad es organizada por el Icocult Laguna y la librería Gandhi.
La Revolución mexicana fue el primer conflicto bélico cuya grandilocuente e incómoda belleza fue exhibida comercialmente en cines de todo México y, después, del mundo entero. En los albores de la industria cinematográfica mundial, la Revolución mexicana se entrecruzó con géneros vinculados con el filme de aventuras y la comedia campirana. Más tarde, los artistas e intelectuales alineados con los preceptos del muralismo y la Novela de la Revolución, tuvieron un rol fundamental en la arquitectura del relato visual de la guerra. Aún así, el cine puso de manifiesto que la idea de la Revolución nunca fue una sola: estuvo formada por una acumulación de fragmentos, dicotomías y afirmaciones contradictorias que no se narraron de manera estable, ni se interpretaron del mismo modo en todos los espacios geográficos, posiciones sociales, genéricas y raciales.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana no intenta enjuiciar ni salvar películas, ya sea por adhesión o resistencia a la cultura oficial, ni tampoco por su calidad técnica o estética. Se interesa en las cintas porque son el sueño de luz y pasado en que vivió una nación; un sueño actualizado constantemente en la oscuridad y el instante: la guerra que continuó en la pantalla pese al hecho de que ya había dejado de existir.
En cuanto a los autores, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973) ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor de literatura y cine latinoamericanos en The Portland State University, Oregon, Estados Unidos. Su más reciente libro apareció originalmente en inglés y es el ensayo Artful Assassins: Murder as Art in Modern Mexico, Vanderbilt University Press. En este momento prepara varios libros, académicos y de ficción, cuyo tema principal es la violencia y el crimen.
Gerardo García Muñoz nació en Torreón en 1959. Doctor en letras latinoamericanas por Arizona State University, actualmente es catedrático en Prairie View A&M University. Ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (1994) sobre la novela La invención de Morel del escritor argentino Adolfo Bioy Casares; La vigilia del Almirante (1997); Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (2003), y la monografía Las paráfrasis plásticas de Alberto Gironella (1997). Sus artículos sobre literatura mexicana han aparecido en las revistas Semiosis, Texto crítico, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Studies in Latin American Popular Culture, Chasqui, Hispania y Revista de la Universidad de México. Su libro más reciente es El enigma y la conspiración: del cuarto cerrado al laberinto neopoliciaco. Sus áreas de interés son la literatura policiaca, el cuento posmoderno, la novela de la Revolución y la narrativa penitenciaria.
Fernando del Moral González (Torreón, Coahuila, 1950). Ensayista e investigador de cine, fotografía e historia. Autor de la presentación de Hojas de cine. Testimonios y documentos del nuevo cine latinoamericano. Volumen II, coedición de la SEP, UAM y Fundación Mexicana de Cineastas, 1988; y los prólogos de Miradas a la realidad Volumen II. Entrevistas a documentalistas mexicanos de José Rovirosa, CUEC-UNAM, 1992; y Coahuila y sus protagonistas en el cine de Alfredo Galindo, Gobierno de Coahuila, 2006, segunda edición. Coautor de los libros Carranza, vigencia de una obra; Madero, iniciador de la revolución; Ramos Arizpe, padre del federalismo y Zaragoza, héroe del 5 de mayo, publicados por el Gobierno de Coahuila de 2001 a 2004; de 160 años de fotografía en México (coedición de Conaculta, Editorial Océano y Fundación Cultural Televisa, 2004); y de CREFAL: Instantes de su historia. Memoria gráfica 1951-2008, Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe, 2009. Por su trabajo como autor ha sido incluido en la antología de Ensayistas de Tierra Adentro de José María Espinasa, Fondo Editorial Tierra Adentro, Conaculta, 1994.
Por último, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es escritor, maestro, periodista y editor. Radica en la ciudad de Torreón, al norte de México. Entre otros libros, ha publicado las novelas El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia y Parábola del moribundo, además de los libros de cuentos El augurio de la lumbre, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra, Monterrosaurio y Leyenda Morgan (cinco casos de sensacional policiaco); algunos de sus microrrelatos fueron incluidos en la antología La otra mirada (2005) publicada en Palencia, España. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005), de narrativa Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramírez Heredia (2009). Escribe la columna “Ruta Norte” para el periódico La Opinión Milenio. Artículos, reseñas y cuentos suyos han aparecido en revistas y periódicos de México, Argentina y España.

Vestigios del inicio



Textos leídos en la mesa de reconocimiento a Saúl Rosales en sus 70 años de vida; esta actividad formó parte del Primer Festival del Libro y la Lectura. Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez en la ciudad de Torreón, Coahuila, el 9 de diciembre de 2010.

Vestigios del inicio: el primer libro de Saúl Rosales

Jaime Muñoz Vargas

Como lo escribí ese día, el jueves pasado ofrecimos un reconocimiento a Saúl Rosales en el primer Festival del libro y la lectura; fue para celebrar su onomástico setenta. Aunque sencillo, creo que salió bien. Las palabras de Angélica López Gándara y Daniel Maldonado —más un “palomazo” textual y dantesco del propio Saúl, unas palabras de Claudia Máynez y lo que yo llevé de mi cosecha— fueron bien recibidas por el público que afortunadamente pobló todas las sillas disponibles. Además de las palabras equivalentes al brindis, leí el comentario que aquí calco; se refiere a Vestigios de Eros, el primer libro de Saúl. Un lector de esta columna me dijo que no pudo asistir a lo del jueves; a él y a los que estén en esa misma sintonía, les comparto pues un fragmento de aquel texto:
Vestigios de Eros, primer libro de Saúl Rosales, fue publicado en 1984 por el ayuntamiento de Torreón. En sentido estricto no es un libro, sino una plaquette de apenas 22 páginas formateadas en media carta. Fue impresa con modestia de recursos, pero el objeto resulta grato a la vista quizá por su minimalismo. La portada parece de cartulina Passport y lleva un bello dibujo a pura línea, el rostro de una mujer, firmado por Yolanda Valenciano. Los interiores son de papel cultural (el famoso Bond ahuesado) impresos en sepia. Por una extraña razón no tiene portadilla, así que los poemas comienzan en la página tres sin mayor advertencia editorial. Para la anécdota diré que este libro me lo regaló, recién salido de la imprenta, el autor. Un día del 84 me abordó en el pequeño estacionamiento del Instituto Superior de Ciencia y Tecnología A.C. (Iscytac), de Gómez Palacio, cuando estaba ubicado en la colonia Bellavista, y me dijo: “Ten, un librito”. Saúl tenía 44 años; yo veinte. Por entonces era mi maestro de literatura.
Como otros primeros libros de amigos muy queridos, conservo Vestigios de Eros como una joya. Para mí es imposible olvidar el halago que sentí al recibir de Saúl, mi profe Saúl, un libro en aquel tiempo para mí todavía desértico de logros, por mínimos que fueran. Era un triunfo pues, y lo sigo considerando así, que una persona admirada me hubiera tomado en cuenta como lector. Tanto me emocionó el regalo, y tan poca práctica tenía entonces como destinatario de estos obsequios, que olvidé exigirle de inmediato una dedicatoria. Esto se lo pedí veinte años después, en 2004, cuando le acerqué a Saúl aquel Vestigios de Eros para que me lo dedicara, y esto escribió: “Para Jaime Muñoz, como me lo hizo notar, veinte años después, pero con el inefable afecto de siempre”.
Saúl cometió el acierto de publicar su primer libro cuando ya era un escritor maduro. No procedió como muchos jóvenes impetuosos que, movidos por el legítimo deseo de ver su nombre en la fachada de un libro y compartir sus obras, buscan a cualquier precio publicar lo primero que les brota del espíritu. En aquel momento Saúl ya cargaba el bagaje de una convivencia estrecha con libros, ya veía lo que comienza a verse con claridad luego de los cuarenta: el abismo, cierta sombra que, como pátina, se adhiere a la conciencia y confiere densidad a las creaturas verbales.
Se dice con frecuencia que en los primeros libros está contenida toda la obra venidera del escritor. No estoy de acuerdo con esa afirmación, pues, como sabemos, decenas de jóvenes hay que con innecesaria premura publican un libro inaugural del cual luego se arrepienten al grado de escribir después en otras tesituras. Por eso la recomendación que hago a los jóvenes acelerados que me visitan o consultan vía mail porque ya se les hace tarde para ver sus palabras en un libro. Trato de convencerlos —sin regaño, claro está—, de que nadie los está esperando, de que tal vez lo más recomendable sea aguardar un poco y no pensar con terquedad que a los 17 años ya cuajó una obra maestra.
Por la razón que haya sido, Saúl Rosales publicó su primer libro en un momento que hoy sería considerado tardío, es verdad, pero lo bueno allí es que no hay lugar para el sonrojo. Se trata de un puñado de poemas que enseñan las virtudes ya asentadas de su autor, su buen ojo y un control de la palabra que definitivamente devela competencias afinadas. Son nueve poemas de aliento medio y verso largo, con temple metafórico y organizados con malicia en un conjunto armónico. Todos se refieren al amor, a la fiesta de la carnalidad y al desgarramiento de la pérdida.
Es visible una arquitectura bipartita: los cuatro primeros poemas deambulan el fulgor de los acoplamientos, la enorme y por ello casi indescriptible dicha que trae consigo el juego erótico. El poeta es atravesado por una exaltación que casi lo enceguece, que desborda el continente de su corporalidad y se derrama en versos exultantes. Por fin, luego de habitar las sombras del vacío, encuentra un sentido concreto a la existencia y literalmente se realiza, es decir, adquiere o readquiere visibilidad (“Puedo releerme”):

Ahora puedo releerme,
encontrar tras el rastro de tus labios
la existencia de cada uno de mis poros.
Todos los inundas con significados.
Restituyes mi valor de signo.


El poeta no vacila en agradecer a la amada el estallido de felicidad que detona en su interior. No se atribuye en este caso ningún mérito, salvo el de tener la capacidad para captar el ramalazo de dicha que adviene tras los encuentros (“Razón de alegría”):

Tu vocación es de luz y de palabra
llenas cada rincón con reverberaciones de mediodía.
Pueblas el aire de la noche con tañidos
que saturan con anunciaciones el médano silente.
(…)
Y en el desasosiego obraste el prodigio.
Fuiste palpable en tu estatura niña.
Tu voz destruyó el silencio de mi entorno.
Como en las canciones populares
en tus ojos pude verme.
Compartiste conmigo las fragancias y los husmos.
Me enseñaste la alegría.


