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sábado, julio 25, 2026

Soñemos de pie












Fernando Fabio Sánchez ha publicado el primer comentario sobre Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.), mi más reciente libro de cuentos. Se lo agradezco mucho, pues todo ayuda a dar visibilidad a la escritura que nace en estos tiempos sin mucha esperanza de llegar a los lectores hoy pulverizados es intereses infinitos. La reseña de Fernando apareció en tres entregas/semanas de su columna 30-30, publicada desde hace varios años en el diario Milenio Laguna. Agradezco su generosa opinión y aprovecho que me permitió compartirla aquí para anunciar que el libro está a merced de quien guste en la cadena Gandhi, las librerías del FCE y, en Torreón, en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente).

Este es el comentario de Fernando:

Soñemos de pie

I

Se dice que las primeras líneas de un libro determinan si un lector continuará leyendo la obra que comienza.

Es posible que así sea.

Las primeras líneas se parecen al primer saludo entre dos desconocidos, a la primera mirada de los amantes o a la primera impresión en una entrevista de trabajo.

La importancia de las primeras líneas es antigua. La novela inaugural de nuestra tradición es tan famosa como su entrada: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Si queremos ir más atrás, remontémonos al siglo VIII a.n.e., para escuchar el inicio de La Odisea: “Cuéntame de aquel hombre complicado, Musa. Cuéntame cómo erró y se extravió después de asolar la sagrada Troya” (traducción al español de la versión de Emily Wilson).

O si deseamos ir todavía un poco más atrás, leemos en el Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Las primeras líneas son una fórmula. Nos introducen en el espacio, el tiempo o la lógica de un nuevo universo.

Son, también, un adelanto cifrado de la obra, un pacto que establece estilo, ritmo e intensidad.

No son las de sintaxis más sofisticada, las más líricas o cargadas de simbolismo.

Algunas son secas, con lenguaje directo y simple. Su fuerza consiste en definir un tema de gran importancia o trazar el inicio de una acción irrevocable.

Aunque su magnetismo es misterioso, quizá incuantificable, basta una buena primera línea para sembrar el deseo de leer cientos, miles de páginas.

No todos los libros tienen la fortuna de contar con una primera línea de antología. 

Pero, en algunos casos, la entrada es tan agraciada que acumula múltiples significados.

Tal es el caso del libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas, Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.).

Se trata de una colección de 15 cuentos que “permiten acceder a las numerosas lastimaduras que presupone la existencia”.

La primera pieza navega en siglos de tradiciones literarias.

Se titula “Microrrelato total”. Lo incluyo íntegro a continuación.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?”.

Este relato nos prepara para entrar en Prohibido soñar de pie, un libro que, desde su primera línea, ya promete más de lo que anuncia, como veremos en la siguiente entrega.

II

La semana pasada leímos el inicio de Prohibido soñar de pie, el libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas. Hoy recorreremos los primeros cuentos, pero sin revelar los finales.

El segundo cuento, “Irene Olavarría”, narra la relación entre Irene y la viuda de Arturo, con quien Irene compartió una relación de juventud.

Irene ha llegado a la empobrecida casa de Teresa para hacerse cargo de los libros publicados y no publicados del recién fallecido.

Según Arturo, quizá la terquedad vasca de Irene podrá “hacer algo con los libros”.

Así, se embarca en el proyecto de rescatar a Arturo de una doble muerte: la física y la literaria, acaso salvando también a Teresa en el proceso.

“Tour en gris” es un cuento basado en una de las paradojas de México en cuanto a la difusión de la llamada “alta cultura”.

El protagonista-narrador viaja hacia la provincia norteña, acompañado de un chofer aficionado a la música de banda, para dar una charla literaria.

Los escenarios desolados, que espantan estéticamente al narrador, nos hacen sentir que ambos personajes se adentran en la nada.

Esa es la paradoja: nadie parece estar esperándolos y, aun así, el escritor va, apoyado por un programa estatal que debe difundir la cultura.

Del tema literario, llegamos al género de terror con “Dentro del cine”.

Aquí, Muñoz Vargas presenta a dos hermanos que filman una película, utilizando los elementos más oscuros de la realidad.

Quizá lo que produce terror en esta historia es exactamente el hecho de que los hermanos no deciden hacer arte, sino lucrar con la violencia social.

De aquí, volvemos al tema literario, pero ya contaminados por el cinismo.

En “Taller literario” encontramos a dos escritores muy diferentes. Uno parece tener la vida resuelta pero no tiene talento. El otro está en apuros, aunque escribir buenos libros le resulta un acto natural.

¿Qué es más importante? ¿El talento o la astucia comercial?

Hasta aquí, Prohibido soñar de pie ha presentado el problema de la profesionalización artística en un entorno que no parece reconocer ni recompensar tal esfuerzo.

El resultado es una serie de discordancias entre ejecutantes y su supuesta audiencia: el fracaso de escritores, pensadores y cineastas que soñaron con el “éxito” y cuyas expectativas se tornan ridículas ante un mundo que —irónicamente— no los categoriza de esa manera porque en realidad no los ve.