En el poema “Palomas en los sentidos” no se oculta que la dicha de la carnalidad es una etapa superior de la dicha, su principal resorte en el momento más propicio de los cuerpos. Así, hay una fiesta de palabras para celebrar lo que comunican dos cuerpos frente a frente:

Pero me transformas.
Mis manos huérfanas y dóciles
las conviertes en los cuencos adecuados
para alojar allí palomas espasmódicas,
de pico alertado por el anhelo de la espera.
(…)
Mi pecho se embelesa agradecidamente lastimado
al hospedar tus mil palomas
igual que tu fragilidad se arroba
con mi gravedad humana.


El autor se entrega a esos hallazgos con fruición. Lo que sucede después marca la pauta a la segunda parte de Vestigios de Eros y, de hecho, justifica el título: el segundo tramo de la plaquette cuenta lo que queda del amor, la desolación que se materializa y asfixia con su pesada mano al poeta abandonado a su destino (“Ya sólo eres recuerdo”):

Ya no estás aquí, en la casa
cuya decrepitud se suspendía
con la alegría de tu desnudez luminosa
y el encanto de tu desenfado infantil.
Las paredes ya no son fertilizadas por tu voz
ni tus gemidos.
ahora sólo son paredes,
mudas y estériles paredes.
(…)
Ahora ya sólo eres recuerdo.
la tristeza y el insomnio amargos
ocupan de nuevo su lugar.
Son guerreros prepotentes
que han recuperado su plaza
e instalaron sus acerbos campamentos.

Al poeta le queda sólo la esperanza de la imagen, el recuerdo de la presencia que lo desbordaba. Es un pobre consuelo si pensamos que poco antes era colmado por la luz. En las paredes de la habitación, en la vida toda sólo quedan míseros Vestigios de Eros y con ellos, con esos modestos fantasmas y quizá con unas cuantas palabras de mero alivio, aprende a sobrevivir.

Comarca Lagunera, 9, diciembre y 2010

Saúl Rosales y sus primeros 70 años

Angélica López Gándara

Si pones el oído en la tierra más inhóspita
En el plúmbeo hedor de las ciudades
En la ardiente garganta de los montes
En la irritación salobre de los mares
Y en cualquiera de los muchos elementos
Vas a escuchar que los débiles
También tienen voz y tienen cantos.

Estas líneas pertenecen al poema “Trinchera de la debilidad” del maestro Saúl Rosales y son sólo una muestra de la solidaridad que él tiene con los débiles, con los que el poder es sólo el fantasma que los aplasta. Ésa, es la misma defensa que Miguel de Cervantes plasma en su obra. De allí el amor que él profesa por los libros del manco de Lepanto. Así, en la literatura de quien homenajeamos hoy también encontramos que expone un derecho pocas veces exigido. Éste es, el derecho al desencanto, él que la era mediática ha tratado de quitarnos. Aunque sepamos que, en ocasiones, en nuestro país y en nuestras circunstancias de vida, optar por el optimismo puede ser una expresión de poca inteligencia. Por ello no deberíamos de sentir culpa si por momentos nos desesperanzamos. La desesperanza es una forma de resignación y la resignación es un recurso para la serenidad. Y así es como vemos al maestro Saúl Rosales, como un hombre sereno y generoso que entrega a sus alumnos cuanto conocimiento le llega: regala libros, música, consejos y todo el tiempo que le es posible.
Conocí al maestro Saúl Rosales aproximadamente hace diez años, una mañana cuando asistí por primera vez al café literario de los martes en el Teatro Isauro Martínez. Fue un anuncio de El Siglo el que me trajo. Allí hablaban del escritor y de su taller literario. Me presenté con él y le dije que estaba interesada en escribir. Entonces me regaló su libro de cuentos Memoria del plomo y me invitó a visitar el taller. Recuerdo que llegué a casa y hojeé el libro, el título que más me llamó la atención fue “Trópico de cucarachas”, así, inicié la lectura no desde principio del libro sino en la página número veintitrés. El texto me gustó mucho y me dejó la certeza de que debería de aspirar a escribir como él (después de diez años sigo persiguiendo lo mismo). Encontré mucha riqueza en el lenguaje y en las imágenes de “Trópico de cucarachas” igualmente disfruté el sentido del humor como el del párrafo siguiente. “Como en esta ciudad las cucarachas son enormes, tamaño Volkswagen, gigantes casi reses, se podrían industrializar para banquetes. De algunas partes son duras, pero un empresario con iniciativa/deshidratadas/ trituradas/ molidas/ en ciertas salsas. Las otras partes, las linfas, los tejidos linfáticos, una suavidad/ y de sabor/ Omnívoras. Lo engullen todo. Hasta el papel de esmeril. Todo. Eso quiere decir que son antropófagas o cucarachófagas. Lo he visto. En este oficio se ve de todo. Soy periodista ¿o era?”. Además de que capté el perfil del humano cucarachoide, la lectura del cuento me sometió a una extraña sensación que acrecentaba mi horror por las cucarachas. Y vuelvo a decir que me divirtió con eso de: “Prefería llegar a la casa con la noche muy madura, o leer hasta muy tarde, o ver películas o programas de la televisión hasta aburrirme las nalgas, el lomo y las costillas”, en verdad eso de “aburrirme las nalgas” me pareció de lo más ingenioso. El autor pone palabras sorpresa donde la mayoría escribiríamos cansancio.
Somos muchos los que estamos agradecidos con el maestro Rosales, los que lo queremos y respetamos, aunque, por supuesto hay quienes han olvidado decir: gracias. Él lo expone mejor en su libro Un año con el Quijote ”El agradecido salda una deuda, mayor o menor, con el bien, con la bondad. No lo hace el desagradecido. El desagradecido entronizado en su egolatría y en su egoísmo cree que los beneficios que ha recibido son tributo obligado a su valiosa existencia”. Por fortuna, creo que la mayoría de sus estudiantes y amigos reconocemos la gran aportación que él ha hecho para que seamos mejores. Desde luego, otros reniegan de la capacidad intelectual del maestro. No obstante eso, lejos de disminuir su ingenio lo estimula y lo refuerza. De manera que, sin intención, sus detractores le rinden tributo. Pues qué mejor elogio que no tener el aprecio de los indignos; quienes íntimamente reconocen su talento pero ante los demás lo niegan.
Saúl Rosales fue de niño un inhábil jugador de beisbol, trompo, balero y canicas “yo era el que tiraba de uñita, me avergonzaba de ello y no sabía cómo hacerlo de huesito” nos dice. Fue alumno de la primaria Carrillo Puerto. De aquellos tiempos recuerda: “me escogieron para “declamar” los versos del sin par borracho Antón pero al filo del escenario del Teatro Isauro Martínez me sustituyeron y, finalmente, me escogieron también para la escenificación de “El brindis del bohemio” o algo similar y a pesar del glamur precarista de una cosa así me sentí ridículo por el gigantesco moño negro de listón y el saco de supuesto bardo con que me caracterizaron. Ya desde ese tiempo mis miedos (entre ellos el del ridículo) ante todo eran alimentados por mi inseguridad”. Un adolescente trabajador de oficio linotipista, que después apareció en el cuadro de honor de la escuela militar de aviación de Zapopán, Jalisco. En donde se destacó también por ser buen basquetbolista, que trabajó para la Fuerza Aérea Mexicana. Él, ha sido militar, reportero, maestro, periodista, editor, candidato a la presidencia municipal, pero ha sido, ante todo, un defensor del lenguaje. En ocasiones me ha sorprendido que frases de las que casi todos aceptamos como parte de “las cosas que son así” y que no cambiaran, al él le causan cierto grado de molestia, me atrevería a decir que en ocasiones le lastiman. Sin embargo sonríe cuando menciona que en el periódico siguen desgastando, por flojera mental, oraciones como: “amantes de los ajeno”, “el vital líquido”, “la cinta asfáltica” “estamos inmersos en…”. De manera que si alguna vez observamos que esas palabras poco a poco van siendo sustituidas por otras, será porque el escritor sigue haciendo su labor.
Felicidades al maestro Saúl Rosales por sus primeros 70 años de vida literaria. Vendrán muchas veces 70. Muchas gracias por ayudarnos a escribir mejor, por defender el lenguaje, por enriquecerlo al usarlo, pero sobre todo, gracias por regalarnos su obra literaria.

El síndrome de Dante

Saúl Rosales

Agradezco este homenaje promovido con ahínco por nuestro gran escritor Jaime Muñoz, solidariamente respaldado por todos mis amigos. Me llega cuando estoy, muy contra mi voluntad, en el pórtico del panteón municipal. Digo esto sin temor ni susto no porque prefiera el crematorio sino porque es sólo una introducción retórica para evocar el primer verso de Dante en la Divina Comedia, aquel que advierte: Nel mezzo del cammin di nostra vita. Según este verso dantesco, mi próximo cumpleaños lo celebraremos en el panteón. Si 35 es la mitad, el mezzo; 70, es el doble, por tanto, el final de la vita. Treintaicinco más treintaicinco son setenta.
Antes de ir más adelante debo aclarar que no sé hablar ni leer ni escribir la sonora lengua del dolce stil nuovo pero sí pude encontrar en internet la inmensa obra de Dante en italiano y sacar el primer endecasílabo: Nel mezzo del cammin di nostra vita. Lo busqué porque son clave sus once sílabas para este comentario de agradecimiento. Permiten decir que, como se afanaba en la creación de su Infierno, su Purgatorio y su Paraíso cuando andaba alrededor de los 35 años de edad, tenía la mitad de los que ahora me festejan a mí, por tanto, yo hablo ahora nel fine del cammin della mia vita. Conviene apuntar también antes de avanzar que en la traducción al español del gran poema dantesco, fervorosamente cincelada en endecasílabos por el argentino Bartolomé Mitre, el primer verso canta con suficiente fidelidad: “En medio del camino de la vida”. Retomo el verso en italiano: Nel mezzo del cammin di nostra vita, eso, pues, escribió Dante hacia 1300, año en que terminaba un siglo y comenzaba otro, y ya vimos hace diez años las inquietudes que provoca un año gozne entre centurias. Entonces, decíamos, hacia 1300, el igualmente autor de la Vida nueva, simbólico título renacentista, empezaba a esculpir, limar y lustrar los versos de su mayor obra poética a la vez que fijaba la lengua italiana.
Según el verso italiano que he citado tres veces, el poeta nacido en la Florencia prerrenacentista consideraría que a sus, digamos, 35 años de edad, pasaba por la mitad del lapso que ocuparía su existencia física. A sus, digamos, 35 años de edad, y con una obra previa muy valiosa en la poesía como es Vida nueva (Vita nuova), de 1293, que ya le había dado celebridad, su ciudad no le otorgaba reconocimiento por su literatura ni albergue cívico a causa de su posición política; lo mantenía exiliado por ser acendrado enemigo de quienes usufructuaban el poder de la urbe. Según el verso de Dante, entonces, yo estoy al final de mi vida puesto que acumulé ya el doble de la edad que él tenía cuando dijo: Nell mezzo del cammin di nostra vita. Así que gracias por este homenaje –si la palabra homenaje parece desmesurada yo la considero inversamente proporcionada por ser tan escaso mérito el llegar a los setenta años de edad, a pesar de cuernos de chivo, 9 milímetros y granadas–, homenaje, pues, que me llega cuando me encuentro, desde el cálculo de Dante, en el umbral del cementerio o del crematorio que prefiero. Ojalá no contrarié piadosos deseos pasándome del cálculo dantesco.
He reiterado que la distinción de que soy objeto se debe a que ya llegué al doble de treinta y cinco años de edad. Pero muchos torreonenses cumplen o han cumplido setenta años sin que se les haya premiado con honores públicos. Por ello, con no poco esfuerzo de mi septuagenario cerebro, puedo desenvainar la falacia de que tal honor se debe también a que mucho tiempo de esos abundantes decenios lo he dedicado a la literatura y ésta es un bien social. Dicha suposición me llevó a considerar, en tanto que por fortuna la ciudad ya cuenta con un buen número de escritores con abundantes méritos, que el premio de que soy objeto lo merecían muchos antes que yo. De ellos, como dice don Quijote con sutilísimo filo de variados destellos, “yo, aunque indigno, soy el menor de todos”. De otra manera puede pasar lo que pasó con el ya mencionado Dante, quien, con la conciencia de su alto genio, entre los premios que reparte en su Divina Comedia, se nos expone como candidato a la máxima distinción honorífica que en su sociedad existía para los poetas, la austera y sin embargo luminosa corona de laurel, premio iluminado por el prestigio mitológico de Apolo y el orgullo de la tradición. Y en vida la guirnalda apolínea nunca adornó la testa del florentino. Apenas se supone que se la colocaron ya muerto.
Según la esforzada traducción del argentino Bartolomé Mitre en versos endecasílabos que ya mencioné, versos en que está escrita la monumental Divina comedia, Dante sería víctima de una “sed ardiente” por los lauros, es decir, por la corona apolínea. Confiados en la traducción del poeta paisano de Borges hemos de interpretar la expresión “sed ardiente” como un ansia intensa de obtener la guirnalda que había aureolado a los poetas desde el Imperio Romano, exceptuando el lapso de la Edad Media. El escritor florentino, al referirse a la corona de ramas y hojas del árbol al que no abate el rayo, la menciona como “el laurel que más valoro”. Así lo confiesa en el primer canto del “Paraíso”, en la referida traducción de Mitre. Visto eso, por la sed ardiente de calarse la corona de laurel y por la extrema valoración que le otorgaba me atrevo a llamar “síndrome de Dante” a la apetencia de galardones públicos expresada, sugerida u ocultada por quienes ejercen el oficio de escritor. El síndrome de Dante es el apetito de reconocimiento que muerde con avidez a algunas celebridades urbanas.
Aclaremos que aunque estamos partiendo de un poeta, la sed de homenaje no es propiedad privada, defecto o aspiración nada más de los escritores. Sin duda todos, desde el infante náufrago de la irracionalidad hasta el anciano sabio que se sostiene en la edad de la razón, sentimos la necesidad de recibir gestos laudatorios. Nos halaga el elogio (arteramente construyo esta frase que acabo de subrayar), nos satisface el aplauso y no pocas veces lo buscamos o lo exigimos siguiendo los diversos tonos que van desde lo sutil hasta lo estruendoso.
En la vida de algunos el aplauso honroso es cima modesta y poco luminosa, o escasamente alcanzada a lo largo de sus fatigadas vidas; en cambio en la vida de otros es secuencia relumbrona. Para ejemplo sirven los “artistas” (escribo esta palabra entre comillas imprescindibles) de la televisión que bogan en la espuma de la fama y aun de la fortuna, aunque muchos dicen con destemplado lugar común que ellos sólo necesitan el aplauso, que no aprecian la riqueza crematística.
A sus favoritos, la televisión les acarrea con facilidad la lisonja del pequeño público doméstico, igual que las loas de la considerable masa urbana y los loores de los tumultos nacionales o internacionales, pensemos en la cadera. Perdón, no en la cadera, en el caso, de Shakira, o en el de Luis Miguel. Un tanto menor es la fama con que premian la prensa, el cine y el radio, pero de todos modos es poderoso el influjo de los medios de comunicación masiva en el afán de conseguir lauros, y estos modernos patricios eléctricos y electrónicos los distribuyen sin mucho cuidado, es decir, la gloria que reparten a veces alcanza hasta a quienes se dedican a la literatura.
Ahora reduzcámonos a los escritores de localidades pequeñas que, si bien pueden aspirar a que su nombre trascienda el perímetro suburbano, en corto, gozan la celebridad municipal de manera literalmente palpable en forma de saludos de mano, abrazos, palmaditas y otros mimos de cuerpo a cuerpo. Al parecer la celebridad más próxima es la que proporciona más satisfacción, más gozo. ¿Para el poeta, será más cálido el aplauso de su ciudad que el de lugares distantes? Pareciera, porque fue el que le interesaba a Dante. ¿Es el homenaje de la urbe de nacimiento el que el poeta busca porque le interesa demostrar a sus conciudadanos que él es mejor? Pareciera, porque Dante había sido expulsado de su amada Florencia. El caso es que el inmenso poeta florentino no deseaba otros lauros que no fueran los que ornaran su cabeza en la ciudad que lo vio llegar a este valle de los exilios externos e internos. Nunca alcanzó la guirnalda apetecida. Murió sin ser coronado.
Ni la inmensa obra ni el explícito deseo de ser nimbado en su ciudad consiguieron para Dante la satisfacción de que Florencia testificara la imposición de la aureola del laurel, el árbol más querido por el dios Apolo. Jacob Burkhardt, en su riquísimo libro La cultura del Renacimiento en Italia recuerda que Boccaccio, en su biografía de Dante, dice que el autor de la Divina Comedia hubiera podido recibir el laurel de Apolo donde hubiera querido, pero únicamente anhelaba ostentarlo en su ciudad. “Sopra le fonti di San Giovanni si era disposto di coronari”, cita Burkhardt palabras de Boccaccio en la Vita di Dante. Y por eso el autor de la Divina Comedia, la Vida nueva, el Elogio de la lengua vulgar y otras también valiosas obras murió sin ser nimbado.
La indiferencia de sus conciudadanos le habrá dolido mucho. El propio Dante parece haber concebido la ceremonia de coronación de los poetas con la guirnalda de laurel, cito a Burkhardt, “como una consagración de carácter semirreligioso. Su deseo era imponerse a sí mismo la corona sobre la pila bautismal de San Giovanni, donde había sido bautizado como miles y miles de niños florentinos”. El poeta de la Vida nueva y la Divina Comedia, pues, apetecía el reconocimiento en (y de) su ciudad. De ninguna otra ciudad, nación o territorio le importaba –es de suponerse–, en tanto no lograra el de la urbe de su corazón. Por eso, entre la gran herencia con que acaudaló nuestro mundo, el autor de la Divina Comedia nos dejó también el síndrome de Dante.
Quien sí gozó la gloria de ser coronado con el laurel de Apolo en el lugar que quiso y por quien quiso fue su sucesor Petrarca, poeta muy mencionado como el primero y el mayor de los humanistas por lo prístino y amplio de su contribución intelectual. Cuando ya el Renacimiento había avanzado y adquirido la capacidad de valorar bien a sus creadores y asumía el honor de otorgarles la corona, tal vez acuciado por el cantado y frustrado anhelo de Dante, quiso otorgarle ese homenaje a Petrarca. Así, a mediados del siglo XIV se vive una febril vocación de reconocimiento. Dignatarios, príncipes, reyes, papas, ciudades y universidades aspiraban a tener un poeta a quien ornar con la guirnalda apolínea.
En medio de esa dispendiosa disposición para otorgar el homenaje con el laurel de Apolo, Petrarca fue coronado. Pero antes tuvo oportunidad de exhibir su síndrome de Dante. Ernst Hatch Wilkins escribe que desde que Petrarca tuvo conocimiento de la antigua tradición de tiempos del Imperio Romano de premiar con la corona de laurel, le invadió “el deseo de recibir a su vez aquel honor”. No padeció demasiado el anhelo del honroso tocado. La Universidad de París y el senado romano simultáneamente le ofrecieron a Petrarca la corona que más valoraba Dante, a quien ya dijimos, le despertaba sed ardiente. En su momento, Petrarca escogió que el rey Roberto de Anjou le colocara la corona. Luego dice Ernst Hatch Wilkins: “La coronación, que constituye el episodio más espectacular de la vida de Petrarca, tuvo lugar en Roma, el 8 de abril, en la sala de audiencias del palacio del Senado, en el Capitolio”. Era el año de 1341. A los 37 años de edad, el amante de Laura, con su cabeza adornada, una vez conseguido el lauro habría dejado de sufrir el síndrome de Dante. Pero a pesar de todo, quizás la sed ardiente es imbatible. Más tarde, otro rey, Carlos IV, también coronó a Petrarca en Bohemia, según escriben Rudolf Chadraba y otros autores en su obra colectiva El Renacimiento. Por otra parte, Alfred von Martin, en su libro Sociología del Renacimiento, al hurgar en la posición social de poetas, artistas e intelectuales dice que “el literato no puede renunciar a la celebritas urbis. Necesita de la ciudad, necesita con locura la masa de la gran urbe para su fama literaria […]” Como se ve con tales excelsos ejemplos, es justificable, si no explicable, quiero decir, al revés, explicable, si no justificable, que uno padezca el síndrome de Dante.
Para concluir, recordaré que mi celebritas urbis, me ha colocado la corona de laurel reiterada pero inmerecidamente antes (con lo que mi “sed ardiente” estaba mitigada), cuando el Ayuntamiento de Torreón me otorgó el nombramiento de Ciudadano Distinguido en 1990; cuando la UIA-Laguna creó el “Premio Literario Saúl Rosales”, en el año 2000, obtenido por Norma Garza Saldívar, con su libro Borges: la huella del minotauro; cuando por segunda vez, en 2004, el Ayuntamiento de Torreón me otorgó el lauro de Ciudadano Distinguido; igualmente, cuando otra casa de estudios superiores, la Universidad Autónoma de la Laguna, me concedió en septiembre de 2004 un reconocimiento después de que la Academia Mexicana de la Lengua me recibió como miembro correspondiente. En 2006 hizo lo mismo la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón.
Ahora sí, para terminar, puesto que me considero entre los admiradores de Sor Juana, aunque el menor de todos, quiero recordar cómo al agradecerle al obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz que le hubiera hecho el honor de publicarle la Carta atenagórica, sin que ella lo supiera y menos lo solicitara, nuestra genio pregunta refiriéndose a la honrosa distinción: “¿De dónde a mí tal cosa?” Es decir, por qué a mí tan grande honor. Por qué a mí tanto honor, digo como Sor Juana, en este festival del libro y la lectura cuando en este acto se me reconoce como si fuera una verdadera celebridad municipal. No creo proporcionado que una imaginaria guirnalda de Apolo se me instale en la testa sólo por el módico merecimiento de mi edad. De cualquier modo, lo agradezco, como diría una canción popular, con todo mi ser. Espero tener tiempo, ahora, nel fine del cammin della mia vita, para que me renazca el síndrome de Dante, la sed ardiente por el laurel de Apolo.