Este agotamiento lo encontramos en “Un día con Michelle”, que narra el episodio entre un tipo normal y la “novia” de su amigo.

El narrador-personaje debe acompañar a la influencer del fitness en Mazatlán como un favor al amigo, y no sabe si los deseos que siente por ella llegarán a cumplirse.

Es el mito de Tántalo, compartido por los personajes: tienen sed y ven el agua, pero no pueden beberla.

Encontramos a lo largo de las primeras cien páginas un realismo irónico y desencantado, cercano a Quevedo.

Jaime Muñoz Vargas reconoce esta influencia en el epígrafe del poeta del Siglo de Oro, que dice: “No sentí resbalar mudos los años/ hoy los lloro pasados, y los veo/ riendo de mis lágrimas y daños”.

Continuemos este recorrido por Prohibido soñar de pie. Quizá el verdadero tema del libro no sea la prohibición de soñar, sino la obstinación de seguir haciéndolo de pie.

III

En esta entrega concluiremos la reseña de Prohibido soñar de pie (Ficticia 2026) de Jaime Muñoz Vargas. Al entrar en la segunda parte del libro, reconocemos otros temas además del mundo literario.

Resalta el futbol en “Jugada de peligro” y “Un Maradona posible”. El segundo es el más futbolero —deporte que apasiona a Jaime y que ha sido una constante en su obra— y presenta una biografía hipotética del jugador argentino en México. Por lo mismo, también es el más borgeano del volumen.

“Jugada de peligro” nos lleva a una familia que, de pronto, se ve relacionada con algunos jugadores sudamericanos en La Laguna. Hay una reflexión sentimental sobre la manera en que la economía influye en las relaciones sociales.

Esta convergencia entre deporte y vida aparece también en “Después de las luchas”. El cuento ofrece uno de los motivos de la portada, en la que aparece una máscara de luchador reproducida en una tira de celuloide. La lucha libre es otro de los núcleos de la literatura de Jaime.

Luego, el libro se concentra en lo social. “En la orilla” y “Yo tengo tu dirección” nos hablan de la posible tragedia que puede estar anidada en la cotidianidad: un amigo de la juventud regresa completamente derrotado y un hombre cualquiera se enfrenta a la posibilidad de comprar un auto “chueco”, convirtiéndose quizá en un delincuente silencioso.

Llegamos entonces a tres cuentos sobre la masculinidad. “A tus brazos otra vez” es irónico y describe con detalles las experiencias íntimas de un personaje al que le han negado el amor.

En contraste, “Muchísimas gracias” adquiere una perspectiva nostálgica: el narrador nos cuenta cómo conoció a una mujer que reencuentra muchos años después, recordándonos a Cortázar y José Emilio Pacheco.

Y "Carta de Diana", que vuelve al mundo literario-académico: una especialista argentina ofrece un curso en una universidad lagunera y, entre la atracción y el respeto, la caballerosidad termina por imponerse.

El lector de esta columna ahora conoce catorce de los quince relatos de la colección.

Detectamos temas en común: la literatura y el arte como modo de existencia, el futbol, las luchas, el crimen, el realismo, la tentación del éxito y el fracaso.

Pero el libro nos reserva algunas victorias. Son pequeñas, acaso sentimentales nada más, aunque lo suficientemente poderosas como para restablecer la dignidad de los sueños y la vida.

No todo es frustración en estos cuentos que se desarrollan en la Comarca Lagunera, haciendo del desierto un universo.

Jaime Muñoz Vargas también triunfa por medio de su prosa: rítmica, muy rica y llena de humor. Y dedica el volumen a Saúl Rosales Carrillo, reconociendo su tradición e impulsándola.

Al final, nos revela que el hacer es en realidad juego. “Monotonía de las vueltas” dice: “Cuando el Hombre Araña se avecindó en Torreón, vio con tristeza que para tender su prodigiosa telaraña solo contaba con el edificio Monterrey. Allí murió, viejo y aburrido, dando vueltas como si fuera un monótono volador de Papantla”.

Prohibido soñar de pie de Jaime Muñoz Vargas es un libro que nos enseña a reír de pie y a soñar todavía, aunque el mundo no dé para más. 

miércoles, enero 21, 2026

Cascabel en el espacio

 











Tengo un par de amigos (Alberto de la Fuente y Fernando Fabio Sánchez) con inquietudes astronómicas, de esos tipos que hasta se han comprado un telescopio para husmear en el vecindario sideral. Yo, por supuesto, en este tema y en mil más, no soy más que un lejano interesado por mera cultura general, sin un interés que vaya más allá de lo superficial. Datos duros sobre el espacio no podría dar, pero cada vez que veo un programa sobre el cosmos siento en estremecimiento por mi pequeñez dentro de la pequeñez del mundo.

Esta es la razón por la que vi con asombro un breve documental sobre la sonda espacial Voyager 1. Como sabemos, fue lanzada en 1977, y desde entonces se aleja de la Tierra a no sé qué velocidad. En este 2026 cumplirá la distancia de “un día-luz”, por lo que obviamente se trata del objeto humano más alejado del género humano. No me pregunten las distancias en cifras o algún otro detalle técnico, pues, como ya dije, eso me abruma. Otro aspecto del asunto me emocionó más que lo propiamente científico.

El Voyager —en cuyo diseño destaca una antena parabólica que emite información a la Tierra— lleva un disco de oro similar en su tamaño y forma a los discos de vinilo que nos servían hasta los noventa para escuchar música. Su nombre es “The sounds of earth”. Este objeto lleva información diversa como fotos, saludos en distintas lenguas, escritura humana en muchos códigos, todo escogido por Carl Sagan y un equipo de trabajo. Se supone que el contenido busca comunicar algo a una civilización remota en caso de que ocurra el hipotético contacto.

Entre los datos que lleva el disco figuran varios fragmentos musicales de distintas culturas. En español contiene “El cascabel”, son veracruzano compuesto por Lorenzo Barcelata (Tlalixcoyan, Veracruz, 1889-Ciudad de México, 1943). Es una pieza alegre, bailable y ciertamente hermosa. Lo que me pasmó fue imaginar al compositor mexicano metido en la escritura de la letra: “Yo tenía mi cascabel / con una cinta morada / y como era de oropel / se lo di a mi prenda amada”, sin imaginar que sus versos —nunca mejor usado el lugar común— “iban a llegar tan lejos”. Estas notas, interpretadas por Antonio Maciel y Las Aguilillas con el mariachi México de Pepe Villa, estarán en noviembre de 2026 a un día-luz (26 mil millones de kilómetros) de nosotros, una distancia que emociona y apabulla.

sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

miércoles, noviembre 19, 2025

Sobre la carta


 






En el diálogo que mantengo con Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, dos de mis corresponsales (así se les llamaba a las personas con las que dialogábamos epistolarmente antes de que la palabra fuera acaparada por el periodismo con el fin de designar al reportero encargado de cubrir, a lo lejos, los acontecimientos para un medio: corresponsal), nos referimos hace poco, aunque algo de pasada, a los libros que recogen cartas cruzadas entre escritores. Como soy medio fanático de tales compilaciones, generalmente abordadas por académicos que las prologan y anotan, he reseñado libros con correspondencia y he reflexionado también sobre la idea ceñida a estas preguntas: ¿qué pasará dentro de diez, veinte, treinta años o más con la correspondencia de los escritores? ¿Habrán dejado cartas que a la postre puedan convertirse en libros prologados y anotados?

Mi respuesta es que no, que el chat aniquiló la posibilidad. Los libros de este tipo son viables en función del soporte, del papel en el que quedaron asentados los diálogos epistolares. Alguien oportunamente dirá que su generación es posible con los mails, y tendrá razón. Todavía hasta 2010 o poco más, el mail servía como sustituto de la carta física, y allí uno, aunque menos que en la carta de papel, se extendía en consideraciones más o menos atendibles como narración. Lo malo de las cartas electrónicas es que muchas veces el usuario muere y no deja contraseñas, o si las deja, a veces es tanto lo que se guarda en las bandejas que torna casi sobrehumano meterse a indagar y reconstruir miles de mensajes. Este problema no es tan agudo en las cartas de papel, sobre todo porque no suelen ser tantas.

Doy une ejemplo breve de carta de mail. Con mi amigo David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, 1927-Tucumán, 2010) me escribí mucho durante diez años. Parte cuantiosa, la primera, de esa correspondencia desapareció cuando perdí una cuenta de correo electrónico, pero queda mucho guardado en una bandeja de otra cuenta. Nos escribíamos cartas amplias, parecidas a las de papel. En el último mensaje que me envió, tres días antes de su muerte, comentó en uno de los párrafos una de mis columnas:

“Me gustaron tus referencias sobre el tango, aunque al fin no nos enteramos de cuáles son los cinco de tu preferencia. Y es que no sé si se puede elaborar tal lista sin dejar fuera a composiciones insignes. En ninguna lista elaborada por mí, por ejemplo, podría faltar ‘Naranjo en flor’ (de los hermanos Espósito); y no sabría cómo hacer entrar —sin perjuicio de otros textos literarios y musicales igualmente valiosos— ‘La casita de mis viejos’ (Cadícamo y Cobián), ‘Por la vuelta’ (ese inolvidable ‘Afuera es noche y llueve tanto...’), también de Cadícamo, pero con otro compositor, y hasta ‘El último café’, cuyos autores no recuerdo en este momento. ¿Y ningún Manzi, y ningún Gardel? Es muy difícil elaborar estas selecciones. Tal vez mejoraríamos un poco la actuación si habláramos de ‘los diez’, y no de ‘los tres’ o ‘los cinco’”.