domingo, diciembre 12, 2010

Vidas quebradas de Loera



“El hombre tiene más posibilidades de salvarse a través del infierno que del paraíso”, ha escrito Cioran, ídolo de las multitudes posmodernas y apóstol de la Negación. No le falta verdad: cuando uno piensa en homilías para los ricos o en santidades sin riesgo llega a la conclusión de que el primer y quizá único requisito que se necesita para salvarse es estar perdido, es habitar el abismo, es chacualotear de alguna forma en los inmensísimos mares de la inmundicia. La perfección se explica en automático, no requiere cronistas y como en el ser humano es muy escasa los lectores suelen verla con suspicacia, como si fuera falsa o efectista, si no es que de existencia imposible en el maltrecho pedazo de universo que nos tocó habitar.
Quizá es la narrativa el arte que con mayor libertad usa escafandras de palabras para bucear en las profundidades de la mierda. No por regodeo escatológico ni terriblismo obligado, sino porque permite a los creadores explorar las hondonadas del alma con el fin de explicar qué tipo de animales somos, por qué nos comportamos así, qué podemos hacer para no sufrir tanto o en qué medida es imposible librarnos del destino trágico que a todos nos espera aunque nos aplaquemos el horror, mientras tanto, con algún sedante religioso o material. La narrativa, a diferencia de otras formas de la exposición verbal o icónica, crea personajes que son fantasmas de un fantasma, el autor, cuya mayor licencia consiste en hacerlos caminar por el mundo de la imaginación para que nos expliquen, para que nos descifren, para que nos ayuden a sobrellevar el destino real, no menos ingrato que el vivido por los hombres hechos de palabras mejor conocidos como personajes. Eso es precisamente lo que se deja vislumbrar en los relatos de Alfredo Loera, escritor nacido en Torreón hacia 1983 y autor de Fuegos fatuos, libro de cuentos publicado por la UAdeC en la tercera serie de Escritores Coahuilenses Siglo XXI.
Recolector de huesos amarillentos y polvosos, de vidas quebradas por la desdicha, Loera ha formateado a su corta edad un conjunto de cuentos que sorprende por la fiereza de su punch. Si bien la vida enseña, querámoslo o no, a conocer de golpes y tropiezos, hay hombres como Loera que nacen con un chip para detectar las dolencias alojadas en el lado oscuro del corazón. Esto no se aprende así como así, en escuelas o con buenos consejeros; esto se trae, esto proviene de la cuna. Es el caso de Loera, quien ha sabido sacar jugo a su visión descarnada de la vida para urdir historias en las que peregrinan hombres y mujeres sin atributos, seres desfalcados de optimismo, espectros cuyo sentimiento trágico de la vida se expresa con gritos que retumban hacia adentro. Precoz espeleólogo de la desgracia, Loera nos lleva de la mano hacia los abismos de su imaginación y de allí salimos como renovados, como paradójicamente redimidos por el sacrificio de los otros para, de esa manera, anticipar rutas de escape.
Hagamos el cómputo de la edad que frisaba el autor al momento de curar la exposición de Fuegos fatuos. Si nació el 5 de julio del 83 y publicó el libro en enero de 2010 (a los 27 de su edad), es de suponer que estos cuentos fueron escritos entre los 24 y 25 años, si no es que un poco antes. Pues bien, esto es de resaltar porque escasos hombres de esa edad miran con tanto detenimiento el espectáculo del fracaso humano. A los veintitantos y tal vez todavía a los treinta y tantos, la vitalidad del cuerpo no deja que el alma se distraiga con pesadumbres, así que suele ser la etapa más propicia para el optimismo. Loera, con su antena captadora de desolación, comenzó temprano a percibir las vibraciones que lo llevaron a escribir cuentos con personajes que ni siquiera parecen de literatura mexicana, más cargada a frecuentar el lado dicharachero y festivo, ese lado que disuelve el desaliento en el ácido del humor. Las historias y los fantasmas que trajinan en las páginas de Fuegos fatuos parecen más arltianos, más scalabrineanos, más malleanos, más onettianos, más beneditteanos, más piglianos, es decir, más cercanos a la tristona narrativa rioplatense que a la carnavalesca ficción que solemos cocinarnos por acá. Un solo título de alguno de los libros acuñados en Buenos Aires, aunque no se trate exactamente de una narración sino de un ensayo, basta para ilustrar el parentesco, no sé si voluntario o involuntario, entre los cuentos de Loera con el clima típico del relato porteño: El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz. En efecto, los escombros de hombres creados por el escritor lagunero parece que siempre están solos y parece que siempre esperan, que siempre están masticando el agrio (ni siquiera agridulce) bocado del tedio.
Loera estudió contabilidad y finanzas y egresó del diplomado de la Escuela de Escritores de La Laguna. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en la Ciudad de México y en Fuegos fatuos nos ofrece seis cuentos con un catálogo de personajes abatidos y atmósferas enrarecidas. En la cuarta de forros, Édgar Valencia escribió que “Los personajes de Fuegos fatuos son oscuros, perdedores, entrañables y vivos; jóvenes sin esperanza cuya única diversión es tomar una cubeta de cervezas. Hay algo de lo más amargo del alcohol en estas páginas donde lo fantástico se justifica en la desesperanza y en la soledad de cada cuento”.
Aunque hay algunos con fleco fantástico a la manera dislocativa de Cortázar, los siento más realistas aunque, insisto, aborrascados, como velados por una niebla densa que en el caso de La Laguna puede ser nuestro no muy londinense polvo. Los sujetos se mueven en un ambiente gris como sus vidas y pasean su moral hecha jirones por bares, restaurantes, parques, vecindarios, hoteluchos, burdeles. Los protagonistas son, la mayoría, hombres, perros solitarios que mendigan compañía de mujeres, acostones, fajes que de todos modos no anulan la patética miserabilidad, como dijo Yrigoyen, de estos machos sin camino de retorno a la alegría.
Del grupo destacan, creo, “Aquella luz púrpura” (casi una noveleta más que un cuento), “Casandra” y “Falta de luto”, acaso el mejor de todos. El estilo tiene densidad metafórica aunque en ocasiones falle un poco, incluso la sintaxis por dificultades con el uso de la puntuación. Pecata minuta, nada que un poco de aseo editorial no pueda despejar. Lo importante es la fluidez de la prosa, el inframundo espiritual que sin exaltarse nos revela Alfredo Loera en sus historias. En todos los casos (“Falta de luto” es paradigmático en este sentido) el autor muestra dominio de un recurso caro en la cuentística, un recurso que Hemingway elevó a la categoría de precepto: la teoría del iceberg, el arte de la alusión, del decir sin decir. El autor de Por quién doblan las campanas lo resumió así: “Siempre trato de escribir teniendo en cuenta el principio del iceberg. Los siete octavos de su superficie están debajo del agua por cada pedazo que muestra. Todo lo que uno sabe que puede eliminar solamente refuerza el iceberg. Es la parte que no muestra nada” (traducción de Tatiana Calderón-Le Joliff). Loera lo domina no sé si por intuición o aprendizaje, aunque es lo mismo, pues lo importante es que pasamos por encima de sus cuentos a sabiendas de que abajo hay algo inexpresado y terrible, tan doloroso que basta mostrar la cáscara para imaginar la putrefacción de la pulpa.
El caso de Loera y sus Fuegos fatuos es una sorpresa para mí, pues su registro es anormal no sólo por su edad sino por el entorno cultural en el que se formó. Por aquí no es frecuente escribir en tono de lento cellístico. Loera lo tiene y eso, en vez de entristecerme o deprimirme, me alegra pues en él contamos con un Virgilio para transitar nuestros infiernos. (Texto leído ayer en la presentación de Fuegos fatuos celebrada en la Galería de Arte del TIM; ofrecí estas palabras junto al autor y Ruth Castro).