Ya no pude responderle, pero es evidente que esta consideración parece (es) de carta de papel, no de chat, y podría, por qué no, rescatarse como la he rescatado aquí.

sábado, febrero 08, 2025

Anotación bajo una foto

 







Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez y quien esto apunta intercambiamos casi a diario información sobre todo literaria. Gerardo está en Texas, Fernando en California y yo en Coahuila, así que entre los tres formamos un amplio escaleno que nos mantiene al tanto de las novedades y uno que otro chisme. Hace poco, mediante mi corresponsal texano nos llegó una foto muy interesante acompañada de un pequeño texto escrito por Salvador Novo. En la imagen aparecen 19 personajes de la literatura mexicana del siglo XX. Al verla, mis amigos y yo comenzamos a comentarla, y unos días después se la mostré a Saúl Rosales, con quien amplié algunas observaciones.

El comentario de Novo, extraído de sus memorias, trae como fecha el 22 de enero de 1965, y supongo que se refiere al día en el que describió la imagen, pues más adelante, ya en el cuerpo del texto, señala que la reunión se celebró el 16 de diciembre “del año pasado” (1964). Da igual: de lo que podemos estar seguros es de que data de mediados de los sesenta. Observa Novo: “Porque estoy convencido del valor documental de esta foto, me empeño en nombrar y describir a los personajes que en ella aparecen; pues luego ocurre que uno arrumbe una foto ocasionalmente tomada en algún banquete, comida o reunión; la olvide y pasados los años le cueste trabajo reconocer o recordar el nombre de muchos de los que en ella aparecen”.

El autor de Nueva grandeza mexicana estaba seguro, y no se equivocaba, del valor de aquella imagen, por eso le dedicó unos párrafos. La reunión a la que se refiere estuvo motivada por la reciente publicación del libro Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo. Es un libro de entrevistas en el que su autor dialogó con escritores que sin duda eran eso, protagonistas de nuestras letras. Dado aquel producto editorial, el editor y Carballo convocaron a los autores que seguían vivos. Otros, como Alfonso Reyes y José Vasconcelos, habían muerto pocos antes.

La foto incluye pues a algunos escritores entrevistados en el famoso y abultado libro, y suma a dos editores y a otros autores en ese momento muy jóvenes pero ya destacados, aunque por supuesto no incluidos entre los entrevistados por Carballo. Novo precisa que seis habían muerto ya, y que cinco más (Torri, Ramón Rubín, Yáñez, Arreola y Fuentes) no asistieron por equis o zeta motivos. El caso es que en la foto aparecen, de pie, Gastón García Cantú, José Gorostiza, Rafael F. Muñoz, Rafael Giménez Siles y Rafael Giménez hijo (editores los dos últimos), Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Salvador Novo, Nellie Campobello, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán; en cuclillas, Henrique González Casanova, Emmanuel Carballo, Pedro Bayona, Ernesto de la Torre, “y por último tres jóvenes demonios de la más nueva ola”: “el terrible” Carlos Monsiváis, Miguel Capistrán y José Emilio Pacheco.

Quizá me equivoco en algún caso, pero hoy todos los convidados al ágape ya murieron. Ahora bien, y disculpen que hable en términos autorreferenciales, ¿esa foto me atrajo nomás porque en ella aparece gente literaria? La respuesta es sí, pero luego reparé en algo más: esa foto también me atrae porque en ella veo flashazos de mi pasado. Yo tenía menos de un año de vida cuando la tomaron, y no fue sino hasta 1980 cuando comencé a sentir los primeros pálpitos de mi vinculación con la literatura, pero así haya sido, y sea hoy todavía, un mero tundeteclas de provincia, tuve la suerte de conocer y cruzar algunas palabras con seis de los personajes que aparecen en la imagen tomada en el jardín del coyoacanense restaurante La Capilla, propiedad de Novo. Cuento cada caso con una fecha de encuentro totalmente insegura:

Alí Chumacero. Al poeta de Acaponeta (¿Acapoeta?) lo conocí en Torreón (2007), cuando vino a hacer una lectura comentada de su obra. Ya era un hombre muy entrado en años, pero pese al calor lagunero no perdió figura dentro de su traje oscuro. Recuerdo que por culpa de un compromiso docente no pude asistir a su presentación, pero sabía que unos amigos (como la poeta Ivonne Gómez Ledezma) lo llevarían a cenar a La Marioneta, un restaurante luego cerrado a balazos, a donde recalé para insumir una cerveza y pedir que el maestro me dedicara un par de libros. De este encuentro quedó una foto en la que luzco una lamentable playera de Ocean Pacific.

Emmanuel Carballo. Lo vi y lo saludé en el Teatro Isauro Martínez (1990), cuando vino a presentar un libro sobre Torri junto a Serge I. Zaïtzeff, su autor; en aquella ocasión no quedó registro fotográfico. Carballo venía acompañado por su esposa, la escritora Beatriz Espejo.

Ernesto de la Torre Villar. Es el único de la lista con quien crucé algunas palabras en la Ciudad de México (2001). Asistí a un encuentro del Seminario de Cultura Mexicana (cuya sede estaba en la avenida Presidente Mazaryk, en Polanco) y en algún receso lo saludé y le presumí tener en Torreón dos de sus libros. Ya era un hombre grande, había nacido en 1917 y moriría en 2009. No quedó registro fotográfico ni con él ni con alguno de los miembros del Seminario de Cultura Mexicana que andaban por allí: Alberto Beltrán, Víctor Sandoval, Carlos Prieto, Sergio García Ramírez, Arturo Azuela, entre otros.

Carlos Monsiváis. Lo vi cinco veces, cuatro en Torreón y una en Guadalajara, y es el único con quien compartí mesa en el sentido literario y gastronómico. Como era ubicuo, no fue nada raro que viniera seguido a Torreón. En la última lo presenté antes de que diera una conferencia y de allí partimos a comer en un restaurante con menú español ubicado en el Paseo La Rosita. La única buena foto que tengo con él fue tomada en la FIL. Lo vi buscando afanosamente libros en una estantería, me acerqué, lo saludé, le pedí la foto y sonó el click sin que me dijera una sola palabra, pues estaba más apurado en hallar no sé qué volúmenes que en atender a un lector impertinente.

Miguel Capistrán. No tengo idea del año en el que lo vi acá, en La Laguna. Quizá en el 2003. Vino a ofrecer una conferencia sobre no recuerdo qué tema, y al final, en el restaurante Garufa, hubo una cena donde me quedó del otro lado de la mesa, inaudible.

José Emilio Pacheco. Lo vi en 1991, en el museo Quinta Gameros, de Chihuahua capital. Dio allí una conferencia y al final me acerqué con dos objetivos: saludarlo e infligirle el inútil regalo de mi primer libro. Lo recuerdo ya algo encorvado, tímido y pese a esto muy amable.

Finalizo. Al comentar la foto con Saúl en la gordería de nuestro desayuno semanal, se me ocurrió preguntarle cuál era el personaje por él más admirado. Algo nos distrajo y ya no supe su respuesta, pero sí alcancé a mencionarle mi gallo: Martín Luis Guzmán.

Nota. Tarde descubrí que sobrevive Pedro Bayona, en cuclillas y de moño en la foto. Nació en Guadalajara hacia 1937. El otro personaje posiblemente vivo es Rafael Giménez hijo, pero no conseguí datos sobre su vida.

miércoles, octubre 02, 2024

Acequias 94 en línea

 

















Ya está en línea el número 94 de Acequias, revista de la Ibero Torreón. En su editorial describe grosso modo su contenido, éste:

“Las pedagogías del mal son aprendizajes que se movilizan con gran eficacia a través del miedo, la desidia, la apatía, la indiferencia. La injusticia estructural se sostiene en la convicción de que jamás podrá ser derrotada”, señala Juan Luis Hernández, rector de la Ibero Torreón, en el primer capítulo de Geopolítica de la esperanza, obra que nos convida a reflexionar sobre el imperativo de no caer en el derrotismo que paraliza y hace el juego a un sistema en el que campean la iniquidad y la negación a todo sueño de justicia social. El primer capítulo de esta publicación es aquí reproducido íntegramente.

En “La regla que nos divide”, Zaide Patricia Seáñez nos recuerda que la menstruación es una más de las condiciones que han sido invisibilizadas y por ello hay que atender incluso con legislación para resolver los problemas que genera y no sean, como hasta hoy, una desventaja más para la mujer en todos los espacios de su vida. De Fernando Javier Araujo y Juan José Rojas traemos un fragmento de su ensayo “Horizontes epistemológicos para la formación de jóvenes investigadores en derechos humanos” publicado en Entrelazar realidades (Ibero Torreón, 2024), libro colectivo de maestros y alumnos de la carrera de Derecho. Le sigue “Un sobrevuelo al edificio de la gestión estratégica”, de Andrés Rosales Valdés, repaso a la importancia de la planeación en todo organismo que aspire de entrada a la supervivencia mediante la innovación y luego a la obtención de resultados.

El artículo “Las elecciones hicieron presentes a las personas desaparecidas”, del periodista Luis Alberto López, describe, ante la desaparición forzada, una modalidad de visibilización puesta en marcha en las pasadas elecciones federales. Sigue “La polémica sobre el cometa de 1680 y 1681”, donde Fernando Fabio Sánchez traza las coordenadas históricas de una polémica entre los jesuitas Eusebio Kino y Carlos de Sigüenza y Góngora.

Una reseña sobre la novelista francesa Annie Ernaux, premio Nobel 2022, es la colaboración de Laura Elena Parra en estas páginas. Después, Alfredo Loera traza “Un largo adiós que no se acaba”, evocación de Teresa Muñoz, escritora y promotora cultural cuyo deceso sigue siendo lamentado en el ámbito cultural lagunero; sobre ella también, la reseña “Días de ceniza o los comienzos de la ebullición”. Cierran este número una reseña cinematográfica de Rodolfo Bañuelos y un cuento de Lucila Gamboa.