sábado, diciembre 11, 2010

Jóvenes literarios laguneros



Luego del reconocimiento que el jueves pasado organizamos para Saúl Rosales hubo en el Festival del libro y la lectura una mesa sobre poesía en tiempos de crisis. La compartieron los jóvenes escritores Gerardo Monroy, Daniel Maldonado y Jacobo Tafoya; como moderador estuvo, nada mal si consideramos que no rebasa los veinte años, el periodista Luis Alberto López García. Al oírlos no pude no pensar en lo bien articulada que puede estar la mente de un muchacho cuando lee y, si es posible, cuando escribe. Los cuatro que compartían la mesa hablaban bien, hacían afirmaciones inteligentes, con soltura e información. Divagador empedernido, en un rato me fui de la exposición y redacté en la mente este elogio de los jóvenes literarios laguneros, pues creo que entre los setenta y ochenta nació la generación que confirmará a La Laguna, a Torreón principalmente, como la sede de la mejor y más abundante literatura escrita en Coahuila y en Durango.
No sé a qué se deba el fenómeno, pero según mis cálculos La Laguna (insisto que sobre todo Torreón) es cuna de muchos buenos escritores. Por ahora aparto a los que ya pasaron hace rato los cuarenta y tantos años. Me detengo a pensar en los que tienen algo así como 35 más o (mucho) menos. Son numerosos los que, más allá del reconocimiento público, tienen una obra valiosa y prometen ampliarla.
En mi improvisada lista no sólo están los citados Monroy, Maldonado y Tafoya, quienes sin duda han trabajado en serio para afinar el talento que ya de por sí les fue dado de nacencia. Monroy, oriundo de Monterrey pero habituado al polvo lagunero, es un caso raro de poeta con inquietudes políticas que en estos tiempos parecen extintas: es un radical de izquierda; lo he seguido de cerca como conferencista y sus dotes lo hacen parecer más grande de lo que es. Maldonado, por su parte, es un poeta y prosista exquisito y no por ello artepurista; declara que le debe a Saúl la adopción de su postura crítica, y no es falso. A Tafoya, más jóven que los otros dos, lo conozco menos, pero lo poco que alguna vez leí en su blog me permitió considerarlo una fresca posibilidad de escritor.
A estos escritores es posible sumar un contingente grueso, de ahí que podamos afirmar lo que afirmé al principio: que La Laguna tiene varios treintañeros ya sobresalientes para menear la pluma. Pienso en los hermanos Viz y Frino, es decir, Vicente Alfonso y Toño Rodríguez, acaso los gemelos más cotizados de la literatura mexicana; juntos pero no revueltos han ganado premios nacionales, han publicado en numerosas revistas y, lo más importante, han visto caminar sus obras en editoriales con presencia en todo el país.
No son tantas las mujeres que se unen a este grupo, pues las más productivas se ubican en una o dos generaciones anteriores, la de Angélica López Gándara, Lidia Acevedo, Yolanda Natera, Magda Madero o Rosa Gámez y Dolores Díaz Rivera, entre otras. Sus más jóvenes y destacadas colegas son, creo, la poeta Ivonne Gómez Ledesma y Yazmín Chavarría, aunque todavía las siento un tanto indecisas a la hora de buscar publicaciones. Al contrario, son muchos los hombres que abultan el desfile: los dos Carlos terribles de la literatura lagunera, Reyes y Velázquez. El primero es uno de los más disciplinados para escribir, publicar y encontrar foros de expresión, y el segundo sigue firme en el afianzamiento de una narrativa lingüísticamente experimental y desmadrosa. Ambos han logrado que sus libros circulen por todo el país gracias a editoriales como Tierra Adentro y Sexto Piso, lo que no es poco decir.
No olvido que también nacieron en los setenta algunos escritores que nunca dejaré de sentir cerca pues me acompañaron en un fascinante y largo viaje por el taller literario de la UIA Laguna. Miguel Báez Durán, quien vive en Montreal pero no deja de estar aquí, es un narrador y ensayista sumamente bien formado y, a las pruebas me remito, el mejor crítico de cine que hemos tenido en La Laguna al menos en los años recientes. Daniel Lomas, un sujeto marginal y chingón al que presumo como espléndido poeta y narrador, tiene dos o tres libros inéditos que desde ya son a mi juicio ineludibles. Daniel Herrera, quien comenzó su carrera vuelto loco por Bukowski, ha crecido como cuentista gracias a su empeño lector y a que la vida lo puso frente a la vida. Enrique Sada, también de este paquete, hace muy digna poesía y maneja el ensayo literario e histórico con soltura. Salvador Sáenz, de Matamoros, ya tiene dos libros que cuando encuentren editor lo pondrán de golpe entre los prometedores.
Es obvio que olvido a varios en esta lista (cómo no: a Édgar Valencia). No es un censo exhaustivo, sino un boceto para comprobar que en efecto tenemos jóvenes escritores ya formados (casi autoformados), lo que alegra si pensamos que no es nuestra región una Meca de las artes o algo parecido. Me alegra saber, por otro lado, que viene en marcha otro tumulto, el que ronda los talleres de Saúl Rosales, el de Gerardo Monroy y el que se mueve tanto en la Escuela de Escritores que dirige Teresa Muñoz como el que cursa el diplomado en literatura ofrecido por la Dirección Municipal de Cultura.
Uno de los jóvenes escritores que sin vacilación hay que instalar entre los mencionados es Alfredo Loera. Nació en Torreón en 1983, estudió contabilidad y finanzas y egresó del diplomado de la Escuela de Escritores de La Laguna. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en la Ciudad de México y a su corta edad publicó Fuegos fatuos, libro de cuentos que hoy a las siete de la tarde presentaré junto a él y Ruth Castro en el Festival del libro y la lectura cuya sede es la Galería anexa al TIM. Loera y los bastantes enumerados me llevan a pensar que entre lo mucho malo que nos ha pasado últimamente en La Laguna, hay algo bueno, muy bueno: nuestra joven literatura.
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Nota del editor: la imagen que encabeza este post (que he titulado Gazapo) es un trabajo en papel realizado por mi hija Aitana cuando tenía siete años.

jueves, diciembre 09, 2010

Palabras de Vargas Llosa



He leído con atención el discurso leído por Mario Vargas Llosa el pasado día 7 en la ceremonia que enmarcó su recepción del Nobel de literatura 2010. En él contemplo los énfasis que este escritor ha hecho sobre el valor de los libros, la lectura y la imaginación como soportes de la vida humana, de cierta vida humana. Claro que también hace otros, esos subrayados sobre los totalitarismos que agarran parejo e idealizan a la sociedad abierta que curiosa, extrañamente, es muy abierta y todo lo que se diga pero también clausura el porvenir a millones de millones de personas en el planeta.

Si no hay contradicción, me quedo con el Vargas Llosa que escribe como pocos, como nadie, sobre literatura, sobre la formación de un escritor en nuestras golpeadas repúblicas y sobre la mejoría del hombre cuando se vincula con el libro de ficción. En ese caso se adunan teoría y práctica, se concilia una idea de escritor latinoamericano y su consumada materialización en el propio Vargas Llosa.

Sobre estos temas quiero destacar algunas ideas del peruano. Creo que a todos los escritores, jóvenes y no tanto, pero sobre todo a los primeros, y más a los narradores, les sirven para orientar su esfuerzo y considerar irrebatible un aserto: en literatura el talento ayuda, pero más la terquedad, la disciplina, la combustión del deseo por atar palabras que luego serán cedidas al lector en forma de libro. Van unos highlights:

—Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio.

—La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

—Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos.

—En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra…

—Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas.

Queremos tanto a Saúl



En julio de este año comencé a tramitar un homenaje para Saúl Rosales con motivo del setenta aniversario de su nacimiento. Lo imaginé con mucha anticipación porque deseaba que ese cumpleaños coincidiera con una amplia mesa en la que algunos de sus amigos y discípulos le hiciéramos ver, otra vez, para que no quede duda, el agradecimiento que sentimos por lo que ha hecho y por lo que sigue haciendo a favor de la cultura lagunera. Saúl cumplió años el pasado 29 de octubre y con tristeza vi que el congestionamiento de actividades culturales impedía organizar lo deseado. Y así, por el estilo, ha estado el cierre de 2010: decenas de actividades culturales en las que, como tantos, quedé metido en los roles de organizador y participante, sin tiempo para mucho más.
Aunque fuera en el anochecer del año vi la coyuntura para hacer el homenaje cuando Ruth Castro, responsable de la librería del Teatro Martínez, me invitó al Festival Lagunero del Libro y la Lectura ofrecido en estos días, con muchas actividades, en la Galería de Arte Contemporáneo anexa al TIM. Ya estuve ayer en una mesa sobre novela de la Revolución y hoy a las seis de la tarde compartiré espacio con los escritores Angélica López Gándara y Daniel Maldonado, quienes han accedido a decir algo para enfatizar la admiración y el agradecimiento sentidos en general por quienes de Saúl sólo hemos recibido un trato generoso, pródigo en consejos y recomendaciones útiles para mejor movernos en la vida literaria y en la otra.
Tal vez vaya a ser modesto, menor al que merece, el reconocimiento armado esta vez para Saúl. Lo conozco bien y sé que acepta sin vanagloria, con humor y de buen grado, los gestos de afecto que la gente le dedica. Una de sus mayores virtudes es no exaltarse ante los elogios, pero sabe aceptar que la gente a veces quiera quererlo en público, que quienes hemos recibido algo de él lo digamos porque a fin de cuentas todo se vincula a la literatura, actividad en la que aquí debemos proceder con humildad, cierto, pero sin llegar a la autocompasión. Entre muchas, una enseñanza de Saúl es la de habernos convencido de que la literatura es importante y útil, no el cacharro que otros quieren ver, de ahí el orgullo que sentimos al escribir.
Hace, creo, como diez años, la revista Frontera publicó un dossier dedicado a Saúl. En esas páginas colaboré con un artículo titulado “Saúl Rosales Carrillo: una literatura germinal en La Laguna”. Pasados los años, las palabras allí escritas no sólo siguen vigentes, sino que se quedan cortas, como en este fragmento: “Cualquier diccionario, y pongo por caso el Pequeño Larousse, explica que germinal proviene de germen, que es el ‘Principio simple y primitivo del que se deriva todo ser viviente’ y, poco más delante, ‘Parte de la semilla que ha de formar la planta’. Ahora bien, si la literatura es una de las ramas de la vida —por cierto, no la menos importante, aunque los mass media se empeñen en desdeñar todo respeto por las letras—, obvio es que para manifestarse necesita un germen, ese ‘principio simple y primitivo del que se deriva todo ser viviente’.
La metáfora, aplicada al caso germinal de Saúl Rosales Carrillo (Torreón, Coah., 29 de octubre de 1940), no es sólo un bello empréstito de la botánica, sino una verdad tan ostensible que sin la presencia de este escritor no existiría la fronda literaria ya visible en la comarca lagunera desde principios de los ochentas hasta la hora actual. Porque la labor de Rosales Carrillo, lo digo con pruebas en la mano, no se ha limitado a crear en una torre de marfil impermeable a las inquietudes de los jóvenes escritores; al revés, su generoso y prudente magisterio no tiene parangón en la breve crónica de la literatura lagunera, y muchos —alzo el brazo y digo ¡presente!— son los beneficiarios de sus innumerables y munificentes consejos…”.
Hoy, pues, esperemos que muchos nos acompañen a las seis de la tarde en la Galería de Arte Contemporáneo anexa al TIM. El motivo bien vale la vuelta, pues no todas las ciudades pueden presumir magisterios tan prolongados y feraces como el de Saúl Rosales Carrillo, a quien tanto queremos.
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Nota del editor: tomé la foto que encabeza este post con autodisparador. Estoy allí en la oficina de Saúl ubicada en el Teatro Isauro Martínez. La fecha fue el 9 de octubre de 2007, día exacto del cuarenta aniversario de la muerte del Che.

miércoles, diciembre 08, 2010

Festival lagunero del libro y la lectura 2010



El Teatro Isauro Martínez y El Siglo de Torreón organizan el primer Festival lagunero del libro y la lectura, a celebrarse del 7 al 12 de diciembre de 2010 en la Galería de Arte Contemporáneo anexa al TIM. Ante la ausencia en nuestra región de un evento de promoción de la lectura de amplio alcance e impacto social, los organizadores se han propuesto crear las condiciones para que los laguneros cuenten con un programa anual, abierto e intensivo, que propague los valores de la lectura y la cultura escrita, incluyendo una expo-venta con la participación directa de algunas de las editoriales más importantes en el país.

Programa de actividades:
Martes 7 diciembre
12:00 Cuentos con la Tropa Cachivaches.
17:00 Inauguración
18:00 Conferencia “El futuro del Libro”, por Yohan Uribe.
19:00 “Escritura en movimiento”. Mezquite, danza contemporánea.

Miércoles 8 diciembre
12:00 Cuento con la Tropa Cachivaches.
17:00 Maratón de Lectura en voz alta. Alumnos del Diplomado de Creación Literaria DMC.
Lectura: “Los cuadernos de don Rigoberto”, de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010.
18:00 Mesa redonda “Literatura de la Revolución”
Invitados: Jaime Muñoz, Carlos Castañón, Lilia de la Peña y Antonio Álvarez Mesta.
19:00 Conferencia “Imaginaria Luz: la poesía hoy en la Laguna”. Imparte: Nadia Contreras, escritora.
20:30 VI Festival Internacional de Piano Isauro Martínez presenta al maestro Walter Ponce (Bolivia).
Planta baja: $200
Mezzanine: $150
50% a estudiantes, maestros y INSEN, con credencial.

Jueves 9 diciembre
12:00 Cuentos con la Tropa Cachivaches.
17:00 Ceremonia de entrega de premios “Yo leo”
18:00 Mesa Reconocimiento a Saúl Rosales en sus 70 años de vida. Jaime Muñoz, Angélica López Gándara y Daniel Maldonado.
19:00 Mesa redonda “Poesía en tiempos de crisis”. Moderador: Luis Alberto López
Comentan: Gerardo Monroy, Daniel Maldonado y Jacobo Tafoya.
19:00 Presentación del Ballet Folklórico Nahucali. Dirige Manuel Valle. Sala principal del Teatro Isauro Martínez. (Costo por confirmar)
20:00 Lectura dramatizada: “La curvatura del empeine”, de Vicente Muñoz Puelles.
Participan: Isidro Barrientos, Fernando Aldaco, Irlanda Arellano, Karla Alvízar, y Fernando Canive Maynez. Laboratorio de Artes Escénicas del CIIR A.C.

Viernes 10 diciembre
11:00 Presentación del libro para niños No está mal. Participan: Miriam González, Alonso González, Cecilia Guerrero y Ricardo Violante (Cuentacuentos).
12:00 Cuentos con la Tropa Cachivaches.
17:00 Lectura Dramatizada: “Reparando la mirada”, por Colectivo Artístico Paralelo 27.
18:00 Presentación de la revista Acequias 54. UIA Laguna.
19:00 Presentación del libro Mis ojos del fuego, de Julio César Félix.
20:00 Desert Blues.

Sábado 11 diciembre
10:00 a 14:00 Taller de edición y elaboración de libros. Imparte: Nérvinson Machado. La Regia Cartonera.
17:00 Lectura en voz alta. Escuela de Escritores de la Laguna A.C.
18:00 Lectura en voz alta. "DubSar, poemas sobre una máquina del tiempo llamado Libro" Nérvinson Machado.
19:00 Presentación del libro Fuegos fatuos, de Alfredo Loera. Presentan Ruth Castro, Jaime Muñoz y el autor.
20:00 Tango Tangible.

Domingo 12 diciembre
12:00 Cuentacuentos. Narrador: Raúl Esparza.
17:00 Cuentos con la Tropa Cachivaches.
18:00 Presentación del libro Shanté, de Alberto Chimal.
Editorial La Regia Cartonera
18:00 Homenaje a los Beatles. Grupo Minuto 90’’
Costo: $60 General
19:00 Conferencia “Leopoldo María Panero, el poeta y el loco”, por Alberto Chimal.

Lennon en la memoria



Hoy hace treinta años mataron a John Lennon. ¿Qué pasa en la mente cuando uno recuerda con toda claridad lo que ocurrió hace tanto tiempo? Porque treinta años son muchos años en la vida del hombre, acaso un poco menos de la mitad que al fin le son concedidos. Pues sí, han pasado tres décadas desde aquel 8 de diciembre de 1980 en el que los noticieros nos informaron que uno de los Beatles había sido acribillado en Nueva York. Aunque nunca fui fan de cantantes o grupos de ese tipo, la música de Lennon y sus cuates anduvo en la atmósfera que respiré en mi infancia y en mi adolescencia, así que resultaba imposible no quedar conmocionado ante la muerte del idolazo pop.

Recuerdo que poco después de aquella fecha, quizá en la navidad ya próxima, recibí una playerita blanca con mangas rojas. No valía un centavo, pero la conservé durante varios años por dos razones: porque la ropa debía durarnos mucho tiempo y porque esa prenda tenía en el pecho una imagen de Lennon, su nombre y las fechas 1940-1980. Yo tenía 16 años, estaba perdido en una especie de existencialismo babotas y reprobaba todas las materias de la prepa. No era por burro, creo, sino por desobligado. Sospecho que por aquellos años comencé a ver borrosamente una relación estrecha con los libros. Me gustaba ver tele, jugar fut en la calle, andar de vago con amigos más vagos e irresponsables que yo y en secreto, casi con vergüenza, leer.

Para esas épocas el mundo era sólo La Laguna. No para mí, sino para todos los camaradas que me topaba en la vida. Todavía lejos del internet y la avalancha globalifílica, muy pocos sabían algo de inglés y los contados que se preocupaban por el futuro jamás se imaginaban fuera del entorno doméstico. El mundo era nuestras calles, nuestros parques, nuestros camiones, nuestras escuelas. No había celulares, no había computadoras, no había narcos (o, si los había, nadie reparaba en ellos) y al Santos Laguna le faltaban tres años para nacer. Nos gobernaba José López Portillo y ya se sentía gacho la mordedura de las sucesivas crisis que poco después, con De la Madrid, iban a partirle la maceta a miles de economías familiares, incluida la de la mía. Por culpa de esos gobiernos me tocó andar (a muchísimos nos tocó andar) con una mano adelante y otra atrás, a rastras por la vida, sin un clavo para soñar con pantalones nuevos o una novia. A falta de novia y de internet, todavía circulaban en las escuelas y en los barrios, clandestinamente, las revistas adecuadas (como si dijéramos “de autoayuda”) para arrancarle a la existencia algunos mendrugos de satisfacción.

En la tele ocupaban la cúspide del rating el Chavo del Ocho, La Pantera Rosa y las muchas series policiales del Canal 5. Era una época en la que el América daba miedo y nadie podía anotarle más de dos. Es innecesario decir que el programa dominical de Chabelo ya existía, pues tiene al aire desde el Renacimiento a la fecha. Creo que todavía nos emocionábamos con los concursos internacionales de belleza y con el Festival OTI en el que oíamos y veíamos cantar a la crema de la crema nacional en la plenitud de su talento: Emmanuel, Napoleón, Yuri y un José José que por esos años interpretó “El triste” maravillosamente y sin despeinarse, pero no ganó. Como eran épocas de una sola tele en casa, sin cable y todavía sin videorreproductora, había por lo menos cierta unión familiar forzada, la parentalia se reunía los domingos y escuchaba con arrobo al simpatiquísimo Raúl Velasco que a dúo con Jacobo (era prescindible añadir el apellido Zabludowsky) daba línea en el entretenimiento y la información nacionales.

En Torreón todavía existía la zona de tolerancia (“la Zona”, así le decíamos tal vez para que el lugar pareciera más siniestro) y los jóvenes no íbamos al “antro”, que no existía como tal, sino que nos echábamos las chelas en alguna “disco” donde aún se bailaba a lo Travolta o en alguna casa para que el trago no saliera tan caro; usábamos el pelo con partido a la mitad y sin gel, así que nos peinábamos con la pura estática del cepillo. Las cantinas no dejaban entrar a las mujeres, eran sólo para rucos y allí se estacionaban nuestros padres cuando se ponían de acuerdo con sus pinches amigotes, según las sabias palabras de nuestras abnegadas mamases.

En fin, hace treinta años murió Lennon y tengo la impresión de que, por lo dicho, eso ocurrió el siglo, el obvio milenio pasado. Era otro mundo. Ya se veía feo, pero no tanto como éste.