sábado, julio 06, 2024

El camino a Norte negro













Larga, callada y fructífera ha sido la andadura de Gerardo García Muñoz (Torreón, Coahuila, 1959) para llegar a Norte negro. Catorce miradas a una narrativa criminal mexicana (UANL-Ibero Torreón, Monterrey, 2023, 274 pp.). No dudo en subrayar que este conjunto de ensayos lo confirma como uno de los más salientes especialistas del género negro en nuestro país, temática que por otro lado arreció su producción en las más recientes décadas, dos al menos. García Muñoz aborda en su nuevo libro, en amplios y documentados ensayos, novelas y cuentos de escritoras y escritores nacidos o no nacidos, pero sí radicados, en alguna de las seis entidades del norte mexicano. Son, o somos, Martín Solares, Vicente Alfonso, Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés, Orfa Alarcón, Norma Yamille Cuéllar, Gabriel Trujillo Muñoz, Daniel Salinas Basave, José Salvador Ruiz, Ricardo Vigueras, César Silva Márquez, Imanol Caneyada, Carlos René Padilla y yo, que he sido colado a la indagación del ensayista lagunero.

Ahora bien, podría aquí recorrer cada uno de los ensayos que componen Norte negro, pero sé que Jessica Ayala y el autor sobrevolarán su contenido. Prefiero por lo tanto hablar brevemente sobre la trayectoria de Gerardo García, sobre lo que ha hecho para construir este libro ambicioso y bien logrado. La semblanza de solapa señala que es profesor asociado de Español y Humanidades en Prairie View A&M University, en Houston, Texas; obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Estatal de Arizona. Ha enseñado también en el Instituto Tecnológico de La Laguna y en la Universidad Iberoamericana Torreón. Entre otros, ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (Tierra Adentro, 1994), El Almirante redivivo (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila, 1997), Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (Universidad Iberoamericana, Torreón, 2003), El enigma y la conspiración (UA de C, 2010), La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana (Conaculta, 2010), coeditado con Fernando Fabio Sánchez. Ha colaborado en las revistas Acequias, Temas y Variaciones de Literatura, Dura: Revista de literatura criminal hispana, entre otras. Su principal línea de interés es la literatura criminal y detectivesca en español.

Pese a lo sucinta, la semblanza es compendiosa, sirve para el propósito de ver desde un dron el territorio intelectual ocupado por García Muñoz. Quiero añadir a lo anterior algunos rasgos que amplían el perfil del ensayista. Vivió la mayor parte de su vida del lado oriental del bosque Venustiano Carranza, por la avenida Escobedo. Su formación se dio en escuelas públicas: el colegio España, la Secundaria Federal Número 1, la Preparatoria Venustiano Carranza, el Tecnológico de La Laguna. Aquí nos asalta una primera rareza. Nuestro escritor tiene título profesional de ingeniero, a lo que sumó la maestría en esa misma disciplina. Estaba ya bien encarrilado, incluso como profesor, dentro de la ingeniería cuando lo jaló otra materia: la literatura. La causa remota de tal llamado estaba en su infancia y su adolescencia: Gerardo fue un tremendo lector de novelas, y si lo adjetivo así no exagero. Entre sus obligaciones escolares siempre tuvo libros de narrativa a merced, sobre todo los que de la benemérita colección Sepan cuantos… le traían a Torreón sus hermanos José y Roberto, quienes estudiaban, respectivamente, veterinaria e ingeniería en el Distrito Federal. Todos hemos visto esos libros de Porrúa, las temibles dos columnas y el renglón cerrado de sus páginas, pero, de niño, Gerardo no se amilanó y en la Sepan cuantos…. ascendió montañas como Los miserables y La guerra y la paz, entre muchas otras. Es por ejemplo, entre quienes conozco, uno de los pocos que han atravesado Los bandidos de Río Frío, y esto lo hizo en la adolescencia.

Su voracidad lectora y una memoria que juzgo harto receptiva permitieron a nuestro autor manejarse como intelectual todoterreno: por un lado, dominaba la ingeniería a un grado más que sobresaliente, y, por otro, mantenía en combustión interna su pasión como lector de literatura. La inusual contienda forzó que un día renunciara a la matemática y la física para ceder toda la plaza a las letras.

Lo conocí en 1988. Recuerdo que aquella vez en su mano traía Noticias del imperio, recién publicada. Me desconcertó saber que, pese al librote de Fernando del Paso, era ingeniero y maestro del Tec de La Laguna, y pronto pude advertir que se trataba de un lector total. No pasó mucho tiempo para que se acercara a la escritura. Comenzó con reseñas bibliográficas, y pronto descubrió la hospitalidad del ensayo, género en el que se acomodó como en su casa. El primero que publicó fue el referido a Adolfo Bioy Casares. Luego vinieron sus trabajos sobre Augusto Roa Bastos, Julio Ramón Ribeyro y otros numerosos escritores. A finales del siglo pasado se estableció en Las Cruces, Nuevo México, para transitar la maestría. Luego en Tempe, Arizona, para el doctorado, donde se especializó en literatura criminal con una tesis que a la postre sería cimiento del libro El enigma y la conspiración. De allí, migró por unos pocos años, ya como profesor de literatura, a Minnesota, y tiempo después, hasta esta fecha, al este de Texas.

En el camino ha participado en numerosos congresos, ha publicado en importantes revistas, se casó con su amada Martha Yadira Díaz y por suerte no se ha olvidado de la polvosa región que lo vio nacer, leer y comenzar a escribir, pues nos visita al menos un par de veces al año.

Hoy, en esta vuelta, nos convida Norte negro, libro que ciertamente, reitero, lo ratifica como especialista en literatura criminal, pero más lo confirma como el voraz y memorioso lector que es desde su lagunera infancia, aquella infancia y adolescencia transcurridas frente al Álgebra de Baldor y las novelas de Porrúa despachadas en una casa amarilla de la avenida Escobedo.

Felicidades a Gerardo por este nuevo producto de su trabajo.

Comarca Lagunera, a 2 de julio de 2024

Nota. Texto leído el 2 de julio de 2024 en la presentación de Norte negro celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Gerardo García Muñoz, Jessica Ayala Barbosa y yo.

miércoles, septiembre 20, 2023

Acequias, salida 91

 











Ya son 91 las salidas de Acequias, revista de acceso libre de la Ibero Torreón. Su editorial más reciente (otoño de 2023) describe así los contenidos. Dice:

Aunque en su modalidad estrictamente electoral la política se ha convertido es uno de los muchos teatros de la mercadotecnia, no deja de ser importante como medio para transformar la realidad. La política y su consecuencia, la construcción de gobiernos, sigue siendo pues fundamental para edificar circunstancias sociales que favorezcan la justicia y la equidad. Por esto, aunque los procesos electorales den hoy la impresión de celebrarse al margen del interés de la población, es imperativo que la ciudadanía se involucre en sus vaivenes al menos en el plano de lo informativo, esto para no dejarse llevar por la superficialidad de las noticias falsas o los memes. Estar hoy informados, no caer en la red de la indiferencia, es lo mínimo que debe hacerse para, como señala Víctor Hugo Morales, “trabajar de ciudadano”.

En el presente número de Acequias ofrecemos varias colaboraciones que de una manera no directa, pero sí visible, ayudan a pensar en el ser humano y su condición. Publicamos la lectio brevis de este periodo escolar, el de Otoño. La ofreció Gustavo Antonio González, SJ, nuevo responsable de la Dirección General del Medio Universitario en la Ibero Torreón. La lectio brevis, en este caso sobre el valor de la tolerancia, es la simbólica primera clase que se ha convertido ya en una costumbre dentro de nuestra institución.

Sigue una conferencia de Mario López Barrio, SJ, que reflexiona sobre la generalizada desdicha del ser humano en el tiempo que corre. Pese a que en teoría la humanidad tiene un sinnúmero de satisfactores y puertas al desahogo de sus apetitos, al final siempre parece moverse en un túnel oscurecido por la depresión y su consecuencia: la infelicidad.

Cuatro reseñas se suman al lote de colaboraciones. Dos con tema afín, las de Laura Elena Parra López y de Vicente Alfonso, una más de Renata Iberia Muñoz sobre un libro poético desgarrador y, la última, de Yolanda Natera sobre el más reciente título de la escritora lagunera Angélica López Gándara. También, un artículo de Miguel Báez Durán sobre Encuentros fortuitos, su nuevo libro, una coedición de la UANL con nuestra universidad.

Dos cuentos cierran este número, uno de Fernando Fabio Sánchez sobre le etapa de mayor violencia en La Laguna, y otro de Lorenzo Ignacio Madera sobre los azares de la vida amorosa.

sábado, julio 29, 2023

Cuentos de La Reportera Roja


 











Fernando Fabio Sánchez presentará hoy La Reportera Roja, su más reciente libro, en Francisco I. Madero, Coahuila. Comparto aquí parte de la reseña que leí en la presentación celebrada en Torreón el 12 de julio.

Gracias a que le llevo una década de edad he sido testigo afortunado de su crecimiento como escritor y académico, dos facetas que Fernando Fabio Sánchez ha compaginado con solvencia. Es un escritor todoterreno, dotado para la narrativa, la poesía y el ensayo, a lo que desde hace varios años ha sumado la labor de columnista en el diario Milenio Laguna.

Su foja de méritos exhibe logros pesados: es profesor de Estudios literarios y Cinematográficos en California Polytechnic State University, San Luis Obispo. Obtuvo un doctorado en Letras Latinoamericanas por la University of Colorado en Boulder. Se ha concentrado en el estudio de la modernidad y sus diferentes relaciones con la literatura, el nacionalismo, la violencia y la cultura visual en el México post-colonial. Ha publicado los libros de cuento Los arcanos de la sangre, De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales y los de poesía Posesión de naves y Creación de fondo; y artículos y libros de crítica literaria. En el 2010 publicó el ensayo Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press) y coeditó, junto con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Conaculta).