domingo, diciembre 05, 2010

Final cincuenta/cincuenta







Luego del partido de alta tensión que el jueves despacharon Santos y Monterrey, hoy a las seis de la tarde comienza el segundo que será —y ya lo es antes de que los equipos salten a la cancha— une película de Hitchcock sobre el pasto. Ahora sí, creo, los momios están totalmente equilibrados y nadie en sus cinco puede asegurar que el arroz ya está cocido a favor de cualquiera de los dos equipos. Tengo rato que no sigo con rigor las estadísticas del futbol, pero con los pocos antecedentes a mi disposición sospecho una paridad pocas veces vista en las finales del reciente futbol mexicano.
Cincuenta/cincuenta, eso es lo que vislumbro para el último cotejo del futbol mexicano y todo estará colgando, como se vio en el juego de ida, de un gran acierto o de un gran error, pues sólo así se puede concebir un desequilibrio de la balanza.
Veo el muy trabado equilibrio en los siguientes elementos:
1) Un (auto)golecito milagroso. El tanto extra que lleva de ventaja el Santos Laguna a Monterrey será, dígase lo que se diga, un regulador de las acciones sobre todo en los minutos iniciales. Es obvio que los Rayados saldrán a descontar, así que los laguneros tendrán que ver cómo descuelgan y amplían la ventaja antes de que Monterrey haga de las suyas. Si me exigieran una opinión ineludible, diría que en los primeros veinte minutos del partido se decidirá todo.
2) La condición de local. No es lo mismo un gol de ventaja como visitante que como local. Ocurre a veces lo contrario: el gol de desventaja es el mejor acicate para el equipo que juega en casa y sale a tragarse al rival sin misericordia. En esto el público es determinante: una combinación de alaridos de aliento y deseo de emparejar el marcador hace que los locales no sólo empaten, sino que remonten con la inercia adquirida en el primer impulso. Esto reafirma lo que digo: los primeros minutos pueden ser los decisivos. La condición de local compensará pues a Monterrey el gol de ventaja que tiene su rival.
3) Las dos delanteras. Las dos delanteras llegan, creo, como las mejores líneas de ambos equipos. Tanto lo creo que hasta en esto noto un impecable equilibrio. Se dice, con razón, que Benítez es un criminal de las porterías y que Darwin Quintero por fin localizó la puntería extraviada. Pues sí, los dos negrazos del Santos están en su punto, ágiles, veloces, atinados. Lamentablemente para los de aquí, Monterrey puede presumir lo mismo de los suyos, sobre todo del chileno Suazo; este maldito pelón es, sin duda, un superdelantero, tan peligroso que prácticamente no toca un balón sin que emita una vibra de malestar a los rivales. Le eché el ojo durante todo el partido del jueves y nada me cuesta decir que fue, o es, el mejor jugador que tienen los Rayados y acaso la final. Juega de poste, hace paredes, dispara fuerte, cabecea, centra, filtra balones, abre huecos, enfada a los enemigos, es una bestia, en suma, y eso que es chaparrón y algo corpulento. En ciertos desplazamientos me recuerda a Cabañas, el fabuloso (hasta el balazo del Bar-Bar) Cabañas. Si sumamos a De Nigris, quien tiene como dos años sin demeritar, la delantera de Monterrey es tan incómoda como la del Santos.
Veo, me perdonarán, un factor de desequilibrio en el arbitraje. Ya anunciaron que pitará Armando Archundia, razón por la que tiemblo. Diré por qué más adelante, ya que primero deseo comentar el primer gol de Monterrey en Torreón. No sé si alguien lo vio y lo comentó (supongo que sí), pero el tanto de Suazo provino de una falta contra la defensa del Santos. Un jugador de Monterrey tiró un jalón descarado y Marco Rodríguez no pitó falta; dio la impresión de que aplicó una especie de ley de la ventaja a favor de la defensiva santista. Sin embargo, la ley de la ventaja era inexistente, pues los jugadores del equipo lagunero no podían salir con claridad y se enredaron, perdieron de inmediato el balón que le cayó a Suazo y anotó. Fue un detalle sutil, pero suficiente a mi juicio para manchar el trabajo del silbante.
Ahora sí, Archundia. Este cuate es un gran árbitro, sin duda, pero siempre he notado que tiende a contemporizar con el público que lo presiona. Es decir, pita muy bien siempre y cuando el partido no tenga rispideces. Cuando el público lo abruma (y tal será el caso en la Sultana) Archundia suele acomodarse a la situación menos conflictiva, la de cargar sus decisiones a favor del equipo local. Por eso exactamente hizo un gran papel en Sudáfrica: allá no había local ni visitante, lo que provocó que se mantuviera tranquilo y neutral e desempeñara su trabajo con solvencia. En México, empero, todo es cuestión de que el público lo acose para que se dedique a complacerlo con decisiones cuestionables.
Por último, el error más frecuente del aficionado es no ver las virtudes del rival y agredirlo con grotescos argumentos chovinistas. No voy a cometerlo. Quiero que gane el equipo de La Laguna. Lo deseo tal vez más que nunca, pero es evidente que del otro lado también hay un gran equipo. Con este torneo terminará la primera década futbolera del nuevo siglo y para mí es inevitable reiterar que los dos mejores del norte en este lapso son los que hoy se disputarán el campeonato. Este domingo a las ocho de la noche o poco más sabremos el resultado. Ojalá nos favorezca y Ojalá mañana, pase lo que pase, volvamos a la realidad con la certeza de que tenemos buen futbol profesional en La Laguna. De eso ya no hay duda.
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Nota del editor: las espléndidas fotos que encabezan este post son cortesía de Óscar Wong.

sábado, diciembre 04, 2010

Elogio de la herejía



No han cesado las opiniones sobre lo que heredó Néstor Kirchner tras su muerte. He seguido algunas, las que puedo de acuerdo al tiempo disponible que me deja la supervivencia mexicana. En muchos casos encuentro lo mismo que en general se dijo cuando todavía estaba fresco el cadáver del ex mandatario: los elogios superan a las críticas simplemente porque los aciertos de Kirchner fueron más que sus errores. Basta contrastar el país que tomó con lo que pocos años después hizo para convencerse de que el saldo histórico arroja para él número negros y, por tanto, un recuerdo positivo.
Hay un rasgo de Kirchner que me llama fuertemente la atención pues no lo he visto en políticos mexicanos de reciente y no tan reciente hornada: en tiempos de dificultad extrema, el “Pingüino” (así le decían) propuso medidas que no coincidían con los grandes intereses creados de su país. En otras palabras, con habilidad notable y no sin fricciones avanzó hacia la corrección de políticas públicas que al favorecer a muchos perjudicó por fin a los pocos de siempre, a los dueños del capital, a la aristocracia gaucha en aquel caso. Eso es lo que resalta Alejandro Dolina en el artículo del que en seguida cito un fragmento. Veo en esas palabras lo que acá seguimos extrañando: un corte abrupto a la voracidad de los poquísimos que se atragantan con el pastel y sólo han dejado migajas para millones y millones. Dolina explica:
(…) Me permito entonces, subrayar la acción política de Néstor Kirchner como venturoso gestor de desacuerdos. Él se atrevió a recorrer caminos que nadie se atrevía a transitar y que parecían alejarse de las concurridas avenidas centrales que recomendaban los poderosos del mundo global. Y se metió por unas calles ya olvidadas cuyos nombres sólo se pronunciaban en los foros estudiantiles, en las reuniones de soñadores y en rincones que siempre estaban alejados del poder político.
Esas calles de desacuerdo ahora pueden reconocerse: una conduce al crecimiento del mercado interno... Otra al control del comercio exterior... Está bien el boulevard de la intervención del Estado o la esquina de la ley de medios, la plaza de la asignación por hijo y los veredones del desendeudamiento. Algunas de estas calles habían sido recorridas por otro señor en 1946.
Cuando alguien del poder político se atreve a caminar estos senderos termina por llegar a un distrito donde el poder político no está en el mismo lugar que el poder económico. Y la bifurcación se produce y son inevitables los ataques de las corporaciones y de los poderosos que tratarán de conseguir el regreso de los gobernantes tránsfugas hacia las avenidas iluminadas de sus intereses.
Hace muchos años hubo por televisión un debate entre el doctor Teodoro Bronzini, líder socialista e intendente de Mar del Plata, y el doctor Becar Varela que militaba en el partido que entonces tenía al menos el coraje de admitirse como conservador.
Fue una conversación muy amable y el moderador se sorprendió al fin del programa de que hubieran coincidido en tantas cosas. En realidad, no era sorprendente, ambos políticos formaban parte de una visión liberal del mundo y eran funcionales a los intereses de las corporaciones. ¿Cómo no van a ser amables si en el fondo pensaban lo mismo? Néstor Kirchner no les parecía amable a las corporaciones. En verdad, ningún otro presidente salvo aquel otro señor de 1946, les pareció tan desagradable. Y lo atacaron como a nadie ¿Por qué? No porque Kirchner tuviese mal carácter y fuera confrontativo como quien es cascarrabias.
No se trataba de una cuestión de carácter: este tipo había tocado sus intereses. Y fue el único que lo hizo. Todos los demás parecían aceptables en algún momento porque también en algún momento eran funcionales a los intereses del poder económico.
Y eso es todo lo que quería decir, a veces no hay más remedio que disentir, que persistir en el desacuerdo. Hoy casi por única vez en nuestra historia, el poder político no está donde está el poder económico.
Y este hombre que ahora se ha ido produjo un último acto de “insujeción”. Su muerte encendió la luz, y como en un refusilo vimos algo que la cerrazón de los medios había ocultado en la oscuridad: las calles laterales, las que no recomendaban los poderosos, estaban llenas de gente.

viernes, diciembre 03, 2010

Los dados de Fox



No hay que olvidarlo, pues al menos en parte allí está la matriz del actual desorden. Me refiero al cinismo con el que Vicente Fox ha venido hablando, pizca tras pizca, sobre su actuación en las elecciones de 2006. No es, de hecho, tan sorpresivo, pues durante este sexenio rojo el ex mandatario ha jugado con el score para declarar aquí y allá que, como todos lo vimos, participó abiertamente en el bloqueo contra López Obrador y favoreció al actual inquilino de Palacio Nacional. Pues bien, la sorpresa no está en la declaración, sino en la recepción cada vez más relajada de esas opiniones espesas de cinismo y gravedad.
Al expresarse así, Fox no sólo pulveriza retrospectivamente lo poco que pudiera quedarle de dignidad a su espeluznante sexenio, sino que se lleva entre las patas al actual, o sea, hace papilla los diez años del “cambio” pues nos habla de su esencial antidemocratismo y de su brutal actuación en un proceso tan viciado que a la fecha tiene a México de espaldas en la lona. No es una poquedad que alguien como él, identificado como ningún otro con un punto de inflexión histórico (el 2000) en la vida de nuestra república, diga lo que diga con la desfachatez con la que lo enuncia.
Decir que cargó los dados contra López Obrador en la contienda electoral de 2006 (según nota de La Opinión de ayer firmada por Daniel Venegas) es revelar una vez más el grotesco acuerdo cuyas consecuencias están a la vista. Nomás en materia de violencia, más de treinta mil muertos, pues la decisión de emprender una guerra contra la delincuencia fue tomada unilateralmente por un gobierno, el actual, cuyo poder se debe, entre otros, a otro gobierno que jugó descaradamente chueco y hoy, ya sin tapujos ni reservas para cuidar las formas, exhibe a todos los vientos que cargó dados para que cambiara el jinete, pero no el caballo, como declaró en otro momento el mismo desvergonzado ranchero.
Por supuesto, las expediciones verbales de Fox son punitivas. Lo han sido así durante el sexenio, pues todos sabemos que el calderonismo no le simpatizó nunca y lo ha mantenido amagado con frases como la de los dados. Ahora, por lo de Manuel Espino, su alfil, Fox ventila de nuevo el mismo petate que lo hace superior al actual gobierno federal: él sabe que para aplacar cualquier conato de insubordinación calderonista sólo es necesario recordar en los medios cómo llegó el michoacano a donde está. Ese es el espíritu de la expresión “cargué los dados”, enredar más y más y más a su sucesor en la maraña de la ilegitimidad.
El arreglo de 2006 fue tan burdo que no lo vieron ni lo creyeron sólo quienes por odio al candidato que según los empresarios era un peligro para México prefirieron una acción crasamente antidemocrática en vez de un presidente para ellos poco simpático y “populista”. Lamentablemente, el arreglo quedó tan mal prendido con visibles alfileres que se ha sostenido de milagro, cada vez con menos muestras de aguante hasta el cierre del sexenio. Ahora, ya en el pista electoral hacia el 2012, ese convenio en lo oscurito y sin satisfacción plena de las partes seguramente tronará. Lo que hasta ahora ha mostrado Fox es apenas un adelanto de lo que veremos al desnudo cuando ya sea inevitable desactivar al enemigo en la lucha por imponer candidaturas.
Si en su momento la actuación de Fox sirvió para frenar a López Obrador, las declaraciones (“Pues claro que sí, en lo que pude, claro que sí [cargó los dados contra AMLO], y es democrático; por eso lo digo yo y lo dije: fue un segundo triunfo para mí (…) y hablando de ellos [sus principios] como lo hago hoy con la misma pasión y la misma convicción; que todo ese rollo de la demagogia y el populismo, no funcionan”) ahora desmadejan a Felipe Calderón, su permanente rival. Visto así, el tosco Fox resultó dueño de una inteligencia maquiavélica: frenó al “populista” en 2006 y le amarró las manos al llamado “espurio” para 2012. El tiempo habrá de comprobar que el arreglo culminará en un desastre, pues en política los acuerdos deben ser perfectos, si quieren durar. Cualquier fisura, cualquier mínimo defecto o inconformidad de cualquiera de las partes concluye en pleito de (como decían los antiguos cronistas deportivos) pronóstico reservado. Ya lo veremos.