La Reportera Roja, el libro que nos ocupará, contiene ocho cuentos en los que son más que visibles las pericias literarias de Fernando. Narrador afilado, hunde su mirada en los socavones de la realidad en la que vemos deambular personajes agobiados por el miedo, la desdicha, la incertidumbre y la violencia. Impresiona en los relatos de este autor la firme prosa que sirve para escudriñar las grietas del alma humana, una tendencia permanente a ver más allá de los personajes, a encajar la vista en la circunstancia que los ha moldeado, en el contexto que los formó o los deformó. Fernando es un buzo de la maldad humana, un buscador de las esencias del poder.

Francisco Pineda, de Ciudad Lerdo, moreno, talentoso pero gris, excelente estudiante en el pasado, es el protagonista de “El otro corazón”. Trabaja de forense en Jiménez, Chihuahua. El relato habilita la descripción del bombeo del corazón con lenguaje forense. En su estructura, el cuento pespuntea de las indagaciones policiacas a los discursos técnicos sobre el corazón. El asunto central es ir a ver en tráiler reportado como misterioso, abandonado. Otra vez, la ciencia en su propósito de explicar la barbarie. Francisco trabaja en el forense como de rebote, por los caprichos del laberinto laboral. Sabe que el tráiler tiene seres humanos. El tema de la violencia está allí, aludido en toda su crudeza.

En “La Reportera Roja” un narrador testigo cuenta la historia de la Reportera Roja. Cecilia, quien antes de ser periodista trabajó como socorrista en la Cruz también Roja. Cecilia ha sido reportera de guardia luego de pasar por otras fuentes de información. La historia se ubica en la etapa de mayor violencia en La Laguna, es decir, por el año 2010. El narrador testigo es un poco extraño: cuenta la historia con una especie de cercanía afectiva, parece inmerso en el mundo de Cecilia, la Reportera Roja. El final nos deja ver por qué el narrador está o parece estar cerca de la protagonista.

“Lamborghini negro” es un cuento sobre el poder, sobre el poder excesivo, el poder que jamás mira hacia la ley porque él es per se La Ley. Con el fondo sonoro de la Novena de Beethoven, un rasgo que nos remite al absolutismo ilustrado en este caso contemporáneo, un auto se desplaza a velocidad extrema por la ciudad. Lo conduce un patricio con genealogía de larga data que, alebrestado por el insumo de cocaína, no repara en gestos de prepotencia para indicar con su actitud suicida quién es él. Lo persigue la policía en una jornada peliculesca, algo surrealista, narrada con una prosa exacta y vertiginosa al mismo tiempo. La resolución es previsible si nos atenemos al estatus del conductor y al tipo de vehículo en el que va trepado.

El procurador de justicia Fernando del Rey es el personaje más destacado de “El silencio”, quien junto con sus guardaespaldas es acorralado por presuntos narcos en las oficinas de la institución judicial, lugar en teoría invulnerable ante los ataques de la delincuencia. Nadie llegará a ayudarlos, es una emboscada cuya trama se pierde en los entresijos del poder. En este relato, Fernando Fabio Sánchez se ha detenido con minucia en la semblanza de los guaruras, casi como para significar que cada uno es un ser humano completo, con vida y con afectos, joven. Las cartas ya están echadas, sin embargo, y Fernando del Rey y su gente se verán ante un desafío sin vuelta, irremediable en su aparatoso clímax.

Una enfermera, un grupo de militares y un narco participan en “As de corazones”. En la historia, Bernardo, el narco, pone en marcha un plan para escapar del hospital antes de recibir la alta que lo condenará a ser víctima de los militares. Usa para huir a Daniela, la enfermera, quien al parecer muerde todos los anzuelos y obra con la buena fe que dicta su corazón, claro, enamorado. El final queda abierto hacia una cacería humana.

Rodrigo de la Paz, chofer de camión repartidor de lácteos, aparece en “El tiempo corre”, un cuento sobre los pueblos diezmados por la violencia. “Una historia de familia” trabaja sobre los relatos fundacionales de la riqueza, muchos de ellos basados en el saqueo que con el tiempo, con el paso de las generaciones, termina adecentado hasta que queda muy atrás la turbia acumulación original del capital. “Jefe de jefes”, cuento que cierra el libro, explora los vaivenes en las alturas del supersticioso poder narco.

La Reportera Roja, tercer libro de cuentos de Fernando Fabio Sánchez, tiene como fondo recurrente la violencia que ha aumentado en los años recientes, pero que en realidad nunca ha estado ausente de nuestro país. Los personajes son sujetos moldeados por circunstancias tan complejas como difíciles, y el autor ha sabido sobrevolar tales circunstancias con historias que a su vez contienen historias, mecanos narrativos en los que despliega una sensibilidad muy fina para percibir de dónde, en México, ha soplado el viento de la desgracia siempre dependiente del poder político y económico nada encubierto en sus atavismos y en la protervia de su accionar.

Comarca Lagunera, a 12 de julio de 2013

Texto leído en el Archivo Municipal de Torreón el 12 de junio de 2023 en la presentación de La Reportera Roja, (Universidad Veracruzana, 2023, Xalapa, 97 pp.), de Fernando Fabio Sánchez. Los comentarios fueron desahogados por Gerardo García Muñoz, el autor y yo.