jueves, diciembre 02, 2010

El norte está en Torreón



Si a futbol mexicano queremos referirnos, durante los últimos quince años el norte ha estado, está y deberá seguir estando en Torreón, en La Laguna entera. Esa es la importancia de los juegos que disputarán esta noche y el domingo el Santos y Monterrey. Por más que sea futbol, una poquedad según muchos, para bastantes es una pasión que así sea humildemente contrapesa las rutinas y la grisura de la vida cotidiana, más dentro de regiones en las que el éxito deportivo se ha dado históricamente a cuentagotas.
Santos Laguna y Monterrey son indiscutiblemente los dos trabucos del norte en las temporadas recientes del balompié mexicano. No podemos sumar a otros, pues no hay mucho de donde agarrar y lo que hay o ha habido está de lástima. Del norte eran los Correcaminos y el Tampico-Madero, hace tiempo extintos; del norte fueron los Indios de Ciudad Juárez, también ya fuera de la división máxima; del norte fueron los Dorados de Sinaloa, que duraron nada. Del norte son los Tigres, las Águilas del América norteñas, esto por sus cuantiosas inversiones y sus magros resultados. De esta vasta y basta región del país también son los albiverdes laguneros y los rayados regiomontanos, lo único que en futbol podemos presumir.
A mi ver, hoy comenzará el duelo para ver quién es quién en el norte mexicano. Pase lo que pase con el resultado, es innegable que de todos modos los de aquí han logrado mucho más en menos tiempo, y eso los hace diferentes ante casi cualquier otro equipo del país. Cierto que Toluca ha tenido un ritmo continuo de brillantez, cierto que el Necaxa pasó una década de esplendor en los noventa o que Guadalajara y Cruz Azul, pese a los pocos títulos o a la falta de, han dado en general buenos torneos. Todo eso es cierto, pero esos clubes tienen, en promedio, cincuenta o más años de vida, el doble de los que tiene el equipo lagunero.
La juventud y el éxito no son un matrimonio común en el futbol, de ahí mi énfasis. El Santos Laguna eso es, un equipo apenas adulto y ya suficientemente cargado de medallas. Si la lógica se hubiera impuesto y Vuoso no hubiera cometido las animaladas de la final anterior contra Toluca, ya estaríamos hablando de que los laguneros irían por la quinta estrella, no por la cuarta. Pero cuarta o quinta, incluso la tercera, son una cuota considerable si tomamos en cuenta, reitero, la breve edad del equipo.
Recuerdo que el supernarrador futbolero Ángel Fernández, el mejor que ha tenido este país, llamó a los Leones Negros de la UdeG, cuando recién llegaron a la primera división allá por los setenta, “el equipo que nació grande”. Eso no se pudo decir del Santos en 1983. En realidad, fue un equipo que nació en cuna muy humilde, en segunda división B, casi en la nada. Su sufrimiento en los primeros años, es decir, durante todos los ochenta y una parte de los noventa, fue ejemplar. Lo pisoteaban todos, quedaba siempre en las zonas de descenso y siempre se salvaba con las uñas, en partidos que provocaron muchas reliquias de los aficionados laguneros. Pero llegó aquella final contra los Tecos y comenzó el ascenso con turbo hacia las primeras posiciones. Desde entonces, con algunos entendibles tropiezos, claro está, los laguneros han desempeñado un papel más que decoroso en el torneo mexicano. Su único rival en éxito es el Monterrey, pues los Tigres, aunque le han metido plata y más plata cada año, no son ni la sombra de aquellos cada vez más lejanos felinos de Batocletti, Mantegazza, Eugui, Boy, Barbadillo, el Harapos Morales y compañía.
Los Rayados, hay que reconocerlo, se han mostrado bien durante la década que casi concluimos. Su duelo en el norte, en realidad, es contra el Santos. Por esto cierto periodismo regio, artificiosamente fanfarrón, gusta de lanzar estiércol a todo lo lagunero, principalmente a nuestro equipo, y eso ha atizado la animosidad de los laguneros contra los dos equipos neoleoneses. Es futbol, un asunto simple, pero creo que por todos los antecedentes que hay sobre la mesa, los dos siguientes juegos tienen para La Laguna un valor especial. No es nomás el cuarto título. Es ganarle a Monterrey y demostrar que en este deporte, ahora sí, el norte está en Torreón, en Gómez, en Lerdo, en Matamoros, en Madero, en San Pedro, en Tlahualilo, en Juárez (Durango), en Mapimí, en Viesca y quizá también en Parras y en Nazas. Yo también deseo el cuarto pero no por el cuarto en sí, sino por su peculiar significado.

miércoles, diciembre 01, 2010

Los dos tiempos



Los tres partidos más grandes del país han optado cada uno por favorecer un tiempo específico para referirse a su viabilidad. El PAN ha escogido el presente, el PRI el pasado y el PRD (y sus satélites) el futuro. La pelea principal se da, o se ha dado, entre los dos primeros: el PAN con duros ataques al pasado que representa el PRI y éste a la tragedia que ha significado el presente desastroso que ya va para una década de achacosidades. El PRD, e insisto que sus satélites, se han quedado por descalificación con el porvenir, aunque de los tres momentos es el más especulativo, pues ni lo conocemos ni lo estamos viviendo: el futuro es siempre una ilusión.
Lamentablemente soy de los que no creen ni han creído jamás en la cacareada transición. Como lo ha ilustrado, entre otros. Jesús Silva-Herzog Márquez, hubo unos años allá por el 2001-2002-2003 en los que México padeció la enfermedad de la transicionitis. Surgieron incluso transiciólogos, verdaderos expertos en materia de cambios políticos que explicaron con todo el instrumental retórico a su disposición las características de toda transición, desde las más ásperas a las más tersas. La de México, se dijo, era inevitable, se veía venir y a final de cuentas no fue tan traumática, pues derivó de un proceso electoral incuestinablemente aseado, sin profundo trauma de cambio.
Creo que si no hubo trauma, si en efecto fue un cambio sosegado, eso se debió a que la transición no fue una transición, sino apenas un cambio de sigla, un arreglo cosmético de las cúpulas para que el país siguiera seis años por la misma ruta económica y con el plus de la ilusión democrática, una farsa.
Por eso, precisamente por eso, el conflicto fue mínimo o no lo hubo, y por eso Fox desaprovechó el bono “democrático”: las tepocatas y las víboras prietas de las que habló alguna vez eran parte del discurso supuestamente duro contra el pasado, aunque ese pasado había sido en realidad lo que le dio entidad al presente foxista, su razón de ser. ¿Y qué pasado fue el pasado de Fox? No los casi setenta años consecutivos de gobierno priísta, sino los más recientes veinte, es decir, los años de De la Madrid, Salinas y Zedillo, los tres sexenios de la carnicería tecnócrata a la que se sumó el gobierno de Fox, en teoría distinto.
El partido en el poder cambió, el arreglo pudo caminar un rato, pero como en esencia era lo mismo, un gobierno de entraña insensible, produjo lo que viene produciendo el modelito: pobres, violencia, retrocesos, antidemocracia. El clímax del shock se dio en 2006, un año que demostró el poco margen de maniobra que ya tenía el régimen para transitar las vías ortodoxas de control. Fue el año de la guerra mediática y demoscópica. Si en otras ocasiones cayó el sistema, o se sembró el miedo con magnicidios, o se creo la fantasmagoría del cambio, en 2006 todo parecía perdido y se recurrió al expediente de la guerra de los espots. Muchos empresarios mexicanos, usufructuarios inmediatos de la riqueza nacional y defensores a ultranza de la continuidad, se sumaron ilegalmente a la granizada y al fin lograron imponer, con un margen de risa, su ganador. La diferencia fue tan escasa que olía nauseabundamente a ilegitimidad. Los métodos de legitimación los hemos estado viendo en los más recientes años, saltan a la vista.
Ahora bien, volvamos al principio: el PRI postula un regreso (no dicen que al pasado porque la palabra “pasado” no goza de prestigio, pero eso nomás la insinúan); el PAN sostiene que el presente debe continuar, que, contra lo que dijo el poeta, no todo tiempo pasado fue mejor. El caso es que para algunos, entre los que me cuento, el pasado y el presente son la misma gata, pero revolcada. Por ello, en resumen, para ciertos mexicanos quizá haya sólo dos sopas: el pasado y el futuro. Tal vez, aunque vale aclarar que el futuro tiene la desventaja de que es lo único conjetural, a lo mucho un modesto sueño.